CAPITULO VII
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Esa mañana se había ido de todas maneras, dejándome con el corazón latiendo fuerte de emoción, de amor, pero también de pena. Buscó mis labios antes de partir con un beso lleno de pasión y arrebato. No hubo despedida, tampoco hubo una promesa de volver, ni de permitirme ser parte de su vida ahora que había tomado todo de la mía. Y lo miré alejarse, con su equipaje en mano, su capa ondeaba ligeramente con el viento, esta vez dejaba ir al hombre que equivocadamente ya consideraba mío. Lo dejaba ir para pelear por todo lo que había perdido, y aunque en el proceso ya sentía que moría al imaginarlo buscándola a ella, respiré profundo y acepté las cosas como eran. Yo le había pedido que se quedara, yo y nadie más que yo le había ofrecido todo cuanto quise darle... y él lo tomó.
Ese trato estaba implícito desde el momento en que accedí a que me robara el corazón, desde que pedí cada noche como deseo a las estrellas de Londres, que pudiera alguna vez hacerle el amor... sí, también lo pedí alguna vez y ahora las estrellas lo habían concedido.
Estuve en casa un par de días más, mientras preparaba todo para irme una buena temporada de vacaciones a casa de mis padres, cada vez que su recuerdo volvía llegaban un sinfín de suspiros, llegaban a mi mente las imágenes de todo lo que habíamos hecho en la intimidad. Una mente que era capaz de crear la ambivalencia más fuerte que había sentido, me consolaba algunas veces diciéndome que no me arrepintiera de lo vivido, que lo que compartí con él me alcanzaría toda la vida para seguir suspirando y ser feliz... pero otras veces se convertía en mi cruel verdugo y mi peor juez, me recriminaba haber cedido, haberle entregado todo de mí dejándome vacía. Porque así me empezaba a sentir, de pronto vivir con el recuerdo de esa noche, no sería suficiente, lo sabía... y la luz, la alegría en mis ojos y en mi sonrisa de a poco terminaría por desvanecerse.
Entonces volví con mis padres, me vendría bien regresar a casa y alejarme de Rocktown el mayor tiempo posible, sería bueno dejar de dormir en esa cama que me recordaba siempre a su cuerpo, que parecía haber atrapado su esencia y me hacía imaginar por las noches, que eran sus caricias y sus besos los que sentía y no mis propias manos recorriéndome desesperada, urgida por tenerlo de nuevo.
Una tarde en casa de mis padres, abracé el tomo con empastado rojo y letras doradas... Shakespeare... ese libro que él había dejado para mí la última vez que estuvimos en Londres. Miré también dispuestos sobre el tocador aquel cochecito con asientos de cuero rojo y sus viajeros, cansados ya de ir tras de mí en ese viaje hacia ningún lado.
Me puse de pie y ayudé a mi madre con la pastelería, ya se me había pasado esa fuerte jaqueca y era hora de volver. El negocio había crecido al punto en que mis padres habían comprado un espacio relativamente cerca para trasladar la cafetería y la pastelería al mismo lugar; remodelaron la casa dejándola sólo como nuestro hogar. Me dediqué a trabajar y a olvidarme de todo durante esas vacaciones. Un buen día, mi madre sirvió un par de tazas de café y pastelillos para nosotras dos. Estábamos solas en el local, ya habíamos cerrado.
Puso frente a mí el periódico, su foto aparecía en buena parte de la portada con un artículo donde se explicaba que por motivos de salud el joven y por demás atractivo actor londinense se había retirado de Stratford, todos esos rumores sobre un teatro ambulante habían sido simple cotilleo. En la publicación se desmentía que el gran actor hubiese sido parte de dicho teatro, refiriéndose a los hechos como simples habladurías y rumores que alguien quiso aprovechar para hacerse de fama y desprestigiarlo.
Me enteré por la prensa que pronto regresó a los escenarios de Broadway, que su éxito había vuelto junto con él, que su caída vertiginosa sólo le había hecho más fuerte y ahora brillaba con más fuerza y más alto que nunca, como la estrella que era.
-Hace mucho quiero platicar contigo.
Habló mi madre al notar que había terminado de leer... y me parecía que sería una de esas pláticas, que más que charlas, pretenden convertirse en alguna forma de interrogatorio. No estaba segura de querer hablar también.
-Podrás pensar que estoy demasiado ocupada como para no darme cuenta que hay algo que te tiene mal. Pero tienes una madre muy astuta que se ha dado cuenta que ya no sonríes como antes, que aunque creas que no te veo, todo el tiempo vas por ahí con esos ojitos tristes. ¿Qué pasa contigo hija?
Y respiré profundo para que el aire me diera la fuerza que no tenía, para no llorar, para no desmoronarme delante de mi madre contándole que había entregado todo mi ser al hombre de mi vida y que él se había ido a Nueva York a seguir con su camino... sin siquiera sugerir ni por descuido llevarme con él después de eso.
Permanecí en silencio tomando del café, sopesando lo que debía ser contado, lo que debería permanecer para siempre oculto en mi memoria...
-Te noto apagada, como si tuvieras una tristeza profunda, no me explico la razón por la que después de haber buscado tu independencia a pesar de las discusiones con tu padre, parecieras vivir una vida que no deseas. ¿Estás pensando en renunciar a tus planes hija?
-No estoy renunciando madre, sucede que allá me siento sola. Pronto vendrán a casa mis hermanas y mis sobrinos y deseo estar aquí cuando eso pase. Además, aun tengo tiempo, me queda una semana de libertad...
-Siempre deseas estar en un lugar para cuando "algo" pase, te olvidas que el hecho de estar en un sitio ya hace que las cosas ocurran. Y no me refiero a que quiero que regreses a Rocktown, es algo que vengo notando en ti desde que regresaste.
-No te entiendo madre...
-Me entiendes muy bien. En Rocktown... lo encontraste...
Me quedé en silencio de nuevo, no deseaba dar santo y seña de lo sucedido entre nosotros. Bajé la mirada como temiendo que mi madre pudiera leerme la mente.
-¿Cómo puedes saber eso?
-Quise esperar hasta que tú misma me contaras, que tuvieras la confianza para abrir tu corazón y decírmelo... pero veo que no sucederá así y por eso te lo digo yo. Tu amigo el inspector es bastante comunicativo; vino a casa a enterarnos que cuidaste de un actor, te siguió hasta tu casa y... me dijo con lujo de detalles que el hombre aquél se abrazaba a ti de forma indecorosa, que se hospedó contigo, dijo que, que no conforme con eso regresó a la noche siguiente con equipaje en mano y volvió a pasar la noche en tu casa. Hija, se refería a Terry ¿cierto? ¿hay algo que necesites contarme?
-¿Qué dijo papá sobre todo eso?
-Tu padre ni siquiera se enteró, estaba en su trabajo. Por supuesto nunca se lo dije... pero no me has respondido.
-Es que dijiste "enterarnos" y supuse que papá lo habría escuchado todo...
-Él venía con esas intenciones, de haber estado presente tu padre no dudes que lo habría dicho de todas formas hija... estaba dolido. El joven Jeffrey está muy enamorado, pero ese mismo amor lo ha cegado y lo ha empujado a hacer y decir cosas sin pensar. Por suerte tu padre seguía en la mansión Hendricks.
-No madre, no hay nada que contar. Era Terry, necesitaba ayuda, estaba en ese teatro ambulante, deprimente... y sólo lo ayudé. Tú habrías hecho lo mismo... lo hice, por el cariño que le tenemos mamá.
Dije con la tranquilidad de que lo sucedido entre nosotros no había dejado consecuencias. No había embarazo, no había nada más que memorias que me laceraban al pensar en volver a Rocktown.
-Yo no soy una señorita profesora que debe cuidar una reputación como tú lo eres hija, y sí... definitivamente le habría ayudado, pero por un cariño muy distinto al que tú sientes por el joven Terry...
Hablar con mi madre no fue un alivio. El secreto entre Terry y yo seguiría bien resguardado conmigo. Ahora además tenía ese recelo con Jeffrey, no tenía porqué divulgar nada sobre mí, ni andarme espiando me parecía una muestra de amor... más bien parecía un tonto despechado e infantil. Esperaba encontrarlo en cualquier momento para ponerlo en su lugar.
La siguiente semana tampoco llegaron mis hermanas y sus hijos. Sin poder demorar más mi regreso a mis deberes, me despedí de mis padres. Regresé a Rocktown, a mi trabajo. Me mantenía ansiosa por mis hermanas y sobrinos. Sabía que mis cuñados seguían con vida y eso era suficiente para dar gracias a Dios cada mañana. Trataba de bloquear cualquier otro pensamiento por difícil que me resultara, estaba sola y en vista de que mi mente podía ser mi peor enemiga o mi mejor aliada... escogí lo segundo.
Como la mañana en que siendo mi día de descanso me encontraba vistiendo sencillas ropas, un overol y camisa de franela eran mi atuendo, me disponía a arreglar mi jardín que parecía el bosque encantado de alguna bruja por todo el tiempo que lo había abandonado, quitaba la maleza, recogía hojas y ramas muertas y me disponía a tomar un descanso cuando llegaron mis amigas. Traían el almuerzo y cambiaron sus ropas por unas más cómodas y viejas que encontraron en casa para ayudarme a la jardinería. Entre todas fue más fácil la tarea. Pintamos la pequeña cerca que delimitaba el área de mi casa. Conversamos y reímos como niñas, de repente las seguí con brocha y pintura en mano y les embadurné la ropa, no tardamos en terminar como payasos llenas de manchas en las ropas y el rostro. Y de eso se trataba también la vida, porque volví a reír a carcajadas y a encontrar la belleza en momentos como ése... y era verdad que a él, no lo estaba recordando tanto.
Tomamos un baño, cambiamos nuestras ropas, salimos al jardín ya más remozado y ahí tomamos el almuerzo. Platicamos muy buen rato, de nuestras cosas de mujeres, de nuestros amores, de Jeffrey, el comunicativo inspector que según se rumoraba ahora pretendía a una de ellas. No le pregunté nada a ella, no quise parecer indiscreta, omití también el que hubiese ido a casa de mis padres a informar sobre mis acciones y mis visitas. No deseaba terminar con la ilusión de mi amiga si es que la había, pero a la vez, sentía que estaba ocultándole algo importante.
Cuando estábamos por terminar nuestra agradable tertulia, noté cómo se quedaban poco a poco en silencio. Las noté extrañadas mirando hacia la entrada.
-Alguien ha venido a buscarte...
-Y es muy guapo...
Miré en dirección al pórtico y mi corazón saltó emocionado... una vez más ahí estaba, robándome la tranquilidad y el suelo firme. Mis amigas curiosas, no perdían detalle del recién llegado. Agradecía a Dios que me hubiese encontrado compuesta y no en la facha que llevaba mientras arreglaba mi patio.
Mis amigas se despidieron, en vista de la reacción que notaron en mí al recibir al recién llegado, tuvieron el amable gesto de dejarnos a solas.
No esperé siquiera a arreglar mi situación en la escuela. Busqué más tarde a una de mis amigas para pedirle completa discreción, le entregué las llaves de mi casa. Me miró con sus ojos nublados en lágrimas...
-Pero ¿por qué?
-No me lo preguntes, ni yo lo sé... sólo sé que quiero irme con él. Promete que no dirás nada.
-Pero tu trabajo, todo lo que has logrado...
-Lo sé, y tal vez me arrepienta un día, pero sé que más me arrepentiré si dejo que se vaya y no acepto irme con él.
-Entonces a eso venía...
-Sí...
Y sin preguntar nada más me prometió se haría cargo de todo. Me abrazó fuerte y me deseó suerte.
Sucedió que horas más tarde me encontraba en un tren, con mi equipaje, con algunos de mis libros favoritos. Con la convicción de que lo que estaba haciendo era lo correcto, porque no tenía miedo y él estaba a mi lado. Había dejado todo por seguirlo; la escuela, mis amigas las maestras, mi jardín recién arreglado. Dejé mi casa, mis cosas, mis ansias y el enorme deseo por ver pronto a mis hermanas y sobrinos. Dejé la vergüenza al imaginarme a mis padres enterándose de lo que había hecho. Dejé bien guardada en algún cajón la firme resolución de ubicarme en mi realidad y olvidarme de Terry. Preferí seguir soñando con un mundo que no me pertenecía, aunque en mi corazón se aferraba a creer que era mío... y ahí estaba yo, a su lado en el tren, mirando hacia la ventanilla, pensándome la mujer más afortunada porque había ido por mí para llevarme con él a Nueva York. Si la tristeza no la había podido disimular, la alegría seguramente tampoco. Sonreía sin poder evitarlo, mi estómago tenía un ligero temblor y sentía esas ganas inmensas de brincar y gritar... porque ingenuamente necesitaba creer que me amaba y que por eso ahora iba tomando mi mano en ese viaje a donde fuera, con él.
Las personas de vez en cuando miraban hacia nosotros. Él iba muy cubierto, llevaba un saco sencillo con las solapas levantadas, una boina que bajaba para cubrir su rostro y no ser plenamente reconocido y una bufanda que terminaba de ocultar su identidad. A decir verdad, la sencillez de mis ropas y las suyas no hacían nada sospechoso el viaje de dos pasajeros en ese vagón de segunda clase. Y recordé a los pequeños viajeros en el pequeño auto... y sonreí otra vez.
Descendí del carruaje que nos transportó desde la estación hasta ese sobrio edificio de piedra gris, como su casa en Londres, como todo un caballero bajó primero y mirándome fijamente a los ojos sostuvo mi mano con firmeza, después él mismo llevó mi equipaje. Subimos una pequeña escalinata y entramos al lugar. Ya sabía yo a que iba a Nueva York y así decidí seguirlo. Mi raciocinio había sido acallado por los gritos de mi corazón y no había nada que pensar. Así sin más me encontraba en ese pasillo de fino alfombrado, con mis ropas y un sombrero nuevos que a pesar de serlo, delataban la humildad de mi persona ante la imponente decoración y los fastuosos vestidos de las señoras que se acercaban desde el fondo del pasillo hacia mí.
Terry me presentó ante ellas como la mujer que le apoyaría en sus asuntos personales, su ama de llaves personal, aquella en quien él depositaría su plena confianza al ser alguien a quien conocía desde niña.
La más joven de ellas pareció nada complacida con mi presencia. Me miró de arriba a abajo, hizo una mueca de disgusto levantando una ceja y frunciendo los labios en un mohín nada disimulado. Era una mujer rubia, hermosa pero con un gesto frívolo, con una belleza atrapada en un rostro mustio, sus cabellos largos y lacios elegantemente peinados de lado, sus hermosos ojos azules delataban un aburrimiento y frustración evidentes. El desagrado que le causaba mi presencia era palpable en el ambiente.
Yo también la analicé de arriba a abajo, pero sin el descaro con que ella lo había hecho. Sonreí disimulando los celos que me ahogaban para ese entonces, pero mordí mi lengua y apreté con fuerza el pequeño bolso de mano. Sabía que esa mujer del flequillo tratando de disimular una frente prominente, era la prometida de Terry, pues él mismo me lo había dicho. Me había pedido que lo acompañara, que sólo yo podía ayudarlo a vivir una vida al lado de una mujer a quien se obligaba a casarse. Por un momento mi corazón volvía a temblar de miedo y de pena al escuchar esas palabras en la pequeña salita de mi casa en Rocktown; pero quise ser fuerte tratando de imaginar hasta donde implicaría mi trabajo al acompañarlo. No sabía hasta qué punto podía ayudarlo en algo así, pero mi mano tomó la suya y su boca no dudó de nuevo en tomar la mía. Me abrazó fuerte y me aferré a su cuerpo. Y eso... fue al final lo que me hizo olvidarme de sopesar cualquier cosa, de poner en una balanza mis opciones para decidir correctamente. Ese beso me obligó a desear estar junto a él de la forma que fuera, en las condiciones que él quisiera.
La voz grave y enérgica de la madre de Susanna Marlowe me sacó de mis pensamientos. Me pidió que la acompañara después de presentarse como la madre de la "señora de la casa" y mi corazón recibió otra estocada. Tomé mis maletas, miré asintiendo hacia Terry, sonriéndole discretamente... como diciéndole que entendía todo y que todo estaba bien. Caminé detrás de la señora que parecía bastante estricta y a propósito había dejado a solas a su hija con Terry, mi Terry.
Cuando llegamos al pequeño cuarto provisto sólo de una cama y un austero mueble para acomodar mis cosas, la mujer mayor soltó una serie de advertencias y reglas que debía seguir al pie de la letra.
-No soy ninguna tonta, por el contrario soy bastante perspicaz, y sé que tu presencia en esta casa puede ser un problema o algo bueno... de ti depende que sea para bien y que te permita obtener la recomendación para trabajar después en otro lugar. No me querrás de enemiga muchachita así que limítate por tu propio bien a realizar tu trabajo y nada más.
-Sí señora, como usted ordene...
-En esta casa serás una mucama como las demás, eso de ama de llaves aquí no es necesario. Yo misma me encargo de supervisar que todo se lleve a cabo como es debido. Puedes irte olvidando de cualquier pretensión que no te corresponda...
De alguna manera, el trato y los modos de esta señora Marlowe me recordaban mucho a la Duquesa madrastra de Terry. Eran prácticamente la misma persona, sólo que la dama inglesa bastante más refinada. Razón por la cual no me sentí intimidada en lo más mínimo, sólo que las circunstancias serían completamente distintas en esta ocasión; a la Duquesa no le importaba mi joven amigo en lo absoluto, mientras éste par de damas no le despegaban los ojos de encima un sólo instante. Y por consiguiente, yo estaría también en la mira todo el tiempo.
Y así transcurrieron varios días. La primer semana el trabajo fue extenuante a pesar de ser sólo tres las personas que habitaban esa casa. Tenían además su propia cocinera, un par de mucamas que se encargaban de bañar, vestir y alimentar a la "futura señora de la casa" mientras que su madre sólo se limitaba a llevarla de un lado a otro en esa silla de ruedas que emitía un sonido especial cuando avanzaba por los pasillos.
Terry no había asistido a casa en varios días y yo ayudaba en los quehaceres, limpié su habitación pues dejó órdenes bien claras que la única que podría entrar de ahora en adelante sería yo. Ordené los montones de hojas en un gran escritorio junto a su cama. Sacudí sus muebles con esmero y no me permití husmear ni soñar más de lo debido, pues la señora Marlowe espiaba por la abertura de la puerta cada uno de mis movimientos, de reojo la miraba y eso me ayudó a pretender que estaba ahí para hacer mi trabajo y nada más. Supe fingir que nada aparte de ser una mucama, era lo que me motivaba a estar en esa casa. Sabía que mientras mejor pudiera actuar mi papel de empleada tendría asegurada mi permanencia en el lugar. Mi arreglo no excedía lo necesario, un baño por las mañanas, mis ropas de servicio, un peinado sencillo y nada de maquillaje.
Andar en el día a día con un bajo perfil y una postura distinta a lo erguida que solía caminar, disminuía las sospechas de la íntima amistad que existía entre el "señor de la casa" y yo.
En ocasiones, al descansar en mi austera y pequeña habitación, llegué a cuestionar mi salud mental. Había dejado un buen trabajo como maestra de mis niños, extrañaba sus risas, la energía que desbordaban todos los días, las pequeñas discusiones entre ellos que siempre eran solucionadas con un apretón de manos; había renunciado a eso para venir a toparme con el par de mujeres de agrio carácter, una muchísimo más joven y bella que la otra, pero a fin de cuentas las dos desprendían de su persona ese gris encanto, ese amargoso tratar a las personas. Las mismas mucamas de la "futura señora" comentaban conmigo lo déspotas que podían llegar a ser ambas y yo sentía pena por Terry, por tener que repetir mucho de la amargura vivida de niño ahora en su vida adulta. Me preguntaba si en verdad no estaría loca para haber aceptado semejante propuesta, él me había dicho que sólo yo podría ayudarlo a soportar todo esto, y a decir verdad me hacía estremecer cada que por casualidad lo encontraba por algún pasillo y me sonreía o me guiñaba el ojo en un gesto por demás coqueto.
Cierta ocasión, al terminar la cena, escuché las hermosa notas del piano. Supe que era él, pues la señora Marlowe y la señorita Susanna lo observaban sentadas ambas como sendas estatuas inexpresivas en un lujoso sofá. Me detuve sin querer en el umbral de la entrada a la sala, admirando su precioso rostro a la luz de los tenues candiles que desde el techo lo iluminaban. La señora Marlowe se dio cuenta de eso y bufó molesta:
-Ya han terminado de atendernos, el señor no ha requerido tu presencia así que puedes retirarte, ¡no sé que te quedas mirando como tonta!
La sangre se agolpó en mi rostro y mis pies permanecieron inmóviles, con la vergüenza golpeándome, sacudiéndome, impidiéndome reaccionar, hasta que vi sus ojos de nuevo.
Me miró muy serio y en un gesto que no esperaba de él interrumpió las notas, se giró hacia la madre de su prometida y con voz enérgica le dijo:
-Le pido de favor, que cuando se dirija a mi empleada lo haga con el respeto que ella se merece y con un tono de voz bastante más amable, señora. Ella no está al servicio de ustedes, ni suyo ni de Susanna. Por lo tanto, evite de preferencia en lo siguiente dirigirse a ella.
La mujer parecía echar chispas, la señorita Susanna continuaba con sus manos entrelazadas tratando de disimular la molestia que sentía por mi presencia y la forma en que Terry me defendía.
Fue hasta que llegué a mi pequeño cuarto, cuando me senté cansada en la cama y me pregunté otra vez ¿en qué estaba pensando cuando accedí a seguirlo?
Mientras cambiaba mis ropas por mi camisón de dormir, pensaba en que no me importaba el hecho de que mis padres no supieran de la decisión que había tomado, no me importaba el haber dejado mi trabajo como maestra para regresar al de mucama. No me había importado nada con tal de imaginarme sabrá Dios qué cosas al lado de Terry... pero escuché también la vocecita incómoda de mi conciencia diciéndome quedito, que lo que estaba haciendo estaba mal.
Pero eso ya lo sabía y con todo y eso estaba dispuesta a acompañarlo. No sabía cuanto tiempo más y a cuenta de qué seguiría ahí, pero sería fuerte y permanecería cerca.
Me recosté finalmente, pensaba todo el tiempo en Terry, en la forma en que me había defendido, pero también en el papel al que había relegado mi presencia en su vida. No podía conciliar el sueño, deseaba simplemente dormir y soñar con él, era inútil seguirme aferrando a las migajas que pudiese darme desde ahora hasta el momento en que se casara finalmente, era además de inútil, masoquista. Porque cuando eso sucediera la "señora" tendría la autoridad suficiente para echarme fuera de sus vidas. Yo, esperaba tener la suficiente dignidad para no reducirme a ser la amante de Terry, olvidada en el pequeño cuartucho del fondo... pero siendo realista, había ido con él con la convicción de enfrentarme a lo que fuera y convertirme en su amante de ser necesario.
Fue entonces, cuando la puerta del cuartucho del fondo se abrió despacio. Y la figura imponente de aquél hombre que hacía especial mi vida se asomó despacio, sin temor a ser visto.
-Terry... ¿qué haces aquí? alguien podría...
-¿Verme?
Interrumpió mi preocupada pregunta, con esa mirada suya que además de hermosa era hipnotizante. Con un gesto de seriedad que no me permitía anticipar las razones que tendría para presentarse en un lugar que supuestamente debería ser privado para mí.
-Sí... ¿es que no te importa que sepan que estás aquí?
Cerró la puerta con llave detrás de sí y se acercó despacio a mi lecho.
-Ellas lo saben... -dijo mientras se sentaba a mi lado y acariciaba con ternura mi mejilla. -Si aún no intuyen la razón de tu presencia en esta casa, no tardará mucho tiempo en que lo descubran... y nada podrán reprocharme... Sé que no es la idea que tenías de un "nosotros", pero esto es lo que puedo ofrecerte, por ahora...
Y cómo reclamarle lo que estaba pasando, la manera en que estaba resumiendo tan claramente lo que había entre nosotros...
Se acercó despacio, acarició mis rostro y acunándolo en sus manos besó mi frente. Me llené de su perfume, deseaba sentirlo cerca. No quería ser su amante, pero de qué otra forma podría tenerlo conmigo.
Entonces quité las sábanas de mi cuerpo y comencé a bajar mi camisón. El deseo comenzaba a llenar de un exquisito calor todo el interior de mi cuerpo, no había más; para eso había ido a ese lugar y pensé en ese momento que sería capaz de ser su amante de por vida, estaba dispuesta a eso y más con tal de ser su dueña en noches como ésta.
Y volvimos a entregarnos, las primeras veces hicimos el amor en silencio, noche a noche el mutismo en nuestros encuentros había desaparecido. En ocasiones el vigor de nuestros cuerpos meciéndose uno sobre el otro hacía imposible guardar silencio o pudor alguno. Mis gemidos eran involuntarios, cubría mi boca mientras Terry me invadía con fuerza, quería evitar que nuestros sonidos se escucharan más allá de lo debido. Pero él tomaba mis manos y entrelazaba las suyas a las mías colocándolas sobre mi cabeza.
-No te calles, me gusta escucharte...
-Pero, van a enterarse...
-Eso ya no importa...
Y casi cada noche volvía a perderse en mi piel, volvía a besar todo en mí y yo en él. Casi todas las noches me llevaba al cielo y me dejaba flotando en él, hasta que muy de madrugada, volvía a irse. Cada vez me costaba más trabajo soltar sus brazos aferrándose a mi cuerpo, en una misma cama, con nuestra piel desnuda. Pero mi corazón encontraba consuelo al saber que siempre regresaba, al llegar la noche lo esperaba ya limpia, recién bañada y peinada. Había comprado un par de camisones de seda, más cortos y con finos tirantes. Lo esperaba con el vientre y el cuerpo entero ardiendo en deseo y anticipación. Porque sabía que cada noche me buscaba para ser uno conmigo, para fundirse en mí y encontrar en mi cuerpo y en mi abrazo, todo lo que el mundo le había arrebatado allá afuera.
Cuando no volvía sabía que había preferido dormir en otro lugar, en un hotel o en el mismo teatro. Él así me lo había explicado, y le creí. Siempre le creí.
Pasaron dos meses, sentía la necesidad de visitar a mis padres. Todo este tiempo había estado lejos sin dar señales de vida. Sin cumplir mi promesa de estar al pendiente de cuando llegaran mis hermanas y sobrinos para visitarlos y reencontrarnos. No les había escrito y no deseaba hacerlo, ¿qué les diría? no podía confesar lo que estaba haciendo, pero tampoco podía demorarme más en buscarlos.
El ambiente en la casa de Terry era tenso, las Marlowe preferían retirarse cuando llegaba yo a algún lugar o por el contrario, si estaban ellas en alguna parte de la casa evitaba en lo posible encontrarme con ellas; aun así me sabía constantemente observada. Las mucamas que se dedicaban a la señorita Susanna se habían vuelto hurañas conmigo. Estaba convencida de que todo el mundo en esa casa sabía que Terry pasaba las noches en mi pequeño cuarto. Las miradas de desprecio y de asco que dirigían a mi persona me lo confirmaba.
Tenía que andar con mucho cuidado, tenía que enfrentarme a mis consecuencias otra vez.
Una noche después de hacer el amor, me abrazó a su pecho. Sus brazos fuertes me rodeaban haciéndome creer que estaba en el mismo cielo. Respiré el delicioso perfume que seguía impregnado en su piel mientras dejaba pequeños besos en su pecho. Por primera vez se quedaba platicando conmigo, haciendo planes como si fuésemos un matrimonio. Me dijo que se iría de gira, me preguntó si deseaba ir con él. Pero junto a mis deseos por nunca despegarme de su lado estaba también el deseo enorme de visitar a mi familia, más ahora que ya les había escrito diciendo que me habían transferido a Nueva York como maestra suplente y en la respuesta a mi carta supe que mis hermanas y sus hijos ya estaban en casa.
-Serán tres meses, tal vez cuatro...
Decía mientras una de sus manos se mantenía entrelazada a la mía y con la otra viajaba lentamente desde mis senos hasta mi entrepierna, quitándome la concentración y las ganas de pensar en lo que debía hacer.
-Ven conmigo, puedes verlo como un trabajo si lo deseas. Tú sabes que aunque no me acompañes seguiré enviándote dinero.
-Terry... no es por el dinero.
-Lo sé, sólo que tampoco puedo dejar de hacerlo. Eres mi mujer, no quiero que te falte nada.
Esas palabras suyas me volvieron invencible, me dieron las fuerzas para continuar a pesar de lo que fuera. Lo había dicho: ¡me consideraba su mujer!
En un hábil movimiento se colocó sobre mí y empezó a besar mis labios y con confianza y descaro deslizó su boca por mis senos y después por todo mi cuerpo.
-¡Anda vamos! no puedo dejarte aquí... con ellas.
-¡Ni pienso quedarme! Pero Terry... al fin podría pasar algún tiempo con mis padres...
-¿Te has enfadado de estar conmigo?
-¡Jamás! ¡jamás lo digas de nuevo! nunca podría cansarme de estar contigo, de amarte como te amo Terry...
Y esa noche en especial una y otra vez nos demostramos que lo que había entre nosotros, había superado ya cualquier trato, había ido mucho más lejos que cualquier amistad y complicidad. Yo estaba segura de amarlo, amarlo con el alma y con el cuerpo, cada noche y a cada momento. Cada que él lo pidiese ahí estaría, dispuesta, sin pensarlo.
Fui a casa con mis padres, me reencontré con mis hermanas y con mis sobrinos. Disfruté de mi familia y me atreví a soñar con algo así, para mí. Le pregunté a mi madre por mi libro y mi cochecito, me dijo haberlos guardado para que no se enpolvaran y nadie más los tocara.
En algún momento me invadió un pensamiento supersticioso... ¿y si cada que tenía esas reliquias cerca, él se alejaba? ¿qué tal si ahora que planeaba llevarlas conmigo, lo perdía de nuevo?
Pero nunca había sido supersticiosa y no era el momento idóneo para empezar a serlo. Lo que teníamos nosotros a puerta cerrada era fuerte, como las olas y el mar embravecido golpeando las grandes rocas de la costa. Nadie podría venir a desbaratar lo que habíamos construído, desde Londres, desde nuestra amistad de niños.
Mis padres me preguntaron detalles de mi nuevo trabajo y tuve que continuar con la mentira, les dije que trabajaba en una escuela en Nueva York. Mi madre insistió en visitarme, a lo que me negué diciendo que el lugar donde dormía era una casa de huéspedes que compartía con otras maestras como yo. Que en realidad no había espacio para las visitas de nadie.
Fueron varios días de llenarme de abrazos, de besos, de consejos y recomendaciones. Me despedí una mañana de todos ellos, viajaba en el tren a Chicago donde lo alcanzaría a él. En el camino recordaba las palabras de mi madre:
-Te veo distinta, hay un brillo diferente en tus ojos, estás feliz y radiante hija.
-Lo estoy madre...
-Te hizo bien alejarte un tiempo de Rocktown. Es bueno saber que has podido olvidar, que has sanado esas viejas heridas... promete que no vas a decaer, que no volverás a perder tu brújula por nadie, prométele a esta vieja que conservarás esa alegría que tienes y que me asegura que estás bien cariño.
Me sentí como la peor de las ratas inmundas al mentirle a mi madre, al engañarla de esa manera y ocultarle que estaba viviendo en mi propia fantasía, que cada noche me convertía en la mujer de un hombre que parecía no saber quien era yo durante el día. Me sentí miserable, ruin...
-Lo prometo mamá, no se preocupe más por mí. Su hija ya ha crecido y tome la decisión que tome usted puede estar segura que lo haré convencida que es lo mejor.
Me despedí abrazándola con fuerza. Y con el recuerdo de su sonrisa hermosa, se acalló un poco el sentimiento de culpa que constante me reclamaba. Así, me quedé profundamente dormida hasta que casi el tren arribaba a Chicago.
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CONTINUARÁ...
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GRACIAS por su apoyo:
RORE: Gracias hermosa por tus palabras, que belleza que pudieras imaginarlos como al ver una película. Tú también eres fascinante escribiendo. Mil gracias por tus palabras y saludos desde México hasta Uruguay.
Moonlove: Pues sí... jajajaja. Que triste lo que soporta la mucama por amor y pareciera que no termina de padecer por lo mismo. Gracias por tus extensos comentarios aunque siempre platicamos de todo. Gracias por darte ese tiempito de regalarme un review. Un beso amiga bella.
Stormaw: Gracias a ti por leer y aprovecho para pedirte encarecidamente que... nO MaTEs A aNtHOnyYYYYYYYYYYY! NOOOOOOOOOOOO noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo, jajajajaja, besos amiga!
Darling Eveling: Hermosísima gracias por tu opinión y por tu constante apoyo porque siempre tienes algo amable que decir. Yo también de repente me considero una antiCandy, sobre todo porque recuerdo su carácter débil al momento de pelear por lo suyo. También prefiero ver a Terry feliz y amiga, que te parece? seamos la mucama!
