Verdades del OESED

La misma escena se repetía muchas veces en el espejo, aunque estuviera apartando la mirada para que esta cambiara. Minerva no solía frecuentar esa habitación demasiadas veces, pues era la primera en reusarse a embelesarse por escenarios que jamás ocurrirían, y generalmente era partidaria de que fuese destrozado fuera de los límites del colegio.

Sin embargo, estaba ahí, mirando una fantasía que, de haberse hecho realidad, cambiaría el destino del mundo mágico.

– No esperaba encontrarte aquí, Minerva. –la voz de Dumbledore se hizo notar cuando ingresó a la habitación–. ¿Sabes? Muchos magos viejos y sabios fueron burlados por las ilusiones del espejo muchas veces; lo que vemos en el espejo probablemente jamás pueda ser real.

Minerva no se sobresaltó.

– ¿Fue realmente correcto dejar al joven Potter en los Dursley? –inquirió.

– Así que eso es lo que te inquieta. –contestó Dumbledore, pensativo. No se aproximó al espejo–. Era la única manera de que la protección de su madre funcionara, sí. De no haberlo hecho me temo que el presente de Harry sería… problemático. Años de amistad me han enseñado que no es todo lo que quieres decirme. Y quisiera escucharte.

Para un mago experimentado como Dumbledore, Minerva era un libro abierto; ostentaba una destreza inigualable y una prudencia forjada por los años, pero su carácter no era suficiente para burlar a un sabio anciano.

– No puedo dejar de pensar en qué hubiera pasado si nos hubiésemos quedado con el joven Potter desde un principio. Tal vez criarlo en el colegio, evitando que peligros lo asecharan constantemente. Más que nada, alejándolo de esos repugnantes muggles sin sentido común.

– Mi querida profesora, me impresiona que se exprese de esa manera de la familia del joven Potter. Más que nada, el «qué habría pasado si…», como dije antes, un futuro incierto regiría al muchacho en este momento.

La mujer no respondió. Albus sonrió, comprensivo.

– ¿O estás queriendo señalar algo más íntimo, Minerva?

Al no recibir respuesta, Albus avanzó hacia el espejo con apacibles pasos, observando el reflejo con mucha atención; muchas veces se había pasado madrugadas intentando dar con ilusiones que, aunque fuesen momentáneas, aportaran algo de sentido a las hazañas que cometía. Minerva, flaqueándolo confusa por su impertinente pregunta, se aproximó tan solo dos pasos.

– Un mago sabio dijo alguna vez que cuando dos personas con el mismo deseo se detallan en el espejo, su conexión jamás podrá romperse. –Albus suspiró, se mantuvo cabizbajo antes de enfrentar a su amada–. Hay cosas que no tienen retorno, Minerva, y aunque me habría gustado criar el joven Harry honrando la memoria de sus padres, era algo que no nos concernía.

Minerva se paralizó.

– Habrías criado a ese muchacho mejor que nadie.

– Albus. –la anciana se ruborizó.

Y frente a ellos, danzando en un espejo encantado, una gata atigrada miraba fijamente a un niño de cabellos azabaches que yacía dormitando en los brazos de Dumbledore. Era una familia que a ambos le habría gustado tener.

Entonces, apartando la mirada solo por unos instantes, Albus se acercó a Minerva y depositó un apacible beso sobre su mejilla ruborizada.