Palabras: 248

Condición: Relación padre/madre e hijos


Te quiero


Al primero lo perdió antes de que pudiera conocerlo. Se desvaneció entre sábanas manchadas de sangre y Lysa lo lloró, porque habría querido algo que la uniese para siempre a Petyr.

El segundo llegó a dar patadas en su vientre. Lysa no amaba al hombre con el que había concebido a ese bebé, pero decidió que lo querría a él. Se lo decía cada vez que lo sentía moverse en su interior. «Te quiero. Te quiero, mi niño».

Se lo dijo cuando lo pusieron entre sus brazos, amoratado y sin vida.

Se lo repitió al tercer niño; y a la cuarta, que resultó ser una niña. Cuando se la entregaron, otro pequeño cuerpo inerte, lo único que pudo pensar es que todos acabarían igual: envueltos en mortajas, acunados por Hermanas Silenciosas, durmiendo en la tierra. Dejándola sin nada a lo que amar.

A su quinto bebé nunca le habló. Sabía lo que ocurriría.

Tampoco al sexto. Para aquel entonces ya no solo había perdido las palabras, sino también las lágrimas. Las lunas eran una cuenta atrás hacia un final, no un principio.

Por ello fue una sorpresa recibir un niño vivo. Lo contempló tras largas horas tras el parto, temiendo que en cualquier momento su llanto débil se apagase.

Pero no ocurrió. Era un bebé frágil y pequeño, pero sobrevivió. «Te quiero», se atrevió a decir de nuevo.

Así fue como Robyn Arryn acabó cargando sobre sus espaldas el amor que debería haberse repartido entre seis hijos más.


NA.

Lysa no es santo de mi devoción y, sin embargo, creo que estoy escribiendo más sobre ella que sobre nadie. Lo que tienen las historias trágicas, oye.