Disclaimer: George es dueño de estos personajes y su mundo.

Esta historia participa en el reto #107 "Sangre Azul" del foro Alas Negras, Palabras Negras. Adivinen a quién escogí...


Daeron abrazó a su madre y cerró los ojos.

—Daeron —dijo con voz amorosa, acariciando sus cabellos de plata. El niño no se movió—. ¿Hijo?

—No me gusta que te trate mal —contestó. Se separó lo suficiente como para que pudiera verla a los ojos—. Madre, no voy a permitirlo.

Ella lo miró con tristeza.

—Daeron, mi amor... No enfrentes a tu padre por mí. No lo soportaría.

—¡Aún no es el rey! —dijo el niño con firmeza—. ¡Y no puede humillarte así en la corte!

—No debes decir esas cosas frente a él. Conozco su carácter. —Apretó un puño sobre el pecho. Luego movió la cabeza, sacudiendo sus finos cabellos sobre sus delgados hombros, pues solo a él y a su tío permitía mostrar su cabeza descubierta—. No, hijo, te lo suplico, no lo provoques.

—Pero un príncipe jamás maltrata a su dama —aseguró Daeron—. El tío Aemon...

Ella lo abrazó. Daeron se dio cuenta de que lloraba. El corazón se le partió.

—Oh, madre. —El labio inferior le tembló—. No quería...

—No, mi niño. —Su madre secó las lágrimas que él comenzaba a derramar—. No has causado tú mi llanto.

Él apoyó la cabecita en su regazo.

—¿Tú lo quieres, madre?

—Te amo a ti. Los dioses derramaron sobre mí la bendición más grande cuando te pusieron en mis brazos, cuando me entregaron a un hijo fuerte y sano y amoroso. Nunca lo olvides, Daeron.

El niño cerró los ojos.

—Cuando sea rey —dijo— nadie se atreverá a tratarte mal, madre. Voy a mandar a llamar a los mejores músicos para que toquen para ti y ordenaré que te sea recitada La estrella de siete puntas mientras bordas. Y —pronunció con tanta solemnidad como se lo podía permitir su voz infantil—: te prometo que voy a ser un buen hombre.

El cuerpecito de Daeron se sacudió con la suave risa de su madre. Él levantó su carita y esbozó una sonrisa.

—Mi Daeron... —Acarició su rostro, su cabello—. Que seas un buen hombre es todo lo que te pido. No necesito bardos o canciones.

Él meditó. Sabía que su madre era muy devota y amaba a los Siete. Tal vez podría, en un futuro, hacerla septa. Nadie se lo podría negar cuando fuera el Rey, ¿verdad? Tal vez... Le dio un beso en la mejilla y repitió su promesa. No tardó en quedar dormido, entre caricias y palabras amorosas, sobre sus rodillas; y aquellos gestos de amor no los olvidaría jamás, así como su resolución de convertirse en un buen hombre.