Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a su majestad Rowling, yo sólo me divierto un poco con ellos.
II - EL NÚMERO 59 DE ENDELL STREET
15
Hermione esperaba sobre la acera húmeda frente al porche de Grimmauld Place a que Harry y Draco hicieran su aparición. Tal y como lo había pensado, Malfoy no regresó a su apartamento tras la discusión ni tampoco después. Walton, sin embargo, y el resto de sus pertenencias, se mantuvieron en su habitación para su tranquilidad.
Era casi medio día del día de la víspera de Navidad y ella se removía impaciente en su lugar, con un mal presentimiento instalado en la mitad del pecho, convencida de que aquel encuentro era una pésima idea desde el comienzo hasta el final.
Dos taxis negros pasaron por la calle, hasta ese momento vacía, y cuando se perdieron de vista, divisó en el otro andén la silueta rubia de Draco Malfoy. Él atravesó la vía con pasos largos y con mucho cuidado de no dirigirle ni un vistazo. Eso la enojó.
—Buenas tardes, Malfoy —dijo Hermione después de aclarar su garganta. Levantó lo más que pudo su mentón, en un intento inútil de quedar a su altura.
—Al parecer lo de la impuntualidad es un mal de todos los Gryffindor —comentó él por toda respuesta por lo que ella puso los ojos en blanco y soltó:
—Yo estoy aquí. Y, Malfoy —siseó su apellido con saña—, acabo de decir buenas tardes.
Él la miró con desdén, pero en medio de sus labios se perdió una sonrisa pequeña. Había pasado la noche solo en la casa en Belgravia y no le fue difícil entender porque le había costado tanto vivir ahí: tan grande, tan fría y tan sola. No pudo pegar el ojo en toda la noche y, para su sorpresa, la extrañó tanto que ni siquiera era capaz de reconocérselo a sí mismo.
Antes que pudiera responder algo ingenioso al porqué nunca se tomaba el trabajo de saludarla, un pop resonó en el espacio en medio de ellos y Harry apareció a apenas un pie de distancia de ambos. Alzó las cejas, fallando en ocultar la sorpresa por su cercanía y les dijo:
—Bien, ya están aquí. No perdamos el tiempo —. Recibió una mirada incrédula de parte de los otros dos y sacó su varita para prepararse contra los eventuales ataques de la casa en contra de su integridad. Mientras comenzó a avanzar hacia la puerta principal, sin embargo, la mano de Draco Malfoy se levantó frente a su pecho, casi que rozando su túnica, y le detuvo.
—No es necesario —empezó el rubio con media sonrisa de suficiencia pintada en la cara, cosa que puso a Harry de nervios. Draco le hizo a un lado y caminó de primero delante de ellos. Hermione los siguió en silencio y observó el rostro de su mejor amigo llenarse de sorpresa al ver cómo abría la puerta e ingresaba al vestíbulo sin que se rompieran los escalones, el piso o el techo.
Pero eso no fue nada comparado al ver cómo, cuándo Draco puso un pie dentro de la casa, el polvo del suelo se apartó de él y el piso debajo de sus pies brilló de lo limpio. Harry puso los ojos en blanco, suprimió un comentario mordaz y siguió su marcha hasta el segundo piso, guardando su varita en el bolsillo.
—Muy bien, Hermione, debo admitir que eso ha sido impresionante —. Ella sonrió complacida y lo siguió escaleras arriba dejando a Malfoy detrás.
Él los encontró observando el tapiz con aprehensión, Potter apoyaba sus manos en el espaldar de un sillón mientras Hermione, a su lado, miraba a su amigo con ojos que Draco nunca le había visto antes, y ese calor incendiario y animal que había sentido en el Ministerio volvió a él con fuerza y ardor. Era un sentimiento molesto, era una rabia ciega contra el señor Salvador del Mundo Mágico que osaba a ser un objeto de cariño de Granger. Eran celos en estado puro.
—Nunca he pertenecido aquí —murmuró Harry concentrado en la mancha negra y brillante donde aún se podía leer Sirius Black con dificultad—. Quizás es mejor así…
—¿Mejor cómo? —respondió Draco a lo que ambos se voltearon a verlo. Su varita apuntaba a Harry y pocas ganas le faltaban para aturdirlo—. Si ni siquiera me has visto en acción. ¡Reparo!
El hechizo golpeó la silla donde él se había estado apoyando y sus brazos volvieron a su lugar, todas las manchas desaparecieron de la tela y su asiento volvió a lucir cómodo y confortable. Hermione puso los ojos en blanco. Harry se apartó de un brinco y quedó de pie junto al armario victoriano que habían restaurado la última vez.
—Hechizos para principiantes, nivel 1 —dijo Harry irónico mirando a Draco detrás de sus gafas redondas y dando dos palmadas—. Impresionante, Malfoy. Buen trabajo.
—Gracias, Potter. Es sólo un poco más de lo que tú pudiste hacer en tres años en este lugar.
—Ya basta —exclamó Hermione perdiendo la paciencia. Parecían un par de chiquillos discutiendo como lo hacían en la escuela, pero bastó que el silencio cayera entre los tres para que el armario se sacudiera sin control como si hubiera una bestia atrapada dentro—. ¿Qué diablos…?
Los tres se acercaron con sus varitas en alto, pero todo había vuelto a una tensa calma. La luz del sol de medio día apenas se colaba por entre las pesadas cortinas azules y, midiendo cada paso, avanzaron en silencio.
Harry les hizo una seña para que se quedaran atrás de él y, en otra situación, aquello habría enervado a Draco, pero dado que el Auror experimentado era él, decidió concederle ventaja a su antiguo rival.
Hermione hizo un puchero y siguió avanzando detrás de su amigo, hasta que sintió un agarre fuerte sobre su muñeca. Volteó su cabeza y vio a Draco que la miraba con sus ojos grises que la reprendían. Sin hablarle, él le estaba gritando algo como "Potter acaba de decir que no te muevas, ¿Por qué eres tan endemoniadamente terca?"
Se quedó quieta en su sitio y lo que pasó a continuación, no lo vio venir ni en sus más horribles pesadillas:
Harry movió su varita y con un hechizo no verbal abrió las puertas del armario que se deslizaron como nuevas y por ellas caminaron fuera dando tumbos un grupo de personas, en su mayoría, con rostros bastante familiares: Sirius, Snape, Lupin, Dumbledore, Tonks, Cedric y una pareja que no eran otros que James y Lily Potter. Sus ojos vacíos los observaban fijo, pero no pronunciaban palabra.
Hermione no pudo reprimir un grito del terror al ver como cada una de estas apariciones, era alcanzada por rayos verdes que venían desde dentro del armario e iban cayendo formando un camino de muerte hasta ellos. Entonces fue la risa siniestra y familiar, que ellos tres conocían muy bien, la que les heló la sangre.
La piel de todo su cuerpo se le puso de gallina y Draco, paralizado junto a ella, sólo atinó a apretar el agarre en contra de su muñeca hasta casi lastimarla. Una figura con una capucha y túnica negra se deslizó fuera del armario, sus manos blancas y huesudas empuñaban la Varita de Saúco y la tela susurraba al arrastrarse en el camino de cadáveres que lo separaban de Harry.
—¿Tú que crees? —. Su voz era el peor recuerdo, sibilante y fría. Hermione vio cómo avanzó hasta detenerse en frente de su amigo y sólo entonces se dio cuenta que la mano derecha de Harry temblaba levemente—. ¿Crees, Harry, que su estúpido sacrificio valió algo la pena? Yo sigo vivo y tú sabes donde…
Su pie descalzo pateó suave el cuello de Snape mientras que sus manos se levantaron para retirar su capucha. Draco estuvo seguro de que vomitaría en aquel momento y Hermione no se había desmayado sólo por la certeza del agarre en su muñeca.
Entonces, algo pesado y amargo se instaló en la garganta de Harry al ver como al Voldemort descubrirse la cabeza, dejó a la vista una maraña de pelo negro y un rostro tan idéntico al suyo propio que se mareó y tuvo que agarrar aún más fuerte su varita.
Era como mirarse en un espejo malvado que le sonreía con sadismo, era él mismo, salvo que en lugar de nariz tenía dos agujeros de serpiente y que el par de ojos que se reflejaban detrás de las gafas redondas eran rojos como la sangre.
Su peor miedo estaba ahí, frente a él.
—Nadie debió morir por mí —murmuró Harry mientras la voz le temblaba—. Nadie—. Alzó su varita y apunto a su boggart—. Pero a ti, te hace falta una nariz. Riddikulus—. Bastó que dijera el encantamiento para que una trompa de elefante comenzara a salir de su propio rostro y se hiciera cada vez más larga.
Hermione y Draco estaban demasiado impactados como para reír y Harry, apenas fue capaz de soltar un bufido burlón. No hubo el suficiente humor como para derrotarlo por lo que la criatura se revolvió como una masa negra y se movió hasta quedar de frente a los otros dos.
Parecía indecisa de qué forma tomar y Harry se giró con rapidez hasta ellos, derrotar a un Boggart era difícil si no se lograba reír lo suficiente. Entonces la criatura se retorció y una mujer y un hombre de mediana edad aparecieron frente a Hermione que retrocedió un par de pasos. Vestían batas blancas como de un hospital y la miraban con ojos inexpresivos y hundidos.
—¿Quién eres? ¿Por qué nos hiciste esto? ¿Quién eres? ¿Por qué nos hiciste esto? ¿Quién eres? ¿Quién eres? ¿Quién eres? ¿Por qué nos hiciste esto? —. Los ojos de Hermione comenzaron a llenarse de lágrimas al reconocer su temor de dejar dementes a sus padres en algún intento fallido para recuperar sus memorias. Draco quiso traerla a la realidad agitándola pero ya ella lloraba mientras el hombre repetía sin cesar:
—Tus dientes son blancos y brillantes, como las nubes en Sidney. Éramos tan felices. Blancos y brillantes. Y tan felices. Me gusta Sidney. ¿Quién eres?
Esa última pregunta hizo que Hermione cayera de rodillas sobre el piso sin poder parar de sollozar. Harry corrió hasta ellos, pero Draco ya se había puesto delante de ella, la había cubierto con sus brazos y el Boggart comenzó a desfigurarse y confundirse entre los tres.
A veces parecía el rostro de Bellatrix, a veces el de Voldemort, a veces el de Lucius, a veces el de Narcissa, a veces el de los padres de Granger. Si bien no lo estaban derrotando con las risas, estaba lo suficientemente confundido. Sin embargo, al final pareció decidirse por Draco y los ojos de Narcissa Malfoy, tendida en el suelo con la garganta abierta de un tajo por una daga sostenida en la mano de una sonriente Bellatrix, se clavaron en él, que agarró más fuerte a Hermione que no paraba de temblar.
Bellatrix escupió a Malfoy en la mejilla mientras sus ojos grises seguían fijos en el río de sangre que corría fuera del cuello de su madre y habló con voz fría y burlona:
—No sirvió de nada. Tus padres están muertos y ahora estás solo. ¿Qué te queda además de esa sangresucia? ¡Escoria! ¡Te mezclas con la suciedad y el excremento! ¡Gracias a Merlín mi querida Cissy no tiene que ver esto! —. Bellatrix daba brinquitos alrededor de la sangre de su hermana mientras veía a Draco con burla—. Repugnante traidor que se junta con la asquerosa sangresucia. ¡Criatura inmunda! ¡Sangresucia!
Draco podía sentir a Hermione convulsionar cada vez que la voz gritaba los insultos. Esto era demasiado para él, demasiado para ella. Quizás Potter había sido lo suficientemente valiente como para enfrentarlo pero ellos no lo eran. Tenían más miedo que vida en aquel momento y él, Draco Malfoy, sólo quería protegerla.
—¡No te atrevas a llamarla sangresucia otra vez! —. Había lanzado algún hechizo de ataque en contra de la figura de Bellatrix que la aventó por los aires, pero bastaron segundos antes que se recompusiera y avanzara hasta ellos nuevamente. El boggart comenzó a revolverse, pero antes de poder optar por alguna nueva forma, una sirena de emergencia sonó tan fuerte dentro de Grimmauld Place que casi les revienta los tímpanos.
Hermione aulló de dolor tapando sus orejas con ambas manos y Draco a su lado la imitó. Harry, sin embargo, se mantuvo en calma y aprovechó la distracción de la criatura para encerrarla dentro del armario. Aun así, supo que aquel ruido no significaba sino más problemas. Caminó hasta la ventana y descorrió las cortinas para ver como todo el sitio estaba acordonado por aurores del Ministerio.
—¿Qué demonios es este ruido? —exclamó Hermione limpiando los rastros de lágrimas de su cara. Se puso de pie con ayuda de Draco que también había recobrado la compostura y se acercó a Harry—. ¿Y por qué tú estás tan tranquilo? ¿Acaso no lo oyes? ¡Me va a volver loca!
Hermione se acurrucó otra vez en el suelo y Draco se colocó en cuclillas a su lado, reprimiendo las ganas que tenía de abrazarla. Cubrían sus oídos como podían pero era inútil, la sirena era cada vez más aguda y la cabeza parecía que les iba a estallar.
Harry los vio a los dos con preocupación y estuvo a punto de explicarles que aquella era la alarma del Departamento de Seguridad Mágica para neutralizar a los enemigos en medio de un operativo policial. Naturalmente, a él no le afectaba por ser un auror. Sin embargo, no tuvo necesidad de decir nada porque la voz amplificada de uno de los oficiales llegó hasta ellos:
—¡Draco Malfoy! Estás rodeado —. Hermione abrió los ojos como platos y miró a Harry en busca de una respuesta pero su amigo le devolvió una mirada confundida—. Tenemos el área acordonada ¡Tienes un minuto para salir y rendirte!
—¿Pero qué rayos…? —alcanzó a decir él que no entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Qué clase de trampa acababa de tenderle Potter?
—¡Espérenme aquí! —gritó Harry y con su varita en la mano se dirigió escaleras abajo. Hermione miró con preocupación a Draco e hizo más presión sobre sus oídos.
—¡Tenemos asegurado el lugar! —. Se escuchó nuevamente la voz que ahora sonaba más molesta—. Que te hayas ocultado en una ubicación segura fue buena idea, pero te esperaremos aquí hasta que salgas o hasta que mueras de hambre dentro.
—¿Pero de qué está hablando ese imbécil? —exclamó Draco ya fuera de sus cabales y corriendo escaleras abajo —. No tengo por qué esconderme de nadie.
Hermione lo siguió de prisa mientras el auror hablaba otra vez:
—Te quedan 30 segundos, Malfoy. Dame el gusto que me autoricen un ataque a la propiedad… ¿Harry Potter? —. El hombre sonó confundido al ver a Harry aparecer tras la puerta que se abrió de par en par. Hermione sintió las escaleras de madera de Grimmauld Place sonar bajo sus pasos y se deslumbró por la luz que inundó el vestíbulo de pronto.
—¡Que alguien me explique de inmediato por qué están allanando mi casa! —gritó Harry desviando con agilidad un par de hechizos que le lanzaron algunos oficiales que no alcanzaron a notar que era él y no otro sospechoso, al tiempo que caminó hasta la mitad de la calle que estaba protegida y cerrada con hechizos anti muggles. Sin embargo, nadie le dio a Harry las explicaciones que estaba pidiendo porque Draco apareció en el umbral de Grimmauld Place y bajó las escaleras del porche sin entender lo que pasaba.
—¡Incarcerous! —. Fue el grito unánime de los aurores al verlo y un grupo de hechizos lo golpeó de lleno en el pecho. Hermione corrió hasta él que acababa de caer atado de pies y manos sobre la nieve del pavimento, bajo la mirada escrutadora y confundida de todos. La cara de Draco había golpeado la acera fría y Hermione patinó sobre el hielo y quedó de rodillas a su lado mientras Harry y otros cuatro o cinco oficiales se acercaban.
—¡No! Por Merlín, Harry ¿Qué está pasando aquí? —exclamó ella a punto de soltar a llorar y buscando la mirada de su mejor amigo, todo había pasado demasiado rápido y no alcanzaba a procesarlo. Sus manos tomaron a Draco con cuidado por los hombros y le ayudó a dar la vuelta.
Él soltó un gemido de dolor casi inaudible por las tres o más maldiciones que le habían lanzado al tiempo para inmovilizarlo y quiso tener su varita a la mano para devolverles el favor. Sin embargo, su confusión y su ira fueron rápidamente reemplazados por tristeza, al ver sus ojos cafés ahogados en lágrimas al verlo.
—¿Por qué lloras, Granger? —murmuró él fallando en su intento de sonreír—. Estoy perfectamente bien. Un poco inmovilizado, aunque nada muy grave.
Pero ella no dijo nada, sólo pasó sus dedos fríos por su mejilla lo que le provocó un dolor tremendo. No podía verse, pero tenía sangre y un terrible moretón en su pómulo derecho. Hermione quiso responderle entonces pero unos brazos fuertes la aparataron de él con brusquedad.
—¿Qué hacen? —gritó ella volviendo en sí—. ¡Suéltame! ¡Quítame las manos de encima! —. Pero el auror no la soltó y sufrió las consecuencias al salir despedido contra el otro lado de la calle por un Stupefy del propio Harry Potter.
—¡No la toquen! —gritó él, preso de la furia y apuntando a sus propios compañeros de departamento. Buscó al jefe del operativo con los ojos llameantes de ira y exclamó —. ¡Liam! ¿Qué diablos está pasando aquí?
Harry ignoró que ahora la veintena de varitas los tenían a él y a Hermione como sus nuevos blancos y también el rostro herido de Malfoy que lucía adolorido e incómodo, atado por todas sus extremidades sobre el suelo helado. Bajó su varita y trató de respirar profundo pero fue inútil.
—Potter, no creas que no puedo arrestarte por obstrucción de la justicia —dijo el hombre alto y severo mientras se acercaba y otros dos oficiales levantaban con poca delicadeza a Malfoy.
—¿Obstrucción de qué? —preguntó él con el rostro confundido y el subcomandante Liam Cobbs, por primera vez desde que todo el operativo se complicó, comprendió que el Agente de Primer Nivel Potter, que apareció sospechosamente en el lugar del crimen, de verdad no entendía nada de lo que pasaba. Lo miró un momento acercarse hasta Hermione Granger y tomarla del brazo para evitar que maldijera a algún auror y luego volvió sus ojos hasta su prisionero:
—Draco Malfoy. Quedas bajo arresto por usar palabras vetadas para la propagación del odio y la sevicia. Con el agravante de tus antecedentes y el detalle de tu pliego de libertad condicional, se te añaden los cargos de terrorismo, traición y conspiración contra el gobierno. Tienes derecho a guardar silencio y todo lo que digas puede ser usado en tu contra en el Tribunal del Wizengamot. Vamos chicos.
Ni Hermione ni Harry fueron capaces de moverse al ver como un auror sacaba la varita del bolsillo de Malfoy y desparecían con él junto con el resto de oficiales.
—Liam, esto tiene que ser un…
—¿Error? —respondió él burlón mirando a los dos jóvenes con aprehensión—. Vamos al Ministerio, también tienen que explicarme qué rayos hacían ustedes aquí y por qué esta ubicación segura está a tu nombre, Harry. Si quieres saber algo, están en problemas, eso es todo lo que puedo decirte.
Y sin hablar más desapareció rumbo a las oficinas del Ministerio.
Las manos de Hermione ya habían dejado de temblar, pero seguían heladas aun cuando se cerraban con fuerza en contra de la taza de té caliente que Ron le había dado unos momentos atrás.
El pelirrojo la miraba con preocupación pero no pronunciaba palabra. Tenía dentro de su puño el informe de seguridad de emergencia generado al haberse activado el tabú que se había colocado a la palabra Sangresucia una vez que terminó la guerra.
Era breve y exigía un tiempo de respuesta mínimo por los antecedentes:
Asunto: Tabú de Palabra con "S"
Sospechoso: Draco Malfoy
Lugar: Impreciso. Inmediaciones de Grimmauld Place, entre números 11 y 13. Londres.
Acción: Movilización de todas los agentes de reacción inmediata.
Notas adicionales: Exmortífago. Potencialmente peligroso. Uso de violencia autorizado de ser necesario.
Los agentes tardaron sólo 42 segundos en llegar al lugar. Había sido un despliegue de fuerza, coordinación y trabajo en equipo sin igual, y todo había sido por…
—Esto es un terrible malentendido… —murmuró otra vez Hermione haciendo que Ron pusiera los ojos en blanco—. Tenemos que hablar con Kingsley. Esto es mi culpa, yo…
—Hermione, ya Percy nos lo había dicho y, como siempre, no se equivocó. El Ministro se negó a hablar con nosotros hasta el 26, después que pasen las fiestas. Tenemos que arreglar esto nosotros o, bueno, hacer lo mejor que podamos.
Ella lo miró desconsolada y caminó de un lado a otro dentro de la oficina de Harry, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
—¿Cuándo colocaron esos Tabús? ¿Qué otras palabras están prohibidas? Por Merlín… —. Ron esbozó media sonrisa al escucharla y le respondió:
—Si avisaran que una palabra es tabú, la medida preventiva no tendría ningún efecto—. Ella bufó ante lo obvio y volteó a mirar a Ron mordiendo su labio inferior. Él la miraba tratando de ocultar sus emociones pero sus orejas eran de un color rojo escarlata, estaba de pie contra el escritorio, ligeramente encorvado y de brazos cruzados. Había estado en una reunión con Padma Patil acerca de un problema con los rusos y por eso no fue convocado al operativo—. Hermione, yo…
—Después. Te lo prometo, Ron. Después… —le interrumpió ella tragando en seco e incapaz de sostenerle la mirada. Él explotó.
—A eso me refiero —comenzó levantando sus brazos en un gesto de impaciencia —, me explicarás todo después de que logremos que Draco Malfoy quede en libertad —. Ella lo miró antes de dejar su té sobre la mesa y cruzarse de brazos—. Hablamos de Draco Malfoy, Hermione. ¿En qué momento te involucraste así con él?
—¿Así cómo? —. Ron rodó los ojos al escucharla y se acercó hasta ella de una sola zancada. Puso ambas manos sobre sus hombros y, con uno de sus pulgares, limpió el rastro de las lágrimas sobre sus mejillas. Ese sólo roce, logró que el llanto que tenía reprimido se escapara de ella sin poder evitarlo.
Hermione comenzó a sollozar en el hombro de Ron y él habló quedo para tratar de calmarla:
—Sé que esto tiene que ver con esa maldita casa. No sé qué pasó entre el hurón botador y tú pero nada de esto es tu culpa. Él activó el tabú y ahora debe lidiar con las consecuencias…
Hermione se apartó de él y negó con la cabeza, antes de secar las lágrimas con su bufanda gris. Draco la estaba defendiendo de Bellatrix Lestrange, de su recuerdo, de la imagen malvada de ese boggart. Todo era una terrible injusticia.
—Ron, sé que puede sonar insensato y tonto… —comenzó ella dejándose caer en el sofá.
—Dos palabras que no te describen en lo más mínimo —respondió él sentándose a su lado. Ella casi que sonrió.
—Harry estuvo ahí y él puede dar fe de como la palabra con "s" puede usarse sin ánimo de insultar a nadie.
Ron suspiró y se revolvió el cabello. Discutir con Hermione siempre habría de ser una labor titánica. Sin embargo, en aquel momento la puerta se abrió y Harry entró con cara de hastío. Hermione se levantó de golpe, pero antes de que pudiera preguntar nada, él negó con la cabeza.
—Es 24 de diciembre, sólo un miembro del Wizengamot puede dar la orden de salida hasta el juicio que será el 27, lo único que pude hacer fue aplazar su traslado a Azkabán —. Hermione ahogó un grito, el hecho que se lo llevaran hasta la prisión ni siquiera había pasado por su mente. Harry continuó con un carraspeo—. Podemos bajar al salón de interrogatorios. Por navidad, nadie quería hacer los turnos de guardia, así que me los asigné todos a mí y a Ron…
—¡Harry! —protestó el pelirrojo enfadado—. Tienes que estar bromeando…
Pero ni él ni Hermione le prestaron atención y salieron rumbo al último nivel del Ministerio.
Se detuvieron frente a la puerta de metal, la misma del día anterior. Un auror resguardaba la puerta y puso los ojos en blanco al verlo llegar:
—Eres el principal testigo a favor de Malfoy —rezongó el hombre, entregándole las llaves del lugar—. ¿A quién en su sano juicio se le ocurre darte los turnos de vigilancia? —. Harry le miró casi que divertido y le respondió:
—Estamos faltos de personal, Leeman —. Le dio un par de palmadas en la espalda mientras se iba—. Feliz Navidad, Rolf.
El oficial, que tenía barbas blancas y dos guerras encima, miró al joven trío de héroes con preocupación y se despidió diciendo:
—Sólo no hagas nada estúpido, Harry Potter.
—Pero si esa es nuestra especialidad —replicó Ron cuando el agente Leeman ya se había perdido de vista. Hermione los miró esperanzada pero ambos negaron con la cabeza—. ¡Eh, un momento! Seguimos siendo agentes del gobierno, no vamos a patrocinar la fuga de un prisionero… además ¿Quién en su sano juicio nos creería si decimos que el magnífico hurón botador Malfoy nos venció a Harry y a mi juntos en un duelo?
Muy a su pesar, Hermione rio antes de ver desparecer a Ron que se le ocurrió una idea para buscar ayuda. Suspiró ante la puerta cerrada y Harry la animó a entrar:
—Creo que te está esperando —. Hermione vio lo incómodo que estaba su amigo y ella trató de explicarse. Él alzó una mano para indicarle que no hablara—. Malfoy me lo ha dicho todo, cómo la maldición casi lo mata y que tú le salvaste la vida —. Ella alzó una ceja preguntándose qué tanto le habría contado, pero él siguió —. Sé que si estás así de obstinada con Malfoy es por qué crees que esto es tu culpa, pero todo esto fue un enorme malentendido que tenemos que resolver. Luego podrás explicarme como es que hiciste para ocultar que Malfoy ha vivido contigo todo este tiempo…
Hermione se puso roja cual tomate y asintió, con la certeza que por la forma en la que habló, aun no sospechaba como su corazón se quería salir del pecho porque por fin iba a verlo.
Entró sola al salón y lo vio sentado sobre la silla incómoda, con la espalda erguida y las manos esposadas con un encantamiento a la mesa. Sus ojos grises estaban fijos en el espejo de la pared opuesta, donde durante los interrogatorios, se ubicaban los demás aurores a escuchar la sesión.
No se giró a verla hasta que se sentó a su lado. Hermione había querido evitarlo pero ya sus ojos estaban otra vez llenos de lágrimas. Respiró profundo para contener el llanto y abrió la boca para hablar pero él se le adelantó, volviendo a girar su cabeza al frente:
—Si vas a decir que esto es tu culpa, mejor no digas nada, Granger —. Ella tragó en seco obviando el dolor en su garganta al aguantar las ganas de llorar y miró en su misma dirección.
Hermione observó su pómulo derecho, que ahora lucía más desinflamado y con un parche empapado en alguna poción.
—¿Te duele? —preguntó ella indecisa sobre qué decir. Volteó a mirarlo y él hizo lo mismo, sus ojos se encontraron y Hermione pudo sentir cómo sus corazones comenzaban a latir acompasados. En contra de todo pronóstico, Draco esbozó media sonrisa irónica:
—He tenido peores. Hubo una chica que me dejó la nariz adolorida por días con un puñetazo en tercer año —. Hermione sonrió al escucharlo.
—¿Te golpeó una chica? —respondió ella en el mismo tono y alzando una ceja—. Seguro te lo merecías.
—Totalmente. Era un imbécil entonces —comentó él alzando los hombros y sin apartar su mirada gris de ella—. Pero ella era insoportable también.
—Tú ya no eres tan imbécil.
—Tú ya no eres tan insoportable.
Un silencio cómodo, como aquellos de la pequeña sala de estar del número 59 de Endell Street, se instaló en medio de los dos. Sin darse cuenta, Draco hizo el intento de mover su mano hasta ella, y sus esposas mágicas le quemaron la piel al instante. Hermione se escandalizó ante la brutalidad de aquel hechizo, pero él negó con la cabeza.
—Voy a solucionar esto, lo prometo, Malfoy. Yo… —comenzó ella y él la interrumpió arrastrando las palabras en voz baja:
—Lo sé. Siempre lo haces, sólo asegúrate de que mi madre no se entere de esto. Asegúrate de que esté bien…
Entonces Hermione comprendió que en medio del arresto, el interrogatorio y los aurores, él sólo podía recordar a Narcissa en la visión del boggart, muerta a sus pies. A la mujer que lo había hecho todo por él y que seguramente lo estaba esperando para la cena de esa noche.
—Yo… Malfoy, yo… —. Pero las palabras se atoraron en su garganta y no lograban unirse en frases con lógica. Draco la observó divertido, nada de lo que había pasado era justo, ni siquiera tenía sentido; pero ahí estaba él, esposado en el Ministerio de Magia, con una sentencia de por vida a Azkabán colgando sobre su cuello, mientras Hermione Granger, de todas las personas del mundo, fallaba en darle ánimos. Pero esa era ella, temerosa, vulnerable, llena de dudas: era una mujer diferente a la que él había conocido, pero era también la versión de ella que más le gustaba.
—Le conté a Potter que casi me matas —comenzó antes de alzarse de hombros—, y que me salvaste y me llevaste a tu casa. Le dije que estoy quedándome en tu apartamento. Me hizo jurar que no te había colocado bajo una maldición Imperius —. Ella bufó al escuchar eso, Draco acercó su rostro al suyo, lo suficiente como para poder divisar las pecas claras alrededor de su nariz. Hermione contuvo la respiración—. Me dijo que cuando saliéramos de esto le tendrías que dar unas cuantas explicaciones. Granger —. Draco estaba revestido de una seriedad mortal—, ya que parece que tienes que rendirle cuentas de tu vida a Potter, espero que encuentres una buena razón para explicarle esto…
Hermione fue sorprendida por el roce de sus labios sobre los suyos y su cuerpo reaccionó haciéndola brincar sobre su asiento. Se alejó de él por instinto y se llevó una mano a la boca, sin poder creerlo. Draco siempre supo que aquella podía ser una respuesta posible, así que sonrió de medio lado y se irguió nuevamente en la silla para mirar al espejo negro.
—Malfoy, tú… —. Él la vio de reojo sin dejar de sonreír, aunque no podía evitar sentirse un poco decepcionado. Fue entonces cuando ella le llamó de nuevo—. Malfoy.
Él giró su rostro, sólo para encontrar sus ojos determinados mirarlo desafiante y luego de eso no vio nada más, porque al sentir como ella se acercó hasta él, cerró los ojos para entregarse a un beso que había anhelado por días.
Hermione puso sus dos manos detrás de su cuello y sus labios se aventuraron a acariciar la boca de Draco Malfoy, como quería hacerlo desde que comenzó a ponerle el ungüento de nervios de dragón cada noche. La fría temperatura de los calabozos desapareció para dar paso a una calidez que brotaba desde el roce de sus mejillas y que se acrecentó al sentir como él la acarició con su lengua antes de morderle con suavidad el labio inferior.
Ella rompió toda distancia entre sus cuerpos, movió sus manos hasta su cabello y dejó que se movieran erráticas y confundidas, al tiempo que entreabrió sus labios y recibió su lengua tímida al principio, pero cada vez más precisa con cada segundo que pasaba.
Una lluvia de pequeños besos en la comisura de su boca le provocó un temblor incontrolable en sus rodillas que le hizo olvidar por completo que estaba besando a Draco Malfoy en una sala de interrogatorios del Ministerio de Magia mientras él, esposado, esperaba por un juicio por un crimen que no cometió.
Su corazón latía desbocado y Draco, como un animal preso, devolvía las manos a la mesa cada vez que las alejaba para tratar de tocarla, de sentirla, de convencerse que era real, tan real como las quemaduras que ahora tenía alrededor de las muñecas.
Sus labios eran aún mejores de lo que había soñado, el suave gemido que había escapado de ellos escondido en un susurro cuando los había rozado era música para sus oídos. No sólo sus muñecas estaban quemadas, su piel completa ardía porque quería recorrer su cuerpo completo y reclamarlo como suyo.
Sus labios chocaron una vez más, con tanto deseo reprimido que separarse les habría de parecer a ambos una idea absurda. Hermione disfrutó cada segundo de sus caricias lentas y cálidas, Draco no pudo lamentar más el no poder irse con ella a su apartamento en aquel momento.
Al separarse, ella pasó con lentitud sus manos por sus mejillas y él abrió los ojos que la miraron brillantes y hambrientos, acelerándole aún más el corazón. Sus mejillas estaban sonrojadas y su respiración agitada delataba todo lo que sentía dentro de sí.
Se alejó apenas lo suficiente para erguirse en su silla y se apartó un par de mechones de cabello rebelde de la frente. Por las barbas de Merlín, ¿Qué había sido todo eso? Draco apenas sonrió y también se acomodó en su asiento.
—Creo que nos vamos a divertir cuando volvamos a casa —. Pero en contra de lo que pensó, ella no se sonrojó ni dudó. Sólo lo miró más seria que nunca y declaró:
—Primero tengo que sacarte de aquí.
Harry por su parte, no pudo evitar dar un salto al ver a llegar a Ron de sopetón al cuarto de visión del salón de interrogatorios. Él había entrado poco después de que Hermione se quedara a solas con Malfoy, había escuchado su intercambio de palabras con el ceño fruncido, pero fue hasta el momento en que los vio besarse que no supo si irse o seguir viendo para comprobar que era real.
La rabia, la confusión y la sorpresa se mezclaron por partes iguales y él sólo atinó a darle la espalda al vidrio de cristal, para evitar ver eso que pasaba ante sus ojos. ¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo Hermione estaba enredada sentimentalmente con Malfoy de todos los hombres del mundo?
Pero apenas tuvo tiempo de pensar eso cuando Ron abrió la puerta de sopetón:
—Mi papá lo consiguió. Elphias Doge aún tiene funciones de consejero del Wizengamot y redactará la orden de salida. Ya vienen en camino… —miró por el vidrio la imagen de Hermione y Malfoy y maldijo—. ¿Qué hacen esos dos tan cerca?
Harry se volteó a ver y vio las manos de su amiga sobre las mejillas de él. Ron había llegado un poco tarde y gracias a Merlín que no vio nada más. Hermione se puso de pie para salir de la sala y dejó a Draco solo en el salón.
Él miraba fijamente el cristal con media sonrisa malvada pintada en la cara: estaba adornada de suficiencia y satisfacción, porque sí, quizás estaba encerrado y en peligro, pero Hermione Granger era suya del modo que deseaba y eso era lo único en lo que podía pensar, bueno, en eso, y en que muy probablemente el cara-rajada y la comadreja estaban en shock del otro lado del vidrio.
Sonrió aún más.
—Maldito bastardo —. Fue todo lo que dijo Harry antes de salir de aquel lugar para encontrarse con Hermione seguido de Ron que no entendía nada en lo absoluto.
Gracias a todas por su paciencia!
Pasé mi examen =) y les traigo el penúltimo capítulo de este arco. Es más largo de lo habitual y sí que me gustó escribirlo.
Les gustó a ustedes? Espero que me lo digan en los reviews.
Saludos desde una blanca Alemania cubierta de nieve,
Londony
