CAPITULO II
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Otro par de años pasaron, me había convertido ya en una señorita de quince, ya no lo recordaba todos los días, sólo cuando me tocaba acudir a su recámara a hacer la limpieza. Lo que en otro tiempo me llevara un par de horas y otro par de pretextos para demorarme más de la cuenta contemplando, recordando, ahora lo realizaba en unos minutos. Mi vida era la escuela y mi familia. Tenía muy pocas amigas, si acaso un par de ellas; siempre fui considerada una rareza y a las criaturas como yo, las solían hacer a un lado los demás... no me importaba, mi refugio lo encontré en la lectura. Mi padre me consentía trayéndome libros que a su parecer cultivaban mi alma, mi espíritu. Me decía que no leyera novelas de amor, que eso sólo me haría perder el tiempo soñando con un príncipe azul que nunca llegaría, que para ser honestos esos ni siquiera existían.
Y de alguna forma me las ingeniaba para leer cuanto yo quería, soñaba con castillos y con hadas, con princesas y con el amor. Un amor que todavía no conocía, soñaba que de entre el bosque (que para mí era el gigantesco patio de los Granchester), alguna vez llegaría mi príncipe, a pie o a caballo... daba lo mismo, tal vez lo encontraría espiándome desde alguna rama del roble... me burlé de mí misma al darme cuenta que el rostro de ese príncipe siempre era el mismo... que mi más ferviente deseo era crecer y encontrar a alguien que se le pareciera, que fuera así como él, que me hiciera reír igual y su recuerdo al despedirnos cada tarde en el pórtico me arrancara los suspiros que en ocasiones me sorprendía teniendo por el recuerdo de alguien más. Porque aunque estaba segura que el señorito sólo sería un sueño para mí, también anhelaba que en algún lugar del mundo existiera alguien si no igual muy parecido, pero con el mismo valor en las ropas y en la piel que el mío.
Leí a Marcel Proust, la Odisea de Homero, Madame Bovary de Gustave Flaubert, y muy bien escondidos, para que no me negasen la oportunidad de soñar con el amor, tenía a William Shakespeare y a Jane Austen con una colección de obras que me hacían llorar como Magdalena. El primero lo había conseguido con mi profesora de literatura gracias a mis excelentes notas, con la consigna de devolverlo de cuando en cuando para volver a obtenerlo prestado. Las obras de Jane Austen las había comprado con el fruto de mis ahorros. Pero Romeo y Julieta siempre serían por mucho mis favoritos, lo leí y releí imaginando esas escenas, lloré en mis noches de lectura cada vez que llegaba al punto álgido de la separación de los amantes. Lloré más aun al desear con todas mis fuerzas que esas dos almas estuviesen juntas a pesar de que en esta vida les resultó imposible, a pesar de sospechar que pudieron ser reales o el producto de la imaginación de mi querido William. Lloré también al visualizar mi palpable realidad tan similar a la de ellos y sopesar la posibilidad, que tal vez... un gran amor, un verdadero amor así, nunca llegaría a mi puerta.
Una tarde, escuché a una de mis hermanas decirle a la otra que el señorito Terry llegaría pronto, todo debía ser preparado para de inmediato sacar sus antiguas ropas y limpiar acomodando en su pieza todo lo nuevo. Sin saber por qué razón, mi corazón y mi estómago dieron un vuelco y me pregunté cuanto habría crecido después de varios años de no saber nada de él. Si acaso seguía siendo aquél chico afable o se habría vuelto un pedante y presumido como los jóvenes de la nobleza a la que pertenecía, que era por todo el mundo sabido iban por ahí con sus aires de superioridad, miraban siempre hacia abajo a la servidumbre y se ufanaban en los modales, logros deportivos y poderío económico de sus familias para sustentar su propia valía.
Esa misma noche, durante la cena, papá nos pidió preparar muy temprano la lujosa habitación para cuando llegase el joven Granchester y estar al pendiente de cualquier cosa que se le ofreciera. Aunque minutos después al mirar mi rostro, cambió de opinión para decirle a mi madre que sería ella exclusivamente quien se encargaría de atender al susodicho.
Me fui a acostar con esa incertidumbre, más que incertidumbre era una espesa curiosidad por imaginarlo, por querer saber si se acordaría todavía de mí. Si alguna vez le había hecho falta. Tardé en conciliar el sueño imaginando mil situaciones románticas, lo vestí de Romeo en mi mente y me di el lujo de ser su Julieta. A fin de cuentas nadie lo sabría, mis sueños eran ese lugar donde cientos de veces me encontré con él y charlé mirando sus ojos hasta el cansancio, sin que nadie me lo prohibiese, sin que nadie juzgase mi pobreza y me recordara que mi lugar era lustrando su suelo y no alcanzando en un beso suyo el cielo. Pero justo antes de conciliar el sueño, llegó la fría certeza de que el Joven Granchester era una realidad inalcanzable para mí. Más que Romeo y Julieta sería si acaso la historia de Cenicienta la que podría repetir, con la dolorosa verdad de que sólo en los cuentos, la cenicienta logra conseguir el amor del príncipe.
Estaba nerviosa, torpe era poco, no me concentraba en las tareas asignadas en la casa Granchester y ni qué decir de la escuela, era un caos completo... pensaba y pensaba. Al final decidí adjudicarle al joven Granchester una serie de características físicas que probablemente tenía y que en mis sueños no aparecían. Le llené el rostro de acné, le puse unas muchas libras de más, una estatura bastante menor a la mía, el cabello descuidado y la voz... una voz de niño mimado y pedante. Tal vez eso sería suficiente para disminuir el nervio avasallante que me golpeaba fuerte en el estómago cada mañana al despertar y pensar que ese, podría ser el día de volver a verlo.
Y una tarde de finales de otoño llegó finalmente el joven, la calle estaba tapiada de hojarasca en sus tonos tierras y ocres. Por indicación del Duque, lo esperábamos de pie muy cerca de la entrada, varios empleados más de la gran mansión, mis padres, mis hermanas y yo para recibir sus pertenencias y acomodar todo para su comodidad. No estaba presente ni siquiera por cortesía la señora de la casa. A estas alturas ya sabía que en realidad no era su madre, sino la segunda esposa del Duque... y es que fue por demás obvio, analizando la diferencia de rasgos, comparando las finas y estéticas facciones de uno, con la tosca y poco agraciada fisonomía de la otra, hasta entonces le encontré sentido a lo confesado en completa confidencialidad por mi madre, ya que aunque era un secreto a voces la relación de parentesco entre el joven Terruce y la Duquesa, no era un tema que debiese andar en boca de la servidumbre. Por lo mismo y para evitar indiscreciones se me había ocultado esa información hasta que ya tuviese un criterio para entenderlo.
Un automóvil negro me sacó de mis pensamientos, pues anunciaba su llegada con una ruidosa bocina que el mismo conductor presionaba. Pensé que el chofer sería reprendido por tal atrevimiento. Hacer tal escándalo frente a la mansión de un Duque, seguro le costaría el empleo. Por si fuera poco, el tipo frenó con brusquedad y levantó toda la tierra y hojas del mundo con su llegada.
La polvareda se dispersó en el aire y llegó hasta mis ojos. Me costó un poco respirar por el terregal revoloteando en mis fosas nasales. Me molesté mucho, ahora el joven Granchester me encontraría hecha un polvorón y no era que deseara llamar su atención, no me importaba en lo absoluto lo que el regordete adolescente pudiera pensar de mí, por si fuera poco, en su colegio debía haber señoritas de alta sociedad y nobleza, hermosas y delicadas como princesas... pero tampoco había planeado que este rufián conductor acabara con la limpieza en mis ropas y mi aseo personal. El osado chofer bajó con desparpajo y se movía por aquí y por allá. Mi padre y otros empleados se acercaron para ayudarle pronto con su equipaje y cajas que llevaba en el automóvil descapotable. Su aspecto informal me parecía una completa irreverencia. Llevaba unos pantalones negros, una camisa blanca desabotonada en la parte superior, su cabello largo y suelto hasta el hombro y por si fuera poco un aire de rebeldía ostentaba el ufano empleado. Empleado que con sólo un vistazo me había provocado un temblor de piernas pues era indiscutiblemente el hombre más hermoso que había visto hasta entonces. Sonreí mientras miraba el aire de suficiencia con que se desenvolvía aquel mozo; alguien así para mí... pensé. Ahora no importaba el joven Granchester, no creía que pudiera opacar el primor que ante mis ojos se revelaba en ese momento.
Su actitud despreocupada y hasta cierto punto retadora me hizo pensar que el joven aquél tenía los minutos contados como chofer y eso sería una lástima, era nuevo, eso era un hecho. No sabía comportarse y su forma de conducir era bastante mala. No sabía si hacer algún gesto reprobatorio por su actitud o simple y sencillamente sonreírle, pues era en verdad encantador. Pero me contuve de hacer lo primero o lo segundo justo en el instante en que escuché tres palabras... aquellas que hacía tanto no le había escuchado a mi madre decir...
-Bienvenido mi niño...
Y el chofer miró a mi madre, una sonrisa apenas pintada en sus labios le hizo saber a mamá que en verdad apreciaba su recibimiento.
Caminando erguido, con la seguridad de quien se sabe hermoso. Asintió despacio y la seriedad regresó a su rostro. Tomó un par de objetos del asiento trasero y se encaminó a la entrada. Y he ahí mi respuesta, había cambiado, ahora era un joven de 15 años, como yo, pero bastante más alto, seguro de sí mismo, con una figura espigada y no regordeta como había querido imaginarlo, con su rostro pulcro y bello, como lo recordaba, con sus ropas que ahora casualmente no me parecían tan informales. Llegó a la mansión con ese aire de dueño y señor del lugar... hasta de la casa que yo habitaba. Se detuvo un momento para mirar todo, como reconociendo, como recordando... Saludó a todos con un asentimiento y la seriedad bien ensayada en su semblante, avanzó despacio mirándonos a cada uno y sentí mi corazón latir aprisa cuando se detuvo por un momento frente a mí, tal vez sólo imaginé que disminuyó el paso y en realidad no lo hizo, pero juro, que pude percibir su mirada mientras yo me concentraba en el suelo cubierto de hojarasca. Estaba nerviosa, tenía mis manos entrelazadas y mi rostro ruborizado, podía sentirlo. Me recordaba... sí, cinco años y el señorito aún sabía quien era yo.
Entonces me di el valor tomando un poco de la confianza con que le hablaba algunas noches en mis sueños. Había practicado tantas veces frente al espejo ese momento, lo imaginaba frente a mí, sonriéndome, saboreaba cada segundo del reencuentro en mi imaginación. Pero como en la vida real todo ocurre tan distinto, así también en un par de segundos él ya había seguido su camino. Mis hermanas caminaron presurosas con algunos empaques que él traía consigo como presentes, mi padre llamó la atención al chofer que había sido relegado al asiento del copiloto y aquél se defendió diciendo que lo había hecho sólo obedeciendo las órdenes del joven Granchester. Otros empleados llevaron sus pesados maletines a la mansión, el reconvenido chofer se encargó de acomodar el automóvil al interior de la propiedad, mi madre los siguió a todos ellos con algunos objetos en los brazos y se giró para verme.
-Vamos querida, hay mucho que hacer, podrías ayudarme...
Tomé las cosas y ayudé con la carga. Con discreción volví a mirar a lo lejos sus cabellos castaños y sus lustrosos zapatos negros subir por las escalinatas hacia la entrada de su casa. Sus ropas seguían siendo finas, impecables. Su andar era diferente, su estatura y sus facciones conservaban la galanura de siempre, pero había algo distinto; seguía siendo el Terry de mis recuerdos... pero también había cambiado.
No sentí más esa conexión que tuvimos de niños, ese lazo que me hizo pensar ingenuamente que aun con el pasar del tiempo seguiríamos siendo los mismos, la verdad era que no existía más y se había quedado atrás como una colección de escenas invaluables de mi más tierno pasado. Pero sólo eso.
Y así transcurrieron los días. En las noches buscaba algún pretexto para salir al patio, me gustaba observar las estrellas y escuchar en medio de la noche, el sonido del viento entre los arboles haciendo sonar las hojas secas en su carrera por el suelo, arrancando las que morían en las enramadas. Los insectos nocturnos con sus rítmicas estridulaciones me llevaban sin querer a pensar y a seguir recordando. Mi necia curiosidad desvió mi vista hacia su ventana y me encontré con su luz encendida, aunque él por el momento no se asomaba. Decir que sentía algún pesar o tristeza por tal situación sería mentir, porque cuando pasa el tiempo y se convierte en años de por medio se acostumbra el alma a las ausencias... se acostumbra a rellenar el hueco que deja esa persona con cientos de libros, con deberes, con más personas y con cualquier cosa... poco a poco y aunque las memorias persisten, las ansias y el extrañar a alguien se modifica a algo parecido a la resignación.
Y ya me había acostumbrado... y ya había perdido la imperiosa necesidad de tenerlo cerca.
No supe cuanto tiempo estuve filosofando entre el ser o no ser, entre el estar y el extrañar, me gustaba creer que era una chica muy sabia a mis quince años. Mientras otras chicas de mi edad soñaban con casarse, con trabajar en una mansión como la de los Granchester, con ser maestras o enfermeras, mis pensamientos me hacían creer que algún día llegaría muy lejos... sería quizás una escritora. Sí, como Jane Austen, como William Shakespeare... después, mis ojos sin querer se posaron en la ventana de esa habitación iluminada. Y no porque tuviese en verdad una ilusión romántica con mi amigo de la infancia. De pronto me conformaba con saberme con la madurez suficiente para contemplar el paso del tiempo y la manera en cómo transformaba la vida de las personas, cómo hacía crecer los árboles, los prados, como pasaba sin prisa haciéndolo florecer todo, dando paso a las estaciones, haciendo nacer niños, haciendo cambiar mi cuerpo, haciendo que mi hermana estuviera muy cerca de casarse y dejarnos para irse a Aberdeen, Escocia. Y todo cambiaba, y entonces me sentí avergonzada porque ahí estaba él, mirándome desde lo alto, cuan alto estaba metafóricamente en comparación conmigo.
Quise desviar la mirada, porque me sentí pequeña. Porque la influencia de las palabras y los conceptos que te graban a fuego en la cabeza pesan aunque tus ideales sean diferentes. Porque pude ver con perfecta nitidez lo absurdo de mi nostalgia por su presencia. Y mas pequeña me sentí cuando dos segundos más tarde él corría sus cortinas para no verme.
Sin duda, había cambiado.
A la mañana siguiente, volvía de hacer unas compras en la plaza. Llevaba unas cestas con mercancía y rogaba por alcanzar a llegar hasta el pórtico sin tirarlo todo. Traté de bajar las cosas al suelo para sacar la llave de mi bolsillo, pero un movimiento en falso y los blanquillos habrían terminado estrellados en el suelo. Estaba a punto de llamarle a mi madre para que me abriera la puerta y me ayudara, cuando se abrió sola. Fue ahí, cuando más cerca estaba de creer que los príncipes no existían, cuando ya había saldado esa cuenta con el pasado y mi espesa curiosidad por saber de Terry se había reducido a un... sí cambió después de todo, fue justo ahí que la vida me sorprendió con una voz que no pensé volvería a llamarme con tanta familiaridad, con esa confianza de antaño.
-Dame eso, te ayudo.
Y me quedé petrificada, mirando sus ojos, sus labios. Contesté de inmediato sin amilanarme, sin mostrar milagrosamente ni una pizca de rubor o nerviosismo. Recordé la noche anterior y cómo había cerrado sus cortinas en mi cara. Recordé con orgullo y con molestia cómo había entrado de regreso a casa la noche anterior, haciendo una nota mental de no volver a buscar la ocasión de saludarle, mucho mejor si podía incluso perderme de esos encuentros hasta que se fuera de vuelta a su "amado colegio".
Miró mi cargamento y lo tomó para que pudiese descansar, me resistí un poco haciéndome la valiente, no deseaba su ayuda aunque la necesitara. Me miró con una sonrisa de lado, como llamándome necia con esa mirada que inexplicablemente seguía leyendo a la perfección. Volvió al interior caminando con la confianza de alguien que sabe el camino directo a las empanadas de mi madre. Y ahí estaba de nuevo, usando mi taza y mi plato, que aunque ya eran otros... seguían siendo los míos.
Miré a mi madre y fue hasta entonces cuando me percaté de mi ceño fruncido, no se iba a librar de mi interrogatorio. Agradecí el gesto al joven Granchester y sin decir nada más hice una ligera venia ante él para retirarme, cuando otra vez, con esa voz que a pesar de no ser la de un hombre adulto, ya comenzaba a mostrar ese delicioso y grave tinte de gallardía y autoridad que seguramente con los años derretiría a cualquier dama.
-Anoche... bajé un momento...
Me volví hacia él y observé enajenada como posaba su mano en la nuca y miró de reojo a mi madre, dándose cuenta que había sido indiscreto.
-Cuando llegué hasta aquí ya habías cerrado la puerta y no quise molestar, noté que olvidaste tu libro y yo...
Y ahora fue su rostro el que ruborizó ligeramente. Pero ese gesto encendió en mí un destello de esperanza, ¿lo estaba recuperando? ¿sería posible que volvieran los viejos y buenos tiempos?
-... lo llevé conmigo, quería devolvértelo personalmente.
Sólo me bastó volver a mirar un par de segundos su rostro con esa sonrisa queriendo escapar de sus labios, con esas cejas pobladas y sus largas pestañas más tupidas que antes, con esos ojos bonitos poseedores de un extraño poder seductor, para que yo sintiera la sangre agolparse furiosa en mi rostro. Tragué en seco. Sus blancas y largas manos, sostenían el viejo libro y avanzando un par de pasos hacia mí, extendió su brazo para devolvérmelo. Mi seguridad se esfumó, mi voz, mis piernas y mis manos temblaron ligeramente al recibir el objeto, sin atreverme a mirarle una vez más a los ojos cuando sus dedos rozaron un instante los míos.
-No es mío, es de la escuela.
Terry miraba atento el libro y analizaba mi reacción. Mi madre salió de la cocina y ubicándose detrás de él, fue ahora quien levantaba una de sus cejas en ese lenguaje secreto de nosotras que significaba más tarde tendríamos una charla.
-Es una vieja edición, la pasta está gastada, las páginas ya están amarillentas... ¿ves? -dije mientras recorría con mis dedos algunas de las hojas y mostraba a detalle lo cansado del libro. -Pero me gusta... -volví a decir.
-En ocasiones, lo viejo es lo mejor... lo que tiene más valor para nosotros -acarició con cuidado el viejo empastado -siempre es bueno... tomar lo que nos hace felices, aunque eso signifique volver a lo viejo.
Y me sonrió dando otro paso hacia mí y tomando mis manos para entregarme el libro.
Justo cuando creí que los príncipes ya no existían, cuando me estaba asegurando de pensar que vivían exclusivamente en las novelas de amor, regresó el señorito, el joven Granchester... inquietando mi corazón como nunca lo había hecho...
También en eso había cambiado...
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CONTINUARÁ...
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Gracias:
La verdad es que estoy muy contenta por el recibimiento a este mini fic. No pensaba tener tanta concurrencia en mis reviews y alertas.
Mil gracias por tomarse el tiempo de leer a pesar de que no sea la tradicional historia en la que la pecosa es personaje principal.
Blanca G: Gracias por tu apoyo siempre Blanca! Esa frase fue tierna pero triste ¿verdad? Tuve que conectarme con muchos sentimientos de mi propia infancia para escribir este capítulo. Y que risa con eso de los hermanitos de Terry, en verdad te parecían feos? jajajaja bueno, la verdad es que si, un poquito! jajajaja Saludos bonita.
Guest: Muchas gracias por tu breve pero alentador comentario!
AnastasiaRomanov: Hola Anastasia! Que gusto leerte entre mis lectoras. La intención era esa, demostrar la tristeza que rodeó a Terry desde chiquito. Porque muchas lo tachan de soberbio, alcohólico y mala persona, pero la verdad es que no tuvo nunca nada fácil. Lo que me preocupa es que deseas que Candy sea quien llegue a alegrar su vida y eso en esta historia no sucederá. Si decides seguirme leyendo me dará mucho gusto, si decides que no... voy a comprender. Un beso enorme para ti.
Moonlove86: Ahhhh! pues sí...
Jajajajaja y cómo me encanta que leas mis locuras. Gracias por tu apoyo, por leerme mi capítulo mientras haces tus compras, por permitirme ser tu Liverpool (parte de tu vida) aunque sea por medio del teléfono. Te quiero mucho amiga. Lo sé y lo sabes.
Stormaw: Heyyy tuuu! hermosa que te estás pensando que no se te extraña o que? Muero por saber que sigue en Una nueva oportunidad. Ya se que soy la menos indicada para decirlo porque tengo muchos pendientes pero, por lo menos en este fic no me atrasaré. Ya está terminado. Gracias por tu apoyo bonita.
Norma: Gracias Norma! Me encanta que te haya encantado. ¿Verdad que es bella la mucama? Un beso para ti.
Y mil gracias a:
Airun Grandchester, Moonlove86 y Litzie. Por recibir las alertas de actualización.
