CAPITULO X

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Y no había podido evitar pronunciar su nombre...

Jeffrey estaba ahí conmigo una vez más. Sentí el apoyo de su brazo debilitarse, guardó silencio, pero no me soltó.

Si en las situaciones que se presentan en nuestras vidas pudiésemos conducirnos con absoluta honestidad, si esa verdad fuese parte inherente a nosotros y no algo que solo unos cuantos logran con esfuerzo, todo sería muy distinto en este mundo.

Me preguntaba hasta que punto estaba siendo sincera, ¿en realidad estaba lista para seguir mi camino al lado de un hombre al que no amaba? o me había dejado llevar por la profunda necesidad de sentirme arropada por alguien... porque la verdad sea dicha, yo no amaba a Jeffrey.

Y él estaba ahí, a pesar de todo, animándome a seguir de pie.

En algo si fui honesta, evité lo más que pude tener contacto con la señorita Candice White, a fuerza de estar los días siguientes en el hospital, aprendí sus turnos, sus guardias y hasta el horario de sus rondines. Una parte de mí moría de curiosidad por conocerla, por descubrir en ella eso que a "él" lo había vuelto ciego de amor. La otra parte de mí, la de la conciencia, sabía que el acercarme a ella sólo me convertiría en un ser morboso, hipócrita, obsesionado con una persona que no había hecho otra cosa que ayudarme, cuidar de lo más preciado que ahora tenía en mi vida, mi hijo.

Al escuchar su voz alegre en los corredores, prefería dar media vuelta y escapar. El solo escucharla me ponía mal. Fue Jeffrey quien recibió las noticias sobre los avances con la evolución de mi hijo. Después, cuando todos se habían ido, regresaba a la habitación del hospital y me encontraba con su mirada serena, compasiva. Sin reprocharme nada me daba santo y seña de todo lo que los médicos habían dicho en compañía de la enfermera White.

Y es que, recordé las miradas recelosas de Susanna Marlowe hacia mi persona y sabía que de no alejarme, terminaría observando de la misma forma a Candice, y yo prefería parecer una cobarde, una mujer temerosa de enfrentar con ecuanimidad y prudencia una situación incómoda, pero no sería como Susanna, nunca lo haría.

Cuando por fin no tuve que regresar al Hospital, respiré aliviada. Mi hijo fue dado de alta y caí en la cuenta que en mis brazos llevaba el mejor motivo y el más grande motor para ser feliz, por primera vez en muchos días volvía a sonreír, llevaba conmigo el más grande y precioso regalo de la vida, la fuerza para afrontar lo que fuera...

Me dediqué a cuidar de mi bebé, aprendí a ser madre en una realidad donde estar sola no era algo sencillo. Jeffrey podía vivir con nosotros, pero me sabía sola. Por más que analicé mis posibilidades no podía simplemente rechazar su ayuda. Él estaba con nosotros en momentos en que sencillamente no contaba con nadie más. Su apoyo y su amistad eran lo único que poseía.

En las afueras de Oklahoma existía una zona alejada de toda la destrucción. Toda esa área había permanecido intacta, muchas personas comenzaban a construir pequeñas viviendas, los materiales para construcción y la madera llegaban en grandes camiones. Las calles se abarrotaban de trabajadores y de bullicio. Jeffrey me propuso vivir con él en un apartamento justo en esa zona dado que mi casa en el centro estaba siendo reconstruida, mucho había tenido que ser demolido, la reconstrucción de mi hogar podría tardar al menos unos seis meses.

Acepté, desde luego que lo hice, era eso o regresar a casa con mis padres y hermanas, acatar sus reglas y su veredicto cual condenado en un juicio. No estaba dispuesta a ceder a mi hijo en adopción o hacerlo pasar como mi sobrino para evitar las habladurías del mundo.

Aproveché entonces la llegada de tantas personas y contrario al deseo de Jeffrey me dispuse a preparar almuerzos y postres para los trabajadores. De algo debía servir mi experiencia en la pastelería y en la cocina de mi madre. No podía ser una mujer que viviera a expensas del sueldo de alguien que no era mi marido. Si bien me hacía cargo de mi hijo y de las necesidades de mi hogar provisional, no estaba nada cómoda sin un empleo.

Las clases se impartían improvisadamente en las casas de las familias que poseían algún salón extra para adaptarlo temporalmente como aula. Pero en vista de que no muchos niños regresaron a clases y mi bebé era todavía muy pequeño, Jeffrey me sugirió esperar.

Y lo haría, la escuela, mi casa, todo estaba siendo reconstruido, incluso mi ánimo, mi esperanza, mis sueños, mi paz mental.

Era inevitable pensar en él, en Terry, cada mañana llegaba su recuerdo a mi mente en cuanto miraba a mi pequeño hijo despertar junto a mí. Lo mejor, era que ya mi corazón no se oprimía de pena. Pude volver a sentirme agradecida con la vida por todo cuanto tenía, por todo lo que no había perdido. Me propuse vivir cada día como la mujer feliz que fui alguna vez, debía transmitirle esa tranquilidad y ese amor pleno a mi hijo.

Tampoco volví a llorar en mucho tiempo.

Jeffrey cumplió su palabra de no presionarme. No buscó nunca un acercamiento distinto al de un amigo. En ocasiones se ausentaba por períodos de varias semanas, su trabajo como inspector así lo requería. Cuando volvía siempre traía un nuevo vestido para mí, una carreola o finos y delicados edredones para mi niño. Me miraba como esperando encontrar un cambio en mi, pero esos besos que nos habíamos dado meses antes no se habían repetido más.

Notaba su impaciencia, de reojo lo miraba mientras él me observaba a la distancia. En ocasiones, los silencios entre nosotros eran incómodos, entonces él salía a fumar un par de cigarrillos al parque y volvía más tarde con compras para nuestra pequeña despensa.

Compartíamos un hogar, pero el dormía en su propia habitación. Varias veces desperté a media madrugada y me sobresaltaba el encontrarlo a él en mi dormitorio, arrullando en sus brazos a mi hijo, tarareando partes de una canción de cuna mientras los hermosos ojos de mi bebé lo miraban atento, la manita de mi pequeño se aferraba a uno de sus dedos y él sonreía lleno de ternura sin perderlo de vista tampoco. Él estaba cumpliendo un rol de padre que por absurdo que fuera me enfurecía se atribuyera, nadie le había pedido que se involucrara demasiado.

-El niño estaba llorando, disculpa que haya entrado. No lo escuchabas y...

-Está bien, no te disculpes.

No alcanzaba a comprender mi cambiante forma de pensar y de proceder. Necesitaba a Jeffrey, pero algo me impedía darle la oportunidad que él se merecía. A veces me enternecían sus cuidados, sus atenciones, otras veces me complacía en dejarle claro con un trato sencillo, que sería solamente el mejor de los amigos que pude haber encontrado.

Pero todos debemos tener aunque sea una pizca de amor propio, algo que nos haga despertar del pesado letargo de un amor no correspondido. Y Jeffrey encontró la oportunidad de despertar del suyo, ya que mi egoísmo lo retenía a mi lado sin ninguna esperanza de corresponderle. Una mañana, después de varios meses viviendo en el mismo apartamento, simplemente ya no estaba. Me pareció raro no escuchar su rutina, sus pasos en el pasillo, el abrir y cerrar de puertas que hacía más que por necesidad, para despertarme y encontrarme en las mañanas antes de irse a trabajar.

Observé a mi pequeño, lo abrigué pues el clima ya había comenzado a cambiar en otoño, continuaba durmiendo y salí de la habitación lentamente para no despertarlo. Me pareció que el lugar se sentía más frío que de costumbre. Busqué a Jeff por todo el lugar, le llamé un par de veces y al no escuchar respuesta me atreví a entrar en su dormitorio.

Todavía percibí en el aire sutiles rastros de su perfume, ya no estaban sus trajes, su equipaje, ni su sombrero. No quedaba nada en la cómoda de su ropa. Ya no estaban sus libros, ni el retrato de nosotros tres que orgulloso había enmarcado y adornaba un escritorio de fina madera que me había pedido escoger meses atrás. Ya nada había, salvo un sobre encima de su cama ya arreglada.

Encontre garabateado con prisa mi nombre en el exterior. Me senté en su cama y acaricié la mullida colcha, ¿por qué no pude quererle? fue la pregunta que me repetía una y otra vez en silencio. Todavía me lo pensé un par de minutos antes de tomar el objeto sobre la cama. Estaba segura que ahí dentro había una despedida y por primera vez mi corazón se comprimió de dolor. No había conseguido amar a ese hombre, ni siquiera por agradecimiento. Mis manos temblaron al tomar el sobre con la evidente despedida del único hombre que me había amado en verdad como mujer.

Mis dedos torpes desdoblaron la hoja que se encontraba dentro y mis ojos leyeron por primera vez con profunda tristeza sus palabras. Aquel que me ayudó, me acompañó, y cuidó de mi hijo y de mí sin ninguna obligación. Sin esperar ningún pago a cambio, se había ido.

Por primera vez lloré por Jeffrey y también por primera vez fue auténtico mi pesar en las palabras de aquella carta que dejó para mí.

-"...Estarás mejor si me retiro ahora. Quedarme más tiempo me hará imposible alejarme después y tarde o temprano eso tendrá que ser. Ustedes no son míos por más que yo lo quiera. Tu hijo tiene un padre y cada que miro sus ojos, su pequeño rostro, encuentro a aquél que tanto daño les ha causado y cierto es, que no puedo competir tampoco por el cariño tuyo. Por mucho que me parezca una injusticia no dejas de quererle y de pensarlo.

Confieso que he encontrado tu libro de notas, me resistí un par de horas a la tentación de leerlo porque es algo tuyo muy privado. Pero pudo más mi debilidad por ti y por conocer tus secretos. Has de perdonarme en vista de que no tengo aliado alguno que me ayude a descifrar lo que en tu corazón se guarda, y por lo tanto me atreví a leer.

No me equivoqué al encontrarme con versos, palabras y pensamientos que guardas celosamente solo para él, siempre son de él, aunque no dices su nombre...

Lo he entregado todo y me he olvidado incluso de mí mismo por ocupar un sitio que no me corresponde, he reducido mi existencia a estar presente para lo que se necesite, para ser un proveedor, un oído que escucha... y no me quejo querida mía. No podría renegar jamás de algo que nunca pediste, de algo que ofrecí aún a sabiendas de que las posibilidades de que ustedes fuesen míos estuvieron negadas desde siempre. Mis labios nunca alcanzarían a tener la libertad, el privilegio y la hermosa suerte de amarte, de besarte, de decirte palabras de amor, mucho menos alcanzo ya a soñar con ser correspondido.

He debido comprender que a veces es afortunado sin buscarlo aquél que lastima, engaña, aquél que seduce sin otro motivo que el de satisfacer su egocentrismo. Aquél que utiliza y enamora a una dama con promesas, sin intención verdadera de cumplir con ellas, mucho menos de corresponder a un amor tan puro, al honor de cuidar de dos seres tan hermosos como lo son tu hijo y tú.

Este lugar que ocupo no es mío y hace unos días lo entendí cuando escribiste además unas líneas para mi persona; para el incondicional amigo, el hermano que perdiste según tus propias palabras mucho antes de poder recordarlo.

"No puedo amarle, por más que intento... es incluso obsceno abrazarle. He rehuido a la intimidad con el hombre que es mi apoyo, mi sustento. Le quiero, pero es un cariño distinto el que le tengo, es mi amigo, es el hermano que perdí y que la vida me ha devuelto en forma de ángel, pues eso es éste hombre, un ángel..."

Nunca hubiera querido ser tu hermano amada mía, ni tu incondicional amigo. Los ángeles fueron hechos para mirarte en silencio, para nunca tocarte y permanecer invisibles mientras cuidan cada uno de tus pasos, no para enamorarse y amar del modo en que te amo. Está sobrado que te repita lo que he deseado ser en tu vida desde el primer instante en que tuve el honor de conocerte. Está de más decir otra vez que cada día mi esmero y mi intención se encaminó siempre a aligerar tus penas, a quererlos, cuidarlos y procurarles paz, aunque en el camino perdí mi propio rumbo... y ahora estoy a un paso de perderme a mí mismo.

Por eso me voy, no sé si es buen tiempo para descubrir que llegamos a la bifurcación de un sendero en que cada quien tomará su rumbo, no lo sé... pero tengo que encontrar mi propio sentido.

Les deseo la mejor de las suertes, también lo deseo para mí pues al retirarme dejo el corazón con ustedes. Cuida mucho de tu precioso hijo. Será un gran hombre pues tiene a la mejor de las madres. La mejor de las mujeres...

Por siempre tuyo, Jeffrey."

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Gruesas lágrimas escapaban de mis ojos, ése hombre había tocado lo más hondo de mi alma en una carta. Con su adiós me enteré que no sólo yo había conocido la agonía de un amor ante mis ojos perfecto, pero que jamás podría ser correspondido. Y dolía en serio.

Por respeto a él, a su decisión, decidí dejarlo en paz. No volvería a inquietarlo a pesar de que en esa última carta dejó su dirección en Nueva York y todos sus ahorros. Cuando pudiera recuperar ese dinero con mi sueldo, se lo devolvería íntegro.

Y así durante dos años más estuve sola. Me dediqué por completo a mi hijo y regresé a mi trabajo como profesora de la escuela. Mi vida social se limitaba a la correspondencia que compartía con mis padres y hermanas. Viajaba ocasionalmente a St. Louis Missouri para visitar a una de mis amigas profesoras que había enfermado. Desde esa ciudad enviaba la correspondencia a casa de mis padres, todavía no estaba lista para querer verlos, para ser encontrada. Pero al mismo tiempo deseaba saber de ellos.

Ser una mujer sola, madre de un hijo pequeño, abandonada ahora por un inspector escolar era bastante desventajoso en una sociedad prejuiciosa como en la que vivíamos. Al final, aceptar la ayuda de Jeffrey también nos trajo consecuencias que no previmos; mi hijo comenzó a ser llamado con el desagradable mote de bastardo.

-Cuide sus palabras señora, ¡lo que usted dice no es sino ponzoña que emerge salpicando con su lengua viperina!

Tuve que poner en su lugar a una mujer que deliberadamente se atrevió a llamar bastardo a mi pequeño.

-Bien cierto es, que la verdad jamás ha sido un colchón de plumas... no espero que se sienta cómoda con lo que digo. Pero con todo y eso su hijo sigue siendo un bast...

-¡Como vuelva a referirse a mi hijo de esa manera, le prometo que haré que engulla todas y cada una de las estrafalarias plumas de su sombrero, en vista de que tanto le agradan! -le advertí con toda la furia que mis puños cerrados y mis ojos podían mostrar.

-¡Habrán visto mis ojos mujer más vulgar!

Todavía se atrevieron a insultarme, pero nada de lo que pudieran decir me dolía como lo hacía el que señalaran a mi hijo.

En más de alguna ocasión tuve que lidiar con los preceptos de una sociedad en la que la mujer tenía valía si su origen era noble, si había podido conseguir un matrimonio beneficioso y de renombre, si su apellido figuraba en las listas de la alta alcurnia.

Los verdaderos valores como la honestidad, el decoro, el honor, solo eran disfrazados y bien actuados entre todos ellos a su conveniencia.

Recordé a Terry en sus giras, algunas de esas señoras de renombre y de costumbres ejemplares no perdían oportunidad de pasar un par de horas con parte del elenco, acudían ocultas tras sus máscaras a fiestas de la compañía teatral que a veces duraban más allá del alba. Me escondí algunas veces tras la puerta apenas abierta, con mi corazón latiendo fuerte, esperando que no fuera Terruce uno de ellos. El dolor en mi estómago se acentuaba al verlas a ellas salir de la habitación en turno, todavía entregando un beso, una caricia obscena en el cuerpo de alguno de los actores. Mujeres de todas las edades, desde aquellas que habían sido muy jóvenes arrastradas a un matrimonio convenido, hasta aquellas cuya piel blanca y maquillada había perdido la belleza y tonicidad de años mejores. Los carruajes pasaban por ellas y ni pensar en la elevada suma de dinero que debieron pagar a sus sirvientes con tal de que les guardaran total confidencialidad.

Pero para la sociedad libertina e hipócrita en que viví en esos años, la mujerzuela era yo y mi hijo era el bastardo...

Por las tardes al llegar del trabajo, todos mis problemas y angustias se reducían a nada. Mi mundo eran esos preciosos ojitos azules como el océano, sus pequeñas manos descubriendo el mundo, su voz de bebé preguntando en su incipiente lenguaje por cuánta cosa era nueva para él. Con su dedito señalaba maravillado los pájaros, las nubes, los automóviles, las personas, el sol, la luna.

Me parecía regresar en el tiempo cuando lo miraba saltar por aquí y por allá, su cabello, su voz, sus carcajadas pequeñas me recordaron inevitablemente a aquél que en otra época volaba mientras hacía sus piruetas de guerrero con su florete. Aquél que había obligado innumerables veces al gato a ser el conductor de un vehículo de juguete que no había visto en mucho tiempo. Aquél que había sido mi mejor amigo y mi mundo entero.

Permití sonriendo que mi pequeño ensuciara sus ropitas cada tarde mientras conocía el mundo. Mi sueldo bien alcanzaba para comprarle más botines, pantaloncillos, medias, camisitas, abrigos y juguetes.

Una de tantas tardes salí con él a dar un paseo en el parque. Sabía que no tardaríamos mucho en volver a casa por los grises nubarrones que ensombrecían el cielo, en una mano llevaba mi paraguas preparado y con la otra tomé su manita, caminando a su ritmo, deteniéndonos de cuando en cuando debido a las maravillas que mi hijo encontraba a su paso; desde el encanto que le producía descubrir las baldosas salientes unas más que otras, los grititos agudos de sorpresa que expresaba al contemplar las plantas, los charcos que habían quedado atrapados entre los huecos de las piedras y en los que por cierto quería meter las manos y sus zapatitos a como diera lugar.

Existe la felicidad plena, la descubrí cada vez que mi niño me miraba con esos ojos interrogantes, ávidos de conocerlo todo, de descifrar cada secreto de esta maravillosa vida, cada que abría su pequeña boca asombrado, feliz y me deslumbraba con esa preciosa sonrisa, mezcla de la mía y de otra sonrisa igual de divina que la de mi hijo. Pude saberme dichosa a plenitud cada vez que me abrazaba fuerte y me llamaba mamá. Entonces si me volví indestructible.

Con el tiempo, dejó de ser su imagen lo primero que recordaba al ver a mi hijo, su recuerdo venía a mi mente sólo de vez en cuando y ya sólo como una especie de bruma lejana. Como algo que estaba consciente que coexistía en este mismo mundo y al mismo tiempo que yo, pero que ya había aceptado que no volvería a ver y que no sería para mí.

Una fresca ventisca levantó las hojas del piso y el aroma a tierra mojada nos envolvió de pronto. Tomé a mi hijo en brazos, debía apresurar el paso o la ligera brisa pronto sería una torrencial lluvia. Abrí el paraguas y protegí a mi niño.

Tuve la sensación de ser observada, nada raro habría sido porque debido al fuerte viento mi paraguas salió despedido de mi mano dando volteretas por la calle a gran velocidad. Apresuré mis pasos concentrándome en no tropezar con mi hijo en brazos. Para ese momento todas la personas en el parque huían deprisa. Nadie se habría quedado por puro gusto a mirarme correr para no mojarnos. Aún así ahí estaba, alguien nos observaba desde un automóvil bastante lujoso.

Crucé la avenida con cuidado, las calles se empezaban a encharcar de nuevo. Mi pequeño y yo estábamos empapados pero al fin habíamos llegado a casa.

Antes de cerrar la puerta pude ver el mismo vehículo doblar por la esquina y acercarse despacio, se estacionó a una distancia prudente. Tuve mucho miedo.

Trataba de no pensar, esperaba que no se tratara de algún ladrón de niños, o de algún no tan caballero que me había hecho anteriormente una propuesta nada decente de ofrecer mis favores a cambio de solvencia económica. Podría ser aquello parte de mi gran imaginación, quizá nada tenía que ver conmigo y yo me estaba creando mi propia novela mental, pues de todas las respuestas factibles, la que hacía latir mi corazón con fuerza era la menos probable de todas, la menos lógica.

Pero esa mirada, era imposible de confundir con ninguna otra...

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CONTINUARÁ...

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Super cortito el capítulo, pero estoy retomando esta historia para poder concluirla.

Saludos a todas mis lectoras.

Mi agradecimiento a las que sigan todavía por este Fandom.

Mis disculpas por haber tardado tanto.