Capítulo 14: Las puertas del Paraíso

El terremoto, totalmente atípico, le había dado a Scorpius la oportunidad perfecta para quitarse de encima a Nott, con el pretexto de revisar los daños que había dejado aquel fenómeno.

Salió de la sala para ver a la gente que estaba cerca.

—¿Están bien?

Algunos estaban en el piso mientras otros se aferraban a las paredes, pálidos por la impresión. Alrededor de ellos había grietas y todo estaba cubierto de una capa gruesa de polvo. El movimiento se había sentido eterno. Scorpius no podía creer que el Paraíso todavía se encontrara en pie, o por lo menos la parte que todavía podía ver.

Por su mente las primeras personas que pasaron fueron Al, quien estaba en la enfermería cuidando de los heridos; y su madre, quien estaba indefensa y sola excepto por un fantasma.

—Tenemos que revisar que todo esté en orden —dijo inmediatamente, dispuesto a huir de Theodore Nott corriendo si fuera necesario.

Nott no se veía mucho más compuesto que él. Igual de pálido que otros, solo pudo asentir. Pero antes de que Scorpius pudiera correr, lo tomó por el brazo con fuerza innecesaria.

—Hablaremos de la situación después.

Scorpius sabía claramente a qué situación se refería: Albus. Pero no iba a permitir que Nott lo tomara desprevenido.

—En unas horas enviaré un mensaje para vernos y hablar sobre ese asunto —dijo, arrebatándole su brazo—. Ahora debemos revisar si todavía hay un asunto del que hablar.

Scorpius se encontró con Basil Parkinson en el camino. El chico tenía su cabellera negra cubierta por polvo gris, pero por lo demás se veía completo y más compuesto que otras personas.

—Tu madre está bien. Y tu tía también, en lo que cabe —le informó—. Estella está con ellas. Tu tía se puso a dar alaridos en cuanto empezó el terremoto. Corrimos a revisar cuando terminó.

Scorpius sintió un peso menos sobre sus hombros. Su mamá estaba catatónica y probablemente ni siquiera había notado lo que ocurría. Y su tía… por mucho que hubiese querido a su tía en vida, seguía siendo un fantasma al que no le iba a pasar nada con un fenómeno natural así.

—¿Y los demás?

—No hay heridos de gravedad —informó el chico, quien por algo era uno de sus más cercanos, siempre eficiente—. Pero… hay daños. Hay muchísimos daños. Ni si quiera sé si podrían repararse.

Scorpius sintió un ligero alivio al saber que por lo menos las pérdidas sólo eran materiales. Una preocupación menos en su lista kilométrica.

—Basil —dijo entonces—, no hay terremotos en Londres.

Basil asintió, tembloroso.

—Lo sé —dijo, con voz cortada—. Ni siquiera sabemos por dónde empezar a investigar lo que pasó. ¿Crees que Nott…?

Scorpius negó con la cabeza.

—Estaba igual de asustado que nosotros. O peor.

—¿Entonces? —Basil dirigió la mirada hacia arriba.— ¿Fueron ellos?

Scorpius se detuvo para pensar un momento. ¿Los Apartados serían capaces no sólo de sitiarlos y quitarles el agua, sino de intentar destruir el Paraíso con ellos dentro? ¿Querían matarlos? Un escalofrío lo recorrió. No quería darle la razón a Nott, pero quizás Albus era la única carta que podían jugar. ¿Sabrían que estaba ahí? ¿Valdría algo para ellos? ¿Estaría a salvo después de el horrible temblor, por lo menos?

—Tengo que hablar con Al.

El rostro de Basil se llenó de ira repentinamente.

—¡¿Es en todo lo que puedes pensar en un momento como este?!

Scorpius estaba harto de que creyera que le debía explicaciones.

—Basil, este no es un momento para niñerías.

El chico se quedó quieto en su lugar unos segundos, antes de responderle.

—Vete a la mierda.

Aunque Scorpius sintió un ligero remordimiento al pelear, estando las cosas como estaban, también sintió alivio al quitárselo de encima para poder resolver asuntos más apremiantes: ¿Estaba todo el Paraíso destruido? ¿Estaba bien Al? ¿Cómo reaccionaría a su petición?

Los Potter y Weasley estaban todavía en St. James's Park, adonde los había llevado la alarma que había sonado por los elfos. Ahí los tomó desprevenidos el terremoto que sacudió sin compasión la ciudad. Vieron los árboles inclinarse y algunas ramas ceder, vieron las torres a lo lejos, moviéndose de un lado a otro como si fueran de plastilina.

Una vez pasado el terremoto comenzaron los rumores: quiénes estaban bien, quiénes no estaban respondiendo las señales de alarma. Como las noticias malas vuelan, casi inmediatamente se supo que el Ministerio de Magia estaba hecho escombros.

Ron tomó a Harry por el codo con fuerza.

—Harry.

Harry entendió al instante: Hermione. Hermione todavía estaba en el ministerio. Era una de las esperanzas que tenían: que pudiera obtener información que les sirviera en el rescate de Al. Y ahora el Ministerio se había venido abajo.

—No puede haber quedado gente abajo —dijo, Ginny.

Su rostro no tenía color. Estaba aferrada a Lily, sin poder decir más.

—No puede ser, ¿verdad? —repitió.

Harry estaba en shock como los otros, pero también estaba ocupado haciendo un inventario mental de sus seres queridos, sopesando quiénes podrían estar en peligro. ¿Dónde estaba cada uno de los Weasley? ¿Dónde podía haber estado Hermione si no en el Ministerio? ¿Dónde estaba Teddy?

—¡Padrino!

La voz de Teddy, quien recién se había aparecido cerca de ahí, le trajo alivio temporal. Una preocupación menos. En cuanto el chico estuvo a su alcance, lo abrazó con todas sus fuerzas y lo unió al pequeño círculo de Potters y Weasleys que se había formado.

—Iré a buscarla al Ministerio —dijo Ron, cuando por fin pudo librarse de la parálisis en la que había caído.

—Iré contigo —dijeron Hugo y Rose casi al mismo tiempo.

—Hay que dividirnos —sugirió Lily—. Algunos debemos quedarnos aquí a ver qué ocurre con los elfos domésticos y con el portal, otros deberían ir a buscar a la tía Hermione.

Harry quería dividirse en mil pedazos y asegurarse de que todos estaban bien, pero especialmente quería desarrollar la capacidad de aparecerse al lado de Albus y asegurarse de que él, el más desprotegido entre todos, estaba en una pieza. Nunca había sido una persona que rezara, pero en ese momento sintió unas ganas inmensas de hacerlo.

—Me quedaré aquí —dijo por fin, con inmenso dolor—. Hay que descubrir por qué esos elfos cruzaron el portal y qué saben sobre Al.

Ron asintió, sombríamente y se dio la vuelta. Harry sabía que entendía, que debía entender que no podía ayudar a buscar a Hermione cuando Al seguía desaparecido.

Su mejor amigo apenas había avanzado unos pasos hacia la zona donde terminaban las barreras antiaparición cuando se escuchó un grito proveniente de apenas afuera de ellas.

—¡Ron!

El rostro del pelirrojo cambió inmediatamente. Se soltó de la mano de su hija y como si fuera veinte años más joven, salió corriendo hasta alcanzar a la persona que lo llamaba.

—¡Mamá! —gritaron Rose y Hugo también y corrieron detrás de Ron.

Otra sensación de gran alivio recorrió el cuerpo de Harry al ver a la pequeña familia abrazarse con fuerzas. Hermione tenía algunas rasgaduras en la ropa y varios raspones y moretones, pero fuera de eso estaba entera.

—Gracias a Merlín —susurró Ginny, antes de girarse a abrazar a Harry.

James, Lily y Teddy se unieron al abrazo. Estaban seguros. Casi todos sus seres más queridos estaban seguros. Fue entonces cuando la ausencia de Albus se sintió más fuerte que nunca en el corazón de Harry.

Al estaba en la enfermería cuando el terremoto había ocurrido. Su primer instinto había sido intentar proteger a sus pacientes, sobre todo a los niños pequeños, a base de hechizos de levitación que impidieran que les cayeran piedras encima. Cuando por fin pasó, se dedicó con la enfermera a intentar calmar el pánico. Ni siquiera se permitió pensar en Scorpius o en su familia (¿habría temblado también afuera?), intentando enfocarse en quienes lo necesitaban.

Estaba por fin apaciguando a los pacientes y a su propio corazón desbocado, cuando Scorpius llegó hecho un huracán, con la ropa cubierta de polvo y su siempre pulcra figura desaliñada. Cuando Scorpius lo encontró y lo vio a los ojos, Al sintió un jalón en el pecho. El alivio y el cariño en la cara del rubio no podrían ser irreales.

—Estás bien —susurró el rubio, apenas moviendo los labios.

En la conmoción de la escena ni siquiera se escuchó su voz, pero Al sintió como si le llegara hasta los huesos. Eso ayudó a calmar su propio nerviosismo.

—Score —respondió, porque fue lo único que salió de su boca.

El rubio llegó hasta él y le dio un beso de lleno en la boca que hizo que varios de los pacientes voltearan a verlos, incrédulos.

Al atinó a abrazarlo por los hombros, con brazos temblorosos. Scorpius se aferró a su cintura, sin dejar de besarlo.

A su alrededor se hizo el silencio. Para algunos, seguramente, el shock del terremoto estaba cambiando por el shock de ver a Scorpius Malfoy mostrando cariño de esa manera. Eso a Al no le importaba. Después del tremendo susto que acababan de pasar, solo quería corresponder con la misma intensidad el beso.

Cuando Scorpius se separó de él, Al quiso buscar sus labios de nuevo, pero fue detenido.

—Necesitamos hablar a solas —susurró el chico.

Al asintió.

—Es justo lo que he estado pensando todo el día. Blishwick, ¿puedes…?

La enfermera rodó los ojos.

—Es lo que he estado haciendo toda mi vida. Lárgate.

Al rodó los ojos también, pero tomó el permiso como lo que era y se aferró a la mano de Scorpius, quien lo llevó lejos de ahí.

Rose, Lily y Hugo se arrodillaron frente a una jaula, tratando e calmar entre todos ellos a una elfina doméstica que intentaba arrancarse los pocos pelos que tenía en la cabeza como castigo por haber sido atrapada. En su pánico, la elfina no notaba que estaba hablando con ellos, dándoles información incoherente pero valiosa, como que efectivamente Al se encontraba bajo tierra.

Nuevamente se habían dividido. James observó a su hermana y a sus primos a la distancia. Él y otro grupo Weasley, guiado por un Bill Weasley recién llegado de Rumania, estaban analizando el lugar donde supuestamente se encontraba el portal y las posibles causas por las que no se había abierto. En otro grupo, más allá, estaban sus padres y sus tíos haciendo un círculo alrededor de la tía Hermione, a quien parecía no importarle que su cabello y sus ropas estuvieran hechos un desastre.

Teddy se puso a su lado y apretó su hombro.

—En caso de que necesites escucharlo, lo vamos a encontrar.

James asintió.

—Teddy… —dijo entonces, tímidamente—. Quiero preguntarte algo.

—Dime, Jamie.

—Cuando encontremos a Al… —su voz se cortó un poco, plagada por la culpa de no considerarse un buen hermano—. ¿Me ayudarías a salvarlo?

Teddy frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

James alzó la barbilla, señalando con ella el desastre a su alrededor.

—Intentarán hacerlo pagar por esto —explicó—. Por ahora papá y mamá están ciegos, enfocados en encontrarlo, pero no se han parado a pensar que cuando lo hagamos… todo lo que ha pasado… no quiero ni pensar lo que el Wizengamot quiera hacer con él. Quizás sólo interrogarlo hasta el cansancio, pero quizás… han pasado tantas cosas… No entiendo bien qué mierda está pasando, pero sí sé que Al está metido en un problemón del que no se va a librar simplemente apareciendo.

Teddy asintió con pesadumbre.

—Pienso igual que tú. Esto está mucho más allá de una simple desaparición. Y tampoco tengo idea de lo que le espera a Al cuando regrese.

—Ayúdame entonces —dijo James—. Ayúdame por favor.

—¿Cuál es tu idea? —preguntó Teddy.

James confió en él completamente, porque sabía que la inteligencia de Teddy lo ayudaría a encontrar y prevenir las posibles fallas en su plan.

Scorpius cerró la puerta de su habitación.

Lanzaron un encantamiento rápido para evitar que las paredes dañadas se derrumbaran y otro para remover el polvo. Habían hecho lo mismo por cada lugar por el que habían pasado en el camino.

Al se sentó sobre la cama.

Scorpius se paró frente a él y le sostuvo la mirada, intentando encontrar las palabras correctas.

—¿Tú también sientes esta locura? —preguntó abiertamente, esperando que el enigma que era Albus Potter por fin se resolviera.

Al tragó saliva. Su manzana de Adán subió y bajó, distrayéndolo por un segundo.

—¿Qué locura, exactamente? —preguntó, sin responder realmente.

Scorpius imaginó que las siguientes palabras desnudaban su alma por completo.

—Este… impulso. Este empuje. Esta fuerza que me lleva a ti. Esta confianza ciega. Esta sensación de que podría cometer todas las tonterías del mundo sin chistar, si tú me lo pidieras.

Una sonrisa tímida iluminó el rostro de Al.

—Tú también lo sientes —respondió—. ¿Desde el primer día?

Scorpius sacudió la cabeza, un poco enojado consigo mismo al no poder entender lo que le estaba pasando.

—Desde el primer maldito día —afirmó—. Te diría cualquier secreto. Te daría cualquier cosa —rió con nerviosismo y se tapó el rostro con una mano para ocultar su vergüenza.

—Y te está volviendo loco no saber por qué.

Scorpius se limitó a resoplar.

—No tienes idea —dijo.

—Sí que la tengo —dijo Al—. ¿No fui yo quien te ayudó a escapar? ¿No fui yo quien vino hasta aquí y ha estado aquí sin realmente saber qué mierda está pasando? Dame algo de crédito, por favor.

Scorpius tuvo que ceder ante eso.

—Albus Potter —dijo, con toda su seriedad—. Te estoy dando todo el crédito posible, el que más le he dado a alguien en mi vida. Y por eso te voy a confesar y te voy a pedir cosas que temo que no esperas.

Al frunció el ceño pero asintió y dio palmaditas en el colchón, invitándolo a sentarse en la cama con él.

—Te escucho.

El clan se volvió a reunir en la casa Potter. Harry recibía información de varios flancos y estaba abrumado, tratando de identificar la que era relevante para la causa y la que no lo era. ¿Pero cómo saberlo? El terremoto había destruido el Ministerio. ¿Pero era el terremoto parte de su problema o simplemente una coincidencia terrible?

Hermione creía poder averiguarlo pronto.

Su mejor amiga no se había tentado la conciencia para hacer algo completamente ilegal que seguramente la metería en serios problemas. Harry la quería muchísimo y jamás acabaría de agradecerle todo lo que hacía por él.

—Robé el expediente del caso —explicó ella misma, sacando un fajo de pergaminos aparentemente en blanco de su bolso infinito—. Se necesita la firma mágica de tres trabajadores del Ministerio para abrirlo.

Harry asintió y fue el primero en mover su varita, sin pensarlo. Después lo hizo Hermione. Finalmente, Ron hizo lo propio.

Ante la mirada de todos, los pergaminos se llenaron de letras, diagramas y fotografías.

—Empezaré a leerlo ahora mismo —dijo Hermione, ávida por ayudar—. Si leo toda la noche…

—Hay que dividirlo —propuso entonces Rose—. Si lo hacemos entre todos, terminaremos más rápido y sabremos qué información es útil y qué no.

Todos asintieron y tomaron una parte del expediente y comenzaron a revisar con premura, dispuestos a descubrir el misterio de lo que estaba ocurriendo.

No había pasado ni media hora cuando la chimenea se activó y George Weasley salió por ella. Estaba tan maltrecho como Hermione cuando recién había huido del Ministerio. Todos lo miraron con los ojos como platos.

—¿George? —lo llamó Ginny, la primera en preguntar.

El hombre parecía todavía en shock, pero atinó a explicar.

—El callejón Diagon se ha venido abajo hace unos minutos. Sólo quedan ruinas.

La exclamación de horror fue general.

Apenas estaban asimilando la noticia, cuando una lechuza entró hecha una ráfaga y se plantó directamente frente a Teddy.

Mientras algunos intentaban ayudar a George, otros querían saber el contenido de la misiva llegada a Terry. Él la leyó una vez en silencio y alzó la vista.

—Están desalojando a los pacientes de San Mungo —explicó—. Quieren que vaya inmediatamente. Temen que será el siguiente lugar en caer.

Teddy tomó sus cosas, heredó su parte del fajo de pergaminos a George y se dispuso a marchar, no sin antes intercambiar una mirada significativa con James que en el momento no extrañó a nadie, pero que después varios recordarían.

La sonora bofetada que Al le pegó a Scorpius en cuanto se enteró de la verdad sobre lo que ocurría en el paraíso le supo a poco. No sabía qué lo tenía más enojado. Estar atrapado sin agua, sin salida y sin saber por qué flanco estaban siendo atacados le revolvía el estómago. Pero haber estado colaborando sin saber con la gente que había inundado su mundo de pociones que lo estaban destruyendo le hacía hervir la sangre.

—¡Son unos cabrones, todos ustedes son unos cabrones! ¿Se reían de mí? ¿El sanador estúpido que los estaba ayudando mientras ustedes preparaban venenos para mi gente? ¡¿Y cuando te ayudé a escapar?! Dios mío, qué hice, seguramente pensaste que era un imbécil.

Scorpius, quien realmente había aceptado la bofetada sin chistar, sólo bajó la vista.

—Nunca lo vi así —respondió—. Y nunca te he considerado estúpido ni nada parecido. Si no te dije nada fue precisamente porque sabía lo que estaba haciendo y que estabas en todo tu derecho de explotar y matarme a crucios.

Al rodó los ojos.

—¿Y por qué voy a creer lo que digas de aquí en adelante, si aparentemente todo lo que creía saber sobre ti era una mentira?

Scorpius se mordió los labios, visiblemente incómodo.

—Lógicamente no tienes que creerme nada —dijo—. Pero por lo menos quería explicarte nuestro punto de vista. Nosotros jamás conocimos a alguien como tú, a alguien de arriba. Crecimos aquí, donde lo único que se escucha de ustedes es el daño que nos hicieron y lo mucho que merecían lo que hacíamos… Esto es todo lo que conocemos, la única forma de vivir que tenemos, ¡a lo que ustedes mismos nos orillaron!

—¡Yo no tuve nada que ver y lo sabes! ¡Y tampoco todos los niños y jóvenes que se están metiendo las porquerías que ustedes fabrican!

Scorpius desvió la mirada de nuevo.

—Lo sé. Ahora que te conozco… lo sé. Ya no es un concepto abstracto, sino una persona real. Es diferente.

Al tenía ganas de mandar a Scorpius al diablo, pero también tenía que admitir que entendía la situación y que de esa manera inexplicable que sólo ocurría con Scorpius, sentía empatía por él. No quería tomar una decisión, pero sí quería algo más.

—Pues ahora que me conoces y que conoces mi mundo, deben parar.

Scorpius por fin alzó la vista y lo miró a los ojos.

—A estas alturas de mi vida, no sabría cómo hacerlo —confesó—. Pero lo haría por ti.

Al no quería tragarse aquel cuento, de verdad no quería, pero las mariposas en su estómago que volaban cada vez que Scorpius movía las pestañas, no estaban de acuerdo con él.

Decidió fingir que seguía furioso.

—¿Y por qué me estás contando esto ahora? ¿Es porque te está explotando en la cara, por fin? No ibas a poder ocultarme lo que está pasando por mucho más tiempo, ¿es por eso?

Scorpius no dejó de mirarlo a los ojos para darle su respuesta.

—Es porque debo pedirte algo y temo que te va a gustar todavía menos que lo que has oído hasta ahora.

Al respiró profundamente, cerró los ojos y contó hasta diez.

—Merlín, dame paciencia —susurró—. Bien, te sigo escuchando, pero no descarto empezar a lanzarte maldiciones.

El rostro de Scorpius se tornó sombrío.

—Supongo que las merecería todas.

El silencio y las caras largas eran lo único que llenaba la casa de los Potter. Después de escarbar por cada gota de información y de intercambiar la que cada uno había obtenido de los pergaminos, la conclusión a la que habían llegado era estremecedora.

—Esto… esto va mucho más allá de lo que imaginé —dijo por fin Hermione.

Harry sintió escalofríos, pero permaneció callado, todavía sin saber cómo reaccionar.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó Lily en un hilo de voz—. ¿Podemos hacer algo?

—¿Colaborar con el Ministro para sacarlos de ahí? —sugirió Ron.

—No —interrumpió Harry, con firmeza—. Lo único que nos queda muy claro es que al Ministerio la vida de Al le importa muy poco. Tenemos que hacerlo por nuestra cuenta, como siempre.

—Tenemos el espejo —les recordó Ginny—. Y quizás con esto tenemos algo que dar a cambio de Al: información que es muy seguro que ellos no tienen.

Todos guardaron silencio, cada uno evaluando las opciones, pero en el fondo esperando que Harry aprobara el plan.

Finalmente, Harry asintió.

—Hagámoslo. Preparemos quién hablará con ellos y qué les dirá exactamente. Y qué le diremos a Al si podemos hablar con él.

—Yo lo haré —dijo James.

—No, lo haré yo —dijo Lily.

Harry estaba a punto de pelear su lugar cuando Ginny se hizo oír.

—Lo haré yo. Tienen que tener compasión por una madre, ¿no? ¡Tienen que tener una ellos mismos!

Harry moría por ser quien hablara con su hijo. Quería decirle mil cosas, decirle cuánto lo querían y lo esperaban, pero sabía que Ginny sentía lo mismo que él y decidió ceder.

Enseguida comenzaron a prepararlo todo.

—¿Te das cuenta de que lo que me estás pidiendo es completamente insensato?

Scorpius resopló.

—No sé si has notado que mi vida entera es insensata. Y ahora al parecer estoy transformando la tuya.

Al rió por primera vez en la conversación.

—Has de saber que te equivocas. Mi vida ya era así mucho tiempo antes de conocerte, Scorpius Malfoy.

Scorpius sonrió ligeramente, pero su rostro no perdió la duda. Lo que le estaba pidiendo hacer a Al era demasiado.

—Si lo hicieras, realmente estarías salvándome la vida —dijo, en otro esfuerzo por convencerlo.

Lo que no sabía es que Al no necesitaba mucho más convencimiento para cometer una locura más.

—Desde el momento en el que nos conocimos, nos hemos salvado el uno al otro una y otra vez —expresó Al, poniendo en palabras su corta historia—. Has sido un salto al abismo tras otro, pero honestamente, lo haría otra vez. Lo haré otra vez.

La expresión de Scorpius se iluminó. Incluso sus ojos parecieron un poco más grandes, un poco más grises.

—¿Lo harás? —Tomó la mano de Al, antes de decir lo siguiente con la garganta apretada—. No puedo creer que existas.

Al se dejó tomar de una mano y usó la otra para jugar con las hebras rubias.

—Estamos igual —dijo—. Por muchos años tampoco sospeché que existiera alguien como tú.

Scorpius inclinó el rostro hacia él, entrecerrando los ojos.

—¿Por favor no me mates? —susurró— No puedo controlar mis impulsos de cometer todas las estupideces posibles contigo.

Albus se rió y lo jaló por el cabello para besarlo.

Sí. Él también sentía que eran las personas más estúpidas sobre el planeta y que sólo a ellos se les ocurriría hacer esto en un momento así. Pero, por otro lado, no podía sacarse de la cabeza que no sabían qué ocurriría después. Si su plan funcionaría o no. Podrían acabar ambos muertos en un parpadeo.

Y Al no se iba a ir sin antes dejar atrás todas sus inseguridades y hacer el amor con el único hombre que lo había vuelto loco en su vida.

—Score… —susurró.

—Al —respondió este, con los ojos cerrados y la respiración agitada.

Al lo empujó de espaldas sobre la cama y se sentó a horcajadas sobre él. No encontró otra mejor manera de exponer su punto que pasar su mano por la entrepierna del rubio y acariciar suavemente su erección hasta hacerla endurecer.

La mente de Scorpius estaba prácticamente en blanco. Sí, algo en su interior sabía que estaba metido en la peor situación de su vida y que la cantidad de problemas que tenía eran abrumadores. Pero una parte más dominante estaba enfocada en Al. Desde el inicio, Al se había mostrado inseguro y cambiante, pero también completamente caliente cuando se entregaba a él. Y eso quería Scorpius, que Al se entregara a él por completo.

Mientras Al estaba sobre él, masturbándolo con más seguridad de la que había mostrado hasta ese momento, Scorpius le devoró toda la boca con toda la ansiedad y pasión que sentía. Después le desabrochó la túnica a jalones. Esta vez Al no estaba usando su uniforme blanco, pero igual usaba algo que lo ponía irremediablemente caliente: ropa del mismo Scorpius. Una vez que tuvo la túnica en el piso, la camisa a medio caer y los pantalones completamente abiertos, procedió darle vuelta a Al para ponérsele encima.

—No, tú primero.

Entonces se arrodilló, se inclinó y, sujetando sus caderas, se metió el miembro de Al en la boca, como había deseado hacer desde la primera vez.

Al se estaba revolviendo, enredado en su ropa maltrecha. Por un momento pareció que iba a detenerlo, pues lo sostuvo por los hombros con fuerza, pero al siguiente instante ya estaba dejándose perder en el placer.

Con los ojos entrecerrados, Scorpius alcanzó a ver sus manos aferrándose a las sábanas con todo su ser. Estaba temblando. Sólo pudo gemir con aquel pulsante miembro bien adentro de su boca, cada vez más duro, llegándole más profundo con cada nuevo impulso.

La mente de Scorpius estaba fija en su objetivo: quería volver loco a Al, quería mostrarle todo el placer que podía darle. Quería tenerlo entero y nunca dejarlo ir. Porque no sabía lo que iba a ocurrir después.

—Score… —susurró Al, perdido de placer, justo antes de venirse.

Se aferraría a estos recuerdos cuando estuviera frente a Nott.

Scorpius y Nott se reunieron de nuevo algunas horas después.

—¿Algo grave de tu lado? —preguntó Scorpius, sin mucho interés.

El hombre se limitó a negar con la cabeza para no darle más información. Scorpius suponía que si su lado del Paraíso estaba tan dañado, el de Nott no debía haber quedado mejor.

—¿Resolviste lo tuyo? —preguntó el hombre, cortante.

Scorpius asintió, siguiendo su juego de dar la menor información posible.

—Muy bien, ahora discutamos lo que haremos.

Nott se sentó a la mesa. Scorpius se sentó frente a él. Etaban solos. El resto del Paraíso estaba pendiendo de un hilo. Algunos intentaban ayudar a los heridos y deshidratados, otros hacían lo posible por reparar los puntos clave de la estructura de aquel sitio. Unos pocos todavía se afanaban en buscar información sobre el portal en los libros y registros que se guardaban con celo en la biblioteca. Pero todos sabían que, quisieran o no, la decisión de lo que se haría de ese momento en adelante estaba en manos de Nott y Malfoy, líderes de las facciones, uno por convicción y otro por azar del destino.

—Permíteme resumir nuestros problemas —comenzó Nott, llevándose una mano a la barbilla.

Scorpius rodó los ojos interiormente, pensando que a Nott sí que le gustaba el sonido de su propia voz.

—En primer lugar, el portal está cerrado. Por primera vez desde la fundación del Paraíso el portal no abrió el día y la hora que debió hacerlo. Si nos va bien, quizás fue cosa de una vez y se abrirá en unos días. Lo cual no sería tan malo, si no necesitáramos urgentemente agua, si no hubiera ocurrido un terremoto, y si no estuviéramos completamente sitiados por los Apartados.

Scorpius se limitó a fruncir las cejas, esperando a que terminara su monólogo.

—Como acordamos, es hora de abrir el portal. Usaremos al rehén para forzarlos a someterse a nuestras peticiones: darnos agua y dejarnos en paz —agregó Nott—. Después necesitaremos hallar otra manera de escondernos… pero primero debemos resolver esto.

Eso hacía pensar a Scorpius que Nott ya tenía un plan para esconderse después de esto. Y que él y su gente no estaban incluidos en el plan de salvación. Tras unos segundos, al ver que Nott no tenía nada más que agregar, Scorpius decidió intervenir.

—Bien, ¿y cuándo comenzamos? Según tú, en tu infinita sabiduría, lo único que necesitamos para abrir el portal es tener la sangre de todos los habitantes del Paraíso.

Nott ignoró su mal humor.

—Ahora mismo, sería lo ideal. No tenemos mucho tiempo. Trae a los tuyos y al rehén.

Scorpius desenvainó rápidamente una daga que traía consigo, lo cual por primera vez consiguió un movimiento de retirada de Nott. Él simplemente se rió.

—Yo tengo lista la sangre fresca de los míos. Trae a los tuyos a desangrarse —ordenó, alzando una ceja.

Nott no se quedó tan complacido.

—Tú trae al rehén, es hora de que sirva para algo —rebatió, alzando ambas cejas—. A menos que ya te hayas encariñado demasiado con tu amiguito.

Scorpius rodó los ojos, se giró e hizo un gesto con la varita.

Estella y Basil entraron en la habitación rápidamente. Traían a Albus entre ellos, sosteniéndolo por los codos. Scorpius supo que era él porque nuevamente traía túnicas de Scorpius puestas, pero por lo demás se negaba a verlo a los ojos.

Nott estaba muy complacido.

—Bueno. Procedamos, entonces.

La sangre estaba vertida en el cuenco. Nott y Scorpius eran los más cercanos a éste. Alrededor, había gente tanto de uno como de otro bando, ansiosos por ver los resultados. Estaban preparados para todo: para pelear contra los Apartados, para repeler una invasión a su hogar. Algunos, sospechaba Scorpius, estaban planeando el escape.

Él y los suyos no tenían un plan sólido. Todo dependía de cómo salieran las cosas en este momento.

Nott se ofreció de voluntario para leer el conjuro necesario y nadie chistó, temerosos de que Scorpius la cagara de nuevo, seguramente.

Nuevamente surgió un humo negro que los envolvió a todos. Contuvieron la respiración, esperando lo peor.

Pronto, hubo una luz que les devolvió la esperanza.

El portal parecía haberse abierto por la fuerza, por primera vez en un día que no le correspondía.

—Parece que está abierto —susurró alguien, sin atreverse a asegurarlo.

—¿Siempre ha tenido ese color? —preguntó alguien más.

—No —respondió alguien en el fondo.

—¿Cómo sabremos que ha funcionado, que está funcionando de la manera correcta?

Nott dirigió su mirada hacia Albus.

—Podemos hacer un experimento —respondió él—. Enviamos un conejillo de indias. Si termina hecho mil pedazos, significa que algo ha fallado e intentamos de nuevo.

El corazón de Scorpius se aceleró.

A pesar de que Al procuró permanecer con el rostro tranquilo, su inquietud debió notarse de algún modo, pues Nott se carcajeó. Scorpius intervino.

—No vas a sacrificar nuestra única esperanza de ser escuchados para hacer un experimento —declaró, tajante—. Si tantas ganas tienes de experimentar, usa al rehén que tienes tú.

Varias personas voltearon a mirarse, sin entender muy bien de qué hablaba Scorpius.

Nott se rió de nuevo.

—Diría que no se te escapa una, pero ambos sabemos que no es así. ¿Qué te hace pensar que sigue vivo?

Scorpius se encogió de hombros.

—¿Para qué lo querrías muerto cuando hay mil cosas peores que la muerte para las que podrías usarlo? Quizás me crees estúpido, pero en el fondo sabes que te conozco.

El rostro de Nott parecía querer mostrar aburrimiento, pero nadie ahí podía creer ese gesto.

—Experimentemos, entonces. Traigan al idiota.

Al estaba congelado en su lugar, sin entender bien qué pasaba. Sólo entendía que no lo sacrificarían a él. O eso parecía.

El idiota era el mago negro que Scorpius había pateado directo al portal, la noche en que había regresado al Paraíso. Suponía que Nott le haría cosas malas, pero también tenía la esperanza de que siguiera vivo. Y lo estaba. Scorpius no podría garantizar que seguiría así por más tiempo, dadas las circunstancias.

Cuando los guaruras de Nott lo trajeron, maniatado, estaba intentando dar gritos, acallado por un silenciador.

—Jefe, hay algo…

—Cállate, imbécil —respondió Nott de mala gana, arrebatándoles la guardia del prisionero.

—Pero jefe…

Nott tomó al rehén, quien se revolvió como serpiente, intentando liberarse. Entre sus movimientos torpes, logró darle un codazo a Nott en el pecho. Éste, enfurecido, le lanzó un crucio sin tentarse el alma. El tipo se retorció todavía peor del dolor, con un rictus de dolor pero la boca silenciosa.

Cuando por fin estuvo quieto, Nott lo tomó de nuevo y sin ningún protocolo lo aventó por el portal.

La luz cubrió su cuerpo casi por completo. Los gritos empezaron en cuanto estuvo lleno de luz de pies a cabeza. El encantamiento silenciador perdió su efecto para dejar salir horrendos alaridos. Su rostro se descompuso y su cuerpo convulsionó, intentando huir del dolor. La succión del portal para llevarlo a la superficie no fue lo suficientemente rápida como para que la gente no viera lo que había ocurrido: en cuestión de segundos los ojos del hombre se habían puesto en blanco y su cuerpo había cedido, creando peso muerto que el portal había llevado a la superficie. Si estaba vivo, no lo parecía.

Después de los gritos, sólo quedó el silencio y el murmullo del portal abierto.

—Bien —dijo Scorpius, en cuanto recuperó el aliento—. Creo que hablo por todos cuando digo que nadie usará ese portal.

Desenvainó la varita, dispuesto a defenderse mano a mano si Nott tenía la grandiosa idea de arrojar a alguien más hacia aquella luz mortal, como había hecho con su antiguo aliado.

—Eso es más que obvio —dijo Nott, para su sorpresa.

—Jefe —repitió uno de los gorilas con los que Nott andaba por ahí.

—¡¿Qué carajo quieres?! —gritó, exasperado.

—El espejo —susurró el hombre—. Ha estado llamando.

Nott volteó enérgico hacia el hombre y trató de callarlo. Pero era tarde, varios habían oído.

—¿De qué espejo hablas? —preguntó Scorpius, apuntándole directamente al guardaespaldas parlanchín.

Estella y Basil captaron inmediatamente su predicamento y le apuntaron directamente a Nott, aunque sin soltar a Al.

Al, en medio de ellos, apretó los puños.

En instantes, las varitas de todos estaban levantadas y sólo era cuestión de ver quién disparaba más rápido.

oOoOoOoO

Gracias a las personitas que leen aquí :)