Hola! He vuelto. Basta decir que la historia está terminada y la terminaré de subir aquí también para los bellos lectores que la siguieron, si siguen ahí.

Chapter 12: En camino

Al se talló los ojos, intentando despejar las últimas nubes de oscuridad frente a sus ojos. Nunca había presenciado una oscuridad más absoluta que la de hacía unos minutos y se preguntaba qué clase de magia era capaz de crearla. Magia de sangre, seguro, ¿pero magia negra? Esperaba que no, pero estaba en un momento en el que pensaba que ya no le sorprendería nada de Scorpius.

Todos comenzaban a recuperarse y alertarse de sus alrededores cuando sobrevino el primer ataque. Al los reconoció de inmediato: eran los mismos que habían atacado la noche que Scorpius y él habían llegado. La primera defensa no estaba preparada y cayó casi inmediatamente. La segunda, un poco más alerta, logró detenerlos por un rato.

Frunció el ceño y miró hacia el lugar donde Scorpius y los otros participantes del ritual se encontraban. En esa parte la oscuridad era más densa y no había manera de saber si estaban bien. Decidió confiar en la capacidad de Scorpius para no matarse y alistó la varita. Él, con otros chicos más pequeños, era la tercera defensa. Estaba ahí principalmente porque no quería exponerlos, por eso los había colocado como último recurso y pretendía protegerlos. Cuando los ataques llegaron hasta ellos, Al comenzó a pelear, esta vez sin remordimientos.

Antes de la batalla, había pensado que no sabía por qué estaba del lado de Scorpius. Con lo poco que sabía, bien podría ser que ese fuera el lado incorrecto y que quienes los atacaban tuvieran alguna razón para hacerlo. Ese pensamiento se fue en cuanto vio cómo no se tentaban el corazón para quitar niños de su camino. Si no jugaban limpio y estaban dispuestos a tocar a los niños, Al también estaba dispuesto a dejar su moralidad a un lado y partirles el culo. Después de su primera maldición lanzada, todo pasó muy rápido.

La vieja vendedora del callejón Knockturn se vio arrastrada nuevamente, esta vez directo hasta el centro del salón del Wizengamot. Era una visión patética: pequeña, acobardada y podrida. A Harry no le inspiró ni un poco de misericordia, porque para él en esos momentos ya no era una persona, sino una manera de salvar a su hijo. Los jueces lo miraban con atención. Y él jugaba su última carta.

—Les diré todo lo que sé si prometen que buscarán una manera de hacer lo que sea que estén haciendo sin lastimar a Al —había prometido.

Los jueces habían murmurado entre sí y finalmente habían hablado por medio de un vocero.

—No creemos que sea negociable, pero escucharemos y si la información es relevante, podríamos conceder la gracia que pide, Auror Potter.

Ese "quizá" era más de lo que habían logrado en días, así que Harry se arriesgó. Comenzó a contarlo todo: que sospechaban que el lugar donde estaban ocultos se encontraba bajo tierra. Para ello ayudó la declaración de Teddy, quien comentó sobre la salud del Desconocido.

Los jueces asintieron y murmuraron entre sí nuevamente.

—Eso lo sabíamos —declaró una juez—. Notamos la clase de encantamientos con los que estaban buscando usted y los suyos. No es información nueva para nosotros.

Harry frunció el ceño y asintió.

—También sabemos a qué se dedican y quiénes son sus contactos en el exterior —explicó.

Algunos jueces se inclinaron hacia él, lo cual le dio esperanzas. Fue entonces cuando mandó a traer a la vieja vendedora, quien declaró a regañadientes todo: había un grupo de magos escondidos bajo tierra que les proporcionaban a ella y a otros traficantes toda clase de pociones, artefactos y varitas clandestinas.

—¡Varitas! —exclamó un juez, sacudiendo la cabeza con reprobación.

Nuevamente hubo comentarios entre susurros y señalamientos hacia la mujer. Habló otro juez.

—Debemos admitir que la parte de las varitas es información nueva, pero no relevante. Lo demás no es sorpresa para nosotros.

Harry apretó los puños y decidió soltar el último secreto con la esperanza de que por lo menos les remordiera la conciencia o los hiciera entender por qué su plan podría acarrear muchas muertes, incluyendo la de Al.

—Cuéntales del portal —ordenó a la vieja.

Y entonces el Wizengamot atendió sorprendido a la revelación final: aquel bajomundo que se dedicaba a lanzar a la superficie toda clase de venenos sólo se abría los domingos al dar la media noche y nadie había encontrado otra manera de acceder a él o comunicarse con la gente en el interior.

La vieja fue arrastrada de vuelta a una celda tras dar su testimonio.

—Por eso les pido que reflexionen nuevamente sobre esta decisión —pidió Harry—. Si el portal no se abre hasta el domingo y ustedes han retirado ya todas sus fuentes de agua, esta gente probablemente esté atrapada sin manera de salir. Morirán de sed.

Esta vez las conversaciones fueron más y todas al mismo tiempo, gritadas y susurradas, de todo tipo. Harry buscó los ojos de los jueces, rogándoles con la mirada.

—Debemos aceptar que esa información fue nueva para nosotros —declaró otra juez desde uno de los estrados de la derecha—, pero encontramos problemas con el juicio de la testigo. En su opinión no hay otra forma ni otro día en el que se abra el portal, pero eso es sólo lo que ella sabe o dice saber. En nuestra opinión, esta es la única manera de obligarlos a salir a la superficie lo más rápido posible, pues es probable que adentro conozcan otra forma de abrir el portal.

Harry prácticamente rompió el estrado con su puño.

—¡Pero no pueden saberlo! ¿Por qué?, ¿por qué la prisa?, ¿por qué de esta manera? —comenzó a gritar al perder los estribos.

—Esto está más allá de usted y de su comprensión, auror Potter.

—¡Mi hijo está ahí adentro! —gritó de nuevo— No veo cómo podría ser más de mi puta incumbencia que eso.

Hubo algunos jadeos ante la palabrota, pero ni eso pareció disuadirlos.

—Por favor retírese, auror.

Con la garganta cerrada y conteniendo lágrimas de impotencia, apretó los puños y a su alrededor su magia causó que salieran varios papeles volando y que las lámparas parpadearan. Harry no había sentido tal cantidad de odio en su corazón desde que Voldemort había estado en su cabeza. En ese momento decidió que si tenía que pelear de nuevo a varita alzada, esta vez contra todo el Wizengamot e incluso contra sus propios aurores, sería capaz de hacerlo por su hijo.

Al estaba herido, pero no le había ido tan mal. En la escuela de medimagia lo habrían retado por lo que había hecho, romper la primera regla de la medimagia en timepos de guerra: no deberán exponerse y habrán de salvaguardarse para luego dar auxilio. Pero no había podido hacerlo; en esas circunstancias, nadie podría haberlo hecho. La mayoría de los niños de la defensa ya estaban bien, pero habían tenido que ser los adultos quienes salieran al rescate para que eso pasara y eran ellos quienes no tenían buena pinta.

Entre ellos estaba, por supuesto, Scorpius. Vomitaba sangre sin parar por alguna maldición que lo había alcanzado. Al estaba estresado pero ya le había dado la poción que podría contrarrestar el hechizo y no podía más que mirarlo de reojo mientras atendía a todos heridos junto con la enfermera Blishwich y un par de voluntarios más.

Su intranquilidad por Scorpius aumentó cuando Estella se sentó al lado de él con el ceño fruncido. Ella traía un brazo completamente roto y protegido para usar crecehuesos, pero estaba en plena capacidad de moverse. Afortunadamente (aunque se pateara mentalmente un poco por pensar con tan poca sensibilidad) Parkinson seguía inconsciente en una cama. Al se acercó a Scorpius y Estella y alcanzó a escuchar la manera en que ella abría la conversación:

—No puedes morirte, imbécil. Eres el único con sangre Malfoy que queda. Si te mueres estamos jodidos.

Scorpius suspiró con cansancio antes de vomitar en su cubo nuevamente. Al no pudo evitar soltar una risa nerviosa que delató su presencia. Dos pares de ojos se giraron hacia él. Sólo pudo encogerse de hombros.

—Realmente no lo amas, ¿no? —le preguntó a Estella, aprovechando para revisar su brazo.

Ella lo miró fijamente, extrañada. Scorpius guardó silencio, con cara de que si hablaba, vomitaría. La incomodidad hubiera matado a Al de no ser por la interrupción de una mujer de unos treinta años que entró en la enfermería y quien, en cuanto localizó a Scorpius, se dirigió hasta él.

—Detectamos un problema en la cisterna, señor Malfoy.

Estella y la recién llegada miraron a Al de reojo. Enseguida entendió que el problema no lo iban a discutir con él ahí, así que rodó los ojos y se dio la vuelta para seguir atendiendo heridos.

Eventualmente tendría que revisar su propia espalda y sabía que lo que encontraría no le iba a encantar, a juzgar por el dolor que ya sentía.

Viernes – 24 horas sin agua

—Estamos usando las reservas, pero con gente herida y las pociones que se necesitan… no sabemos cuánto puedan durar.

Scorpius había dejado de vomitar sangre hacía varias horas, pero no por eso se sentía menos asqueado. No sólo no había funcionado el plan para abrir el portal, sino que ahora su gente estaba herida y había un problema con el agua que nadie entendía.

La gente a la que había convencido de que estaban preparados para dominar el portal probablemente no lo escucharía de nuevo. Nadie querría intentarlo una vez más después de aquel desastre. La ventaja que le había dado sobrevivir al exterior se había perdido y no entendía cómo podían haber fallado tan miserablemente.

Respiró profundamente y trató de buscar soluciones. Después de todo, todavía había cosas que dependían de él y que debía solucionar si no quería perder para siempre el poco respeto que le quedaba de su gente.

Pero no era fácil. No con tantas cosas en su cabeza, incluyendo las pulsaciones que parecían querer romper su cráneo. Sospechaba que tenía que ver con el hecho de que había dejado de tomar agua en cuanto se había enterado de la situación. Se había propuesto volver a beber cuando volviera el agua y los suyos dejaran de estar en peligro. Era un poco intentar expiar su ineptitud, suponía con amargura para sus adentros.

—Bien. Necesitamos dos grupos. Gamp —se dirirgió a Estella— arma un grupo y revisen qué mierda pasa con el agua. No podemos seguir así.

Estella asintió con seriedad.

—Cuenta con ello.

—Parkinson —llamó a Basil, quien enseguida prestó atención—, arma otro grupo e investiguen qué carajo pasó con el portal, ¿Nott lanzó un contrahechizo?, ¿simplemente no funcionó?, ¿qué mierda fue esa luz negra?

Él también asintió, si bien con mucho menos convencimiento que Estella.

—¿Y tú, vas a estar ocupado en la enfermería? —preguntó, con la ceja levantada, como retándolo.

Scorpius lo miró con furia. Los tres en esa habitación sabían que Al seguía sin dirigirle la palabra y que eso lo estaba volviendo loco, pero eso no quería decir que Scorpius no tenía claras sus prioridades.

—Yo investigaré sobre ambas cosas por mi lado —respondió cortante.

Sábado – 48 horas sin agua

La mañana del sábado Albus despertó solo en la cama, de nuevo. La primera noche de su pelea con Scorpius había intentado buscar otra habitación donde quedarse, sin éxito. Después había transfigurado una almohada en un sillón y se había echado a dormir en él, pero a mitad de la madrugada se había dado cuenta de que no era necesario, porque Scorpius no volvería.

En su interior se debatía entre dos posiciones: la primera, decirse que no era importante, que lo que Scorpius y él habían tenido había sido algo efímero dado por las circunstancias y que toda la pasión y angustia que sentía serían pasajeras también. La segunda, era que en su pecho se lo comían los celos y los pensamientos de que ahora Scorpius estaría revolcándose con Parkinson o con Gamp o con cualquiera de su mundo, su gente. Gente que no eran para nada tan imbéciles como Al.

En fin. Era sábado. Se levantó gruñendo, dispuesto a otro día más revisando heridas y niños mal nutridos. Para un lugar tan pequeño, el trabajo era más que suficiente para un solo sanador y una enfermera. El "pop" de un elfo entrando y saliendo de la habitación como bólido lo obligó a desperezarse.

El elfo le había traído el desayuno. Al se acercó y bebió del vaso de agua que había venido con la bandeja sin imaginar que algunas habitaciones más allá Scorpius empezaba a entrar en pánico por la falta de ese mismo líquido.

Domingo – 72 horas sin agua

Para el mediodía del domingo la crisis ya era evidente. Scorpius estaba mareado y poco tenía que ver con los constantes reportes sobre el agua y el portal. No había solución visible para la falta de agua: simplemente no estaba cayendo de donde siempre había caído. Tampoco había solución para abrir el portal: tendrían que esperar hasta la media noche.

—Las reservas están en un punto crítico —informó Estella, para sorpresa de nadie.

—El agua no es algo que le pidamos a los contactos usualmente —gruñó Parkinson—. Quién sabe si podrán traerla en lo que el portal está abierto…

—Iré yo mismo por ella si es necesario —interrumpió Scorpius— pero no creo que sea necesario. Sea como sea, la gente de Nott también está bebiendo de esas reservas. Y ellos sí tienen comunicación con el exterior. Seguramente ya enviaron un mensaje.

—¿Y no te preocupa que Nott sea tan cabrón como para negarnos el agua y negociar con ella? —replicó Gamp.

—Ya solucionaremos ese problema cuando lo tengamos. Por ahora el plan es esperar a que abra el portal y buscar agua a como dé lugar. Los demás problemas son secundarios, lo primero es estar vivos —respondió.

Parkinson y Gamp guardaron silencio. Sus ojos hundidos y palidez denotaban la poca agua que habían bebido ellos también. La poca que quedaba iba directa para los pocos niños que había en el Paraíso y para los múltiples heridos dejados por la batalla.

Scorpius llevaba casi 48 horas sin tomar una sola gota.

Alguien tocó a la puerta. Al abrir, encontraron a la enfermera Blishwick.

—Sé que no es buen momento —dijo ella— pero creo que deberían saber que están llegando varios casos de deshidratación a la enfermería.

Lo primero en lo que se centraron los ojos de Scorpius al entrar en la enfermería fue en Albus, quien iba de un lado a otro a paso rápido, revisando cada cama. Era la primera vez que todas las camas del hospital estaban ocupadas, algunas con rezagados de las batallas, otras con niños raquíticos, otras con gente que a todas vistas había estado demasiado tiempo sin agua. Al se acercó a él en cuanto lo vio entrar.

—¿Qué está pasando? —preguntó en un susurro preocupado— Esta gente tiene grados de deshidratación de leve a moderada pero no podemos acceder al agua y si no logro tratar esto ahora en unas horas más estarán en un estado grave —explicó a toda prisa.

Esas eran las primeras palabras que Albus le dirigía en días y Scorpius se sintió peor que nunca.

—Haré que te traigan algo de agua para los más graves. A los que puedan resistir más…

Albus jadeó sorprendido, mirándolo con furia en los ojos.

—No me puedes pedir que elija tratar a unos pacientes y a otros no.

Scorpius intentó mirarlo a los ojos, pero por el mareo no estaba seguro de estar haciéndolo.

—No te estoy pidiendo que sacrifiques a nadie —gruñó entre dientes— te estoy pidiendo que nos des tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Antes de poder responderle a Albus, Scorpius se había desmayado.

Scorpius despertó en una camilla. Las cortinas a su alrededor estaban corridas y la voz de un niño se escuchaba cerca.

—¿Y por qué no puedes aparecer agua? —preguntaba.

—Es una ley de la magia, Caronte —respondió la voz de Albus, en apariencia tranquila—. No podemos aparecer ciertas cosas de la nada, especialmente no el agua y la comida. Cuando seas grande seguro aprenderás todo esto.

Hubo silencio.

—No entiendo de qué sirve la magia entonces —respondió el niño, aparentemente emberrinchado.

—Estoy seguro de que eso también lo aprenderás cuando seas mayor —respondió Al con paciencia.

Enseguida se abrió la cortina tras la cual estaba Scorpius. Era Al, quien lanzó un encantamiento para hacer privada su conversación.

—Ya me parecía que estabas despierto.

Scorpius intentó levantarse en la cama, pero seguía mareado y aquello sólo le provocó asco. Estaba harto de estar enfermo y no poder recuperarse jamás.

—¿Qué pasó?

Albus lo miró con seriedad.

—Digamos que obedecí tus órdenes y traté a los pacientes más graves, tú el primero.

Los colores se le subieron al rostro a Scorpius y lo miró sin saber cómo reaccionar. Antes de que pudiera comenzar a insultarlo, Albus lo interrumpió.

—Y antes de que digas cualquier cosa, eras el más grave. No sé cómo se te ocurre… eres un imbécil, ¿sabes? Te pasaste un día vomitando y luego pasaste tres días, tres putos días sin tomar una gota de agua. Estabas a horas de… Merlín.

Ante su total sorpresa, Albus se lanzó sobre él y lo besó. Scorpius no pudo responder de otra manera: lo tomó por la cintura y lo acomodó sobre él en una posición familiar porque no era la primera vez que se besaban en una cama de hospital. Albus fue también quien terminó el beso, pero no se movió de su posición.

—Eres un imbécil —susurró.

—Lo sé —respondió Scorpius honestamente.

—Gamp me contó lo que está pasando.

—Hija de puta.

Al rió seco y por lo bajo.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Pensaba solucionarlo antes de tener que decirlo.

—¿Y eso cuándo sería?

—Esta noche, que se abrirá el portal —confesó, sin saber por qué, en susurros.

—Oh. Esta noche se abrirá, entonces.

Albus no agregó más, sólo acarició su mejilla. Scorpius cerró los ojos.

Y así, pensó Scorpius, el agua volverá y tú te irás esta noche.

La media noche del domingo llegó, arrastrándose ante todos los que esperaban.

En el exterior, dos grupos: de un lado la familia y amigos de los Potter, listos para lo peor. Del otro, los aurores incómodos pero obedientes y fieles al Ministerio, los inefables y los mismísimos jueces del Wizengamot. Nadie hablaba, sólo esperaban quietos en el frío de la noche.

Bajo tierra no había mercancías preparadas esta vez. Unos minutos antes de la media noche avanzaron otros dos grupos hacia el portal: por un túnel, Scorpius y los voluntarios con la misión de buscar agua. Por otro, Theodore Nott y los suyos. Los pasos arrastrados que resonaron en el silencio hablaban de una tregua tácita.

A segundos de la media noche, lo primero en anunciarla fue la torre del reloj muggle. Tras unas campanadas, se unió una sirena de los aurores. Ninguno de los dos sonidos se escuchó bajo tierra y ambos pararon al dar exactamente la media noche.

El silencio fue lo único que se escuchó.

El portal entre los dos mundos no se abrió.