CAPITULO VIII

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Lo acompañé todo ese tiempo, nuestros encuentros se limitaban al hotel en donde se hospedaba. Siempre pedía la habitación doble a donde llegásemos, con el pretexto de que necesitaba quien se hiciera cargo de sus cosas era que había convencido al director y sus compañeros que mi presencia era indispensable en sus giras. Descubrí que los actores estaban tan inmersos en sus propios libertinajes y fiestas nocturnas, que poco o nada les interesaba averiguar si en verdad Terruce Graham era tan quisquilloso que se llevaba a su propia servidumbre de gira para atenderlo.

Tuve que lidiar con los celos, morderme los labios y la lengua antes de soltar algún comentario mordaz en contra de esa tal Karen Klaisse que parecía querer montarlo cuando las copas se les subían a ambos a la cabeza. Tuve que lidiar con la correspondencia de Susanna "la futura señora" que enviaba gran cantidad de cartas para él a donde quiera que llegábamos, siguiéndole como sombra a pesar de encontrarse a miles de millas de nosotros a medida que la gira avanzaba.

Lo esperaba desnuda cada madrugada, para recibirlo en mi cama y abrazarlo con mis brazos y piernas. Lo besaba llena de pasión, de ansias por verlo, por borrar de su piel los empalagosos perfumes que le habían dejado impregnados con tanto arrumaco y coquetería en esas galas, en esas representaciones donde no había nunca un lugar para mí.

Algunas noches de gira no regresaba conmigo, eso convertía mis madrugadas en eternas, me asomaba al ventanal de la ciudad en turno hasta que las luces de los edificios y negocios se apagaban, hasta que ya nadie quedaba caminando por las calles... y aún así, muchas veces continuaba esperando por él hasta que el cansancio me obligaba a volver a la cama o me encontraba el amanecer dormida en algún sillón.

De regreso rumbo a Nueva York, y debido al éxito que la gira había tenido tres meses atrás, Stratford se presentó nuevamente en Chicago. Por alguna razón que no entendía las cartas de Susanna llegaban todos los días al presentarnos en esa ciudad. Tuve paciencia mucho tiempo, pero llegué a un punto en que los celos me carcomían el corazón cuando lo miraba a él abrir toda su correspondencia, incluída la del mustio personaje que le aguardaba en Nueva York. Mis manos temblaban cada vez que recibía esos sobres con las cartas de ella. Varias veces estuve tentada a abrir la correspondencia, pero mi sentido de lealtad hacia él era siempre más fuerte y me obligaba a colocar todas y cada una de las misivas en la mesita que Terry disponía para sus efectos personales.

Se me había hecho costumbre salir muy de mañana a comprar el diario sin importar el hotel en el que nos estuviésemos hospedando. Los demás actores los recibían hasta la puerta de su habitación, pero Terry por alguna razón había rechazado ese servicio. Al principio no entendía por qué, si las publicaciones se deshacían en elogios para él y sus compañeros, hablaban de la gira que se presentaba en ese momento en la localidad y del siguiente lugar donde seguramente Stratford arrasaría con las taquillas, para ese entonces la compañía teatral era un gigante que aplastaba inmisericorde a las demás producciones.

Aún así conseguía día con día los diarios y después de leer todo lo relacionado con él los desechaba para que no se molestara por pensar que alguien dejaba el diario en contra de su petición. A veces lloraba mientras leía, el corazón se oprimía en mi pecho por los celos, por las suposiciones y habladurías. Cada fotografía con mujeres famosas o importantes hacía pedacitos mi alegría. Era una forma de martirizarme el verlo rodeado de tanta mujer tan hermosa y elegante. Y me encontré con que esa era la razón por la que Terry no deseaba recibir las noticias y opiniones de la prensa, de alguna forma pensaba en mí, quise suponer que le importaba un poco el que fuese a sentirme mal por todo lo que ahí se decía. Algunos reportajes aseguraban un idilio, un secreto a voces; como aquel que aseguraba que una famosa actriz le recibía en ocasiones en su lujosa mansión en Nueva York y no conforme con eso la hermosa y reconocida mujer lo seguía por todo el país, a cada escenario, se referían a Eleonor Baker. En ese tiempo no sabía que se trataba de su propia madre y aunque el parecido entre ellos era evidente, los celos me cegaban y me hacían imaginar mil historias entre ellos. Llegué a odiarla imaginando que las noches que no regresaba conmigo, las pasaba con ella.

Los diarios hablaban también de la tristeza de su prometida que fiel le esperaba en Nueva York con la promesa de un enlace que nunca llegaba. Especulaban sobre su libertina amistad con Karen Kleisse y otras bellas mujeres del mundo de la actuación cuyos festejos muchas veces terminaban en la suite del hotel en turno. Unos hablaban maravillas, otros juraban mentiras y otros más despotricaban en contra de Terry. Ahora entendía por qué era tan reacio a concederles una entrevista, porqué les rehuía cada vez que alguna cámara fotográfica o algún individuo con micrófono en mano se acercaba a él. Mucho de lo que divulgaban sobre su vida era una patraña. Contaban lo que sus ojos veían sin saber la verdad sobre su vida. Cada noche él venía a mí, ya fuese cansado o después de haber ingerido algunos tragos, pero casi siempre regresaba conmigo y dormía entre mis brazos, aferrado a mis piernas y mi pecho, pegado a mí.

Una de esas mañanas precisamente, después de volver al hotel con la publicación escondida en mi bolso, me encontré por los pasillos con la señorita Klaisse, la mujer iba saliendo de su habitación muy arreglada, me miró y sonriente se acercó a saludarme. Me dijo que era hermosa, que si ella fuera una malpensada juraría que no sólo era la mucama de Terry...

-De hecho sería un tonto si fueras sólo su mucama...

Me dijo al tiempo que se acercaba a mí y tomaba mi cabello entre sus dedos, se acercó mucho y parecía divertirse conmigo jugueteando con su nariz en mi cuello.

-Hueles bien, supongo que Terry no te tiene tan abandonada... en caso contrario siempre puedes buscarme, podríamos... platicar...

Me sentí confundida, ¿esa mujer se me estaba insinuando? ¿a tal grado llegaba su libertinaje que no sabía comportarse y lo mismo le daba coquetear con un hombre que con una mujer? Entré a la habitación, preparé el café cargado como sabía que lo tomaba Terry cuando la noche de fiesta se había alargado más de lo normal y no regresaba hasta la mañana siguiente.

Me fui directo a la sección de espectáculos y celebridades y ahí estaba él, acompañado por una pareja de rubios y atractivos personajes, no eran compañeros de Stratford, porque a estas alturas ya a todos ellos los conocía. Leí el texto del artículo y algo me hizo releer un par de veces el nombre de aquella chica...

Candice Andrew... "Candy".

Al fin pude tener frente ante mis ojos a la mujer a quien últimamente nombraba sin querer mientras dormía, aquella que había sido su compañera en el San Pablo... aquella que de sólo escuchar de nuevo su nombre e imaginarla se me revolvía el estómago. Pues bien, ahí estaba ella; la mujer era hermosa, una rubia parecida a Susanna, pero sin el rostro mustio, con el brillo en la mirada y con una belleza que por mucho superaba a "la fiel prometida", a la peculiar amiga Karen y aunque me doliera reconocerlo... a mí misma. Se encontraba ella en medio de dos caballeros, uno era Terry y el otro era un atractivo empresario de apellido Andrew... sin duda, algún pariente de ella.

Mi corazón dio un vuelco. De repente un malestar me recorrió completa y descansé hasta que lo devolví en el escusado. Me sentía mareada, confundida, decepcionada y dolida. Pensar en ese par de noches en que no había regresado conmigo, recordar de pronto el entusiasmo con que salía del hotel sin darme ese beso al que ya me había acostumbrado, percatarme hasta entonces del arreglo esmerado que procuraba antes de salir al teatro y después al regresar de la función para tomar un baño y salir más arreglado que antes de actuar.

Ahora entendía porqué no regresaba cansado de las funciones, porqué una sonrisa constante en sus labios y la mirada distraída. Entendía hasta ahora porqué parecía escucharme cuando le comentaba algo cuando en realidad su mente estaba en otro lado. Todo aquello me estaba generando una terrible jaqueca. Tenía más que el deseo, la necesidad de llorar. Y lloré, sin justificación lloré, porque sabía bien las reglas del juego y él jamás me había dicho que se quedaría conmigo, o que me amaba, jamás me había dicho un te necesito. Jamás me había hecho una promesa, nada hubo y así lo había aceptado... pero también, aun así lloraba.

El colmo fue cuando no se apareció en toda la mañana, ni en la tarde. Ya era muy noche cuando escuché ruidos por el pasillo, voces, pasos, risas, me asomé según yo discretamente para no ser vista. Era Karen y un caballero, muy parecido a aquél del retrato con Terry y la tal Candy, si acaso un poco diferentes, pero el parecido era muy notorio. El joven hombre la llevaba tomada de la cintura y Karen se dejaba hacer, de repente se detuvieron en el pasillo justo frente a la puerta y mi indiscreción fue descubierta. Karen se detuvo y regresó sobre sus pasos, me miró a través de la rendija de la puerta semiabierta. La empujó suave con sus manos y me miró sonriendo.

-Tiene asuntos pendientes, mejor descansa y duerme tranquila. Tienes un patrón adorable ¿cierto? Yo estaría feliz de tener tanto tiempo libre...

Claro está que fue mi propia expresión al escucharla lo que delató la tormenta que sus palabras me provocaban, porque se acercó un poco más hacia mí para que su pareja no escuchara y continuó:

-Chiquilla incauta, esos ojos no te dejan mentir... no lo esperes más, no volverá esta noche. Y si me permites un consejo... no pongas esos ojos tan bonitos tan alto. Terry no es para ti.

Tomó mi mejilla suavemente en un gesto de apoyo. Salió de la habitación para tomar el brazo del caballero que aguardaba por ella y volvió su mirada hacia mí haciéndome un guiño. Cerré la puerta y lloré de nuevo.

En verdad no me entendía. Tenía mi propio dinero para irme en ese momento, no era ninguna tonta y nada había que me obligara ni me atara a seguir a su lado. De pronto el amor y la paciencia comenzaban a desaparecer y dudé de mi fuerza para seguir en el plan de mucamante. Porque así me sentía y así me decía en secreto cada vez que me reprochaba a mi misma... "sigue tonta mucamante, vamos tu puedes mucamante... veamos hasta donde eres capaz de soportar".

Pero esa misma noche llegó, escuché los ruidos en la habitación contigua, ardía en celos, estaba mal por él, la imaginación vuela cuando piensas a tu amor en brazos de otra, las palabras de Karen Klaisse me habían mandando al mismo infierno y escucharlo del otro lado no calmaba la furia que sentía encenderse dentro de mí. ¿Y si había estado con ella? ¿Y si la tal Candy se había atrevido a venir a su habitación? Si tan sólo tuviese el valor de atravesar ese pasillo y enfrentarlo, descubrirlo haciéndole el amor a ella como me lo hacía a mí. Aunque muriera al final de dolor debía terminar con estas dudas que estaban acabando con mi mente.

Pero sólo cubrí mis oídos para no oír nada, no podría soportar saberlo tan cerca haciéndole a otra lo que era sólo mío. Traté después de escuchar en un intento por descubrirlo de una vez, caminé hasta la puerta y coloqué mi oído sobre ella pero con el corazón retumbando tan fuerte y rápido que no me dejaba percibir nada más que mi frenético latido...

En la completa oscuridad escuché cómo se acercaba por el pequeño pasillo que conectaba las habitaciones, apenas tuve tiempo de correr a mi cama y fingirme dormida. Abrió la puerta y se quedó ahí, un buen rato de pie. Cada noche procuraba dejar encendida una lámpara, esta vez la dejé apagada a propósito, mi rostro sería un desastre, los ojos los tendría hinchados seguramente, la nariz roja, el ánimo roto. Avanzó despacio, escuché sus pasos, se detuvo también un momento junto a mi cama. Estaba enojada, no sabía si podría entregarme a él como cada noche venía haciéndolo, el dolor inmenso de darte cuenta como estás perdiendo al hombre que amas es capaz de consumir en un instante el alma.

Se sentó a los pies de la cama y yo permanecía con los ojos cerrados, sólo sintiendo cómo su mano me recorría despacio. Tampoco encendió la luz, siempre habíamos hecho el amor a media luz, con un candil, con lámparas, con velas que nos permitiesen admirarnos, disfrutarnos. Esta vez no encendió ninguna en la habitación. Se puso de pie y se desnudó para después buscar mi cuerpo bajo las sábanas.

Sentí su calor y su aroma, la delicia del contacto de su cuerpo desnudo con el mío. Sin poder resistirme más tiempo, y aunque el nudo en la garganta parecía degollarme, mis brazos lo rodearon, acaricié su espalda y todo lo que siempre me permitía tocar. Pero al besar su rostro, al buscar sus labios me encontré con sus mejillas también mojadas.

Algo en mi interior me gritó que no lloraba por mí, que alguien le había lastimado.

Y aunque estaba muy lastimada, pudo más su dolor que el mío ¿por qué no había venido conmigo? ¿qué había pasado con esa Candy que le había afectado tanto? quería saberlo, necesitaba saberlo en ese momento. Pero tampoco deseaba que me viera así. Yo no estaba desnuda como otras noches, llevaba un camisón sencillo, pero eso no era impedimento para que sus manos me recorrieran con la osadía y confianza con que siempre lo hacían. Conocía cada punto de mi cuerpo, como el viajero que conoce a la perfección un mapa, como el campesino conoce sus tierras. Así conocía mi dueño mi cuerpo y así se adueñaba de nuevo de cada parte de mi ser. De todo cuanto era suyo. Y justo cuando creí que nunca me había hecho el amor con más pasión pero al mismo tiempo con esa ternura y ese cuidado como si tuviese entre sus brazos una delicada y fina pieza, susurró en mi oído su nombre.

-Candy...

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Esa noche me rompió en mil pedazos. Me reproché mil veces a mí misma y me odié otras mil. Porque sabía que si no era Susanna, sería siempre alguien más. Yo estaba en su cama, en su piel, en cada espacio de su cuerpo... pero en su mente y su corazón vivía otra mujer... y a pesar de los años seguía siendo ella; esa tal Candy... siempre la maldita Candy...

El llanto siguió quemando sus mejillas y las mías. El escozor en mis ojos me indicaba que era tiempo de detenerme, de largarme. Pero no podía, lo amaba, lo adoraba y dejarlo era como dejar la vida misma en esa habitación de hotel.

Todas las noches durante la gira fue mío, aunque pensara en otra su cuerpo me pertenecía sin límite alguno. Todas las noches bebí de su boca y de su cuerpo. A tal punto había llegado mi amor por él que bebí sus besos hasta secar sus labios, bebí su sudor, bebí la semilla que fluía caliente de su cuerpo al interior de mi boca. Y quería llenarme toda de él, necesitaba devorar su esencia misma, deseaba impregnarlo con mi cuerpo y mi sabor... deseaba, que nunca pudiera estar con alguien más después de amarlo así. Que en nadie encontrara la misma satisfacción que mis manos y mi forma de amarlo le entregaban al darle todo de mí.

Quería dejarle nada a ellas. Porque cuando vivía con una, o cuando mencionaba a la otra... nada quedaba para la mucama.

Y finalmente regresamos a Nueva York. Ahí estaba la futura señora, en su silla de ruedas, con un semblante demacrado y triste. La madre la había peinado y maquillado pero ciertamente a pesar de su belleza, el color blanquecino de su piel y las ojeras delataban un mal que iba más allá de lo anímico. La señora Marlowe me miraba con desprecio, supongo que hay cosas que entre mujeres no se disimulan y ella leyó en mi mirada mucho más que amabilidad al saludarles. Apretó los labios al notar la complicidad entre Terruce y yo. A él le dirigió una mirada cargada de resentimiento y a mí un tono altanero en las órdenes que no tardó en darme. Después de mirarnos de arriba a abajo a ambos, se volvió llevándose a Susanna lejos de nuestra presencia.

Me incliné para llevar el equipaje de Terry antes que el mío a su habitación. Él no lo permitió, tomó de mis manos las más pesadas y me pidió que lo acompañase con las más pequeñas. Así lo hice, al llegar a su habitación sacó su llave y entró en ella, el olor a encerrado lo invadía todo. Entré detrás de él y me dirigí a abrir sus ventanas para que el aire fresco limpiara aquel humor, corrí las cortinas y me disponía a salir para preparar mis enseres y limpiar su pieza... pero antes de que llegara a la puerta la cerró con cerrojo y se quedó recargado en ella.

-Terry... debo salir para asear tu habitación.

-Yo en cambio, tengo otros planes...

-Pero... ellas se darán cuenta, no es correcto Terry...

-Ellas lo saben desde hace mucho, lo saben desde que llegaste a esta casa, saben también que te llevé conmigo durante la gira.

-No lo creo, se suponía que todo este tiempo estuve con mis padres...

Sonrió mientras se quitaba la camisa y dejaba al descubierto su torso.

-Todo este tiempo, alguien se encargó de relatar a detalle mis actividades, alguien le informó a Susanna y su madre de las fiestas, los horarios... mis excesos... y mi mucama.

-Pero...

-Alguien les dio Santo y seña a estas mustias señoras que me acompañaste todo este tiempo. Alguien tuvo la paciencia infinita para esperar detrás de la puerta de tu habitación o la mía y escuchar nuestros... juegos nocturnos.

-¿Y qué pretendes ahora Terry?

Dije mordiéndome los labios para no llorar, ¡¿juegos nocturnos?! debía estar loca para seguir frente a ese hombre y no abandonar su casa en ese mismo instante. Soporté que mientras estaba conmigo la nombrara a ella y llorara por ella. Pero si después de hacernos el amor como un par de salvajes y permanecer recostados uno en brazos del otro durante tantas noches, si después de entrelazar nuestras manos y nuestras almas recordando nuestra infancia y todo lo que desde siempre habíamos compartido, nuestra relación se reducía a simples "juegos nocturnos", definitivamente era tiempo de irme.

-Pretendo que no me importe más lo que puedan pensar esas dos mujeres. Nunca me importó...

-Pero...

-No más peros, tú has venido hasta aquí por mí, para estar conmigo, para llenar mi cama, para darle a mi vida el sentido que día a día le roba Susanna. Quédate un momento, sólo eso te pido...

La última frase la dijo en mi oído, con esa voz que lograba derrumbar mis defensas, que me erizaba los vellos de la piel con su cercanía, con cada roce, cada caricia y cada beso. Ya estaba muy cerca, pegado a mi cuerpo. Yo, sintiendo el calor de su pecho y el de su respiración recorriéndome el cuello. Descubrió mis hombros y comenzó a llenarlos de besos, comenzó a llevarme a ese viaje del que nunca me cansaba. Pronto mi vestido cayó al suelo y Terry me llevó en vilo hasta su cama.

Su cama... la cama de la señora Granchester... la cama de Susanna o de Candy, pero no la mía.

Y de pronto mi mente se agitaba como esa tarde de hojarasca volando por mi cabello, como cuando lo volví a ver conduciendo como un loco a sus quince años... y regresaba del colegio. Como cuando una sonrisa suya desde la ventana era suficiente para poner de cabeza mi mundo y me hacía pensar que las historias bonitas de amor también le ocurren a personas como yo. Como cuando fuimos niños y en algún momento me atreví a soñar que alguien como él estaba hecho para alguien como yo.

Había llegado el momento de irme. Era tiempo de recobrar el ápice de dignidad que me quedaba, de tomar mi equipaje y largarme para siempre; o aceptar que mi presencia sería para él un juego nocturno. Un juego donde yo nunca sería la ganadora y representaría sólo un comodín. Eso y aceptar las migajas de un amor que jamás sería mío por completo, donde nunca llegaría a figurar como el amor de su vida... ni siquiera como ese amor compasivo, forzado y por honor como el que tenía con la inválida y mustia de Susanna Marlowe o como ese amor voluble que a veces y aunque lo negara se daba permiso de tener al interior de los camerinos con su liberal y atrevida amiga Karen Kleisse, en las noches en que no venía conmigo. O como el amor obsesivo, cruel, aferrado e inmenso que sentía por la tal Candy, por eso lo podía entender. Porque así como la amaba a ella, lo amaba yo a él.

Y mientras lo pensaba me perdí en sus besos, en el olor de su piel, de su perfume, con la incipiente barba de su rostro rozando mis senos, mi vientre, marcándome como suya para siempre. Me entregué a él sopesando la enorme posibilidad de que fuese quizás la última vez que mi cuerpo le perteneciera. Me entregué a él caminando hacia el acantilado. Pude ver las olas del mar de Escocia chocando con furia, llenando mi rostro de la brisa marina, preparándose para recibir mi cuerpo y llevarlo hasta perderse en el mar, porque no iba a regresar ya. Estaba segura de amarlo, más que a mi vida, más que a nadie en el mundo entero... pero quedarme iba a ser extinguir la llama de fuego y de calor de mi propio pecho. Hasta que no quedara nada de esperanza, ni de alegría, ni de la luz que de a poco se apagaba en mí. Y me dejé caer por última vez al acantilado, repitiéndole a mi corazón que no sufriría más...

Cuando me levanté de su cama, él ya dormía. Acomodé mis ropas, mi cabello, y el alma la arrastré junto conmigo porque se aferraba a quedarse en un rincón de ese cuarto. Se empeñaba en quedarse con él y pertenecerle sin importar nada. Pero con lo que quedaba de mi persona salí del lugar. Estaba decidida. Me marcharía, pasaría la última noche en mi pequeño cuarto, recogería mis cosas y a primera hora me iría en el tren de regreso a Essex. De vuelta a casa, con mi familia.

Esa misma noche ya muy tarde, escuché que alguien trataba de abrir la puerta insistentemente. Sabía que era él, pero no estaba segura de permitirle esta vez usarme en su juego nocturno, para mí el último de esos juegos ya había terminado. Acomodé mi bata de dormir y escondí mi equipaje ya hecho, no quería que se diera cuenta de nada. Abrí la puerta y sentí mi estómago revolverse. Era la señora Marlowe y en su silla de ruedas con su eterna expresión mustia, su hija Susanna.

No tardó la madre de ella en avalanzarse sobre mí y golpearme con toda su furia. De nada sirvió que intentara gritar con la gruesa y rechoncha mano de ella cubriendo mi boca. Susanna esperó afuera, se había girado en su silla de ruedas y había cerrado la puerta mientras su mamá se encargaba del trabajo sucio. La Marlowe al ser mucho más alta y pesada que yo me puso una golpiza. En verdad lo sabían todo, estaban enteradas de que además de ser la mucama de Terruce, era su mujer y que cada noche venía a mí, en vez de asistir con ella, en lugar de apresurar la boda y darle el lugar que como su esposa le había prometido él mismo.

Sentí el sabor metálico de mi propia sangre caliente; la mujer me había roto la nariz. Traté de defenderme, pero fue inútil, ella me había tomado desprevenida y me rebasaba en fuerza y destreza para pelear. Me quedé tirada junto a la cama, vi sus zapatos y su oscuro faldón salir por el umbral y detenerse un momento desde afuera, como admirando el estado maltrecho en que me había dejado para luego cerrar la puerta y marcharse. Me dolía la espalda y el rostro, me dolía el orgullo y la vergüenza. Y tal vez, hasta entonces, era plenamente consciente de mis acciones. ¿Hasta que punto había sido capaz de llegar con tal de seguir siendo la mujer de Terry?

Con la fuerza que me quedaba, me levanté despacio y agradecí la jarra de agua que había llevado momentos antes junto al mueble de mi ropa, le bebí directamente porque sentía mis entrañas hervir por los golpes. Esperé un momento a que la calma llegara a mi cuerpo y evité mirarme en el espejo, ya suficiente era percatarme de los rasguños en mis brazos y cuello por el ardor infame que provocaban. Me vestí con lo primero que encontré y empaqué mis pocas pertenencias. Quedarme en ese cuarto sería firmar mi sentencia de muerte. Ellas se habían llevado mi llave y temía por mi vida. Me sentiría más segura en la calle antes que preferir permanecer en esa habitación.

No tuve tiempo de dejar una carta, si lo hacía de cualquier forma ellas la tomarían y romperían. No me expondría a llevarla hasta la habitación de él y que la Marlowe me golpeara de nuevo o terminara de una buena vez conmigo, no... debía irme enseguida. Atravesé los pasillos con el temor de encontrarla detrás de algún muro o puerta. Pero tuve la suerte de salir de ese lugar...

Y me fui.

Alquilé una habitación en un hostal y antes de que el sol se asomara por la hermosa ciudad de Nueva York tomé el tren con rumbo a Nueva Jersey.

Cuando llegué a casa todo fue un caos, la indignación de mis hermanas al mirarme, el llanto de mi madre y la furia de mi padre preguntándome qué había ocurrido. Sólo dije que había sido un asalto, que mientras robaban mis pertenencias sólo me limité a cubrir mi cabeza y que no supe más. No me había fijado en quienes habían sido, ni cuantos.

Un mes había transcurrido ya y una mañana me preparaba para ir a trabajar con mi mamá y mis hermanas. De reojo llamó mi atención el periódico que mi padre había dejado en el desayunador; un obituario resaltaba con letras gruesas y una enorme cruz al centro. Un nombre conocido; Susanna Marlowe. Mis manos y piernas temblaron cuando leí sobre ella, la prometida de Terry.

"Nunca se llevó a cabo el matrimonio, los famosos de Broadway esperaron tiempos mejores para realizar la ceremonia de su unión, pero esos tiempos no llegaron... que descanse en paz la querida, entrañable, hermosa y joven actriz Susanna Marlowe; ahora el cielo goza de grandes puestas en escena..."

Sin prestar en ese momento demasiada atención a lo exagerado del encabezado, pensé en él, en las penas que se aferraban a seguirle, a pisarle los talones por más que huyera de ellas. También yo estaba cansada de llorar, harta de sentir pena por mí y por lo que había hecho. Lejos de guardar las memorias de esas noches como suficiente motivación para sonreír y ser feliz el resto de mi vida, me había quedado con el más profundo de los vacíos al saber que le había entregado todo y que aun así no lo tenía conmigo. Mi salud se estaba deteriorando y creía saber la razón, las fuerzas para ayudar en la pastelería ya se me habían acabado, los ánimos para caminar y no ser sólo un bulto adormilado y quejumbroso me habían abandonado...

-No, no hagas eso.

-Tú no sabes madre...

-Sé más de lo que quisiera, por eso sé que es tarde para terminar con cualquier recuerdo. Es tarde para insistir en que no debías ser su amiga y no debías verlo.

-Mamá...

Le dije con los ojos nublados por el llanto..

-Y es tarde para que trates de borrar cualquier cosa que te lo recuerde a él; lo sabes.

Mi madre me miró fijo, sus ojos también se llenaron de lágrimas, tomó los preciados objetos de mis brazos todavía empapados de combustible y los llevó fuera de mi vista. Después regresó y me acurrucó en sus brazos hablándome como nunca antes...

-¿Cómo puedes saber tanto de mí?

-A una madre no le puedes ocultar algo así hija.

-Me equivoqué mamá. No debí...

-No debiste, pero si fue por amor no te equivocaste. Siempre supe que serías diferente a tus hermanas, que seguirías la voz de tu necio corazón antes que la de la razón.

-Ahora mi vida esta deshecha mamá...

-Jamás digas eso, ahora tu vida apenas comienza, ahora es cuando más sentido encontrarás en cada día que vivas, en cada noche de desvelo. Ahora será cuando conozcas el más grande amor, el que no acaba con las despedidas, ni porque el tiempo pase. Tendrás que ser fuerte pues las habladurías llegarán... pero me tendrás a mí que estaré a tu lado.

Y así fue, mi madre se mantuvo a mi lado a pesar de la tempestad que en esa pequeña casa de Essex Nueva Jersey se desató cuando mi padre se enteró que estaba embarazada. Me había mudado con ellos, no había manera de continuar sola con un bebé en Rocktown.

Sólo regresé allá para recoger el resto de mis cosas pues el trabajo ya lo había perdido desde hacía mucho tiempo. Me despedí de ese pequeño y modesto hogar, sería bueno después de todo, nada de los recuerdos que guardaban esas paredes traía calma a mi vida. Al salir de esa casa me encontré con un par de polvosas cartas atrapadas en el buzón, eran de él, de Terry. Era su letra, una hermosa y fina caligrafía que me pedía a gritos ser leída, pero por mi propio bien seguí de largo dejando atrás esas cartas y esa casa, ese pasado del que me estaba despidiendo para siempre.

No me había cansado de luchar, podría seguir luchando toda la vida, ese era el problema, había soportado muchas cosas y podría soportar mil más... por él, había sido fuerte y hasta había hecho el papel de faquir caminando sobre brasas ardientes, exponiendo mi cordura, poniendo a prueba mi resistencia y mi propia vida por obtener su amor.

Pero hay un límite para todo y no podía darme el lujo de ir toda una vida tras alguien que no sentía lo mismo. No podía arrastrar a la nueva vida que crecía en mi vientre a seguir a alguien más y condenar a mi pequeño a una vida de tristeza.

Porque por lo que me dijo mi madre, apenas conocería al verdadero amor y de ser así cualquier otro podría quedar atrás...

Y así sería...

CONTINUARÁ...

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Muchas gracias:

Moon, Stormaw, Darling eveling, RORE y XanxisK. Y gracias CONNY DE G. por agregarme a tus favoritos. Saludos a todas!