Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.
I - EL NÚMERO 12 DE GRIMMAULD PLACE
5
Ya había amanecido pero él permanecía bajo sus cobijas, negándose a enfrentar un nuevo día. Eso de ocultarse con cobardía del mundo exterior a veces le ocurría, aunque no con mucha frecuencia.
Harry estiró su mano hasta tomar su varita que descansaba en la mesita de noche y, con una floritura suave, hizo que las cortinas se corrieran y despejaran la ventana. Aun así, la penumbra de su habitación poco cambió. Se sentó sobre la cama y con su vista borrosa de miope trató de enfocar el cielo del exterior.
Bostezó sin ganas y frotó sus ojos con su puño cerrado, colocó las gafas sobre su nariz y caminó hacia el frente. Miró sin mirar el despertar de la ciudad mientras la niebla londinense le daba los buenos días.
Un sentimiento de desazón le llenó el corazón al ver la bruma cubrirlo todo, era un sentimiento conocido pero lejano al mismo tiempo. Tomó su bata y se la colocó encima, abrió la ventana y la brisa helada le caló hasta los huesos al llegar hasta su amplio balcón. Frotó sus manos una contra la otra para calentarse un poco antes de hacer aparecer agua y comida de lechuza en más de una decena de recipientes ubicados en la esquina más alejada.
Alzó sus ojos verdes hasta el cielo y se acomodó mejor su bata, sabía que podía hacer un hechizo de calefacción exterior, pero raras veces, como aquella; prefería pretender que podía sobrevivir a un poco de mal clima sin necesidad de magia.
Apoyado sobre el barandal del balcón, detalló los edificios de la gran ciudad partir el horizonte gris con el ruido de los cláxones y el humo de los autos de fondo. Extrañó por un momento los amaneceres naranjas contra las colinas verdes de Escocia que rodeaban Hogwarts, el cielo rosa al alba en las praderas de la Madriguera e incluso la tranquilidad y silencio absolutos de las mañanas en los suburbios de Surrey en Privet Drive.
Quizás Londres no le gustaba tanto como el algún momento pensó que lo haría.
Suspiró al saberse demasiado melancólico sin ninguna razón en especial. Entonces, a lo lejos, divisó una pequeña mancha que volaba hacia él a toda velocidad y se hacía más grande a medida que se acercaba. Otra media docena de puntos siguió apareciendo en el horizonte por lo que, con la agilidad que da la rutina, conjuró una caja de madera grande con la inscripción de Correo tallada en ella y se dio la vuelta sin darse el tiempo para mirar una vez más todas las lechuzas que comenzaban a llegar con correspondencia de todo el país dirigida a él.
Entró a su habitación, cerró la ventana y fue directo a la ducha con un nudo en el estómago al saber que, como cada mañana, elegiría sólo tres o cuatro cartas para leer antes de archivarlas todas en el fondo de su armario.
No importaban si eran agradecimientos o maldiciones, peticiones de ayuda o falsas pistas de fugitivos. Todas por igual le generaban el mismo dolor de cabeza y nauseas que le hacían devolver el desayuno, si por casualidad se le daba por comer antes de sentarse a leer.
Hermione le había sugerido un encantamiento que le hiciera indetectable pero Harry sabía lo importante que era para aquellas personas que le escribían el hacerle llegar sus mensajes. Ella insistía que si no les daba una respuesta, era lo mismo que nada; pero aun después de tanto tiempo jamás había tomado una pluma para escribir la primera réplica.
Abrió la llave de la ducha para que el ruido del agua cayendo encima apagara el sonido de los aleteos y ulular de las lechuzas fuera, mientras dejaban las cartas en el buzón y comían y bebían lo que él mismo les había dejado para que recargaran energías tras sus largos viajes.
Pasó sus manos por su cara empapada y rozó con las yemas de sus dedos la cicatriz en su frente. No pudo evitar pensar que nunca se consideraría a sí mismo un héroe y que quisiera que los demás lo vieran tan sólo un poco como él se veía: un chico de veintiún años cuyo propósito en la vida, profetizado antes de nacer, ya se había completado y que ahora no tenía ni idea de que era lo que iba a hacer con el resto de su vida.
—No te tardaste nada.
Ron acababa de aparecer en el salón del primer piso de Grimmauld Place con la cara lívida y la varita empuñada en alto. Encontró a su mejor amigo mirando con atención la pared del tapiz y dejó salir un silbido de admiración al notar el árbol genealógico de los Black, limpio y brillante como nunca lo había visto antes.
—Me has metido un susto de muerte, hombre—comentó Ron al acercarse donde Harry aún le daba la espalda. Puso una mano encima de su hombro, como para darse un poco de tranquilidad y comprobar que estaba bien, y continuó en voz más baja—. No recuerdo cuando fue la última vez que me enviaste un mensaje con tu patronus.
Harry volteó a mirarlo y sonrió a modo de disculpa luego de alzarse de hombros. Quizás Ron tenía razón y había sobre actuado, aquello no era tan urgente como para hacer que su ciervo plateado apareciera en la oficina de aurores del Ministerio solicitando a Ron que fuera de inmediato a la casa de los Black.
Su amigo pelirrojo tuvo que utilizar todo su poder de convencimiento para evitar que, junto con él, enviaran el mejor escuadrón de agentes para que verificaran que todo estaba bajo control.
—Lo lamento—murmuró Harry volviendo sus ojos al tapiz y acariciando el rostro joven de Dorea Potter—. Apenas acabo de leer el cable oficial de la actividad inusual de dementores en Londres que detectaron esta mañana— Ron se giró a ver detrás suyo una pila de papeles del ministerio sobre un escritorio desvencijado. Al parecer Harry había preferido trabajar en la casa de su padrino que en la oficina aquel día—. Me imagino el revuelo que causó ver aparecer mi patronus.
—¿Mucha correspondencia hoy, eh? —fue todo lo que dijo Ron que ya conocía las rutinas de Harry tras tantos años viviendo juntos. Cuando despertó, ya su amigo se había ido por lo que supuso que ya estaría en el Ministerio, aunque al llegar allá no lo encontró. En ese momento sólo puso los ojos en blanco y esperó pues, tarde o temprano, Harry siempre aparecía.
—Ni te lo imaginas—suspiró él y trató de no recordar las noventa y ocho cartas recibidas aquella mañana. Sólo leyó una, la de una niña de seis años que le pedía que le ayudara a encontrar a su padre que un día se fue y nunca volvió a casa. Le bastaron diez minutos para encontrar su nombre en el registro de los aldeanos de Hogsmeade caídos de la Batalla de Hogwarts. No pudo ni quiso seguir leyendo.
Ron lo miró con preocupación aunque sabía que todos tenían malos días, y ese día en especial había sido malo para todos por la avalancha inesperada de dementores que atacaron un sector importante de la ciudad. Su departamento había estado dentro del área de influencia así que, sin saberlo, su ánimo esa mañana había amanecido afectado.
Lo realmente grave es que Harry no haya sido capaz de detectar la magia oscura de esos seres y se haya dejado sumir en la tristeza y la desesperanza. En teoría, él era el más experimentado.
A diferencia de Harry, Ron al despertar ese viernes y ver la densa neblina, sentir ese dolor sordo en el pecho y recordar sin motivo aparente la sonrisa de su hermano Fred; saltó sobre su varita y convocó su Jack Russel protector. El ambiente de peligro y vulnerabilidad era obvio para cualquier auror con experiencia como ellos.
Sin duda, Harry se merecía un descanso pues se estaba volviendo ya un peligro para él mismo.
—¿Ya se controló la situación de los dementores? ¿Fue algún ataque de la resistencia? ¿Necesitan refuerzos? Debemos volver ya al Mininsterio…—Harry pareció despertar de repente y miró a Ron como entendiendo la magnitud del problema. El pelirrojo negó con la cabeza.
—No hay tal resistencia— comenzó Ron y al ver que Harry trató de interrumpirlo, alzó una de sus manos y se lo impidió—. Sé a lo que te refieres, pero no. Ya todos los mortífagos y sus simpatizantes han sido neutralizados— El pelinegro hizo un gesto parecido a un puchero y se cruzó de brazos—. Ya el departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas está a cargo de los acercamientos con los gigantes y demás seres que apoyaron el lado oscuro—. Harry abrió la boca una vez más y Ron tampoco lo dejó seguir—. Sí, sé que normalmente tienes un sexto sentido para estas cosas pero confía en mí. No es bajar la guardia, es comenzar a creer que todo va a mejorar… — suspiró largamente y terminó-. Sólo se reportó un ataque directo, un muggle solitario vagaba por el puente Serpentine en Kensington Gardens cuando apenas salía el sol. La patrulla llegó a tiempo, ahora está internado en San Mungo con un tratamiento intenso de chocolate, luego de desmemoriarlo no habrá mayor problema.
—¿Y el resto de los dementores? —dijo Harry retrocediendo hasta el escritorio y rebuscando en los papeles el final del informe. Ron avanzó asombrado hacia el tapiz, como si ponerlo al día fuera cosa rutinaria entre ellos:
—Fueron encapsulados y trasladados a zona segura, eran casi ciento veinte. Al no contar ya con Azkabán como fuente de alimento estaban desesperados y hambrientos. Una ficha suelta que no vimos venir—. Harry se mordió la lengua para no replicar que así como ese ataque, más podrían pasar si no se detenían a hacer un panorama general de la pos guerra. Sin embargo, se contuvo pues sabía que incluso Ron pensaba que estaba demasiado estresado y paranoico. Su amigo pelirrojo le observó como leyéndole los pensamientos y sonrió alzándose de hombros—. Y ahora, ¿Me dirás para qué fue que me llamaste? Aunque al ver esta pared me puedo hacer una idea. ¿Cómo hiciste para repararlo? ¡Quedó perfecta!
Harry se lo quedó viendo una vez más y negó con la cabeza. En una situación normal, habría llamado a Hermione antes que a Ron para que observara los cambios inusuales en la casa, pero había algo que no le terminaba de convencer y quería conocer la opinión de Ron en todo aquello.
—Eso es lo extraño, no hice nada. Sólo llegué hoy y lo encontré así.
—Entonces, tuvo que ser Hermione. Ella nos dijo que esta semana se encargaría de las reparaciones y que no nos apareciéramos por aquí ¡Finalmente lo consiguió! —Ron exclamó con orgullo, pero al instante se giró a ver a Harry pensativo y preguntó—. Aunque, ¿No crees que es extraño que no nos haya dicho nada?
Y Harry asintió porque todo lo dicho por Ron, fue justo lo mismo que él pensó al llegar a la casa y encontrar tamaña sorpresa en el salón.
Draco apareció a las tres en punto al frente del número doce de Grimmauld Place. Iba vestido de negro cerrado y esta vez se esmeró por llevar una túnica más disimulada que no llamara tanto la atención de los muggles, sin embargo, sus medidas de precaución fueron innecesarias pues la calle estaba desierta. Ese día le había costado de sobremanera alistarse para salir, tuvo una mañana terrible y apenas entendía el por qué.
No había engominado su cabello rubio sino que lo dejó desordenado y húmedo pues apenas se había duchado treinta minutos antes de salir de casa. Ahora se arrepentía de ello pues sentía que iba a pescar un terrible resfriado. Sus ojos estaban enmarcados por unas profundas ojeras que no alcanzó disimular con magia y su piel lucía más pálida de lo normal. No había comido nada desde el almuerzo del día anterior.
Escuchó un pop a sus espaldas y se giró a ver a Hermione Granger aparecer. Suspiró quedamente pues si él se veía sólo la mitad de mal de lo que ella lo hacía, podía darse por bien servido. Tenía su cabello amarrado en una trenza larga a un lado de su cabeza para disimular su desastre, vestía un abrigo gris manchado de café encima de unos vaqueros desgastados y una camisa rojo Gryffindor de mangas largas. Sus botas negras estaban llenas de barro y sus manos descansaban dentro de sus bolsillos. Un par de mechones rebeldes se escapaban del amarre de su cabello y sus ojos cafés lucían cansados y en su rostro no había rastros de una sola gota de maquillaje.
—Buenas tardes, Malfoy—dijo dando dos pasos hasta él que la miró de arriba abajo haciéndola enarcar una ceja.
—¿Sabes, Granger? Eres una bruja, esa mancha de ahí puedes retirarla con magia—. Ella puso los ojos en blanco y avanzó hasta el porche.
—¿Podrías saludar como una persona normal por una maldita vez en tu vida? —rezongó con molestia y le hizo a un lado para subir los escalones con cuidado. Draco sonrió por primera vez en varios días.
—Vaya, parece que alguien tuvo un mal día en la oficina…
Hermione rodó los ojos y con su varita lista fue avanzando por la terraza. Malfoy la seguía a una distancia prudencial. La puerta se salió de sus goznes al abrirla y ella suspiró aliviada porque no había sido muy grave. Una vez en el vestíbulo, le tendió su mano a él que respiró profundo antes de tocarla.
Notó de inmediato que quedó paralizada, era como si al juntar de alguna manera sus cuerpos, ella no pudiera conjurar correctamente la aparición. Era miedo. Cerró los ojos y pensó en el tapiz donde estaban todos sus antepasados Black, al instante él los llevó hasta el primer piso donde habían tenido algún avance la última vez.
Hermione le soltó avergonzada por no poder controlar sus emociones al estar con él, por lo que mientras le daba la espalda inspeccionó la pared. Estaba temblando sin control y fue por eso que huyó de su lado. Durante la invasión de dementores esa mañana revivió cada instante de su tortura en la Mansión Malfoy, sólo que por momentos lo veía a él en lugar de Bellatrix empuñando la varita. Fue entonces cuando, pensando en el momento en el que Harry y Ron la abrazaron después de que la batalla terminó, murmuró Expecto Patronum y su nutria juguetona la acompañó hasta llegar a su oficina.
Draco la observó sacar un libro de hechizos de su bolso y hacer dos sencillas florituras con su varita. La punta brilló con una luz opaca y ella comenzó a pasarla por encima de las ramas del árbol que unían los nombres. Pudo ver como sus manos temblaban, así que apartó su vista y se cruzó de brazos.
Fue entonces cuando descubrió encima de un escritorio desvencijado, un montón de sobres vacíos de pergamino. Se veían nuevos y resaltaban en medio de la suciedad del lugar. Se acercó con sigilo hasta el escritorio y, bastó que tomara uno de ellos para que la mesa se desplomara contra el suelo haciéndolos brincar a los dos. Hermione se giró sobresaltada y lo miró acusadora.
—Alguien ha estado aquí— dijo Draco al mostrarle el sobre con el membrete del Ministerio. Ella se acercó y se lo quitó de la mano. Palideció aún más, si es que eso era posible y exclamó apuntando a la puerta con su varita— ¡Homenum Revelio!
Pero no sucedió nada. Draco la miró confundido.
—¿Qué rayos sucede? —inquirió sin entender. Ella quemó los papeles pero no pudo regresar al tapiz aunque ya respiraba más tranquila.
—Pensé que había alguien oculto. Son cables oficiales del Ministerio, de seguro Harry estuvo aquí antes de enterarse del ataque de esta mañana. Tendré que explicarle nuestros avances en las reparaciones.
Draco la miró espantado, omitiendo los detalles del cara-rajada.
—¿De qué ataque estás hablando? —exclamó mientras ella caminaba por la habitación con cuidado de no tropezar los muebles. Hermione lo miró como midiéndolo, aquello era información confidencial, nada se había dicho a la prensa, al menos hasta que Kingsley estuviera seguro de la causa.
Hermione pudo detectar miedo puro en los ojos grises de Malfoy. Había empuñado sus manos y su cuerpo gritaba que estaba a la defensiva. Sus ojeras se veían aun más profundas y un rictus de rabia se le dibujaba en la mandíbula. No dejaba de perder peso, cada vez que se encontraban, le veía más delgado y menos saludable.
—¿Has estado comiendo bien? —fue lo primero que se le vino a la mente. Él la miró como si estuviera loca y replicó:
—¿Cómo dices…? —ella se dio cuenta del sin sentido de sus palabras. Acababa de cruzar la delgada línea de la privacidad y se arrepentía desde lo más profundo. Entendió que su casa en Belgravia había estado en pleno corazón de la invasión de la mañana, por lo que buscó en el fondo de su abrigo y le tendió una envoltura brillante que cabía dentro de su puño. Él no se movió, desconfiado. Ella avanzó hasta él y tomó su mano derecha entre las suyas. Depositó el pequeño paquete en su palma y retrocedió otra vez hasta el tapiz. Le dio la espalda y procedió a ignorarlo.
Draco observaba de una pieza la media rana de chocolate que ella le había entregado. Más allá de pensar si ella realmente creía que estaba tan hambriento que comería de las sobras que sacaba del bolsillo de su abrigo sucio, sabía que aquello no era simplemente eso que parecía.
—Cómelo, te hará bien—dijo ella otra vez concentrada en su tarea. Y Draco, en contra de todo pronóstico, decidió hacerle caso. Quitó el papel brillante y se metió de un bocado la media rana de chocolate en la boca. Al instante, sintió que una calidez casi mágica se expandió por todo su cuerpo.
—Dementores—murmuró él sentándose en el piso sucio de madera y sin importarle que se llenaría de polvo. Ella asintió sin decir palabra— ¿No me piensas decir más nada, cierto? —Hermione negó con la cabeza aun de espaldas a él y sonrió porque Malfoy podía ser un cretino, pero también era un mago astuto e inteligente. Se sorprendió a sí misma por tan disparatado pensamiento. Le oyó suspirar y lo siguiente que sintió fue su presencia a su lado—. ¿Ya terminaste? Es la hora del té y este lugar está hoy más terrorífico que de costumbre.
Hermione rodó los ojos y finalizó el recorrido de su varita en el nombre de Draco en el tapiz. Él miraba la luz encima de las letras y se sintió extraño. Como si algo cosquilloso se le hubiese instalado en el estómago. Volteó a mirarla a ella y el sentimiento se intensificó. Hermione Granger sonreía cerca de él por primera vez desde que podía recordar. Sus ojos se giraron a verlo y brillaron de la emoción, al tiempo que un aro dorado se extendía alrededor de su imagen y su nombre en el árbol genealógico.
—¡Te ha aceptado! —exclamó ella llena de alegría y dando brinquitos cortos. Draco la miró enarcando una ceja— ¡La casa te ha aceptado! Ahora eres de manera oficial el heredero de los Black.
Él no entendía que quería decir aquello, ni tampoco sabía que consecuencias tenía. Sin embargo, si ella estaba feliz debía ser bueno y, de alguna manera que no comprendía, le estaba contagiando de esa felicidad.
—Hurra—dijo sarcástico por lo que ella giró los ojos y Draco sonrió de medio lado como respuesta. Ella hizo señas para que salieran del salón rumbo a las escaleras. Él las miró con desconfianza pero ella le empujó para que bajara, movió su varita suavemente y las lámparas se encendieron llenando el pasillo con luz mortecina.
Cada paso que daba rechinaba bajo sus pies y Draco temía que toda la estructura colapsara si hacía un mal movimiento. Hermione le seguía cada paso y cuando él suspiró de alivio al llegar al vestíbulo, ella saltó de emoción. De alguna manera, que hayan llegado en una pieza hasta esa habitación, parecía un gran logro.
—No sé cómo funcionaba, había una prueba de sangre que aun no hemos hecho. No entiendo, pero la casa te aceptó— Hermione estaba confundida. Faltaba un paso que sabía que involucraba la sangre líquida, roja y real de Malfoy, por eso le había hecho ir. Pero una vez inició los encantamientos, no hubo necesidad—. Esas son buenas noticias.
—Eso lo pude deducir por tu exceso de emoción—dijo él avanzando hasta la puerta—. Como todo te sale tan bien sin mi ayuda, no creo que requieras que venga la próxima semana.
Ella le miró enarcando una ceja y bufó. Salió tras él al exterior y negó vehementemente.
—No es una decisión que tú puedas tomar. Nos vemos el miércoles de la otra semana—terminó ella poniendo los brazos en jarras alrededor de su cintura.
—El jueves—corrigió Draco apenas esbozando una sonrisa burlona, sólo por el placer de llevarle la contraria. Ella puso los ojos en blanco y desapareció.
Draco Malfoy caminó un par de pasos y se desvaneció en el aire rumbo a su casa. Una vez estuvo frente a ella, Walton le abrió la puerta y le dejó pasar.
No se sorprendió al ver a Theodore sentado en su sala de visitas con cuatro puestos de té servidos y humeantes. El chico pelinegro le sonrió y Draco se sorprendió al observar su semblante algo desmejorado. Se le notaban un poco las ojeras y sus ojos verdes y pálidos se veían cansados.
—¿Esperamos a alguien más que como tú se aparece en mi casa sin invitación? —comentó después de chasquear sus dedos y que Walton apareciera a su lado con una reverencia.
—Tan hospitalario como siempre—la voz de Blaise Zabini le sorprendió desde el umbral de la puerta justo antes que una ráfaga de pelo negro saltara a su cuello y le hiciera caer sentado sobre el sillón.
—¡Draco! —chilló Pansy asida a él como si temiera que despareciera de un momento para otro. Él quiso alejarla pero se lo pensó mejor y le correspondió brevemente el abrazo. No los veía desde el funeral de su padre. La chica se puso de pie y se sentó en el sofá junto a Blaise—. ¿Dónde estabas?
Draco suspiró bajo la mirada atenta de sus tres amigos, incluida la sonrisa burlona de Theodore.
—Sí, Draco, ¿Dónde estabas? —preguntó Nott burlón. Él rodó los ojos y ordenó a Walton:
—Llévate el té. Tráenos chocolate caliente a todos—el elfo asintió demasiado contento de tener una orden clara de su amo por primera vez en semanas y desapareció. Ellos le miraron interrogantes y Draco se alzó de hombros. No sabía cómo explicarles a Pansy y a Blaise lo que estaba sucediendo con Granger y la casa de Potter. Recordó la alegría mal disimulada de la castaña al anunciarle su nuevo estatus de líder de la familia, por lo que sonrió sin darse cuenta ni entender por qué. Recordó la media rana de chocolate y sacó de su bolsillo el pedazo de papel metálico donde había estado envuelta. Hizo un mohín con su boca, ni siquiera él entendía lo que estaba pasando, así que miró la neblina que había permanecido todo el día sobre la ciudad y soltó a sus amigos sin pensarlo—. Parece que soy el heredero oficial de la familia Black, sea lo que sea que eso signifique.
N/A: Disculpas mil de antemano por la demora. Estoy a la tarea de escribir al menos unos 3 capítulos más para no atrasarme publicando.
Soy débil ante este Harry melancólico e incomprendido, casi que infantil y desamparado que leí en HP and The Cursed Child. O al menos esa impresión dio en mi. Creo que la guerra lo ha dejado cansado. Pronto, espero inyectarle un poco más de acción a esto =D
Espero nos podamos leer en los reviews.
Ldny
