Them's Fightin' Herds: El Campeón de las Pampas

Capítulo 1: Noche en la Llanura

Aquí me pongo a cantar

al compás de la vigüela,

que el hombre que lo desvela

una pena extraordinaria

como la ave solitaria

con el cantar se consuela.

Martín Fierro, canto I. José Hernández


La noche se extendía sobre Pampas Plains como un manto negro, salpicado con toda una franja de estrellas. Un viento suave mecía las ramas de los ceibos que delimitaban el espacio del camposanto. Más allá de éste sólo había kilómetros y kilómetros de planicie verde, fértil, con varios rancheríos dispersos, y luego, emplazada a la orilla del río Argentum, la ciudad de Buenayre.

Apenas una antorcha ardiendo iluminaba al fornido caballo, parado ceremoniosamente delante de una tumba muy reciente. En los bordes de la tierra removida habían colocado piedras blancas, traídas de una cantera. La lápida, blanqueada con cal, tenía grabado el nombre de Don Segundo Aballay, y una dedicatoria de los pingos malevos, descendientes de la tropilla de cimarrones en la cual el difunto había nacido. Estaba adornada con diferentes tipos de objetos, ofrendados por quienes lo admiraban. Para el principal de ellos, su ahijado Quiroga, todo aquello parecía inútil, pues no había forma en que el muerto pudiera apreciar esas ofrendas mortuorias.

Por suerte, Aballay había expresado como su última voluntad, heredarle al joven Quiroga las únicas cosas de valor que había tenido en vida. Primero, su facón de hueso. "Facón" es como llamaban los caballos malevos a sus cuchillos, los cuales usaban tanto para defenderse como para realizar diversas tareas. La historia de cómo aprendieron a usarlos es algo larga y sinuosa de contar, pero la podemos resumir de la siguiente manera. Desde siempre, Pampas Plains fue un lugar conflictivo, donde lo normal era que las especies que vivían allí pelearan por los sitios con mayor agua y comida. A falta de cuernos con los cuales intimidar a sus rivales, los equinos tuvieron que hallar un recurso externo. En un principio, recurrieron a ramas de sauce peladas, huesos desenterrados por el viento, o trozos de roca pacientemente pulidos. Actualmente, con el auge de la fundición, las láminas de metal muy bien afiladas se ganaron su popularidad en la nueva generación de pingos.

Por eso, existían diferentes variedades de facones según la longitud de sus hojas y el labrado de sus mangos. Aballay nombraba al suyo como "facón de hueso" por la forma en que lo obtuvo. Mucho tiempo atrás, en una costa del mar, se topó con la osamenta de una enorme criatura marina, que debió encallar hace mucho más tiempo del que cualquiera podría calcular. En lo que quedaba de sus fauces abiertas, se lucía un largo y delgado diente, el cual parecía ideal para fabricar un cuchillo, pues Aballay perdió el suyo después de una desastrosa pelea. Así lo llevó toda su vida, prometiendo que jamás lo perdería, hasta el instante en que decidiera entregarlo a alguien de confianza.

Ahora, ese facón le pertenecía a Quiroga, si bien el traspaso no se dio en las circunstancias que él deseaba. Del maestro recibió también un chambergo azul oscuro, sombrero muy particular con las alas plegadas al costado, y un poncho cond dos rayas, regalo de los guanacos de Sierra Grande. El difunto era un gran amigo de su cacique, Atahualpa. Los guanacos eran parientes lejanos de las alpacas de Highlands, la diferencia es que eran un poco más flacos y mantenían con la Naturaleza un vínculo más positivo.

Don Aballay era el ejemplo perfecto de por qué los demás ungulados de las Pampas temían a los caballos malevos. Su manejo eficiente y rápido de los facones te lo hacían pensar dos veces. Ante cualquier afrenta, estos pingos bajaban la cabeza hacia los hombros, donde tenían envainado su facón, y lo agarraban bien del mango, demostrando una fortaleza formidable en sus mandíbulas. Por esto, varios años atrás, el gobernador de Buenayre los había reclutado para mantener a raya a los malones, que dejaban la ciudad hecha un desastre. "Malones" es como llamaban los citadinos a las estampidas de ganado, comandadas por un toro Pampero. Era su forma de vengarse por las tierras que los puercos "civilizados" les habían quitado, en favor de la "civilización". En el campo de batalla, eran las vacas pampeanas y los pingos malevos quienes derramaban su sangre a cornadas y cuchillazos, mientras que los chanchos, cabras y asnos que vivían cómodamente en la ciudad, detrás de las barricadas, ni siquiera se dignaban a prestar un casco. Cansados, entonces, de pelear por un problema que ni siquiera era suyo, los líderes de ambas manadas acordaron una alianza. El Jefe Pampero y el Gaucho Torino irrumpieron en Buenayre. Exigieron al gobernador puerco Saavedra terminar esa guerra, y pidieron además una importante porción de tierra para resarcir a las vacas pampeanas, más otra para los caballos, por el papel que éstos habían desempeñado en la resolución del conflicto. Contrariado, Saavedra aceptó, pensando que así podría haber paz en la llanura.

Ya no quedaban muchos recuerdos de aquella época. Pero la bravura, la valentía y el arrojo persistieron como principales características de la tropilla de pingos. Por otro lado, las vacas pampeanas tenían un carácter muy distinto de las que habitaban en Sunset Prairie. Éstas eran nómades, comerciaban con su leche, y se caracterizaban por sus colores amarronados, mientras que las dirigidas por el toro Pampero eran más bien sedentarias, territoriales, de colores azabache y blanco, y sólo intercambiaban con los foráneos aquello que la manada consideraba útil. Generalmente, también desconfiaban de las especies que no conocían.

Con una solemne inclinación de cabeza, Quiroga se retiró de la tumba de su maestro. Este joven caballo, de pelaje pardo rojizo y crin como el carbón, fue un potrillo problemático. Su abuela se hizo cargo de él cuando la madre falleció de fiebre, y el padre era un tordillo sin remedio. Cuando aprendió a valerse solo, y su abuela necesitó ayuda con el rancho, Quiroga consiguió trabajo en la posada/pulpería de Don Ascasubi. Así fue como conoció al legendario Don Aballay, quien suscitó la admiración del potro guacho. Cansado de la vida que llevaba, sintiendo que los vientos de cambio le llamaban a un destino distinto, el muchacho un día se decidió a seguir al gran caballo malevo. Pasó por el rancho a despedirse de su nana, y por mucho que hubiera querido detenerlo, en su corazón ella entendió el anhelo de su nieto, supo que ese viaje le enseñaría mucho sobre el mundo. Lo dejó partir, no sin antes hacerle jurar que él volvería para encargarse del rancho cuando ella estirara la pata. Quiroga lo prometió con un casco en el corazón.

Así transcurrieron dos años de lances y aventuras con Don Segundo Aballay, la mejor figura paterna que Quiroga podría haber tenido. Recorrieron casi todo Foenum, tomando contacto con las distintas civilizaciones de ungulados instalados en las cuatro latitudes. Aprendió mucha sabiduría popular, coplas y canciones provenientes de los más remotos tiempos, los mitos sobre Mandinga y sus terribles poderes. Don Aballay le enseñó no sólo a pelear sino a ubicarse con las estrellas del cielo, a interpretar las señales del terreno para saber dónde hallar agua y comida, a distinguir, en los trueques, la calidad y cantidad de los objetos. Le enseñó, en palabras breves, a ser un corcel de mundo, y a hacerse valer, a ser generoso y defender a los desvalidos pero también a ser avispado e intuitivo para no dejarse engatusar por cualquiera.

En todo esto venía pensando Quiroga mientras trotaba hacia su rancho, cuando de repente, escuchó algo en la lejanía.


Notas:

Sé que no es necesario agregar un disclaimer en un fanfic, pues es de común conocimiento que Them's Fightin' Herds pertenece al equipo Mane6 y todo lo demás. Sí me parece necesario aclarar que, a excepción del mundo de Foenum y sus correspondientes personajes canónicos, los escenarios y los personajes aquí presentados son invención mía. Este fic en sus primeros capítulos se centrará en mi OC pero también tengo contemplado que tenga contacto con las campeonas principales (esto va a tardar porque los desarrolladores todavía no liberaron el modo historia completo del juego, y no quiero alejarme demasiado del canon).

En este primer capítulo decidí centrarme en presentar un poco al personaje y su contexto, es algo corto en relación a lo que suelo escribir (quien haya leído mis otros fics lo entenderá), pero me pareció adecuado empezar despacio, sin mucha complejidad por ahora.

Por otro lado, como todavía no han incluido en Fanfiction la categoría para Them's Fightin' Herds, lo iba a poner en la de My little pony, pero mejor decidí dejarlo en Miscelánea.