Capítulo 11: Desencuentros

Algo gordo estaba por pasar y Albus lo sabía, a pesar de que todo mundo le daba la vuelta cada vez que lo veía. Ya no estaba encerrado en la habitación de Scorpius y no lo perseguía nadie cuando salía de ella. Eso no quería decir que no se supiera vigilado.

De todas maneras, no estaba ahí para causar daño o interrumpir los planes, cualesquiera que estos fueran. Las horas que llevaba ahí las había dedicado a intentar preparar suplementos para los niños, con ayuda de la enfermera Blishwick. La mejora no iba a verse de inmediato, pues eran años y años de carencia los que estaba intentando reparar con pocas herramientas. De momento, ver a una niña correr entre las camas y caerse con singular alegría sin romperse un solo hueso era bastante satisfactorio.

Si Scorpius hablara más con él o tuviera realmente alguien más con quien hablar que no lo mirara como calculando qué tanto decirle, Albus diría que había encontrado su lugar en el mundo. Como estaban las cosas, entre más pasaba el tiempo más extrañaba a su familia y cada día era más como estar de vuelta en Hogwarts.

Una voz en su cabeza no paraba de decirle "tú te lo buscaste".

James alcanzó a ver algo de reojo y se tensó.

—Teddy —lo llamó, en un susurro—, creo que los aurores nos están siguiendo. ¿Deberíamos llamar a papá?

Teddy se levantó. Las últimas horas había estado intentando mejorar el encantamiento sonar para comprobar si había algo bajo tierra, pero hasta ese momento no había tenido suerte. Cavar cada centímetro de aquellos parques con el tiempo encima no era una opción. Explotarlo todo era tentador, pero el riesgo para Al era mucho.

Cuando Teddy volteó a ver lo que señalaba James, tuvo que tragar saliva.

—Esos no son aurores —aclaró, en cuanto vio sus uniformes—. Esos son inefables.

Por las noches Albus podía fingir que todo estaba bien. Scorpius entraba en la habitación, había besos que seguían pareciendo inesperados y podían hablar un rato. Aunque lo tacharan de crédulo, Al creía que en esos momentos Scorpius era sincero con él. Lo veía en su cara, en sus ojos. Lo sentía en las pequeñas cosas que confesaba sobre sí mismo, si bien eran pocas.

En esos momentos Al estaba hablando en la cama con su novio. En la realidad, estaba con un extraño, quién sabe en qué lugar, jugando un juego cuyas reglas no terminaba de entender. Eso inspiró su siguiente pregunta de la noche.

—¿A qué jugabas cuando eras niño? —preguntó esa noche, acariciando el cabello rubio mientras Scorpius escondía su cara entre la almohada y Al, y dejaba una corriente de besos por los lugares que alcanzaba.

—Al escondite —respondió, no sin cierto humor.

Al no pudo evitar reír bajito.

—¿Qué cuentos te contaban tus papás? —continuó el interrogatorio.

Supo de inmediato que había hecho la pregunta equivocada cuando Scorpius se tensó y se separó de él. Esperaba una respuesta simple como "Los cuentos del bardo". Lo que recibió fue una mirada glacial.

—Ninguno.

Al bajó la mirada, apenado.

—Podemos hablar de otra cosa.

Scorpius exhaló lentamente. Se volvió a acercar a él, pero esta vez arregló el cuerpo de Albus a su gusto. Quedaron abrazados, con la espalda de Al pegada al pecho de Scorpius. Ahora ya no podía verlo, sólo la puerta de la habitación.

—Papá murió para traernos aquí —susurró—. Yo era demasiado pequeño para saber más. Sólo recuerdo sus piernas y sangre, mucha sangre. Nunca me dijeron lo que le había pasado exactamente. Sólo que murió defendiendo el secreto de este lugar.

Un nudo se formó en la garganta de Al. Quería darse la vuelta y atrapar a Scorpius en un abrazo fuerte, pero también quería respetar la posición en la que estaban, pues sólo así parecía tener la confianza para hablar. Se conformó con buscar su mano y apretarla.

—¿No lo recuerdas? —preguntó en voz baja también.

Sintió la cabeza de Scorpius moviéndose ligeramente tras él.

—Muy poco.

—¿Y tu mamá?

Scorpius volvió a respirar profundamente.

—Está loca.

Al supo inmediatamente que aquello no era una expresión, como las que solían tener sus compañeros en Hogwarts "mamá está chiflada, no deja de mandarme cartas", "mamá está loca si cree que voy a usar esa túnica en el baile".

Se apretó más contra Scorpius, decidido a no dejar que ahí terminara la conversación más profunda que habían tenido. Tomó la mano que apretaba y la subió a sus labios.

—Tu turno —susurró contra ella.

Teddy se había ido a dormir un par de horas antes de su siguiente turno en San Mungo, pero James se había negado a moverse del lugar. Usando el mismo encantamiento que Teddy para buscar por sonar, no dejaba centímetro sin revisar de aquel enorme parque. En algún momento Hugo lo había acompañado. Después había venido Victoire, pero había regresado a atender a su bebé.

Ahora estaba solo… si uno no contaba a los inefables que lo miraban a distancia mientras hacían lo suyo… lo que fuera que hicieran.

Harry se apareció cerca de las barreras, ya entrada la madrugada. Se acercó a James caminando, echándoles miradas fuertes a los inefables, como si con eso pudiera mantenerlos alejados de su familia.

—Ve a dormir, Jamie —le dijo a James por saludo.

Él resopló.

—Me iré a dormir cuando duermas tú.

Harry hizo una mueca, pero no intentó convencerlo de nuevo.

—¿Alguna idea de por qué nos siguen los inefables? —susurró James.

Harry negó con la cabeza.

—Hermione parece tener más idea, pero no me ha dicho mucho. Sólo sé que esto… esto es más que Albus y es más que el chico Malfoy. Me atrevería a decir que esto va más allá de los desparecidos.

James prosiguió con su encantamiento, con el ceño fruncido.

—Esto es más que curiosidad o morbo, sin duda.

Harry asintió. Después de un largo silencio, James volvió a hablar.

—¿Crees que Al me odie? —preguntó con voz bajita, cortada.

Harry se sorprendió.

—¿Cómo dices?

Ante los ojos de su padre, James se hizo pequeño.

—Antes de entrar a Hogwarts… lo que le dije. Y luego durante los años ahí… y este tiempo que no he estado aquí para él… ¿crees que por eso se fue?

Harry abrazó a su hijo por los hombros y lo relevó en la tarea de lanzar los encantamientos. Avanzó sin soltarlo.

—Jamie, tu hermano no te odia, ni nos odia. Sus razones habrá tenido para hacer esto, pero sé que en el fondo sabe lo mucho que todos lo queremos —hizo una pausa, para respirar profundamente y evitar llorar de nuevo— y sé que va a volver.

James no parecía más animado, pero por lo menos pudo continuar con la búsqueda.

—¿Veintisiete minutos? —rió Scorpius.

—Veintisiete minutos —repitió Albus, quien recapitulaba su paso por Hogwarts—. Todos los que iban después de la P de Potter estaban desesperados. Los que ya estaban sentados se estaban durmiendo. Los elfos empezaron a traer tentempiés para que los niños no se murieran de hambre —a Scorpius le ganó la risa de nuevo y Albus por primera vez sonrió ante el recuerdo.

—Será que tienes una mente complicada —dijo Scorpius, justo antes de darle un beso entre los rulos negros—. Si ni el sombrero seleccionador te podía entender, ya no me siento tan mal yo, simple mortal.

Al se giró en los brazos de Scorpius y le besó la nariz sólo porque sí.

—No era complicado. El sombrero ya había hecho su elección. Yo estaba siendo necio.

—¡Tú, necio! ¡No te creo!

Al le dio un codazo en las costillas. A cambio recibió un jaloncito en el cabello.

—Mi padre me había dicho que podía negociar con el sombrero y eso es lo que intentaba hacer. Pero no funcionó. No conmigo. Papá sigue jurando que a él el sombrero sí que lo escuchó cuando le dijo que no quería ir a Slytherin.

Scorpius lo miró con seriedad.

—¿Tu padre iba a ir a Slytherin y no quiso hacerlo?

Al asintió y vio la ofensa crecer en los ojos de Scorpius.

—¡Toda mi familia fue a Slytherin! —reclamó, airado.

—¿En serio? —preguntó sorprendido, pero Scorpius seguía en lo suyo.

—¿Qué de malo le vio tu padre?

Al se mordió el labio.

—No sé, todavía en ese tiempo no podía ser tan malo…

Scorpius se ofendió aún más.

—¿Cómo que tan malo? —casi chilló, con una voz aguda que siempre juraba que no hacía cuando se enojaba.

Al empezó a hacer círculos en el pecho de Scorpius, dibujando con un dedo, un poco nervioso.

—Cuando yo estuve en Slytherin —susurró— era el único de mi generación. Y sólo había otras cuatro personas en otras generaciones. Nadie nos hablaba. Nadie nos visitaba. No teníamos equipo de quidditch y siempre perdíamos la copa de las casas.

No quería continuar, pero Scorpius estaba callado, escuchándolo.

—Los maestros lo intentaban pero… pero ellos mismos… una vez los escuché hablando de cerrar la casa para siempre, pero al parecer caería una maldición sobre quien se atreviera a cerrar alguna de las casas —se encogió de hombros—. Daba igual, nadie quería ir ahí, nadie quería estar ahí y los que estábamos… Era imposible.

Después de un rato, por fin obtuvo respuesta.

—Cuando era niño siempre me imaginaba cómo serían las cosas si no hubiera pasado todo esto. Cómo sería ir a Hogwarts, a Slytherin como toda mi familia. Dormir en las mazmorras, ganar la copa, ir a Hogsmeade y gastar bromas… ¿realmente fue tan malo estar ahí?

Al negó con la cabeza y trató de buscar un recuerdo que animara a Scorpius y no le rompiera todas las ilusiones que tenía de Hogwarts.

—No todo era malo. Por ejemplo… El Barón Sanguinario hablaba con nosotros y nos contaba historias… así aprendí un montón de cuentos, de los de antes… y la historia de Hogwarts y de la guerra con Grindelwald, de la guerra con Voldemort… cosas que mi familia nunca me diría. Eso era lo que más me gustaba.

Decidió omitir ciertos detalles, como el hecho de que esas historias las escuchaba escondido en algún rincón. El Barón casi no se acercaba a él. Le daba desconfianza que fuera el hijo de Harry Potter. También los otros Slytherins le ponían los mismos peros. Aprendió a estar casi tan solo como el Barón. Nadie se le acercaba al Barón porque todos le temían. A Albus nadie le tenía miedo, simplemente nunca encajó.

James se había quedado dormido, exhausto, a eso de las cinco de la mañana. Harry le había hecho un nido improvisado en el suelo.

El sol comenzó a asomarse por el horizonte y de pronto ya era la mañana del miércoles.

El corazón de Harry se aceleró.

Menos de veinticuatro horas.

A esa hora, el día siguiente, los lagos ya estarían secos y el futuro de Albus incluso más sombrío que en esos momentos.

Los primeros rayos de sol despertaron a James, quien se levantó de un brinco. Las ojeras se le veían más que los ojos y su cara estaba seca. Harry no dijo nada, simplemente lo vio ponerse a lanzar encantamientos casi de inmediato.

De momento los inefables no estaban ahí.

La mañana del miércoles Scorpius abrió los ojos y lo primero que vio fue el torso de Al, medio escondido entre las almohadas y las sábanas. Su cabello estaba hecho un desastre y la posición de su cuerpo no se veía nada cómoda pues estaba medio enredado con el propio Scorpius.

Lo hizo sonreír.

Al instante se le congeló la sonrisa, porque se dio cuenta de que lo que todos reclamaban, lo que él mismo había negado y tachado de una soberana estupidez era verdad: su juicio estaba comprometido cuando se trataba de este Apartado.

Desde el primer día había querido erigir murallas alrededor de todos sus secretos para evitar que Al entrara. Desde el primer momento había fallado.

Se pasó una mano por la cara, intentando localizar el momento justo en el que la había cagado, pero había miles: intentar usar a Al para regresar a casa, intentar "pagarle", preocuparse porque lo enviarían a Azkaban, llevarlo con él para protegerlo y meterlo en más problemas… contarle su vida en susurros nocturnos.

Ante todos los que lo escucharan, Parkinson murmuraba que Scorpius estaba caliente y cegado por el culo del Apartado. Scorpius no quería admitirlo, pero aquello ya era más profundo de lo que Parkinson creía. Y no entendía por qué en cuestión de semanas sentía más por Albus Potter que por cualquier persona del Paraíso.

Sus pensamientos quedaron interrumpidos por alguien que llamaba a la puerta.

—¿Qué? —gruñó.

—Tu madre quiere verte.

Albus había insistido. Comenzó con un "no me molesta" y terminó con un "por favor" que había conseguido convencer a Scorpius de ser acompañado a ver a su madre. La única advertencia: "No va a ser una escena linda".

De camino a la habitación, Al pensó en los pocos novios y novias que habían pasado por su vida. Específicamente, todas esas fantasías que había tenido apenas se sintió un poco cómodo con ellos: cómo iba a conocer a sus suegros y enamorarlos con su encanto natural, ese que sabía que no tenía pero que en sus fantasías aparecía. Esta vez podía despreocuparse de su encanto. Era lo que menos importaba.

La escena, efectivamente, no fue linda.

La señora Malfoy estaba sentada en un sillón de apariencia vieja y pesada. Su cabello estaba blanco, con mechas rubias por algunos lugares. Su cara estaba pálida y demacrada. Sus manos apretaban la cobija que cubría sus piernas. Parecía tener cien años, aunque aquello claramente no podía ser posible. A Albus le daba la impresión de que los ojos de la mujer miraban para dos lugares diferentes cada uno: un lugar físico, aquí y otro muy lejano. Al lado de la señora había una fantasma de una mujer joven de cabello claro. La fantasma flotó hasta Scorpius, enojada.

—Ya era hora. Tu madre estaba muy preocupada. Esa costumbre tuya de desaparecer no te va a llevar a nada bueno.

—Ya estoy aquí, tía —respondió Scorpius—. Mamá —agregó para la mujer del sillón.

Cuando habían dicho que su mamá quería verlo, Al se imaginó a la señora más consciente, pero no lo parecía. En ese momento el fantasma se dignó a reconocer su presencia con un chillido.

—¿Quién es este? —preguntó en su cara, haciéndolo saltar ligeramente en su lugar.

—Albus —fue todo lo que dijo Scorpius.

—Mucho gusto —dijo él, por decir algo, mirando tanto a la fantasma como a la mujer de mirada perdida, sin saber bien a quién dirigía su saludo.

La fantasma esperó más explicaciones flotando frente a Albus, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, pero estas no llegaron. Después de un rato de silencio, pareció rendirse.

—Bueno. Tu madre quiere saber qué has hecho estos días.

—Nada interesante.

—Jovencito… —comenzó a chirriar la fantasma.

La puerta se abrió de pronto y por ella entró Estella Gamp, seguida de un elfo. El elfo llevaba una bandeja con tetera y tazas para todos. Estella conjuró una mesa para que el elfo dejara las cosas; luego conjuró una silla y se sentó a servir el té. Albus miró todo sin saber cómo debía reaccionar. Él y Scorpius no estaban sentados. De hecho Scorpius parecía estar listo para salir corriendo en cualquier momento.

—¡Estella, amor! ¡Qué bueno verte! —gritó la fantasma.

—Tía Daphne —saludó Estella muy tranquila.

Albus había visto a Estella en las primeras batallas, así como rondando a Scorpius tanto como Parkinson. Ella a él no le hablaba, pero eso no era novedad. Scorpius se ajustó la túnica. Al supuso que esa era una señal para irse y se alistó también. El fantasma, o la tía Dafne, interrumpió el escape.

—Tu madre quiere saber cuándo será la boda y no aceptará nada que no sea una fecha concreta. Estella, amor, ¿ya tienen la fecha?

Scorpius sabía que el puñetazo en la boca que se llevó en cuanto estuvo a solas con Albus se lo merecía.

—¿Cuándo pensabas decirme que estabas comprometido?, ¿cuándo me la estuvieras metiendo?

Scorpius hizo un gesto de dolor, no necesariamente por el puñetazo.

—Es complicado… si me dejas explicarte…

—¡Merlín y su corte, hemos estado durmiendo en la misma habitación todo este tiempo! ¿Cómo es posible que tengas tal descaro?

Scorpius tuvo que recurrir al viejo truco de lanzarle un encantamiento para callarlo para poder explicarse.

—Es un matrimonio arreglado. Así son todos los matrimonios aquí. No hay tiempo para enamorarse o cosas así. Hay que empezar a intentar tener hijos, porque no es fácil, casi no se logra… mamá, o la tía o no sé quién, está obsesionada con mantener vivo el legado Malfoy y Greengrass… —por fin tomó aliento—, ¿ya dejarás de gritarme?

Al frunció el ceño y asintió. En cuanto el encantamiento se levantó, Al siguió echando chispas.

—Eso no es pretexto. Si tú le has prometido a Estella algo, tienes que cumplirlo y acostándote conmigo…

—Nuestra relación no es así —suspiró—. Estella es como una hermana mayor… —hizo un gesto de dolor —eso no se escuchó como quería que se escuchara.

—Se escuchó asqueroso —confirmó Al.

Scorpius respiró profundamente. Scorpius sólo podía pensar en lo que Al conocía: sus perfectos padres, sus perfectos tíos, todos felizmente casados y fieles. Las cosas para él eran más complicadas y quién sabe si Al podría entender todo lo retorcida que era su vida.

—Sólo quería decir que somos cercanos. Como amigos. Y ella sabe perfectamente que sólo nos casaremos por las circunstancias. Ella tampoco está emocionada con esto, ¿sabes? Se tiene que tragar a la suegra loca y el fantasma que habla por ella.

Al se paseó por la habitación con pasos enojados. Por fin se detuvo frente a él.

—Muy bien, de acuerdo. Estella se va a casar contigo por un arreglo. No le prometiste nada y no espera que le seas fiel. De cualquier manera, vas a tener una esposapronto. ¿Algún otro secreto que deba saber antes de siquiera plantearme volver a hablarte?

Scorpius decidió que quitar la banda de una vez por todas podía ser menos doloroso.

—También me acostaba con Parkinson.

Rose Weasley y Lily Potter fueron las elegidas para presentar su caso ante el Wizengamot. Las acompañaban algunos miembros de su familia, demasiado cansados como para seguir la búsqueda de Al en los parques muggles. Cuando llegó su turno, después de horas y horas de espera, se acercaron al centro de la habitación y giraron para mirar a cada uno de los jueces que las miraban atentamente.

—Estamos aquí con una petición firmada por cientos de magos —comenzó Rose, con la voz temblando ligeramente pero siempre recordando el ejemplo que le había dado su madre—. Queremos negociar: necesitamos más tiempo para buscar una entrada al lugar donde posiblemente estén los Desaparecidos y Albus Severus Potter con ellos. Si el tiempo no es posible, queremos que las medidas que se tomen para traerlos a la superficie sean humanitarias y no pongan en riesgo sus vidas o las del ya mencionado Albus Potter.

—Venimos a rogarles que sean sensatos en su decisión —agregó Lily, quien, ante la presión, dejó caer un par de lágrimas.

Más de cincuenta pares de ojos las miraron. Algunos denotaban compasión, otros no tenían expresión alguna. El jefe supremo se levantó tras escucharlas.

—Jovencitas —comenzó—, hablo a nombre de todo el Wizengamot cuando les digo que siento su gran pena y reconozco su esfuerzo.

Lily y Rose se miraron de reojo, ambas presintiendo que aquello no pintaba bien.

—Sin embargo —continuó— por causas que están más allá de ustedes o de cualquiera aquí presente, debo negarme a su petición de tiempo o misericordia. Porque lo único que no nos queda en estos momentos es tiempo. Y tener misericordia por algunos sería sacrificar el bien mayor de todos.

Un silencio profundo corrió por toda la sala.

—Que Merlín nos proteja —terminó el jefe supremo.

Los guardias eran adolescentes, cuando mucho. Tendrían entre trece y diecisiete. Eran pocos, pero muy dispuestos a impedir a toda costa que alguien del bando contrario llegara hasta el portal.

Al estaba entre ellos, todavía furioso. Estaba aplicando la ley del hielo a Scorpius, pero había escuchado de la operación por un descuido durante la comida. En cuanto había visto que los guardias para aquella "misión" no tenían ni pelos en la cara, había tenido que intervenir. Nadie pudo retenerlo, menos aun cuando habían visto las chispas en su mirada.

Scorpius reunió a los voluntarios antes de salir en aquella misión. Cuando vio a Albus entre ellos, hizo amago de decirle algo, pero luego calló. Parecía querer expiar sus pecados dejando que Al entendiera un poco más de aquel sitio. Aun así su explicación fue escueta:

—Cuando las cosas empezaron a ponerse mal afuera, se creó este lugar para nosotros. Para crearlo y protegerlo se dio la sangre de veinte familias de sangre pura. La sangre de todos abrió el portal y le dio reglas para abrirse. Tenemos que entender que en esos momentos esas reglas funcionaban, pero ya no más. Usaremos nuestra sangre de nuevo para desbloquear el portal a nuestra voluntad.

Hubo susurros nerviosos entre todos hasta que Parkinson los interrumpió.

—Por años hemos estado a merced del portal y sólo hemos podido… hacer lo nuestro —agregó, mirando de reojo a Al—. Es hora de que tomemos el control, antes de que Nott lo haga. ¿Estamos listos?

Esta vez hubo un asentimiento general.

Harry miró todo con una sensación de desprendimiento. Como si él no fuera quien estaba ahí y como si aquello no estuviera pasado. Al cumplirse las 48 horas, el Wizengamot no había esperado un segundo más. Con magia, en cuestión de minutos toda el agua había desaparecido de los parques muggles. Hasta la última gota.

Uno a uno diez magos de sangre pura de cada familia vertieron su sangre en una copa de plata colocada frente al lugar donde aparecía el portal los domingos. El penúltimo fue Basil Parkinson, quien recibió la daga de Estella Gamp y, luego de derramar su sangre, pasó el athame a Socrpius.

Él lo recibió haciendo un esfuerzo descomunal por no temblar. No podía mostrar flaqueza frente a la gente que estaba guiando. Tampoco podía dudar del ritual. Su padre mismo había guardado los registros originales y lo estaban repitiendo con mucho cuidado, si bien no contaban con la sangre de las veinte familias.

"No es el momento", se riñó a sí mismo, antes de clavar el cuchillo en la palma de su mano y verter su sangre, mitad Malfoy y mitad Greengrass en la copa.

En seguida lanzó el conjuro.

Ábrete…

Una luz verde comenzó a emanar de la copa ensangrentada. Lentamente se hizo más y más grande, hasta que formó una puerta, justo donde se abría el portal. Scorpius retuvo la respiración. Entonces la luz se volvió negra, completamente negra. En segundos no sólo el portal sino todo el pasillo y cada túnel del Paraíso se había vuelto negro. Scorpius buscó a tientas. No veía nada, no escuchaba nada.

La oscuridad desapareció lentamente. Pronto todo era visible de nuevo: cada cara sorprendida, asustada.

Pero el portal no se había abierto.