El espejo hizo un sonido como de agua cristalina corriendo por un río. Al casi se ríe, por unos segundos, pensando que sonaba como el tono de un celular. La risa también era más generada por nervios que por otra cosa.

Todavía había gente apuntando a otra gente con sus varitas, mientras que otros ya las habían bajado. Nott no había reaccionado a tiempo, así que Scorpius le llevaba una pequeña ventaja: seguía apuntándole y obligándolo a revisar aquel espejo.

Albus estaba relativamente lejos de ellos, así que no supo qué causó que todos contuvieran el aliento.

—Por favor —imploró entonces una voz familiar— por favor no corten la comunicación. Tengo información que podría ayudarlos, incluso salvar sus vidas.

Mamá, pensó Al, pero se mordió los labios para no delatarla. No sabía qué estaba pasando, pero no pensaba meter a su madre en algún problema por su culpa. En más problemas, es decir. Decidió esperar a entender qué estaba pasando.

El espejo lo sostenía el guardaespaldas de Nott, quien parecía estar a dos segundos de orinarse en los pantalones. Nott estaba frente al espejo. Detrás de él, apuntándole con firmeza, estaba Scorpius. Alrededor de ellos estaba prácticamente la población entera del Paraíso.

Nott guardó silencio, probablemente enfurruñado al no estar un paso adelante por primera vez en su vida, así que el que habló fue Scorpius.

—¿Qué clase de información?

—¿Y qué quieres a cambio, Weasley? —agregó Nott.

Al contuvo la respiración. Era obvio que Nott había reconocido a su madre y si antes no sabía quién era él (como si no fuera la viva imagen de Harry Potter), ahora seguramente lo tenía claro.

—Puedo decirles de sus elfos… —comenzó a decir su madre, pero el resoplido de Nott la interrumpió.

—Esos inútiles son lo que menos nos interesa en este momento.

Tras un silencio, su madre dio otra alternativa.

—Puedo darles información sobre lo que está pasando en el exterior, entonces. Sobre el agua. Y el portal. Y el terremoto.

Nott alzó una ceja. Scorpius miró fijamente el espejo.

—¿A cambio de qué? —preguntó esta vez él.

—Quiero hablar con mi hijo —dijo ella, firme—. Sé que Albus está con ustedes.

Alrededor se escuchó un murmullo general y la atención se enfocó en él. Algunos lo señalaban, sorprendidos, otros lo miraban con sospecha, otros probablemente lo insultaban en voz baja. Albus no alcanzaba a distinguir todo lo que la gente decía, porque estaba ocupado intentando entender lo que decía su mamá.

—Es todo lo que pido. Por favor, atiendan la súplica de una madre. Sólo quiero saber que está bien y que juren que no le harán daño y que volverá con bien a nosotros.

Nott y Scorpius intercambiaron una mirada rápida. Al podía ver en sus ojos lo que pasaba por sus cabezas. Nott estaba en desacuerdo, pero llevaba las de perder. No tenían muchas opciones.

—Nott hará un voto de no lastimar a Al —aseguró Scorpius.

Nott le mostró los dientes, pero la valentía no le duró mucho. La decisión en los ojos de Scorpius y las varitas que le apuntaban parecieron presionarlo.

—De acuerdo —dijo, como si fuera magnánimo, como si estuviera decidiendo él mismo.

El ritual fue corto. Nott juró por su magia, dejando algunas gotas de sangre en el piso. Al jamás había visto un ritual así, pero lo que sea que hubiera hecho pareció satisfacer a su mamá, porque aceptó la ofrenda.

—Y usted también, joven Malfoy —dijo Ginny entonces.

Scorpius se sorprendió ante la petición, quizás incluso más por haberse hecho con su apellido, pero al final no tardó en dejar caer su propia sangre, jurando por su magia que no dañaría a Al y que lo dejaría volver a ver a su familia.

—¿Y bien? —dijo Ginny al ver finalizar el acto— ¿Dónde está Al?

Scorpius miró alrededor.

—Aquí no hablarán —dijo, mirando con recelo a la gente—. En una sala privada.

—En tus sueños —dijo Nott—. Yo estaré ahí.

Scorpius miró con nerviosismo la escena frente a él. Era completamente inesperada, pero nada había sido previsible desde el momento en que había salido del Paraíso.

Gracias por eso, Parkinson, pasó por su mente.

Al estaba sentado frente a una mesa, encima de la cual estaba el espejo por medio del cual el bastardo de Nott había estado comunicándose con el exterior durante quién sabe cuántos años.

Nott estaba en una esquina de la habitación, con Estella y Basil vigilándolo de cerca. Los guaruras de Nott estaban intentando vigilar a Scorpius, pero sin saber muy bien si les estaba permitido alzar sus varitas contra él, parecían más bien estar listos para enfrentarse contra un boggart. Eso no tenía nada contento a Nott. Scorpius estaba seguro que al menor descuido iba a terminar lanzando imperdonables.

Por ahora no tenían otra opción y esperaba estar haciendo lo correcto. O por lo menos haber tomado la mejor opción, dadas las circunstancias.

—¡Al! —chilló la mujer en cuanto tuvo a su hijo frente al espejo.

Aunque al principio no había sido claro el parentesco, ahora Scorpius no podía evitar notar las similitudes. Si bien Al no portaba el cabello de fuego, sí tenía su misma nariz, su boca y sus pecas. También compartían una misma expresión de determinación.

—Estoy bien, ma —dijo él, con voz firme—. Estoy bien. ¿Ustedes…?

Ella asintió.

—Todos estamos seguros.

—Después del terremoto…

—Cada Weasley se ha reportado al frente, bebé, no te preocupes.

Scorpius quiso sonreír ante el alivio en la cara de Al, pero logró contenerse a tiempo.

—Han prometido que te dejarán ir si les doy información. Que no te harán daño.

Al asintió, mirando de reojo a Scorpius y a Nott.

—¿Qué está pasando? —preguntó— ¿Hice algo…?

La señora Potter negó ligeramente con la cabeza.

—No, bebé. Esto va mucho más allá de todos nosotros. Pero ya hablaremos cuando vengas a casa, ¿sí?

Al asintió.

—Te quiero, ma.

—Yo te quiero más. Todos te queremos mucho —dijo ella, sin poder evitar que su voz se quebrara un poco.

Scorpius estaba a punto de interrumpir la conversación, presionado por el tiempo y por la presencia de Nott, cuando Al habló por última vez.

—Ma —dijo, con la voz tan firme como al principio—. Los quiero mucho a todos, por favor dile a papá y a Jamie y a Lily y a Teddy y a los tíos y a las tías...

—Al…

—No importa lo que pase, siempre encontraré una forma de volver, ¿OK?

—Todos te queremos mucho. Tu padre…

Nott se escabulló de entre Estella y Basil y prácticamente arrancó el espejo de la mesa. Trataron de detenerlo, pero ya estaba hablando. Scorpius hizo un gesto conciliador. Nott podía ser una patada en el hígado, pero no era estúpido. Probablemente haría las preguntas pertinentes, incluso más de las que podían hacer ellos, ya que él había tenido contacto con el exterior —y por lo tanto más información— todo este tiempo.

—¿Están tratando de matarnos? —preguntó bruscamente— ¿Eso es lo que pretenden, con el secuestro de los elfos y el terremoto?

La mujer parecía sorprendida.

—¡Por supuesto que no! —dijo, un poco indignada— ¡Nadie está tratando de matarlos! ¡Y el terremoto ni siquiera fue causado por un mago!

Nott no parecía creerlo.

—Ya, entonces fue sólo un saludo amigable, ¿no, Comadrejilla?

Todos los presentes voltearon a verse atónitos ante el insulto, pero la señora Potter no pareció intimidarse.

—No. Fue una advertencia —dijo.

Nott frunció el ceño.

—¿De qué mierda hablas?

—El terremoto fue una fuerza mayor… La Magia. Cuando la sociedad mágica de un lugar entra en decadencia, la Magia busca un balance, ya sea uniéndolos o destruyéndolos a todos.

—¿Qué? —preguntó Estella, quien había permanecido callada hasta el momento—. Eso no tiene sentido —dijo—. La magia es de cada mago.

—No —dijo Ginny, con firmeza—. La Magia es de todos los magos. Miren hacia el siglo pasado. Los muggles culparon a las guerras y los magos a Grindelwald, pero… parte de esa destrucción fue causada por la Magia. Al menos eso es lo que los Inefables estaban investigando —explicó—. Era algo que no querían que se supiera, para no causar alarma. Sus jueguitos con pociones oscuras están destruyendo nuestra sociedad, de más maneras de las que ustedes imaginaban.

—Entonces sí nos quieren matar —concluyó Nott— para que no haya más disputas, para que "su sociedad" de traidores a la sangre —agregó, burlón— sea bella y próspera, sin sangres puras. Por favor, la decadencia de su sociedad es también su culpa, por orillarnos a esto. Y ahora quieren matarnos.

El corazón de Scorpius se aceleró. ¿Era eso? ¿Los destruirían para buscar la paz?

—¡No! El Ministerio quiere que salgan de su escondite porque tienen la teoría de que la Magia detectará que estamos unidos de nuevo. Y probablemente detenga esto.

—¿Esto?

Hubo un silencio. Ginny pareció mirar hacia un lado. Luego asintió.

—El terremoto y… otros eventos… han destruido varios lugares importantes. Suponemos que también a ustedes les ha causado daños o que inminentemente los causará.

Scorpius tuvo un escalofrío.

—¿Qué la detendrá entonces? —preguntó él mismo— ¿Que salgamos, eso es todo?

Ginny asintió.

—Es una teoría. La más sólida que tenemos. Son libres de buscar una explicación y dárnosla, si la tienen.

—¿Y el agua? —preguntó Basil, repentinamente— ¿También fue la Magia?

—Intentos desesperados del Ministerio para forzarlos a salir. Pero hasta ahora ustedes no han dado el brazo a torcer. Supuse que tener toda la información los haría cambiar de opinión.

Nott se rió. Fue una carcajada fuerte, dura, con un tinte de locura.

—No salir de aquí ha dejado de ser nuestra decisión —dijo—. Estamos atrapados. Y si la Magia, como dices, se ha vuelto loca… entonces todos moriremos aquí —agregó, entre risas—. ¡TODOS, TODOS MORIREMOS AQUÍ, incluso tu precioso bebé Potter!

Nott estaba tan fuera de sí, que sin pensar dos veces en el juramento que acababa de hacer, alzó su varita y apuntó a Al. Su juramento de sangre hizo que la maldición que intentó lanzar se volviera contra él.

Scorpius reaccionó sin pensar y alzó la varita contra Nott. Los guardaespaldas de éste reaccionaron inmediatamente, intentando detenerlo, pero Estella y Basil fueron a su rescate y lo protegieron con escudos.

Los guardaespaldas lanzaron todo lo que podían contra ellos, obligándolos a levantar protección tras protección, cuando ellos las tiraban. Nott sacudió la cabeza y reaccionó lo suficiente como para repeler los ataques de Scorpius. La edad y la malicia le dieron pronto la ventaja: tras un intercambio de maldiciones, lanzó un hechizo que quemó la mano de Scorpius hasta obligarlo a soltar la varita.

Scorpius cayó de rodillas en el piso. El dolor lo consumía y todo a su alrededor ocurría demasiado rápido.

Nott jadeó en un gesto de victoria y apuntó una vez más, listo para lanzar una imperdonable.

Scorpius cerró los ojos.

Pero no esperaban la carta sorpresa: Al le dio de lleno por la espalda a Nott con un desmauis.

Los guardaespaldas se descuidaron por el shock de ver que el rehén se convertía en su verdugo.

Basil aprovechó para lanzar su peor bombarda contra uno de los guardaespaldas.

Estella petrificó a Nott. Entre Al y ella lo lanzaron contra la pared y lo ataron ahí con magia.

Basil, animado por esa victoria, no tardó en someter al otro guardaespaldas.

Al terminar, se miraron unos a otros, agitados.

Scorpius finalmente logró levantarse del suelo, aturdido por el dolor y por lo rápido que había ocurrido todo. Su rostro no podía estar lleno de otra cosa que de agradecimiento hacia cada una de las personas en la habitación. Al corrió hacia él y comenzó a lanzar encantamientos de estasis para contener los daños de la maldición.

Estaba tan distraído intentando escuchar a Al recitando una lista de pociones que tenía todavía en la enfermería que podrían ayudarlo, que tardó un rato en escuchar la voz de Estella y tardó todavía más en entender con quién hablaba.

Finalmente, él y Al recordaron el espejo a la vez y voltearon para encontrar a la señora Potter, pálida del susto. Estella sostenía el espejo frente a ellos, para mostrarle que se encontraban bien.

—¡Al! —gritó ella— ¿Qué rayos está pasando?

—Es la historia más larga de mi vida, ma —explicó Al—. Tendrá que esperar a que logremos salir de aquí.

Si logramos salir de aquí, pensó Scorpius, desesperado.

Albus estaba sorprendido de la capacidad de Scorpius para guardar la calma en un momento como ese. Estella y Basil estaban temblando. Él mismo intentaba detener los pensamientos fatalistas. Por lo menos me despedí de mamá. Y después de papá y de Lily, mi enana. Y de Jamie. Su corazón se sentía mucho más ligero.

Después de que Nott estuvo incapacitado, Scorpius lo encerró en la sala a modo de celda y movió a la pequeña comitiva a otra habitación. Por el momento, la facción de Nott no parecía echarlo de menos. Probablemente todavía lo creían reunido con Scorpius, comunicándose por el espejo. O estaban ocupados intentando salvar sus propios pellejos.

Como fuera, el tiempo corría rápidamente. Mientras un grupo de voluntarios del bando de Scorpius buscaban en su biblioteca información sobre la Magia y su posible rol en la creación del Portal, del otro lado del espejo los Weasley estaban vueltos locos buscando información acerca de la magia de sangre que pudieran haber usado los sangres puras para crear el Paraíso. Y después para sellarlo inadvertidamente. Afortunadamente, Hogwarts seguía siendo el lugar más seguro posible, gracias a la directora McGonagall; y ahí se habían lanzado en parvada intentando extraer información de su biblioteca.

Al tiempo que eso ocurría, Al había tenido tiempo de hablar con su familia, sin bien rápidamente y sin revelar demasiado de su situación. Ante todo, intentaba asegurarles que todo saldría bien. Aunque no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Toda esta historia parecía algo salido de leyendas que le contaban de niño, simplemente no podía ser real.

—Muy bien —dijo su tía Hermione, apareciendo de la nada frente al espejo.

Su cabello estaba por todas partes, sus lentes estaban chuecos y su cara estaba llena de moretones y rasguños, pero nada de eso parecía importarle.

—Muy bien —repitió—. Encontré algo.

Scorpius escuchó aquello, soltó el libro que tenía en las manos y corrió para colocarse al lado de Al y escuchar.

—¿Qué es?

La tía Hermione lo miró con toda la desconfianza que podía caberle en la cara. Al intentó hacer un gesto para animarla a hablar y pareció funcionar.

—Parece ser una variación antigua del Fidelius, el Perfugium. Es un encantamiento para crear un refugio —dijo—. Sólo que en lugar de un Guardián del Secreto, hay varios. Y como es magia de sangre, son Guardianes de Sangre, por lo menos un representante por cada familia mágica que habite el lugar.

Albus miró a Scorpius, emocionado de tener al fin respuestas, pero lo encontró serio.

—Eso lo sabíamos —dijo Scorpius—. Lo que queremos saber es cómo abrir el maldito portal.

Hermione pareció contenerse para no lanzarle un regaño a Scorpius. Después de una pausa en la que probablemente contó hasta diez, respondió la pregunta velada.

—Aquí dice que el portal sólo recibirá órdenes por medio de sangre. Para abrir el portal se necesita la sangre de todos los habitantes del refugio.

Scorpius apretó los puños.

—Eso también lo sabíamos —dijo—. Y ya lo intentamos. No funcionó.

—Eso es imposible —dijo la tía Hermione.

Scorpius parecía estar perdiendo por fin su compostura.

—Debe ser mi culpa —dijo—. Cuando intenté abrirlo con la sangre de la mitad de las familias mágicas que habitan aquí… seguramente eché a perder el encantamiento o lo obligué a encerrarnos. Debe haber información sobre cómo restaurarlo, debe…

—No —interrumpió Hermione—. Si produces un encantamiento sin todos los ingredientes, simplemente no funcionará. O harás un encantamiento completamente diferente… No tiene sentido. Esto no tiene sentido.

Hermione desapareció del espejo.

—Fue a buscar más información —explicó su padre, apareciendo en el espejo unos segundos después—. Está segura de que la información es correcta. Deben usar la sangre de todos los habitantes para abrir el portal. No puede haber otra manera…

—¡Pero así lo hicimos! ¡Usamos la sangre de todos los que viven aquí, maldita sea!

El rostro de Scorpius estaba rojo. Parecía a punto de soltar lágrimas de frustración. Al hubiera querido abrazarlo, consolarlo, hacer algo, pero…

Su cerebro hizo clic al mismo tiempo que el de su padre.

—¿Estás seguro de que usaste la sangre de todos? —preguntó su padre, mirando a Albus fijamente.

—No usaste la sangre de todos —dijo al mismo tiempo Al, girando la cabeza hacia Scorpius.

La alerta corrió rápidamente. Todos tenían cinco minutos para recoger sus pertenencias. Lo que quedara atrás, quedaría atrás probablemente para siempre. La facción de Nott no tenía mucha información. La facción de Scorpius fue advertida de lo que ocurriría una vez que salieran a la superficie. Se nombraron voluntarios para cuidar de otros: Gamp, Parkinson, Blishwick y algunos más. Cada uno tenía asignado a un elfo doméstico. Scorpius daba gracias a Merlín de haber resguardado a los más posibles.

Scorpius le entregó a su madre a Estella, junto con el fantasma de su tía.

—Tu madre no está nada contenta con esto —espetó su tía, cruzándose de brazos.

Un encantamiento mantenía la silla de su madre flotando a su lado. Ambas parecían fantasmas. Scorpius se había aferrado al cuerpo de su madre por mucho tiempo, pero al verla así algo en su corazón se destrozó. Scorpius le dejó un beso en la mejilla, intentando dejar en él la ternura que no había recibido desde que ella había partido en todo menos en cuerpo.

—Por favor… —le dijo a Estella en un susurro.

—Cuidaré de ellas —respondió ella, con voz firme—. Buena suerte.

Parkinson tenía a su cargo a otros tantos. Scorpius se acercó y agradeció también lo que había hecho por él todos estos años. El chico se quedó con los ojos y la boca abiertas. Scorpius aprovechó el momento para abrazarlo y darle un beso en la mejilla también.

Al lo estaba esperando en un rincón, alejado del ajetreo, cruzando los brazos con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Terminaste?

Scorpius no pudo evitar sonreír de medio lado.

—Soy todo tuyo —dijo.

En la confusión, a su cargo habían quedado solamente Al, Nott y sus secuaces detenidos. Si alguien lo notó, seguramente Estella y Basil, no dijeron nada.

Los Potter se alistaron para salir, cada uno con una tarea muy clara.

Teddy llegó con un llavero en la mano, apenas con suficiente tiempo para unirse a los demás y le dedicó una mirada a James. Esta vez la mirada no pasó desapercibida.

—¿Qué pasa? —preguntó Rose.

James tuvo la opción entonces de actuar solo o de confiar en su familia. Decidió de que era momento de actuar como un equipo.

—Escuchen todos —pidió. Se hizo un silencio—. Teddy y yo tenemos un plan, porque creemos saber lo que pasará con Al si lo atrapan los aurores. Y lo llevaremos a cabo. Sólo quiero pedir su apoyo y, si no lo tengo, quisiera que no pusieran obstáculos.

Su padre y su madre fruncieron el ceño.

—¿Qué ocurre, Jamie?

Cuando les explicó lo que quería hacer, las primeras en reaccionar fueron Rose y Lily, quienes lo abrazaron mostrando su apoyo.

—Bien —dijo Harry, simplemente—. Así lo haremos, hijo.

James creyó ver un dejo de orgullo en los ojos de su padre.

Scorpius recogió la sangre de todos nuevamente, uno por uno, asegurándose de que no faltaba nadie. El antepenúltimo fue Nott, todavía su prisionero, a quien él mismo le clavó la daga con satisfacción para verter su sangre. El penúltimo fue él mismo, el único representante posible de la sangre Malfoy y Greengrass. El último fue Al. El más reciente habitante del Paraíso. Scorpius le dio la daga y él derramó su sangre con la de los demás.

Esta vez Scorpius confiaba en que el encantamiento funcionaría. Y eso era probablemente lo más aterrador que le pasaría en su vida.

Sin dar más tiempo a reaccionar, tomó la mano de Al con su mano sana y recitó el encantamiento. El portal sólo obedecía órdenes con sangre. Y Scorpius le ordenó al portal sacarlos a todos de ahí.

Afuera, los Potter estaban preparados, pero la gente del Ministerio no.

El Portal se abrió y en segundos todos los pobladores del Paraíso estaban afuera. Algunos se veían confundidos, mirando hacia todas partes, definitivamente tomados por sorpresa. Otros no pasaban ni cinco segundos en el lugar, pues desaparecían de la mano de los elfos.

Los aurores intentaban atacar, detener a los rebeldes, pero el caos era mucho y la sorpresa había jugado un papel fundamental.

Era tarde para ellos. El plan estaba funcionando.

—¿Quién ha liberado a los elfos? —preguntó un auror a gritos.

Y sí, alguien había abierto las jaulas de algunos elfos, pero también algunos otros habían ido a la superficie con sus amos. Y alguien, aunque jamás se probaría quién, había bajado las barreras antiaparición, por si acaso.

Los Potter y los Weasley eran causantes de mucho del caos, pues en cuanto habían visto a Albus salir habían corrido desde todas las direcciones para protegerlo. Los aurores, que ya no sabían a quién disparar, comenzaron a librar una batalla contra ellos y contra todo el que se les cruzara en el camino.

Scorpius no estuvo tranquilo hasta que el último de los suyos se hubo desaparecido. A su lado, Al se aferraba a su mano. En el piso, Nott intentaba deshacer el amarre mágico para emprender su propia huida.

Scorpius lanzó nuevos encantamientos para mantenerlo quieto. Pronto, los aurores detectaron a Scorpius y a Al y corrieron hacia ellos, lanzando hechizo tras hechizo que Al intentó repeler con barreras, mientras Scorpius levitaba a Nott.

—Un regalo para ustedes —les gritó a los aurores, antes de lanzar a Nott de cuerpo completo contra ellos.

Lo siguiente que lanzó al aire fue la varita de Nott.

A su lado, Al alzó su propia varita y gritó un encantamiento familiar, de las historias que contaba su padre.

—¡Priori incantato!

Un auror contuvo el cuerpo de Nott, mientras otro atrapó la varita. Otros dos siguieron su camino hacia Al y Scorpius, pero el Priori dejó salir de la varita los restos de la maldición asesina y eso los distrajo por unos segundos.

Ese fue tiempo suficiente para que el mayor de los Potter llegara hasta su hermano y le entregara un llavero, que este aferró con una mano, mientras la otra no soltaba a Scorpius.

Nadie pudo reaccionar, todos fueron simples testigos de la desaparición de Scorpius y Albus, quienes dejaron detrás la huella de los terribles actos cometidos con la varita de Theodore Nott, al mismo Nott y a sus secuaces.

James huyó, protegido por Teddy, Rose, Hugo y Lily. Scorpius y Al ya estaban muy lejos de ahí, llevados por el traslador.

Epilogo

—Descansa, Teddy —dijo Al, abrazando al que había consolidado su lugar como uno de sus hermanos mayores y su mentor.

—Tú también descansa, por amor de dios —dijo él, antes de meterse por la chimenea y dejarlo en su casa.

Teddy se había ofrecido a darle clases para complementar sus conocimientos los viernes por la tarde. Y aprovechaba para llevarle los chismes del momento. En esta ocasión, entre encantamientos enfocados en las extremidades inferiores, habían discutido también el fin del juicio a Theodore Nott, quien pasaría el resto de su vida en Phoenix Rack, la nueva prisión mágica del Ministerio. Y lo tenía bien merecido.

Thedore Nott había asesinado silenciosamente a los miembros del Paraíso que le llevaban la contraria. Así se había deshecho de todos los adultos. Pronto se le encontró culpable de múltiples homicidios (incluyendo el de Draco Malfoy y Daphne Greengrass) e intentos de homicidio (incluyendo el de Astoria Malfoy).

Resultaba que Scorpius tenía más en común con su suegro de lo que hubiera pensado a primera vista—los más cercanos a él también habían muerto para protegerlo.

Scorpius había recibido con horror, pero también con un poco de alivio, la verdadera historia del Paraíso. Su padre y otros sangres puras lo habían planeado como un refugio, jamás como un lugar de venganza. Eso había sido enteramente instigado por Nott, quien una vez que hubo matado a los adultos se había hecho cargo de alimentar a los menores con rumores, historias y confabulaciones.

Aun así, en su corazón seguía habiendo rabia, confusión y culpa que a veces no podía externarle a Albus. Afortunadamente Estella y Basil seguían siendo sus amigos, a pesar de todo. Quién diría que siendo libres elegirían seguir hablando con él.

—Parece que ha terminado la clase de Al —dijo, al escuchar la chimenea de la sala.

Él estaba hablando con Estella y con Basil en la chimenea de su estudio.

—Bueno, entonces nos despedimos. ¡Nos vemos pronto! —se despidió Estella, con una sonrisa que Scorpius no le había conocido hasta verla en la superficie.

Basil no lo tomó con tanto humor.

—Saludos al Regalito —dijo. Al parecer nunca dejaría de llamarlo así.

La mayoría de los sangre puras vivían de nuevo en Inglaterra, si bien se habían dispersado y ocultado en donde nadie los buscaría: pueblos lejanos, mayormente muggles. Parkinson estaba saliendo con un muggle, de entre todas las cosas. Estella había dejado de ser la prometida/madre sustituta de Scorpius y ahora recopilaba libros extraños para crear una biblioteca especializada.

Ahora Estella ya no cuidaba de la madre de Scorpius, pues semanas después de su salida a la superficie la habían perdido. Su corazón no había resistido el cambio de presión, según le había explicado Al. Scorpius sabía que su madre se había ido mucho antes, pero no por eso la pérdida de su cuerpo fue menos dolorosa. Todavía había noches en que lloraba por ella y por su padre en los brazos de Al, dejando por primera vez salir la angustia de su pecho.

Por su parte, el fantasma de su tía se había mudado a Hogwarts, donde se rumoraba que ahora era amiguísima de Myrtle. Eso a veces lo hacía sonreír.

Scorpius creía que siempre viviría con un vacío en su corazón, pero ahora intentaría ser lo que sus padres hubieran querido, no lo que Nott lo había vuelto.

La sociedad mágica no estaba restaurada, pero había esperanzas. Para empezar, el tráfico de pociones ilegales se había detenido, ahora que el Paraíso no existía. Theodore Nott y sus guardaespaldas habían servido como chivos expiatorios y aunque a los otros habitantes también se les buscaba para condenarlos por crímenes contra la salud, los meses pasaban sin rastro de ellos. La Magia parecía no echarlos en falta. No había destruido nada más. Parecía que la teoría de los inefables había sido correcta y la habían calmado con su sola presencia, si bien silenciosa, dentro de la nueva sociedad mágica.

Al jamás sería un inefable, pero sentía… sentía como si hubiera más magia en el aire. Como si la Magia se hubiese curado, de alguna manera. Todavía se usaban objetos muggles y muchos egresados de Hogwarts buscaban seguir estudios universitarios muggles también, pero las cosas parecían cambiar lentamente. Habían aparecido más animales fantásticos. Muchos más niños los tenían como mascotas. La gente se tomaba más en serio la magia y el Nuevo San Mungo no atendía tantos casos estúpidos, o por lo menos eso decía Teddy.

La bomba explotaría metafóricamente en unos años, cuando los primeros niños que habían pasado su infancia en el Paraíso cumplieran doce y recibieran indudablemente sus cartas de Hogwarts, ahora que nada lo impediría. Caronte, quien era amigo de Al desde la enfermería del Paraíso, sería de los primeros. Al no había parado de contarle historias sobre cómo sería su vida en Hogwarts y el niño tenía mucha ilusión.

Al moría por que llegara ese momento. Quería ver las caras de todos cuando estos pequeños inocentes llenaran de vida la casa de Slytherin, su casa. Y las otras casas, de ser así, por supuesto.

Mientras tanto, Al seguía siendo parte de la comunidad ahora dispersa del Paraíso y trabajaba como sanador para ellos. Como no podía simplemente volver con su familia y fingir que nada había pasado (también había una orden de búsqueda en su contra), había cometido la locura de comenzar a entrenarse como médico muggle. Scorpius lo maldecía todas las noches, cuando en lugar de irse a la cama a descansar tenía que desvelarse devorando un montón de información que no podía creer que los sanadores mágicos no estudiaban.

—Realmente necesitamos cambiar muchas cosas todavía, como sociedad mágica —dijo más noche, cuando antes de dormir estudiaba un artículo sobre los efectos a largo plazo de la falta de vitamina D, un tema que seguía apasionándolo debido a sus pacientes—. Desearía que los sanadores pudieran entrenarse también en las artes muggles.

Scorpius rodó los ojos y se levantó de la cama. Estaba vestido solo en boxers, prenda que ahora encontraba muy cómoda. Fue hasta Al y cerró de golpe la computadora muggle que tenía enfrente.

—Y yo desearía que mi novio dejara de estudiar y viniera a la cama a darme sexo como Merlín manda.

—¡Score! —exclamó Al, algo avergonzado.

—Score nada. Mañana vendrán tus padres y quién sabe cuánto tiempo se queden. A ti te da pena hacerlo cuando están ellos, así que exijo que lo hagamos hoy cuantas veces se pueda, si piensas dejarme sin sexo otra vez mientras estén aquí.

Al resopló.

—¿Tengo alguna alternativa? —preguntó, juguetón.

—Sí —dijo Scorpius, con una sonrisita—. Chupármela.

Scorpius todavía no encontraba un nuevo rol en esta vida. De momento, se preocupaba por todo y ayudaba en lo que podía. También producía pociones de broma que se vendían exclusivamente en Sortilegios Weasley para ganar algo de dinero, aunque no lo confesaría ni bajo tortura.

Su única otra actividad era ser voluntario en un centro de recuperación de adicciones tan abandonado y necesitado de ayuda que ni siquiera requirió que se identificara. Albus lo había sugerido, como una manera en que Scorpius pudiera resarcir un poco los daños que había hecho. Para su sorpresa, él había aceptado. Y otros ex habitantes del paraíso habían seguido su ejemplo.

Mientras decidía sobre su vida, Al le estaba dando su tiempo. Después de todo, él mismo había tardado en encontrar su camino y sería un hipócrita si lo juzgara por ello.

Scorpius no dejó que Al siguiera enfocado en sus estudios. Ya era tarde y era un viernes, por amor al cielo, podría dejarlo para luego. Estaba muy orgulloso de lo que Al estaba logrando cada día, pero eso no quería decir que iba a dejar que pasara todo su tiempo con la nariz metida en algún artículo.

Para distraerlo, comenzó a acariciar su cabello, a besar su cuello, a jugar con sus pezones y pronto con su miembro, ligeramente erecto.

—Score —gruñó Al.

—Ven a la cama —ordenó, con voz ronca de deseo.

Al quizás pensara que era broma, pero Scorpius realmente lo necesitaba y se volvería loco al no tenerlo todo el fin de semana. Con el paso de los meses había aprendido a apreciar las visitas de sus suegros y sus cuñados y la horda de Weasleys cuyos nombres todavía no se aprendía, pero jamás se acostumbraría a lo mojigato que se volvía Al cuando había uno de ellos bajo el mismo techo.

Afortunadamente, el resto del tiempo Al era todo menos mojigato. De hecho, cada día era más asertivo en expresar lo que deseaba. Y eso era muy caliente.

—¿Qué quieres? —susurró Scorpius cuando lo tuvo desnudo, por fin, sobre la cama.

Al gimió y se retorció.

—Adentro —rogó, trayendo a Scorpius por el cuello.

Scorpius ya no tenía dudas: Estaba enamorado de Al y convencido de que la Magia misma los había reunido. No había otra explicación para lo que sentía. Después de susurrar un encantamiento lubricante, le metió su miembro poco a poco. La unión de sus cuerpos vulnerables hacía pasar por su columna corrientes de magia que provocaban que ambos tuvieran que entrecerrar los ojos, abrumados por el placer.

—Al…

Cuando alzó la cabeza un poco, Scorpius fue testigo de la mirada perdida de placer, la respiración rápida, los suaves temblores que atravesaban el cuerpo de Al. Cada vez que hacían el amor, Scorpius recordaba la primera vez que lo había tomado.

Y es que la reunión con Nott tras el terremoto se había retrasado por una simple razón: Scorpius y Albus habían estado entretenidos en otros asuntos.

—Renuncié a mi mundo por ti —había susurrado Al, con los ojos muy abiertos, como si por primera vez se diera cuenta del tamaño de sus decisiones.

Scorpius lo estaba penetrando lentamente, sin dejar que nada lo distrajera, moviendo las caderas acompasadamente, buscando provocarle el máximo placer posible.

Su corazón se aceleró.

—¿Renunciarías al tuyo por mí? —había continuado Al, muy bajito, como si ya esperara una respuesta negativa y la temiera.

—Sí —respondió Scorpius, para sorpresa de ambos, sin chistar.

Y lo había hecho. Ambos habían renunciado a sus mundos para crear uno propio.

—Score… —gimió Al en el presente, con un gesto casi de dolor.

Se había venido sin que Scorpius lo tocara y estaba apretando su entrada con contracciones que lo mandaron directo al orgasmo también.

—Al…

El moreno respondió aferrando las caderas de Scorpius entre sus muslos.

—Vente adentro —pidió, casi delirante.

Sus ojos verdes parecían al borde de las lágrimas.

Scorpius no pudo más que obedecer y una vez más se vino dentro de Al, en un acto de posesión que lo seguiría volviendo loco toda su vida.

Cuando Scorpius y él terminaron de hacer el amor, el rubio agitó su varita para limpiarlos y luego de nuevo, para abrir la ventana.

—Te va a dar frío —gruñó Al, apretujándose contra él.

—Quiero ver el cielo —respondió Scorpius, adormilado, y dejó un beso en su cabeza.

Eso era algo que jamás le podría negar.

Atrás había quedado la aventura más grande de sus vidas. Muy atrás habían quedado los deseos de destacar en algo más que su padre. Al sentía que en un año había crecido más que en todos sus años de vida.

Nada era perfecto. Estaban en vigilancia constante y por momentos parecía que sus futuros pendían de un hilo. Pero Al nunca se había sentido tan seguro como en los brazos de Scorpius.

Y pensaba vivir cada gota de felicidad que pudiera.

Notas:

Quiero agradecer a todos los que lean esta historia, pero especialmente a aquellos que comenzaron a leerla hace años y me enviaron mensajes de ánimo a través del tiempo. Nunca van a saber todo lo que sus mensajes significaron para mí en los momentos más difíciles.

Probablemente no imaginen la satisfacción que siento de por fin terminar esta historia. Pasé por tantas cosas para poderlo hacer... Espero que les haya gustado. De ser así, agradezco cualquier comentario/kudo/señal de humo.

Que haya magia en sus vidas,
Lore