EPÍLOGO.
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Regresé a New Jersey una mañana nevada de noviembre, la cena de Acción de gracias se llevaría a cabo en un par de días y pensé en sorprender a mi familia.
La emoción de volver a verlos hacía un nudo en mi garganta. Deseaba con el alma que no me rechazaran, que la rígida postura con que me habían tratado tiempo atrás los hubiese suavizado con el tiempo.
A lo lejos distinguí su figura, su andar cansado. Mi padre estaba en la entrada a la pastelería, lucía más delgado y un poco encorvado de como lo recordaba. Se empeñaba en remover la nieve de la entrada con una pala que a simple vista pesaba más que él.
-Pase, hay panecillos especiales para los niños, ¡un chocolate caliente le caerá de maravilla a esa barriguita y a esos cachetes helados! sonrió con su sonrisa cansada y sus ojos más pequeños y más opacos. Tomó entre sus dedos la mejilla de su nieto y fue hasta que me detuve frente a él, que ajustando sus anteojos me reconoció.
Su boca se abrió por la impresión, sus ojos se humedecieron. Y abrazó a mi hijo primero, sosteniendo su carita entre sus manos. Observándolo con el detalle de quien admira un precioso cuadro. Después llamó en un grito a mi madre y me abrazó tan fuerte que pude escucharle decir mi nombre con un murmullo similar al llanto.
Mamá salió a la calle a trompicones, se había asustado. Miró a mi hijo y me miró para unirse con un gritillo de emoción y lágrimas al abrazo y a la alegría de volver a encontrarnos, de dejar atrás todo aquello que nos había alejado y lastimado.
Todo este tiempo había añorado un amor, el amor de un hombre. Soñé infinidad de veces con su regreso, con su calor. Me olvidé durante tanto tiempo de pensar en mi propio regreso, en el profundo amor que me unía a quienes me dieron la vida. Dejé pasar ese tiempo negándoles a ellos el derecho a disfrutar de un nieto al que ni siquiera conocían y que ahora llenaban de abrazos, cariños y besos.
Volví a encontrarme con mis hermanas, con sus familias. Volví a casa, volví al hogar.
Les conté de la escuela, de mi vida en Oklahoma y Chicago, estaban sorprendidos del enorme tornado que había arrasado con todo y que por poco nos arrastra también con él. Pero omití mencionar al otro tornado que había sacudido mi vida desde jovencita, ése llamado Terruce.
-Me sorprende que hayas salido adelante tú sola... eres muy fuerte. -Habló mi padre con su voz aguardentosa y pausada por los años.
-No estuve sola papá... Jeffrey fue un gran apoyo para mi. -Mi padre de pronto dejó la cuchara en su plato y me observó muy serio.
Mamá tampoco dijo nada, sólo armaba el rompecabezas de mi vida, asintiendo en silencio.
-Sea como sea, Jeffrey se casó... -Comentó una de mis hermanas para aligerar el pesado silencio.
-Se tuvo que casar... querrás decir, unió su vida a una joven estudiante que es igualita a ti... -Respondió la otra de mis hermanas mirándome, sin disimular la sonrisa burlona en su expresión.
-¡Ah, basta con eso! -interrumpió mi mamá a ambas. -Ese hombre fue un gran apoyo para tu hermana, le debemos consideración y respeto. -Miró a mi padre como calmando cualquier cantidad de suposiciones que su mente estuviese creando. -No tengo nada que reprocharle a mi hija, ni al señor Jeffrey. Ellos sólo se apoyaron por la gran amistad que los unió alguna vez. Si no hubiera sido por su mano amiga, sólo Dios sabe qué dificultades habrían pasado mi hija y mi nieto.
Una de mis hermanas de inmediato hizo un comentario vulgar y de mal gusto con respecto a "la mano amiga" y mi madre la reprendió pidiéndole mejor callar.
Pero ellas continuaron haciendo bromas al respecto. Mi padre guardó silencio el resto de la cena, se le veía disgustado, también pensativo. Antes de ir a dormir me pidió hablar a solas un momento. Lo seguí y entré en una habitación que había acondicionado como biblioteca.
En la privacidad del lugar charlamos sobre mi hijo, de lo grande y vivaz que le parecía, y fue hasta después de darle muchas vueltas al asunto que al fin comentó:
-Es tu hijo el fiel retrato de su padre. El joven Terruce... -suspiró con cansancio, -¿volviste a verlo?
-No padre, sólo algunas ocasiones tuve noticia de él por los diarios. Y de eso... hace ya mucho tiempo.
Papá caminaba de un lado a otro con la vista pegada a la alfombra, llevaba su pipa a sus labios y fumaba. No sabía que había adquirido el hábito.
-Vino a buscarte. -Soltó sin más rodeos.
No podía creer lo que escuchaba. No sabía si quería enterarme ya de eso, pero dejé que continuara.
-Hablamos un buen rato, estaba sentado en ese mismo lugar donde estás tú ahora. Según lo que dijo, te buscó mucho tiempo, te buscó desde que dejaste Rocktown y no supo más de ti.
Mi padre se acercó al librero más bonito del lugar. Ahí conservaba mi vieja colección de libros y el corazón se estrujó en mi pecho de ternura, de emoción y agradecimiento. Mi padre no había vivido decepcionado de mi. De alguna forma había perdonado mis acciones. -Tu madre no sabe de la existencia de este encargo. Por suerte ella no estaba presente cuando Terruce Granchester se presentó en esta casa, ella estaba donde una de tus hermanas con la partera... y esas cosas de mujeres. Nunca se lo dije si eso te estás preguntando. De haberlo hecho, ella habría husmeado con tal de saber de ti, y eso yo no iba a permitirlo.
De un apartado, oculto detrás de todos mis libros, sacó un paquete y lo depositó en mis manos.
-Me pidió que te entregara esto. -Dio otra calada a su pipa - Me encomendó como favor especial que me asegurara de que llegara a tus manos. Pero yo... no sabía a donde enviártelo, a donde llevarlo yo mismo... y tuve que conformarme con guardarlo hasta que volviera a verte. A riesgo de no poder hacer nunca la entrega personalmente... por eso lo guardé detrás de tus libros. Nadie más lee en esta casa. Tú, tarde o temprano ibas a retomar tus pertenencias.
-Papá, por favor no digas eso. Ya estoy aquí y no debes pensar esas cosas. Mejor dime, ¿hace cuanto tiempo dejó todo esto? -sentía el peso del paquete en mi regazo, de ser sólo cartas serían unas quinientas. Había ahí algo más.
-¡Uhhh! ahora verás... -Mi padre contó con los dedos de sus manos y cerró los ojos en un gracioso puchero. -Hará unos dos años... puede que más.
El paquete estaba envuelto cuidadosamente, una cinta de terciopelo oscuro ataba todo aquello. La cinta de su capa, recordé entonces.
Pero esta vez mis dedos no quemaban por enterarse del contenido como hubiera sucedido antes. Mi corazón ya no se saltaba los latidos al escuchar de él, mis ojos ya no brillaban al tener noticias suyas ni evocar su imagen. Aunque hubiera encontrado ahí dentro mil razones escritas, aunque descubriera sus misterios, los enigmas de su vida. Podía respirar tranquila esta vez, ya no me urgía el corazón por revelar lo ahí guardado.
-¿No vas a abrirlo? -La mirada incrédula, tan parecida a la mía, la expresión de sorpresa en el rostro de mi viejo amado.
Y pensé en William, en lo que significaba ahora en mi vida. En la lealtad que aún en la distancia quería brindarle. Y así como recibí el envoltorio, así lo deposité en un mueble alejado, tan alejado como mis ganas de abrirlo y descubrir aquello que tan celosamente guardaba.
-No hay prisa padre, ya ha esperado más de dos años, que importan unas horas extra, unos días más... en realidad, esto puede esperar el tiempo que sea.
Por increíble que parezca pude resistir la tentación de abrirlo ahí mismo, la graciosa expresión de papá me recordó a los gestos de decepción de mi propio hijo cuando no obtenía lo que quería. Era obvio que también deseaba saber el contenido y resignado se puso de pie para salir antes que yo de su curiosa biblioteca, su pequeño lugar privado.
-Te entrego la llave, regresa cuando te sientas lista. -Y dando un beso en mi frente como hacía en el pasado, me deseó las buenas noches.
Volví a mi cuarto y me recosté junto a mi hijo. Su sueño plácido, su carita tranquila. Quería dormir, descansar a su lado y olvidarme de todo.
Pero no por mucho más tiempo resistí y la curiosidad se volvió ansiedad cuando me encontré mordiéndome las uñas en la oscuridad y el silencio de la habitación. Lo pensé bastante rato, el tic tac del reloj de pared me alentaba a levantarme del calor de la cama y saber de él. Terry había podido encontrar la casa de mis padres. ¿Cómo lo había hecho? ¿Por qué no siguió buscándome? Fue hasta que ya no había luces encendidas, ni ruidos en casa porque todos dormían, cuando tomé valor y caminé hasta la puerta de la pequeña biblioteca, sintiendo en todo mi cuerpo el nerviosismo de lo que podía encontrarme...
-"Tranquila, lo que sea no tiene por qué afectarte. Terruce es pasado, se acabó, ¿lo recuerdas?"...
Abrí la puerta y la cerré con llave desde el interior.
Ahí estaba, esperando. Con el mismo envoltorio que sus propias manos habían tocado, con esa cinta, prenda suya que en otro tiempo hubiese idolatrado y besado o apretado contra mi pecho de tan sólo imaginarla rodeando la piel de su cuello.
Pero ya no esta vez.
Respiré profundo, desenvolví el empaque. La lámpara del despacho titilaba de repente amenazando con interrumpir mi desvelo.
-Vamos, no te apagues... -Toqué el pedestal -no me eches a perder la misión ahora. -Sonreí, esa frase la había escuchado de labios de William Albert... quien inevitablemente estaba presente en cada uno de mis recuerdos, apropiándose de mi presente y cada uno de mis pensamientos.
Dentro del envoltorio había una caja, fabricada con madera fina y con el interior recubierto de oscuro terciopelo... Miré uno a uno los sobres que contenía, eran sus cartas y en una esquina de la misma caja, un dije y una cadena que recordé con claridad. La preciosa y cuidada caligrafía, las líneas de tinta que en algunos sobres se habían corrido por la humedad y el paso del tiempo, parecían bailar ante mis ojos porque sin querer, la emoción de estar al fin ante una respuesta, había provocado que un par de lágrimas asomaran de mis ojos.
Solo cuatro sobres, cuatro cartas que para mi eran más que suficiente.
Porque en esas breves palabras estaba segura que encontraría alguna respuesta a todo lo que estos años me había preguntado...
"Vine a buscarte, solo me encontré con una amiga tuya muy extraña alegando que esa casa ya no te pertenece... vaya que es rara esa mujer. Cuando me iba cambió de parecer y del desprecio inicial pasó a tratarme con una cordialidad exagerada.
Me pidió una firma como recuerdo de mi visita. Sacó un viejo cuaderno de notas que dejaste, debe estar loca. Que afán el tuyo de rodearte de fenómenos. Espero que madures y te rodees de gente diferente.
Estoy bromeando, como si fuese yo el indicado para decírtelo, en vista de que conociste mis muy distinguidos compañeros de tablas en Rocktown. O en vista de que hemos sido grandes amigos, creo que eso me convierte también en un fenómeno ¿cierto? si lo dudas puedes preguntarle a Lady "cara de cerdo" ella te dará excelentes e infalibles referencias sobre mi persona.
Estoy bien, sólo que reconocí tu letra y algo se oprimió en mi pecho. Espero que también estés bien.
T.G."
Quedaban tres cartas en las que sin muchas palabras, tan breve como siempre, me dijo demasiado...
"De nuevo estoy aquí.
Hace un frío del carajo y no está tu amiga la loca dueña para poder escribirte en una mesa decente donde pueda sentir los dedos. Así que perdona la letra. La baranda de piedra está helada y además húmeda.
Te dejo unos boletos para la representación de JyR.
Todavía no me explico el sentido de nombrar primero al individuo cuando por respeto se menciona primero a la dama...
Recuerda: Julieta y Romeo, no al revés.
Quisiera ver tus ojos de fastidio y tu sonrisa bonita por escucharme decir mis tonteras. Quizás el frío esté afectando mi capacidad para pensar y por eso mis desvaríos.
Quería extenderme en esta carta al tener tanto que decirte, pero con este viento helado no puedo. Me voy o tu amiga la nueva dueña encontrará mis restos hechos hielo.
En verdad quiero verte... en este sobre hay dinero suficiente para tu viaje. Hazte un tiempo para mi.
T.G."
Y al leerlo, me parecía escuchar su voz, lejana, polvosa.
Mi mente se esforzaba en reproducir su tono, su risa, sus gestos. Cada vez me era más difícil... sólo recordaba su andar, su silueta alejándose y su capa moviéndose con el viento.
Porque ahora otros gestos opacaban su recuerdo. Otra risa y otra voz se imponían con fuerza y claridad encima de las suyas, boicoteándolas, aplastándolas.
Faltaban dos cartas y el corazón latía aprisa en mi pecho, ¿honestamente qué deseaba encontrar? ¿por qué estaba tan intranquila? ¿esperaba una declaración, una propuesta, un adiós definitivo... una confesión de haberse encontrado con ella?
Caminé hasta un mueble donde papá guardaba sus vinos. Tomé una de las botellas que conservaba ya muy poco contenido y bebí directamente de la boquilla hasta vaciarla. El líquido quemó mi garganta y me dejó sin aliento un instante, pero calmó el temblor en mis manos y la velocidad de mis pensamientos.
"Una vez mas no estás, y tu amiga deja mis cartas en el buzón con la intención de que se pudran ahí dentro. No veo caso volver aquí. Llevaré las anteriores conmigo aunque sean tonterías y las coleccionaré para entregártelas un día... si es que tengo la suerte de volverte a encontrar.
Esperaba verte, desde hace un buen tiempo he pensado mucho... preguntándome como estás, dónde estás y porque te fuiste así. Sin decir nada.
Perdona por lo que hice mal. Perdona todo este tiempo de ausencia y silencio. Perdona todo lo que me debas perdonar.
Susana murió, de eso hace tiempo ya.
Y para mí, ella y su madre se fueron juntas, aunque la segunda todavía ande por ahí respirando.
Regresa, sólo para saber que estás bien.
T."
Y lo último me robó un par de lágrimas más. Porque descubrí que después de todo, no fui del todo invisible en su vida.
Sentí su necesidad de verme, como aquellos días en que se me iba la vida por no saber de él.
Al tomar la última carta entre mis dedos, seguía temblando. Esa carta sería la respuesta definitiva a todo lo que había pasado después.
"Hace mucho no sé de ti. Si necesitas algo, me queda claro que no piensas recurrir a mi.
Creo que no volveré a verte. Dejaré ésta y las otras cartas en manos de tu familia. Tal vez ellos tengan más suerte para encontrarte. Decidiste desaparecer para todos y no solo para mi. Eso es de todo, lo más preocupante, ni tus amigas saben donde puedo hallarte. Ojalá tus padres pudieran decirme algo.
Me he cansado de volver a Rocktown sin encontrar una sola pista. No sé donde te has metido.
Pero por suerte y un pequeño soborno, me dieron la dirección de tu familia en Nueva Jersey.
A como están las cosas me conformaré con desearte lo mejor.
Mi vida ha tomado un rumbo que no esperaba, pero estoy demasiado agradecido.
Hubiera deseado que todo fuera distinto, con nosotros.
Gracias por todo, por tanto.
P.D. Fuiste importante.
Adiós.
T.G.G."
Doblé sus cartas y las volví a colocar una a una en sus respectivos sobres.
Iba a colocar de nuevo la caja junto a los libros de Jane Austen, junto al grueso empastado de Julieta y Romeo... JyR, como me había pedido que dijera.
Pero la caja seguía pesando y no había nada más ahí. Entonces encontré un apartado bajo el terciopelo, ahí había un enorme fajo de billetes.
¿Por qué me dejó todo ese dinero?
¿Era acaso que mi tiempo a su lado se resumía a eso?, mis días de acompañarlo, de amarlo. ¿Se había atrevido a pagarme un sueldo?
Quise aporrear la caja y bailar en ella. Quise tenerlo frente a mi y lanzarle su caja con dinero a la cabeza.
Porque mi corazón estaba ardiendo en las últimas brasas que quedaban de su recuerdo y que de a poco y por mi bien debían consumirse para siempre. Debía morir ese fuego.
Terruce me había buscado, me escribió, pero no lo hizo con el mismo empeño que cuando buscó a Candice. No tuvo el valor de buscar a una mujer libre, que le amaba. Pero si lo tuvo para buscar a otra, que estaba casada. Fue capaz de dejarme tanto dinero, pero no quiso usarlo para dar conmigo.
Por que no lo podía obligar a amarme. A nadie se puede obligar ni persuadir a sentir lo que no siente.
William Andrew no sabía nada de mí y pudo hallarme, en ese condado alejado de Oklahoma. Con sólo mi nombre y los rumores de Karen Kleiss siguió mi rastro. Buscó en todas las escuelas del país y descartó muchas personas, cerrando cada vez más el círculo que lo llevaría a mi. La mujer con el bebé de apellido Graham...
-Deben buscarla antes de que se deshaga de su bebé. Es una chiquilla y está dolida. Todo por culpa de la difunta, ella se encargó de alejarla.
Karen había hablado de más a causa de la bebida, durante toda la noche.
William y Archibald pensaron que era la oportunidad perfecta para traer a Candice de regreso, para abrirle los ojos y mostrarle el tipo de hombre que era Terruce.
-Vayan por ese niño o niña... si tu esposa se entera que él tiene un hijo, podrás recuperarla... esa mucama, chiquilla tonta, se lo dije, estaba poniendo sus ojos muy alto... muy, muy alto...
Karen Kleiss no sólo era la mejor actriz de New York, era una mujer lista, tan lista que podía fingir un estado de ebriedad con tal de decir las cosas. Con tal de hablar y alejar a Candice de Terry, porque a ella también le dolía. Porque a fin de cuentas también se había perdido en la inmensidad de esos ojos zafíreos y había caído en su fatal embrujo... y se había enamorado.
Cuando William me contó todo lo que hizo para dar conmigo. Y cómo había creído en el testimonio de Karen para buscarme, no pude sino agradecerle a ella. Porque por ella, llegó a mí el hombre que ahora amaba.
Y caí en la cuenta que echaba de menos sus ojos bellos. El calor de su abrazo y su pecho desnudo pegado a mi espalda. Eché de menos el sabor de su boca y sus dedos acariciando mi rostro y todo mi cuerpo. Amaba todas y cada una de las facetas de William Albert Andrew. Aún amaba aquellas horas en que ni él mismo se soportaba. Se encerraba en su despacho y salía otra vez hasta recuperar la calma.
Aprendí a callar, a respetar sus silencios y a amar sus sombras, porque nadie es perfecto.
Amé su tierna manera de besar mis párpados, de entrelazar su mano a la mía, de arroparme junto a su cuerpo cálido en las noches frías. Tenía una delicada y al mismo tiempo firme manera de hacer el amor, siempre llamándome a mi, por mi nombre. Siempre mirando mis ojos y entrando en mi cuerpo, estallando juntos, al mismo tiempo.
Volví a Chicago, el silbato del tren anunciando la llegada me produjo una emoción intensa en el cuerpo. La estación estaba abarrotada de personas en su constante ir y venir. Pero entre todas ellas era fácil encontrarlo. Pocos caballeros eran tan altos y ninguno tan desfachatadamente guapo como él.
Avanzaba hacia nosotros con una sonrisa, con su andar gallardo, coqueto, con ese porte y la espalda recta, con un cachorro bien atado a su correa, jaloneándose inquieto.
William había cortado su cabello y conservaba su bigote y barba del color del oro, él sabía cuanto adoraba la sensación áspera de su rostro rozando la piel del mío y de mi cuerpo. Al vernos se quitó el sombrero y abrió sus brazos.
Mi pequeño corrió hacia él y ya no me obligué a mirar a otro lado. Me deleité en la dicha de saberlo nuestro, él no iba a dejarnos por nadie, y yo no iba a escapar de su vida.
Acaricié su rostro y besé sus labios, mi corazón latía tranquilo, en paz. William era mi verdadero hogar.
Y cada mañana se me hizo costumbre amanecer en sus brazos, alguna tarde escapaba del despacho y conducía a casa, tan sólo para estar conmigo. Cada que podía escapar de la escuela igual corría a su despacho. Cada noche dormíamos juntos. Cada noche nos hacíamos el amor y en cada encuentro de nuestros cuerpos y nuestras almas espantábamos los viejos fantasmas, el recuerdo de otras caricias y otros sabores, para hacer lugar a otros nuevos, mil veces mejores.
Una mañana nuestro perro salió disparado en dirección a la calle, corrió aprisa ladrando a los caballos que jalaban un par de elegantes carretas. Mi hijo observó desesperado cómo los caballos arrastraban entre sus patas al pequeño animal y corrió tras él para intentar ayudarlo. Miré con horror cómo se alejaba tras el perro. Me quedé inmóvil, sin poder reaccionar para detenerlo.
Pero William estaba ahí y alcanzó a mi hijo justo a tiempo. Antes de que terminara también enredado entre las patas de los equinos.
Abrazó a mi niño y lo consoló para después tomar en brazos a nuestra mascota por demás herida. Llegué hasta ellos y escuché la triste súplica de mi pequeño:
-Dime que se va a poner bien... ¡por favor papá, dímelo!...
Algo en mi hombre amado cambió desde entonces. Un brillo y una dulzura distintas se pintaron en su mirada para siempre.
El perro sanó y pronto llegó el día en que ni Papá, ni mi hijo, ni yo quisimos volver a vivir separados. Éramos ya una familia.
Y hablando de familias, conocí al clan Andrew, sólo un par de distinguidos y serios caballeros que según lo que pude ver, lo querían sinceramente y él a ellos. Me habló del tiempo que dieron por perdido a Stear, uno de esos dos caballeros que parecía vivir ensimismado en un mundo aparte. La guerra lo había cambiado, pero finalmente y tras mover cielo, mar y tierra pudieron rescatarlo. Me contó de Anthoine, un sobrino suyo que no tuvo la suerte de volver a ver con vida después de un terrible accidente. Al final me habló de una mujer a la que quiso mucho, Emery Elroy Andrew, tía y pilar ancestral de la familia. No pude conocerla, pues falleció por el tiempo en que William trataba de mantenerse en pie, por su propio tornado llamado Candice.
Por la falta de una pierna en el cuerpo de su sobrino, fue que William decidió iniciar con la Escuela de educación especial, era para él una forma de inyectar esperanza en la vida de ese joven hombre, que guardaba escenas de la cruel guerra en su mirada triste, siempre oculta detrás de sus gafas. Stear observaba a los niños reír y continuar con sus vidas a pesar de lo que fuera. Una pierna, una mano no eran limitantes para ellos.
Una mañana uno de esos niños se acercó a Stear que observaba el alegre ajetreo de todos ellos...
-¿Tus papás van a inscribirte? Eres algo viejo, pero nos falta uno en el equipo.
Y desde entonces Stear fue parte importante de ese equipo y de todos los asuntos concernientes al Colegio.
Llegué a convertirme en la Directora. Era un puesto que no podía rechazar, aunque algunas de las profesoras decidieron irse con mi nombramiento. Así como tampoco podía negarme a organizar con George Jhonson los eventos de recaudación de fondos en los que las percepciones venían casi en su totalidad de las cuentas bancarias de mi marido.
Sí, mi marido. William Albert y yo nos casamos en el otoño siguiente. Un año después de habernos conocido. Sus amables sobrinos Stear y Archibald se volvieron mis amigos. Comenzaron aceptándome y terminaron por quererme y tratarme como una de ellos, una auténtica Andrew. No hacían diferencias conmigo aunque alguna vez me atreví a confesarles mi humilde origen. Por el contrario, pareciera que tenían cierta debilidad por las personas que como yo, habían empezado desde abajo.
Un día, William se iba de viaje por negocios, lo seguí hasta su despacho personal ubicado en la mansión misma, había olvidado su corbatín por las prisas.
Jhonson escuchaba atento cada una de las indicaciones y esperé afuera, más por no interrumpir que por estar escuchando lo que ellos decían.
-Desde hace mucho debieron hacerlo, fue una de las cosas que encargué y deliberadamente se ha ignorado la indicación hasta el día de hoy. Por favor George, no deseo que mi mujer vaya por la casa encontrándose con sus fotografías.
-¿Deseas que las guarde en el ático? Podríamos hacerles un espacio en el enorme estante de la biblioteca que permanece bajo llave...
-No George. ¿No fui claro con lo que quiero?, necesito esas fotos fuera de esta casa. A mi regreso no deseo ver una sola imagen más de ella.
-¿Donde las dejaremos entonces?...
-Eso me tiene sin cuidado... quémalas, ¡envíalas en un cargamento de víveres al orfanato!, decídelo tú George. Por favor, ayúdame con eso...
Y es que, a pesar de todo y aunque muriera de celos, no era yo capaz de imponerle a nadie mi presencia, decidir qué se quitaba y que permanecía lo consideraba algo ajeno a mis facultades. Me costaba tanto encontrarme con esos ojos y esa sonrisa en cada rincón de la enorme casa, que cuando las fotos de ella, dejaron de estar colgadas en las paredes, colocadas sobre algún mueble, ocultas en los cajones, lo agradecí en el alma. Ni siquiera volví a encontrarme con la foto de ellos en Tanzania.
Y los años pasaron, como pasa la vida, como si sólo se tratase de un breve instante.
Estábamos en esa casa de jardines preciosos y fuentes y árboles.
Me distraje un momento con la risa de júbilo de mi niño pequeño, inclinado en la fuente de cantera verde, tratando de alcanzar las hojas secas que se sumergían y volvían a flotar en el incesante chisporroteo del agua.
-Deja eso bebé, vas a mojarte...
-Es sólo un niño, él que sabe.
Volví a encontrarme con esa mirada inquieta, curiosa. Se veía hermosa, aunque el estilo de vida que llevaba le estaba pasando factura en las líneas de expresión tan marcadas en su rostro y en la delgadez que dejaba de ser exquisita para rozar los límites de la buena salud. Sin decir nada sólo sonrió y se acercó a mí besando mi mejilla, como en otro tiempo.
-Sigues siendo tan hermosa aunque ya no eres esa chiquilla que recuerdo. La vida te hizo justicia, pusiste esos ojos bonitos alto, alto, pero esta vez en el sitio adecuado. -Se acercó a mi oído y me dijo quedito: -Andrew es el mejor...
Sentí la sonrisa desaparecer de mi rostro.
-Oh querida, pierde cuidado, no me refiero a lo que estás pensando...
Se alejó contoneando ligeramente las caderas. Mi mente confundida se empezaba a llenar de todas esas memorias que ahora parecían incluso ajenas, como si le hubiesen pertenecido a otra mujer, a una buena amiga que me había confiado su desamor y su sufrimiento. Porque ya nada de eso me pertenecía, ni podía dolerme. Excepto cuando a lo lejos vi cómo Karen Kleiss se unía en un saludo muy afectuoso a mi marido y sentí la lacerante daga de los celos hacerme temblar desde lo más hondo de mi ser.
-Es inofensiva... ella es así, no tiene que preocuparse. -La voz de otra mujer me sacó de mis pensamientos. -Señora Andrew, es un gusto...
-Igualmente...
La nana de mis hijos, la señora Flynn notó la inquietud y la molestia en mi pequeño y se acercó aprisa con las sonajas en mano para llevarlo con ella y distraerlo. Seguí el rastro de la amable nana y al abrirse paso entre las personas con mi hijo en brazos, pude verlo.
Ahí estaba.
Después de tantos años y tanta vida que había pasado entre nosotros.
Su semblante serio, hacía una ligera venia con la cabeza a manera de saludo a quienes a su lado pasaban. Y de su brazo ella, Candy, su amor eterno.
Busqué la mirada de William, ¿se habría dado cuenta que también estaban ellos?
A grandes pasos se acercaba ese precioso muchachito que atraía las miradas de todas las jovencitas de su edad. Alto, delgado, con su cabello corto apropiadamente, pero con el andar exacto, la sonrisa y la mirada idénticas a aquéllas que ostentaba el actor que a lo lejos me había reconocido.
-Mamá, ¿cree usted que falte mucho para poder irnos a casa? ¿podría decirle a papá que no deseo estar más en esta fiesta? No soporto las frivolidades y toda esta gente... me enferma.
Hasta en eso se parecía, en su semblante de fastidio, en la forma de levantar la ceja izquierda, en la postura rebelde mientras con las manos en los bolsillos miraba de reojo hacia todos lados. Era la oportunidad perfecta para desaparecer de ahí. Abracé por la espalda a mi hijo para ir hacia William cuando volví a escuchar la voz de él.
La que a pesar de haberse vuelto un recuerdo polvoso sonaba esta vez con tal claridad junto a mi.
Terruce y su esposa Candice Graham, Candy para los que han sido cercanos...
Y ahora fue su turno de mirarme sin esa sonrisa que ostentaba en las fotografías. Sin esa dulzura y ese candor que era capaz de eclipsar al mismo sol.
Sólo estaba ahí, observando. Observando a mis hijos, a William que en un momento ya estaba a mi lado aunque no supe cómo había llegado. Sus dedos temblorosos rozaban los míos buscando mi mano.
Mientras ella y sus ojos verdes no perdían detalle de nada, permanecía atenta a los rasgos de mi hijo, a su voz de adolescente repitiéndole a su padre que deseaba irse, no quitaba la atención a la sonrisa, a la mirada y los gestos que ciertamente podían resultarle tan familiares. Parecía sonreír a veces, pero esa sonrisa no llegaba hasta sus ojos, y tampoco dejaba de mirarme. Parecía estar tranquila frente a quien fuera su esposo, evitando mirarlo, sosteniendo del brazo a su actual marido. El mejor actor de Broadway.
Escuché a lo lejos la trivial plática, todo me resultaba tan ajeno, tan vano. Los saludos y preguntas de protocolo que ya había presenciado en infinidad de fiestas y tardes como ésa.
Y pensé en mi vida. En los intrincados caminos que el destino nos tiene preparados o que tal vez uno mismo va trazando sin saberlo.
Me encontré entonces con la mirada de Terruce observando mi mano entrelazada a la mano de mi esposo.
Después me miró directo a los ojos, como si no le importaran las consecuencias de esos segundos en que su intensa mirada atravesó la mía sin necesidad de palabras, y siendo tan breve como en sus cartas... me dijo mucho.
Observó a mi hijo y el color abandonó su rostro.
La despedida fue rápida, incómoda. Después silencio.
Mi esposo apretó mi mano, me miró y sonrió contento.
Adiós fantasmas, adiós para siempre. La vida puso a cada cual en su sitio. La vida le dio a cada uno lo que había pedido.
No puedo envidiarle nada. Ella camina junto a un hombre que la ama desde siempre, él está con la mujer que estaba destinada a ser su compañera. Con la que trepó árboles, con la que vivió un sin fin de aventuras, a la que defendió sin importarle las consecuencias, a la que se le apareció de entre los árboles de un bosque, montando un caballo como un verdadero príncipe. Lo sé porque encontré el diario de ella en el viejo ático y me di permiso de leerlo. Entendí que a ellos, los unía un amor fuerte, verdadero.
No puedo ni debo envidiarla pues a mi me acompaña un hermoso hombre que recogió mis pedazos y ayudó paciente a que mi corazón sanara, mientras el suyo también lo hacía. En las frías noches de tormenta y los días nublados calentó mi cuerpo con el suyo, pero también, refrescó mis días con su brisa y su alegría. Porque la humilde mucama también encontró su príncipe. Uno que jamás la dejaría...
William lo sabe todo, sabe mi historia sin ningún secreto, sabe de Terruce y lo ve a lo lejos, lo ve alejarse del brazo de quien él también amó hasta olvidarse de sí mismo. Pero él sujeta mi mano en su brazo y vuelve una vez más a buscar mis labios.
De niña, pude perderme en esas historias de grandes amores y tristes despedidas. Sin saber que mi propia vida iba a ser una historia de amor y dolor profundos, de pérdidas y de reencuentros. De perdones y secretos. La vida sigue, siempre sigue. Nunca deja de sorprendernos.
Ahora un paisaje hermoso decora la estancia. William le llama "Bongo", es un retrato donde estamos juntos y un león descansa a lo lejos, holgazán, apacible. Mi esposo, nuestros hijos y yo en lo alto de un monte y detrás nuestro la inmensidad de la sabana, el atardecer que mece nuestros cabellos y sostiene por igual nuestros sueños. Sí, es Tanzania en África.
He vuelto a soñar con esas largas avenidas por donde vamos William y yo, tomados de la mano. Veo pasar junto a nosotros ese carrito de metal, con sus asientos de cuero rojo. Terry va conduciendo y a su lado Candy, sonriendo. Los miramos alejarse y ya no nos duele, porque a los fantasmas del pasado se los han llevado en el asiento trasero, allí donde el gato gris va con ellos...
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FIN
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Gracias de nuevo. Mañana respondo sus comentarios en un "capitulo extra" que no será capítulo, solo por el gusto de responder a sus preciosos reviews... Hasta luego!
