CAPITULO III

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Volver a ver sus ojos y su sonrisa después de tantos años, fue un regalo que agradecí a mi madre. Si el cocinar esos postres sería el motivo de sus frecuentes visitas, pensaría seriamente en aprender las mejores recetas de mamá. Busqué además entre mi basta colección de libros algo que me ayudara a preparar la mejor y más novedosa repostería; pero mi euforia pasó pronto cuando me di cuenta que hacerlo significaría delatarme ante mi madre o mis hermanas. Y desistí en mi idea, porque estaba actuando casi como una chiquilla enamorada... y curiosamente lo era, ¡para qué engañarme más!, si desde hacía tiempo lo sabía cuando en mis más bellas fantasías era el rostro de Terry el que imaginaba, era su recuerdo y la ilusión de volver a verlo la que me acompañó todo ese tiempo en su ausencia.

Encontrarnos de nuevo en el cálido y apartado rincón de la cocina, conversar con él como si las barreras evidentes y hasta palpables no existiesen entre nosotros, era motivo suficiente para que mi espíritu estuviera ligero, contento. Mi madre, que siempre estaba presente en nuestras charlas, nos servía una buena rebanada de pan de natillas con relleno de fresas, empanadas o galletas y un vaso de leche para cada quien. Él insistía en que prefería el té, pero mi madre le repetía con una extraña confianza y familiaridad, que él estaba en crecimiento todavía, que era todavía un niño por muy grande que quisiera creerse y que no se iría de la cocina hasta tomarse un vaso con leche. Así lograba siempre convencerlo, de tal forma que le hacía terminarse siempre todo cuanto le ofrecía para alimentarlo. El señorito salía de casa para dirigirse a la suya con una sonrisa, con el gesto amable, con su estómago lleno y adolorido también de tanto reír con nosotras, con una postura menos rígida, pero igual gallarda y varonil.

Las noches siguientes ni siquiera salí al pórtico para ver su luz encendida, ya no deseaba dar más pistas que pudiesen delatarme y poner los ojos sobre mi amistad con el joven Granchester. Tampoco me había acordado de leer por horas y perderme en las líneas de mis historias favoritas. Me recostaba simplemente en mi cama y miraba a través de la ventana, prefería perderme en cientos de pensamientos y evocaciones de su persona, imaginaba mil historias donde él era siempre el protagonista. No importaba desvelarme pensando en él aunque tuviese que madrugar para iniciar a primera hora mis labores, o mojar mis manos con agua tan fría que dolía para hacer el aseo. Me iba a descansar con una sonrisa que no me guardaba el secreto. La ilusión del primer amor es descarada, es sublime, es fuerte y arrasa con la cordura. Cada noche iba a dormir deseando que ya fuera mañana, porque las horas en que lo encontraba durante el día ya no me parecían suficientes.

Me dormía pensando en su voz, en su sonrisa, en sus ojos... los recuerdos más tiernos se hacían a un lado para abrirle paso a la magia de este nuevo sentimiento, ¿sería acaso que le estaba dando la bienvenida al amor? Tenía miedo, porque sabía que esto sería un sueño. Que él venía a casa cada tarde para encontrar con nosotros el calor que nunca encontraría en su castillo de cuento. Pero que lejos de pertenecer a nuestro grupo sólo convivía con nosotros porque no hacía caso él de las diferencias de clases, de los estatus, de los ridículos protocolos y reglas de la sociedad.

Volvimos pues a escaparnos esas tardes como los niños de tiempo atrás, trepamos árboles otra vez y ahora nos aventurábamos a llegar más alto, alguna tarde lluviosa se asomó a su ventana y pronto su mirada me buscaba en el pórtico o por los alrededores; mis piernas temblaban cada vez que eso sucedía, la alegría inundaba mi corazón al verlo sonreír por encontrarme, mi sonrisa era la clara invitación para reunirnos, pero ahora... un cosquilleo involuntario surgía salvaje en mi estómago ante la emoción de saber que estaría cerca, para momentos después observar sus cabellos castaños volando mientras bajaba casi de un salto las escalinatas hasta llegar a mí. Podíamos permanecer en el pórtico, aunque tratábamos de evitarlo por las intrigas de la nana o la Duquesa; tomamos algunas veces el té y me enseñó desde cómo tomar la bebida con la delicadeza de los de su clase, hasta cuáles eran los mejores tés ingleses, leche y galletas eran el común denominador esas tardes frescas en la humilde cocina de mi hogar. Sabía de mi afición a la lectura al encontrar aquél libro que había olvidado en el pórtico, pero cuando se encontró mi pequeña biblioteca en ese librero especial que mi padre me compró como regalo de cumpleaños, caminó hacia él y tomó un par de ellos.

Hojeaba con cuidado desde los más antiguos hasta los más recientes, de pronto su atención se fijaba más de la cuenta en algunos párrafos y sonreía otra vez mientras algún mechón de su largo cabello caía descuidado por su rostro.

-No sabía que fueras una romántica...

-No lo soy.

Respondí de inmediato. Tomando de sus manos el libro que él mismo me había devuelto aquella tarde y que descuidadamente olvidé sobre el mueble.

-Romeo y Julieta de Shakespeare, Jane Austen... ¿ves? eso prueba que lo eres.

-No es mío, es de la biblioteca... ya te había contado que me lo prestan con frecuencia.

Dije sin ninguna vergüenza, esa era la verdad y yo no pretendía ostentar obras literarias que en realidad no pudiese costear.

-¿Y éstos?

Preguntó señalando con su índice los tomos de la colección.

-Esos... sí son míos. Ahorré suficiente y... aunque costaron una pequeña fortuna, estoy segura que lo han valido.

-Y entonces... ¿Por qué no compraste Romeo y Julieta?

-Estoy ahorrando para eso...

Tampoco me daba vergüenza admitir delante de él que me gustaban los dramas y el romance y que mis recursos económicos no eran como los suyos. Se puso muy serio, su blanca piel contrastaba con su suéter azul marino como sus ojos, recuerdo sus manos blancas hojeando, sus dedos largos repasando las líneas. Me di el lujo de observarlo a mi antojo, él permanecía muy entretenido después de todo, mi madre continuaba en la cocina y mis hermanas no estaban en casa, así que nadie podía espiarme espiándolo a él.

Su mirada intensa se perdía en cada renglón, sus cejas se movían a penas, su sonrisa había desaparecido pero igual era un deleite mirarlo así, sus labios tan suaves, tan perfectos, podía escuchar sus exhalaciones... el sonido de cada página al dar la vuelta. Cierro mis ojos y parece que todavía puedo ver frente a mí su imagen. Sin levantar su rostro, su mirada pilló a la mía observándolo a detalle y mi descarado escrutinio no pudo seguir, así que me incorporé de la pequeña sala y caminé hacia la ventana. Puede ver a la distancia a mi padre, con su característico traje negro, abriendo las puertas al padre de Terry que llegaba en un elegante vehículo conducido por su chofer.

-Terry, el señor Duque ha llegado. Podría disgustarse si se entera que estás aquí.

-Y yo no veo cómo pueda saberlo... no deberías preocuparte por eso.

Diciendo ésto, se puso de pie y permaneció a mi lado. Pude percibir más de cerca su perfume, pude escuchar un suspiro; me dí cuenta que estaba enamorándome de un imposible. Mi corazón saldría muy lastimado en este juego peligroso que estaba permitiéndome. Por eso entendí que mi padre estuviese en total oposición a que tuviéramos una amistad, mi madre no lo consentía del todo, pero ella también lo quería y mucho y eso ayudaba a que fuera más accesible en cuanto a que nos reuniésemos a conversar. Sólo fuimos tres hijas y un hijo varoncito, mi hermano mellizo que falleció antes de alcanzar el mes de vida debido a las inclemencias de un invierno.

Por eso creo que mamá se complacía en cuidar del señorito desde que llegó a casa, según me cuenta ella, Terry tenía entre tres y cuatro años cuando pisó por primera vez la gran mansión, la misma edad que yo tenía y la misma que mi hermano hubiese tenido si hubiera vivido. Ese día en que mi madre me platicaba junto a mis hermanas sobre la llegada del niño Granchester, nos contó también que la Duquesa era en realidad la madrastra de él y que la verdadera madre era una hermosa mujer americana, o al menos eso era lo que se rumoraba.

Mis pensamientos se interrumpieron y sentí mis piernas flaquear cuando vi la gallarda e imponente figura del Duque salir a la terraza. Terry seguía de pie a mi lado y noté de reojo cómo se tensaba su postura y cómo su mirada había cambiado. Mi corazón latió aprisa, tenía miedo que el señor Duque encontrara a su hijo en nuestra casa y hasta entonces sentí el enorme peso de que por una insensatez mía fuésemos echados a la calle. Terry se acercó más a mí sin perder de vista a su padre a través de la ventana con las cortinas semi abiertas, no decía nada. El Duque a lo lejos parecía buscarlo, miraba hacia un lado, hacia otro y esperó un buen rato hasta que finas gotas de una persistente llovizna comenzaron a cubrir su abrigo y lo hicieron regresar al interior de su casona.

Entonces Terry sonrió de lado, todos sus gestos ya los sabía de memoria, pero extrañamente ahora me parecían fascinantes, ahora me podía perder en su mirada, en sus labios al moverse para decir cualquier cosa, me deleitaba escuchando sus carcajadas y su voz como si fueran las más bellas notas de música. Si él supiera lo que estaba despertando en esta humilde mucama, seguramente no volvería a visitar esta casa, si se hubiese dado cuenta que cada exhalación de su respiración quería bebérmela en un beso, quizás desde hace mucho, me habría puesto en mi lugar y no habría dirigido nunca más una palabra a mi humilde persona.

Recuerdo que la llovizna arreció y las traviesas gotas chocaban con los tejados y ventanas, creando una especie de rítmico golpeteo, llenando el aire con el aroma a tierra mojada. Las ventanas pronto se empañaron por el calor de la casa, contrastante con el frío clima del exterior que parecía cambiar abruptamente.

Todo era perfecto, como en los viejos tiempos, sólo que ahora mi corazón sabía que se encontraba al borde de un alto precipicio, como en las Highlands, donde un paso en falso en lo alto de una montaña podía llevarme a caer vertiginosamente desde las alturas, sin posibilidad de supervivencia.

Y mientras visualizaba mi corazón haciendo malabares en la cima, sentí el delicioso y eléctrico calor de sus dedos rozar los míos, provocando un estremecimiento generalizado al rozar mi mano con la suya. Mi corazón estaba ya cayendo inevitablemente por la alta pendiente cuando su mano envolvió con un delicioso calor la mía.

Me quedé quieta, trataba de respirar despacio para no interrumpir ese instante, para no delatar la agitación que crecía en mi pecho. Hacía mucho tiempo que su mano no tomaba la mía, no de esa manera, no provocando esas sensaciones y esa tempestad como un fuerte oleaje golpeando contra los riscos en la orilla del mar.

Cuando niños, corríamos de la mano entre los árboles del bosque y parábamos hasta que el corazón nos latía en el rostro. Ahora de nuevo mi corazón latía en el rostro pero por una razón diferente, su mano de nuevo tomando la mía había convertido mi mundo en uno completamente diferente. El amor se empezaba a desbordar por mi cuerpo y no había forma de esconder ni apaciguar éste cruel sentimiento. Cruel, porque mucho temía que esta ilusión estaba naciendo y creciendo sólo en mí.

-No pensaras perderte la oportunidad...

Dijo cerca de mi oído y en voz baja, acariciando mi alma con ese susurro que comprendía perfecto.

Cerré mis ojos disfrutando de su cercanía, disfrutando el cosquilleo en mi vientre y el erizar de mi piel al tenerlo tan cerca. Quise soñar un momento con una connotación distinta para esas palabras, pero sabiendo a qué se refería respondí sonriendo:

-¿Lo estás diciendo en serio Terry?...

-Por supuesto que sí. -respondió con esa sonrisa fascinante, mirándome fijo y después de reojo para ver si mi madre estaba cerca.

No tardamos nada en salir de casa y perdernos en medio del bosque. Algún trueno en el cielo sonaba a lo lejos pero eso no importaba, corrimos entre los árboles ya sin hojas. Las finas gotas de lluvia fueron empapando nuestras ropas, nuestros rostros. La lluvia se tornó más copiosa y el agua escurría por mi cabello y mis pestañas. No tenía miedo de la reprimenda al regresar, sabía que pronto quizás se marcharía de vuelta al colegio y que no tenía ninguna certeza de volver a verlo pronto. Miré hacia el cielo y la gran extensión de nubes grises lo abarcaba todo, miré alrededor y sólo bosque y neblina nos acompañaban, como si quisieran ser un poco cómplices en nuestra escapada. Me sentía dichosa al darme cuenta que nuestra amistad seguiría intacta, a pesar de la distancia y los años que transcurrieran siempre entre nosotros, a pesar de las diferencias y prohibiciones, a pesar de que no solo sus ropas; también su piel y sus huesos valían muchísimo más que los míos.

Agradecí al tiempo, al bondadoso destino, por haber respetado ese acuerdo de nuestras almas, de seguir siendo amigos, de querernos, de no olvidarnos... a pesar de lo que fuera.

Seguimos corriendo, a ratos caminábamos uno al lado del otro, recuperándonos de la agitación, manteniéndonos muy cerca y todavía de la mano como si con eso pudiésemos apaciguar un poco el aire fresco que nos hacía temblar. Mi vestido estaba lleno de barro, salpicado, empapado. Mi cabello escurría y se pegaba a mi rostro, la lluvia a ratos se hacía intensa, a ratos se calmaba un poco. Pero no me interesaba nada más que disfrutar ese momento. Éramos como niños otra vez, y al mismo tiempo un par de tontos que se exponían a un grave resfriado, pero así seguimos empapando de buenos momentos cada minuto juntos. Tomó mi mano y depositó en ella una fina cadenita de oro, con un dije por igual fino y discreto. Fue algo sorpresivo, me quedé petrificada, con su palma sostuvo la mía y la cerró con ambas manos.

-Voy a irme, hay algo que debo hacer y tengo el tiempo justo. Pero quiero que conserves esto...

-No puedo Terry...

-Sí puedes, -me dijo mirando mi puño cerrado entre sus manos. -hay algo más que voy a darte, pero no lo traje conmigo esta vez.

-Es que, esto es demasiado para mí. ¿Qué les diré cuando me pregunten de dónde lo he sacado? podrían pensar que lo he robado a tu madre...

-Ella no es mi madre. Lo sabes...

-Lo siento... quise decir, la Duquesa.

Para mí, estar frente a él, era estar frente a un ángel, nunca antes lo vi más hermoso hasta esa tarde, su cabello empapado, sus cejas pobladas y esas pestañas enmarcando sus ojos de un profundo azul como el mar de Escocia, su boca colorada, brillante y mojada por las gotas que resbalaban por su rostro. Y de nuevo me encontré la tristeza instalándose en su mirada. Soltó mi mano y se quedó en silencio, mirando hacia otro lado. Observé su perfil y quise acercarme para abrazarlo, pero no me atreví. No tenía derecho, nunca me había permitido tal acercamiento y no iba a ser éste el momento en que al fin lo hiciera. Si me había enamorado era problema mío, pero no lo involucraría en algo así.

-No vuelvas a decir que un objeto es demasiado. Tú eres mucho más valiosa que cualquier cosa que pudiera darte. Tú... eres demasiado.

Volvió a mirarme fijamente. Sus palabras llegaron a instalarse para siempre en mi memoria y en lo más profundo y resguardado de mi ser. Se acercó despacio a mí, mi corazón me gritaba que era ahora cuando debía romper la única barrera que hasta ahora persistía entre nosotros. Necesitaba abrazarlo, grabarme para siempre la sensación de sentirlo cerca, pegado a mi cuerpo.

Pero bajé mi rostro obligándome a mirar bien el suelo donde debía mantener mis pies, era una simple mucama y él... era mi amo. Levantó mi rostro con una de sus manos. Respiré lentamente, como si no deseara interrumpir por nada en el mundo lo que estaba pasando. Todas las sensaciones; la emoción, la ilusión, viajaron hasta mis labios que ya ansiaban sentir el calor de su roce, pude captar como muy despacio se acercaba a mi rostro y cerraba sus ojos. Pude sentir el cielo bajo mis pies cuando milagrosamente la dicha de un suave y cálido beso suyo se instaló en mis labios, en mi alma... y no se borró de mi mente nunca más. Un beso mojado, por la lluvia que empapaba nuestros rostros, por la humedad que su boca compartía con la mía. Sus brazos me acercaron a su cuerpo y siguió besándome. Yo temblaba, de frío, de emoción, de amor... pero seguí besándolo. Me bebí las gotas de agua que llevaban hasta mi boca el sabor de su rostro, de sus ojos cerrados, mientras continuaba regalándome aquél milagro. Me bebí la sensación más dulce y placentera de probar su boca, de beberme su aliento, de sentir sus manos abrazarme y sujetarme con fuerza. Nunca me sentí más dichosa.

La neblina confabulaba con nosotros, la espesura de la bruma alrededor nuestro cubría el atrevimiento de una sencilla mucama alcanzando lo inalcanzable, tocando el cielo. Cielo que seguía mandando la bendita llovizna que había propiciado esa tarde, la más preciosa experiencia de mi vida. Cerré mis ojos y volví a abrirlos un par de veces y él seguía ahí, conmigo...

Esa tarde volví a casa sintiendo que pisaba sobre nubes y no la hojarasca sobre el barro reblandecido que había dejado la lluvia. Regresé antes que él para que nadie sospechase nada al vernos juntos. Respiré profundo para tratar de serenarme. Todo era increíble, no dejaba de pensar en que él me había besado. En que nos habíamos perdido en minutos de la más bella pasión en un beso, en muchos besos. Estaba muy enamorada, más que nunca... no creí que pudiera existir un momento de felicidad más plena en la vida de una persona que el saber que a quien amas, te ama con la misma intensidad.

Nadie me miró llegar, ni mi madre ni mis hermanas estaban en casa cuando volví. Agradecí mi buena fortuna pues no habría sabido explicar qué hacía mojándome afuera. Cambié mis ropas por unas secas. Bajé aprisa para ayudar en los deberes y miré el libro de Romeo y Julieta en la mesita de la sala, pensé que mi historia superaba por mucho la novela de amor más hermosa que se hubiera escrito. Nada se comparaba al haber estado en sus brazos, bebiendo sus besos, entregándole el alma, mi vida entera, bajo la lluvia.

A pesar de no haber conciliado el sueño y de haberme creado fantasías donde volvía a besarlo durante buena parte de la noche, a la mañana siguiente salí muy temprano. Estaba muy dispuesta a hacer todos los encargos, tender las ropas, todo lo que tuviera que ver con estar fuera, tan sólo por verlo.

Y de pronto mi corazón sintió una de las heridas al caer de ese acantilado. Escuché a mis padres hablar en voz queda acerca del joven, que ya se había marchado. De nuevo sin despedirse. No dijo nada, no preparó maletas... pero recordé entonces sus palabras la tarde anterior:

-"Voy a irme, hay algo que debo hacer y tengo el tiempo justo. Pero quiero que conserves esto..."

Sí me lo había dicho, pero en la magia del momento mi mente bloqueó ese pensamiento, y lo que vino después de eso acabó con la alegría que me quedaba.

Porque se había ido...

Y sin poder evitarlo me fui al bosque, caminé por entre los árboles, había zonas muy fangosas pero seguí adelante. Llegué hasta ese lugar, hasta donde me había regalado la más hermosa tarde de mi vida. Y lloré.

Cuando tienes una madre que te ama, que te conoce, es difícil esconder un corazón herido, es imposible pretender una sonrisa porque ella se da cuenta que en el fondo tratas de ocultar una profunda tristeza.

Un buen día, se sentó a mi lado, ahí en la banquita del pórtico, tomó mi mano y me miró con esos ojos llenos de sabiduría y comprensión. No dijo nada, sólo me abrazó fuerte y sus ojos se nublaron de lágrimas al mirar los míos ya llorando. Negó con su cabeza y besó mi frente. Mi madre sabía, lo sabía todo sin yo decirle nada. Sabía que estaba enamorada y que sufría por su partida.

-Creí que sería un error entregarte esto... pero algo me dice que más error es ocultarlo o guardarlo.

Me entregó en un paquete algo pesado, era el grueso libro de Shakespeare; "Romeo y Julieta". Con un empastado color rojo quemado, con letras grandes y doradas y páginas que olían a nuevo.

-Gracias madre, no es un error... al fin lo tendré todo el tiempo que quiera, devolveré el viejo a la biblioteca. Aunque... no debió, su precio...

-No lo compré yo hija, y eso es lo que temía decirte.

-Entonces...

-El joven, lo ha dejado para ti. Lo encontré con esta nota en su habitación.

Las lágrimas salieron solas otra vez, sin que pudiera evitarlo. Mi madre me abrazó fuerte y a pesar de entenderme en silencio, me pidió después de ese abrazo que continuara con mi vida, con mis labores, pronto regresarían mis hermanas, mi padre podía darse cuenta de lo que sucedía y no deseaba que me encontraran así. Pronto también volvería a la escuela y debía preparar mis pendientes. Y así lo hice, con la mente ocupada todo el tiempo en él, de día, de noche, aunque por varios meses más no volví a verlo.

Alguna vez estando a solas con mi madre, me armé de valor y sin saber cómo empezar a preguntar, simplemente hablé...

-Es mejor que te olvides de todo eso hija. -fue su respuesta.

-Madre, yo le pregunté a usted si él va a regresar pronto, no deseo que se imagine otra cosa que no es...

Su mirada atenta me lo decía todo, estaba muy enamorada como para querer ocultar algo tan obvio a alguien que me conocía a la perfección.

-Le tomamos al Joven un cariño muy especial todos estos años, ustedes han crecido juntos y han sido muy buenos amigos. Creo que siempre va a saber que es muy querido en esta casa, que cada vez que venga será recibido con afecto y calor de hogar, ¿no crees?

-Sólo, deseaba saber cuando volvería, ya han pasado las vacaciones de verano y...

-Él está en Escocia, no creo que venga esta vez hija. Sabes que muchas veces ha pasado allá los veranos de su colegio.

Lo que mamá no sabía era que el joven Granchester había correspondido a mi amor. Desconocía la lenta agonía en que me encontraba al esperarlo y ver transcurrir los días sin saber nada de él, sin recibir una sola carta. Habría deseado ir a Escocia, ayudarle a mi tía aunque no me pagara ni un centavo. Yo tenía mis ahorros, pocos, pero habría sido suficiente para pagar mi viaje de ida y vuelta... y poder verlo.

-Hay algo que no te he contado, tal vez te ayude a entender el por qué no regresó...

Mi madre miró a los lados para asegurarse de que nadie estaba cerca y acercándose a mí me contó que antes de irse, Terry había tenido una discusión muy fuerte con su padre, que había intervenido la señora Duquesa y que Terry la había ofendido. Que mi padre había escuchado todo y observó como el joven se había marchado hecho una furia a su habitación, apenas había alcanzado a preparar un sencillo equipaje y salió de casa minutos después, pensaba tomar el automóvil, pero mi padre se anticipó y le pidió al chofer que cuidara de él y lo llevara a donde el chico le pidiese.

-Tu padre se preocupó cuando el chofer volvió diciendo que había dejado al joven Terry en el puerto de Southampton. Nunca pensó que el muchacho fuese a embarcarse rumbo a Nueva York. Tuvimos mucho miedo de que el Duque tomara a mal la intromisión de tu padre, pero no fue así, por el contrario, agradeció que lo hubiesen llevado. Tu padre y yo creemos que de no haberlo llevado pudo haber ocurrido alguna desgracia. El chofer dijo que el camino estaba muy resbaloso, que había tramos de camino congelados y el coche patinaba de repente...

Me había hecho a la idea de que tal vez un año o más pasaría antes de volver a verlo. Mi hermana mayor se había casado ya y la que seguía empezaba a ser cortejada por un amable y buen mozo granjero. Mis padres estaban complacidos con el noviazgo y yo, no deseaba pasar mi vida leyendo historias de amor, creyendo en cuentos de princesas, Romeos o Julietas o aparentando una Sensatez y sentimientos como los de Jane Austen que no sentía. Quería despertar y que no fuera su recuerdo el que llegara antes que otra cosa a mi mente, necesitaba ir a dormir sin que su imagen se colara desde mis recuerdos a los sueños llenándolo, acaparándolo todo. Me sabía irremediablemente enamorada e ilusionada de el joven Terry Granchester, pero él no era parte de mi realidad. Por mucho que me doliera y me costara aceptarlo.

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CONTINUARÁ...

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Gracias por ese comentario Stormaw de mi corazón! Sí, una historia sin Candy es como un caldo sin carne. Pero quise intentarlo, no porque me haya enfadado de leer o escribir sobre ella, es que de pronto las ideas llegaron así. Y le hice caso a las musas cuando al oído me pidieron... esta vez no la juntes a ella, jijijiji.

Ya sé, son tremendas, pero esta historia surgió así y está hecha para aquellas lectoras que sobreviven sin Candy, (como yo) pero no sin Terry (también como yo). jajajaja. Gracias por decir que escribo así de bonito, y nooo, para nada, sólo que cuando me da la romantiquez y veo corazoncitos en todos lados, aprovecho la pluma (el teclado) y le doy.

Te mando un beso mi Patty chula.