I.


El vivaz y verde pasto rodeaba las austeras lápidas como un océano, pero no hacía nada más que aumentar la pesadez en el aire. Trayendo más atención a los decadentes pilares angulares de concreto del lugar que Iori debía visitar una vez al año.

Mientras daba una larga calada a su cigarrillo, los ojos del pelirrojo se perdieron en el gris de la tumba del viejo Yagami, la cual estaba sofocada por la tumba de un Genjuro a su izquierda y una Shiki a su derecha. Iori pensó en lo furioso que estaría su difunto padre ante tal invasión de su espacio, pero que más daba. Ni siquiera se merecía estar en un cementerio.

Tirar sus cenizas por el retrete habría sido una decisión más barata y poética, la mierda con la mierda. Aunque para suerte de la memoria de su padre Iori no veía el punto de tal castigo, el bastardo estaba muerto de todas formas.

No hay alivio en humillar a un hombre muerto.

Yagami se sacó el cigarrillo de la boca con dedos vagos y lo apagó en su apellido tallado en la lápida. Ciertamente, que descanse en paz.

Comenzó a remover las telarañas que se habían formado luego de 364 días sin visitas.

— Todas las tumbas aquí tienen flores menos la tuya — dijo tomando un paquete de cigarrillos Seven Stars de la chaqueta. El viento revolvió su cabello y unos relámpagos destellaron en el horizonte anunciando una tormenta — De nada.

El joven se levantó sacando un cigarrillo y encendiéndolo con una chispa de su dedo índice. Dio otra larga calada mientras inconscientemente su mano jugueteaba con el dije de luna en su collar. El collar con el que dormía religiosamente todas las noches. El collar que pesaba como la cadena de un perro.

— Anoche me desmayé. En el baño —soltó el humo hacia el cielo nublado — Nunca creí que fuese posible vomitar tanta sangre y sobrevivir, tú no lo hiciste — Iori suspiró — Supongo que si soy mejor que tú después de todo. Solo debo llegar a los treinta y cinco y habré vivido más que ti.

Una risa irrumpió en su cabeza como uñas en un pizarrón erizándole los vellos de la nuca. Una risa que solo él podía oír.

Tú y yo sabemos que te quedan pocas lunas, pequeña escoria.

Sus hombros se pusieron tiesos a la par que Iori inhalaba y exhalaba con profundidad sin sorpresa alguna. Años de práctica le habían enseñado a no dejarse perturbar por aquella voz, así que continuo fumando. Ya no era el adolescente que descargaba su frustración destrozando su cuarto o su cuerpo, aunque sea no regularmente.

El piar de los pájaros en los cerezos invadía cada esquina del cementerio, pero Iori no los notó. Sino que prestó atención a los autos sonando en la distancia mientras seguía jugueteando con su collar.

Poco a poco la saliva comenzó a abultarse en su boca y sin pensarlo dos veces escupió en la sepultura de su padre. Como todos los aniversarios de su muerte el grito iracundo que había oído la mayoría de su niñez no llegó, dándole la certeza de que era posible. Era posible sentirse aún más solo.

Como una aguja que explota un globo en una habitación vacía, un movimiento a sus espaldas lo arranco de su trance. Iori giró su cabeza de un tirón en instinto, a punto de ponerse en guardia, pero quien sea había estado a centímetros de él ya había desaparecido, probablemente perturbado ante su comportamiento.

Sin movimiento aparente en su rostro indescifrable, Iori exhaló por la nariz metiendo las manos en los bolsillos de su saco.

Se alejó caminando hacia la entrada y sus pisadas resonaron con fervor en el concreto del cementerio para luego desaparecer por las calles grises de la ciudad.

—•—

La cama era fría y las sabanas ásperas. Iori abrió sus ojos y se incorporó lentamente para no despertar a la chica que yacía junto a él, pero en contra de su voluntad aquella imagen incitó que las nauseas subieran de un tirón a su garganta. Logró reprimirlas. De veras debía dejar de beber antes de buscar un polvo.

Desconfiado, palpó las paredes de su mente con cautela notando que el moho que era aquella voz no se encontraba en ningún lado.

Solía irse por un día completo, tal vez dos, desde el segundo en el que Iori se recostaba en la cama de un extraño. Tal vez porque sabía que el pelirrojo se retorcería en vergüenza luego del hecho y seria inútil golpear un cadáver, o porque el sexo era un concepto demasiado alienígena y asqueroso para una deidad que odiaba a los humanos. Sea como fuese, follarse a alguien le daba una noche en paz.

Y Iori ya había dormido lo suficiente como para funcionar. Era tiempo de irse.

Haciéndose paso a través de la oscuridad y el olor a sexo y sudor alcanzó la salida del apartamento. Al abrir la puerta inhaló el aire limpio de los pasillos levemente iluminados del edificio disfrutando los segundos de quietud.

¿Te divertiste?

Ante la sorpresa del sonido rebotando en las paredes descascaradas de su mente Iori se dobló sobre sí mismo sin lograr retener las copas que había bajado horas atrás, y vomito manchando sus zapatos de cuero con gotas de alcohol mientras su collar colgaba danzando frente a sus ojos lagrimosos.

—•—

El calor del ambiente estaba sofocándolo, la batería estaba mezclada demasiado fuerte y el parloteo de la pareja detrás de él se volvía cada segundo más agudo lastimando sus tímpanos, razón por la cual el pelirrojo decidió centrar su mirada en la barra para distraerse.

Maldición. Últimamente cada pequeña inconveniencia era suficiente para perturbar su apatía. Aunque si debía ser sincero era de esperarse. Siempre sucedía en esta época del año.

Iori se estiró por sobre la mesa para tomar la cerveza a medio terminar y el movimiento disparó un escozor ardiente de un millón de agujas desde su brazo hasta sus nervios.

Las heridas eran recientes, o por lo menos lo suficiente para que las cremas antibióticas fallaran en aliviar el dolor.

Maldijo por lo bajo.

¿Duele, pequeño Yagami?

Maldijo una segunda vez.

Te dije que el fuego sería peor que esas cuchillas oxidadas.

A este punto sabía que lo mejor era no dejarse inmutar por su acompañante de toda la vida, así que en lugar de oír el ruido que venia del interior, centro sus oídos en el que venia del exterior.

En cada esquina del club resonó un aplauso esparcido y a través de las luces rojas que lo cegaban Iori diviso un público escaso. Con la lluvia torrencial muchos aficionados habían optado por no ir.

Seguido de esto la siguiente banda subió al escenario solo para inundar el ambiente con un jazz demasiado ácido para su gusto.

Así que en busca de otro estímulo la mirada de Iori se perdió en los familiares focos carmesí que colgaban del techo como estrellas rojas, hasta que sintió una humedad punzante abultarse en las comisuras de sus ojos. La intensidad del color inundando su panorama le indicaba que habían cambiado las luces recientemente.

Solía venir a este club aunque sea una vez por semana, dado que no había demasia-

Un pinchazo en la yema de su dedo pulgar lo bofeteo de vuelta a la realidad. Iori bajó la vista para encontrar que allí, entre sus manos, se movía el dije de luna de su collar. Estaba jugueteando con el...nuevamente.

Que patética vida llevas pequeño Yagami ¿De veras es esto lo que te satisface?

El pelirrojo exhaló como un toro enjaulado, bebió lo que quedaba de la cerveza sin respirar y la voz revoleó la manta roja con más fuerza.

Por supuesto que sí, para las ratas cualquier basura es un manjar.

Tal cual había aprendido años atrás, luego de un millón de intentos fallidos, empujó las palabras filosas a la esquina más oscura de su cráneo en un intento por acallarlo. Momentáneamente parecía funcionar, y para cuando había acabado la última cerveza dispuesto a pedir otras cuatro la música de jazz por fin paró y las luces rojas se desvanecieron dejando paso a una luz blanca que baño el club.

Iori volvió a escanear la barra, logrando divisar una larga cabellera azul que no había notado minutos atrás, y por la manera encorvada que la figura tenia de sentarse supuso que había ido a beber en lugar de disfrutar el show o encontrar algún polvo.

Siempre elegía las chicas desinteresadas cuyos rostros gritaban "problemas emocionales" o "hedonismo como forma de lidiar". No porque quisiese un desafío, sino porque ambos odiaban lo que estaban por hacer...y Iori prefería jugar en condiciones de igualdad.

Así que, decidido, camino a través del parloteo de los clientes y se sentó junto a la chica esperando que estuviese lo suficientemente sobria como para consentir, pero como el reflejo de un conejo arisco el cuerpo de la joven se tensó ante su aparición. Sin intención de alarmarla, Yagami se movió al borde del asiento tomando tanto espacio como le fue posible.

Odiaba esta parte. Podía palpar la tensión entre ambos como una densa neblina.

— Un tequila — dijo Iori al bar tender, su mirada centrada en las botellas coloridas de los estantes.

La chica se removió ante el sonido de su barítono y Yagami comenzó a cuestionarse si siquiera debía intentarlo. Tal vez no quería otra cosa más que estar sola y él estaba tomando el mismo rol que todos aquellos sujetos pesados desesperados por follar. La clase de sujetos que más detestaba.

...Aun así decidió dar el tiro. Si erraba se limitaría a aceptar el rechazo como un hombre y volver a casa con toda la lentitud posible para evitar el silencio de su apartamento. Nada que no hubiese hecho con anterioridad. Sobreviviría otra noche solo, tal vez con la ayuda de una botella de vodka para ahogar la voz, pero lo haría.

— Uno para la chica — dijo monótono mientras el bar tender se acercaba con ojos entretenidos.

Al contrario de lo que Iori esperaba la joven no se rehusó...ni demostró emoción alguna, así que el bar tender sirvió los tragos, a lo que la chica balbuceó un "gracias" apenas audible debido a la música de fondo que venía de la rocola.

Reconociendo la señal, Iori volteó con la intención de empezar la tediosa charla y darle un vistazo a su rostro por primera vez en la noche, pero antes de decir palabra alguna su expresión se paralizo.

Pestañeo solo para asegurarse de que su mente no le estaba jugando una mala pasada, en vano. Por más veces que lo hiciese el rostro frente a él se volvía aún más nítido y familiar. Un recuerdo desagradable como una memoria de la niñez que vuelve en las noches de insomnio.

Como cereza del postre la voz que parecía haber sido domada por su indiferencia despertó con una carcajada estrepitosa.

Mira lo que acabas de encontrar.

Azules ojos ilegibles fueron lo único que Iori pudo ver, como agujeros negros amenazando con devorar todo a su paso. Sin despegar la mirada el uno del otro, luego de unos eternos segundos de silencio en los que el pelirrojo intentó aclarar sus pensamientos, ella habló.

— Gracias por el trago — dijo en un japonés refinado para luego tomar el vaso con dedos firmes y vaciarlo en un abrir y cerrar de ojos.

Yagami alzó una ceja ahogado en incredulidad y de repente su interés se transformó en indiferencia que se tradujo en una postura igual de encorvada que la de su "compañera".

— ¿Sabe tu papi que estas aquí? — Dijo mientras daba un sorbo a su trago — Estoy bastante seguro de que pasaste tu hora de dormir.

No hubo cambio en su pálido rostro, sino que la chica levantó su mano atrayendo la atención del bar tender pidiendo que le llene el vaso y el gesto, a la par que los ojos entrecerrados y el leve balanceo de su cuerpo, bastaron para que Iori reconociese su ebriedad.

Leona Heidern, la soldado ejemplar, borracha en Japón.

Se lo que piensas Yagami. Luce patética. Al igual que tú todas las noches.

Arrugó la nariz ligeramente ignorando los pensamientos que lo invadían.

— ¿Estoy en problemas? — soltó aburrido.

Por supuesto que asumiría eso, ¿qué otra razón podría desgraciarlo con el regalo indeseado de la presencia de la chica Heidern? Dudaba que Leona necesitara viajar a otro país solo para esconderse de esos gorilas y beber, aunque nunca se sabe con su clase de gente.

— ¿Deberías estar en problemas? — dijo ella replicando su tono. El saxo de Serge Gainsbourg que venía de la rocola no pudo llenar el silencio incómodo entre ambos.

Finalmente Iori habló.

— No lo sé ¿qué hace un soldadito de plástico como tú en Japón?

— No es de tu incumbencia — respondió Leona dando paso a otro silencio incómodo que ninguno de los dos supo cómo llenar. De todas formas, Iori no tenía intención de hacerlo. Pero luego de unos segundos, para contradecir su oración inicial, la chica habló — Estoy de encubierta.

Lo invadió el deseo de revolear los ojos, el lingo de mercenarios ciertamente le daban ganas de dispararse en la sien.

Pero en lugar de eso, ya que no había nada por ganar en esta situación, aunque sea podría tirar algunas dagas para matar el tiempo.

— Mph ¿es emborracharte también parte de tu misión?

El sonido de un vaso estrellándose al otro lado del club reboto en las paredes, seguido de los jadeos sorprendidos de algunos clientes. Ninguno de los maldecidos por Orochi volteó.

— ¿Por qué estás hablándome? — pregunto ella con una voz vacía de sentimiento.

Díselo. Porque soy un niñito solitario con miedo a pasar las noches solo, así que busco putas fáciles en bares de mala muerte.

Reacomodándose en su asiento Iori alzó una ceja inconscientemente, preguntándose que cómica reacción recibiría si le dijese aquello.

— Simplemente me sorprendió ver a alguien como tú en un lugar como este — rebuscó alguna de sus perlas sarcásticas pero el alcohol nublaba su ingenio, así que se resignó por algo infantil — Es patético.

La mierda con la mierda ¿O no Yagami?

— Y aun así estas aquí todos los días — dijo Leona con voz flácida como una rueda pinchada.

El rostro de Yagami reflejó una curiosidad alerta.

No era posible ¿verdad?

Casi podía oír las pisadas de Leona acechándolo desde el bar, hasta su casa, hasta el departamento de un desconocido. Tal vez si estaba en problemas después de todo.

— ¿Y tú como sabes eso? — La chica pestañeo unos segundos para luego centrar su vista en el vaso.

— Sabemos todo acerca de la gente como tú. Debemos — volvió su vista a él — Son precauciones.

— No soy yo sobre quien tus gorilas deberían preocuparse — contestó Iori observando como Leona hacia fondo blanco de su trago por segunda vez.

Está borracha. Llévala a casa Yagami, llévala a casa y pártele el cuello.

El pelirrojo masajeó su nuca en un intento por serenar el pequeño monstruo iracundo que amenazaba con salir y escaneó el cuarto buscando un camino que lo sacase del desastre en el que se había metido, pero no había nada. Ni siquiera una fan sorprendida haciéndole ojitos de cachorro.

La voz robótica de Leona vino a molestarlo nuevamente.

— Cerca del tocadiscos.

Iori la miro de reojo, ella le devolvió una mirada levemente crítica.

Solo necesito unos segundos para comprender el mensaje y girarse hacia el tocadiscos que se encontraba en una esquina oscura del club.

Allí se encontraba una morena sonriente lanzándole miradas de colegiala mientras procedía a esconder su rostro en la pantalla del tragamonedas. Iori vió la mesa cercana a ella en donde otras tres muchachas hablaban animadas y entrecerró los ojos divisando varias botellas vacías sobre la mesa demasiada chica para tantos clientes. La decepción se acobijo en el como un perro apaleado, y al voltear hizo su mejor intento de cara de póker.

Estaban borrachas.

No había duda, volvería a casa solo.

— No fuiste — dijo Leona. El no respondió, así que ella tomo la chance de tirar una bofetada — Jamás habría esperado que alguien como tu tuviese valores.

Ante este ataque la voz no hizo más que reír entretenida.

La pequeña perra quiere hablar de "valores" cuando sus manos están manchadas con la sangre de su padre. Una serpiente traicionera al igual que ella.

En su distorsión se colaba un tono teñido de odio que Iori había aprendido a reconocer años atrás. Era el mismo odio que incrementaba cada vez que la vida de Yagami comenzaba a mejorar. Cada vez que juntaba las fuerzas para salir de la cama y prepararse el desayuno en lugar de emborracharse, cada vez que una calidez llenaba su pecho al ver las fotos de Kikuri, cada vez que el orgullo lo invadía luego de escribir una nueva canción, cada vez que se reunía con Kyo y Chizuru y pretendía que sus responsabilidades eran algo más que una obligación, sino una especie de amistad.

La voz arruinaba cada uno de esos momentos con observaciones tajantes que mantenía guardadas en el arsenal de emergencia.

No sobrevivirás el día sin un trago. La abandonaste en su lecho de muerte. Eres una farsa sin talento. Sabes que te odian.

A veces se preguntaba si Leona oía la misma voz.

Lo dudaba. Era una maldición de familia reservada para los Yagami por culpa de ancestros iracundos y sedientos por venganza.

Cautelosamente, le echó un vistazo. El olor a alcohol que emanaba de ella y los ojos entrecerrados solo confirmaban lo que Iori ya sabía.

Si, estaba borracha. Demasiado.

Yagami se levantó de su butaca mientras rebuscaba unos yenes en su bolsillo decidido a no pasar un segundo más en su presencia si eso significaba oír a su torturador hacer un berrinche acerca de la falta de lealtad hacia Orochi.

Ante el movimiento a su lado Leona no hizo más que observarlo con inexpresivos ojos abiertos, y hablo otra vez sin sentimiento en su voz.

— Detente — el pelirrojo no se dejo inmutar— Lo siento — Iori paro de buscar los yenes en su chaqueta para lanzarle un ceño fruncido ¿Lo siento? Wow, eso sí que no era algo que Iori oía con frecuencia, especialmente de Leona Heidern de todas las personas posibles. Ella tragó en seco y habló — Lo comprendo, el miedo a una cama vacía.

"¿Qué?"

Esta vez le tomo varios segundos a Iori y a la voz recomponerse, hasta que lentamente una risilla sorprendida ganó volumen.

Mph, la pequeña asesina esta tan solitaria que te follaría incluso a ti. Debe estar desesperada.

Sin emoción Iori habló con la mirada puesta en la puerta.

— No pediría otro trago si fuese tú — Llévala a casa. Llévala a casa. Llévala a casa — Ya no gastare saliva en ti.

Alejándose con paso apresurado dejo a Leona con la boca a medio abrir sin interés en las palabras que fuesen a salir de ella.

Pero no logro dar más de tres pasos cuando de repente sintió un fuerte agarre en su antebrazo tirando de él. Volteo confundido con ojos oscuros solo para encontrarse con el impenetrable semblante de Leona a centímetros de su rostro.

— El torneo en el que Ash tomo los poderes de Chizuru-

— Suéltame. Tú aliento apesta a-

— ¿Cómo lo hiciste? — el japonés de Leona estaba comenzando a sonar roto.

Iori se sacudió de su agarre y hablo inexpresivo para contrastar la risa que incrementaba en su mente mordiendo su cordura.

— ¿Hacer que?

— Controlarte ¿Cómo? — Leona pauso esperando una respuesta pero el rostro del pelirrojo permaneció de mármol — Yo no pude hacerlo, no lo recuerdo, simplemente...paso. Pero no a ti ¿por qué?

Se observaron con la intensidad de sus pasadas peleas, conectándose por unos segundos a través de su miseria reprimida y avergonzados por lo que se insinuaba.

Fue tan fácil corromperla, la niña apesta a debilidad como su padre.

Leona hablo con voz dura, escondiendo algo que Yagami solo pudo interpretar como envidia.

— ¿Cómo es que siempre estás en control?

Un leve tono de ira escurrió de su voz, y yendo en contra de toda voluntad de su ser un atisbo de sentimiento surgió de las entrañas de Iori. Uno que no logró reconocer.

Control. Una reliquia escondida en los estantes polvorientos del cuarto más remoto de su mente.

La obsesión que aquella palabra había generado en él había aflojado su encierro a medida que pasaron los años y su depresión incrementaba. Ciertamente era un concepto que Yagami había exiliado de sus prioridades hace un largo tiempo, lo suficiente como para pausar ante la memoria.

Observó a Leona tratando de esconder sus emociones. Era como estar cara a cara con una versión más joven de sí mismo: Los mismos ojos asustados, la ira por la falta de estabilidad, la impotencia al no poder hacer nada al respecto. No era como si él se hubiese librado de ellas, sino que había aprendido a ocultarlas.

Miserables. Ambos de ustedes.

En duda Iori tensó la mandíbula, echando un vistazo alrededor del cuarto abarrotado de borrachos, veinteañeras y oficinistas cansados. Ninguno prestaba atención al chiste de su conversación.

Pensó que debía de haberse levantado en el momento en que vio esos ojos inexpresivos pero la verdad era que...no quería volver a casa. Mordió el interior de su mejilla con cara de póker mientras procedía a tomar asiento nuevamente y respondió sin pestañear.

— No hay nada que controlar cuando no hay nada que perder.

Prestó atención al sonido del bar tender chocando las botellas de licor contra los vasos para escapar de la mirada inquisitiva de Leona. Era una costumbre que había adquirido desde niño, cuando se centraba en el sonido de las copas de los arboles mecidas por el viento para ignorar los gritos iracundos de su padre.

— ¿Y? — dijo ella con seriedad aunque con un atisbo de curiosidad ansiosa en su tono.

— ¿Y qué? ¿Qué más estas esperando niña? — dijo él sin mirarla procediendo a drenar el tequila a medio terminar.

Leona no se vio afectada por su actitud distante e inclino su cabeza buscando su mirada. Ante este gesto Iori tensó la mandíbula por tercera vez en la noche y decidió decirle lo que siempre espero alguien le hubiese dicho cuando era un niño.

— Soledad — soltó, sintiéndose como un idiota — No temes perder el control cuando no hay nadie a quien lastimar.

El único movimiento en el rostro indescifrable de Leona fue un pestañeo y, al inspeccionarla, Iori pudo jurar que capto un atisbo de claridad flotar a través de su ebriedad, un atisbo que solo dejaba entrever decepción.

Aparentemente la niña no estaba esperando...bueno, eso. Pero entonces ¿Qué estaba esperando encontrar? ¿La solución a su aflicción en Yagami? ¿Probablemente la persona más miserable que conocía?

La joven se paró, saco unos arrugados yenes de su chaqueta y los dejo sobre la barra mientras se daba media vuelta hacia la salida sin decir una palabra.

Tu zorra se escapa Yagami.

Pero el permaneció sentado, aún perplejo ante el encuentro bizarro que acababa de suceder y frunciendo el ceño ante la imagen de la mercenaria que conocía como un robot sin tacto tambaleándose a través del club debido a varios tragos de tequila y quien sabe que más. La vio abrir la puerta, por un segundo pudiendo notar la lluvia torrencial y a Leona paralizarse dudando si debería salir.

Salió.

Iori observó el fondo de su vaso sabiendo perfectamente que ya había decidido que hacer, y al incorporarse se dirigió en línea recta hacia la salida como una bala.

Abrió la puerta para ser azotado por una ventisca helada, pero como si fuese un día de verano salió sin perder un segundo. Resoplo y revolvió sus bolsillos en busca de las llaves del auto mientras las gotas de lluvia lo apedreaban incitándolo a maldecir al universo por jugarle la broma de traer a esa niña inestable a su territorio.

Entrecerró los ojos en un intento de ubicar a la peli azulada, giro a la derecha, nada. A la izquierda, la vio empapada tratando de mantenerse de pie apoyada contra la pared de un restaurante contiguo, la luz amarilla del interior reflejada en su rostro y los comensales observándola con disgusto a través del cristal.

Llamó su nombre pero no recibió respuesta, y cuando estuvo cerca luego de unos cuantos pasos no pudo evitar tomarla del brazo

— ¿Has perdido la cabeza?

Leona no contestó, optando en su lugar por lanzar un puñetazo avivado por el alcohol más que su instinto, pero el pelirrojo fue más rápido y lo esquivo con gracia para luego tomarla por ambos brazos.

— Estás borracha — dijo alzando la voz para amortiguar los sonidos de la lluvia.

La chica se sacudió de su agarre apuntándole una mirada tajante y Iori la vio darse media vuelta y caminar aun sosteniéndose de la pared.

Suficiente.

— Puedes tambalear a través de las calles del bajo distrito por tu cuenta — dijo sin emoción — O puedes venir conmigo.

Y dicho esto se volvió una cuadra hacia donde su auto estaba aparcado con la lluvia resonando violentamente en sus oídos ¿Qué habría hecho su padre en una situación como esta? Para su disgusto la voz contesto su pregunta.

Probablemente quedarse en el bar y beber hasta morir. Al igual que tú, siempre fue un gusano infeliz.

Iori estaba arrepintiéndose de no haber seguido ese camino.

Al llegar a su auto saco el seguro con manos estables a pesar del frio, pero una chispa de culpa destello en su interior, en esa parte humana que había congelado años atrás.

"No gires" pensó. "No gires, no gires" pero giro dirigiendo sus ojos hacia la calle.

No logro divisarla.

Que persona más terc-

Un movimiento a su espalda lo alertó, y Iori miró sobre su hombro solo para encontrarse con Leona parada detrás de él como una niña de prescolar escondida detrás de las piernas de su madre.

Frunció el ceño con expresión aburrida esperando que la joven permaneciese callada y para su suerte eso fue exactamente lo que hizo.

Rápidamente se metió al auto y abrió la puerta del acompañante sin perder como sus ropas mojadas humedecían el asiento. Genial.

Leona entro letárgica y cerró la puerta acallando la lluvia violenta, y la calma del interior del vehículo hizo sonar la tormenta como un lejano murmullo. Cautelosa, la joven se acomodó en el asiento mientras Yagami la ojeaba esperando que no fuese a vomitar.

Conduce hasta un estacionamiento y ahórcala. Sabes que es lo que quieres.

Un extraño impulso despertó en Iori, un deseo de romper las ventanas de un puñetazo, salir y quemar el puto auto hasta que explotase. Pero sabía que quien perdiese los estribos primero seria el perdedor, y su compañero vivía por verlo perder, así que se limitó a respirar con profundidad.

La chica cerró sus ojos arrugando los párpados.

— Mi cabeza está dando vueltas — dijo, temblando levemente por sus ropas empapadas.

El pelirrojo se mantuvo en silencio mientras encendía el motor. Solo quería llevarla a donde fuese que se estuviese hospedando y acabar con esta ridícula situación de una vez por todas, pero para su disgusto el alcohol estaba dándole libertad a su lengua.

— ¿Hacia dónde? — pregunto él.

— No entiendo porque la gente bebe — soltó Leona con voz gris. Iori frunció el ceño ¿Era el así cuando bebía?

— ¿Entonces porque lo hiciste en primer lugar?

— Coraje

— ¿Qué?

— Para hablar contigo — la observó con miedo de descifrar el significado tras de sus palabras, finalmente ella abrió los ojos — ¿Por qué soledad-

— ¿Hacia dónde? — la cortó.

Leona respondió monótona.

— Complejo Bright Hill. Calle-

Se detuvo al ver a Iori asentir mientras finalmente pisaba el acelerador y se hacían paso por las calles vacías.

Un poco mas relajada, Leona se reclinó pero mantuvo sus ojos abiertos, viendo como el parabrisas barría la lluvia torrencial que caía del cielo y golpeaba el techo del auto.

Podrías haber elegido a la castaña.

Reprimiendo el deseo de lanzar un gruñido de asco Iori extendió la mano para encender la radio, decidiéndose en una canción de death metal con una voz tan distorsionada que era imposible discernir las palabras. Perfecto.

Leona rompió su silencio con voz aburrida.

— Se las cosas que oyes.

El coche freno repentinamente en una luz roja y por unos segundos fugaces solo pudieron oír los neumáticos rechinando sobre el asfalto. Y luego, silencio.

Si bien no había sonado en lo absoluto como la voz de su padre las palabras de Leona despertaron el mismo impulso aterrado que solía invadirlo cada vez que el viejo Yagami tomaba la vara de bambú y decía: Veamos qué es lo que paso.

No era una pregunta. Era una confirmación. Un recuerdo de que siempre iba un paso atrás.

Iori sintió su aliento desaparecer a la par que sus manos temblaban en el volante y, a pesar del frio de sus ropas empapadas, las gotas de sudor se deslizaron por su sien como aceite.

A través de sus nervios las burlas escarbaron aún más.

Oh oh. La niña sabe tu secretito.

Iori golpeteó el volante con dedos inquietos esperando la luz verde y estiró la mano para subir el volumen, el ruido siempre era exitoso en calmarlo. Pero con un movimiento repentino de Leona la radio se apagó y la música se detuvo trayendo nuevamente el sonido de la lluvia salvaje.

El pelirrojo volteó a verla con ojos vacíos rezando que su máscara de indiferencia fuese lo suficientemente gruesa para engañarla, ella le devolvió la mirada.

— Yo también la oigo.

Vaya, vaya.

La respiración de Iori se profundizó y apretujó el volante con la fuerza suficiente para quebrar un cuello, sus nervios esparciéndose a cada parte de sus extremidades como un virus.

¿Era una especie de broma retorcida?

— ¿De qué estás hablando? — escupió sin lograr transmitir la falsa indeferencia que quería.

— Esa voz — Leona volvió la vista hacia el frente, su tono tranquilo como si estuviese arrullando a un bebe — A veces sueño con ella, y…cuando estoy a punto de perder el control. Me urge a no resistirme.

Esta vez Orochi resonó en las paredes de la mente de ambos. Arrastrándose fuera del agujero para arañar el suelo con sus garras.

Niños ingenuos.

Ninguno reaccionó.


Hola! Luego de meses de silencio y falta de inspiración decidi volver a escribir.

Este fic va a consistir de solo tres capítulos. Originalmente había comenzado como un one-shot pero a medida iba escribiendolo comenzo a tomar forma.

La idea era publicar las tres partes al unísono, pero los últimos dos capítulos necesitan pulirse y debo admitir que estaba demasiado impaciente por compartir este fic con ustedes. Asi que decidi postearlos por separado.

Para quienes se habran confundido ante la mencion de Kikuri: Es la difunta novia (?) de Iori, y hace su aparicion en el CD drama "The sun and the moon ~ Prologue".

Ya dicho esto, a aquellos lectores de Nido de Papel: Sepan disculpar mi ausencia. Estoy trabajando en una actualizacion bastante grande, y cuando Sangre cálida este completo voy a tener tiempo para centrar toda mi atencion en el.

En fin, no olviden decirme que piensan sobre este capítulo! Los veo en la próxima actualización!