Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.
I - EL NÚMERO 12 DE GRIMMAULD PLACE
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Theodore observaba impasible la chimenea encendida por donde acaba de desaparecer Draco acompañado de Granger. Estuvo tentado a seguirlos pero al final desistió de la idea pues, aunque no conocía mucho a la Gryffindor, tenía claro lo testarudo que su amigo podía llegar a ser y lo mucho que se molestaría si trataba de descubrir que era lo que se traía entre manos.
Dio un par de vueltas por el salón y agudizó la vista tratando de encontrar algo fuera de lugar que pudiera darle una pista de qué hacía ella, después de un viernes de fiesta, en la casa de los Malfoy. Sacudió un poco su cabeza y sonrió socarrón al descartar rápidamente un encuentro más cercano de los apropiado entre esos dos, sin embargo no dejaba de ser sospechosa la forma en la que se hablaron e, incluso, se tocaron antes de partir:
—No es seguro aquí para ti —había murmurado la castaña cerca al oído de Draco cuando este se sentó en un sillón listo para pretender que no pasaba nada delante de Theodore. Él, a pesar de ello, detalló el semblante enfermizo y el sudor que lo cubría.
—¿Te sientes bien? —le había inquirido él acercándose con lentitud y estirando su mano hasta su frente. Sus dedos apenas alcanzaron a rozarlo antes que Draco, de un manotazo, le apartara.
—Perfectamente —respondió arrastrando cada sílaba y mirando hacia otro lado. Fue en ese momento, cuando Hermione Granger lo tomó del brazo con brusquedad y lo levantó de su asiento, mientras que con su otra mano agitó su varita y prendió el fuego de la chimenea. Arrastró a Draco, caminando con grandes zancadas, y luego de lazar un puñado de polvos Flú, se disculpó a medias y con prisa.
—Lo siento, Nott, pero tenemos un asunto urgente que discutir lejos de aquí. ¡Número doce de Grimmauld Place!
Theodore suspiró al no encontrar nada extraño en la sala vacía y comenzó a pensar en el trágico destino de su amigo Draco Malfoy y en el de su madre, Narcissa, que había aceptado el papel de ser su madre adoptiva y a la cual no había podido ayudar a recuperar a su hijo perdido en su propio sufrimiento.
Él siempre supo que toda su generación se había echado a perder. Unos más que otros, eso era cierto, pero todos habían quedado total y completamente jodidos desde que la última y más importante batalla de esa guerra se había gestado en sus salones de clase y con ellos como soldados.
Era un convencido que si todos seguían haciendo como si no hubiese pasado nada, como si no hubiesen muerto amigos, como si sus padres -independiente del bando que defendían- no fuesen más que unos asesinos; bueno, no faltarían en el futuro muchos más aspirantes a Señor Oscuro.
Al igual que muchos otros, Theodore fue una víctima más, con la diferencia que tuvo la astucia suficiente para sobrevivir y no dejarse involucrar en el movimiento mortífago. Siempre fue una vergüenza para su padre, que nunca lo creyó capaz de tomar la marca tenebrosa. Gracias a eso, al finalizar la guerra, sólo tuvo que asistir a un par de audiencias en su contra por torturas contra alumnos menores en Hogwarts. Lo encontraron inocente y libre de cargos por estar actuando bajo la coacción de los hermanos Carrow. Sin embargo, su conciencia no pensaba lo mismo y todas las noches le recordaba los gritos y aullidos de dolor en las mazmorras.
Fue capaz de adaptarse a ambos bandos como una serpiente escurridiza y es por eso que observó siempre con pesar como Draco se hundió en el fango hasta el cuello y sufrió la impotencia de no poder ayudarle en lo absoluto.
La inesperada participación de Narcissa en la batalla final, que muy pocos conocían, le dio la carta de salvación a la familia Malfoy, pero su amigo, como toda su generación ya se había echado a perder y el salvarlo de la desesperanza y hacerle recuperar las ganas de vivir, cuando aún él estaba buscando las suyas, parecía un reto imposible.
Theodore suspiró quedamente y decidió dar una última vuelta por el lugar antes de retirarse. Todo parecía normal en la planta baja y nada le delataba el porqué de la presencia de Hermione Granger en aquel lugar. O al menos así fue hasta que se movió con pasos lentos alrededor de la cocina e inspeccionó con preocupación el contenido de un caldero apagado.
—Walton —llamó al elfo con seguridad aun cuando no sabía si aparecería. Tras escuchar un crack a sus espaldas se giró a cuestionarlo—. ¿Qué se supone que es esto?
—El amo Draco sufrió un accidente esta mañana. Tomó su primera dosis antes de que usted llegara.
Theodore mismo le había enseñado a Draco a elaborar esa poción en séptimo año para ayudar a los alumnos que perdían sangre en las torturas de los Carrow. Era usada normalmente por Sanadores experimentados, como su madre lo había sido.
En aquel instante se arrepintió de haber dejado ir a Granger con Draco. Aunque en ese momento su sexto sentido le indicó que la prisa que ella tenía era real y la urgencia con la que desaparecieron escondía mayores problemas, supo que debía haber insistido en acompañarlos pues nada tenía que ver la comprometedora posición en la que los encontró. Ahora no tenía ni idea de donde se encontraba su amigo ni por qué estaba herido. Se suponía que todo el lío de la casa no era más que un pasatiempo inofensivo.
Su cerebro estaba trabajando a millón pero no quiso sacar conclusiones apresuradas, miró a Walton y supo que no le diría más nada. Muy seguramente Draco le habría advertido que mantuviera la boca cerrada. Sacó su varita del bolsillo de su túnica e hizo aparecer del aire un par de frascos de cristal, vertió en ellos lo que quedaba de la poción reintegradora y se lo ofreció al elfo.
—Ve donde tu amo. Debe volver a tomarla en ocho horas y luego en ocho más. Es mejor prevenir porque no sé cuanta sangre perdió y tú no piensas decírmelo.
—Perdió la suficiente para que todas las precauciones del señor Nott sean justificadas —. Y sin agregar más desapareció en el aire dejando a Theodore convencido que debía encontrarlos. Miró su reloj de pulsera y suspiró al saber que debía volver a Malfoy Manor, sin Draco, al almuerzo que Narcissa Malfoy había preparado para ellos. Ni siquiera quiso detenerse a pensar qué excusa le daría la mujer que ahora era lo único parecido a una familia que tenía.
Hermione sumergió el pañuelo en un bol de agua helada, lo retorció para eliminar el exceso y suspiró sin darse cuenta. Giró su cabeza a la izquierda y detalló con preocupación el rostro de Malfoy: sus mejillas estaban sonrojadas y alrededor de su nariz puntiaguda se podía vislumbrar una capa fina de sudor.
Ella dobló con cuidado la tela y la colocó sobre su frente con lo que logró que él diera un respingo, sin embargo se mantuvo en su posición, acostado en la cama desvencijada que un día perteneció a Sirius Black.
—La fiebre no baja —comentó Hermione para sí misma tras ponerse de pie y caminar hasta un escritorio que parecía mantenerse en pie de milagro. Tomó su bolso de cuentas y metió su brazo completo en él. Draco la observaba de reojo mientras trataba de no pensar en toda la suciedad de años acumulada en ese colchón asqueroso donde ella le había obligado a acostarse.
—Dime ahora algo que ya no sepa —respondió él mordaz. Hermione puso los ojos en blanco y finalmente sacó su libro "Magia ancestral: Familia y Sangre" del fondo de su bolsa.
Habían llegado a Grimmauld Place tras hacer creer a Theodore que todo estaba bien, pero ambos sabían que el estado de Draco empeoraba cada minuto y ni siquiera tenían claro que era lo que tenía.
—Parece imposible, pero eres mucho más detestable estando enfermo —concluyó ella dejándose caer a los pies de la cama y haciendo que se levantara una ligera nube de polvo que los hizo estornudar a los dos. Él se cubrió con las manos la nariz y al abrir los ojos, disimuló lo mejor que pudo la sorpresa al encontrar sangre en sus dedos.
Se limpió con las sábanas marrones y dejó caer pesadamente sus brazos a lo largo de su cuerpo. Estaba muriendo, eso era un hecho, pero además por más ilógico que sonara, era Hermione Granger quien trataba de salvarle la vida mientras lo que le mataba era una maldición anónima, un hechizo fantasma hecho por una casa antigua y ruinosa, sin dueños ni nadie que pudiera ayudarles a descifrar el porqué…
—¡Eso es! —exclamó incorporándose y quedando sentado junto a ella, que detuvo su lectura para mirarlo asustada—. Los dueños de esta casa… ¿Quiénes son?
—Los Black —respondió Hermione como si fuera obvio—. Tu familia materna ya prácticamente extinta.
—Una familia mágica no se extingue tan fácil, Granger —dijo tratando de ponerse de pie pero ella le detuvo colocando sus manos en su pecho desnudo. El sólo roce de su piel le hizo detener y carraspear. Miró el afiche de Gryffindor raído en la pared para no encontrarse con sus ojos y continuó—. Yo soy un Black, es cierto. El último, quizás. Pero debe haber más, quizás no vivos, pero que aun así que nos puedan ayudar con esto. Esta casa debe ser como Malfoy Manor, la memoria de una familia, los recuerdos de un linaje están en los libros sí, pero también en las imágenes…
Hermione abrió los ojos como platos y se puso de pie emocionada:
—¡Los retratos! —Draco vio como sus ojos brillaron y lo siguiente fue su melena castaña perdiéndose escaleras abajo rumbo al vestíbulo. Él la siguió a paso lento, sosteniéndose del pasamanos y arrastrando los pies. Cada vez se sentía más y más débil.
A pesar de que creyó que la encontraría enzarzada en una discusión acalorada con uno o varios antepasados suyos, se sorprendió al encontrarla de pie y en silencio frente a una pared cubierta por una pesada cortina negra que ya se veía gris por el polvo acumulado.
—¿Y bien? —preguntó él colocándose junto a ella y observándola interrogante.
—Shhh —siseó ella poniéndose el dedo índice sobre los labios para pedirle silencio. Draco la miró confundido.
—¿Qué diablos…? —con un rápido movimiento Hermione se movió hasta él y le puso una mano sobre la boca y otra detrás de su nuca. Sus labios resecos y quebrados rozaron su palma blanca y suave. Fue tanta su impresión que se quedó callado al momento y se dejó envolver por las sensaciones provocadas por aquel toque, siendo la más sorprendente de todas, el palpitar desbocado de su agonizante corazón. Movió sus ojos grises hasta ella que apartó la mirada como avergonzada por algo que él no entendía muy bien, tomó su mano entre las suyas y la apartó. Sin embargo, para sorpresa de Hermione no la soltó al exclamar—. Muéstrate.
Una brisa que no venía de ningún lugar sopló por el pasillo y corrió las cortinas a la vez que fuertes aullidos de rabia llenaron la estancia:
—¡SANGRESUCIAS! ¡MALDITOS! ¡FUERA DE MI CASA! ¡AFRENTA! ¡AFRENTA! ¡TRAIDORES Y SUCIOS MESTIZOS! ¿CÓMO OSAN PISAR CON SUS ASQUEROSOS PIES ESTA NOBLE CASA? ¡FUERA SANGRESUCIAS! ¡FUERA!
Hermione se encogió detrás de él, para el asombro de Draco, que lucía bastante sereno al detallar a la mujer rolliza que gritaba a pulmón herido desde su retrato. Walburga Black siempre había logrado ponerla de nervios, pero aún más desde que no podía evitar señalar su escalofriante parecido con Bellatrix Lestrange.
Draco avanzó un paso más hasta la pintura, era un simple berrinche, en su casa había visto peores, aunque eso pareciera imposible.
—¿Tía? —dijo con voz clara y fingiendo inocencia sin soltar la mano de Hermione que abrió los ojos como platos al escucharlo—. ¿Tía Walburga?
En ese momento la mujer le miró de reojo y se calló. Analizó al hombre frente a ella con ojos empequeñecidos de odio y pareció confundida al verlo agarrado a Hermione.
—¿Lucius…? ¿Lucius Malfoy? —inquirió el retrato rascándose la barbilla con semblante pensativo. Un rictus de dolor cruzó la cara de Draco pero sintió un apretón en sus dedos. Era Hermione dándole ánimo.
—Draco Malfoy —dijo él componiendo una sonrisa y haciendo una reverencia. Señaló con la cabeza a la castaña y continuó—. Disculpa por favor a mi servidumbre. No hay nada que se pueda hacer para educar a esta basura de muggles.
La boca de Hermione se abrió con sorpresa mientras que en la de la mujer del retrato se pintó una sonrisa orgullosa.
—¡Mi sobrino Draco! Tienes que ser hijo de Lucius y mi hermosa sobrina Narcissa. ¡Pero qué guapo eres!
—Pero qué ciega es… —murmuró Hermione fingiendo arcadas y ganándose un jalón de parte de Draco.
—Estoy en problemas, tía. No tengo mucho tiempo. Ahora soy el legítimo heredero de esta casa… —. Comenzó él que no quería darle muchas largas al asunto, pero ella lo interrumpió.
—Imposible. Mi pequeño Regulus continua con nuestro linaje—. Draco miró a Hermione que negó con la cabeza. Volteó a ver a la mujer nuevamente y carraspeó antes de continuar:
—Tía Walburga, tú lo sabes. Tú sabes lo que le paso a…—dudó pues olvidó el nombre. Miró con desesperación a Hermione.
—Regulus —dijo ella en un suspiro.
—A Regulus. Tú sabes que él… que él murió— el cuadro les dio una mirada de ojos enloquecidos, ella negaba con la cabeza y comenzó a hablar sin parar.
—Mi pequeño y honorable Regulus. Él no ha muerto. Estás muy mal, mi querido sobrino, muy mal. Él nunca apareció, pero sé que escapó de Ya-Sabes-Quien. Era muy hábil e inteligente. Lo mejor de mi estirpe. El amor de mi vida. Mi pequeño hijo…
Hermione y Draco casi sintieron pena por la anciana, aunque no existiera más y fuera sólo una pintura. Había muerto sola y en espera de su hijo que nunca volvería, había visto el final de su familia y ahora estaba condenada a una pared de una casa abandonada que se caía a pedazos.
—Fue un héroe —exclamó Hermione antes que Draco pudiera detenerla—. Murió tratando de detener a Voldemort. Fue un hé…
—¡ESCORIA! ¿CÓMO TE ATREVES A DIRIGIRTE A MI? ¡ENGENDRO DE LA TIERRA!
Draco la haló nuevamente y la puso detrás de él en un gesto protector. Su visión se puso borrosa y le costó respirar, algo malo estaba sucediendo en su cuerpo.
—¡Escúchame tía loca! Toda tu familia está muerta —. La anciana Walburga se calló por un momento con espuma en la boca y los ojos llenos de odio—. Y yo lo estaré también si no nos dices por qué a pesar que soy el legítimo heredero del árbol de arriba esta maldita casa me está matando. ¡Este será el verdadero final de los Black! Y esta vez será para siempre.
Walburga lo miró por un instante, midiendo sus palabras y su estúpida valentía. Ese niñato atrevido tenía el mismo cabello rubio que el arrogante de su padre, pero del resto era un Black de los pies a la cabeza: la misma actitud terca y altanera de todos, pero además el mentón de Cygnus, la nariz de Druella, los pómulos de Orión y los ojos grises de Sirius…
Ya recordaba cada vez menos cosas de su vida, era todo negro y oscuro. Vagamente un par de niños pelinegros que jugaban sobre escobas se le venían a la memoria de vez en cuando. Siempre puros, siempre nobles, siempre Black. Una familia mágica con tanto pedigrí no habría de desaparecer tan fácilmente, aunque su corazón de madre doliera destrozado aun después de haber muerto.
—Con el sol en lo alto del cielo habrá de pagarse la deuda en el boreal y en el naciente. En el austral y en poniente. Que tu pureza te salve, Draco Malfoy. Tojous pur.
Y sin más las cortinas se cerraron dejando todo en silencio otra vez.
Draco comenzó a toser sin control y cayó de rodillas sobre el piso de piedra pulida. Hermione se lanzó hasta quedar frente a él y con horror vio sus manos llenas de sangre que escupía.
—Con el sol… en lo alto… medio día —murmuró mientras acomodaba a Draco temblando. Walton apareció en aquel instante con dos botellas de cristal y corrió al lado de su amo que convulsionaba entre toses que le ahogaban cada vez más—. Naciente, boreal… no. Boreal, naciente… Walton acostémoslo aquí. Agua, necesita agua—. Señaló un sillón de tres puestos y se puso junto a él y le cubrió con suavidad la boca con un pañuelo que el elfo le pasó. Draco no paraba de toser sangre y agua—. Medio día, la deuda. Boreal, naciente, austral, poniente… ¡Eso es! Pagar la deuda a medio día, primero al norte, después al oriente, el sur y al final al occidente… Pero, ¿Deuda de qué? —Draco entreabrió los ojos y respiró con dificultad. Levanto con lentitud su mano derecha y señaló el pañuelo manchado de rojo. Hermione negó con la cabeza espantada y se puso de pie caminando de aquí para allá.
—El amo morirá si le extraemos más sangre. El amo está muy débil. El amo morirá… —chillaba Walton sosteniendo la cabeza de Draco. Hermione lo miró con los ojos llenos de lágrimas, todo era su culpa. Ella le había obligado a ir hasta Grimmauld Place. Ella le había convencido de ayudarla y ahora él moriría porque ella, en su arrogancia, no quiso medir el peligro ni escuchar sus advertencias.
No podía permitirlo, no podía permitir que aquello sucediera. Si necesitaba sangre de Mafoy, ella sabía dónde conseguirla.
—¡Walton! Tráeme la sangre en las sábanas y en el colchón de Belgravia. Debe funcionar.
Bastó que dijera eso para que él desapareciera mientras la respiración de Draco se volvía más lenta e irregular. Ella apenas alcanzó a arrodillarse a su lado y a lanzarle un Ennervate pues acababa de perder el conocimiento, pero no funcionó. Draco estaba inconsciente y no parecía que pudiera despertar. Walton apareció un frasco de cristal lleno del líquido rojo y espeso. Cómo había hecho el elfo para devolverla a su estado, ella no sabía, y en ese momento, no le importaba.
Era justo mediodía. Se puso de pie y utilizó su varita como brújula. Se dirigió hasta el lado más al norte de la casa y se chocó contra la pared del pasillo donde estaban disecadas las cabezas de viejos elfos domésticos. Hermione luchó contra su repulsión y al quitarlas descubrió el escudo familiar de los Black tallado en piedra al fondo de la repisa.
Vertió sangre sobre la piedra que la absorbió como si estuviera hecha de esponja y desapareció. Corrió guiándose por su varita hasta el extremo de la cocina, abrió la alacena arriba del horno y soltó un grito al ver un par de ratas negras y flacas correr a esconderse. Ahí estaba, en medio de la suciedad, nuevamente el escudo de la familia. Repitió el proceso y sin aliento llegó hasta la pared del rellano de las escaleras: no encontró nada esta vez. Antes de caer presa de la desesperación, supo entonces que debía subir las escaleras a buscar el lado más sur de la casa.
Su varita señalaba la habitación de los esposos Black que sirvió en algún momento de madriguera de Buckbeak. Aun había plumas y porquería de hipogrifo regadas por el lugar que apestaba a zoológico. Con un Depulso estrelló la cama matrimonial contra una pared, y justo en el sitio que estaba oculto por la cabecera encontró el emblema y lo llenó de lo que quedaba de la sangre de Draco.
Bajó corriendo las escaleras, sin aliento, con la presión del tiempo que se agotaba encima y tratando de convencerse que su esfuerzo valía la pena y que Malfoy aún estaba vivo.
Llegó hasta el vestíbulo y lo vio tendido sobre el sillón, no pudo siquiera detallar si su pecho se movía o no. Movió sus ojos por todo el espacio pero no pudo ver nada, faltaba un escudo, el del occidente pero no lo encontraba. Se dejó caer sobre sus rodillas y empezó a golpear cada loza del suelo, oyó un quejido muy bajo de dónde Draco reposaba por lo que su corazón se aceleró con la expectativa de saber que aún no era demasiado tarde.
En eso, Walton apareció frente a ella y la señaló con su dedo amenazante. Por un momento pensó que la atacaría en venganza por estar a punto de ocasionar la muerte de su amo, pero el elfo la apartó a un lado con suavidad y señalando una loza, la única pulida y brillante de todo el lugar dijo:
—Permítame, señorita Hermione Granger —. Y sin más, una pequeña explosión hizo saltar la piedra en mil diminutos pedazos dejando al descubierto el escudo de armas tallado. Hermione, con toda su esperanza puesta en lo que estaba por hacer, vertió las ultimas pocas gotas de sangre, casi coagulada sobre el lugar.
Nada pasó, o al menos eso pensó.
Grimmauld Place crujió como si fuera a caerles encima, la araña que pendía del techo se balanceó de un lado para otro y pedazos de vigas y paredes se desprendieron sobre ellos. Hermione, sentada sobre el piso se cubrió la cabeza con las manos mientras el suelo temblaba y una nube espesa de polvo se levantaba ante ellos. Walton conjuró un hechizo protector sobre Draco que permanecía inconsciente y en silencio.
La casa se desperezaba como si fuera un ser viviente, las puertas se azotaban violentamente y una brisa soplaba dentro como si un huracán hubiese entrado por la puerta. Hermione abrió los ojos, aun cubriéndose el rostro, y no pudo evitar sorprenderse al ver el cuerpo de Malfoy flotar por encima del sillón, su boca estaba abierta y de ella, salía un humo negro que subía en espirales y se desvanecía en el aire. La maldición lo abandonaba. ¡Había funcionado!
De pronto, todo acabo como había comenzado. Draco cayó como un bulto encima del sillón, aun inconsciente, por lo que Hermione y Walton corrieron hasta llegar a su lado. Ella tomó su mano para chequear su pulso, pero estaba demasiado nerviosa y además, el elfo no dejaba de llorar a los pies de su amo.
Ella se dejó conmover al verlo y no pudo dejar de culparse por lo que había pasado ni un solo momento. Recostó su cabeza encima del abdomen descubierto de Malfoy y comenzó a llorar también, pidiéndole perdón en silencio por todo lo que le había hecho pasar. Fue entonces cuando sintió que su pecho subió y bajó despacio, por lo que lloró aún más fuerte.
Estaba vivo. Draco Malfoy estaba vivo, pero de puro milagro.
—Lo siento —dijo entre hipidos y limpiándose el rostro, pero él se mantenía con los párpados cerrados—. Todo esto es mi culpa. Ahora tengo que arreglar este desastre.
Con sus brazos rodeó el cuerpo del Slytherin y tomó la mano del elfo, que la miró sorprendido con sus ojos azules y saltones que estaban inflamados de tanto llorar. Movió su varita y los tres flotaron hasta el porche de Grimmauld Place, donde podrían aparecerse.
El sol brillaba en lo alto del cielo, pero apenas tuvo tiempo de dejarse encandilar por él. Desaparecieron tras un suspiro y la puerta de la casa número 12 se cerró tras ellos con un golpe seco y sordo.
Caía la tarde cuando una taza de té humeante apareció levitando junto a él que miraba sin mirar el paisaje por la ventana. El tintineo de la porcelana, pareció hacerlo despertar y se giró hasta la joven pelirroja que le miraba tranquila a su lado.
Tomó el pocillo entre sus manos y aspiró el vapor antes de tomar el primer sorbo. Pudo divisar unos cuantos gnomos escondiéndose detrás de la valla del jardín. Tomó otro trago y volvió a llevar sus ojos verdes hasta el rostro impasible de Ginny.
—¿No crees que es extraño? —soltó finalmente Harry esperando que ella pensara lo mismo que él. Como respuesta, Ginny se alzó de hombros y desvió su mirada al jardín.
—Quizás un poco, pero no está mal que de vez en cuando trate de ser impredecible.
—No son tiempos para ser impredecible —replicó Harry molesto. Ella agarró uno de sus largos mechones de cabello y comenzó a juguetear con él.
—No son tiempos para muchas cosas —finalizó ella con una voz tan seria que él casi que se arrepintió de haber dicho nada. Tal vez sí, o tal vez no, Ginny se refería a su no-relación, a su eterna ausencia, a su esclavitud al trabajo, a su obsesión con reparar Grimmauld Place…. En ninguno de esos espacios había habido tiempo para ella, que hacía un año, cansada de los juicios, las persecuciones; pero sobre todo, de la indecisión de Harry, había resuelto ingresar a la plantilla fija de las Holyhead Harpies por lo que debía viajar lejos de su familia en entrenamientos y partidos casi que todo el tiempo.
Eso era algo que Molly Weasley nunca le perdonaría a Harry Potter.
Él suspiró, se tomó todo lo que quedaba del té y dejó la taza vacía en la mesa junto a ellos. No dejaba de ser raro que Hermione no hubiese aparecido al almuerzo familiar que una vez al mes se celebraba en La Madriguera. Sin embargo, en aquel momento, con cielo de la pradera comenzándose a teñir de rosa y con el olor suave y dulce de flores que emanaba del cabello de Ginny, él no quiso pensar en nada de eso.
Pasó un brazo por detrás de su espalda y la atrajo a su lado. Ella se quedó tiesa, pero bastaron un par de segundos para que se relajara y dejara caer su cabeza en el espacio entre su hombro y su cuello.
Ambos se envolvieron en un cómodo abrazo que les hacía extrañar épocas que ni siquiera habían vivido completas.
Harry acarició su espalda y ella alzó su rostro para mirarlo a los ojos aunque sabía que eso era permitirse caer en un juego peligroso. Él llevó su otra mano hasta su mejilla y rozó su piel con delicadeza, haciendo que cada célula de su cuerpo recordara que ella era lo que más quería en el mundo, pero en aquel momento, era también lo que más deseaba.
—Ron se quedará aquí hoy —. La invitó disimulado, como siempre, sin compromisos o algo más. Ella se colocó en puntillas, tomó su rostro entre sus palmas y acercó sus labios para besarlo luego de tantos meses que casi se le había olvidado que Harry parecía ser la pieza perdida del rompecabezas que era su cuerpo. Él acarició sus labios lento al principio, saboreándolos con parsimonia. Llevó sus manos hasta su nuca detrás de su cabello y, en menos de un instante, la hizo entreabrir sus labios para que las caricias traviesas de su lengua le borraran de la mente la duda, el miedo y el resentimiento.
Ella mordió suave su labio inferior antes de separarse de él, aunque Harry no le permitió alejarse más de dos centímetros. Había extrañado su boca, sus labios, su aroma. Todo.
Ginny sonrió al ver los cristales empañados de sus gafas y sobre todo sus ojos verdes mostrarse tímidos como siempre. Soltó una risueña carcajada. El Harry tímido no la habría invitado a irse con él esa noche, ese Harry había muerto en la Batalla de Hogwarts. Este era otro nuevo, no mejor, no peor, sólo diferente.
—Yo también me quedaré aquí hoy —terminó ella dándole la espalda y con el pecho doliéndole un poco—. En unos minutos estará lista la cena.
Y él la vio desaparecer tras la puerta sin estar seguro -otra vez- de si esa decisión que había tomado de no estar con ella había sido una buena idea.
Tengo una vergüenza terrible con ustedes. No podía actualizar porque me quedé sin licencia de Word y tardé en renovarla.
Les debo las respuestas de varios reviews, pero todos los leo y se los agradezco de corazón.
Espero que les haya gustado este capítulo, yo especialmente lo adoré. Para compesar fue un poco más largo que los demás.
Falta poco para que termine este primer arco, planeé 3 y hasta ahora sigo el plan original.
Besos a todos. No olviden dejarme sus opiniones.
Ldny.
