Scorpius extendió su mano, nervioso.

Albus miró la mano e inhaló profundamente.

Necesitaba pensar con la mente clara, pero en ese momento no podía hacerlo. No había forma. La adrenalina seguía corrompiendo su juicio. Lo único que sabía a ciencia cierta era que estaba en serios problemas con… básicamente con todo el mundo mágico, comenzando por sus padres y terminando con el Wizengamot. Scorpius le ofrecía con su mano abierta un mundo que nadie conocía, donde los aurores no podrían encontrarlo, donde todos los problemas, todos los disgustos que tenía con este mundo tampoco lo encontrarían. Albus le creía, pues sabía que por años nadie había visto a uno solo de los desaparecidos. Por otro lado, apenas si conocía a Scorpius, por lo que se dirigiría a ciegas a quién sabe dónde. Desde que era pequeño su madre lo había regañado por su habilidad innata para meterse en problemas: "igual que su padre", decía.

—No debería —susurró Albus, muy bajito, mirando de reojo al auror que yacía inconsciente en el piso y aprovechando para recoger su varita.

La mano de Scorpius vaciló visiblemente, pero no se retiró por completo.

—No —repitió éste de pronto, para sobresalto de Albus—, no deberías.

Sin embargo, la intensidad de la mirada de Scorpius entre las sombras previas al amanecer contaba todas las historias que no se podían expresar con palabras. La inseguridad, la soledad, la necesidad. La vida de Scorpius marcada por la historia de los desaparecidos, el misterio que nadie había podido resolver. En segundos, Albus supo que había un millón de posibilidades esperando para atraparlo en un apretón de manos y que sólo tenía una oportunidad para conocerlas.

Era igual que su padre. Pero no, porque su padre… su padre nunca había estado ni remotamente tan cerca de descubrir qué había pasado con esta gente como Albus lo estaba ahora.

Se rió por dentro. ¿Para qué seguirle dando vueltas a ese asunto cuando su decisión ya estaba tomada?

—No —dijo por fin, tras un suspiro—. No debería.

Antes de que Scorpius pudiera bajar la mano, Albus la atrapó con la suya y no la dejó ir. Así se desaparecieron juntos.

Albus estuvo a punto de tener un ataque de risa y nervios cuando se aparecieron, pues reconoció inmediatamente la locación.

—Tiene que ser una broma —susurró mientras caminaban entre los árboles, sin soltar la mano de Scorpius, que se sentía áspera entre las suyas.

—¿Qué?

El rostro de Scorpius estaba serio y hecho una piedra. No parecía para nada una broma.

— St. James's Park —intentó aclarar Albus—. ¿Todo este tiempo han sido mendigos en un parque muggle o algo así?

Scorpius frunció el ceño.

—No vivimos aquí —respondió indignado—. Vivimos ahí —señaló.

Albus se quedó estupefacto al ver el portal y entonces entendió. Claro. La mejor manera de esconder algo es dejarlo a plena vista. O casi. ¿Quién pensaría en hacer una redada en St. James's Park buscando entradas secretas? ¿Quién pensaría en hacerlo un fin de semana de madrugada?

Todavía estaba atontado por la visión del portal que surgía entre la oscuridad y la luz de los primeros rayos del sol cuando Scorpius le pidió que sacara la varita del auror.

—Una vez que estemos dentro prometo que estarás más seguro —dijo Scorpius, aunque no parecía tener seguridad ni en sus palabras—. Mientras tanto, ten preparada esa varita y guarda bien la tuya.

Albus tragó en seco y asintió, apretando el arma entre sus manos listo para pelear, con la adrenalina a tope como nunca le había pasado en la Academia de Aurores. Rayos, como nunca le había pasado en la vida.

Scorpius lo tomó de la mano libre y le dio un apretón antes de dar el paso decisivo. Albus no dudó en ir con él, con la energía zumbando en sus oídos. Ambos entraron en un halo de luz cegadora que al mismo tiempo los hizo descender: primero de golpe, luego como si algo amortiguara su caída y los dejara bajar lentamente hasta el piso.

Fue precisamente cuando sus pies tocaron tierra que el ataque comenzó.

Había cuatro guardias de Nott esperándolos. Supuso que tenían esperanzas de que él cayera también, después de haber tirado al contacto de Nott por el portal. Cuatro guardias contra un Scorpius hubiera sido una situación desventajosa, pero no habían contado con que traería compañía y pronto dos de los cuatro guardias fueron abatidos.

Claro, ¿quién hubiera esperado que Scorpius trajera con él a alguien del Exterior? ¿A uno de los Apartados? Hasta hace unos días, él mismo lo hubiera encontrado inconcebible. Hoy lo encontraba esperanzador, de una forma perturbadora.

Los dos guardias que quedaban en pie fueron más difíciles, sin el elemento sorpresa de su lado. Albus era bueno con la varita, pero aparentemente no estaba preparado para el juego sucio que se permitía ahí abajo. Scorpius sí que lo estaba y también estaba dispuesto a todo con tal de pasarles por encima a los guardias y llegar a un lugar seguro.

Con lo que no contaba era con que la alarma correría rápidamente y pronto los dos guardias se convirtieron en cuatro otra vez, luego en seis y Scorpius supo que estaban rodeados. Pero no perdió la determinación, mucho menos cuando de reojo vio que Albus se veía tan decidido como él.

Al principio, en las peleas internas en el Paraíso no se tiraba a matar. Algo, algún sentido de la historia se los impedía. Después de todo, se suponía que eran un solo bando, ellos contra el resto del mundo. Pero las cosas iban de mal en peor últimamente y, para rematar, Albus no era parte de ellos, así que comenzó a recibir hechizos cada vez más fuertes, cada vez más desesperados. Cuando Scorpius escuchó el "avada" saliendo de los labios del guardia, descuidó su propio escudo con tal de proteger a Albus. Lo que probó una vez más, a su parecer, que era estúpido.

Un hechizo pasó por su hombro y lo quemó dolorosamente. Albus intentó protegerlos a ambos con su escudo y sí, evitó que a Scorpius le dieran un par de maldiciones, pero no logró mantener la varita en su mano.

—Mierda.

El jadeo de miedo que salió del pecho de Albus hizo que a Scorpius se le revolvieran las tripas. Todo pasó muy rápido: Albus perdió la varita, los guardias de Nott se abalanzaron contra ellos. Albus buscó la otra varita que llevaba consigo, pero no habría tiempo. Scorpius logró tirar a dos pero un tercero lanzó a toda prisa una maldición contra el elemento más débil, el que estaba desarmado y distraído. Por un momento Scorpius pensó que iba a perder a Albus ahí, sin más oportunidades. Y entonces…

Protego.

El rostro familiar de Basil Parkinson apareció justo detrás de ellos, para salvarles el pellejo. Y tras él aparecieron más y más de los jóvenes que estaban del lado de Scorpius. Pronto la batalla dio un revés estrepitoso y el grupo de Nott fue relegado. Apenas vieron la oportunidad, los del bando de Scorpius lo levantaron del piso junto con Albus, quien recogió su varita extra de prisa. Con recelo, comenzaron la retirada dejando atrás una retaguardia que resistió unos minutos más para darles distancia de ventaja.

Sin detenerse a pensarlo, Scorpius tomó de la mano a Albus y corrió con él a toda velocidad entre los caminos confusos que conocía como la palma de su mano. Albus se aferró a él y lo siguió sin mirar atrás.

Llegaron a una puerta y entraron en una especie de salón de dimensiones modestas, donde por fin paró su carrera. Albus no soltó la mano de Scorpius, pero sí dejó que sus ojos vagaran por la habitación, tal como había hecho en los pasillos por los que lo habían arrastrado a toda velocidad.

El lugar donde estaba era… sombrío, por buscar una palabra. Hacía frío, no se sentía calidez alguna a pesar de que los rayos del sol parecían asomarse por los techos. Seguramente se trataba de un hechizo como el del techo de Hogwarts pero con mucha menos destreza puesta en él. En el ambiente había una pesadez antinatural que Albus quiso atribuir a la humedad. Algo más que le resultaba antinatural era la falta de olores. Su nariz había recibido el impacto inmediatamente, por el súbito cambio del contaminado Londres a este lugar. Era como estar en San Mungo, donde todo estaba esterilizado y el único olor que permanecía era el de la limpieza.

Sintió un escalofrío. Él, que se había aburrido fácilmente del mundo en el que vivía, que pensaba haberlo visto todo, estaba frente a un lugar que sus sentidos percibían lo que no podía creer.

Miró a los hombres y mujeres a su alrededor. No encontró ningún rostro ni remotamente familiar, mas sintió lo mismo que al estar entre cualquier otro grupo de magos. Eran humanos, como los de la superficie, como los de cualquier lugar. Eran magos exiliados. Magos jóvenes, de su generación tal vez, que nunca había visto por los pasillos de Hogwarts ni por las academias. Que no habían tenido las oportunidades que él. Se preguntó cómo era haber estado por tantos años ahí. Sintió pánico, asfixia, ganas de huir que no eran propias sino olas que exudaban los otros.

Casi de inmediato también sintió una mirada de odio y cuando se giró para ver de dónde provenía se encontró con unos ojos oscuros fijos en la mano que había entrelazado con la de Scorpius. Era el hombre que lo había salvado del hechizo fatal, quien ahora lo miraba como si se arrepintiera de ello o deseara matarlo él mismo. O quizás la reacción de Albus era exagerada por encontrarse en un ambiente claramente hostil. Apretó con fuerza la mano de Scorpius y para su tranquilidad éste correspondió el gesto.

En lugar de que hablara el chico que quería matarlo, como lo esperaba, la primera en hablar fue una chica, quien se dirigió a Scorpius sin quitarle la vista de encima a Albus.

— ¿Te importaría explicar, Scorpius?

Éste resopló.

—El que necesita una explicación de lo que está pasando soy yo. Y de inmediato. Un minuto estoy aquí y al otro estoy con los… —Miró de reojo a Albus—. Allá.

Albus analizó primero el rostro de Scorpius y luego intentó hacerlo con los demás, para encontrar algo que le dijera en qué posición se encontraba en ese momento. Pero no estaba claro: algunos lo miraban con un recelo tremendo, otros con curiosidad casi burlona. El chico que lo había salvado, con odio.

—Fue un accidente —respondió la chica casi de inmediato, mirando de reojo al chico que parecía odiar a Albus—. Era una situación desesperada, no sabíamos qué hacer.

Scorpius hizo un gesto arisco que Albus no le había visto antes.

—En fin. Estoy bien y estoy de vuelta. ¿Cómo están las cosas?

La chica y el chico a quienes parecía dirigida la pregunta se miraron entre sí, luego miraron a Albus y finalmente respondieron a Scorpius.

—No tan bien. Él… está intentando ganar fuerza aprovechando tu... ausencia.

Scorpius asintió.

— ¿Qué tanto daño hicimos con el ataque?

—No lo suficiente —respondió la chica nuevamente—. Pero nos queda una semana para organizarnos y evitar que… avance.

Albus estaba frustrándose. Se notaba a leguas que intentaban ocultarle toda la información posible. Todos, incluyendo a Scorpius, lo cual lo mosqueaba bastante. Lo peor no era eso, lo peor era la forma en la que todos lo miraban, cada vez con más fuerza, como si fuera un elefante rosa en medio de la habitación y nadie se atreviera a preguntar nada sobre él.

Scorpius asintió con firmeza.

—Necesito descansar y ustedes también, si es que han pasado la noche en vela esperando. Pero hay que dejar una guardia y mantenernos alertas; no sabemos lo que hará ahora.

La mayoría de la gente en la habitación asintió. Después, con pasos cansados le hicieron caso a Scorpius y salieron lentamente, sin reclamar. Todos, excepto el chico y la chica, que seguían atravesándolo con la mirada. Esta vez, el silencioso chico que sólo se había dedicado a intentar matarlo con los ojos, habló por fin.

— ¿Quién es éste? —reclamó.

Scorpius suspiró.

—Al, estos son Estella Gamp y Basil Parkinson. Parkinson, Gamp, éste es Al.

Parkinson abrió la boca y alzó un dedo acusadoramente, pero antes de que pudiera decir palabra, Scorpius había entrecerrado los ojos.

—Explicaciones luego. Y ustedes también me las deben. Ahora sólo quiero descansar.

Para alivio de Albus, Scorpius no soltó su mano mientras lo guiaba hacia la otra salida de aquel salón. No pasaron cerca de Estella y Basil, pero aun así pudo sentir sus miradas clavándose en su nuca.

Scorpius lo llevó a una habitación, pequeña y sobria, en la que sólo había una cama. Se veía realmente cansado y, ya que se había negado a darles explicaciones a sus amigos, Albus dudaba que se las fuera a dar a él. En silencio, lo vio quitarse la ropa muggle que le había prestado y soltar un siseo de dolor en cuanto la tela hizo contacto con su hombro.

—Auch, auch —se quejó Albus, en lugar del estoico Scorpius—. Déjame ver eso…

—Sólo me pasó rozando —dijo Scorpius en voz baja.

Albus sacó su propia varita, que había ocultado en el bolsillo interior de su chaqueta, y lanzó encantamientos para ayudar con el dolor y evitar infecciones.

—Esto sanaría mejor con un ungüento, ¿tendrás…?

—Tal vez alguno de los chicos, pero no creo que…

La pausa, que indicaba que Scorpius buscaba darle la menos información posible, lo incomodó.

—No importa, si puedes conseguir los ingredientes yo mismo puedo prepararla —dijo, intentando arreglar el asunto un poco.

Scorpius se separó unos centímetros y lo miró fijamente a los ojos. Albus no supo si estaba haciendo bien o mal hasta que éste le sonrió ligeramente.

—Está bien, ya me siento mucho mejor. Gracias.

El beso que le siguió al agradecimiento lo tranquilizó e inquietó por partes iguales.

Scorpius se quedó dormido, prácticamente inconsciente, casi apenas tocar la almohada. Al contrario, él sentía todavía la adrenalina del día corriendo por todo su cuerpo, acelerando su corazón. Eso sin mencionar lo fuera de lugar que se sentía. Mirar a Scorpius dormir no ayudaba. Tenía demasiadas preguntas y muy pocas respuestas y sabía que de momento tendría que esperar.

Su primera pregunta era dónde diablos dormiría, cuando el cansancio del día lo alcanzara. Sí, había espacio en la cama de Scorpius, pero nunca habían aclarado si… quizás Scorpius planeaba que Al durmiera en el sillón, pues se veía cómodo. Albus no hubiera aceptado que le dejara la cama, tomando en cuenta la salud de su ex paciente.

Después de un rato de observar a Scorpius y ponderar los eventos del día, el frío del lugar y el bajón de adrenalina lo obligaron a decidir buscar resguardo en la cama. Entonces escuchó un ruido y al alzar un poco la cabeza encontró en la puerta a Basil Parkinson. Para evitar un enfrentamiento que definitivamente no quería en ese momento, cerró los ojos y escondió el rostro tras la espalda de Scorpius. Después de eso no se dio cuenta en qué momento se quedó dormido.

Harry nunca se sintió más viejo que el día en que se levantó de su cama, tras una madrugada de no haber dormido un minuto. Ginny apenas había cerrado los ojos, así que decidió no despedirse de ella para dejarla descansar lo poco que pudiera. Todavía con un dejo de esperanza, revisó su chimenea, la ventana por donde llegaban las lechuzas y hasta el viejo teléfono, mas no encontró mensaje alguno de Albus. La luz de la mañana sólo agregó peso a su tristeza antes de desaparecerse de casa.

Apenas los medimagos lo consideraron adecuado, Harry entró a la habitación que compartían los dos aurores que habían sido atacados en el hospital el día anterior. Un auror más iba a su lado, dispuesto a tomar notas de todo. Teóricamente Harry tenía demasiados intereses en juego en ese caso y no debería haberlo tomado. Aunque nadie iba a decirle eso al mismo jefe de los aurores.

Harry interrogó a los aurores sin mucha suerte. Ambos estaban confundidos y sorprendidos de haber enfrentado al que parecía ser el hijo del jefe y a quien probablemente era uno de los famosos Desaparecidos. No recordaban muchos detalles pero entregaron sin dudar sus memorias de esa noche. Harry les agradeció su colaboración y les expidió permisos para que compraran nuevas varitas.

Su acompañante le pidió las memorias para llevarlas al laboratorio de los Inefables y Harry se las cedió a regañadientes.

—Te acompañaré —dijo.

Al llegar, sin embargo, tanto el otro auror como él fueron detenidos.

—Esta es una zona de total secreto —les explicó el guardia—. Les daremos resultados lo más pronto que podamos.

Harry hubiera querido revisar las memorias él mismo, tenerlas en sus manos y poder ver eso que todos decían: a su hijo. Al verlo en una memoria tendría la prueba final. Ya no podrían quedar más dudas sobre la identidad de la persona que había ayudado a huir al Desconocido.

Pero entonces surgirían miles de dudas más en la mente de Harry. Preguntas que ya se estaba haciendo: ¿dónde estaba Albus? ¿Por qué había hecho esto? ¿Qué había hecho mal Harry para que su propio hijo…?

Se sentó en su oficina, con la frente sobre su mano mientras intentaba leer hasta el cansancio los reportes de la noche anterior, como si al leerlos más de diez veces le fueran a decir algo nuevo, algo esclarecedor. Entonces entró su asistente y le entregó el reporte del análisis que los inefables habían hecho a las memorias de los aurores.

Harry pasó los ojos, cansados, por el documento.

El auror no pudo contenerse y adelantó las explicaciones:

—Hay algo. El hechizo que el Desconocido usó para sacar a los aurores de combate… fue un everte statum. No es nada común. De hecho, hace años que no se usa, no con esa variedad, el movimiento de muñeca… —explicó apresuradamente—, hace años que dejó de enseñarse así.

Harry asintió, con el rostro serio. El otro auror lo miró intensamente.

—Es nuestra prueba final, ¿no? Es uno de ellos. Debe ser uno de ellos, ¿quién más usaría un…?

—No nos adelantemos. Lo importante ahora es encontrarlo, primero que nada. Después vendrá lo demás.

El auror cerró la boca y asintió, aunque obviamente no coincidía con la opinión de Harry.

Intentando mantener el exterior calmo, Harry sólo podía pensar una cosa. Segundo año, el club de duelo. Draco Malfoy gritando everte statum.

Salió de ahí.

A pesar de que era contra los protocolos, se adelantó al auror que lo acompañaba y se apareció en el departamento de su ahijado. Teddy estaba acurrucado en un sillón, cubierto con una manta. Tenía una humeante taza de té en las manos y se veía que había pasado la noche en vela también.

—Teddy —saludó, con un asentimiento.

—Harry —saludó el medimago—. ¿Cómo estás? —le preguntó inmediatamente.

Harry respiró profundamente y decidió ser sincero.

—Mi hijo menor, el que más cercano ha sido a mí todos estos años, el que hasta hace unos días parecía tener la vida más normal del mundo… mi… Al desapareció anoche mientras ayudaba a huir a un custodio del Ministerio del que no se sabe absolutamente nada, y no ha dado señales de vida desde entonces. Hecho una mierda, así es como me siento, a decir verdad —dijo, sin hacer pausas.

Teddy dejó la taza y la cobija de lado y se levantó, con los ojos muy abiertos.

—¿No habló contigo? ¿No te dijo nada?

Harry sintió un jalón en el estómago.

—No, ¿contigo…? ¿Sabes algo…?

Teddy lo miró a los ojos. La culpa se podía ver en él, a flor de piel.

—¿Leíste mi declaración oficial? —Harry asintió—. No puedo decirte más de lo que dije a los aurores, si no estaría cometiendo perjurio.

Harry asintió de nuevo, sombríamente. Aquella actitud de Teddy no hacía más que confirmarle que sabía más de lo que los aurores habían reportado en horas anteriores. No supo cómo sentirse. Por una parte, confiaba en el buen juicio de Teddy y en que, ante todo, nunca haría nada que pudiera dañar a Albus. Por otra parte sentía decepción. Terrible decepción de que su propio ahijado no confiara en él para un asunto tan delicado como la vida de su propio hijo. Justo cuando estaba inclinándose por expresar ésta última, Teddy metió la mano bajo la manta y sacó un vial.

—Mis memorias están aquí.

Eso. Eso era todo lo que necesitaba. No quería meter a Teddy ni a Albus en problemas pero con una pista de alguien que tuviera más idea de lo que pasaba… sólo con una idea, podría averiguar qué estaba pasando, si Albus estaba bien, o en peligro, si todo esto era parte de algo más grande o lo estaban obligando... Harry tenía demasiadas teorías en su cabeza y necesitaba tener una respuesta de una buena vez, una por lo menos: ¿Qué sabía Teddy que los demás no?

Se apareció en su oficina, donde se encerró. Sosteniendo con fuerza los viales de memorias de Teddy, se sentó en su escritorio y respiró profundamente. Su instinto le decía que tenía en las manos pruebas incriminadoras contra su hijo. Contra su Al.

Se frotó el puente de la nariz y decidió enfrentarse a lo que fuera. A pesar de todo, cabía la posibilidad de que Albus estuviera en peligro, de que se lo hubieran llevado contra su voluntad. Y si era así, tendría que actuar rápido y encontrar cuanto antes todas las pistas que lo llevaran a él…

El medimago Lupin entró a toda prisa a San Mungo y, sin detenerse ni con los reporteros ni con los aurores que vigilaban, fue a zancadas hasta su laboratorio. Transpiraba a mares, un sudor frío de preocupación.

La noche anterior, cuando Teddy se había despedido de Albus, lo había hecho con la confianza de que el chico estaba haciendo una de esas cosas que los jóvenes necesitan hacer. Una locura, quizás, mas no algo que pudiera hacerle daño. Después de todo, el desconocido con el que se había ido había pasado su prueba: había defendido a Albus instintivamente contra su hechizo. Como le había dicho, Albus era un muchacho bueno y confiaba en él, pero quizás no debía haber confiado tan fácilmente en el desconocido. El hecho de que Albus no hubiera hablado con Harry antes de desaparecer de esa manera lo inquietaba… Albus no era así.

Con determinación, Teddy abrió el expediente del desconocido, dispuesto a exprimir los pocos datos que tenían de él.

—El cuerpo no miente —susurró para sí—. Tiene marcas del lugar donde se vive y por dónde ha pasado…

Fue palabra por palabra tomando nota de todo. La visión afectada, los huesos y músculos débiles, la coloración de la piel, la resequedad…

Teddy apretó la pluma en su mano.

—¿Será posible?

Harry entró a San Mungo a toda velocidad y atrapó al primer sanador en guardia que encontró.

—¿Tú cuidaste del desconocido?

El sanador tembló bajo su mirada y se encogió un poco en sí mismo.

—Sí, señor, pero ya hice todas mis declaraciones y yo ni siquiera estaba aquí, yo nunca…

—¿De qué color eran sus ojos? —preguntó Harry repentinamente.

—¿Perdón?

—¿De qué color eran sus ojos?

El medimago abrió la boca pero no dijo nada y lo miró como si estuviera loco.

—Nunca…

—¿De qué color?

—¿Azules? —dijo en un hilo de voz, por decir algo.

—Eso pensé —dijo Harry, antes de correr hacia la oficina de Teddy.

—Estuvo hablando con él desde el principio —concluyó Harry, apenas Teddy le abrió la puerta—. Debí haberlo visto, carajo, nos lo dijo… "sus ojos son grises". ¿Cómo lo sabía desde ese momento?

Teddy lo miró, sorprendido.

—¿Desde el principio? El vial lo encontré hasta el último día… ¿nos mintió desde el principio?

Harry suspiró.

—Conociendo a Al, más que mentirnos, simplemente no dijo ni verdades ni mentiras. ¡Estuvo hablando con él desde el principio! Debe estar con él —dijo de pronto, como si todo tuviera lógica.

Teddy negó con la cabeza.

—No, cuando fue a verme estaba solo —dijo, frunciendo el ceño.

—Pero debe estar con él. O quizás alguien atrapó al desconocido. Albus lo iba a seguir, lo conozco, no hay otra forma… Tengo que saber a dónde fueron. Voy a analizar cada centímetro del terreno donde lo encontraron…

—Bajo tierra —dijo Teddy.

—¿Qué?

—El desconocido tiene todas las características de una persona que no ha tenido contacto con la luz natural del sol por mucho tiempo y su presión sanguínea se descontroló los primeros días como si lo hubiéramos llevado a una montaña.

Harry se frotó la cabeza.

—¿Qué dices?

—Lo único que se puede deducir de eso es que, si regresaron al lugar de donde vino, estamos buscando un lugar bajo tierra.

Harry se sentó en la silla más próxima, intentando racionalizar lo que tenía entre sus manos.

—Todos estos años…—dijo, con la voz ronca— ¿Todos estos años han estado bajo tierra?

Teddy tragó en seco.

—Si son ellos, sí. Todos estos años han estado… ahí —dijo, mirando fijamente el piso.

Harry tomó unos segundos más para dejar que la noticia tuviera sentido en su cabeza y, cuando se sintió menos estúpido, se levantó.

—Tengo que encontrar a mi hijo.