Otra vez era invierno en los bosques perdidos y el frío más las capas de nieve que mágica e instantáneamente habían cubierto el piso dificultaban mucho el avance de la oráculo.
Din no toleraba bien el frío, ella era originaria del desierto Gerudo y aún con todo el tiempo que había pasado, no lograba adaptarse a ese clima por lo que sufría mucho. Eso sumado al hecho de que no llevaba una vestimenta apropiada para aquel clima, convertía su tarea en una odisea. Pero ahora no podía detenerse, aunque le castañeran los dientes y tiritara de forma incontrolable, debía continuar, el brujo seguro ya sabía de su huida y la debía estar buscando.
Odiaba la forma en la que se habían desarrollado las cosas, había sido secuestrada como si fuera una débil Hylian cualquiera, ella, una orgullosa guerrera Gerudo incapaz de defenderse por sí misma, sus tías y su madre estarían decepcionadas. Lo peor es que ni siquiera fue capaz de escapar por su cuenta, había tenido que recibir la ayuda de... La cosa rara que le orinó encima. Definitivamente no podía dejar que nadie se enterara de ese vergonzoso incidente.
Suspiró sentidamente soltando una prominente nube de vapor, el frío era demasiado y cada vez estaba más débil, ya casi no sentía las piernas y comenzaba a temer perder algún dedo por congelamiento, una cansancio extremo invadió su cuerpo al mismo tiempo que el sueño se asentaba en su ser, sus ojos se cerraban solos y se vio obligada a apoyarse en un árbol para evitar caer al suelo. En ese momento supo que ya había llegado a su límite, ya no era capaz de avanzar, su única esperanza era que el clima cambiara a verano para evitar morir congelada, pero aún si eso ocurría, quizás ya sería demasiado tarde para ella, sus ojos se cerraban solos y su conciencia comenzaba a apagarse...
...
Como suele ser, el oído fue el primer sentido que regresó, fue consciente de un ligero murmullo a su alrededor aún antes de recuperar el raciocinio y tratar de adivinar el significado de las palabras que la rondaban. Numerosos minutos transcurrieron antes de que su conciencia comenzara a conectar ideas y poco a poco tomara noción de su situación.
Comenzó sintiendo la superficie sobre la que estaba recostada, al parecer se trataba de una especie de manta, movió ligeramente sus dedos para palpar la textura de la tela. Se sentía extremadamente agotada, no deseaba dormir en ese momento, pero tampoco quería incorporarse, solo quería quedarse allí sin hacer nada durante los siguientes 100 años, o hasta que sus energías regresaran, pero tal era su cansancio que casi creía que le tomaría un siglo estar mejor.
En ese momento comenzó a prestar atención a las palabras de aquellos que conversaban cerca de ella, lograba distinguir dos voces, una era una voz masculina que sonaba bastante juvenil y la otra era algo difícil de describir, sonaba como una campana, si es que eso era posible. Estaba segura de que había escuchado esa voz alguna vez en su vida pero en ese momento era incapaz de recordar dónde. De pronto un cierto sonido de alarma en la voz del hombre la puso en alerta.
-¡Espera! ¿Qué haces?
-Su ropa está empapada por la nieve, ya evité que hubiera que cortarle los dedos por congelamiento, pero si no le cambiamos la ropa podría enfermar.
-¡Pero al menos deja que me vaya antes de que la desvistas!
En ese instante, justo cuando un par de manos la despojaban de su ropa, Din recuperó todas sus facultades, se incorporó y lo primero que vio fue a Wind mirándola con expresión de espanto, lo segundo que notó fue al hada Talma en su forma humana con su ropa en la mano, y lo tercero que debería haber visto no quiso hacerlo, simplemente reaccionó como cualquier Gerudo lo haría, como una guerrera.
Y así fue como Wind terminó con un ojo en tinta.
Luego de algunas discusiones, explicaciones , la confesión de que Din era la oráculo de las estaciones y otros pormenores, los tres individuos salieron del improvisado refugio que Wind había hecho en medio de unos altos matorrales y donde había atendido a Din cuando la descubrió desvanecida junto a un árbol. El estado de congelamiento en el que la encontró era casi mortal, pero gracias a la magia de Talma pudieron recuperarla, lamentablemente la magia del hada no podía quitar la fatiga y el hambre, por lo tanto el muchacho se vio obligado a darle la mayor parte de las provisiones que había empacado su madre, junto con uno de los abrigos extra y un par de botas que había aceptado a regañadientes, pero como a la muchacha le quedaban grandes tuvieron que improvisar una solución rellenando con un par de calcetines.
-Vaya, en verdad me has sorprendido -dijo la morena observando todo la ropa que le habían prestado- Eres una persona muy preparada.
-¿Eh? ¡Claro! -El muchacho tomó una actitud orgullosa- un héroe siempre debe ir preparado para toda ocasión.
-Pero Wind, todas estas cosas las empacaste porque Ili... -Wind la cayó tomándola entre sus manos.
-Ven aquí Talma, seguro tienes mucho frío ¿Cierto?
-¿Que? No, yo...
-Talma - le susurró el muchacho- ¿Podríamos dejar el hecho de que todo esto lo empacó mi madre en secreto?
-¿Y eso porqué? -Preguntó el hada también entre susurros.
-No quiero que me vea como un mocoso y no me tome en serio.
-¿Por qué haría eso?
-Cosas de humanos.
-De acuerdo...
-Bien, jejeje, entonces... ¿Qué deberíamos hacer ahora? -El muchacho miró a la morena con preocupación- Por lo que nos explicaste, ese collar mágico que está en tu cuello suprime tus poderes y por culpa de eso las estaciones están locas, pero ni Talma ni yo tenemos forma de quitártelo y si no solucionamos este descontrol del clima pronto, toda la vida vegetal terminará muriendo en pocos días.
-Pues... La verdad hay un artefacto que nos puede ayudar...
-¿De verdad? ¡¿Cuál?! ¿Dónde lo encontramos? -Wind se había acercado tanto a Din que prácticamente tenía su rostro a escasos centímetros de ella.
-No te pongas tan odioso por favor -le dijo mientras le ponía la mano encima de la cara y lo empujaba lejos.
-Lo siento... Es que... En verdad estoy preocupado por todo esto que está pasando.
Din miró la expresión apenada del muchacho y suspiró, a sus ojos Wind seguía siendo un niño, uno al que le dieron una tarea demasiado grande, al igual que Impa no confiaba del todo en sus capacidades para cumplir con su papel de héroe, pero también tenía fe en que con un poco de ayuda, podía tener un desempeño decente. Sin embargo su orgullo Gerudo a menudo la hacía prescindir del apoyo masculino y le molestaba un poco tener que cooperar con ese mocoso que aún no se ganaba su respeto.
-Como sea, de las cosas no hay que preocuparse, hay que ocuparse, y para solucionar (al menos momentáneamente) el problema en el que estamos metidos, necesitamos el Cetro de las Estaciones.
-Ya veo ¡El cetro de las Estaciones!
-¿Sabes lo que es? -Preguntó Din sorprendida.
-Ni idea, pero suena a algo místico e importante. -La morena lo fulminó con la mirada y el muchacho retrocedió algo intimidado murmurando unas tímidas disculpas.
-El cetro de las estaciones es el artefacto que permite mantener el orden en las estaciones cuando una oráculo por alguna razón no puede hacerlo. Lo más típico es usarlo mientras la oráculo aún es una niña en entrenamiento o está enferma, el control del clima es algo demasiado importante que no se puede descuidar por ningún motivo, por eso las diosas crearon esta valiosa herramienta, un artefacto que cualquier mortal puede utilizar sin necesidad de un entrenamiento previo.
-Ah, pero un artefacto así de poderoso y a disposición de cualquier persona es algo un tanto peligroso -dijo Talma preocupada.
-Por supuesto que lo es, por eso no está a disposición de todos, el Cetro de las Estaciones suele estar resguardado en el Templo de las Estaciones, un lugar lleno de trampas y acertijos que solo alguien bien preparado y con la bendición de las diosas puede atravesar... O al menos así solía ser.
-¿El cetro ya no reposa ahí?
-Hace algunos años hubo un problema con cierta persona que logró colarse al templo y robar el cetro, sé que al final todo logró solucionarse sin consecuencias graves, pero desde entonces el verdadero cetro ya no se guarda allí, solo hay una réplica. Se sigue contando que el cetro se encuentra en ese templo, pero es solo una mentira para desviar la atención e impedir que se encuentre el verdadero artefacto.
-¿Y donde se guarda el cetro hoy en día? -Preguntó Wind cada vez más curioso.
-Está al cuidado de un viejo mago que casualmente vive por estos bosques.
-¿Ezero?
-Exacto.
-Vaya, eso es... ¿Inesperado?
-Yo no tomé esa decisión, se le entregó el cetro varios años antes de que yo naciera, años antes de que acogiera a Vaati -esto último lo dijo con cierta preocupación.
-¿Te preocupa que Vaati esté cerca del cetro?
-No lo sé... A simple vista no parece alguien malo pero... -Lanzó un sentido suspiro- Si su presencia fue capaz de hacer que una amistad terminara, tampoco creo que sea alguien bueno.
-Din...
-Ya vayámonos, te apuesto mi almuerzo a que el brujo se dirige al Templo de las Estaciones. Si su poder es suficiente no tardará en obtener la réplica y cuando se de cuenta de que es falsa, no sé que pasará. Ah, que bien, trajiste a tu caballo.
Puini, como el corcel obediente que era, se quedó cerca del refugio ramoneando las hierbas que abundaban en el bosque perdido, lanzó un alegre relincho cuando vio a su dueño, pero luego bufó con desconfianza cuando vio a la morena acercarse.
-Espera Din, Puini no te dejará subir tan fácil, deja ayudarte.
La Gerudo a regañadientes tuvo que aceptar la ayuda del rubio, le parecía inaudito que necesitara apoyo para un acto tan simple como subirse a un caballo, otras damas lo considerarían galantería, pero una orgullosa Gerudo lo veía como una ofensa, como si fuera menos que él. Debido a su crianza quizás Din era más abierta al trato con hombres que otras Gerudo, pero aún así no le gustaba recibir ayuda de ellos.
A pesar de las quejas que no pudo manifestar, se obligó a cooperar y montar junto al rubio, quien por alguna razón parecía algo nervioso de tenerla montando detrás, cosa que por supuesto no pasó desapercibida para ella. Entonces con una sonrisa maliciosa abrazó al muchacho por la espalda, quizás era una actitud algo infantil, pero era la única forma que tenía de desquitarse de él.
-Y bien Wind ¿A donde iremos? Los bosques perdidos son traicioneros y peligrosos, yo no estoy familiarizada con ellos y me temo que no sé como encontrar a Ezero aquí.
-Ta-ta-ta ¡Talma nos ayudará! -Gritó el rubio tratando de disimular los nervios que le provocaba la cercanía de Din.
-No hace falta que grites tampoco -se quejó la hada- ¿Y por qué estás tan nervioso?
-Ne-¿Nervioso? ¿Quien está nervioso?
-Wind, ni siquiera hace falta ser un hada para darse cuenta de tus nervios.
La perspicaz hada miró al muchacho y fue capaz de darse cuenta de que su incomodidad venía de la cercanía de Din, suspiró algo molesta, en verdad no entendía a los humanos ¿Por qué se ponían nerviosos por algo tan simple como tener a alguien cerca? Din no era un monstruo, debería ponerse nervioso si lo abrazara un Stalfo, no una morena con mal carácter.
Al final la hada decidió poner fin a toda esa ridícula situación, así que con todas sus fuerzas le dio un golpe Puini en la grupa y el animal salió corriendo del susto.
La carrera del caballo no duró tanto rato, pues su dueño logró tranquilizarlo luego de unos 10 minutos, por lo que el resto del viaje hasta la casa del mago fue al trote. De paso, mientras viajaban, el clima cambió a otoño por lo que se vieron obligados a sacarse algo de ropa otra vez.
-Dios, este asunto del cambio de estaciones es una verdadera molestia -se quejó la peliroja.
-Es horrible -dijo Wind con una voz que casi denotaba dolor.
-¿Estás bien?
-Sí, sí, no es nada.
-A todo esto, emm... estaba preguntando ¿Cómo lograron encontrarme? Es algo extraño, el bosque es enorme y no hay caminos o lugares destacables para recorrer ¿Cómo fue que en medio de los miles de kilómetros de este lugar justo dieron conmigo?
-Pues... Simplemente fuimos al lugar donde se sentía que algo andaba mal.
-¿Qué?
-Las energías de la naturaleza no están fluyendo bien -explicó Talma- Es como si hubiera un nudo en medio de un tejido que impide que las hebras de la vida estén ordenadas.
-Como un agujero en el manto de la vida. -Agregó Wind.
-Como una mancha en una pared blanca
-Como un gusano en una manzana.
-Si sí, ya entendí... Creo...
-Bueno, solo nos dejamos guiar hasta el lugar donde sentíamos que algo andaba mal, y eso nos llevó a ti.
-Espera... -Din miró al chico con sospecha- Estás hablando en plural, como si tú también sintieras esas energías de las que hablas.
-Sí, las siento...
-Pero eso es imposible, a menos que seas un mago de la naturaleza o algo así, las hadas sienten esas cosas, pero esa no es una cualidad propia de los humanos.
-Eh... ¿En serio?
-¿Nunca se te ocurrió pensar que era algo raro?
-Sí pero... Cuando les pregunté a mis padres me dijeron que era mi talento de granjero, así que no me lo cuestioné más.
-Ay Wind... En serio eres demasiado inocente. Los humanos comunes no tienen ese poder, o eres un mago o... Es el regalo de un hada.
-¿Eso es posible? -Wind miró a Talma ilusionado.
-Eh... Sí pero... Un hada tendría que tener una muy buena razón para entregarle algo así a un humano -La hada comenzó a mirar a Wind con algo de preocupación- Wind... Creo que habías mencionado que cuando eras pequeño te perdiste en este bosque...
-¡Llegamos! -Gritó Din emocionada bajándose del caballo de un salto.
En efecto, habían llegado a la curiosa casa del mago en medio de bosque, y como si el anciano hubiera sabido de su llegada, se encontraba de pie frente a la puerta esperándolos.
-Din, oráculo de las estaciones -Dijo el mago en tono solemne haciendo una reverencia.
-Ezero, gran mago blanco -contestó la morena con una reverencia.
-Señor Ezero -dijo Wind haciendo una torpe reverencia tratando de imitar la solemnidad de los otros dos.
-Veo que el joven héroe ya está enterado de la situación y creo saber la razón por la que vienen. -Se acercó a la muchacha y observó con atención el collar que rodeaba su cuello- Ese artilugio es muy poderoso, claro, debe serlo para sellar un poder tan grande como el de la oráculo, pero aún así... Solo un brujo de gran poder y mucha edad sería capaz de algo como esto.
Levantó la vista hacia ambos adolescentes y les dio la espalda dirigiéndose hacia su casa, el anciano no dijo nada, pero el hecho de que hubiera dejado la puerta abierta era una señal de que los estaba invitando a pasar. Los magos eran conocidos por no ser muy generosos en sus palabras, era común que guardaran silencio y hablaran nada más que lo justo y lo necesario, incluso corría el mito de que perdían poder a través del habla y por eso siempre eran tan callados. En general siempre había un aura de misterio alrededor de los portadores de magia, la familia real de Hyrule serían la excepción dentro de los magos típicos.
El interior del hogar era bastante similar a la cabaña que tenían para preparar pociones, salvo que esta era mucho más acogedora y habitable, habían puertas detrás de las cuáles seguramente estaban los dormitorios, la cocina estaba bien equipada con todo lo necesario para preparar una buena cena, hasta tenía una sala de estar con una encantadora mesa rústica en el centro, sin embargo, ninguno de los chicos se atrevió a tomar asiento sin la autorización del dueño de casa.
-Tenía la esperanza de que nunca nos viéramos en una situación tan precaria -dijo Ezero dirigiéndose lentamente hacia un estante del cuál sacó un cofre alargado cuya superficie estaba decorada con exquisitas figuras florales las cuales habían sido talladas en la madera con un detalle impresionante.
El anciano de forma ceremoniosa caminó hasta la mesa de la cocina donde depositó el cofre, entonces con una mirada y un ligero asentimiento le indicó a sus invitados que se acercaran. Din y Wind caminaron hasta él y miraron el objeto con algo de nervios, una emoción natural considerando la importancia del objeto que iban a recibir. El anciano colocó sus manos encima del cofre, dejó pasar algunos segundos como si se estuviera preparando para un evento extraordinario, levantó el seguro y entonces lo abrió
El horror de los presentes se manifestó en sus rostros cuando vieron la cruda realidad que se presentaba ante ellos, el cofre estaba vacio.
-¡Pero cómo! -Gritó Ezero estupefacto.
-El cetro -Din se llevó las manos al rostro horrorizada.
-No... -Wind se apretó las manos con nerviosismo.
-Esto no... Puede ser... -La hada se desplomó dramáticamente sobre la cabeza de Wind.
-¡Pero si estaba aquí! -El mago se llevó las manos a la cabeza- ¡Cómo pasó! La última vez que lo vi estaba aquí!
-¿Y cómo cuando fue eso? -Preguntó Wind inocentemente.
-Creo que hace 6 años... Sí, hace 6 años, cuando Vaati... ¡Un momento! ¡Vaati!
El temor se asentó en las entrañas de Din al escuchar del joven brujo ¿Acaso sus temores eran reales? Aquel ser había tomado el cetro para hacerse con su poder? Y como si hubiera sido invocado, justo en ese instante Vaati entró al hogar acompañado de Farone.
-¡Vaati! -Gritó el mago mirándolo con furia.
Un escalofrío recorrió la espalda del pelivioleta cuando escuchó la voz de su tutor, entonces con una lentitud exasperante giró la cabeza hacia él y lo vio furioso apoyado en su bastón, parecía que temblaba de la rabia, jamás lo había visto tan enojado y eso que con todas las travesuras que hacía era habitual que lo hiciera enojar. Pero parte de su miedo se disipó cuando vio a Din y en particular a Wind junto a Ezero.
-¡¿Qué hace él aquí?!
-¡No me cambies el tema! ¡Dónde está el Cetro de las Estaciones!
-¿El qué?
El viejo mago caminó hasta él con el cofre en la mano, el golpe de su bastón resonaba en medio del silencio sepulcral que se había instalado en la casa.
-El cetro ¡El cetro que estaba en este cofre!
Vaati tomó la caja con algo de temor y comenzó a revisarla, tratando de recordar donde había visto ese cofre y por qué lo culpaban a él por la pérdida de su contenido. Observó las flores y ramas grabadas en su superficie, algo le recordaban, cierto eco generaban en su mente, tuvo que esforzarse bastante para hacer surgir la memoria de aquella situación que en su momento le dio tan poca importancia...
...
-Maestro... ¿Qué es esto? -Dijo un pequeño Vaati de nueve años encaramado en una silla sacando aquel hermoso cofre de un alto estante.
-¡Deja eso ahí Vaati! ¡No lo toques! -Lo reprendió su maestro caminando hasta él para quitarle el cofre.
-¿Por qué?
-Dentro de este cofre hay un objeto muy importante y valioso, el Cetro de las Estaciones, no lo toques.
-¿Puedo verlo?
-No, no puedes, esto solo debe salir de su cofre cuando sea necesario, así que tienes estrictamente prohibido tocarlo ¿Entendido?
-Pero...
-¿Entendido?
-Sí maestro...
Ezero a menudo solía decir que no nació para ser padre, su único interés era la magia, nunca se casó ni tuvo hijos, no le gustaban los niños ni sabía como tratar con ellos, por eso aunque hizo su mayor esfuerzo para criar a Vaati, cometió muchos errores por el camino, entre ellos prohibir cosas sin explicaciones razonables. Vaati en realidad era un chico muy obediente que hacía caso a lo que le decían cuando consideraba que los demás tenían razón, pero en esta ocasión no había sido así. No entendía que tenía de malo que viera el cofre, dudaba que fuera un objeto maldito o algo así y quedó con la curiosidad carcomiéndole la mente, por eso un día cualquiera, cuando Ezero no estaba, el niño buscó el cofre y lo abrió.
Quedó impresionado con el lindo bastón que había en su interior, era de color blanco y en la parte de arriba había una bola que tenía grabados cuatro símbolos, las representaciones de las estaciones.
El niño se quedó mirando el objeto un rato, disfrutando de la emoción de hacer algo que no debía, no era que le interesara tanto ese bastón, pero en cuanto Ezero le prohibió mirarlo el deseo de hacerlo se volvió casi una obsesión y ahora que finalmente tenía el artefacto en sus manos el entusiasmo se le fue. No tenía más pretensiones con el famoso cetro, ni siquiera estaba en sus planes jugar con él, así se dispuso a guardarlo, pero antes de que completara su tarea, un horroroso ladrido metálico lo asustó haciendo que el bastón se le cayera de las manos.
La fuente de ese feo ruido era nada menos que Heraldo, el extraño monstruo mascota de Vaati, quien lo estaba mirando (o eso se podía deducir considerando que no tenía ojos). La bestia se quedó un instante contemplando con diversión como su dueño se recuperaba del susto que le había dado, le encantaba hacer eso, incluso en aquel momento soltaba una suave risa, que lamentablemente sonaba como dos fierros frotándose.
-Heraldo... Podrías dejar de chillar así -dijo Vaati apretando los dientes por la molestia del sonido que escuchaba.
La bestia lo miró algo ofendida, entonces posó sus ojos en el cetro que estaba a los pies de su dueño y una idea maquiavélica cruzó su mente, corrió hasta el objeto, lo tomó con su hocico y salió corriendo.
Cuando Vaati vio a Heraldo escapar estalló en pánico, dejó el cofrecito exactamente en el lugar donde lo había encontrado para que Ezero no sospechara nada y partió detrás de su mascota.
Eventualmente ambos terminaron jugando y debido a que Vaati aún era un chico inmaduro, distraído e irresponsable, olvidó que el cetro era algo importante que debía devolver, y como Ezero jamás se dio cuenta de que no estaba en su caja, tampoco preguntó. Pero el cetro no se perdió, simplemente se convirtió en el juguete favorito de Heraldo, el cual solía enterrar como si fuera un hueso, a veces lo mordisqueaba y disfrutaba mucho de ello, pues era el único juguete que no se rompía con sus poderosas mandíbulas, claro, era un objeto divino hecho para durar toda la eternidad.
El mago jamás se dio cuenta de que el monstruo paseaba por allí jugando con una reliquia tan importante, pues al igual que casi todas las personas que conocían a la criatura, lo evitaba, nunca le dirigía la mirada y si lo pillaba por ahí, se aseguraba de retirarse de su vista, y así en absoluta ignorancia respecto a lo que había pasado, transcurrieron 6 años.
...
-¡ME ESTÁS DICIENDO QUE EL CETRO LO TIENE ESA BESTIA! -Gritó el mago casi fuera de sus casillas.
-Eh... Sí, bueno, usted nunca dijo nada respecto a que Heraldo no podía jugar con el cetro.
-¡Yo no sabía que ese monstruo lo tenía!
-Pero si siempre se anda paseando por ahí con el...
-Por Hylia... Que hice para merecer esto... -El anciano se llevó las manos a la cabeza mientras el grupo de invitados miraba la escena con cierta incomodidad.- Muy bien, ya es suficiente, llama a tu bicho y que te traiga el cetro ahora.
-Es que... Heraldo... Él... Está... Un poquito... ¿Perdido? -Terminó la frase con un hilo de voz.
-¡Cómo que está perdido!
-Bueno, había estado algo inquieto los últimos días y merodeaba cada vez más lejos de casa hasta que... Un día no regresó...
-Lo que me faltaba ¡LO QUE ME FALTABA! El mundo se está cayendo a pedazos, las estaciones están locas, necesitamos el cetro y este está perdido.
-Ahora que lo pienso quizás Heraldo salió a buscar el cetro...
-¿Ni siquiera es seguro que Heraldo tenga el cetro?
-Eh...
-¡YA FUE SUFICIENTE! ¡SAL A BUSCAR A ESE MONSTRUO DEL DEMONIO Y EL CETRO AHORA! ¡No te molestes en regresar hasta que lo encuentres!
-Si... ¡Sí!
El brujo entonces adquirió su característica forma de ojo alado y salió volando por la puerta.
Luego de su partida una atmósfera de incomodidad y nerviosismo invadió la vivienda, los chicos y el hada presentes se miraban sin saber que decir o hacer, hasta que finalmente Farone fue la primera en romper el silencio.
-Eh... Yo creo que ayudaré a Vaati a encontrar a Heraldo, va a necesitar toda la ayuda posible -Y tras decir eso la peliverde salió afuera.
-Sí, es buena idea, lo mejor será ayudarlo -dijo Din siguiendo los pasos de Farone.
-Creo que los acompañaré -el rubio también siguió los pasos de sus compañeras.
-¡Espérenme! -Finalmente el hada salió de la casa.
Ezero se quedó solo en medio de la sala de estar, con sus manos temblando y su respiración agitada. Por su edad ya no estaba para emociones fuertes, por lo que tomó asiento y apoyó su cabeza entre sus manos con actitud abatida.
-Por las diosas, qué fue lo que hice para merecer esto... Qué fue lo que hice... -Abrió los ojos y suspiró- en realidad... Si sé que fue lo que hice y probablemente esto sea poco comparado con el peso del pecado que cometí... Solo espero que mis errores no le traigan consecuencias a los demás...
Din proviendel juego la oráculo de las estaciones, que es el juego hermano de la oráculo del tiempo. En ese juego Din era una bailarina de una carabana itinerante que salvan a Link cuando lo pillan inconsciente por ahí en el campo, Es morena de pelo rojo y por eso algunos teorizan que se trata de una Gerudo, aunque no hay ninguna fuente oficial que confirme eso, pero me colgué de la teoría y la hice Gerudo. Esta chica es alegre y amable, en el canon tiene un gran talento para bailar, y pasa a ser otra de las miles de mujeres que se enamoran de Link a lo largo de los juegos y tal como en esta historia, es la oráculo de las estaciones, quien es secuestrada por el malvado Onox y encerrada en el templo de las estaciones donde sus poderes quedan sellados y las estaciones enloquecen, entre otras cosas uno de los objetivos del juego es encontrar el cetro con el cual se pueden cambiar las estaciones a voluntad.
Sip, para este arco seguí de forma algo más fiel el canon.
