III.
Iori no era principiante en mañanas incómodas. Cuando el sueño no era lo suficientemente ligero como para despertarlo en la madrugada, lleno de asco y arrepentimiento (y principalmente en un intento de enterrar la memoria de la persona aleatoria que había elegido la noche anterior para ahuyentar sus pesadillas) solía correr por la puerta sin una mirada o un adiós.
Esta vez, sin embargo, no había elegido a nadie. Sino que había sido elegido, por una persona que pararía en el lugar si Iori estuviese desangrándose en la calle para admirar con más detenimiento, o aunque sea eso creía.
Al abrir los ojos notó un ligero dolor de cabeza pero no una nariz resfriada como había esperado.
Se incorporó en la cama con el frío de las sabanas erizándole la piel y desde la cocina el sonido de pasos uniformes y el aroma a comida le indico que su compañera había despertado hace un tiempo.
...Probablemente lo había visto dormir. Iori no pudo evitar la sutil ira que se encendió en su interior. Era un idiota. Un idiota que se había expuesto demasiado.
Sus órbitas se movieron a izquierda y derecha buscando sus ropas y una vez que las notó arrugadas en el suelo saltó de la cama como un resorte y se vistió con la mandíbula tensada.
Que peculiar caminata de la vergüenza tendría que hacer.
Inhaló y exhaló preparándose para el momento que no había considerado la noche anterior cuando su mente estaba demasiado débil para sopesar las consecuencias de su deseo por dormir en paz, la incómoda mañana luego de la noche.
Abandonando la habitación cerró la puerta detrás de si con toda la discreción que un Yagami podía invocar pero, como cualquier soldado, ante el leve movimiento Leona levantó la vista de la sartén sin expresión alguna.
La mirada de Iori estaba, sin embargo, centrada en la salida, aunque percibió el escrutinio de la joven por el rabillo del ojo. Al costado de la puerta descansaba una modesta maleta de viaje.
Así que no estaba de encubierta después de todo… o aunque sea había despertado tan horrorizada ante la presencia de Iori a su lado que decidió abandonar sus obligaciones y nunca más poner pie en Japón.
Suponiendo que debía decir algo el pelirrojo centró sus ojos vacíos en la joven.
— No te preocupes, ya me voy.
Sorprendentemente, Leona contestó con algo mucho mas críptico que cualquiera de las frases que había dicho la noche anterior en su accionar ebrio.
— Hice huevos revueltos.
A Yagami le tomó dos segundos comprender su intención y otros dos para ver no solo uno, sino dos platos acomodados sobre la pequeña mesa beige en el centro del living.
La imagen fue suficiente para que Iori se preparara para el puñetazo asi que, tragando en seco en un reflejo aprendido, esperó aquel familiar tono grave perturbando la quietud de su mente. Sorprendentemente este no llegó, razón por la cual Iori apretó los dientes con ojos aburridos aún imitando los de Leona.
¿En dónde estaba?
Su cabeza se sentía ligera, tan ligera que creyó que sería capaz de flotar hasta su casa si saliese a la calle. Pero sabía demasiado bien que sucedería una vez que pusiese un pie fuera de esta pequeña burbuja que habían construido en el ojo de esta miserable ciudad.
Su otra opción era sencilla, aunque el precio a pagar seria continuar viendo su rostro sombrío, revolcarse en vergüenza recordando el latir de su corazón en su espalda, y comer su comida. A pesar de la facilidad del platillo dudaba de las habilidades de Heidern para la cocina. Esas manos solo podían cortar a través de la piel…o abrazar.
Dios. Quería abandonar su propio cuerpo para darse una paliza.
Iori ojeó la puerta principal por el rabillo del ojo para luego centrar su vista indescifrable en ella. La joven sostenía la sartén oscilando sobre la mesa, había servido los huevos revueltos en su plato pero el otro permanecía vacío.
El gruñir de su estómago lo hizo volver en si y Yagami jugueteó con el dije de su collar. Pues...aunque sea la voz de Leona era mas tolerable e inusual de oír que la de Orochi.
Así que, encaminándose a la mesa sin pensarlo dos veces tomo asiento, y Leona sirvió la comida frente a él con la misma determinación.
Podía hacer esto. Solo debía pretender que ella no estaba allí. Con suerte podría quedarse una hora. Incluso si hubiesen sido solo cinco minutos los hubiese elegido sobre la compañía de su verdugo.
Con los movimientos de un robot la mercenaria tomo asiento en la angosta mesa.
— Espero que estos huevos revueltos sean lo suficientemente buenos para compensarme por el infierno que me hiciste pasar anoche — dijo inexpresivo agarrando los palillos notando que eran desechables, y aprecio el gesto de que la niña no le hubiese dado utensilios americanos. Levantó su vista del plato para verla debatir si debía hablar o cerrar la boca, así que alzó las cejas — Anda, dilo.
— ¿Tuviste pesadillas? — pregunto seria sin siquiera observarlo mientras servía el agua.
Su voz ronca sonaba determinada, como si estuviesen jugando un juego que Iori estaba destinado a perder. Eso no significaba que caería sin dar pelea, y tampoco que iba a hacer trampa.
— No — respondió casi desafiante.
— Entonces no fue un infierno — contestó ella alcanzando su vaso y dándole un sorbo.
Okey, parecía justo. Podía dar el brazo a torcer en esta.
Desde que la había conocido la presencia de la niña Heidern solo servía para aburrirlo, o molestarlo si ella se empeñaba. Anoche, sin embargo, había cumplido un nuevo propósito y de alguna manera era humillante. Que ambos supiesen la razón de su noche pacifica sin atreverse a decirlo en voz alta.
Iori alzó la barbilla e hizo su jugada.
— ¿Y tú?
Tal cual había esperado ella sacudió la cabeza, pestañeando ligeramente más de lo que acostumbraba.
"También te beneficiaste".
Eso removía una piedra de su espalda, y a pesar de que las demás aún pesaban horrores fue un alivio.
Mientras masticaban en silencio la cálida luz del sol entrando a través del balcón que pegaba en su espalda casi lo convencía de que tenia un hogar.
El desayuno llenando su estomago vacío, el letargo luego de una noche sin pesadillas, el leve sonido del reportero japonés en la televisión, todo le daba una probada de la vida normal que odiaba admitir quería…con la excepción de Leona.
Tenerla a tan corta distancia sin la intención de regalarse moretones se sentía fuera de lugar, como una araña en una cuna. Aunque concedido, una pequeña.
Permanecieron callados, ambos explotando la pequeña pizca de vida doméstica que había caído en sus faldas, pero fue ella quien rompió el momento.
— A eso me refería cuando hable de una cama vacía — dijo mientras volvía a servirse una ración — Las pesadillas te toman peor cuando estas solo.
Con una risa sin esfuerzo Iori terminó por disipar la paz.
— Somos adultos, no hay necesidad de disfrazar tus hormonas — expresó aburrido — Estoy acostumbrado a las niñas como tú.
Casi como si no lo hubiese oído Leona continuó con su mecánico levantar y bajar del tenedor mientras observaba la comida con ojos muertos.
— ¿Qué insinúas? — su voz era gris, pero de alguna forma una advertencia.
Iori aceptó el duelo. Lentamente, bajo sus palillos y se dio permiso de dar una puñalada con burla en su voz.
— ¿Debo dibujártelo? ¿De veras Heidern te crió tan inocente?
Leona respondió antes de que pudiese terminar la oración sobreponiendo sus voces amargadas.
— Nunca quise tener relaciones contigo.
Yagami hubiese creído sus palabras sin una sombra de duda si no estuviesen cara a cara.
— ¿Entonces por qué te sonrojas? — preguntó luego de un corto silencio con una ceja alzada.
Leona parpadeó, instintivamente llevando una mano para palpar su mejilla como si debiese cerciorarse de la traición de su cuerpo.
Paró su tenedor a mitad de camino y lo bajó, manteniendo el contacto visual con ojos de concreto.
Iori se aseguró de mantener sus ojos en los de ella, secretamente deseando que desviara la mirada. Hubiese sido una pequeña victoria.
— No me sonrojé — respondió confundida.
El pelirrojo reprimió la necesidad de humillarla. No había punto en apuñalar un perro muerto.
— Como digas — soltó mientras volvía su atención a la comida dándole fin a la incómoda pregunta — Si ayuda a disminuir tu vergüenza yo también prefiero actuar como si la noche pasada jamás hubiese sucedido.
Las cejas de Leona se contrajeron en un fruncir ligero para luego volver a una expresión de piedra, y asintió sin que la aceptación alcance sus ojos.
— Entonces ¿a dónde vamos a partir de aquí? — A pesar de que no había repunte de pregunta en su voz la incertidumbre rebalsaba de su boca.
Los ojos de Iori divagaron ¿A donde irían a partir de ahora? ¿Como vuelves de compartir secretos con un extraño como dos preadolescentes deprimidas en una pijamada a la pasivo-agresividad mutua?
Fácil, haciendo lo que Iori siempre hacia con sus memorias no deseadas. Pretender que jamás pasaron.
¿A donde irían?
— A ningún lado — respondió con desinterés — Tu vuelves a ser la hipócrita arrogante que debo ver por unas semanas cada año y yo vuelvo a ser el espejo roto que temes ver.
Antes de que pudiese arrepentirse de la ultima oración ella respondió rápidamente sin sacar sus ojos del plato, como si estuviese hablando con un niño que no tiene nada importante por decir.
— Jamás pensé eso acerca de ti.
— Ahórrame tu lastima, no la quiero — Iori giró su cuello para tronar sus huesos — Siempre dejaste en claro tu opinión.
No soy como tú. No soy como tú. No soy como tú.
Cada vez que la enfrentaba esas palabras parecían ser la únicas que salían de su boca.
— No eres un espejo roto, para mi eres solo...un espejo.
— Lo se — dijo Iori, y no estaba mintiendo — Es por eso que no soportas verme, es como darle un vistazo a lo que podrías haber sido ¿verdad? — drenó su vaso de agua deseando que fuese whisky — Un desastre miserable y solitario.
Ante esto Leona por fin alzó la mirada y empujó su plato de comida hacia adelante haciendo espacio para sus brazos, cruzándolos sobre la mesa. Iori se rehusó a evadir sus ojos fríos.
— ¿Y que ves cuando me ves?
— Una niña ingenua que cree poder escapar de su destino — dijo el sin comprender de donde venia aquella abrasiva observación, y a pesar de no recibir reacción alguna supo que algo entre ambos se había quebrado. El silencio peso como un mar de petróleo y Iori también empujó su plato — Créeme Heidern, es una maldición reservada para ambos y cualquier bastardo que comparta nuestra suerte, si es que existe alguno. O la tomas, o pierdes la cabeza como Yamazaki.
— No he ido por ninguno de esos caminos — replicó ella.
"Aún eres joven, no te has quebrado"
— Aún.
Es difícil saber el triste final de una historia que se supone es sobre esperanza. Es aún mas difícil decirlo en voz alta. Es tabú.
Una niña mata a toda su familia presa de un monstruo intangible moviendo las cuerdas. Luego deambula entre arboles, lianas y bestias esperando su muerte, solo para ser rescatada por otra pobre alma sin sangre de su sangre a su lado. La niña crece fuerte y derecha como un roble, encuentra gente que la aprecia y en respuesta ella devuelve el sentimiento.
Así es como ella cree que la historia termina, pero Iori sabe que no puedes escapar de la miseria cuando tu misma existencia es una, y tal como leche derramada en el barro es un desperdicio.
Aunque Yagami no se autocompadese. Jamás hubo una historia de éxito para él. Nació en miseria y creció en miseria, lo cual era parte de su familia después de todo.
Pero la persona frente a él no. Leona logró alcanzar el cielo y saborear la felicidad, y una vez que lo haces es difícil sobrevivir la inevitable caída.
La mercenaria mantuvo el tenso contacto visual y habló con la certeza que solo los verdaderos creyentes poseen.
— Incluso si me decido por la soledad, o si pierdo la cabeza, siempre habrá una forma de volver — su semblante sombrío imitaba el de Iori — La hay para ti.
El pelirrojo soltó una risa cargada de incredulidad. Era como hablar con su padre, la misma testarudez, aunque menos violenta igual de exasperante.
— Escucha — se inclinó hacia adelante para poner énfasis en sus palabras — Puedo soportar tu positividad barata pero no la proyectes en mi. No me uses para probar la creencia de que tus miedos son infundados.
— No estoy usándote.
— Lo estás, no puedes ayudarte a ti misma así que tratas de ayudarme, porque si hay esperanza para mi la hay para ti.
Mientras se miraban el uno al otro con pulso alerta las palabras desaparecieron de la boca de ambos, y el hilo que los conectaba acabo por cortarse en el momento en que al unísono desviaron la mirada.
Ante el vasto silencio los segundos se convirtieron en minutos que se movieron lentos como fases de la luna, a la par que una ola de nubes grises tapaba el sol robando la luz cálida que Iori había estado disfrutando y sin aviso alguno, como el rugido de un león, un trueno sorprendió a la ciudad.
Yagami dudo en el lugar, lo único que quedaba por esperar era que Leona dijese algo, lo que fuera con tal de que esa mascara se desintegrara por unos segundos. Nada sucedió, y Iori supo que, finalmente, era tiempo de abandonar el oasis y adentrarse a la realidad.
Así que decidido tomó su plato y se incorporó con paso letárgico encaminándose al lava vajillas, pero antes de que prendiese el grifo la voz de Leona resonó con determinación.
— Estas confundido. A pesar del miedo hay esperanza para mi...y es por eso que la hay para ti. Seria egoísta si no la compartiera — Iori no contestó — Eso es todo lo que quería decir. Puedes irte.
El pelirrojo abrió el grifo y lavó el plato en silencio. El sonido del agua corriendo era lo único llenando el ambiente hasta que de a poco los pájaros comenzaron a piar, aunque Iori estaba demasiado distraído para notarlo.
Sin voltear a echarle un vistazo preguntó lo que rondaba en su cabeza.
— ¿Vuelves a la flota hoy? — sus ojos se centraron en la pequeña fractura en el centro del plato mientras el vapor del agua caliente humedecia su rostro.
Un segundo de hesitación hizo eco en el vasto espacio entre ambos pero Leona se recupero fácilmente.
— Si — contestó mientras se movía a través del apartamento, guardando lo que restaba de sus cosas en la mochila que descansaba sobre el sillón.
— ¿Por tu cuenta?
Iori oyó atento su caminar decrecer levemente.
— Si.
Acabando de lavar el plato el pelirrojo lo guardó en la lacena sobre su cabeza para luego voltear y hablar con su mirada seca clavada en Leona, quien le daba la espalda.
— Te llevaré hasta el aeropuerto — soltó aburrido.
Ella volteo lentamente frunciendo el ceño, y Yagami se extrañó al ver una mueca en ese rostro que usualmente quedaba atascado en indiferencia.
— No tienes porque.
— Es mi forma de pagarte — dijo mientras se dirigía a la puerta principal, apoyando su espalda en ella y cruzando los brazos — No me gusta estar en deuda.
— ¿Pagar qué?
— Una buena noche de sueño.
—•—
Desde el momento en el que Leona se acomodó en el asiento del pasajero los hastiados ojos oscuros de Iori se centraron en el pavimento que giraba y desaparecía bajo el vehículo. Aunque no tenia prisa. El viaje hacia el aeropuerto de la ciudad era relativamente breve.
Iori echó un ojo desconfiado hacia el grisáceo cielo que colgaba sobre los edificios aledaños, que se veían aun mas grisáceos e imponentes. Si bien el sol de la mañana se había escondido la lluvia de la noche parecía haber cesado. Bien.
Sobre el manubrio de cuerina gastado descansaban las manos de el pelirrojo, diferenciándose ampliamente de lo tensas que estaban la noche anterior. Cuando cada nervio del cuerpo de Iori le demandaba que quemase algo.
Ahora nada en su ánimo acechaba con encender la llama del caos para ignorar aquello que Leona había dejado en el umbral de su puerta. Ningún deseo de saltar del auto en movimiento o estrellarlo contra un restaurante familiar matándolos a ambos.
¿Que tan gracioso seria si eso sucediese? ¿Que pasaría si un camión de diez toneladas embistiese el vehículo sin darles tiempo de reaccionar? Iori imaginó los miles de encabezados esparcidos a través del mundo, en cada página web y cada diario en los puestos de las esquinas.
Mascotas de KOF muertas, nada fue perdido.
Reprimió una leve sonrisa y con cautela observo a Leona por el rabillo del ojo, cuyos propios ojos se perdían a través de la ventana. Cada músculo de su pálido rostro estaba relajado, distraído, casi como si la soldado de sangre fría que había conocido en aquel torneo yaciese muerta en el apartamento que ninguno de los dos volvería a ver.
Aquel pensamiento hizo temblar sus manos sin saber porque, así que en lugar de ahondar en lo que su cuerpo quería comunicarle optó por fijar su atención en las aceras. Pero había recorrido estas calles miles de veces como para encontrar algo de otro mundo.
Usualmente la ciudad era una cacofonía de ruido blanco, aunque hoy cada pequeño callejón rústico y avenida principal estaba muerta, y no había rastros las de risas, habladurías y susurros que calmaban a Iori cuando necesitaba reprimir el impulso de quemar su hogar hasta el suelo. Dando la sensación de que el oasis que habían construido con manos torpes desde que dejaron el bar la noche anterior permanecía intacto.
Mientras sus pensamientos divagaban, distraídamente, Iori estiró su mano para cambiar de velocidad y sintió el roce del muslo de Leona en sus nudillos enrojecidos. Casi como si hubiesen sido apuñalados, Leona se tensó cerrando los puños y Iori retrajo su mano con velocidad inhumana.
Maldición ¿Acaso su auto se había encogido con la lluvia?
La humedad que invadía el reducido espacio comenzó a apretarle el pecho así que Yagami bajó sus ventanas deseando que la incomodidad del momento volase a través de las rebuscadas calles de su deprimente ciudad.
En la siguiente calle paró en una luz roja, y se juró no voltear para ver a la cárcel que se erguía través de su ventana. Tenia un año completo lleno de borracheras y polvos fáciles antes de que tuviese que volver al cementerio.
Reprimió y reprimió el impulso.
"Esta debe ser la luz roja mas larga del maldito mundo" pensó, y sin ningún otro estimulo al cual dirigir su atención volvió a ojear a Leona solo para encontrarla observando mas allá de él hacia la decadente montaña de concreto en donde había enterrado a su padre.
Al notar los ojos de Iori la joven apartó su mirada velozmente y se cruzó de brazos, volviendo a poner su atención en su propio lado de la acera.
El pelirrojo frunció el ceño, para luego relajarlo.
— Eras tú — dijo con claridad y falta de emoción mientras se estiraba hacia la guantera para sacar su ultimo paquete de cigarrillos. En respuesta Leona se recostó lo mas que pudo en su asiento, aun manteniendo los ojos en su ventana — ¿Verdad?
Cuando finalmente volteó a verlo una vergüenza inconfundible escapaba de sus ojos fríos.
— ¿A qué te refieres?
— En el cementerio, ayer — Esta vez Leona si apartó la mirada, y no se sintió como una victoria...en lo absoluto.
— Hace tiempo que tenia la intención de hablar contigo, pero deduje que no era la mejor ocasión.
Pues si, tal vez comenzar una charla frente a la tumba profanada de su padre era inapropiado. En especial cuando su saliva aun se deslizada por la lápida.
— Tienes una habilidad para complicar las cosas Heidern, podrías habérselo pedido a Kagura — contestó mientras sacaba un cigarrillo del paquete y lo encendía con su dedo.
Como esperaba Leona guardo silencio por unos segundos. El pelirrojo suponía que necesitaba mas tiempo que la persona promedio para formar una oración, el mero hecho de que hablase tanto estando sobria era hazaña y rareza suficiente.
— Lo siento. Reconozco que fue de mal gusto — respondió finalmente sin emoción, y Iori supo que si la disculpa hubiese venido de alguien mas no la hubiese creído, pero había una certeza extraña detras de cada palabra de Leona. Una certeza que lo incitaba a creer en ella.
— No importa — respondió pisando el acelerador ante la luz verde — Es culpa mía por visitar la tumba de alguien que detesto.
— ¿Por qué lo haces?
Iori se encogió de hombros frunciendo el ceño ante la obviedad de la pregunta.
— Tradición — volteo a ver a Leona. De seguro conocía aquellas historias sobre los linajes japoneses y su clan, era parte de su trabajo de todas formas.
Pero se encontró con que Leona no estaba observándolo a él, sino mas bien a la pequeña cadena que colgaba de su torso. Aunque tan pronto advirtió aquello Leona centro sus grandes ojos azules en los suyos como un niño que atrapas a punto de robar un caramelo.
Fue entonces que Iori sintió la familiar dureza en las puntas de sus dedos en aquel hábito que no había logrado matar y que guardaba un significado demasiado tóxico. El pequeño dije de plata pinchaba su pulgar hasta el punto de perforar el tejido arrancando un hilo de sangre, y Iori lo soltó con desdén para tomar el volante con ambas manos.
— No hay punto alguno en seguir tradiciones, si te dejas guiar por la sangre de tu familia te ahogaras en ella — dijo Leona con la certeza de un maestro.
— Ten cuidado niña, solo porque estoy dándote un aventón no puedes jugar a ser mi terapeuta — contestó Iori mas rápido de lo que hubiese preferido. Aun así las palabras siguieron brotando de su boca — Incluso si ese fuese el caso no lo entenderías. Cuando te crían para obedecer es difícil cortar la correa.
"Detente idiota. No le debes una explicación a nadie".
— Nadie sostiene la correa. Tu padre esta muert-
Seria e inquebrantable (y demasiado tarde) Leona se detuvo antes de acabar la oración, pero el daño estaba hecho, y Iori ya había elegido que esqueleto sacar de su armario.
— El tuyo también, pero eso no borra el trauma ¿verdad? — contesto sin poder relajar la tensión en su mandíbula.
Trauma, era extraño como jamás había usado esa palabra hasta este momento. Hasta que alguien que conocía el peso de la misma estaba allí para atraparla de su boca desconfiada.
La cosa. Así era como Iori había pensado acerca de su padre desde que su pequeña cabeza tuvo uso de razón. Porque el bastardo era una cosa. Sin sentimientos, sin reacción, solo propósito.
El sol brilla, el fuego quema, una bala mata y el padre de Iori lastima. Con lo que sea que tuviese a mano en el momento, varas de bambú, piedras, sus propios juguetes o en el peor de los casos sus puños.
Hubiese deseado tener las agallas de darle una paliza antes de su muerte, pero aun era estúpido. Un preadolescente encadenado a sus enseñanzas y desesperado por unas migas de amor.
Ya era tarde.
— No — respondió ella indescifrable sin dirigirle una mirada — Solo no te deja otra opción mas que atravesarlo, y superarlo.
Superarlo. Su elección de palabras la hacia sonar como Kagura, o un...libro barato de auto-ayuda y Iori lanzó un suspiro burlón. La Leona que conocía había vuelto, diciendo poco y aun así demasiado.
Solo diez minutos. Diez minutos hasta el aeropuerto, diez minutos y esta versión de ella (y él) desaparecería para existir solo como una memoria ebria.
Tirando el cigarrillo por la ventana no pudo evitar notarla ojeando su pecho, donde su collar se balanceaba ligeramente con cada movimiento del auto.
Rezó que no dijera la extraña observación influenciada por falta de habilidades sociales en la que estaba pensando.
— Deberías deshacerte de ese collar — soltó Leona con la cabeza en alto — Los objetos personales te prevéen de soltar el pasado.
Iori rió sin deseo, sacó otro cigarrillo del paquete y lo prendió mientras Leona lo observaba con ojos que han visto la misma película cientos de veces, disfrutando ninguna.
— Estás bastante suelta de lengua, parece que el alcohol aún no se desgastado — dijo Iori despreocupado — ¿Que harás a continuación? ¿Pedir que nos acurruquemos? — Leona abrió los ojos ligeramente aunque a excepción de aquello no hubo otra reacción, así que Yagami decidió pinchar con más intensidad — Tal vez pueda besarte antes de que abordes tu vuelo como en esas malas comedias románticas, una buena acción caritativa. O escribirte una canción sobre como en una noche lograste curar mis problemas emocionales. El típico cliché de la niña buena que salva al chico problemático ¿Qué dices?
Leona apartó la mirada y lentamente el sonido de gotas golpeando el techo del auto invadió el espacio junto con la incomodidad. Nuevamente ninguno supo que decir.
— ¿Por qué haces eso? — irrumpió ella finalmente.
— ¿Hacer qué?
— Agredir a cualquier persona con la que tienes una conversación.
Dios ¿No era esto cómico?
— Por la misma razón por la que te rehúsas a pronunciar mas de tres oraciones con cualquier persona con la que tú tienes una conversación.
Fiel a su falta de emoción Leona no movió un musculo de su rostro, aunque un tragar en seco no paso desapercibido en el radar de Yagami.
— La interacción es difícil.
— No lo es — rechazó el dando una larga calada a su cigarrillo — Solo admite que no quieres interactuar.
— Eso no es completamente cierto.
Iori volteó a verla, como si su mirada de hielo pudiese añadir énfasis a su análisis.
— ¿Por que es tan difícil admitir que tienes un problema?
— ¿Ahora soy yo el espejo roto? — dijo ella con voz gris incitando un bufido de Iori. La apariencia indiferente de Leona parecía esconder una gracia pícara ¿Y podía culparla? Ninguno de los dos tenia el derecho de juzgar al otro.
— Tal vez — contestó con el mismo tono — No somos tan diferentes tú y yo, solo tenemos nuestros propios métodos para alejar a la gente.
Leona mordió el interior de su mejilla, considerando sus palabras como un anillo que desconfías comprar, y la sien de Iori sintió la puñalada de los ojos vacíos de la niña Heidern rebuscando alguna reacción.
— Pero admites que es un problema.
Iori no pudo hacer más que suspirar ¿Quién hubiese dicho que alguien tan callada pudiese ser tan exasperante?
— Si, Licenciada en Psicología Leona Heidern. Es un problema — respondió sarcástico a lo que ella se recostó en su asiento, aparentemente satisfecha con aquella confesión. Iori acabó lo que quedaba de su cigarrillo y lo tiro por la ventana — ¿Se supone que ese es el primer paso en el programa de rehabilitación de ermitaños?
— No lo sé.
Bien. Iori podía vivir sin saberlo ¿Verdad?
Para sellar el pequeño altercado una neblina de calma los rodeó, y el sonido de la lluvia era lo único que los mantenía centrados en el mundo real. El mundo que tendrían que enfrentar sin la inusual compañía del otro para dormir sin pesadillas dentro de unos cuantos minutos.
La voz de Leona lo tomó desprevenido.
— Lo aceptaste — Iori pestañeó dos veces procesando aquellas palabras sin éxito.
— ¿Aceptar que?
— El abrazo.
— ¿Y? — preguntó apático.
— Me burlas por abrazarte, pero tu fuiste quien lo acepto.
— Bienvenida a la vergüenza post-resaca — dijo encogiéndose de hombros con una voz fría perfeccionada por castigos y demandas de adultos sin rostro a través de su infancia, y con los ojos en el horizonte temiendo que sus emociones lo traicionasen si hacia contacto visual.
A pesar de ello Leona examinó el pálido rostro del hombre al cual no podía llamar extraño aunque tampoco amigo.
— No me avergüenza — musitó la mercenaria con un tono reservado para sus admisiones mas difíciles.
Poco a poco la lluvia decreció desvaneciendo el sonido de repiqueteo de las gotas sobre sus cabezas, y Iori dejó que las palabras saliesen sin esfuerzo.
— A mi tampoco.
Nunca estuvo seguro si lo que vio fue real o solo un truco de la luz, pero por el rabillo del ojo le pareció atrapar un ligero levantar de las comisuras de la boca de Leona.
Extrañado, giró en la avenida principal en donde los primeros vestigios de hombres de negocios y estudiantes adolescentes teñían las calles dando color a la roca blanca que era aquella ciudad.
— No me burles por esto en el siguiente torneo — soltó ella — ...Por favor — añadió luego para la gracia de Iori, quien reprimió el deseo de hacer exactamente lo contrario a su suplica.
— Eres bastante fina de piel para ser mercenaria ¿No crees?— contestó tronándose el cuello — No puedo asegurarte que no lo haré.
Frunciendo el ceño en respuesta, Leona volteó a verlo.
— ¿Usarás esto en mi contra para siempre?
Iori selló los labios en pensamiento. No, probablemente se olvidaría de este incidente el mes siguiente.
— Si — afirmó, enteramente impulsado por el sádico en si que afilaba las garras cada vez que estaba aburrido. Aunque esta vez no se afilaba las garras, sino que ronroneaba.
Leona respiró con profundidad.
— No lo menciones frente al Comandante.
Luego de unos segundos sepulcrales...Iori rio levemente, esperando que Leona no interpretase mofa en su voz, porque no tenia intención alguna de burlarse.
Sino que estaba sinceramente entretenido. Por primera vez en años.
—•—
Iori aparcó en el saturado estacionamiento del aeropuerto y observó con cara de piedra como Leona tomaba su destartalada mochila y salía del auto. Parada al lado del baúl, Iori notó sus dedos temblar ligeramente mientras escaneaba sus alrededores con ojos de gato alerta. Supo que compartían el miedo a ser reconocidos, o aun peor, ser reconocidos juntos.
Con manos rápidas Yagami abrió el baúl sin tener tiempo a tomar la pequeña maleta antes de que ella lo hiciese como si fuese algodón. Leona alzó la mirada mientras ajustaba su mochila al hombro.
— Gracias — dijo, y Iori se limitó a asentir despreocupado. Sin saber que es lo que debía hacer a continuación.
No había instrucciones, reglas o trucos que su padre jamás le hubiese enseñado sobre mujeres a excepción de como encontrar una chica fértil e impregnarla lo antes posible para evitar la muerte de su linaje. Así que tuvo que tropezar a través de su interacción con el sexo opuesto saltando en un pie con un velo sobre su cabeza, pero incluso entonces los frutos de su entrenamiento se pudrieron en el momento en el cual esta versión de Leona, que no había visto anteriormente, abrió su boca.
Una Leona con la guardia baja, con esos usuales músculos tensos de su frente relajados, y con ese rostro joven viéndose joven para cambiar un poco.
Las turbinas de los aviones sobre ellos resonaron en sus tímpanos mientras los viajeros apresurados bajaban de sus autos con un millón de maletas, moviéndose a velocidad de la luz mientras ellos permanecían quietos, apurándolos a abandonar la pequeña tregua que habían acordado.
La joven hesitó unos segundos y Iori pudo jurar que vio la delgada lámina de la burbuja que habían formado anoche en el bar temblar como una hoja en el viento. A punto de reventarse.
Finalmente, sin pestañear, Leona dio un leve asentir en forma de despedida, y sin nada mas por decir giro de un tirón encaminándose hacia las puertas de cristal.
Iori vio su figura volverse cada vez mas pequeña con cada paso que daba.
…Su padre solía hacer lo mismo. Asentir. Eso era lo mas cercano a una muestra de afecto o complicidad que jamás recibió de él.
Un asentir cada vez que Iori lograba acabar su entrenamiento sin llorar o rendirse de dolor, un asentir cada vez que abandonaba su casa para desaparecer por días sin dejar dinero o comida, un asentir cada vez que Iori decía "Me importas, papá" en lugar de decir "Te amo" porque eso hubiese sido demasiado pegajoso, hasta que eventualmente dejo de buscar ese "Tú también me importas, hijo".
Un asentir no era un adiós apropiado.
Hablando en impulso (y sabiendo como actuar como si cada decisión fuese calculada) Iori alzó la voz ligeramente cerrando los puños dentro de los bolsillos de su chaqueta sin notarlo, en donde el sudor había comenzando a acumularse.
— Espera — soltó.
Deteniéndose en el lugar como un soldado que oye un disparo, Leona volteó.
Con fingidos ojos desinteresados Iori le indico que se acercase con un gesto de su mano para luego dar un vistazo por el estacionamiento. Ningún alma alrededor parecía advertir la extraña decisión que el heredero del clan Yagami estaba por tomar.
Leona se acercó con cautela depositando la maleta en el piso, y una vez que estuvo lo suficientemente cerca el joven sacó las manos de su chaqueta llevándolas a su cuello. Con manos decididas desabrocho el collar, sin intención de echarle un vistazo pues sabia que si lo hacia seguiría enrollado en su cuello por el resto de su vida, y lo dejó colgando frente a ellos.
Esperó centrando su vista en cualquier dirección menos en la de Leona…pero ante la falta de movimiento volteó a verla. La mercenaria permanecía de mármol ante lo cual Iori alzó las cejas con impaciencia.
Luego de unos segundos llenados por el sonido ensordecedor de los aviones alzándose sobre sus cabezas, frunciendo el ceño en confusión Leona alternó su vista entre el collar y su dueño hasta que el ruido murió, dando paso a un silencio aun más insoportable.
— No puedo aceptarlo — dijo como si fuese un secreto — ¿Por qué?
Aun ofreciendo aquel amuleto Iori se encogió de hombros y habló con la mirada perdida para transmitir indiferencia. Era un gran actor.
— Preferiría que mi correa este en manos de alguien que no la tire demasiado.
Ella no contestó, y los segundos sin contacto visual pesaron como bolsas de arena mojada.
"Por supuesto que no ¿En que estabas pensando? Ni siquiera la conoces. Como si fuese posible lograste caer aun mas bajo ¿En que mierda estabas pensan-"
Un fugaz tirón en su mano lo sacó de su trance, y antes de asimilar la tensión que había desaparecido de sus hombros vió como el collar descansaba en las manos de Leona quien lo inspeccionaba con curiosidad.
Iori quedo sin habla, y cuando la joven alzo la vista el fantasma de una sonrisa apareció en su pálido rostro para desvanecerse un segundo más tarde.
— Adiós — dijo ella tomando la maleta con su mano libre, aunque permaneció en su lugar.
Por primera vez desde que había notado a aquella extraña soldado estoica a través de la arena en aquel torneo, sus ojos se enlazaron sin la incomodidad latente que invadía cada una de sus interacciones, sino mas bien con una complicidad que solo los hermanos pueden compartir.
—...Adiós — contestó el.
Ante esto, el semblante de Leona volvió a adquirir la tenacidad que lo caracterizaba, y Iori la observó pegar media vuelta y adentrarse en el aeropuerto con el caminar de un soldado ejemplar, sin mirar atrás.
De todas formas no tenia porque hacerlo. Ambos sabían que volverían a encontrarse pronto.
—•—
Iori apretujó el pequeño ramo de flores con su mano derecha mientras que su mano izquierda acariciaba los pétalos con extrema delicadeza, y siguió caminando despreocupado. Calculó que aún tenia algunas horas antes de que la voz volviese.
Irises púrpuras. El florista dijo que eran el regalo perfecto, pero a Yagami no podría interesarle menos su opinión, solo había elegido las que se veían más bonitas.
Luego de unos cuantos pasos se detuvo en el lugar al llegar a su destino, confiado, parándose mas alto que el día anterior y ligero como una pluma.
Agachándose, depositó el ramo de flores sobre la tumba de su padre y sonrió al imaginarse al viejo Yagami observando la escena sin la posibilidad de gritarle en el oído como años atrás.
El pelirrojo puso las manos en sus rodillas y se incorporó. Caminando hacia la salida cruzó esposas, niños y padres que al igual que él habían venido a visitar a sus muertos, con la diferencia de que Yagami, al abandonar el cementerio, supo que jamás regresaría.
En los cerezos los pájaros comenzaron a piar, y el pelirrojo también supo que en realidad no habían comenzado a piar…sino que siempre lo habían hecho.
Solo que Iori por fin los estaba escuchando.
Dios, juro que este fic estuvo en mis borradores por meses! Luego de un trillon de cambios estoy contenta de que finalmente lo publique.
Tome la idea de Iori oyendo voces del CD drama "The sun and the moon ~ Prologue". Pense que era lo suficientemente interesante como para explorar y en general me hace sentir mas triste por él (si eso es posible), y ya que estamos queria aclarar que cometi un error en llamar a Kikuri la ex novia de Iori. En el CD drama no es mas que su interes romantico junto con Konoe, pero nunca pasa a mayores.
Tengo que admitir que Iori es un personaje dificil de escribir para mi, asi que si creen que estuvo OOC sientanse libres de decirmelo.
Algo mas, la razon por la que no etiquete el fic como slash es porque cuando lo escribi no tenia la idea de sentimientos romanticos en mente. Para mi esta historia es mas sobre los comienzos de una extraña amistad.
Aun asi, son libres de interpretarlo como deseen. Muerte del autor :)
¡Espero que lo hayan disfrutado!
