CAPITULO IV

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En contra de mi voluntad me había ido temprano rumbo a mis clases, mi madre se había lastimado una mano y sería necesario que alguien más les ayudase a ella y mi hermana en las labores. Todavía era muy temprano cuando a medio camino de la escuela decidí volver a casa sin importarme ser reprendida por faltar a clases. Caminaba distraída meditando, pensando en lo testaruda que era mi mamá y que seguramente contrario a lo que el médico había ordenado, estaría en la mansión haciendo su trabajo.

Una voz conocida provocó a mis sentidos ponerse en alerta. Sí, era él. Me volví sobre mis pasos dejando a un lado del camino mis libros y apuntes, me oculté detrás de uno de los gruesos y altos pinos del lugar. Lo vi... estaba ahí, más alto que como lo recordaba, mi corazón latió emocionado, me acerqué despacio para escucharlo, para saber de qué hablaba con el señor Duque quien se encontraba jugando croquet en sus amplios jardines al frente de la mansión.

*-Por supuesto que para mí es muy importante papá y quiero que la ayudes...

-Así que tú quieres que yo ayude a esa muchacha...

-Sí papá, por favor...

El rostro de Terry mostraba una preocupación muy grande, pedía ayuda a su padre para una muchacha. Mi corazón se saltó un latido y mi estómago se comprimió, ¿estaría pidiendo ayuda para mí? no entendía nada de lo que pasaba. Estaba feliz por volver a verlo, pero me sentía muy confundida...

-Sólo me llamas papá cuando quieres pedirme un favor.

-No puedo aceptar lo que ha hecho el colegio... la expulsan sin siquiera estudiar el caso.

Un golpe fuerte y sofocante me dobló de celos, él estaba pidiendo ayuda para una muchacha de su colegio, había dicho que era muy importante. Apenas podía hilar mis pensamientos con claridad, apenas podía digerir el que hubiese vuelto y escucharle pedir con esa emoción por otra persona... cada palabra me trastornaba, cada duda me rompía. Levantó la voz y dijo:

-¡Candy no es culpable!

-¡Terruce! Hasta aquí he sido comprensivo con tu vergonzosa conducta... pero en este caso, mi respuesta es ¡no! ¡Hay que expulsarla!

-¡¿Eh?! ¡y entonces por qué no me expulsan a mí!

-Porque yo hice demasiado por el colegio...

No quería escuchar más, pero estaba ya muy cerca de ellos y el miedo a ser sorprendida me mantuvo inmovil detrás del árbol.

-Por eso es que quiero que uses tu influencia, ¡fue por culpa mía que Candy se metió en este lío!... -seguía alegando Terry.

-No, no pienso hacerlo, ¡no me parece que Candy sea una buena chica para ti!.

-Entonces quiere decir papá que tú no me ayudarás a salvarla.

-Así es...

Terry se quedó inmóvil, bajó los hombros y cruzó los brazos furioso, noté su tristeza y me partió el corazón que sufriera por esa muchacha llamada Candy, Candy... quería creer que era una amiga suya, que por alguna razón se habían metido en algún problema y que el buen corazón de mi amado señorito se preocupaba por el destino de su amiga... y nada más. Pero las palabras del señor Duque me arrastraron a una realidad de la que ya no podía seguir escapando... "No me parece que Candy sea una buena chica para ti..." Y Terry se empeñaba en salvarla después de esas palabras.

-¡Papá!... papá, si se hubiera tratado de mí, te aseguro que no hubiera venido y tú lo sabes. Pero nunca más lo haré, solucionaré mis problemas solo. Adiós para siempre papá...

-¡Terruce!*

Y Terruce se fue corriendo.

Tan sólo unos meses habían pasado y ya se había olvidado de nuestro beso, de que detrás de su casona había una modesta familia que en verdad le apreciaba, se le olvidó que alguien como yo siempre esperaría por verlo. Sentí mi mundo desmoronarse al verlo dolido, pidiendo ayuda para esa tal Candy, desesperado porque algo había sucedido con ella... y con él.

Esperé a que el señor Duque se retirara también para tomar mis libros y mis apuntes, me dolía el pecho con una opresión infame, sentía el llanto atrapado en la garganta y tenía que ser fuerte para que mi madre no notara nada extraño. Pero mi mente no dejaba de darle vueltas al asunto y algo me decía que esa chica era más importante de lo que yo quería suponer. Caminé despacio hasta el pórtico, tratando de hacer tiempo para recomponerme y que mi madre no notara mi llanto. Pero como imaginé, ella y mi hermana estaban ya en las labores de la gran casona. Dejé mis cosas sobre mi cama, cambié mis ropas por el uniforme de mucama y amarré una pañoleta cubriendo mi cabello. Me miré en el espejo, pude ver una jovencita hermosa, fuerte, trabajadora y buena. Con unos ojos hermosos y húmedos por la pena de un amor no correspondido, porque no podía seguir engañándome al pensar que mi Terry me amaba en la misma medida que yo a él. Tenía la nariz enrojecida a causa del llanto, a causa de la ingenua imaginación que poseía, pensándome enamorada, correspondida y sabiéndome ahora más equivocada que nunca. Sentía mi corazón partirse en pedacitos, justo así me dolía, no sabía como sobreponerme a algo así, después de todo nunca me había enamorado. Quise pensar que el trabajo ayudaría por el momento. No deseaba recordar su rostro de indignación y dolor ante la negativa de su padre para salvarla, a ella...

Durante las labores en la mansión había tallado con tanta fuerza, había fregado los pisos para después pulirlos hasta casi desear acabármelos. Necesitaba terminar rendida, con el cuerpo adolorido y la mente agotada para no pensar en nada más. Me había mantenido como un loro, hablando hasta por los codos con tal de no permitirle a los recuerdos de esa discusión entre padre e hijo asaltar mi alma con punzadas de dolor. Mi madre y hermana me notaron extraña, pero pude disimular muy bien ante ellas esa vez.

Pronto pasaron las horas, los días, los meses y me encontré de nuevo sumida en mis deberes en la escuela y en mi trabajo como mucama. Terminaba exhausta y cuando me quedaba algún tiempo para leer, me concentraba tanto que no había lugar para recordar nada más. Dejé de leer a Shakespeare y a Jane Austen, leí sobre economía, filosofía, historia y cualquier cosa que no tuviera ninguna especie de tinte romántico. De lado había dejado aquellas ideas que me hiciesen suspirar y por qué no aceptarlo, evitaba recordarlo a toda costa.

Mi madre se encargaba de limpiar su habitación, pues dejé de entrar a su cuarto intencionalmente e intercambié otras tareas con ellas, dejé de mirar la pintura al óleo de la biblioteca admirando su semblante de niño triste. Me estaba protegiendo a mí misma y por tonto que pareciera, estaba funcionando.

Y siguió pasando el tiempo, mi segunda hermana contrajo nupcias cuando yo recién cumplía mis 17 años, sólo quedábamos mis padres y yo viviendo en la casa de servidumbre de los Granchester. Las labores se habían repartido entre la nana, la cocinera, mi madre y yo. Y obviamente el aseo resultaba extenuante para nosotras dos. En esa casa, los herederos del Duque eran unos pequeños tiranos y no terminábamos de limpiar un área cuando la otra ya estaba de cabeza. La madre de ellos parecía no mirar nunca lo que sus criaturas hacían y recordé sin querer al niño bello de medias blancas y abriguito azul al que con tantas exigencias trataba, mientras a los suyos los dejaba convertirse en unos verdaderos monstruos.

Mamá no deseaba que descuidara mis estudios por ayudarle, pero era tanto el trabajo, que no sólo estaba pensando en descuidarlos, sino en abandonarlos por completo.

Pero también contaba con el apoyo de mis profesores, en especial el profesor Murphy, quien siempre justificaba mis ausencias y me entregaba notas de las clases que me había perdido, si algún tema no había comprendido antes de presentar los exámenes, él se sentaba a mi lado y me explicaba todo. Me miraba de una forma distinta, alguna vez atrapó mi mano intencionalmente al revisar apuntes o buscaba acercarse con cualquier pretexto a conversar conmigo. No me sentía nada cómoda con la situación, Murphy era un hombre de unos veintitrés a lo mucho; soltero, vivía con sus padres pues era el menor de los hermanos, como en mi caso. No era feo, pero tampoco poseía la atractiva mirada, la desquiciante sonrisa, el tono de voz que lograba hacerme temblar... no me hacía imaginar historias de amor a su lado, ni siquiera una breve escena de amor. Cuando me miraba más de lo necesario me retiraba pronto... con la imagen de la tristeza en sus ojos grabada en mi mente, con mi propia tristeza persiguiéndome a paso veloz, pensando, entendiendo, que era cruel amar a alguien y que ese alguien no deseara estar a tu lado. ¿Si volviera a ver a Terry... se sentiría conmigo como ahora yo me sentía con Murphy? el sólo pensarlo quebrantaba mi ya de por si dolido espíritu.

Pero ahora me parecía tan posible que así sucediera... y dolía mucho. El amor dolía, en serio...

Siguió pasando el tiempo, alejé a Murphy y a cualquier otro que intentara acercarse con intensiones de cortejarme. Mi madre me decía que a ese paso sería una solterona, que si bien aun era muy chica, debía conocer caballeros, tratarlos, conocer caracteres y personalidades para poco a poco encontrar aquella persona que fuese afín a mí. Dijo que ella deseaba verme feliz en un matrimonio, con mis hijos, en una familia que yo misma formara con algún buen hombre. Y dicho así se escuchaba tan sencillo... un buen hombre; no dudaba que allá afuera existieran varios buenos hombres, Murphy era uno de ellos, el problema radicaba en que no podía convencer a mi corazón de desterrar para siempre a alguien que con sus besos se había llevado mi vida entera. Nunca me prometió nada, nunca hicimos planes de nada. Nunca me dijo que regresaría por mí en su caballo, saliendo de entre los árboles del bosque y con esa capa y espada que ostentaban sus antecesores en las grandes pinturas. Sólo me dio ese dije con su cadenita, los que por cierto nunca alejaba de mi pecho. Pero nada más...

Por eso seguía pensando, soñando que en algún lugar, que alguna vez, volveríamos a encontrarnos. En mis oraciones rogaba que volviera a quererme; que esa Candy no significara tanto en su vida, que no hubiese probado sus labios como yo los había probado. Rogaba a Dios y al cielo, mirando a lo lejos su ventana... que si no podía volver a verlo, si él me hubiese ya olvidado a mi llegara también el olvido.

Pero no llegó...

Su recuerdo como una cicatriz, me acompañó en mi diario trajinar por la vida. Continué con mis labores, con mi preparación para ser maestra de escuela. Me gustaba mucho la interacción con los niños y niñas pequeños. Había comenzado a ser auxiliar de profesora en una de las escuelas de Londres. Los niños también parecían quererme, creo que hasta la voz me cambiaba cuando hablaba con ellos, sin darme cuenta todo el tiempo estaba sonriendo, divirtiéndome con sus juegos, viéndolos saltar de un lado a otro, correr por los patios de la escuela... y regresaba su recuerdo una vez más, jugando con el gato, obligándolo a subir al cochecito, volvía aferrado su recuerdo a colarse entre mis días felices.

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Alguna vez la Duquesa sacó todas las cosas del joven, las puso en grandes cajas y envió todo a la caridad. Un nudo en la garganta se formó al encontrar a los empleados sacando cajas y cajas a la calle, atiborrando la entrada de la mansión con todo lo suyo. El cochecito con asientos de cuero rojo y sus caballitos de madera se encontraban hasta arriba de una de las cajas.

Lo que en otra época habría significado un gesto sensato y caritativo ahora representaba la indignación, el dolor de ver cómo se iba lo que quedaba de Terry en esa casa, como si de alguna forma lo terminaran de arrancar de mi vida. Sintiendo hervir mi sangre sujeté mi vestido en puños apretándolo con la fuerza con la que deseaba estrangular a alguien, mi respiración se tornó agitada, un nudo en mi garganta y una fuerte presión en mi estómago me impulsaron a caminar deprisa en dirección a la mansión. Mi madre me miró de reojo al abrir sin permiso una de las enormes puertas de la entrada y sentí su mirada seguirme preocupada.

-¿Qué sucede hija?

Fue lo que alcancé a escucharle decir antes de encarar a la Duquesa.

La adrenalina fluía por todo mi cuerpo, temblaba de rabia, de impotencia mientras la buscaba en la estancia, en la sala del piano, en unos de los anchos corredores que llevaba a la enorme escalera de caracol y piedra y fue hasta allá donde la encontré. Venía bajando los últimos escalones con ese aire de reina en castillo y una sonrisa de satisfacción por lo que estaba haciendo. En ese momento saqué mi frustración por todos los años que lo había maltratado, lo había ignorado y hecho a un lado como hizo con el gato cuando comenzó a estorbarle...

-¡¿Con qué derecho se atreve a tirar sus cosas?!

Mi voz sonó más como un gruñido que como mi propia voz. Por primera vez vi su rostro tan de cerca, la mujer cambió drásticamente su semblante, frunció el entrecejo y se puso colorada como tomate, abrió sus fosas nasales aspirando profundo por la molestia que le causó el tono de mi voz, en verdad tenía cara de cerdo y más con el enojo que mi reclamo le estaba causando. Era mucho más baja en estatura que yo, así que lo único que de su persona me imponía, era el respeto que debería tenerle al ser la señora y patrona de la casa. Respeto que se había esfumado en el momento en que descubrí lo que estaba haciendo con las cosas de él.

-¡Qué dijiste! ¿Cómo te atreves...?

La adrenalina salvaje convertida en furia me decía que me abalanzara sobre ella y le propinara un buen golpe, pero no lo hice; porque la pizca de cordura que me quedaba me mantuvo inmóvil, aunque mi voz seguía temblando y mis manos seguían aferradas en puño al faldón de mi vestido porque de lo contrario se irían sobre ella. Y de verdad, tenía muchas ganas de arrancar de su cabeza esos cabellos grifos color zanahoria que tanto detestaba en esos momentos.

-¡He dicho que usted no tiene ningún derecho a deshacerse de las cosas de Terry!

La nana se llevó una mano al pecho y no pudo evitar un gesto de sorpresa, al igual que uno de los cargadores que incluso se detuvo indiscreto a media escalera, con una pesada caja en brazos para presenciar el pleito entre una simple mucama y la Duquesa.

-¡Gata infeliz! ¿quien te has creído? ¿con que derecho vienes tú a decirme que debo hacer en mí casa?

-El mismo derecho que tengo para hablarle de esta manera, es el que usted ha encontrado para tirar las cosas del joven... ¡nada de eso a usted le pertenece!

Señalé casi a punto del llanto hacia el enorme ventanal donde se veían ya los empleados subiendo las cajas a un carruaje para retirarlas de la entrada. Mi madre estaba detrás mío, me detenía por los hombros sujetándome con fuerza, al punto de casi lastimarme. Alcancé a escuchar su voz entre su llanto pidiéndome que me calmara, pidiéndole a la cara de cerdo que me perdonara, que no sabía que me estaba pasando, que yo no era así.

La Duquesa levantó la mano para abofetearme y en un reflejo a tiempo la detuve.

-¡No se atreva! ¡Es usted cruel, es ladina y mala!

-¡Hija por favor cállate!

Mi padre que hasta entonces se había mantenido fuera organizando la encomienda de sacar todo, escuchó el alboroto y se puso pálido al ver que su pequeña se enfrentaba a la señora de la casa. Sabía que esto traería consecuencias y tarde me dí cuenta que nos costaría mucho ese arranque de furia que había estallado en mí y quizás... por una causa perdida.

Porque la verdad de las cosas era esa, yo no significaba nada para el señorito y en un afán de aferrarme a su recuerdo, me aferraba a objetos que tampoco me pertenecían, a objetos que más que un valor material representaban para mí un valor inmenso por todo lo que a ellos me anclaba también.

Lo siguiente fue mi padre sacándome a tirones de ese lugar, sentía la fuerza en su agarre, la ira en sus ojos y en las largas y rápidas zancadas con que casi a rastras me llevaba hasta nuestra casa. Al llegar, creí que me enfrentaría a algo peor, tener que soportar una severa advertencia, una bofetada... por causa de la bruja aquella. Permaneció un momento en silencio frente a mí, caminaba nervioso de un lado a otro, analizando la gravedad de mi arrebato. Yo lloraba sin poder calmarme; y cuando se acercó cerré los ojos esperando la represalia. Pero no fue así, por el contrario me abrazó con calma, acarició mi cabello y mi espalda mientras consolaba mi llanto. Mi padre entendió mi reacción y se puso esta vez de mi lado aun cuando toda mi vida me había repetido hasta el cansancio que mi amistad con el niño, el señorito, el joven Granchester no debía ser.

Una semana más tarde estábamos empacando nuestras maletas, nuestros documentos importantes y algunas pocas fotografías que teníamos. Deseaba llevarme todos mis libros, pero la situación no estaba como para cargar con todo y tuve que dejarlos a cambio de llevar en una caja ese cochecito con asientos de cuero rojo y una caja más pequeña con un par de muñequitos de fina porcelana y preciosas ropitas, sí, los pasajeros que también fueron desechados con todo lo demás y que mi padre ajeno por un momento a mis reclamos en la casona, había resguardado para mí, sabiendo lo importantes y queridos que eran esos objetos.

Hubiese querido llevar conmigo sus ropas, su pequeño abrigo azul, sus caballitos de madera, su colección de pequeños cochecitos también de madera. Pero era inútil y más que inútil, imposible cargar con todo. La urgencia por abandonar Londres en tiempos de guerra había sido finalmente el motivo de nuestro viaje a América. El incidente de mi reclamo a la señora fue comunicado por ella misma al Duque, a decir de mi padre la mujer echaba humo por las orejas y fuego por la boca cual dragón. Mi padre tuvo que ser de acero para soportar los improperios y amenazas que cual la bruja que era, lanzaba como maleficios sobre mi persona. Con todo y eso, mi padre estaba convencido de que yo había obrado mal al inmiscuirme de esa forma en algo que no me competía y más aun al haberme dirigido con total irreverencia y descaro a la señora. Estaba dispuesto a pedir disculpas en mi nombre y por consiguiente aceptar las consecuencias de semejante agravio. Renunciaría al trabajo, a la casa y a todo lo que teníamos. Pero esa misma noche, le escuché decirle a mi madre, que el Duque indignado al enterarse de las acciones de su esposa había golpeado fuertemente el escritorio de su despacho en presencia de ella y mi padre.

Temía que el señor Duque me mandara llamar para enfrentarme y reclamarme por semejante atrevimiento. Revelarse y discutir era una de las peores ofensas que una mucama podía hacer a sus amos. Pero distinto a lo que yo imaginé, el Duque de Granchester no solicitó mi presencia frente a él y dio a mi padre el dinero suficiente para que nos fuésemos de Londres antes de que se cerraran los puertos. Le pagó también una fuerte suma de dinero con la que podríamos iniciar algún negocio y establecernos en una casa modesta del otro lado del océano. Lo que sucedió con la señora de la casa no lo supimos, pues le pidió que se retirara y lo dejara a solas con su esposa.

Al llegar a América, nos establecimos en Nueva Jersey, llegamos al condado de Essex, y nos establecimos en una ciudad llamada Newark. Era un lugar hermoso con altos edificios y gente amable. No tardamos en ser bien recibidos por los lugareños, quienes se estaban acostumbrando de cierta forma a la llegada de extranjeros de Europa debido a la guerra. Mi padre alcanzó a comprar con sus ahorros y lo pagado por el Duque, una pequeña vivienda en la cual acondicionaron al frente una pastelería y mi madre pronto se hizo de clientela por su maravilloso talento como repostera. No volvió a ser una mucama.

Mi padre se acomodó en la gran mansión de un poderoso empresario. Él amaba ser un mayordomo y la verdad es que no estaba nada feliz apoyando en la pastelería. Yo ayudaba a mi madre en su negocio pero pronto ofrecieron un puesto vacante como maestra en una escuela de la ciudad y no dudé en llevar mi solicitud para competir por el puesto.

No había mucha competencia por la plaza de maestra y pronto mis días consistieron en escuchar risas, escribir sobre una pizarra y calificar los deberes de mis alumnos. Ver esas manitas ansiosas levantarse para tomar la palabra, hacer juegos y contar anécdotas familiares era lo que más disfrutaban, porque muchos de los padres de esos niños se empezaban a enlistar en el conflicto y lo que menos deseaba era que esas caritas llenas de alegría por la vida conocieran la crudeza de una guerra, el sufrimiento causado por la muerte y las despedidas. No quería que nunca se enfrentaran a una, eso de verdad dolía.

Amaba lo que hacía, habíamos llegado a establecernos a una nueva vida, mis preocupaciones eran mis hermanas que se habían ido a Escocia. Sus maridos habían entrado a las filas de la guerra, orábamos todos los días porque la desgracia no los alcanzara y nos manteníamos informados en los diarios sobre los acontecimientos del otro lado del mundo. Ninguna de las dos había querido venir con nosotros, para ese par de necias era como hacerse a la idea de que la separación con sus esposos era definitiva y en vista de que ninguna de ellas era madre todavía, no sentían esa necesidad imperiosa de alejarse de Europa. Mi madre insistió, mi padre renegó por las decisiones de ellas pero no hubo nada que las hiciera cambiar de opinión... yo las comprendí, me puse en el lugar de ellas y sabía que el amor es capaz de todo, hasta de enfrentar guerras juntos y mantener el lazo y la esperanza por más negro que parezca el panorama.

Ya era costumbre comprar todos los días el diario, saliendo de la escuela pasaba por un puesto de periódicos y lo llevaba a casa, caminé de regreso sin saber que en mis brazos junto con mi material para impartir clases llevaba noticias suyas. Saludé a mi madre en la pastelería y ella dejó encargado el negocio a las ayudantes para acompañarme mientras comía como ya se había hecho costumbre.

Y fue por el diario por el que volví a saber de él.

Lavé mis manos y cuando volví, mi madre miraba con sus enormes ojos aquellas páginas. Me alarmé pensando en que podrían ser noticias de Escocia, de la guerra y mis cuñados. Casi arrebaté la publicación de sus manos para encontrarme con esa preciosa imagen en blanco y negro llenando la enorme portada. "¡Nace una estrella en Broadway!" Era la nota que en letras gruesas y oscuras encabezaba la fotografía. La noticia contrastaba con todo lo malo que se venía leyendo días y meses atrás por causa de la guerra y la intervención de Estados Unidos en el conflicto.

No pude contener las lágrimas de emoción, de satisfacción y orgullo al saberlo triunfando, arrasando con éxito, llenándose de fama y excelentes opiniones en base a su dedicación. Había salido adelante y eso llenaba mi corazón de júbilo. Me había enamorado de un gran actor, de una estrella y hoy más que nunca me parecía inalcanzable, pero ya no importaba. Había tenido la dicha de en alguna época ser muy cercana a él, ¿importante también? muy probablemente sí. Por lo tanto, el saberlo dichoso me volvía dichosa. Por un instante la crudeza de la guerra y de la incertidumbre por mis hermanas y sus maridos se me había olvidado. Sonreí todavía llorando con el periódico abrazado a mi pecho, como si con ello pudiese abrazar mi gran amor.

-Anda hija, come... se enfrían tus alimentos.

Las palabras de mamá me regresaron a mi realidad, comí y seguí viviendo, y así un día tras otro. Habituada a mi rutina, a mi entorno; complacida con saberlo feliz.

Una mañana me encontré arreglándome más de lo normal, me parecía que el tiempo transcurría demasiado rápido haciendo grandes cambios en mi persona, me miraba al espejo y ya no había rastro de añoranzas ni tristezas. Mi sonrisa aparecía haciendo juego con la alegría sincera brotando de mis ojos. Me sentía en verdad bonita, capaz de enamorarme de alguien especial, de encontrar a alguien bueno como solía decir mi madre. Y así estaba sucediendo, un profesor joven como yo, venía volviéndose cada día más cercano. Éramos buenos amigos y reíamos casi por cualquier cosa. No perdía oportunidad para hablarme y aunque al principio puse mis barreras, terminé accediendo a sus conversaciones y a su agradable compañía.

Me había invitado a comer a su casa, pero no estaba muy segura de que fuese algo adecuado asistir, miré hacia un lado de mi tocador y ahí seguían espectadores los pasajeros en el cochecito, con sus caritas serias, como preguntándome qué esperaba para continuar, para seguir mi camino, a diferencia de ellos que permanecían estáticos en un vehículo que no los llevaría a ningún lado nunca, al igual que a mí si continuaba obstinada en pensar en aquel joven...

Decidí que aceptaría la invitación, no debería complicarme tanto, era una comida y nada más; salí de casa y me sorprendí cuando lo vi tan temprano esperando por mí con un ramo de flores, mientras mi madre me sonreía emocionada detrás del mostrador de la pastelería. Lucía más arreglado y apuesto de lo que comúnmente lo había visto. Al terminar las clases me ayudó a colocar los adornos de calabazas y fantasmas para decorar el aula. Dejé algunos cuantos para decorar después su salón de clases. Fuimos más tarde a su casa a comer, me sentía nerviosa, un tanto fuera de lugar. Conocí a sus padres, a sus hermanos y después de una bella tarde me llevó de vuelta a casa. Adam era un buen hombre, inteligente, atento, caballeroso y trabajador. Podía mantener buenas e interesantes pláticas con él, los días siguientes me invitó a tomar un café, caminamos por las calles de Nueva Jersey hasta llegar a un hermoso parque llamado Branch Brook. Deseaba ser libre, darme permiso de volver a amar, de dejarme llevar y sentir otra vez ese cosquilleo salvaje en mi estómago...

Todo sucedió rápido, sin la bruma, sin la lluvia, sin la magia de la primera vez; tomó mis manos y cuando me di cuenta de todo ya estaba besándome. Pero no sentí nada, la humedad de sus labios no me transmitió la fuerza salvaje de las olas chocando contra los riscos, ni el sabor de su escencia, ni el sabor de nada.

Y pronto terminó el insípido beso, soltando mis manos con el roce de sus dedos, que no me habían hecho sentir ningún delicioso y eléctrico calor al rozar los míos. Mi corazón estaba latiendo inevitablemente a un ritmo lento, aletargado, aburrido...

Por más que lo deseara, no había manera de librarme de aquella ausencia física ni de su presencia latente en mi memoria y pecho. Comenzaba a reprocharme por ello, los mismos periódicos hablaban de una relación entre una actriz Susanna Marlowe y mi amado Terruce Graham. Graham... hasta ahora me enteraba que ese también era su nombre. Mil cosas había que conocía de él y unas dos mil que habían cambiado.

Ya en mi habitación acaricié ese cochecito, sostuve en mis manos esos pasajeros que imploraban despedirse de mí para siempre, que me gritaban en silencio que me estaba volviendo loca, que por mi bien debía haberlos abandonado el día que cara de cerdo había dispuesto para ello. Eran ya una especie de amuleto y aunque lejos de considerar lo mío una obsesión, estaba segura que esos objetos tarde o temprano debían desaparecer de mi vida, pues no me permitían continuar, me mantenían ligada a un pasado que se aferraba a tenerme atada a él. Y eso no era vivir.

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*Líneas extraídas de los diálogos del anime. (Kioko Mizuki).

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CONTINUARÁ...

Gracias:

AnastasiaRomanov: Gracias a ti hermosa por regalarme un comentario! Gracias por tus palabras y qué decir de tu descripción de la mucama. La verdad es que si a ti te gusta imaginarla así pues es perfecto. Yo la imagino como yo era a esa edad, y según yo... cada quien puede imaginarla como a sí misma a esa edad. Para que así podamos disfrutar del amor de Terry que en estos capítulos pareciera desamor. No actualicé los días pasados porque mi marido estuvo conmigo ¡y es antiCandy! así que sólo escribo cuando él no está. Pero estaré de nuevo actualizando diariamente. Un beso! y Gracias por aceptar el reto de no encontrarte a la pecosilla por aquí.

Stormaw: En serio que no me imaginé que fueras a seguirme en este fic. Ya que eres mega fan de Anthony y de Candy. Por lo mismo te agradezco tu apoyo, como ya te he dicho, desde que empecé a incursionar en esto me has apoyado y eso te lo agradezco mucho amiga. Tu también regresaste con todo, me gustó que Albert está saliendo de ese agujero y Candy te digo... por mi puede irse a una fiesta con Garfield y no regresar nunca. Albert se merece algo mucho mejor y por eso aquí no la junté! jzjzjzjz.

Moonlove86: Pues no tengo palabras para darte las gracias, por hacer a un lado ese bloqueo que tienes con ver a Terry o a Williamcito con otras mujeres y sólo porque soy tu amiga y porque ya sabes... puedes imaginar que eres tú! Definitivamente comparto tu idea de que Terry nunca se fijaría en una mujer poco agraciada por mucho cariño que le tome a ella en la infancia, por lo tanto esta mujer, la mucama debe ser bella... humilde pero muy bella. Gracias por el concepto en el que me tienes y sabes que eres correspondida, también me encanta como escribes y adoroooo la velocidad con que escribes! No eres una hormiga loca, eres una hormiga atómica! jajajaja. Cuídeseee mejaaaaaa.

Gracias a las y los lectores anónimos. Hasta luego!