La sugerencia para escuchar mientras leen: (Música Relajante para Dormir, Meditar, Relajarse y Estudiar), ya saben, en el canal de videos.
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CAPITULO XI
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Esa mirada, era imposible de confundir con ninguna otra...
Ya estando en casa, tomé la cortina entre mis dedos y discretamente seguí observando. La nana se había llevado al niño para cambiar sus ropas y me ofreció un té caliente.
No contesté, recuerdo que no podía dejar de mirar a través del extremo en la ventana. Si me movía, la persona en el interior del carro podría verme. ¿Y si fuera él?. Mi corazón latía fuerte, podía escuchar los latidos en mis oídos. Aquél elegante caballero quedaba oculto tras la ventanilla empañada, perlada de gotas de lluvia que dibujaban zurcos al deslizarse en el vidrio.
Pero él seguía inmóvil, sólo observando en dirección hacia mi ventana, era posible apreciar su cabello, largo hasta el hombro, su perfil apenas sugerido bajo el sombrero que ocupaba para ocultarse.
El corazón se contrajo de dolor en mi pecho. Ese hombre era Terruce. Había cambiado, pero sin duda, era él.
Escuché a lo lejos el llamado de mi pequeño niño y la voz en el umbral de la puerta de la amable nana:
-No quiere dormirse, dice que prefiere a su mamá. Es mejor que me vaya, pronto anochecerá...
-Sí Elayne, en un momento voy con él... -Respondí para de inmediato volver la atención hacia el exterior. El automóvil ya no estaba.
Suspiré preocupada. ¿Terry se había atrevido a buscarnos? ¿Habría sido capaz Jeffrey de informarle sobre mi hijo? ¿Podría quitármelo? Mi cabeza pensaba en cada una de las posibles explicaciones para esta situación. No deseaba que mi vida cambiara, así era perfecta. Vivía tranquila y plena con mi pequeño. Su mundo llenaba de luz y alegría el mío ¡Qué demonios quería con nosotros... cuales eran sus intenciones!
Pensé en la posibilidad de irme lejos. Si, irnos de nuevo antes de que él regresara, pero ¿a dónde iríamos?.
-¡Está rendido ese precioso niño! Sigue llamándola, pero ya se le cierran los ojitos...
Elayne volvió a sacarme de mi torbellino de ideas, su voz me provocó un sobresalto.
-¡Debería ver esas mejillas, rojas y redondas como manzanas! sólo que insiste en que usted vaya con él...
-Si, está bien Elayne... gracias. Puede retirarse a descansar.
-¿Señora se encuentra usted bien? La noto muy pálida. Podría servirle un té caliente antes de retirarme.
-Está todo perfecto, gracias por su atención y sus cuidados. Yo me encargo de todo.
La insistente nana tomó su abrigo, su paraguas y la acompañé hasta la puerta. Cuando salió de casa al fresco de la calle todo estaba en silencio, sólo se escuchaba como suave música el golpeteo de las gotas de lluvia en los tejados, en las charcas de la calle, en el chisporroteo que caía en forma de chorro desde algún tejado hasta el suelo.
Respiré el aire dulce, delicioso. Suspiré después al sentirme a salvo. Nada ni nadie podría quitarme a mi hijo, ¿a cuenta de qué? ¿con qué derecho?
Los días pasaron y de igual manera menguó en mucho la ansiedad y la preocupación por la persona de aquella tarde. Hasta que un buen día, regresando a casa, lo volví a ver estacionado a una distancia considerable.
No había lugar a dudas, era el mismo vehículo.
Apresuré el paso y miré una de las portezuelas abrirse. Puse atención a cada paso que daba, no podía darme el lujo de trastabillar ni tropezar. Los tacones me traicionaban y las piernas me temblaban, me sentí lenta, torpe. Debía conseguir llegar a casa antes que el hombre que caminaba en dirección hacia mi.
Se estaba acercando con facilidad, no iba a lograr llegar antes que él. Definitivamente no era su andar el mismo de aquél otro que en mi mente se repetía hasta en sueños. Éste hombre podía ser muy parecido en muchos aspectos; alto, fuerte, espalda ancha, varonil...
Pero sus pasos eran distintos, pausados, sigilosos. Su porte elegante y su andar recto, su cabello elegantemente peinado hacia atrás dejaba entrever unas entradas apenas marcadas en la frente. No era mucho mayor que Terruce pero tampoco era más joven. Y era rubio... sin su elegante sombrero las diferencias en su persona eran claras.
Fue hasta que estuvo lo suficientemente cerca que pude reconocerlo, frente a mí estaba aquél caballero que había besado a la enfermera White en el hospital, el mismo que años atrás saliera retratado en el diario, con ella y con Terry.
Me detuve en la entrada a casa y el hombre se detuvo frente a mi.
Por un par de segundos permanecí inmóvil, no sabía que pretendía ese caballero tan elegante, tan impresionante, al buscarme en mi casa.
Hacía mucho tiempo que no me sentía inferior a nadie, había superado el estigma de la mucama, también el de la humilde profesora. Me sabía valiosa, hermosa, fuerte, independiente...
Pues bien, ese hombre podía hacerme sentir pequeña con su sola presencia.
Fue él quien rompió el silencio entre nosotros, quien sacó su blanca mano de ese fino guante para ofrecerme un cálido y suave saludo.
Y no pude evitar invitarlo a pasar.
Cada día es una caja llena de sorpresas, cada día es un acertijo, una especie de reto. Sigo pensando que Dios se entretiene con nosotros, con los caminos que tomamos, con cada decisión que escogemos, a cada instante. Es eso o simplemente nos deja viajar como pequeños barcos a la deriva en la inmensidad del mar, salvándonos a veces de la tormenta, de las inmensas olas, salvándonos de perdernos en el oscuro océano.
-Por eso es que me he atrevido a molestarle, señorita...
-No es ninguna molestia, de hecho. Usted ha sido muy gentil al ofrecerme su ayuda. No esperaba un ofrecimiento de ese tipo. Usted, señor Andrew, un caballero tan importante... es que, no me lo explico.
-Sus referencias fueron la mejor carta de recomendación. No hay mucho que explicar.
William Andrew sonreía, parecía un ángel amable sentado en mi sala. Era el hombre más sencillo y cordial con el que me había encontrado. Estaba ahí, conmigo, tomando un té caliente que nana Elayne recién había preparado para él.
Por un momento pensé en comentarle que le conocía de años atrás, pensé en mencionarla a ella, a Candy. Pero me mordí la lengua. No sabía si podía molestarlo, si podía pensar que era una loca obsesiva de las vidas ajenas, al recordarlos con claridad desde hacía bastante tiempo.
-Me parece tan extraño que haya usted buscado justamente en este pueblo, es que... ¡es como si me hubiera sacado la lotería!
-Hicimos una búsqueda exhaustiva por varios estados. Necesitamos a las mejores maestras porque queremos ayudar a todos los niños... con todas las diferencias que existen entre ellos, usted me entiende.
Seguía mirándome atento, con sus dedos entrelazados, con esos ojos tan parecidos a otros que todavía me atormentaban en mis memorias. Comprendí por qué su mirada me había tomado pillada. Eran tan similares, sólo que mientras la mirada de Terruce guardaba resentimiento y misterio, la de éste hombre era más bien triste, por alguna razón, apagada.
-No deseo importunarle más de lo que ya he hecho. Discúlpeme señorita, estaré esperando noticias suyas. - Miró hacia la cabecita que se escondía detrás de la puerta y sonrió. -Espero tome muy en cuenta nuestro ofrecimiento.
-Le agradezco, tomaré en cuenta su oferta.
-Tómese el tiempo que necesite para decidirse. Cuando lo haya hecho envíe un mensajero, de inmediato vendré por ustedes.
Se puso de pie y en un despliegue de caballerosidad y gentileza se dirigió a la salida no sin antes agradecer a Elayne, que encantada acariciaba las grandes manos del hombre.
Y vaya que lo pensé demasiado, no porque la oferta fuera dudosa o difícil de aceptar. Al contrario, ganaría por triplicado el sueldo que actualmente recibía y además trabajando la mitad del tiempo que laboraba. Lo que mantenía mis ojos abiertos por las noches era la incertidumbre. ¿Por qué yo? ¿Sería posible que mi camino y el de mi niño fuesen ahora a estar tan cerca de una persona que había idealizado y odiado al mismo tiempo? ¿Volvería a ver a Candice White? ¿Tendría que colaborar con ella y ser parte de una institución de enseñanza especial donde ella fuera la enfermera? o incluso... ¿la directora?
Todos esos días estuve pensando demasiado, imaginaba los motivos que ese importante empresario tenía para buscarme a mi, justo a mi en una ciudad lejana y llena de profesores como Oklahoma.
Apenas anunciaron mi llegada , escuché la grave y amable voz que del otro lado pedía me hicieran pasar. Me pareció fascinante el porte con el que salía de su despacho y ajustaba su saco para atender nuestra visita.
La manita de mi hijo apretó mi dedo ante la enorme figura. Acaricié su espalda infundiéndole confianza y el amable caballero se puso en cuclillas de inmediato para saludarlo.
Le ofreció su mano con una sonrisa espectacular y mi pequeño la aceptó de inmediato. Nos invitó al interior de su lujoso y enorme despacho.
Mi cabeza era un caos, sabía que en algún momento podía encontrarme con la enfermera White. O mejor dicho, la señora Andrew. No sabía si estaba preparada para ese momento, pero mi decisión estaba tomada. No podía darme el lujo de dudar siquiera en aceptar ese trabajo. Estaba decidida. Empezaría una nueva vida en Chicago.
William sonreía mientras hablaba, conversaba de vez en cuando con mi pequeño, integrándolo a la charla.
-Disculpe por haberlo traído conmigo. No he encontrado todavía la persona que me ayudará a cuidarlo. Espero que tampoco sea un inconveniente el que tenga un hijo... es decir, soy una madre, sola.
-No debe disculparse. -Respondió con una amable sonrisa. -Desde el momento en que la encontramos, supimos que es usted mamá de un pequeño. Tiene usted una gran responsabilidad en sus manos, un hijo es un tesoro que no se deja al cuidado de cualquiera. Por cierto, con ese asunto también podemos ayudarle. Hay gente de mi entera confianza que puede hacerse cargo de su cuidado mientras usted y yo vamos a las instalaciones. Y en caso de que usted acepte trabajar con nosotros, tengo un equipo de personas que se harían cargo del niño que ciertamente es muy pequeño todavía para entrar a una escuela. Aunque, le confieso que en esta ocasión sería un placer llevar al niño con nosotros. Puede incluso divertirse y familiarizarse con el trabajo de su mamá.
Por Dios que ese hombre era atractivo, encantador, fascinante y sumamente amable y comprensivo. Candice White debería saberse afortunada al haberse encontrado con alguien como él. Y como si la hubiese invocado, me topé con su mirada deslumbrante y su sonrisa infame.
Ahí estaba ella.
William Andrew, me descubrió mirando su retrato, ese que ostentaba en su escritorio. Estaba ahí sonriente, radiante, como el mismo sol del salvaje paisaje en el zafari donde estaban. Tomó con su blanca mano la fotografía y la extendió hacia mi.
-Oh no, disculpe, no quise ser indiscreta...
-He olvidado guardarla... -Sus ojos observaban con cierta melancolía la imagen entre sus manos, -es hermoso el atardecer en el Serengueti... mire, es Tanzania, en África.
Tragué en seco, creo que hasta por un momento contuve la respiración, mantenía el retrato en mis manos con la fuerza apenas suficiente para no delatar el temblor en ellas. No quería demostrar ninguna reacción, nada que me relacionara con ella, con el pasado que ambas compartimos alguna vez, con el hombre que ambas habíamos amado... devolví la imagen a su dueño antes de ponerme más nerviosa. El la recibió de vuelta pero no la mencionó a ella, no hizo comentario alguno con respecto a la mujer que aparecía en la imagen, la que al sonreír atraía cualquier mirada espectadora por precioso que fuese el atardecer en Tanzania.
-¿Está usted bien? -Me preguntó.
-Sí, eh... sólo pensaba en lo hermoso de los paisajes de África, tal vez algún día pueda...
-Es hermoso viajar a esas tierras cuando se tiene un espíritu libre, cuando no le importa mucho la comodidad, el calor, la fatiga. Cuando ama la naturaleza y los animales... -Volvió a mirar la fotografía y por un segundo pude ver como algo se apagaba en él, para después abrir un cajón de su escritorio y guardar ahí el retrato sin la menor delicadeza. -Si usted reúne esas características no dude que algún día podrá viajar a esas fascinantes tierras.
Y entonces su semblante cambió, su mirada dejó de ser azul cielo para volverse gris. Caminó hacia mi y me indicó el camino para ir a la Institución.
Llegamos al edificio y fue como si algo volviera a encenderse en él, como si esa tristeza le abandonase a ratos para después espabilarse y seguir viviendo a pesar de aquello que ensombrecía su mirada. Su trato era amable con los vigilantes, con el personal del aseo. Se unió a nosotros un menudo hombrecillo elegante que le llegaba en estatura por debajo de los hombros, pero que parecía coordinar a todos y cada uno de los empleados, todos los pendientes, documentos y horarios. Era una especie de secretario que por cierto tenía poca paciencia con los niños y observaba a mi hijo como si fuese una especie de bicho raro.
William Andrew tomó de la mano a mi pequeño y lo llevó así durante todo el recorrido.
Cuando el secretario se alejó lo suficiente para encargarse de otros asuntos y nos dejó a solas de nuevo, William comentó a manera de broma:
-Espero que no tome como personal la falta de simpatía del señor Jhonson por los niños, nunca han sido de su particular preferencia.
-Oh, pierda cuidado, el señor Jhonson tiene ya bastantes deberes como para hacer de niñera...
William permaneció callado y en un acto por demás impresionante, levantó a mi hijo por debajo de los brazos y lo llevó a sus hombros.
No supe que decir, el hombre se veía feliz. Su cabello antes peinado y su saco pulcro y planchado, ahora estaba salpicado de moronas de galleta y algunos pequeños terrones de lodo. Pero no me atreví a contradecir sus deseos, el hombre parecía disfrutar escuchando las risillas de mi pequeño y mi hijo también estaba feliz y reía allá en las alturas.
Caminamos por los patios y altos pasillos. Entré a algunas de las aulas y suspiré en varias ocasiones tratando de disimular una sonrisa de sincera alegría. El olor a nuevo, las butacas de madera, los grandes pizarrones, el increíble escritorio y esos ventanales gigantescos que dejaban entrar a raudales la luz al interior. Todavía no me lo podía creer, la suerte de la mucama, de la humilde profesora de pueblo estaba cambiando para bien.
Por la noche tuve que asimilar y digerir tantas cosas. La luz de la luna entraba por la ventana y observé el perfil delineado de mi niño, tan plácido, tan quieto. A pesar de tener un cuarto para él solo en esa bella y lujosa casa que nos habían asignado, prefirió dormir conmigo y le di permiso por ser nuevo todo esto para ambos.
Dejamos todo atrás, para empezar una vida nueva. Con nuevas nanas, nuevo trabajo, nueva casa, nuevo todo.
Me preguntaba también, ¿por qué no habló de ella? ¿por qué no la mencionó al mirar su retrato? ¿por qué no mencionó una sola palabra, un hijo suyo, de ellos? William Andrew miraba a mi pequeño, como estudiándolo. Se quedaba pensativo cuando escuchaba su pequeña voz, respondía a todas sus preguntas y ante cualquier interrupción de éste, era capaz de dejarme hablando sola o ignorarme por completo con tal de mirarlo a él y escucharlo a él.
Pensé que podía ser su deseo de tener un hijo, imaginé que posiblemente no lo tenía. ¿Cómo saberlo? tal vez con el tiempo, aunque no estaba yo aquí para eso.
Tampoco estaba aquí para pensar demasiado en él, mi motivo había sido y seguiría siendo ser una maestra ejemplar; ayudar a todos los niños que estuviesen a mi cargo y nada más.
Pero por más que trataba, no podía dejar de recordar esos ojos, esa voz, su trato. Me prometí a mi misma que iba a evitar recordarlo tanto. Que los ojos amables de ese hombre, que la tristeza reflejada en ellos no sería de mi incumbencia ni tampoco intención de descifrarlo. Me prohibiría escuchar su voz con una intención que no fuese laboral, me prohibiría escuchar su risa y compararla con lo más apacible y bello que hubiese escuchado. No iba a permitirme perderme en su mirada ni observar sus pasos, no recordaría otra vez sus manos... no, no iba...
Y hasta entonces y de tanto pensar y prometerme, me perdí en el cansancio y en mis sueños.
Los días pasaron, como pasa todo. Llegaron los demás profesores, llegaron los alumnos y el único que rondaba por las oficinas y pasillos de vez en cuando era el presuroso bigotón señor Jhonson, que ahora a mi también empezaba a verme como bicho raro, después de todo la simpatía hacia los niños y las mamás de los niños no era necesaria para desempeñar tan eficientemente el trabajo que hacía.
Todo funcionaba como en un engranaje perfecto. Las instalaciones impecables, los materiales didácticos, los uniformes. La deliciosa y abundante comida que se servía en el enorme comedor con sillas adaptables a las necesidades de cada alumno; y toda esa coordinación y exactitud era obra de Jhonson. Yo trataba de ser cortés pero incluso en algunas ocasiones el secretario me dejaba con el saludo en la boca. Razón por la que opté encontrarme lo menos posible con él.
William Andrew tampoco se apareció por un buen período de tiempo, a veces daba la impresión de que se hubiera olvidado de ese proyecto tan importante que era para él, la "Escuela de aprendizaje especial de Chicago". La institución escolar se volvió quizás uno más de sus proyectos a distancia, supuse que sólo se involucraba en el arranque de sus grandes proyectos y después simplemente les daba seguimiento a través de las personas que tenía a su cargo. Quizá tendría mucho más trabajo y actividades importantes y sólo me tocaría encontrarme de nuevo con él en los eventos de Gala o al final de cada ciclo escolar.
Eso tendría que ser favorable para mí, porque podría así enfocarme en mi trabajo, en mi rutina. Podría acoplarme a todos los cambios, dejar en paz esos pensamientos con él, esas escenas que mi mente fabricaba en donde él me sonreía y me miraba distinto. Pude hasta entonces ser consciente del peso de la soledad en mi vida. Buscaba enamorarme, buscaba tener una ilusión y pensar en alguien, desear a alguien. Ciertamente William Andrew era el menos indicado para eso. Bastante agradecida debería estar con la vida al percatarme de que Candice Andrew no figuraba tampoco en la escuela. De ninguna manera.
Recordé a Jeffrey y me pregunté qué estaría haciendo, si ya nos habría olvidado. En mis oraciones pedí que sí, que hubiese podido seguir con su vida, que no me recordara más pues justamente yo, sabía que vivir del recuerdo de alguien era como vivir en el limbo. Dejar pasar una vida llena de cosas hermosas por añorar algo que jamás iba a ser.
Cada mañana daba clases a un grupo de doce niños, algunos de ellos con limitaciones importantes de movilidad, con incómodas y rígidas prótesis de madera en esas piernitas que se aferraban a correr y querer saltar en los tiempos de descanso. Algunos otros con limitaciones de tipo sensorial y de aprendizaje. Pero todos ellos con los deseos de correr, de jugar, de vivir.
Aprendí de ellos a sonreír a pesar de las circunstancias. Recordé además a mis niños de la guerra, las situaciones tan difíciles y tristes que debían afrontar al perder a sus padres y ahora estos niños, con sus cuerpecitos mutilados, con extremidades incompletas, mal formadas y a pesar de todo ello con sus ojos y sus risas llenos de amor y alegría.
Y fue cuando entendí que los problemas de mi necio corazón eran nada, a comparación de otras desventuras.
Fue cuando al fin pude comprender que mi vida iba a ser muy plena y feliz aunque él no volviera a aparecerse nunca. Porque él había dejado de ser mi motivo desde hacía ya buen tiempo.
Llegaba a casa muchas veces agotada, pero con gran parte del día disponible para estar con mi hijo. Salíamos de compras, decorábamos su cuarto y cuando estuvo listo, decidió volver a dormir solo. A veces salíamos a tomar un chocolate caliente y a caminar por los parques. Llegábamos a casa justo a tiempo, antes de que el frío de la tarde nos causara un resfriado.
Y no pasó mucho más tiempo, antes de que volviera a encontrarnos el señor William Andrew.
Fue en una de esas tardes con mi hijo, reíamos por un par de ardillas que venían hasta nosotros sin miedo, para llevarse trozos de galleta que mi travieso chiquillo les tiraba intencionalmente.
La voz grave y tranquila detrás de nosotros me pareció hacerme suspirar por un momento y me sacó una sonrisa.
Recordé todas las promesas de no emocionarme indebidamente y tomé con calma la "coincidencia" de volver a encontrarnos.
-Hacía ya bastante tiempo sin verle...
-He estado ocupado. Tuve que ir a otros estados de la Unión.
-Oh, William no me haga caso, eso es parte de su vida personal, yo sólo me refería a que le hemos echado de menos.
El hombre me miró fijamente y respondió sin desviar la mirada.
-También los he extrañado... mucho.
Me sonrió y se apresuró unos pasos hasta alcanzar a mi hijo, que ya se creía lo suficiente mayor para ir caminando por delante de nosotros.
Nos acercábamos a una esquina del parque y William lo tomó de la mano y volvió a ponerse de cuclillas frente a él en un gesto que ya venía volviéndose muy familiar, para limpiar con un pañuelo los restos de galleta en su cara y en sus manitas.
Miré hacia otro lado, ese tipo de escenas hacían estremecer mi corazón, me hacían imaginar situaciones que no podían ser, me hacían soñar con lazos que no iban a existir entre nosotros.
-¡Mamá!
La vocecita de mi pequeño me regresó al parque. William llevaba en brazos a mi hijo, ambos reían y disfrutaban de la compañía del otro. Las manos del niño acariciaban la barba y el bigote algo crecidos del alto y elegante caballero que se dejaba hacer y reía con él.
Entonces, en una reacción que nunca esperé, mi pequeño abrazó con fuerza a William y apoyó su cabecita en el fuerte hombro. William cerró los ojos al tiempo que una suave sonrisa se dibujó en sus labios.
Toda esa noche rememoré una y otra vez la imagen de ese abrazo. Pedí fuerzas a Dios, porque este sentimiento estaba creciendo en mi interior y sabía que esta vez me iba a doler más la caída desde la alta torre de sueños en la que iba subiendo día a día un peldaño tras otro...
Soñé con él. Con una vida que en mi interior deseaba para mí, para nosotros. Soñé con el calor de su abrazo, con sus besos que nunca había probado. Soñé que caminábamos juntos otra vez, por largos caminos que nunca terminaban. Al despertar interpreté eso como un camino de eterna amistad que nunca llevaría a ningún otro lado.
Así de vez en cuando se hacía presente, siempre en casa, siempre en el parque. Nunca se encontraba conmigo en la escuela; pensé que lo más correcto para ambos era evitar rumores y para mí estaba bien así.
Un sábado por la mañana, desperté con el alegre barullo de mi hijo. Sus gritos emocionados se escuchaban hasta mi habitación, de donde salí extrañada preguntándome que es lo que estaba pasando.
Y ahí estaba William con un precioso cachorro, un morral de lona con comida especial para perros y una correa ajustada al pequeño cuello de la mascota.
-Es un día muy bonito para salir a caminar... -Me miró y de inmediato noté un delicioso rubor cubriendo sus mejillas. Desvió su mirada hacia mi hijo y ambos continuaron acariciando al perro.
Todavía aturdida por el sueño, me acerqué a la ventana y pude ver algunas personas caminando entre las coloridas hojas secas que el otoño había dejado como alfombra sobre las calles.
La señorita Flynn carraspeó muy seria al mirarme, hasta entonces me percaté que llevaba sólo un pequeño camisón y mi bata por encima de éste sin atar.
Me cubrí y terminé de despertar al encontrar un brillo diferente en la mirada de William Andrew.
Corrí a mi cuarto y cerré con seguro. ¿Qué había sido todo eso? ¿qué había significado esa preciosa sonrisa de lado, esos ojos atentos?
Me observé en el espejo. Mi cabello suelto, mi cuerpo joven, despertando agitado a las bellas sensaciones de sentirse admirado, deseado.
También encontré rubor en mis mejillas, también me encontré sonriendo.
¿Por qué mi loco y estúpido corazón se estaba dando permiso de enamorarse otra vez?
Y así pasó el tiempo. De vez en cuando y sin anunciarse llegaba William a compartir con nosotros el desayuno, o una tarde de paseo con el cachorro.
Un fin de semana llevó un par de carpinteros y maderas para armarle una casa al perro.
-Se está acostumbrando a ti...
-Es un buen chico, me gusta hacerlo feliz.
-Sí, y te lo agradezco Will, pero... no quiero que sufra después, no deseo que confunda tu amistad y tus atenciones con el cariño de...
-De un papá. -William terminó lo que iba a decir. Y se quedó mirando fijamente en dirección a mi niño.
Para entonces la confianza entre nosotros había eliminado la barrera del "usted". Nos permitía tener cierta camaradería y libertad para expresar lo que pensábamos sin temor.
Ya era tarde para evitar todo ese tiempo pensar en él. Lo quería, claro que lo quería. Deseaba a ese hombre con todas mis fuerzas. No puedo mentir y pretender que no me hice ilusiones. Sí, mi vida era una constante ilusión, un constante enamorarme de un imposible. Había sido inevitable caer ante los hechizos de esa mirada, de su voz, su trato. Pero al mismo tiempo, algo en él siempre ponía una barrera entre nosotros.
Como si su atención y su cariño se volcaran exclusivamente a mi hijo. Me costó un tiempo y muchas lágrimas entenderlo, pero pude hacerlo.
Hasta que el destino de nuevo, con sus "curiosas" casualidades, vino a restregarme en la cara información que no necesitaba ni deseaba saber. Escuché pláticas sobre ella, la mala esposa, la mala mujer que nunca quiso darle un bebé. Escuché la facilidad con la que juzgaban sin siquiera saber, y aun sabiendo, sin tener derecho a opinar.
Algunas maestras y secretarias hablaban sin discreción de la vida privada de todo el mundo, agradecí en mi interior, la prudencia para nunca haberles dado un sólo detalle de mi vida, por jamás contarles nada acerca de mi, aunque algunas de ellas empezaran a sospechar cualquier cantidad de historias, cuando Jhonson el secretario me entregaba algún paquete o nota enviado por su jefe.
Sí, siempre había algo que cuchichear por los pasillos. En especial cuando el tema en particular preferido para todas ellas era William Andrew. El maravilloso hombre y su atractivo, su juventud, sus millones... el maravilloso hombre del que alguna de seguro iba a sacar provecho ofreciendo sus favores.
Y entonces fue obvio que se referían a mi por las miradas de envidia y de resentimiento que muchas de ellas no podían disimular.
Me pregunté, ¿cuántas veces nos verían juntos pasear por el parque sin darnos cuenta? ¿qué historias habrían inventado ya entre nosotros?
No aclaré ningún rumor. En cierta forma y aunque no fuera verdad, me convenía que pensaran esas cosas porque curiosamente dejaron de meterse conmigo. Comenzaron a tratarme con una especie de marcada cordialidad. Trato que también el secretario Jhonson adoptó de repente para no volver a dejarme con el saludo en la boca.
Fue hasta que una mañana escuché: -Esa mala mujer que no lo valoró como debía y fue tan tonta para dejarlo todo y dejarlo a él por un actorcete...
Una de ellas hizo un gesto como pidiéndole que callara, que yo había llegado.
-Es sólo la verdad lo que estoy diciendo. Sólo una tonta dejaría a un hombre como él para ir tras un promiscuo... el tal Graham, no sé qué...
Escupí el café caliente que acababa de llevar a mi boca, manchando los rostros de algunas y la impecable blusa blanca de Miss Helen, el amplio escritorio de la directora y las boletas con las calificaciones entre otros documentos importantes. Un verdadero drama se hizo esa mañana en la dirección de la escuela. Todo tendría que ser hecho nuevamente, la caligrafía en las boletas con los nombres de cada niño, no era nada sencillo de repetir.
-Yo lo hago... fue mi culpa. -Me disculpaba apenada, mientras limpiaba con mi pañuelo la enorme mancha en el busto de la molesta mujer.
-¡Usted limítese a no tomar café en esta oficina! ¡Aléjese, no es necesario que me haga eso, sólo está arruinando mi ropa!
Guardé silencio y miré a mi alrededor, todas ellas tenían su café en las piernas, en el mostrador, en los archiveros.
Me sentí culpable, negligente. Había caído en los mismos vicios e incompetencias de un sistema escolarizado mediocre. No se me había contratado para eso, ni para cometer semejante falta.
Pero lo último dicho por ellas no dejaba de repetirse en mi cabeza...
-"Dejarlo a él por un actorcete... actorcete... ¡como se atrevió! ¡Tonta mujer, un hombre como el señor William no se deja! actorcete, lo dejó por un actorcete"...
Y el actorcete era Terruce, Terruce Graham. Un nombre tan ajeno y de pronto tan presente en mi vida. El corazón me dolió, como me había jurado no volvería a doler por él. Una punzada tremenda de dolor me recorrió completa y se instaló en el estómago, la cabeza y los huesos. Me sentí muy mal de pronto. Tomé las boletas manchadas y tomé mi bolso. Salí de la escuela sin darme cuenta del exacto momento en que las lágrimas mojaban ya todo mi rostro.
Caminé hasta llegar a un parque, sin poder evitarlo me senté a llorar en la fría y húmeda banca. Había dejado a mi grupo al cuidado de la auxiliar, pero eso tampoco estaba bien. ¿Cómo justificaría mi salida? ¿Cómo le explicaría a William Andrew que en un arrebato había salido huyendo, porque el nudo en la garganta no me dejaba siquiera respirar? ¿Cómo iba a confesarle que su historia estaba más ligada a la mía de lo que se hubiera imaginado? ¿que había aceptado este trabajo por el morbo de volver a verla? por tener la seguridad de saberla ajena para Terruce, inalcanzable, imposible...
¿Cómo iba a poder contarle a mi amigo, a ese hombre que ya quería con todo mi corazón ese pequeño detalle de mi vida?
Y ahí estuve buen rato, hasta que el dolor el en cuerpo se transformó en temblor a causa del frío. Hasta que mis ojos se cansaron de llorar y el pañuelo de mi bolso estaba empapado y por demás manchado con el maquillaje de mis ojos.
¿Donde había quedado entonces mi convicción por olvidarlo? ¿qué quedaba en mi de esas tardes donde miré al cielo y respiré tranquila sabiéndome fuerte, decidida, libre, completa y sin nada que extrañarle? esas tardes donde juré olvidarle, para siempre...
Odié entonces que su fantasma y el peso de su sombra empañara la realidad de mi presente, odié que se colara como viento helado a la calidez de mis días. Porque todo este tiempo había sido lo bastante difícil ver sus ojos y su sonrisa, su cabello y sus manos en los de mi propio hijo. Porque todos los días animaba a mi corazón y a mi mente a intentar continuar sin el anhelo de volver a encontrarlo, de volver a mirarlo aunque fuese sólo una vez más, para que él pudiera verme también y se enterase que finalmente habíamos podido ser felices sin necesitarlo... que se había perdido de tener un hijo, que se había perdido de mi amor, pues yo era una mujer valiosa, que le había amado más que a sí misma.
Pero ahora ese hijo tal vez, lo tendría con ella... y para él no habría nunca otra más valiosa, que ella.
A la mañana siguiente ya llevaba las boletas nuevas en un paquete cuidadosamente elaborado para protegerlas de la humedad del clima. Entré a la dirección de la escuela y me sorprendí al mirarlo, rodeado de todas ellas.
En cuanto entré, el silencio se hizo pesado. Una a una se fueron escabullendo hasta dejarme a solas con él.
No sabía lo que seguía, su trato fue frío y se quedó en silencio en cuanto deposité el paquete con las boletas reimpresas en el escritorio y nuevamente llenadas a mano. Me miró unos segundos y pasó a mi lado para cerrar con llave la puerta que habían dejado entre abierta para escuchar y muy seguramente para no perder detalle de la reprimenda de la que sería acreedora. Regresó hasta donde estaba y tomó mis manos. Sus grandes y cálidas manos envolvían las mías, frías y temblorosas.
-Estás temblando...
No deseaba verlo a los ojos. No quería que me regañara o me hiciera alguna dura advertencia y mirar sus ojos porque no iba a poder soportarlo y volvería a llorar como una niña.
-Las boletas... yo, las traje nuevas. Perdone señor William, fue una negligencia irme así y dejar a mis niños, le prometo que no vuelve a suceder, le juro que no...
Su mano descansó en mi hombro y su calor invadió mi cuerpo, interrumpiendo mi nervioso juramento. Su otra mano acarició mi rostro y tuve miedo.
-Lloraste...
-No... yo...
-Tranquila, no sé que haya pasado para todo este alboroto. Es necesario que hablemos, que me acompañes, vamos a otro lugar. Dijo en voz baja muy cerca de mi oído.
Cuando salimos algunas de las maestras esperaban atentas y se desilusionaron al encontrarse con que no sólo no me echaban de la escuela, el señor William Andrew me acompañaba llevando mi bolso él mismo y dando indicaciones para que la profesora suplente ocupara mi lugar.
-Regresaremos más tarde, necesito que por favor se ocupe del grupo...
Definitivamente esto desataría por bastantes días las habladurías entre todas ellas.
Él me preguntó si había desayunado y mentí, dije que sí cuando la verdad es que había tenido el estómago revuelto por la mañana. Caminamos hasta su auto mientras charlábamos de tonterías. El cielo estaba nublado y por Dios que temblaba, pero no tanto por el frío, estaba segura que era debido al nerviosismo de hablar con él. Después de algunos días de no verlo, después de estar decidida a no prolongar más mi secreto y confesarle quien era yo y quien era mi hijo. Estaba nerviosa por la extraña razón de que presentía que lo que él iba a decirme era importante.
Guardó mi bolso en su automóvil y entramos en éste.
-Temo que pienses que soy un despreciable, el peor de los cretinos. No quiero ser el más grande mentiroso que te encontraste por la vida.
-No tendría porqué pensarlo. Will, sólo has traído bienestar a nuestras vidas. Todo lo que tenemos ahora, te lo debemos mi niño y yo. -Me atreví a acariciar su brazo en un gesto que incluso a mi me sorprendió. El estómago me dolía de pensar en cómo decirle mi verdad.
Me miró y pude perderme en la preciosa mirada celeste y en esa triste sonrisa que me regaló. El viento entraba por la ventanilla y mecía su cabello, entonces pude observar unas ojeras pintando la piel bajo sus ojos. La temperatura bajó aun más y se quitó el abrigo para ponerlo sobre mis hombros. Pequeños copos de nieve comenzaron a aparecer de repente y se quedaban pegados en el parabrisas.
-Pensaba callar, atribuir a la coincidencia, a la suerte, a tus conocimientos y experiencia el haberlos encontrado, el haberte pedido que vinieras a Chicago y fueras parte de esta escuela...
-¿Y no fue así? -Pregunté en un hilo de voz, no sabía a donde quería llegar con esto.
-No lo fue. Nada de lo que hago ni de las decisiones que tomo son a causa de eventos fortuitos o coincidencias.
Su mirada se perdió en la distancia, en un punto fijo.
Temí que lo que iba a decirme iba a lastimar la amistad que teníamos, me había descubierto. El lazo de confianza que había crecido últimamente entre nosotros, mi trabajo, mi presente en la escuela, olían a final. Temí que todo se desmoronaría una vez más como una torre de naipes, que sería otra vez parte del juego de un Dios que últimamente se divertía mucho conmigo.
-Nada fue una coincidencia. -Me miró a los ojos.
-No sé si quiero que me cuentes...
-Pero debo hacerlo. Debo decir la verdad aunque ni tú misma desees escucharla, ni yo quiera decirla. Porque ya no puedo con esto, porque no soy este tipo en el que me he convertido y no es justo que te arrastre con mis problemas. Con mi locura...
-No estás loco Will...
Hizo una pausa, y entonces me miró fijamente. -¿Recuerdas a la mujer de la foto?, aquella fotografía que viste en mi despacho.
-Sí... -No dudé en responder, no tenía caso pretender nada, ni fingir ya nada. En ese momento entendí que todo giraba alrededor de ella, siempre la protagonista de la historia... la que venía a acabar con mi paz, con mi alegría. Aún sin estar presente.
-Ella fue mi esposa, su nombre es Candice... Candy para quienes alguna vez fuimos cercanos.
Y vino a mi mente el incómodo recuerdo de aquella noche, cuando mientras Terry me hacía el amor, pronunció su nombre.
-Ella... era mi mundo, mi día, mi noche, mi amor, mi fe... era todo lo que un hombre puede esperar de la mujer que ama.
Saboreé en sus palabras, el mismo dolor que llevaba años aferrado en mi alma.
-La conocía, desde niña. Traté de estar siempre para ella... cerca de ella, para protegerla, para evitar que alguien se atreviera a lastimarla...
El silencio quemaba mis labios, odiaba que él también la idolatrara a tal punto, quería que se callara de una vez. Pero también, necesitaba que escupiera de una vez por todas todo aquello que tenía que decirme aunque el alma se me lacerara de nuevo por su causa.
-Pero ella conoció a alguien... y aunque creí que era un amor de juventud, de esos que una persona supera cuando éste se termina... él simplemente volvió a arreglárselas para meterse en su vida, sólo volvió por ella y...
Yo ya no podía decir nada, quería llorar pero ya no me era posible, solo escuchaba.
-Y se la llevó con él... -me atreví a responder.
Él se mantuvo en silencio. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, sus manos aferraban el volante y su blanca y perfilada nariz ahora estaba rosada a causa del frío.
Guardé silencio por respeto a él. Porque entendía mejor que nadie su dolor, su rabia.
-William, tal vez deberíamos ir a otro lugar, podrías enfermar...
-Todo esto fue planeado. Perdóname. Todo esto lo busqué yo para hacerle daño a él, así como él me arrancó lo que yo mas quería, quería también quitarle su posesión mas preciada.
No podía creer lo que estaba escuchando. Desde el principio él lo sabía todo. Sabía que mi hijo era hijo de Terry, sabía de mi y de mi historia... me enfoqué en los pequeños copos de nieve que se pegaban al vidrio. Mi mente se quedó en blanco. ¿Qué tanto había investigado? ¿Qué tanto había planeado?
-No es justo para ti ni para tu hijo, que yo pretenda ser ese amigo que no soy. Cuando todo fue una mentira desde el principio.
La sangre se heló en mi cuerpo.
-¿Qué estás diciendo William?
-Que quise entrar en sus vidas, quise ser parte de su mundo, robarle a su mujer, robarle el amor de su hijo... quise ser dueño de algo que era sólo suyo y que él no pudiera recuperar jamás.
-Tu no... no eres así... no William... -Para entonces yo lloraba de nuevo, las palabras apenas salían con claridad de mi boca. ¿Cómo decirle a ese hombre que se había salido con la suya? que ya era parte de nuestro mundo, de nuestra historia, ¿Con qué objeto decirle que lo necesitábamos ahora que estaba dispuesto a renunciar a nosotros?
-Lo soy, y porque eres una maravillosa mujer y no mereces nada de esto, es que te digo la verdad.
El peso del mundo se desplomó otra vez en mis hombros.
Pero esta vez no sentí caer de ningún acantilado. El embravecido mar de emociones, las heladas olas del mar de Escocia no alcanzaron mi corazón.
Porque sentí su respiración muy cerca, porque vi sus ojos cerrarse despacio al acercarse a mi y sentí el roce de sus suaves labios en los míos. Sentí el aroma de su piel y también el calor de su abrazo. De su mano aferrando la mía. Del calor y el sabor de su boca mezclándose con el mío.
-Perdóname amor...
Y al escucharlo, mi corazón latió fuerte, vibró emocionado. Y perdoné la forma en que llegó a mi vida, porque le permitió a la mucama, la maestra, la amiga, el simple recuerdo de alguien, volverse mujer. Una mujer amada, gritando de placer, de amor en lo alto de la torre, de cien torres y castillos, en el borde de los acantilados... y en el interior de un auto.
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CONTINUARÁ...
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Gracias a todos y todas los pocos o muchos que leyeron esta historia.
Gracias! Gaby39, JILLVALENTINESS, Sofía Saldaña, Kelll, Guest, BrendaDv, AlexaPQ, Darling eveling, gold dust gyp, jjaammrr, Only D, Jiovanna, Krimhild, Cilenita79, Bella-swan11, Stormaw, moonlove86, Xanxisk, RORE, jocemit, PrincesaFilomena, Lilit, Canulita Pech, litzie, AnastasiaRomanov, Norma y Blanca G.
Solo falta un capitulo más y me despido. Gracias por la paciencia. Por la espera. A quienes ya no volví a ver en los reviews, espero que estén muy bien, que si se desaparecieron de por aquí, haya sido por que no les gustó este fic y nada más.
A quienes siguen leyendo mis locuras a pesar de lo calmuda que me he vuelto para concluir les confieso que antes escribía por ser freelance (jajaja, estaba sin oficio ni beneficio en casa)
Pero hace casi dos años regresé a las listas laborales de una empresa a la que amo con el corazón y me ha absorbido por completo. Por eso mis tiempos para escribir y leer ya no son los de antes.
Cuídense mucho!
