II.
Al salir del auto Leona trató de esconder su traspié ebrio recordando todas las veces en las que Heidern le demandaba que se parase derecha, cuando era una niña en los albores de su entrenamiento militar. Iori notó su patético intento de todas formas pero decidió ahorrarle la incomodidad de tomar su brazo, ponerselo sobre el hombro y guiarla como una gacela recién nacida.
El escenario ya era lo suficientemente extraño.
Luego del torrencial finalmente la lluvia parecía haber cesado y golpeaba el concreto tenuemente imitando el sonido de una fogata, pegoteando el cabello de ambos a sus rostros pálidos.
En silencio caminaron hasta la entrada del complejo de apartamentos y sus pisadas chapotearon en el agua estancada de la acera a la par que una ráfaga de viento soplaba tenaz en sus oídos.
Una vez llegaron a la puerta, trastabillando ligeramente, Leona apoyó su hombro en la pared rebuscando unas llaves en el bolsillo de su chaqueta de cuero y esta vez Iori no pudo evitar fruncir el ceño. La imagen de la mano torpe de la niña Heidern batallando por encajar la diminuta llave en la cerradura lo hizo suspirar y arrancársela para abrir la puerta el mismo. Era el último acto de hermano mayor que haría por ella esta noche, y con suerte por el resto de su vida.
Ojeando las desoladas calles a su alrededor, iluminadas solo por una agonizante luz blanca que caía de los delgados postes, el pelirrojo relajó los hombros.
Hecho. La joven había llegado en una pieza sin rasguño alguno. Lo que significaba que su conciencia podría descansar en paz.
Era tiempo de irse.
Quédate Iori. No lo recordará.
Los ojos entrecerrados de Leona escarbaron los suyos por más tiempo de lo normal, a lo que Iori volvió su vista a ella. Dios, incluso cuando estaba borracha erguía ese característico rostro de cadáver.
— ¿Quieres pas-
— No — soltó el pegando media vuelta y escapando hacia su auto.
Las pequeñas gotas de lluvia caían de su pelo como lagrimas y, por mas de que intentase, no era capaz de detener el temblar de sus manos así que las enterró en sus bolsillos culpando al clima.
¿Nos vamos? ¿Tan pronto?
Caminó aún mas rápido, hasta el punto de trotar hasta el vehículo y forcejear con las llaves a través del frio como un niño desesperado por desenvolver un caramelo.
Otra noche tú y yo solos, que decepción.
En su ensueño fue consciente del sentimiento ácido que burbujeaba en su interior, una especie de pánico escénico con la excepción de que no había público, o eso esperaba. Esperaba que nadie se asomase por las ventanas y juzgase porque estaba allí…porque no debería estar allí en primer lugar.
Inconscientemente ojeó las ventanas de los edificios aledaños en busca de algún testigo insomne, pero un sonido seco lo hizo voltear de un tirón con la paranoia a flor de piel. Entrecerró los ojos a través de la cortina de agua y visualizo a Leona desparramada en el suelo con su mano aún sosteniendo la llave incrustada en la cerradura, incapaz de pararse a pesar de sus esfuerzos.
Dudó. Un segundo, dos, tres, cuatro…
Vamos, sabes que acabaras haciéndolo de todas formas.
Ignorando la voz arrogante Iori se encamino hacia ella con paso aburrido para ofrecerle algo que había considerado inútil horas atrás: su ayuda.
Desde que tenia nueve años, y había oído los primeros susurros de quien mas tarde se volvería un compañero constante, el pelirrojo se retorcía en dolor al oírlo descifrar sus acciones antes de que el mismo las llevase a cabo. A pesar de esto, con el pasar del tiempo, llego a la conclusión de que era inútil contradecirlo. Con tal de que su actuar aún fuese su voluntad podía lidiar con ello.
Sin advertencia alguna se arrodilló al lado de Leona tomando su brazo y poniéndoselo sobre el hombro. La mercenaria se sobresaltó un poco pero no reacciono, ni tampoco se relajo, haciendo las cosas mas difíciles para Iori.
— ¡¿Puedes aunque sea intentar?! — siseó a través de dientes apretujados tratando de levantar su peso muerto.
Leona no respondió y Iori sintió como se endurecía aún mas.
Okey, si esta era la humillante forma en la que quería hacerlo, él accedería si significaba irse lo antes posible.
En un movimiento rápido la tomo en estilo nupcial como un saco de patatas y un "tsk" escapó de la boca de Leona seguido por una dura voz fría.
— Bájame — Iori entro al hall del edificio acostumbrándose a la luz amarilla, y cerrando la puerta de una patada sin mirar atrás. Leona habló otra vez, con la voz autoritaria que usaba con cadetes — Estás buscando una pelea.
— Te caerías como un infante antes de tirar el primer golpe.
— Bájame.
— Cállate — Iori tenso la mandíbula mientras el hedor a alcohol invadía sus pulmones — Te llevaré a tu cuarto y me iré de aquí.
Ninguna respuesta vino de ella, solo un silencio incómodo.
Entrando al ascensor Iori le pidió con cansancio que presionase los botones, odiando el subsecuente doloroso y tenso viaje desde el primer piso hasta el quinto con la niña Heidern en brazos.
Estuvo tiesa todo el tiempo, y ahora Yagami dudaba que su tiritar se debiese a sus ropas mojadas.
—•—
El apartamento era exactamente lo que Iori estaba esperando. Limpio, frío, gris y ordenado como si nadie hubiese puesto pie en el hace siglos. Miró a Leona por el rabillo del ojo, le encajaba.
Aun así debía admitir que el pulcro hospedaje no era lo que tenia en mente cuando oyó las palabras 'de encubierta'. Era mas fácil imaginarse a Leona Heidern arrastrándose por el lodo que sentada en una mesa familiar tomando un café como cualquier persona normal. Normalidad y la niña Heidern eran conceptos que Iori no mezclaba en su mente.
Luego de batallar por sacarse los zapatos con varias pisoteadas, aún sosteniendola, sus ojos revolvieron el living sin saber en donde estaba la habitación. No tuvo tiempo de dar un paso en duda cuando Leona señalo una puerta al lado del plasma.
Sin molestarse en encender las luces Iori camino a zancadas hacia allí, accidentalmente golpeando su pie con la pata de la mesa ratón y casi soltando a la joven en el acto, la cual en reflejo se sostuvo de su cuello con ambas manos.
El dolor viajó como un disparo desde sus nervios hasta su cerebro y Iori maldijo en voz baja. Se maldijo a si mismo, a Orochi y a la estúpida niña borracha en sus brazos. Ante esto la voz decidio arengar el fuego con mas burlas.
Somos como María, José y el Espíritu Santo.
Reacomodando su agarre en Leona se dirigió a la habitación, pero una vez estuvo frente a la puerta sus músculos se paralizaron, temiendo que si se adentrase sufriría una combustión espontánea arrastrando a la niña Heidern consigo al infierno. Pero para despabilarlo ella alcanzó el picaporte y abrió la puerta revelando una oscuridad aun mas negra que la del living.
El agujero sin luz frente a él era la boca de un lobo a la cual iba a tirarse de clavado…en el momento que sus pies recuperaran la voluntad de moverse.
Un pequeño estornudo de la joven lo hizo volver en si. Iori reprimió un gruñido. Casi había logrado olvidar que la tenia a centímetros su rostro.
Finalmente, sin poder ajustar sus ojos al vacío, entro al cuarto. La mercenaria lo guió.
— Dos pasos a la derecha — soltó aburrida con voz rasposa.
Dando los pasos letárgicos Iori acabo por soltar el gruñido reprimido al sentir como Leona se retorcía para alcanzar la luz detrás de su espalda.
Mientras se removia en sus brazos Iori pudo sentir la calidez su aliento en el cuello incitando un pequeño espasmo, y una vez mas ignoró el deseo de salir corriendo de allí.
Con un clic el lugar exploto en claridad revelando otro cuarto gris sin personalidad alguna. Iori se acerco a la cama de dos plazas soltando a la joven como si fuese una pila de carbón caliente.
Acuéstate a su lado ¿O preferirías mi compañía en otra noche sin sueño?
Por mas fuerte de que su compañero hablase el joven no prestaba atención al eco en su cabeza, estaba dirigiéndose a la salida aliviado de que el desastre había llegado a su fin.
Pero otra voz interrumpió sus planes.
— Espera — dijo Leona, casi como una orden — Alcánzame ropa.
— ¿Qué? — soltó Iori volteando.
— No puedo dormir así — su rostro estaba atascado en un ceño fruncido desinteresado, sus ojos parpadeando con lentitud.
— Alcánzala tu misma. No soy tu niñera — dijo inexpresivo.
— Me caería como un infante — replicó Leona sin romper su mirada.
Está ebria Iori ¿No quieres castigarla luego de toda la arrogancia que te escupió por años?
"Apuesto que eso es lo que quieres".
Algo era cierto: Iori cargaba con un millón de arrepentimientos en su espalda cansada, pero jamás fue tan enfermo para satisfacer los deseos de la voz. Con orgullo podia decir que era la única victoria en su trágica vida. Un destello de humanidad que aun poseía como una mariposa encerrada. Era de él y de nadie mas.
No te engañes, ambos sabemos como terminara esto.
Tragando en seco Iori se encaminó al closet determinado a refutar a su verdugo ¿Acaso creía que era un animal? Iba a salir de ese cuarto sin sacarse prenda alguna.
Abrió el armario con desdén y casi se mofo al ver pilas de ropa doblada meticulosamente, consistiendo de varias remeras blancas idénticas y pantalones negros.
Tomó lo primero que encontró para luego voltear y ver a Leona, la cual ya tenia sus ojos de concreto clavados en el.
Dios, si existía el cielo ya habia reservado su lugar.
Caminando hacia ella con ojos desafiantes tiró la ropa en su falda.
— ¿Eso es todo o también debo desvestirte?
Maldita sea, que mala elección de palabras.
Leona no respondió.
Okey. Ahora realmente era tiempo de irse.
Que loca vuelta del destino (o casualidad, en realidad era imposible que le importase menos) había tocado a su puerta. Una sorpresa no agradable en lo absoluto aunque…el sádico en si bailaba ante la chance de burlarla en sus próximas peleas, si la niña tenia el coraje suficiente para enfrentarlo luego de este circo.
Tenia curiosidad por ver que emociones conflictivas pintarían los rostros de sus fieles compañeros si supiesen que ella y Iori estuvieron bajo el mismo techo, en la misma habitación.
No importaba.
Sin perder tiempo pego media vuelta…pero nuevamente, como en el bar, sintió un agarre en su antebrazo tirando de él.
La perra es terca, debes admitirlo. Aunque no sé que ve en ti que valga la pena su dignidad.
Iori frunció el ceño mientras sentía como una ira ligera se hacia paso al frente de su mente y habló sin poder reprimir el alzar de su tono.
— ¡Detente! ¿Que es lo que quieres de mi? — esa pregunta comenzaba a ganar cada vez más peso con cada acción bizarra que Leona llevaba a cabo para mantenerlo a su lado.
Hazlo Iori, pártele el cuello.
— Solo quiero hablar — contestó sin perturbar.
Esta vez Yagami no dudó, sacudiéndose de su agarre con la intención de encaminarse a la puerta con pulso acelerado. Pero antes de que pudiese voltear Leona se abalanzó sobre el como un ave de presa, sosteniéndolo por ambos brazos y arrastrando su cuerpo hacia la cama con fuerza bruta.
Como un pequeño Big Bang, todo implosionó en un segundo.
El movimiento repentino no le permitió reaccionar, y tropezando con el borde de la cama colapso sobre ella, siendo lo suficientemente rápido para balancear su peso con sus codos a cada lado del rostro de la joven.
En shock, el único sonido del cual fue consciente en ese entonces fue el de un zumbido violento en sus tímpanos, acallado solo por el de la sangre fluyendo como un río desde su corazón salvaje hacia su cabeza.
En su confusión notó como estaban a centímetros el uno del otro mientras la respiracion de Leona le hacia cosquillas en la nariz.
Su instinto de supervivencia le gritaba que escapase, naturalmente. Cualquier persona cuerda que conociese a Leona Heidern lo hubiese hecho, incluso los fanáticos sabían reconocer que peleadores eran peligrosos de pedir un autógrafo.
Quiso moverse, pero el aire se había vuelto pesado, gotas de sudor como aceite apaciguaban el frio de su camisa empapada y la luz blanca que colgaba del cielo raso resaltaba los ojos azules y dilatados de Leona.
Ojos perplejos, como si ella tampoco pudiese creer lo imposible que esto hubiese sido el día anterior, cuando para Iori ella no era más que una soldadito arrogante con la cual se topaba en cada torneo.
Tal vez esto no era más que una pesadilla, tal vez.
Cada fibra del cuerpo de Iori se esforzó por mantener su expresión severa.
Finalmente ella habló.
— La respuesta no tiene que ser soledad — dijo seria como siempre pero la calma de su voz no se transmitió en sus ojos.
¿Qué esperas Iori? Esta servida en bandeja.
— Detente — siseo el pelirrojo, sin saber a cual de los tres la advertencia estaba dirigida.
Estudió el rostro de Leona, fijado en determinación de hacer...¿Qué exactamente?
¿Destrozar la silenciosa vida que había construido para si mismo? ¿Demostrarle que era digno de compañía? ¿Ayudarlo? Si esa era su intención temía descubrir como planeaba hacerlo. Esperaba equivocarse.
Mientras exhalaba por la nariz, derrotado, trató de incorporarse, pero el agarre en sus brazos se reforzó. La observó con seriedad y las palabras volaron de sus labios secos antes de que pudiese detenerlas.
— Te arrepentirás de esto en la mañana.
"Yo me arrepentiré de esto en la mañana".
Leona no parecía escucharlo, sus ojos estaban en un lugar más lejano, desafiando la cercanía entre ellos.
— Eres la única persona que puede entenderme —murmuró con algo que solo pudo identificar como vergüenza.
Como un vaso rebalsado, la cabeza de Iori se lleno de una risa demoníaca, tan fuerte que sintió que iba su cabeza iba a explotar.
Deberías agradecerme Yagami. Los únicos lazos posibles que podrías tener con otro ser humano son gracias a mi.
"No".
El tacto de las palmas de Leona en sus brazos comenzó a quemar.
¿Crees que se interesaría en ti si no estuvieses igual de enfermo que ella? ¿O que Chizuru y Kyo se mantendrían en contacto si no tuvieses el fuego maldito de los Yagami? Soy lo único que te hace valioso Iori. No lo olvides.
Con ese último disparo la voz desapareció, y Iori sintió la familiar presión en su cabeza desinflarse como todas las veces en las que procedía a sacarse la ropa frente al extraño de turno.
El tiempo se detuvo hasta que el único sonido en la reducida habitación era el de los autos ocasionales pasando por aquel distrito abandonado de la mano de los dioses. Iori se permitió dar un profundo respiro disfrutando el frio espacio vacío dentro de su mente y rascando las esquinas de su cráneo buscando aquella suciedad que conocía demasiado bien. No logro encontrarla.
Lentamente, se libro de su agarre y ella no puso resistencia alguna. Incorporándose para sentarse al borde de la cama observó a Leona, en confusión hacia lo que haría a continuación.
Ella le devolvió la mirada con ojos vacíos y aun entrecerrados debido al alcohol pero no lo suficientemente borracha como para malinterpretar el cansancio en su rostro.
— Puedes dormir aquí — fue lo único que dijo mientras procedía a sacarse la ropa empapada.
Sin perder un segundo Iori volteó mecánicamente, era lo que solía hacer cuando sus polvos se desvestían, aunque para su sorpresa no estaba motivado por disgusto sino por respeto básico.
Su mandíbula se tensó, y casi como si su cuerpo fuese mas inteligente que su mente, probablemente alimentado por su instinto, sus piernas comenzaron a rebotar en inquietud.
El picaporte plateado de la puerta acaparó toda su atención bloqueando el sonido de ropas cayendo detrás de el.
Solo unos pocos pasos para abandonar esa habitación y cerrar la puerta con un ¡bang!
Casi podía oírlo, como el golpe del martillo de un juez declarándolo inocente...pero no había forma de incorporarse. Porque sabia que una vez que abandonase esas cuatros paredes la puerta jamás volvería a abrirse, y la única compañía para el seria una distorsionada voz inhumana.
Iori tragó en seco, sin emoción alguna en su rostro. Supo desde el momento en el que sus ojos cayeron en aquel rostro indescifrable que no se acostaria con ella, pero lo que le habia propuesto era aun mas íntimo. Mientras oía las pesadas ropas empapadas caer al suelo permaneció sentado en el borde de la cama. Indiferente.
Espero que la voz volviese. Que clavase otro cuchillo en su negro corazón. Que refregase su miseria en la chispa de duda que lentamente estaba destellando en el fondo de su ser. Pero nada llegó.
Cuando oyó a Leona recostarse volteó a echarle un vistazo. Estaba vestida (gracias a Dios) y dándole la espalda, aparentemente cayendo en un sueño profundo sin importancia alguna en la tormenta que tomaba lugar en la mente de su rival.
¿Cuanto cuesta una noche de sueño para un hombre normal? Podría encontrar fácilmente a otra persona que lo ayudase a dormir mañana. Una sobria ¿Acaso una noche de sueño tiene valor alguno cuando la siguiente esta al umbral de tu puerta?
¿Importaba?
Iori pestañeo dos veces. Reprimió un bostezo y de repente noto que las sabanas bajo él no se sentían frías ni ásperas como había esperado.
La cama chilló mientras se paraba hesitantemente. Un paso, dos pasos, tres pasos, cuatro. El picaporte lo atraía como un faro en el medio de la tormenta. Alzó su mano hacia el, pero en lugar de abrir la puerta, apagó las luces para luego lentamente volver a la cama. Agradeciendo a la oscuridad por relajar sus músculos tensos.
Era mas fácil si no veía esta vergüenza desenvolverse.
Despojandose de sus prendas hasta quedar en ropa interior se recostó de costado con la prudencia de una madre que alza a su hijo, esperando en cualquier momento el sonido de una alarma, un grito o aunque sea un puñetazo.
Pero el cuerpo que yacía junto a el no reaccionó.
Aunque sea así era como pensó sobre ella para no escapar: Un cuerpo, calidez para ayudarlo a atravesar la noche, la garantía de un sueño sin pesadillas.
No iba a desperdiciarlo, ya que lo necesitaba tanto como odiaba admitirlo.
Se mantuvo tan alejado como le fue posible y luego de unos segundos sintió la respiración de Leona subir y bajar, mecánica para luego relajarse, al unísono que sus párpados ganaban peso.
—•—
El pelirrojo abrió los ojos un poco mas lento de lo que acostumbraba, y también notó que no estaba bañado en un sudor frio como las mayoría de las noches de sueño de su vida. Eso era nuevo.
Ojeó por el rabillo del ojo el reloj en la mesa de luz.
4:00 AM
Un hundir en el colchón detrás de el le recordó la presencia de Leona a su lado, y ahora que su consciencia estaba ganando sensibilidad, caía en cuenta de la anormalidad de la situación.
El cuarto estaba incómodamente quieto y silencioso como un velorio, lo que solo sirvió para amplificar los pensamientos nerviosos de Iori ¿Acaso su soledad había sido mas fuerte que él? ¿Lo suficiente como para que acordara participar de este sacrilegio?
Estaba durmiendo al lado de la hija extranjera (y ebria) del comandante de un ejército de mercenarios. Pues...aunque sea podía borrar eso de su lista de "Cosas que hacer antes de morir".
Mientras se debatía entre levantarse y desaparecer a través de la niebla de la madrugada, ella habló. Activando todos sus sentidos en alerta.
— No puedes dormir — su voz era de hielo, como siempre. Iori se removió incomodo haciendo chillar el colchón — ¿Aún la oyes?
Tragando el nudo en su garganta Yagami habló un poco mas suave de lo que quería ¿Valía la pena mentir?
— No.
"Se va cada vez que me acuesto con alguien".
La oración reboto en su cabeza hasta detenerse. No había chance de revelarlo, había secretos que morirían con el.
— Mmh.
Percibió como su respiración se profundizaba mientras que el sonido de grillos resonaba en la distancia, recordándole que había otra realidad que ambos deberían enfrentar cuando el sol se alzara...si Iori aun estaba allí para verlo.
Pero como no había punto alguno en abandonar esta pequeña habitación sin una respuesta tomando en cuenta toda la dignidad que habían sacrificado en un capricho de miseria y alcohol, Iori hablo sin rastro alguno de sentimiento.
— Dime porque estas en Japón.
El pelirrojo sintió el momento en el cual la respiración de Leona se corto para luego resumir con aun mas profundidad, y podría haber reído en voz alta. Era extraño como su mascara de indiferencia parecía no funcionar, casi incorrecto. Como ver a alguien desnudo.
Pero si debía ver el vaso medio lleno el hecho de que ambos estuviesen enfrentando sus respectivas paredes y tan lejos el uno del otro como era posible lo serenaba un poco.
— Las pesadillas empeoraron, este ultimo mes — comenzó ella — Siempre pasa en esta parte del año pero ahora se siente…como si me estuviese sumergiendo en la locura.
Iori se preguntó cuanto esfuerzo de actuación le requería decir estas cosas tan inexpresiva como siempre.
Pesadillas. Habían vuelto a la cueva más oscura imaginable, el lugar en donde acaban por encontrarse inevitablemente a pesar de que no reconozcan la compañía del otro. Un agujero en el que ambos habían nacido, y en donde probablemente morirían.
Eso era algo sobre lo que jamás debían hablar. Era la única regla sin discutir que compartían porque, al ser los únicos cuerdos que sufrían el llamado Disturbio, tenia que haber una regla acerca de lo que dejaban mostrar.
Pero concedido, tampoco existía un grupo de apoyo para las victimas de insomnio inducido por Orochi. No le costaba demasiado guiar sus pasos por esta noche.
— He estado allí, se alimenta del miedo y se vuelve un circulo vicioso. Ya deberías saberlo — soltó inexpresivo, con un leve rastro de superioridad escondido en su voz. Un rastro que no logro cortar a través el estado de paz de Leona.
— ¿Tu nunca tienes miedo? — preguntó, y su tono no era acusatorio en lo absoluto. En todo caso había una curiosidad infantil detrás de su aparente voz indiferente.
— ¿Por que debería? No puede arrebatarme nada — "Jamás le daré la chance"
El único sonido que recibió como respuesta fueron las gotas de lluvia golpeando en la ventana y el derrapar ocasional de un auto, lo que solo sirvió para que sus palabras cuelguen incomodas.
"No puede arrebatarme nada, porque no tengo nada"
Genial Iori, bastante emo.
Centrando sus ojos caídos en un punto fijo casi pudo oír el motor en la mente de Leona trabarse hasta soltar humo.
Se lo preguntaría en cualquier momento, y probablemente haría su jugada tratando de refutarlo con argumentos baratos.
Tal como esperaba, ella pregunto.
— ¿Por que soledad? No tienes un centro cuando giras fuera de control, nadie a quien aferrarte — pauso para pensar sus palabras — Solo tu y esa…voz.
"De veras tienes suerte" pensó mientras las comisuras de su boca se crispaban en una gracia triste.
Esa voz, la manera en la que lo dijo, tono sumergido en asco ante lo que es extraño para uno aunque lo suficientemente conocido para posar como una amenaza.
— Es mejor que rodearte de gente — respondió Iori sin perder un segundo o un parpadeo — Eso solo es una tragedia a punto de suceder. Demasiada paranoia sobre cuando, donde y porque perderás el control.
Lo conocía demasiado bien. Paranoia había sido la amiga de Iori desde que era un pre-adolescente fresco pisando por primera vez el sistema de adopción, así que naturalmente tuvo que apartarse construyendo una burbuja.
Sin amigos, sin terapeutas, sin padres adoptivos. Volverse difícil de amar se había vuelto un deporte que jamás abandono, incluso cuando se preguntaba que tan lejos podría llegar antes de quebrarse.
— Hubiese perdido mi cordura hace años — dijo ella, con voz fría y dura como el acero — Sin ellos. Sin mis…amigos a mi alrededor. Hubiese acabado como Yamazaki.
Amigos. Personas. Una espada colgando sobre tu cabeza.
Iori no rió ni revoleó sus ojos. Se sentía como si las pasadas oraciones que había dejado salir fuesen suficientes para quemar la poca fuerza que tenia.
— Pones demasiado valor en la gente niña. Te arrepentirás de ello pronto — dijo apático — Como yo lo hice.
Segundos que se sintieron como milenios se cargaron de electricidad y el silencio de Leona lo llenó de una ligera amargura. No un puñetazo doloroso, sino un molesto pellizcar.
Sorpresa pequeña mercenaria, el psicópata tiene arrepentimientos, lo que significa que en algún momento de su vida tuvo empatía.
Un suspiro de resignación se atascó en la garganta de Iori, pero ninguno se movió...hasta que ella lo hizo.
Su movimiento fue demasiado rápido y silencioso para que pudiese darse vuelta o saltar de la cama, y el calor repentino de lo que solo podía ser un cuerpo golpeo su espalda desnuda.
En un reflejo aprendido el cuerpo de Iori se endureció y las manos de la chica se detuvieron tiesas en sus bíceps, ligeramente temblorosas e inseguras si debían explorar.
De esta manera permanecieron como estatuas mientras sus latidos martilleaban sus torsos y un mareo se cernía sobre Iori, como si el oxígeno fuese bloqueado por el nudo en su garganta.
Debería haber corrido, debería haber gritado, cualquier cosa a excepción de lo que hizo en respuesta. Sin pensarlo dos veces, y guiado por el niño hambriento de afecto en su interior, tomo su mano llevándola a su pecho. Ante el sorpresivo gesto Leona dejo que la guiase y, luego de unos segundos en los que se aseguro de que no había peligro y que los músculos de Iori estuviesen relajados, lentamente apretujo su abrazo con dedos temblorosos.
La mente de Yagami estaba a kilómetros de distancia. Su padre probablemente se reiría de él si pudiese verlo ¿podía culparlo? Media casi dos metros y era la cuchara pequeña.
Tal vez si mordía su lengua despertaría de este sueño febril y volvería a su yo despreocupado y huraño.
Nada jamás en su vida lo habría preparado para una situación como esta. Era demasiado personal, especialmente teniendo en cuenta a la persona que yacía detrás de el. Solo recordaba haber estado tan cerca de Leona Heidern durante una pelea, e incluso entonces habían mantenido su distancia, como si fuesen a desintegrarse si se acercaban demasiado.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Quién era la persona abrazándolo?
— ¿Por qué estás haciendo esto?
Silencio.
— No lo sé.
— No me mientas.
Ella selló los labios y Iori supo, así como sabia que moriría antes de los treinta y cinco, que no iba a decir nada más.
Permanecieron tendidos sin moverse un centímetro, el ritmo de sus corazones coordinando luego de unos minutos. Yagami sintió el latido de Leona en su espalda serenarse con cada inhalación y exhalación, su respiración pequeña como la de un ratón y arrullándolo como una canción de cuna.
Fue así que cayó dormido sin sueños o pesadillas.
