¡Al fin! Lamento la demora, pero aquí vamos, poco a poco y sin pausa; he tenido unos meses algo ajetreados, espero que estén teniendo un buen año en lo que cabe por la situación que se ha presentado en todo el mundo. Por favor, tenga mucho cuidado.

Disclaimer: InuYasha ni ninguno de sus personajes me pertenece; a excepción de los que no reconozcan, entonces son míos (?)

Advertencias: Faltas de ortografía de las que no me haya percatado.

A través del espejo

Una extraña aldea

El sonido de unos caballos acercarse hicieron que Kaede se levantara de su asiento, que los aldeanos hicieron fuera de la aldea para que estuviera cómoda mientras esperaba el regreso de los jinetes; tenía sus heridas vendadas y su corazón adolorido por no saber qué había pasado con Kagome.

Sentía la culpabilidad royendo sus entrañas al pensar en la adolescente, tan ingenua a los peligros del mundo y tan decidida al mismo tiempo, ella pudo huir, huir lejos para pedir ayuda o simplemente esconderse; pero decidió quedarse para tratar de ayudarla.

Lo que probablemente le costó la vida.

—¿La encontraron? —preguntó cuándo los aldeanos se bajaron de su montadura, cansados y con rostros oscurecidos por las noticias que llevaban.

—No, Kaede-sama. Ni a la extraña ni a la yōkai que la atacó, no hay rastros de ninguna, llegamos hasta los límites de la siguiente aldea. Hablamos con las recolectoras para estar seguros, nada.

La anciana bajo la mirada cansada y triste.

Kagome no era su hermana. No era Kikyō, pero sintió de nueva manera esa sensación de vacío y dolor ante su perdida; cualquiera que fuera su misión se le negó ante una muerte temprana.

—Regresemos a la aldea, Kaede-sama —llamó una aldeana con su rostro teñido de la misma pérdida, ella no había conocido a la adolescente, simplemente la vio pasar a lo lejos, sin embargo, siempre era triste perder alguien tan joven, más si se sacrificó por su querida Kaede—. Mañana podemos rezar a los dioses por el descanso de su alma.

La sacerdotisa asintió.

Era lo menos que podían hacer, y tal vez, en sus rezos pudiera encontrar su esencia para disculparse y agradecer su valor.

Sí.

Kaede lo haría.

.

.

.

La luz que se filtro fue suficiente para hacer que Kagome frunciera el ceño antes de entreabrir sus ojos poco a poco, se sentía tan desorientada e incómoda, pronto se dio cuenta que no reconocía el lugar donde estaba y que había dormido bocabajo, la razón del por qué se sentía tan mal era que sus pechos se apretaban dolorosamente contra la madera, podía sentirla aun con la ¿cama?, hecha de paja, al tratar de levantarse no sólo sus brazos no tenía la fuerza para impulsar su cuerpo hacia arriba, sino que una punzada dolorosa recorrió toda su espalda.

¿Qué le había pasado?

—Yo no haría eso si fuera tú.

Kagome se estremeció al escuchar esa voz, giró su rostro para poder distinguir a la dueña, quien iba entrando a la cabaña, en sus brazos llevaba un jarrón de barro, intuyó que en su interior tendría agua; sin embargo, su mente estaba más interesada en la mujer de cabello castaño oscuro que le miraba curiosa, pero cautelosa.

—¿Quién-? —no pudo terminar de formular la pregunta cuando su garganta reseca le ocasionó un ataque de tos, que hizo que sus heridas dolieran por cada sacudida.

—Ten, bebe.

La morena no se percató en que momento la otra mujer se había acercado y arrodillado a su lado para ofrecerle un pequeño cuenco lleno de ese cristalino líquido, abrió la boca para recibirlo, no puede describir el alivio que sintió al beber, ¿por qué sentía que había pasado días? Dios, ¿estaría bien la anciana Kaede? Temía que la herida en su brazo no hubiera sido atendida a tiempo y el sangrado cobrará la vida de la anciana, de ser así, sería su culpa, no podría cargar con eso, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Oye, oye —la mujer frotó con cuidado su espalda baja, evitando las heridas vendadas—. Está bien, tu herida no es tan grave, de no ser por el veneno estarías muy bien.

—¿Ve-veneno? —Kagome se estremeció ante la idea.

—Sí, pero logramos contrarrestarlo —tranquilizó, ayudando a la morena a reincorporarse, para seguidamente darle una kosode y cubrir la piel que las vendas no lograban, Kagome se percató que ya no traía su falda, sino un hakama de color gris—. Así que no debes preocuparte, después de todo si alguien sabe sobre venenos de yōkais y demonios somos nosotros, después de las sacerdotisas.

—¿Ustedes? —empezaba a recobrar su voz y su cuerpo respondía mejor.

—Somos exterminadores de monstruos —respondió como si esas palabras explicaran todo, pero no para Kagome, una desconocida en ese mundo, pero que seguía teniendo esas extrañas sensaciones de conocer todo y a la vez nada.

—Lo siento, no sé quiénes son —se obligó a replicar confundida.

La sorpresa no tardó en dibujarse en ese rostro, que le recordaba vagamente a alguien, tal vez a su propia madre porque las arrugas en su boca y ojos contaban las cientos de sonrisas que habían surcado en su cara.

—Oh… ya veo —respondió con cautela, antes de sonreír—. Bueno, soy la esposa del actual líder de los exterminadores, puedes llamarme Saeko, somos un grupo que protege las tierras neutras de los demonios y yōkais que amenazan a nuestra gente.

—Un gusto, mi nombre es Kagome, soy… una errante en esa tierra, sinceramente.

Y en cierto modo así era, no pertenecía a la época a la que fue arrastrada, era un tiempo en el que no sabía moverse, la prueba eran las heridas en su espalda y la ignorancia que presentaba ante cada cosa nueva.

—Es una palabra interesante, errante —la mujer se inclinó para acomodar la prenda que le quedaba grande sobre sus hombros y ceñirla con cuidado a su cintura con un obi—. Sin embargo, aun los que erran en las tierras tienen una historia propia y una tarea que cumplir.

Cuando las palabras se asentaron en sus oídos, Kagome sintió como un peso se levantaba suavemente del fondo de su estómago.

—Yo-

—Madre como está-

En la puerta congelado se encontraba un niño, tal vez de la edad de su propio hermano, Sōta, no, era mayor, aunque no por mucho, uno años, seguía la infantil redondez de la juventud, pero empezaba a marcarse ciertas áreas en su rostro que denotaban la llegada de la madurez.

—¡Oh! Justo a tiempo, ven, Kohaku —llamó sin perder el ritmo, el niño acudió de inmediato, con un ligero rojo en sus mejillas—. Kagome déjame presentarte a mi hijo menor, Kohaku, él fue quien te encontró a las orillas del río y te salvó.

Pero lucía igual de tímido al ser elogiado, pensó Kagome al ver como su salvador se encogía con un sonrojo más que notario en sus mejillas.

—Muchas gracias por salvarme —cabeceó en reconocimiento.

—No fue nada —balbuceó removiéndose—, Kirara fue quién hizo todo a final.

—¿Kirara?

—Es la compañera de Sango, mi hija mayor, ¿dónde están? Quiero darles las buenas nuevas sobre Kagome.

—Están despidiendo a los monjes.

—Entonces, creo que nos vendría bien caminar un poco, quiero ver que no haya secuelas en tu cuerpo, después de todo estuviste casi 4 días con fiebre —Saeko se levantó para extenderle las manos a Kagome y ayudar a que se pusiera de pie.

Aunque tuvo unos pequeños tropiezos al principio, sus piernas se encontraban débiles, pero conforme fue caminando la fuerza volvió, no en su totalidad, pero no necesitaba la ayuda de los exterminadores, al salir de la pequeña vivienda no pudo evitar asombrarse, porque a diferencia de la aldea de Kaede aquí estaban rodeados de muros altos y fuertes, construidos por firmes y gruesos troncos de madera, no reconocía de que clase eran, pero por la disposición y altura, podría decir que construir sus defensas fue todo un reto.

—Es asombroso, están bien protegidos —alabó con sinceridad, luego recordó a la mujer ciempiés y lo grande que era, ¿habrías más monstruos con ese tamaño? ¿No podrían entrar por arriba? ¿Podían volar los monstruos?—. Pero no les preocupa los monstruos más grandes que podrían escalar los muros, es decir, fui perseguida por una mujer ciempiés por el río y era… inmensa.

—¿Ella fue quién te hirió la espalda? No sabía que los yōkais ciempiés seguían viviendo, hasta donde sabía fueron exterminados hace unos años por el antiguo líder de los exterminadores junto a una sacerdotisa del este neutral.

—¡Oh! No, no… quiero decir, la mujer ciempiés si estaba persiguiéndome, pero logré dejarla atrás por unos momentos y es cuando me encontré con Shiro, él fue quien terminó por asesinarla —narró con cuidado, tratando de recordar y resumir los hechos de manera entendible.

—¿Shiro? —cuestionó curiosa, no reconocía ese nombre, por lo que no podía ser ningún monje o exterminador solitario, pues su esposo conocía a todos ya sea personal o de nombre, después de todo, si alguno necesitaba apoyo en alguna misión confiaban más si tenían un precedente sobre ellos.

—Humm… así lo llamó, porque desconozco su identidad, sólo que era alto, muy alto —bueno pensó la morena, a comparación de su 1.59 que ella medía, él lo era—; y vestía prácticamente de blanco con algunos adornos de color y su obi era casi lo único de color que poseía, su cabello era platino que reflejaba la luna en todo su esplendor y sus ojos —no pudo evitar el suspiro que escapó de sus labios al recordar ese color dorado, tan brillante… y mortal—, relucían como el oro.

Saeko estaba sorprendida ante la descripción, la adolescente que no era mayor que su hija se había encontrado frente a un yōkai de última categoría y estaba viva, aunque considerando la herida en su espalda, pudo ser suerte; miró a su hijo que tenía una expresión atónita e impresionada, lo cual era de esperarse, él era curioso y decidido a seguir los pasos de su padre y hermana, aunque su esposo no le había permitido salir a una misión con los demás, no quiere decir que no entrenara y estudiara diligentemente para estar bien preparado cuando su padre lo requiriera.

—Ya veo —tendría que pasar esa información a su esposo, tener a un yōkai de ese poder cerca de la aldea sería peligroso—. Y contestando a tu preocupación, no, nuestra aldea está protegida a ojos desconocidos, su ubicación se mantiene en secreto y los demonios que lleguen acercarse son repelidos gracias a los conjuros y oraciones que los monjes renuevan cada mes.

Kagome asimiló la información en silencio, con sus ojos revoloteando sin pausa a su alrededor, intentando entender, por la disposición circular que alcanzaba a ver ella había estado en la periferia, al borde de las protecciones, sus salvadores seguramente estarían en el centro, el lugar más seguro.

—¡Hermana! —Kohaku se adelantó sorprendiendo a la morena por el inesperado grito.

La morena se detuvo bruscamente, a unos metros de donde se encontraba, justo al lado derecho de un hombre alto y robusto, se alzaba orgullosa una mujer, no, una joven no mucho mayor que ella, que estremeció su corazón.

No la conocía, y, sin embargo, la anhelaba.

Un anhelo que nacía de la melancolía.

Saeko, quien notó como Kagome se detenía abrumada se acercó con cuidado, tal vez fue demasiado pronto para dejarla caminar, el lugar donde la trataron no estaba nada lejos de la entrada, por eso sugirió ir.

—¿Está bien? —se apresuró a preguntar una vez la tuvo a su alcance—. ¿Tienes dolor de algún tipo? ¿Nauseas, mareos?

Kagome negó.

—No, sólo —miró una vez más a la joven que ahora tenía su atención en ellas—… un destello, supongo.

—¿Destello?

—…no sé cómo explicarlo, es como una sensación que se apodera de mí como si hubiera algo tratando de decirme algo.

Eso era interesante, decidió la mujer mientras entretejía la información que estaba logrando recopilar de Kagome, después de todo, ese era su papel en la aldea; una informante, el conocimiento era poder y quien tuviera poder, sobrevivía.

—Madre.

—¡Oh! Sango, querida —recibió con cariño a su primogénita—. ¿Todo bien con los monjes?

—Sí, sin contratiempos —respondió de buena gana, pero su mirada se desviaba a momentos hacia la joven que lucía mucho mejor que cuando la rescató Kohaku, supongo que ayudaba que sus ropas no estuvieran empapadas de sangre.

—Perfecto, por ahora, te presentó a mi hija Kagome, Sango —ella inclinó levemente la cabeza cuando su madre la presentó—. Ella dirige a los exterminadores en ausencia del líder.

—A su servicio —contribuyó Sango al reincorporarse—. Es bueno, verla de pie y-

El rugido de una bestia cortó el ambiente bruscamente, Kagome se llevó su mano diestra a la espalda sin pensarlo dos veces, frunció el ceño ante su singular acción, era la segunda vez que le pasaba; su proceder no fue pasado por alto.

—No temas, estamos protegidos, mi padre se encargará de la amenaza —tranquilizó, sin embargo, su curiosidad despertó—. ¿Eres una arquera? ¿Quién es tu maestro?

Kagome parpadeó confundida por las preguntas.

—No… es decir, no soy una arquera, ni siquiera he tocado uno —replicó rascando su costado izquierdo que ardió por unos instantes antes de diluirse lentamente, comenzaba acostumbrarse.

—Pero tenías la forma de una arquera… bueno una novata en realidad, sin afán de ofender; si tu preocupación es que seas tratada con desdén por ser aun una aprendiz en tu arte, déjala caer, nosotros somos guerreros y respetamos la valentía y decisión al tomar un arma y aprender sus secretos —animó Sango con una sonrisa suave.

—Pero es que yo-

—Ella no es una arquera, hija —Saeko intervino con dulzura, su pequeña podría ser algo abrumadora cuando encontraba mujeres volcadas al arte de la guerra, pues con las batallas y el miedo, eran muy pocas las que elegían pelear y que tuvieran el permiso para hacerlo, pues preferían dedicarse a ser madres (algunas sin elección, en realidad).

—Pero-

—Llévala por algo de comida, Sango —interrumpió a su hija—. Hablaremos de eso luego cuando vaya, sólo necesito informar a tu padre sobre algo y los alcanzaré enseguida.

La exterminadora asintió, aunque ahora mostraba cierta cautela con la morena.

—Sígueme —pidió señalando el camino con una mano—. Kohaku, encárgate de mis rondas con Kirara.

Fue en ese momento que Kagome se percató del pequeño… ¿gato de dos colas? Que había estado entre los pies de Sango, esperando por cualquier orden, pues en seguida corrió hacia Kohaku, subiéndose al hombro masculino con agilidad y gracia.

—Sí, hermana —aceptó el niño acariciando la cabeza peluda y suave, obteniendo un ronroneo gentil, miró una última vez a Kagome antes de dirigirse a la entrada de la aldea junto a su madre, ellas fueron en sentido contrario.

El silencio se instaló entre las dos, a pesar de que varias personas detuvieron a la castaña para saludarla o preguntarle sobre cosas que Kagome no entendía y que sinceramente, no quería entender cuando las palabras hueso, cadáver y sangre se repetían tanto. Algo de lo que se percató enseguida la exterminadora.

—Mi madre tiene razón, no eres una arquera.

Kagome rió.

—¿Qué me delato? —bromeó mientras se retiraba su calzado para ingresar a la que suponía era el hogar de sus salvadores y como ella lo predijo, estaban exactamente en el centro de la aldea.

—Tus reacciones —contestó sinceramente, señalando un pasillo—. Cualquier persona ya sea experimentada o un aprendiz no se retorcería ante las consecuencias de una batalla, después de todo si vas a tomar un arma es porque sabes que vas a tener que ensuciar tus manos.

—Suena… a mucha responsabilidad —se acercó a uno de los cojines que había alrededor de la mesa baja, ¿tendría que sentarse sobre sus talones? ¿O podría sentarse cruzando las piernas?

—Lo es —murmuró distante antes de sacudir la cabeza y sonreírle—, espera iré por algo de arroz y sopa; toma asiento, regresó enseguida.

Kagome se quedó de pie en la habitación, miró de nuevo el cojín antes de dejarse caer con las piernas cruzadas, sentarse sobre sus tobillos era cansado; era una de las cosas que odiaba al vestirse como sacerdotisa en los días de evento del templo, estar horas en seiza era una tortura que no le deseaba a nadie, cuando regresara se sentaría de forma correcta para no ofender a sus anfitriones; mientras tanto observó su alrededor, era una habitación amplia, aunque la mesa pequeña, suponía que las comidas familiares eran ahí, pero también recibían mucha gente por lo desgastado que lucía el piso en algunas secciones, y los rayones de las patas de la mesa al ser movida.

Y por alguna razón, al estar en ese lugar le entraba un sentimiento de tristeza y soledad, no entendía por qué, pero era muy doloroso.

—Disculpa la demora —Sango entró llevando unos cuencos, mientras dos mujeres la seguían con lo que parecían recipientes antiguos donde se ponía en arroz cocido y la sopa—. Gracias, pueden retirarse.

Cuando se quedaron solas, la castaña rápidamente dividió los cuencos y sirvió la comida.

—Gracias —tomó lo ofrecido con una sonrisa.

—Espero no te moleste que te haga compañía.

—En realidad, lo agradezco, me gusta comer acompañada.

Sango le devolvió la sonrisa para comenzar a comer y Kagome, por fin, pudo relajarse.

.

.

.

—¿Estás segura?

Saeko asistió mirando a su esposo que ya estaba preparado para salir a cazar junto a unos compañeros, los cuales revisaban con cuidado sus armas, una sin filo sería peligroso.

—Por como habla y actúa, lo estoy, creo que sería mejor mantenerla vigilada por unos días… además de que aún debo estar al pendiente de su recuperación completa, sería malo que se fuera y tuviera una recaída, aunque en teoría su cuerpo ya debe haber creado resistencia al veneno, pero es mejor asegurarse.

—Confió en tu juicio, regreso antes del anochecer, haremos un recorrido de todo el perímetro para asegurar la zona.

Saeko miró como se perdían rápidamente entre los árboles, sin más que un leve murmuro y hojas crujiendo al aire; antes de ordenar con un movimiento de su mano para que cerraran las puertas.

Era momento de hablar con Kagome.

Continuará.

No fue largo, pero espero lo hayan disfrutado y empiecen a hacer sus propias teorías de que va a pasar, ¿a qué no se esperaban que aparecieran los exterminadores? Yo sí (?) Siempre quise que Kagome pudiera ver lo que Sango perdió y por qué la exterminadora es uno de mis personajes femeninos favoritos.

Ahora, ¿qué es lo que la madre de Sango piensa que es Kagome? ¿Alguien pude imaginarlo?

Con amor,

FiraLili

29/08/2020