CAPITULO IX

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No me había cansado de luchar, tal vez podría seguir luchando, y ese era el problema, había soportado muchas cosas y mi corazón podría soportar mil más... por él, había sido fuerte y hasta había hecho el papel de faquir caminando sobre brasas ardientes, exponiendo mi cordura, poniendo a prueba mi resistencia y mi propia vida por obtener su amor.

Pero hay un límite para todo y aunque no deseaba alejarme, tampoco podía darme el lujo de ir siempre tras alguien que no sentía lo mismo, por la simple y sencilla razón de que no podía arrastrar al pequeño que crecía en mi vientre a seguir a alguien más y condenarlo a una vida llena de tristeza.

Porque por lo que me dijo mi madre, apenas conocería al verdadero amor y de ser así cualquier otro podría quedar atrás...

Y así sería...


Continué, así como continúa la vida en un país después de una guerra, así como una ciudad se reconstruye a pesar de la devastación, la destrucción y la muerte; porque definitivo era que algo había muerto en mí después de toda una vida de amarlo tanto y haber tomado la firme decisión de alejarme. todavía dolía como un fuerte golpe en mis entrañas el haber ignorado sus cartas en el buzón de Rocktown. Pero fue con esa fuerza de la única forma en que logré reconstruir todos mis edificios, las pequeñas casitas en mi alma y una fuerte muralla alrededor de mi corazón para que nadie viniera a quebrantarlo de nuevo. Así como nacen los niños después de que la guerra ha destruido todo alrededor, así nacieron en mí pensamientos y sueños nuevos, llenándolo todo, dándole sentido a todo.

La gente comenzaba a mirarme con morbo, curiosos y atentos al observarme con un vientre que comenzaba a sobresalir en una forma redondeada, y sin la mano de un hombre sujetando la mía, sin el respaldo de un caballero que evidentemente fuese el padre de mi hijo, sin el conocimiento de que estuviese yo casada. Alguna vez, una clienta entrometida le preguntó a mi madre por mi marido y ella contestó que aquel estaba en la guerra, que era un soldado que continuaba en el frente. Cuando la escuché decirlo, quise imaginar por un instante que esa versión era cierta, que podría ser un cuento que yo misma me creyera para así regalarme un poco de consuelo. Pensar que el padre de mi hijo estaba en batalla no era tan ilógico después de todo, Terry se encontraba constantemente en guerra en sus pensamientos, en sus recuerdos, en sus amores no resueltos y en sus perdones no otorgados a tiempo.

Mi padre se levantaba muy temprano en las madrugadas para irse a trabajar a la gran mansión; para cuando yo me despertaba el apresuraba su salida y me dirigía la palabra sólo para lo estrictamente necesario. Mi madre me pedía paciencia, darle tiempo para que entendiera que las cosas eran mejor así y que en algún momento él se daría cuenta de lo injusto que estaba siendo conmigo y recapacitaría. Mis hermanas y sus hijos vivían con nosotros, una de ellas era mucama en una casa grande y otra se encargaba de cuidar de los pequeños y de la casa mientras mamá y yo nos hacíamos cargo de todo el trabajo en la pastelería.

Atender las mesas de los clientes en la cafetería y de vez en cuando supervisar a las empleadas reposteras fue un trabajo sencillo al principio, pero a medida que los días pasaban se volvía más pesado entrar en el área de hornos y lidiar con mis hormonas y las necedades o el mal carácter de algunas empleadas.

A pesar de todo eso, una mañana desperté con la sensación más inmensa de alegría en mi interior. Un latido diferente, hermoso aunque apenas perceptible, me hizo llevarme las manos al vientre y llorar de emoción. Le hablé por primera vez y sonreí feliz al sentir cómo respondía al sonido de mi voz. Era mi hijo, era un pedacito de él, de Terruce, creciendo en mi cuerpo. Mi pequeño niño vivía en mi interior y yo podía sentirlo ahora. Ese diminuto ser era capaz de llenar mi vida de energía, de una alegría que no podía explicar de dónde surgía, pero ahí estaba. Tan real como la imposibilidad de la unión entre sus padres, tan cierto como el amor inmenso que había sentido y que sentía todavía por él, tan exacto como la ilusión que este hijo mío hacía renacer en mí llenando con amor puro el vacío que la dolorosa ausencia de su padre había dejado en mi vida.

Y esa misma mañana me fui a trabajar con un ánimo diferente, saludé a las personas que encontraba en el camino a la pastelería, no me costaba sonreír y hasta llenaba mis pulmones con el aire fresco de la mañana. No presté demasiada importancia a las miradas indiscretas o a los cotilleos que descaradamente hacían algunos sobre mí; incluso me encontré tarareando una cancioncilla de mi infancia que mi abuela nos cantó alguna vez... pensé que cuando tuviera a mi niño en los brazos podría cantársela yo también.

Mi madre me miraba y sonreía también mientras caminaba a mi lado. No hubo tiempo de preguntar nada, pues al llegar al local ya había una fila de personas esperando por un desayuno y pronto debíamos trabajar. Atendí las mesas con una serenidad que hacía mucho no se asomaba en mi pecho, con una sonrisa que hacía las pases con mis labios y volvía a visitarlos. Me sentía ligera y porqué no decirlo... estaba feliz.

Fue hasta que una mano cálida rozó la mía al servir el café y la rebanada de pastel que el cliente había ordenado cuando mi mente se trastornó de nuevo. Quise soltar mi mano de la suya pero había suficientes personas en el lugar como para hacer una escena dramática o incómoda para la clientela. No dejaba de mirarme con sus ojos bellos y tristes. Me sujetaba con firmeza, pero sin imprimir la fuerza suficiente como para lastimarme. Me observó con un semblante serio, con sus labios entreabiertos por la sorpresa de encontrarme así. Bajó su mirada hasta posarse un par de segundos en mi vientre que detrás del blanco delantal delataba su forma ligeramente abultada... y sus ojos se nublaron de lágrimas.

No decía nada pero tampoco soltaba mi mano. Bajó otra vez la mirada y tragó saliva. Su rostro estaba ruborizado y después de respirar profundamente volvió a mirarme y me pidió que me sentara a su lado.

Busqué a mi madre, como pidiéndole ayuda, ella estaba tan desconcertada como yo. Me miraba incrédula, con esa expresión de querer acercarse pero no saber cómo hacerlo cuando una fila de impaciente clientela la presionaba con sus pedidos. Miré con disimulo a los demás comensales y nadie nos observaba, nadie estaba al pendiente de mi vida más que mi madre, el hombre a mi lado que seguía con mi mano en la suya y yo misma.

Me propuso hablar en otro sitio, me dijo que quería decirme tantas cosas sin que nadie nos escuchara, pero yo no tenía nada que hablar con él y le pedí con discreción que me soltara, que me dejara tranquila.

-Por favor, necesito hablar contigo...

-Y yo no tengo nada que decirte, ahora menos que nunca.

Me fui detrás del mostrador y me escondí un buen rato detrás de la pequeña puerta de servicio. Insistió en esperarme pero mi madre le dijo que no era un buen momento.

-¿Se ha marchado, madre?

-No hija, sigue en la acera del frente... tal vez deberías...

-No, madre, avísame cuando se vaya.

Y esperé un buen rato más ahí metida. Me sentía ridícula, mis piernas y espalda empezaban a cansarse de estar sentada, esperando. Hasta que escuché a mi mamá decir que ya se había ido. Esa misma tarde, regresó a buscarme a casa de mis padres. Lo miré a través de la ventana, llevaba un traje oscuro y un sombrero. Mi hermana y mi madre me observaban y me preguntaron que haría.

-No pienso salir...

-Hija, escucha lo que tiene que decirte...

-No madre, éste no es asunto suyo. Puedo imaginar qué es lo que pretende y no puedo aceptarlo.

Pero el necio personaje se atrevió a llegar hasta mi puerta y llamar.

Y sin rechazar más su presencia, le di la oportunidad de hablar, nada tenía que decirme ni qué cuestionarme. Nada debía reprochar ni reclamar pues no tenía ningún derecho para hacerlo.

Le ofrecieron un té a la usanza inglesa, pero él aceptó un café a la usanza americana y posterior a eso nos dejaron a solas en la estancia. La charla fue trivial, hablamos de cien cosas sin importancia, del clima, de la belleza del parque a la vuelta de la casa de mis padres, de mi casa en Rocktown, de lo mucho que me habían extrañado los niños y mis amigas las maestras.

Se hacía tarde y lo noté ansioso, miraba todo el tiempo hacia otro lado y cuando me tocaba responder a algo solo me observaba de reojo. En medio de la plática sin sentido se detuvo, se acercó a mí y tomó mis manos. Sus ojos me miraban al fin con atención, con esa tristeza que no terminaba de escapar de ellos.

-Vuelve conmigo...

-Eso es imposible Jeffrey.

-No, no es imposible. El te ha dejado sola, ¡que poco hombre ha sido al abandonarte con un hijo suyo!. Conmigo no te faltará nada... no les faltará nada.

Corrigió la frase final con cierto dolor. Quise responderle que Terruce no me había abandonado, que no era ese poco hombre como se atrevía a llamarlo, que había sido decisión mía alejarme sin decirle nada, sin enterarle del hijo que esperaba. Pero preferí callar, porque conociendo a Jeffrey iría a enfrentarlo y así lo pondría al tanto de todo.

-En todo caso lo que suceda a partir de ahora con nosotros no es problema ya de su padre, mucho menos lo es tuyo Jeffrey.

-Comenzando porque para mí nunca serían un problema. Por favor piensa en lo que te ofrezco, seré un papá para ese hijo tuyo. No sé si pueda llegar a amarlo como si fuese en verdad mío, puesto que no soy un santo; pero sí puedo hacerte la promesa de respetar a tu hijo, cuidarlo y darle buen ejemplo, encargarme de su sustento, sus ropas, sus alimentos y juguetes. Llevará mi apellido, lo pondré en la mejor escuela... nunca le faltará nada.

Me dijo que me amaba, que siempre lo había hecho y que no era tarde para hacer una vida juntos. Le dije con pesar que yo no podía corresponder a sus sentimientos, que el hijo que esperaba sería mío solamente, no podía adjudicarle a mi bebé un padre que no era el suyo; no cuando mis memorias estaban repletas de recuerdos sobre Terry y su madrastra. Definitivamente seguiría sola, trabajaría para el bien de mi hijo y no permitiría a nadie ocupar en su vida un lugar que no le correspondiera.

Las habladurías continuaron, pero a la par, la versión de que mi marido era un hombre que estaba combatiendo al frente apaciguaba cualquier intento de hablar mal sobre mí o mi familia. Una de mis hermanas me propuso adoptar a mi hijo, mi padre no encontraba tan descabellada la idea y se atrevió a proponer que me fuera lejos y cuando diera a luz mi hijo podría pasar a ser mi sobrino sin ningún problema. La presión en la familia comenzaba a aturdirme con tanta insistencia, si bien mi madre era la única con la sensatez en la cabeza y en el corazón como para descartar todos aquellos planes y soluciones no pedidas, también fue acallada por mi padre y por los absurdos convencionalismos de mi propia familia cuando nos defendía a mí y a mi pequeño. Cansada de pelear todos los días, terminó por seguir la corriente de aquellos juicios y opiniones de los demás y dejó de insistir en que yo podría hacerme cargo de mi propia vida, de mi propio bebé.

Una noche me encontré preparándome para partir. Puse muy cerca de la puerta de mi habitación mi equipaje, ya tenía listo todo, tomé mis ahorros del trabajo en la pastelería en una cartera que podía esconder muy cerca de mi pecho. Contaba con una cuenta bancaria en donde guardaba el dinero recibido por la venta de la pequeña casa de Rocktown. Estaba decidida a marcharme a primera hora. No permitiría más comentarios sobre mi estado, mi vida no estaba a discusión sin importar las razones que tuviese cada quien para sentirse un juez al decidir sobre nosotros. Una cosa era ofrecerme apoyo y otra muy distinta hacerme sentir como la tonta que había echado a perder su futuro, la ilusa que entregó todo de sí a un ricachón que jamás le daría valor de mujer, que siempre la había visto como una simple mucama. Un valor que según mi propia familia ya había perdido por el simple hecho de insistir en ser una madre soltera.

Dormí unas cuantas horas despertando a ratos para no dormir de más y arriesgarme a perder el viaje. Caminé tratando de no hacer un solo ruido, recordé la escapada de la casa de Terry en Nueva York y una opresión en mi pecho me hizo detenerme un instante. Ahora me iba de la casa de mis padres, sin decir a donde, ni hasta cuando volvería. Aquella noche en Nueva York eran las heridas de mi cuerpo las que dolían, esta fresca madrugada era mi alma la que sentía partirse. Dejé una nota para mi madre explicándole lo que ella ya sabía. No podía quedarme mas tiempo, no quería seguir siendo el tema central en las conversaciones del almuerzo, no deseaba ser mas señalada ni juzgada. Suficiente pena cargaba a cuestas como para permitir que decidieran por mi pequeño hijo y por mí.

Llegué a la estación de tren, no había llegado sola, Jeffrey Smith podía ser la necedad encarnada. Al salir de casa ya esperaba por mí a pesar de haber quedado de encontrarnos en la estación. Vestía elegante, usaba una colonia que en otra circunstancia me habría parecido deliciosa; en cambio con el embarazo sólo me resultaba apenas tolerable.

No dijo nada en el camino, sentado a mi lado, sus dedos buscaban hacer contacto con los míos como en un último intento por tomar mi mano y tratar de convencerme, de quedarme o de dejarlo viajar conmigo y aceptarlo en mi vida.

-No puedo Jeffrey...

Sus dedos acariciaban despacio y suavemente mi mejilla. Sus ojos parecían implorar en el último minuto por un cambio de opinión que no llegaría.

-Te lo ruego, déjame estar cerca.

Los trabajadores en la estación avisaban que el tren pronto partiría.

-Por favor ya no insistas... debo irme. Tu sabías de mi decisión. Acepté tu ayuda y la agradezco infinitamente... pero no puedo aceptar más de eso. Lo siento.

Y dándome la vuelta subí al vagón de pasajeros, el boletero recibió mi pase y me ayudó con mi equipaje.

Aquel hombre permaneció inmóvil mientras el tren avanzaba despacio. Sentí a través de la ventanilla su mirada pensativa, triste. De reojo podía observar que seguía ahí, de pie. Dudé, de que lo que estaba haciendo fuese lo correcto. Tuve miedo de equivocarme, de irme tan lejos y sentirme más sola que nunca en mi vida. Llevaba sólo mi equipaje, mis ahorros y en mis manos esa carta de recomendación que Jeffrey había elaborado para ocupar una plaza vacante como profesora en Oklahoma. Llevaba en mi vientre a mi hijo y un poco de miedo de enfrentarme sola a lo que siguiera, miedo también de no llegar a ser una excelente mamá para que mi pequeño no sufriera por la falta de un papá. Finalmente Jeffrey era una constante en mi vida, alguien que sin ninguna obligación me ofrecía su apoyo y velaba por mí, sin juzgarme, sin proponerme deshacerme de mi hijo me ofrecía una vida a su lado. Y por primera vez mi corazón dolió fuerte por el daño causado a él, que sin pedir nada a cambio lo daba todo.

-Déjame ir contigo... no necesitas quererme. No voy a exigirte nada, ni siquiera que cumplas como una esposa en nuestro lecho...

Se repetía en mi cabeza una y otra vez su voz, lo que habría dado porque Terruce me hubiese amado la mitad de lo que éste hombre me amaba...

-Por lo menos, permíteme acompañarte hasta Oklahoma, quiero asegurarme que todo esté listo a tu llegada.

Y cualquier insistencia suya hallaba como respuesta una negativa mía.

El tren avanzó y dejé de mirar por la ventana hasta que su figura en el andén era tan sólo un punto lejano. Ese punto me amaba como un loco y yo había sido lo suficientemente fuerte como para no arrastrarlo a una vida miserable sin amor, lo suficientemente egoísta para no darle una oportunidad otra vez y quizás... lo suficientemente tonta para no aceptarlo. Jeffrey Smith se merecía alguien que lo amara profundamente; y ese alguien no podría ser yo.

Pasaron los meses, mi vientre estaba enorme y ese pueblo donde me encontraba era el lugar idóneo para vivir tranquila, al menos hasta donde yo suponía. Las personas eran prejuiciosas como en todas partes, pero la maestra amable que había venido desde la guerra en Londres y quien había perdido a toda su familia en los bombardeos y a su propio marido en batalla, era bien recibida entre los lugareños. Pronto pude ganarme el afecto de las familias, nunca me faltó nada pues todos estaban al pendiente de mí y mi avanzado embarazo.

A pesar de lo hermoso del poblado, había algo en lo que no pensé antes de decidirme a vivir en ese lugar. La premura, la urgente necesidad de irme sin dar explicaciones, lo impulsivo de mi carácter me orilló a marcharme sin detenerme a analizar detenidamente cada detalle y fue hasta que ya estaba establecida en una antigua pero bella casa, que me percaté de la pesada realidad de las cosas. Con ingenuidad creí que si esa casa era vieja, debía ser segura y si no había ocurrido nada que la destruyera antes, no tenía porqué suceder ahora.

Una tarde de finales de verano, me encontraba descansando en la terraza, disfrutaba el fresco del aire que mecía los verdes sembradíos y que parecía aplastarlos graciosamente en oleadas sincronizadas como cuando acariciaba el pelaje de nuestro gato en Londres. El cielo estaba deliciosamente nublado y el olor a tierra mojada se hacía cada vez más palpable. Los niños de la casa vecina gritaban emocionados y señalaban hacia el cielo. Yo seguía tejiendo un par de zapatitos para mi bebé y sólo pensé en entrar a casa hasta que una copiosa lluvia comenzó y a cada minuto parecía volverse más y más intensa. La brisa fresca golpeaba con fuerza mi rostro y apenas tuve tiempo de guardar mis tejidos y estambres. Todavía sin percatarme del peligro en que me encontraba, vi a la familia entera a la distancia hacer aspavientos y lo que al principio eran para mi gritos de emoción y risas, se había convertido en gritos de verdadero terror. Trataban de decirme algo, pero el fuerte viento y la lluvia no me permitían escucharlos, cada vez era mas densa la cortina gris de agua que separaba nuestras casas. Una desagradable sensación de amenaza me invadió de pronto y presté más atención entonces. El viento era demasiado fuerte y la lluvia se dejaba caer en forma de granizo. La familia entera había corrido al patio trasero de la casa.

El padre de los niños corrió hacia mí y fue hasta que vi como la fuerza del viento arrancaba de su cabeza el sombrero y le impidió seguir avanzando cuando entendí la magnitud de las cosas. Y después, todo ocurrió en un instante.

Cuando me puse de pie de la mecedora ya era muy tarde, trozos de maderas volaban frente a mis ojos, los cultivos del campo eran arrancados con la facilidad con que se destruye un diente de león al soplar sobre él. Corrí hacia la escalera que conducía al refugio antitornados, el estruendo de los cristales y las ventanas rompiéndose, la oscuridad rodeándolo todo, me hicieron creer que el fin había llegado para mí. Pero más me dolía imaginar un final para mi bebé.

Entre el llanto, nervios, plegarias incompletas y manos y pies temblorosos llegué hasta la pesada cubierta. No supe como logré entrar al refugio; desde la oscuridad del lugar escuchaba el fuerte rugido y el poder de la destrucción que sobre mi cabeza se estaba produciendo. Tenía mucho miedo, en una esquina de ese agujero me senté sobre el suelo y protegí mi vientre con mis manos. Cerré mis ojos y el fuerte golpeteo de la puerta a punto de ceder me hizo comenzar a despedirme mentalmente de mis padres, de toda mi familia, de Terry...

Le pedí perdón a mi hijo, por exponerlo a todo aquello, por haber sido tan necia, por fallarle y no haberlo dejado conocer el mundo. Un mundo del que iba a enseñarle lo más bonito, del que con mi amor lo iba a cubrir de todas las carencias.

La puerta comenzó a abrirse y la luz gris de la tormenta entraba junto con la fuerte corriente de aire y agua. Pensé en subir unos escalones para intentar cerrarla, pero algo me decía que por ningún motivo debía moverme. Me quedé quieta, esperando por lo que fuera y rogando de nuevo esas oraciones incompletas, mezcladas, cerré mis ojos y escuchaba el rugir del viento, escuchaba relámpagos y la puerta metálica azotarse con fuerza hasta que fue desprendida por completo. Era el fin. La furia de la naturaleza afuera estaba arrasando con todo.

Cuando abrí los ojos estaba en un hospital. Escuchaba llanto y oraciones. Había personas acompañando a los heridos, había familias enteras en camillas y un ir y venir constante de enfermeras y médicos atendiendo a todos los heridos.

De pronto la sangre se congeló de golpe en mi cuerpo. Uno de mis brazos permanecía conectado a un botellón con suero mientras el otro reposaba completamente vendado e hinchado sobre mi vientre... sobre un vientre que había perdido lo abultado, un vientre que no había cumplido todavía con el tiempo necesario para traer a mi bebé al mundo.

Sentí que las fuerzas me abandonaban, sentí que el aire me faltaba y sin poder controlarme, las lágrimas comenzaron a fluir por mi hijo, ¿donde estaba mi bebé? ¡era tan extraño ya no sentirlo! necesitaba que alguien me dijera que había sucedido con él y con una voz apenas audible y quebrada por el llanto llamé a varias enfermeras que pasaban presurosas de un lado a otro.

Ninguna de ellas respondía a mi llamado.

El miedo infame de creer perdido lo más valioso que poseía me hizo entrar en una crisis de histeria. Nadie me hacía caso hasta que mis gritos de dolor se escucharon por todo el pabellón de pacientes. Entre varias enfermeras me detuvieron, una de ellas fue quien me dijo que mi hijo estaba vivo y lo mantenían estable, mientras otra con su voz dulce, tranquila y esas manos de ángel acariciando mi cabeza y conteniendo mi desesperación en un abrazo fue la que volvió el aire a mis pulmones y el deseo de continuar viviendo al decirme que me llevaría a mi bebé en cuanto estuviera mejor, ya que también estaba en observación al ser prematuro.

Un par de días más tarde, la misma enfermera que me prometiera llevarme a mi bebé, fue por mi empujando una silla de ruedas consigo.

-La llevaré a conocer a su bebé, por el momento es imposible que él sea traído hasta acá señora... ¿Graham?

-Sí... Graham.

Contesté a la amable enfermera que me miraba extrañada al tiempo que revisaba unas notas en el expediente. Me había atrevido a tomar el nombre de él, pues usar el mío sólo permitiría a mi familia poder encontrarme y por ahora no deseaba que eso fuese una posibilidad. Además quería de alguna forma seguir sintiendo que le pertenecería por siempre, deseaba que nuestro hijo llevara si no el Granchester, si una parte del nombre de su padre.

Ella me llevaba en la silla, recorrimos los largos pasillos iluminados por enormes ventanales, al principio en silencio, después comenzó a platicar conmigo. Era extraño, esa enfermera era hermosa, joven, delicada en su trato pero a la vez enérgica cuando debía tratar con pacientes necios. Me parecía que vivía en el hospital, todo el tiempo la observaba trabajar, como si no hubiera descanso para ella, como si no le interesara tener una vida aparte de cuidar un montón de desconocidos.

Alguna vez me recordó a cierta persona cuyo nombre me revolvía las entrañas de celos, tan sólo de recordarla, de saberla la mujer más importante para Terruce. Pero dentro de mis absurdos devaneos, estaba convencida de que eso era imposible, Candice Andrew era una señorita de la alta sociedad. Esta amable y sencilla enfermera era una persona completamente distinta; por mucho que el corazón se oprimiera en mi pecho al mirarla de cerca e imaginar a aquella otra tan parecida a su persona.

Despacio me acercó hasta el cunero donde se encontraba mi pequeñito. Con cuidado levantó la cubierta y lo cargó delicadamente para ponerlo entre mis brazos. Me indicó la manera de sujetarlo y después me dejó un momento a solas con él.

Mi corazón latía deprisa, ahí estaba; mi mejor motivo, mi mayor tesoro, el milagro de una personita que era mitad mía y mitad de él... aunque él nunca lo supiera. Pensé en tantos momentos que compartiríamos juntos, rogué a Dios para que me permitiera llevarlo conmigo a casa, para que me diera oportunidad de verlo convertido en un hombre fuerte, un hombre que sabría librar las peores tempestades pues siendo tan pequeño ya había sobrevivido a una. Tomé sus deditos con los míos y no pude contener la felicidad brotando de mis ojos al tener tan precioso regalo en mis brazos. Me volví egoísta, pensé en Terry y en negarle por siempre el derecho de conocer la existencia de este hermoso ser. Porque recordé mis días a su lado, el lugar que siempre había ocupado en su vida, recordé que a pesar de amarlo con todo mi ser, no representaba mucho para él y supe entonces que este hombrecito sería sólo mío. El hijo de una mucama o una sencilla maestra, cualquiera de las dos lo daría todo por él.

Regresé de mi mundo aparte al escuchar la dulce voz de aquella amable enfermera que ya estaba de vuelta para devolver a mi niño a su cunero especial...

-Es hermoso su bebé señora. Lamento mucho que su esposo no esté presente para conocer a su pequeño.

-También lo lamento...

Respondí apenas audiblemente, perdida en esa mezcla de mis recuerdos, el precioso presente y mis sueños a futuro.

-Vamos, ¡sea fuerte! Este bebé necesita una madre feliz.

Continuó diciendo la bella señorita.

-Usted es realmente afortunada, después de todo lo que sucedió... es un milagro que ambos estén con vida. Seguro que un gran ángel desde el cielo los cuida ¿eh?

Quise pensar que se refería a la información que muy posiblemente estaba registrada en mi expediente: Viuda, londinense, sin algún familiar directo al que reportarle mi estado y el de mi hijo.

-Gracias señorita, nunca olvidaré sus palabras... usted, ¿cree en los ángeles?

-Creo en ellos desde que era una niña, pero me convencí de tener uno muy cerca de mí al perder a alguien a quien amaba profundamente. Desde entonces nunca me siento sola ¿sabe?

-Siento haberle hecho recordar, disculpe.

-No hay nada que disculpar señora Graham, por el contrario, me gusta recordarlo. Cuando uno pierde a los que ama... por el motivo que sea, es bueno aferrarse a los buenos momentos; creo que de esa forma se queda una parte de ellos para siempre con nosotros, ¿no le parece?

Y estaba en total acuerdo con ella, eso era lo que hacía yo para soportar cierta ausencia que dolía inmensamente. Me aferraba a los buenos tiempos, a los mejores momentos que había compartido a su lado.

Tenía que tener fe en que pronto los días pasarían y llegaría la hora de ir a lo que quedaba de mi hogar con mi hijo. No sabía si todavía tenía una casa, si acaso mis vecinos habían entrado a tiempo a su propio refugio, no sabía si el padre de esa familia por mi culpa había perdido tiempo valioso para llegar con los suyos. Pero trataba de no pensar en nada de eso, con mi hijo en cuidados neonatales, mi brazo y costillas fracturados y múltiples raspones y golpes en mi cuerpo, lo primero que tenía que hacer era velar por nosotros dos. Tenía que sopesar la posibilidad de volver a Essex con mi familia por mucho que la idea me pareciera la peor opción. Pero ahora no me importaría en lo más mínimo. Tenía a mi hijo y era lo único que necesitaba para sentirme la mujer más dichosa del mundo. Era cierto entonces, cualquier otro amor podría quedar atrás mientras tuviera en brazos a mi bebé.

Así estuve por varios días en ese hospital. Las enfermeras que cubrían los diferentes turnos eran las encargadas de llevarme con mi pequeño, un buen día pude ponerme de pie por mí misma y caminar hasta el pabellón infantil. Pude sostener en mis brazos más tiempo a mi bebé y lo miré abrir sus ojos. Eran hermosos, azules, del mismo color que los de él. Su cabellito apenas empezaba a crecer, su piel blanca, sonrosada... sus manitas aferraban mi dedo con fuerza y mis lágrimas me demostraban que ese niño sería precisamente eso, mi mayor fuerza para enfrentarlo todo.

-Pronto le darán de alta, su bebé deberá permanecer algunos días más bajo nuestro cuidado; pero no dude que personalmente me encargaré de que ese pequeñito se recupere pronto para que pueda ir con usted a casa.

Conmigo en casa... suspiré pensando en las palabras de la enfermera. Ese mismo día me dieron el alta y regresé a mi hogar... o a lo que de él quedaba. La estructura, algunos muebles y parte de la cocina, los baños y escaleras habían resultado intactos; pero no estaba apta para ser habitada. No había recámaras, ni nada más. No podía llevar a mi pequeño hijo a ese lugar y otra vez la desagradable sensación en mi estómago me golpeó al ser consciente que lo más probable sería volver a Nueva Jersey. La cunita que había comprado para recibir a mi hijo estaba hecha pedazos, todas sus cosas estaban revueltas entre trozos de madera, lodo y vidrios de las ventanas, las mayoría de las paredes del piso superior ya no existían y la vista no era diferente en el resto del condado. El tornado había devastado todo el lugar y se habían perdido muchos de los habitantes. La vida para mí era una constante prueba, enterarme de que algunas de las caritas que conocí en la escuela no volvería a verlas fue demasiado. Quería ser fuerte, sentirme afortunada por tener a mi pequeño en brazos pero una vez más mi corazón se rompió al saber que casi la cuarta parte de la población había perecido en ese desastre natural.

La familia vecina había sobrevivido y con eso se esfumó la angustia que no me dejaba dormir algunas noches.

Era inútil tratar de recoger y poner en orden todo aquello. No había ni por donde empezar. ¿Quién me había dicho que ser una mujer soltera con grandes responsabilidades y la tragedia persiguiéndola de cerca sería fácil? A lo lejos miraba a mis vecinos, ella se apoyaba en el hombro de su marido mientras él la reconfortaba en sus brazos y consolaba su llanto. Los niños caminaban entre los escombros y restos de su casa recogiendo algunos objetos que en su momento no tuvieron tiempo de poner a salvo. Sus pérdidas habían sido cuantiosas; su casa, sus cultivos, su ganado...

Y un nudo en mi garganta se formó al sentirme más sola que nunca. ¿En el hombro de quien lloraría yo? ¿con quien me apoyaría para ser fuerte?

Los pasos de una persona subiendo las escaleras no podían ser silenciosos debido a la cantidad de despojos en el suelo. Tuve miedo, ¿quien se atrevía a entrar a mi casa? sería el colmo que además de haber perdido mi hogar alguien intentara llevarse lo que encontrara todavía en buen estado. Me escondí detrás de un armario maltrecho que había quedado tirado a media habitación. Los pasos seguían avanzando y mi corazón latía lleno de miedo.

Le escuché decir mi nombre y nunca... nunca me habría dado más gusto volver a verlo.

Salí de detrás del mueble y ahí estaba Jeffrey. Con sus ojos llenos de emoción por encontrarme con vida.

-Hubiese deseado llamar a la puerta... pero a falta de ésta me atreví a entrar sin permiso, disculpa.

Y su voz me pareció mas cálida que antes, más grave, más especial que cualquier otra vez que la hubiera escuchado. Sus brazos se me antojaban como el lugar más seguro en que podía refugiarme en ese momento. Ese día comprobé que la soledad hace estragos en una persona; comienza haciéndonos creer que somos invencibles, que la libertad es un privilegio sólo de valientes y auténticos, pero termina volviéndose amarga y gris cuando quieres que alguien te escuche y sólo está presente la sordomuda libertad alrededor tuyo, se torna pesada cuando quieres un abrazo y sólo encuentras frío porque no hay nadie cerca, porque así lo decidiste.

Jeffrey se aproximó despacio y cuando estaba lo suficiente cerca me derrumbé en su abrazo. Lloré hasta cansarme, hasta desahogar todo el sentimiento que vivía reprimido en mi pecho. Escuché su voz muy cerca de mi oído mientras me abrazaba y me decía que todo estaría bien. Que no debía preocuparme por nada...

-Vine por ti, por tu hijo. No pienso irme sin ustedes. Estarán conmigo el tiempo que consideres necesario, hasta que tu casa sea reconstruida, -dijo mirando alrededor de lo que quedaba, con la seguridad en sus palabras de que eso ya no sería posible, pero sin decirlo directamente- hasta que tú lo decidas.

-No puedo Jeffrey, no es correcto...

-Es menos correcto que permanezcan solos. No espero tener la suerte de que elijas quedarte conmigo... Pero si llegara a pasar, ese día seré el hombre más afortunado de todo el mundo. Mientras tanto, vendrás conmigo...

Acarició mis rostro limpiando con sus manos mis lágrimas y me aferró nuevamente a su pecho. No tuve el valor de negarme, había ido hasta ahí porque le importaba en serio. Porque todo el tiempo me había amado lo suficiente para estar al pendiente. Porque seguramente había luchado contra su orgullo herido, contra la idea de que nuevamente le rechazara como había hecho desde tiempo atrás, como había hecho siempre. Si bien ya había transcurrido un par de semanas desde el tornado, Jeffrey era el único que estaba ahí, en ese momento, para mí. El padre de mi hijo ni enterado estaría de mi tragedia, muy seguramente seguiría pensando en Candice Andrew. Haciéndole el amor a ella o a cualquier otra tonta que se cruzara en su camino sin importarle ser la sombra de otra mujer. Jeffrey había ido a buscarme entre toda la destrucción de Cleveland Oklahoma.

Besó mi frente, mis mejillas y mis labios. Me abracé de su cintura, de nuevo buscando en él esa protección que tanto anhelaba. Llenándome del calor de su cuerpo.

Decidí de pronto que no deseaba más libertad en mi vida. Quería compartir mis noches con alguien, quería sentir unos brazos abrazándome, haciéndome sentir importante, necesaria, querida. Deseaba ser prioridad en la vida de alguien y no sólo una vieja amiga, un vago recuerdo, una confusión, el reemplazo idóneo para olvidar un mal amor. Aunque no quería un padrastro para mi hijo, la vida me estaba enseñando que siempre es bueno apoyarse en otra persona, que el estar sola no siempre es lo mejor aunque me encantara ondear mi bandera de mujer fuerte e independiente.

Y me dejé llevar, dejé que me besara como si en cada uno de sus besos pudiera borrar de a poco aquellos que me habían marcado para siempre. Dejé que me abrazara sintiéndome cada vez más ajena al hombre que lo había tomado todo de mí, al único hombre que había tenido en mi vida.

Apretó mi cuerpo al suyo y la herida en mi vientre y el dolor punzante en mis costillas me hizo gemir de dolor. De inmediato interrumpió el abrazo y besó mi frente. Me acompañó de vuelta al Hospital. Ese día no terminaría todavía de sorprenderme.

La amable enfermera me recibió con una sonrisa, sus ojos verdes brillaban emocionados al darme la noticia. Mi bebé sería dado de alta en un par de días más de acuerdo a su notable mejoría.

Jeffrey saludó a la enfermera con un suave apretón de manos. Ella esperaba que lo presentara como mi hermano o familiar. Pero discreta como era, no hizo comentario alguno ni pretendió enterarse de nada más.

Caminamos en silencio por el enorme pasillo junto al jardín del nosocomio, otra enfermera entregó una pequeña nota en manos de la señorita White y ella se disculpó diciendo que alguien la esperaba.

-¡Candy!

Escuché la varonil y dulce voz de aquél elegante caballero llamarla a ella, a la enfermera que todo este tiempo había cuidado de mi bebé.

La sangre se agolpó de pronto en mis piernas, el aire entraba pesado a mis pulmones y un leve mareo llegó a mi cabeza por la impresión. Era el mismo hombre rubio que había aparecido junto a Candice Andrew y Terruce en el periódico. La tomaba de las manos y la llevó hasta el jardín central, donde la abrazó y besó discretamente.

Jeffrey tomó mi brazo y me apoyé en él.

-Es ella...

Dije sin poder apartarla de mi vista, agradeciéndole en la misma forma en que le odiaba simplemente por ser ella. Por existir.

Jeffrey seguía ahí, sosteniéndome. Guardó silencio mientras mi cabeza daba vueltas y cientos de pensamientos latían con fuerza en mi interior. Era ella, la mujer a la que adoraba el hombre de mi vida. Ahí tan cerca y tan real, tan amable y tan odiosamente perfecta. Ella; la millonaria, la hermosa y elegante, pero también la enfermera, bondadosa, bella... y cruel.

Cruel porque sin saberlo quizás, tenía lo que yo mas había amado y estaba aquí, con otro. Me pregunté cómo estaría él, dónde estaría y si era feliz o sufría, mis labios pronunciaron su nombre sin poder evitarlo:

-Terry...

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CONTINUARÁ...

Miles de gracias a quienes leen y les gusta esta historia. Gracias a quienes me han agregado a favoritos y alertas y a quienes me han regalado un comentario. Saludos y besos a todas ustedes!