Una vez más aquel bar era testigo de una nueva traición. Cómplice del desgarramiento de la fragilidad ante una ilusión vaga de amor.

¿Cómo se le ocurría pensar que, tal vez, un hombre como Kakashi podría brindarle un espacio de contención y amor como siempre lo había anhelado?

Debió haberlo sospechado. Fue sólo sexo y nada más.

¿Cuál era el maldito afán de ilusionarse ante las palabras bonitas de un hombre que resultó ser un patán?

Ya nada tenía sentido. Su frustración volvía a tomar partido en aquel corazón resquebrajado.

La botella de vino tinto que había solicitado estaba a punto de acabarse. Su mente aún pensaba en Kakashi y su cuerpo imploraba regresar a casa.

—Saku... —aquella enérgica voz se presentaba ante ella, arrastrándola nuevamente a la cruel realidad.

La pelirrosa sonrió y posó una mano en su frente. Sus lágrimas estaban a punto de salir y antes que comenzará a expulsar el dolor que estrujaba su corazón, el rubio tomó la palabra.

—No me digas nada... —le quitó la botella y el vaso. Se sirvió un poco y lo bebió de inmediato— Otro desgraciado acaba de romperte el corazón.

Sakura era un libro abierto para Naruto. Eran amigos desde hacía varios años y él había aprendido a leerla casi con los ojos cerrados. Recordaba cuando había roto con Sasori, el cual había caído en un deplorable estado de ebriedad del cual Sakura había olvidado por completo.

Aquel vicio la perdía y sólo así podía escapar de su cruenta realidad.

—No podés continuar haciendo esto. Sé que te duele, pero el alcohol no sanará tus heridas—espetó con seriedad.

—¿Nunca te enamoraste de la persona equivocada, al punto de querer romper todo a tu paso? —Sakura se recostó sobre la mesa y cerró los ojos.

Naruto desvió la mirada y suspiró. Rascó su nuca y se levantó. Se ubicó al lado de la pelirrosa y estiró su mano.

Ella abrió los ojos y levantó la cabeza.

—Te llevaré a tu casa. No puedo verte así, no en este estado—la preocupación de Naruto fue el punto más fuerte en su lazo de amistad.

—Te quiero, Naruto. No podría pedir nada más que eso... —expresó y tomó su mano.

—Yo también y como el mejor amigo que soy, velaré por tu bienestar. Además, tenés que descansar—caminaron juntos. Naruto la abrazaba para asegurarse que Sakura no se desplomara debido a su estado de ebriedad.

Aquella amistad era todo lo que podía valorar de un hombre. Naruto fue uno de los únicos que supo cuidarla y valorarla.

No podía pedir más que eso...

[...]

Al día siguiente, su cabeza estaba a punto de explotar debido a la resaca.

Hacia mucho tiempo que no bebía en demasía y sus consecuencias se manifestaban de forma inmediata.

De cualquier manera, Sakura no faltaría a su trabajo y se presentó en la empresa para no dejar en evidencia su creciente molestia luego de descubrir la verdad.

Cuando estaba a punto de llegar a la empresa, se cruzó con quien menos deseaba ver.

Sasori lucía un costoso traje negro, zapatos de charol y anteojos negros. Recargado contra una de las columnas del edificio, notó la llegada de la pelirrosa.

Hizo a un lado el habano que estaba fumando y caminó hacia ella, quedando frente a frente.

Sakura resopló y frunció el ceño. Estaba realmente molesta y lo que menos deseaba era toparse con el pelirrojo.

—Buen día, preciosa—ironizó y miró al cielo, notando la tormenta que estaba a punto de desatarse.

—¿Qué es lo que querés? —espetó con fastidio. Su presencia la irritaba aún más.

—Bueno, quizás quería volver a convencerte de que trabajes conmigo y me prestes tus maravillosas habilidades para que juntos crezcamos en este rubro—volvió a dar una calada y soltó lentamente el humo frente al rostro de la Haruno, quien tosió de inmediato—. Serás la reina que siempre debiste ser, preciosa.

Sakura trataba de analizar detenidamente su extraña propuesta. No entendía cuál sería su fin, pero no encontraba aquella pista que necesitaba.

—Me niego—Sakura adelantó su paso pero fue detenida automáticamente por Sasori. Sostenía su muñeca con fuerza, impidiendo que ella pudiera zafarse.

Sakura lo miró con desdén y él simplemente sonreía.

—¿Esa es tu última palabra, princesa? —su perfume era un cruel veneno que mataba lentamente. Lo aborrecía más que a cualquier otra persona.

—No insistas. No dejaré a Hiruzen para ir con vos—sacudió su mano y logró quitarse al pelirrojo de encima.

Sasori rió sutilmente y antes que Sakura se alejara, gritó:

—Pronto tendrás novedades de mí. Sólo esperame.

Ella lo veía con recelo. Ya no sabía qué esperar de aquel hombre que estaba siendo aún más persistente.

¿Cuál era su cometido?

Sakura caminó con firmeza. Su rostro se había vuelto más rígido y frío.

Su desconcierto aún estaba allí, esperando respuestas.

Cuando cruzó la entrada de la empresa, notó un gran alboroto entre las recepcionistas.

Al acercarse, podía oír claramente a la chica que tenía la voz más chillona, lastimando aún más sus oídos y retumbando su cabeza a límites inimaginados.

—¡SOS UN IDIOTA! —gritaba y golpeaba el pecho de Kakashi, quien estaba furioso y cruzado de brazos.

Sakura espiaba lo sucedido escondida entre las mujeres que no paraban de murmurar.

—¿Acaso no tienen algo mejor que hacer? —espetó con soberbia.

A decir verdad, Kakashi no toleraba a ninguna de las mujeres de aquel lugar. Les parecía superficiales y chismosas.

—¡TU NOVIA ESTÁ EN TU ESTUDIO ROMPIENDO TODAS TUS COSAS Y NO TENÉS NINGUNA INTENCIÓN EN FRENARLA! ¿ACASO CREÉS QUE NOSOTRAS SÍ PODRÍAMOS? —espetó una de ellas, recordándole a Sakura el motivo por el cual ella sentía la jaqueca en ese momento.

La pelirrosa resopló y decidió pasar en medio del caos, captando la atención del peliplata.

Lo ignoró y se dirigió hacia el ascensor. Tocó el botón y esperó a subir.

—¡Sakura! —gritó Kakashi al otro lado. La Haruno volteó y enarcó una ceja. Ambos se miraron en silencio y él se fue acercando a ella.

Sakura tragó saliva y rogó que el ascensor llegara antes que Kakashi, pero no pudo ser concedido porque ambos llegaron al mismo tiempo.

Bajo la atenta mirada chismosa de las mujeres, Kakashi tomó la mano de Sakura y la llevó dentro del ascensor, tocando el botón del piso más alto del edificio.

Incomoda y molesta, Sakura cruzó sus brazos y refunfuñó.

—¿Qué rayos te pasa? —inquirió el peliplata, denotando una creciente molestia en sus facciones.

—¿Acaso no es obvio? ¿Desde cuando estabas con esa mujer? —comenzó su reclamo. Ella odiaba pasar al segundo plano, más sin consentimiento.

—No es de tu incumbencia. Ella no importa ahora. Yo te quiero nada más que a vos y eso no cambiará...

—¿No cambiará? Ella está en nuestro estudio y, por lo que dijeron esas tontas, está muy enojada. Supongo que debe saber algo y yo no me involucraré en eso—espetó con furia.

Kakashi no toleraba esa lejanía que imponía la pelirrosa. Él la deseaba con todas sus fuerzas y la presencia de su novia estorbaba en sus planes de conquista descarada.

Sujetó a Sakura por la cintura y levantó su mentón a la altura de su rostro.

Kakashi era algunos centímetros más alto que la chica, así que eso lo beneficiaba.

Ambos jadeaban. El deseo aún permanecía allí, pero su pecado estaba presente.

—Mi cuerpo es tuyo. No me molestaría dártelo todo el tiempo que desees poseerlo. Esa mujer no me interesa, nunca me ha gustado. Nuestra relación era estrictamente interesada, pero lo nuestro... —se acercó deliberadamente a los labios de Sakura, devorándolos con lascivia.

Sakura sentía un gran nudo en su garganta. Su cuerpo no respondía y sólo permitía que el peliplata volviera a tentarla a pecar.

Él era el deseo encarnado en un cuerpo que no podía ignorar. Su pasión la envolvía y la hacía delirar.

Quería huir, pero sus instintos carnales sólo la instaban a continuar aquella farsa.

El sonido de las puertas del ascensor les avisó que aquel encuentro debía postergarse.

Ambos salieron con sus rostros inexpresivos, tratando de disimular algo que era casi imposible.

—Iré solo. Es mi problema y lo arreglaré en menos de lo que creés—Kakashi sugirió que regresara al notar la presencia de su jefe a unos metros del estudio.

Hiruzen estaba enfadado, pero su expresión lo demostró al toparse con Kakashi.

—Arreglá eso y luego quiero que vayas a mi oficina—espetó y el peliplata asintió.

Sakura se detuvo frente al hombre y suspiró. Hiruzen le sonrió y la invitó a que lo siguiera.

—Tengo que proponerte algo, Sakura—comenzó diciendo mientras ambos caminaban hacia el ascensor.

Hiruzen tocó el botón del mismo y cuando abrieron las puertas, ambos subieron.

—¿En qué podría ayudarlo? —comenzó preguntando.

—Esta noche tengo un evento de beneficencia para el hogar de niños y mi hijo no podrá acompañarme. Quería preguntarte si estabas libre y si te molestaría ser mi compañera en ese lugar—exclamó en un tono dulce y con mucha felicidad.

Sus ojos brillaban cuando pensaba en aquellos pequeños y su ilusión era palpable.

Sakura no estaba en condiciones de ir a su casa y seguir llorando en vano.

—Cuente conmigo—sonrió.

Hiruzen palmeó suavemente su hombro y suspiró.

—Gracias,Sakura—observó el piso al cual se dirigía y, antes de bajar, expresó: —Tomate el día. Esta noche pasaré por vos.

Hiruzen bajó y dejó desconcertada a la pelirrosa.

[...]

Su vestido era el más bello que había comprado.

Sutil, ligero y nada sugerente.

Había elegido el negro para guardar luto a su corazón herido. Nada podría salir mal.

Su maquillaje era perfecto, tal como su trabajo.

La bocina del auto del Sarutobi estaba a la espera de su salida. Ella estaba dispuesta a ser la acompañante más bella de la noche y eso lo había grabado en su mente.

El hombre manejaba el vehículo. Sonrió al ver la majestuosa belleza de la Haruno.

Le permitió sentarse a su lado y contemplar la belleza de una calle desierta.

—Estás muy radiante, Sakura. Estoy seguro de que serás la envidia de muchas en ese lugar... —aseguró mientras manejaba.

Sakura sonrió y pensaba en aquel cumplido que alguna vez había oído.

Tus habilidades para maquillar son perfectas. Podés despertar deseos en cualquier hombre que quieras...

Pero Hiruzen no era el caso. Él opinaba desde un sitio distinto a Kakashi o Sasori.

Él admiraba la belleza femenina y enaltecía el arte del maquillaje.

—Gracias. Haré todo lo posible para que esta noche sea perfecta.

—Claro que sí.

Al llegar, estacionó su vehículo frente al gran edificio donde se haría el evento.

Los periodistas, como siempre, esperaban pacientemente su llegada.

Hiruzen bajó primero, ayudando a Sakura para caminar juntos hasta el gran salón.

La pelirrosa estaba abrazada a su brazo, sonriendo falsamente mientras su corazón se rompía al recordar esa maldita llamada.

Fue sólo un instante, cuando aquello sucedió.

Fue sólo un momento, cuando todo se derrumbó.

Los gritos desesperados de los que presenciaron aquel acto, se abalanzaron hacia Hiruzen, quien yacía en el suelo cubierto de sangre.

Su cabeza, contenedora de una maldita bala que atravesó su cráneo, fue el motivo por el cual Sakura acabó sucumbiendo ante la desesperación.