CAPITULO V

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Decidí entonces aprovechar la oportunidad de un nuevo trabajo en una localidad de Nueva Jersey, lejos de la escuela donde Adam estaba convirtiéndose en un dolor de cabeza con tanta insistencia. Mi padre me dijo que podía hablar con él y pedirle que me dejara tranquila, pero no quise ocasionarle enfrentamientos a papá y decidí marcharme. El poblado era ideal, tranquilo y sin el movimiento de la gran ciudad, parecía ser la opción perfecta para cambiar de aires. El aviso lo encontré en el periódico y sin dudarlo me resultó la oportunidad perfecta para independizarme aunque no fuese muy bien visto por la sociedad que una señorita soltera estuviera sola, de paso ponía tierra de por medio con Adam antes de que la situación se tornara más difícil. Mis padres me ayudaron a solventar los gastos más fuertes, pero también tenía mis ahorros y pude arrendar una casita sencilla y muy pequeña por un año, un poco lejana a la escuela del pueblo pero las caminatas entre la escuela y mi casa también me vendrían bien.

Visitaba a mis padres con frecuencia, ellos se encontraban adaptándose a vivir solos, no recibían con regularidad correspondencia de mis hermanas ya que por la situación de la guerra el correo se había suspendido también, pero milagrosamente llegó a Nueva Jersey un amigo de Escocia y les contó a mis padres que había tenido contacto con ellas algún tiempo, sólo que al tener la oportunidad de salir de Europa y viajar a América no lo dudó ni un segundo. Les trajo noticias de mis hermanas, ambas esperaban ya bebés. Cuando me enteré de aquello mi corazón saltó de júbilo, pero la incertidumbre de mis cuñados en la guerra menguó mi eufórica alegría. Si ya rezaba porque nada malo les ocurriera, ahora rezaría al doble. Y sí, también rezaba por él, cada mañana y cada noche antes que por nadie, oraba por él...

Rocktown era el nombre del lugar al que me había mudado, las personas también eran amables y tranquilas. No tardé mucho tiempo antes de comenzar a hacer amistad con algunas de las maestras de la escuela. Una de ellas era muy joven y ya era viuda, otra tenía a su cargo a sus padres bastante mayores y la tercera era casada y llevaba una vida tranquila y feliz por lo que siempre nos contaba. Con ellas salí alguna vez a tomar el café, escuché atenta los consejos y vivencias de cada una. No dudé tampoco en platicarles lo que había en mi corazón desde que era una niña. Me guardé la identidad de mi amor imposible, pero lo describí a la perfección y ellas me miraban y escuchaban como si les estuviese relatando la más interesante y triste historia de un amor imposible. Pero el platicarlo, el abrir mi corazón y expresar en palabras todo el dolor y frustración acumulados a través de los años, me había quitado una loza de la espalda. Increíblemente me estaba convirtiendo en una mujer sociable, que volvía a reír, que confiaba en las personas y comenzaba a encontrar el encanto en la cotidianidad y simplicidad de la vida y de la libertad.

Pasó un buen tiempo antes de aceptar incluso las atenciones de un inspector escolar que se encargaba de llevar en orden los registros de las escuelas del estado. Todas ellas me habían convencido que el corazón se alimenta de las ilusiones, de la fe en que tarde o temprano esa persona especial llegará y que el evitarlo sólo provocaría que mi carácter se volviera agrio, y jamás estaría ni cerca de ser esa tía amable que contaría lindas historias a los sobrinos como juraba que sucedería. Al principio no me agradaba la idea, pero el trato amable de Jeffrey me hizo aceptarlo primero como amigo y después como lo que se esperaba de una amistad entre dos personas que naturalmente se atraen. Porque dicho sea de paso, me gustaba mucho; era joven, atractivo y por si fuera poco cada que me miraba, sonreía y sus ojos brillaban con algo que me recordaba el propio brillo de los míos al mirar a Terry.

Tal vez ya era tiempo de darme una oportunidad. Estaba cansada de ver pasar los días y sentirme sola, de sentirme libre cuando en verdad era la soledad la que calaba profundamente en mi vida. Estaba segura de eso cuando miraba las parejas en el parque, tomadas de la mano, dándose un beso discreto y sonriendo por esas cosas que al oído se dicen los enamorados. No deseaba esperar más por un milagro de amor como los que ocurrían en las historias extraordinarias que había abandonado tiempo atrás. Eso nunca me pasaría... no a mí.

Y seguí viviendo. Y volví a entrelazar mis manos a otras manos que me recibían con gusto. Volví a besar otros labios y me dejé envolver en otros brazos fuertes que me brindaban calor y protección, que me envolvían con verdadero cariño... y su voz, me hablaba con las palabras más bellas y llenas de intención. Mas, como si a la vida le gustara ponerme en el predicamento de las comparaciones, una tarde de neblina y lluvia pude aferrarme a ese cuerpo, al de alguien que me abrazaba con ternura y me cubría con su saco; besó mi frente un par de veces mientras caminábamos a prisa para guarecernos y no mojarnos más. Pero con todo y eso, no volví a sentir una deliciosa y extraña electricidad recorrer mi cuerpo, ni volvió a erizarse mi piel ante su cercanía. Volví a sentir otros labios posarse en los míos pero no bebí más el cálido manjar de ese suave y dulzón aliento de aquellos que se habían impregnado para siempre en mí, con ese sabor tan diferente que en ningunos otros volvería a encontrar.

Podía resignarme, ¡por supuesto! podía pensar que era posible seguir viviendo sin nada de lo que había tenido, un beso, un abrazo no lo eran todo en la vida. Aquellos que me resultaban inolvidables, incomparables eran simples contactos físicos, simples muestras de cariño que había idealizado y al final trataba con fuerzas de borrar de mis recuerdos, llegando incluso a pensar que nunca habían sido reales.

Pero tampoco podía seguir pretendiendo, ni era bueno hacerle perder el tiempo a nadie, a mis diecinueve años, me estaba convenciendo ya, que no serviría yo para amar a nadie más, que mi alma tenía tatuada una mirada, unos besos, una voz que en mis sueños seguía repitiéndose y al despertar todavía alcanzaba a escucharme pronunciando su nombre, y eso no sería justo para nadie que compartiese mi hogar, mi cama y mi vida. No, no podía hacerle esto a Jeffrey ni a ningún otro. Me quedaría sola, sería aunque nadie creyera mis planes, esa tía solterona que les contaría cuentos a todos su sobrinos, pensaba convertirme en una mujer que volcaría el amor maternal en ellos, la que a falta de hijos propios también con sus alumnos llenaría ese vacío. Si no podía ser con él... no sería con nadie.

Justo el día que planeaba terminar con nuestro noviazgo, llegó la sorpresiva propuesta de matrimonio de Jeffrey y con ella un "no puedo" de inmediato fue respondido. Estaba decidida, no podía ser de otra manera.

La vida es un enigma, por mucho que había leído y había comprobado que la suerte y las coincidencias no existen, que uno mismo es el arquitecto de sus circunstancias y su destino, por mucho que no creía en un futuro ya trazado para cada quien, sí creía en las oportunidades que Dios ponía en nuestro camino... y nunca imaginé encontrarme con él de nuevo.

De todos los lugares del país donde podíamos encontrarnos fue ahí en el pequeño poblado de Rocktown donde ocurrió:

Un teatro ambulante de bajo presupuesto llegó a instalarse al poblado. En un lugar donde las atracciones no son muy comunes, eso y las ferias de juegos mecánicos representaban un verdadero espectáculo, una fiesta que brindaba la algarabía y distracción al apacible y hasta cierto punto monótono pueblo.

No tenía planeado asistir a ninguna función, por mucho que la presencia de ese teatro fuese todo un acontecimiento prefería comer algo sencillo, lavar una poca ropa, tal vez leer y dormir.

Escuché los abucheos del público a los artistas de la función. Me reí, supuse que se trataba de algún show deprimente de payasos con malas gracias. Pero al leer de reojo un nombre en cartelera, sentí la sangre de mi cuerpo viajar hasta el fondo de mis piernas y volverlas pesadas. ¡Sería posible!

Me acerqué deseando que ese Terrence Graham nada tuviera que ver con el exitoso, famoso y realizado personaje que me robaba el sueño y cualquier esperanza de ser una mujer normal. Seguramente se trataba de una mala imitación. El boletero me abordó de inmediato con su voz aguardentosa, el aliento alcohólico y una barriga peluda que no cabía en su gastada y desabotonada camisa para cobrarme el show, diciendo que nada era gratis aunque estuviera tan bonita. Saqué las monedas y las recibió al tiempo que me extendía un boleto impreso en un papel tan delgado como la piel de la cebolla.

Dudé en entrar aún con boleto en mano, iba sola y no deseaba llevarme una desagradable sorpresa, pero la cercanía con el boletero era todavía más molesta y no podía quedarme con la duda, aunque en el fondo sabía que no podía tratarse de la misma persona mi corazón me exigía latiendo aprisa que lo confirmara con mis propios ojos. Ojos que tardaron en adaptarse a la oscuridad de la maloliente carpa. Había muy poca gente y de la que quedaba en el interior poco a poco quedaban menos, pues el espectáculo era denigrante. La actriz principal era una mujer regordeta que atraía sin pudor alguno a su busto a aquél joven actor y parecía querer asfixiarlo entre sus pecaminosas voluptuosidades asomándose por el escote. El espectáculo era crudo y deprimente, me pareció que el nombre que leí en un principio había sido una sucia artimaña para atraer al público confundiéndole con el nombre de otro que estaba brillando con luz propia en lo más alto de Broadway.

Y estaba apunto de darme la vuelta para salir de ahí, pero escuché su voz. Esa voz clara, rebelde, varonil, enérgica, que podía erizar mi piel y despertar cada célula de mi cuerpo. No fue difícil reconocerla aunque estuviese ahora distorsionada por tanto alcohol ingerido, aunque fuese débil y cansada. Esa voz era la única que hacía vibrar mi alma por completo. Así como verlo en ese estado casi me rompe también por completo. No pude evitar llorar, necesitaba tomar aire, pero mis ojos se negaban a perderlo de vista, como si al dejarlo de ver se me escapara la oportunidad de llevarlo conmigo. Odié las lágrimas que nublaban mis ojos porque no me permitían verlo claramente, con mis dedos las aparté aprisa a medida que me acercaba al escenario por uno de los andadores laterales.

Estaba delgado, ojeroso, desaseado. Su cabello brillaba pero por estar lleno de grasa, su boca estaba reseca. No podía creer lo que estaba viendo ante mí. Quería subir al improvisado escenario, bajar de ahí y llevarlo conmigo, pero no podía hacerlo... llorar no ayudaba en nada así que sequé las necias lágrimas que se empeñaban en brotar de mis ojos como un desfogue de tanto sentimiento acumulado. De algo debía servir haber leído tantos libros y ser profesora en una escuela... necesitaba pensar en algo para poder acercarme, para poder ayudarlo; pero el amor y desasosiego entorpecieron mi capacidad de raciocinio y nada se me ocurría. Sólo esperé a que la función terminara observando con asco cómo esa regordeta y mala actriz se atrevía a profanar su boca con sus enormes labios, abarcándolo todo, lamiéndolo, succionándolo.

Una mujer a mi lado se levantó antes de que bajara el telón diciendo a su marido que hablaría con el alcalde, que algo así era una ofensa a la moral, que era lo mas obsceno que había presenciado jamás.

Y era en verdad obsceno, triste e indignante que mi Terry estuviera en esa situación.

Pensaba en cómo acercarme, cómo pedirle que se fuera conmigo, a simple vista el lugar no ofrecía ni las más mínimas condiciones salubres para sus actores, no se notaba que estuviesen bien alimentados, pues hasta la regordeta actriz lucía demacrada y cansada, sabría Dios si por lo menos les estaban pagando un sueldo.

Ya casi nadie quedaba en las butacas, a excepción de un anciano que se había quedado dormido apoyado en su bastón y yo. El sucio boletero se dirigía con paso vacilante y a trompicones hasta donde yo estaba. Por instinto de supervivencia subí al estrado y me colé entre los telones del lugar, me guié por el sonido de su voz y lo encontré, estaba con un par de sujetos que tenían un cuchillo en las manos y lo calentaban al rojo vivo, quería creer que no se atreverían a hacerle daño con esa cosa y cubrí mi boca ahogando un grito por la impresión cuando uno de ellos apuntó con el arma muy cerca del pecho de Terry. Después vi cómo aplicaban el objeto caliente sobre una piedra extraña e inhalaban todo el humo resultante con un embudo, no sabía nada de eso, pero era obvio que estaban drogándose. Era el turno de Terry y antes de que lo hiciera me arriesgué a que reaccionara mal, o no me reconociera, pero lo jalé con fuerza del brazo y me lo llevé detrás de unas mamparas que había cerca.

-Señorita... hay mejores formas de llamar mi atención, no es necesario tanto tirón... -me recorrió con la mirada de arriba a abajo deteniéndose en mis senos, su aliento alcohólico me hizo girar el rostro para no respirarlo todo de golpe. -Mas aun si está usted tan... apetecible...

Lo que en otras circunstancias habría sido un maravilloso halago viniendo de él, en ese preciso momento me ofendió profundamente, pero comprendí que no estaba frente al Terry de siempre. Estaba ante un hombre fuera de sus cabales que había tocado fondo, parecía que al final la vida lo había lastimado profundamente y yo no había llegado hasta ahí para juzgarlo ni retarlo. Estaba dispuesta a sacarlo de ese agujero de perdición donde estaba metido. No creía en las coincidencias, esto era sin duda un auténtico milagro, pues de todas las posibilidades nos encontramos en Rocktown. Ni mas ni menos en el pueblecito pequeño donde imaginaba que no encontraría nada extraordinario, pero que en cambio me había dado trabajo, amigas y por si fuera poco ahora me estaba dando la oportunidad de mi vida.

-Terry... soy yo, ¿acaso no me recuerdas? vamos, ven conmigo.

Y el llamarlo por su nombre le hizo salir un poco de ese letargo. Sacudió su cabeza y con trabajo trató de fijar sus ojos en mi rostro al tiempo que levantaba las cejas, pero su hermosa mirada no lograba enfocarme, se movía de un lado a otro sin poder mantener la vista en un punto fijo.

-¿Quien eres?

Me preguntó arrastrando las palabras un poco menos que al principio y con el tufo del aliento alcohólico golpeándome nuevamente a la cara. Parecía hacer un esfuerzo grande por recordarme. El nudo en mi garganta se hacía cada vez más denso, el parecía no tener la más remota idea de quien era yo, pero respiré profundo y sin querer me llené de ese aroma, ese que por primera vez no era aquél que recordaba como el más delicioso que de él guardaba celosamente en mi memoria.

-Ven conmigo, vamos a casa Terry, necesitas comer algo; yo puedo cuidarte.

El boletero apareció frente a nosotros, Terry me miraba como tratando de recordar. Estuve a nada de largarme de ese lugar por el sentimiento de dolor que oprimía mi pecho con fuerza, pero algo me decía: ¡Quédate! ¡No te vayas sin él!... Terry te necesita ¿no lo ves?

Tomé su mano sin darle más tiempo que pensar. Se tambaleó al caminar y tuvo que apoyarse ligeramente pasando un brazo sobre mis hombros. Lo que temí fue justamente lo que el desagradable y barrigón personaje profirió en tono burlón al mirarnos.

-¿A donde cree que va con nuestra estrella principal?

-No se interponga, Terruce es familiar mío, voy a cuidarlo, es evidente que en este lugar no procuran ni el darle su sustento.

-¡No me diga! Usted no sale de aquí con ese chamaco a ningún lado... ¿qué le parece?

-Me parece... que una queja con el alcalde les resultaría interesante a usted y a su circo de pacotilla.

Dije esto último sintiéndome un gusano por desacreditar tan despiadadamente el lugar donde Terry trabajaba.

-Quéjese con quien quiera, nuestro actorazo no sale de aquí.

-Sólo deseo asegurarme que se mejore, está muy pálido. No es mentira lo que le estoy diciendo. A ustedes les conviene que se reponga, está débil y se siente mal. Él puede decirles quien soy, ¿no es así Terry?

Terry había tocado fondo y poco le habría importado dormir en el sucio y pequeño espacio en la carpa del teatro ambulante o en otro lugar. Una cara conocida era mejor que cualquier otra cosa. Sobre todo, después de percatarme que esa compañera actriz, mucho mayor que él en años y en libras lo miraba de una forma en que se creía su dueña, tal vez hasta lo estaba salvando de que aquella intentara seducirlo.

El alma me volvió al cuerpo cuando le escuché decir:

-Me voy con ella, ella es importante y una persona querida para mí. Fin de la discusión.

La regordeta y abusona actriz delante de nosotros sólo frunció el entrecejo y haciendo una mueca de disgusto se dirigió al boletero y a el par de drogadictos flacuchos que se habían acercado a nosotros. Escuché su voz chillona decirle a esos hombres que se hicieran a un lado, que todo estaría bien mientras regresara Terry a trabajar al día siguiente.

-Así será, aquí estará sin falta, lo prometo.

El barrigón boletero caminó detrás de nosotros a una distancia prudente, afortunadamente el teatro ambulante quedaba a la mitad de camino entre la escuela y mi casa, por lo que ya no me faltaba mucho para llegar. Terry aunque delgado era muy alto y por lo mismo bastante pesado. Con dificultad subimos los pocos escalones que separaban la calle de la entrada a mi puerta. Ahí se sostuvo de la baranda mientras abrí la puerta y cuando estaba por entrar a mi casa, pude ver al boletero tratando de ocultarse para corroborar que de verdad viviera yo en el lugar. Se marchó hasta que cerré la puerta tras de nosotros y seguramente espió de vez en cuando para asegurarse que no huyera con Terry.

-Se quien eres...

Me dijo mientras desataba las agujetas de sus botas, el agua caliente en la tina ya le esperaba para que se diera un baño.

Las lágrimas nublaron mis ojos y mi pensamiento, tanto tiempo pensándolo, amándolo hasta perder la esperanza de un futuro para mí libre de su recuerdo, para que mi existencia en su vida se redujera a un escueto... "sé quien eres"... recordé todos y cada uno de los días la sensación de sus labios en los míos y él apenas y recordaba quien demonios era yo.

-Yo también sé quien eres... y no eres esto en lo que te has convertido.

Dije secamente sin mirarlo a los ojos, ya derramando unas lágrimas por la profunda tristeza de saberme insignificante para él.

Detuvo mis manos con las suyas y me miró fijo, llevó mis manos a sus labios y como una brisa fresca, la intensa oleada chocando contra los riscos de mi pecho me hizo sentir de nuevo el amor profundo que desde siempre había sentido por esa persona frente a mí. No era su perfume, ni su cabello sedoso, o su porte y galanura las que recordaba mi corazón, tampoco era la elegante capa de caballero o las finas ropas que los de su familia portaban, ni ese apellido rimbombante que le acompañaba orgulloso. Era él completo, con sus fallas y sus tormentos, con sus errores y sus demonios internos... con todo lo bueno y lo bello que ya de él amaba, él, ese hombre roto que delante de mí se encontraba... era Terry todavía y para siempre el hombre de mi vida.

Lo ayudé a quitarse las botas y lo acompañé al cuarto de baño, hubiera querido ayudarle a desabotonar su camisa después de observarlo batallar un buen rato con cada botón, pero eso él podía hacerlo solo... dejé sobre una mesita una toalla, jabones, escencias y una bata mía.

-He dejado dispuesto en la mesita todo lo que podrías ocupar Terry, no hay nada lujoso; no tengo jabones ni esencias finos, ni esas cosas a las que estarás acostumbrado... pero en ese mueble encontrarás lo que necesitas...

-¿Te parece que he usado un jabón o esencias finas últimamente?

Dijo sonriendo con tristeza y con su voz más clara cada vez.

-No fue mi intención Terry...

-Eso lo sé bien... tampoco es mi intención ser un impertinente. No te preocupes demasiado por mí.

Se acercó a mí, con su camisa desabotonada por completo, pude ver su torso desnudo y sentí el rubor quemando mi rostro. Traté de desviar mi mirada lejos de su anatomía, pero colocó su mano en mi mejilla y con su otra mano sostuvo las mías mientras me decía:

-Esto que haces por mí... no voy a olvidarlo. No me interesan los lujos, ni las cosas finas, nunca me importó nada de eso... esto es todo lo que necesito... -dijo mirando alrededor. -muchas gracias.

Sonrió una vez más con sus labios partidos y sus hermosos ojos azules mirándome fijamente, supe que era el momento para dejarlo a solas.

Le escuché devolver el estómago un par de veces. Y como si se tratase de un muchachillo me atreví a preguntarle si se encontraba bien, a lo que él respondió con renovado estado de ánimo:

-Puedes pasar y comprobarlo tú misma.

Me retiré de ahí con su respuesta resonando en mi cabeza. ¿Le había molestado mi pregunta? Su actitud me desconcertaba, su tono de voz fue de total seriedad, aunque por otra parte, algo en esas palabras me decía que su sentido del humor se había vuelto bastante... pícaro, nunca me había hecho ese tipo de insinuaciones; pero tampoco podía culparle, sólo él sabía de quien había aprendido ese sarcasmo, esa osadía. Definitivamente aquel adolescente que me había besado una tarde de lluvia y neblina, ahora era un hombre. Un precioso hombre que gracias al favor del cielo estaba bajo mi techo, a solas, conmigo...

La puerta del baño no funcionaba correctamente y permanecía entreabierta mientras el hombre de mis sueños se duchaba del otro lado. Trataba de concentrarme en lo que hacía, varias veces quemé mis manos en la estufa y estuve a punto de cortarme un dedo al rebanar las verduras... era una sencilla cortina de manta la que me impedía contemplar el cielo en ese cuarto de baño. En mis locos desvaríos envidié el agua que se escuchaba mojar y caer sobre su cuerpo...

Pero finalmente recuperé la calma, me concentré en los alimentos para ofrecerle algo decente y de buen sazón.

Mientras se bañaba, había aprovechado para además lavar sus ropas; por lo que me dijo, tenía otros vestuarios entre sus pertenencias, las cuales se habían quedado en el teatro... aunque, no creí que estuviesen muy limpios tampoco. No quise ofenderlo ofreciéndome a lavarlos también y dejé las cosas así. No era una excelente cocinera que digamos, pero si me defendía haciendo la repostería que mi madre me había enseñado y en mi casa nunca faltaban los panecillos con trozos de nuez, o las empanadas que él tanto amaba, por lo que un plato con algunos de ellos y un gran vaso de leche le esperaban mientras terminaba de cocinarse su carne asada en la estufa y sus vegetales cocidos. No podía hacer un platillo muy elaborado con lo que tenía al alcance, pero para cuando salió del baño ya estaba todo listo, recién preparado y en la mesa.

Escuché sus pasos detrás de mí al tiempo que acomodaba sus cubiertos a los costados de su plato. Giré para verlo de frente, parecía un ángel... su cabello largo hasta el hombro estaba peinado hacia atrás, su blanca piel contrastaba con las marcadas ojeras en su rostro; pero con todo y eso, no perdía ese atractivo tan de él, esa endiablada sonrisa que desde que recuerdo podía hechizarme y convertirme en piedra, conservaba esa preciosa mirada intensa, pero ya no conservaba en ella la inocencia de otros días y parecía por el contrario esconder un sin fin de experiencias y dolor. Envuelto en mi bata, calzando sus botas, se completaba un cuadro por demás gracioso. Notando que lo miraba de arriba a abajo, levantó los hombros al verme sonreír.

-Confío demasiado en ti... y hoy has visto cosas mucho peores que esto... no creo que puedas burlarte, y si lo hicieras... no me importaría en absoluto.

Y ambos sonreímos, como antes. Moría por abrazarlo. Pero a estas alturas ya sabía cuan importante había sido para él, y mi dignidad de mujer me impidió avanzar. No tenía la confianza de lanzarme a sus brazos, de decirle que conmigo estaría seguro, que lo quería en serio. Por mucho que todo este tiempo hubiese vivido equivocada pensando que algo más que una amistad me unía a él. Posiblemente después de tantas mujeres en su haber yo representaba lo que era... una simple mucama de su pasado.

Miró la mesa servida y sonrió.

-Preparaste todo esto mientras tomaba una ducha...

-Sí Terry, supongo que no has probado bocado.

-¿Tan mal me veo?

-No pero...

-¿Puedo?

Me interrumpió mirando ansioso el humeante platillo.

-Claro que puedes, es tu cena.

Quise comérmelo a besos, decirle... que lo había preparado todo por él y para él... pero por supuesto me mordí la lengua y callé mis perturbadores pensamientos, él por su parte no mencionaba nada de nuestro último encuentro, de esos besos que nos dimos, de la cadenita y el libro de Shakespeare que me había obsequiado. Con todas mis dudas y las ansias por saber de su vida, me senté frente a él para acompañarlo y cenar juntos. Quería enterarme qué o quien lo había dejado en ese estado, por quien rayos sufría y se laceraba de esa forma, pero me mantuve en silencio, mirándolo cortar su carne, como cuando se me prohibía dirigirle la palabra en Londres. Curiosamente ese día estaba frente a él, con toda la libertad del mundo podía hablarle y preguntarle... y nada dije, continué callada respetando su privacidad, su dolor... algo le afectaba demasiado. Y no era yo quien para estar cuestionando su vida.

-Tuve que irme... me sentía atrapado, me fui deseando tener suerte, pero no lo conseguí...

Dijo sin despegar sus ojos de la comida. Pensé que se refería a aquella tarde que huyó de casa sin despedirse.

-Tuviste suerte, trabajaste duro... vi los periódicos Terry, llegaste tan lejos, ¿cómo puedes decir que no lo conseguiste?

-Me refiero a... cuando dejé Broadway. Hay muchas cosas que no supiste de mí. Que nadie supo...

Y lo odié por decirlo... ¿cómo se suponía que iba a saberlo si nunca se despidió, si nunca escribió a pesar de saber a donde dirigirme una carta?. La última vez que lo vi peleaba por ayuda para ella y nunca se acordó de mi existencia.

-Volví a verte una mañana... -confesé sin mirarlo, -meses después de la última tarde que te vi en la mansión Granchester... discutías con tu padre, le pediste ayudar a una chica, una tal Candy...

Lo había dicho, necesitaba saber qué había pasado, qué sentía él, quién era ella y que significaba en su vida.

Y sin saber cómo, su mirada lo dijo todo. Su brillo se apagó con sólo mencionarla, apretó la servilleta de tela en un puño y sus ojos se nublaron ligeramente.

-No deseo hablar de eso.

Ni yo deseaba en realidad saber más de lo que mi corazón pudiera soportar...

-Perdona que me inmiscuya en tus asuntos, eres mi amigo, siempre me importaste y...

-Y lo que suceda conmigo no debería afectarte... no puedes pretender que me conoces, que sabes todo sobre mí...

Mi consciencia me pedía que me callara, pero la ignoré y seguí insistiendo:

-Creí conocerte, creí saber algunas cosas, te conozco desde que éramos unos niños y aunque no quiera, ni deba, lo que te sucede irremediablemente me afecta.

No fui capaz de callarme más tiempo, tampoco de sostenerle la mirada. Creí que había avanzado, que algo me diría, pero no obtuve nada, como si nunca hubiese sucedido respondió tan parco como últimamente venía haciendo:

-Espero que el precio por ayudarme no sea obtener las confesiones de mi vida.

Y eso me había dolido. Candy quien quiera que fuese, era alguien de quien no deseaba hablar, era lo que le lastimaba. Y yo, cada vez me sentía más pesada en esa silla que sostenía mi cuerpo.

-No hablaremos más si no lo deseas. Sólo intentaba ayudarte, yo... disculpa que me haya entrometido.

Y volvió a quedarse pensativo...

Lejos estaba de perder la paciencia y no porque fuese una sumisa o una mártir que soportaba a un ebrio sincero tan sólo por amarlo como una loca desquiciada. No, esto era para mí una prueba, creo que cualquier otra habría salido huyendo. Ese nombre... "Candy" taladraba mi corazón de celos, de impotencia, seguro era una jovencita de sociedad, alguien que con sus finas maneras y belleza deslumbrante había podido enamorarlo. Me pregunté si también lo hubiese llevado con ella de haberlo encontrado en ese teatro de mala muerte, si con todo ese dinero y la alcurnia de la genealogía que seguramente poseía, sería capaz de sacarlo del fango donde estaba y llevarlo con ella para cuidarlo y amarlo; sin arrugar la nariz por el olor de sus ropas, sin asquearse al escucharlo devolver en el baño, sin juzgarle al verlo tomado o drogándose... o sin pensar que su aspecto habría perdido esa galanura de tiempos mejores.

-Tu ayuda es lo más honesto que he encontrado desde hace mucho tiempo, por favor, perdóname...

-No tengo nada que perdonar Terry, tienes razón, no debo intervenir. Eres un hombre y mi ayuda es desinteresada, sólo que me duele verte así. Deberé aprender a ayudar sin que me afecte, sin involucrarme en las decisiones que puedas tomar a partir de ahora.

Sus ojos brillaron otra vez, pero dejé de observarlo, debía dejar que tomara su cena tranquilo. Cuando terminamos le acomodé mi cama, pero se negó a dormir en ella.

-No seas necio, mañana regresarás temprano al teatro, debes estar bien descansado.

-Tu también trabajas temprano... dormiré en el sofá.

Y pasó mucho rato antes de que pudiese conciliar el sueño, Terry dormía en mi pequeña casa; conmigo y a la vez más lejos de mí que nunca. Era otra persona. Mi corazón al fin estaba entendiendo que después de toda una vida de amarlo... nunca, nunca había sido mío.

Lloré buen rato, mojé mi almohada y me dolió el pecho al tragar de un sólo bocado tanta verdad. Antes de dormir, desabroché la cadenita con el dije y los coloqué en el buró junto a mi cama. Era hora de regresar las cosas a su dueño y seguir mi vida.

Me desperté en la madrugada, el frío había interrumpido mi sueño. Imaginé que él también tendría frío y le llevé un par de frazadas extras para que durmiera caliente. Nunca lo había visto dormir, su cabello largo lo había atado a una coleta, la luz de la luna se filtraba por la ventana y con su luz azulosa pintaba sus facciones que de por sí, eran adorables. Cuando coloqué sobre su cuerpo las cobijas se me ocurrió que podía acercarme sólo un poco para mirarlo más de cerca. Me acerqué cuidadosamente hasta su rostro, recargué mi cabeza cerca de la suya, podía sentir su exhalación cerca de mi boca. Cerré mis ojos y lo siguiente fue un ¿por qué no?

Sin pensarlo más me acerqué a él. Su aliento volvía a respirarlo, de nuevo bebía el aire que exhalaba de sus pulmones. Volví a probar la calidez de esos labios tan añorados por los míos. Era un beso robado, la osadía de acariciar su boca sin su permiso, me tenía con el corazón latiendo desbocado en mi pecho, en mi cuello y en todo mi cuerpo. No pude evitarlo. Habría podido estar toda la madrugada haciendo lo mismo y no me cansaría nunca de besarlo.

Me detuve hasta que estuvo a punto de despertar, no quería moverme de su lado. La vida cada vez nos alejaba un poco más. Tenía miedo de que la próxima vez que lo viera, estuviera casado o no se volviera siquiera a mirarme.

Regresé a mi cuarto y dejé la puerta entreabierta esperando, deseando que ocurriese un milagro y él despertara a mi lado.

Pero no sucedió y con mucho esfuerzo me levanté temprano, tomaría un baño y me alistaría para el trabajo en la escuela, si me daba prisa incluso podía prepararle un buen desayuno. Pero me asomé esperando encontrarlo todavía durmiendo y de nuevo se había ido. Dejó las frazadas y cobijas muy bien dobladas y encima de ellas una nota que seguro tomó de uno de mis cuadernos...

"Perdona por irme así, pero como ya sabrás de mí, odio las despedidas. No tengo cómo agradecerte por todo. Me encontraste en el más profundo y miserable de los agujeros y me ayudaste a salir de él, ahora; estoy planteándome la posibilidad de irme, de dejar ese teatro de pacotilla. Veré como puedo hacerlo. Me dejaste dormir en tu hogar, lavaste mis ropas, preparaste mi cena. Volví a sentirme como en casa, como en esas dulces ocasiones en la cocina de tu mamá. Como en esos tiempos inolvidables ¿cierto?

P.D. No lo tomes a mal, tus empanadas y pastelillos son buenos... pero conocí unos en Londres que son inigualables...

Sólo estoy bromeando, en verdad gracias por todo.

T.G."


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CONTINUARÁ...

Xiori! Graciaaaaaas! Por agregarme a tus favoritos y alertas en esta historia, por tu review en el poema para Terry.

Stormaw: Hola amiga! Gracias por tu apoyo siempre! Y mira... no es que alucine a Candy, porque sería una incongruencia de mi parte escribir historias con un personaje al que no tolero. Simplemente que hay historias donde me desespera al punto de querer meterme al fic y darle unas buenas cachetadas para que reaccione. Gracias por continuar leyendo! Y no sufras por el fútbol... es fácil decirlo y difícil hacerlo, y me encanta la analogía que haces de los fics y el fútbol. Ambos procesos los disfrutan sus ejecutores, los espectadores son los que sufren porque no hay nada definido y en cualquier momento el partido o la historia da un giro que puede rompernos el corazón! Tienes toda la razón! Besos bonita!

Guest: Esta mucama no es Dorothy ni ninguna otra. No le nombré ni la describí físicamente para que la que guste se pueda imaginar siendo ella. Besos!