Capítulo 2: Bronca y pasión de los malevos
No me hago al lao de la güeya
Aunque vengan degollando,
Con los blandos yo soy blando
Y soy duro con los duros,
Y ninguno en un apuro
Me ha visto andar titubeando.
Martín Fierro, Canto XII. José Hernández
La luz de la luna, surgida con extraña intensidad, bañaba la zona, y Quiroga apuró el paso tras ver a dos criaturas negras persiguiendo a lo que, por lo que él alcanzaba a divisar, era un guanaco. El pobre cuadrúpedo trastabillaba en su corrida, señal de que probablemente lo habían herido en una de sus patas. El pingo malevo trató de calcular con precisión cuánta distancia alcanzaría a cubrir con su galope para ayudar al perseguido. Viró, describiendo una leve curva, para posicionarse bien detrás de los dos perseguidores. A continuación, tomó las boleadoras de debajo de su poncho, casi tropezándose en el intento, y con bastante envión, las revoleó directamente a las patas del animal de la derecha. Por fortuna, el tiro fue efectivo, y gracias a la ventaja del factor sorpresa, el oscuro ser, de hocico ancho y alargado, no logró esquivar a tiempo los tres tientos de soga trenzada que se enredaron entre sus patas, las cuales quedaron inmovilizadas por el peso de las tres bolas de piedra pulida. De modo que éste cayó, quedando detenido por un momento, y permitiéndole a Quiroga arremeter contra el otro, de hocico y orejas más cortos.
El monstruo no tuvo idea de lo que atacó a su compañero, ni de lo que lo atacó a el después, pues el caballo estuvo a su altura tras acelerar el paso, y con una pechada consiguió desestabilizarlo. No había nada que pudiera parar a Quiroga, porque lo dominaba la ira propia de quien desea venganza por la pérdida de alguien muy importante. Se agolparon en su mente las imágenes de la noche en que Don Aballay y él fueron sorprendidos por tres negras criaturas, a las cuales alcanzaron a vencer por un pelo, pero con resultados nefastos para el maistro de Quiroga.
—¡Cosa e' Mandinga! — exclamó con ímpetu rabioso, mientras saltaba sobre el depredador y lo pisoteaba varias veces con los cascos delanteros, hasta dejarlo sin aire.
No le importaba recibir uno que otro arañazo del enviado del señor tenebroso, ni que éste intentara varias veces morderle las patas, porque un dolor físico no se comparaba con el dolor de su alma. El joven caballo descargaba toda su frustración, su molestia, su enojo, todo lo que había venido acumulando desde hacía varias horas. Para pegar el golpe final, desenvainó el facón de hueso y lo clavó bien en medio del pecho del predador. El arma emitió cierto brillo al entrar en la carne corrupta, eso debido al encantamiento de un unicornio, de cuando Aballay visitó The Woodlands. Era la propiedad más valiosa del facón, que le permitía erradicar las energías impuras de cualquier criatura viviente, y aunque el cuerpo no sobreviviera a la puñalada, al menos su espíritu partiría, limpio, hacia la luz del cielo. Pero Quiroga sabía que los demonios hambrientos de Mandinga no sangraban, simplemente se desvanecían como la niebla espesa, volviendo a su dimensión con un rugido lastimero.
El pingo pampeano permaneció parado, jadeando, cuando sólo quedaba su facón en el suelo, sintiendo cómo le retumbaba el corazón dentro del pecho.
Mientras tanto, el guanaco había recuperado un poco de sus fuerzas. Recargándose contra un árbol, dio un largo suspiro para ganar concentración, y así poder evaluar lo que ocurría a su alrededor. Uno de los depredadores le había mordido en una de las patas traseras, lo cual complicaba su equilibrio pese a que contaba con el sostén de su vara. De todas formas, hizo acopio de fuerza para poder pararse. Ya había detectado dónde se desarrollaba la pelea entre el caballo y el puma, pero no podía concentrarse mucho en ellos, pues notó un movimiento a su izquierda: la primera bestia en caer se había liberado de las boleadoras y ya corría presta a arremeter contra el pingo. Entonces, sin dudar, el guanaco dibujó un círculo en la tierra con su vara, trazando enseguida una línea desde el vértice hacia afuera, como señalando al depredador. Instantáneamente, un leve temblor sacudió el suelo, y de éste emergió una aguja que atravesó a la criatura por la mitad, justo cuando Quiroga se daba la vuelta.
Así, ambos ungulados se vieron libres de la amenaza. Por unos segundos, se quedaron sólo mirándose, hasta que el guanaco finalmente se desplomó a causa del cansancio. Comprendiendo la urgencia, Quiroga se aprestó a cargar al caído, animándole a que se mantuviera despierto y tratando de sostener una conversación. Por la voz, se dio cuenta de que no se trataba de un macho, sino de una hembra.
—¿Cómo te llamas?
—Kimey… — respondió ella, en tono agotado — ...Guerrera Pehuenche de Sierra Grande…
—¿A dónde ibas a esta hora?
Pero ella no respondió, respiraba agitadamente sobre el lomo del malevo. Mejor no atosigarla con preguntas por ahora, pensó éste, y arrancó a trotar despacio en dirección a su rancho. No había podido ver mucho el estado de la herida en la guanaca, y esperaba que no fuera algo grave. "La 'buela me va a querer echar cuando me vea llegar así" se dijo Quiroga para sus adentros, aunque empezaba a preocuparle que los conocimientos de su abuela fueran insuficientes para curar a Kimey. De hecho, temía que la mordedura de esos monstruos produjera algún tipo de enfermedad que acabara en la muerte del afectado… viniendo de demonios creados por Mandinga, no le sorprendía que eso sirviera para apurar que el alma saliera del cuerpo. Eso le debió de pasar a Don Aballay quien, temerario, decía: "No ha nacido caballo ni bicho capaz de matarme" cuando alguien insinuaba que podría ser vencido en una pelea. Quizá ese demonio de dos patas se tomó de forma personal esas provocaciones, y por eso les echó a ese trío de bestias negras varias noches atrás.
Si sus sospechas eran ciertas, entonces no podía permitir que lo mismo le ocurriera a la joven. Había otra yegua a quien debía recurrir.
Con el primer rayo de sol de la mañana, Ascasubi se despertó. La luz se metía por un agujerito en el techo del cuarto, que apuntaba justo, justo, a sus ojos. Podría haberlo arreglado hacía tiempo, pero le servía para saber que ya tocaba levantarse. El alazán dio media vuelta en el catre, un colchón de paja cubierto por una manta toscamente tejida, y extendió un casco buscando a su concubina, sólo para encontrarse con la inmaterialidad del aire. Hacía mucho no madrugaba la Cielo, seguro tenía algo, pensó él. En un esfuerzo para luchar contra la modorra, Ascasubi consiguió pararse sobre sus cuatro cascos, y tras un largo bostezo, corrió la cortina que tapaba la ventana. Desde allí miró hacia afuera, hacia el patio que conectaba con la parte trasera de la pulpería. Ahí, entre un montón de yuyos, frente a una mesa llena también de otros yuyos, ungüentos y pociones, vio a una yegua negra como el carbón, con ojos celestes como el cielo del mediodía, y melena ondulada como las hojas del eucalipto, recogida en una frondosa trenza. Un pañuelo verde protegía su cabeza de los calores y de sus orejas colgaban dos aros de diámetro ancho -regalo de Ascasubi- y otros aretes más pequeños. Parecía estar muy concentrada preparando una especie de infusión.
Silenciosamente, el dueño de la taberna salió de casa, pisando suave sobre la tierra para no ser oído por la yegua, quien echaba unas hierbas sobre un caldero con agua caliente, retirado recién de una fogata armada sobre tres grandes piedras. Ascasubi aguardó a que ella se alejara un poco del caldero, para evitar un incidente tonto, y con cariño le rozó la grupa con los labios, para finalizar con un beso en la mejilla. Cielo, o la Cielito, cómo le decía él amorosamente, no se asustó ni corcoveó, sino que le devolvió un amable "Buenos días" y correspondió con otro beso en la mejilla. Normalmente ella era dulce, atenta y cálida, fogosa durante la intimidad, pero cuando recibía el llamado de su don curativo, se comportaba de forma misteriosa y solemne, casi como si se tornara en otra yegua. Siempre que había alguien para curar, se lo llevaban a la Cielo para que hiciera su "magia", aunque ella aclaraba cada vez que no se trataba de nada sobrenatural: simplemente, había aprendido qué hacer y cómo tratar a los heridos desde potranca. Nadie conocía mucho de su pasado, ni de dónde provenía, y ella solía andar de paso la mayoría de las veces. Vivía en un choza cerca del río, pero cuando ésta quedó muy maltrecha después de una brutal tormenta, don Ascasubi insistió en que Cielo se hospedara en su posada, pues desde hacía tiempo que estaba flechado por ella. Entonces una cosa llevó a la otra, y la yegua negra se quedó a vivir allí.
Después de otro beso, Ascasubi fue a abrir el almacén-taberna, como todas las mañanas. Se dio una vuelta por los establos, donde descansaban los huéspedes que la noche anterior compartieron canciones en honor a Don Aballay. La parte central del terreno era ocupada por la "pulpería", sitio de abastecimiento y esparcimiento para los pingos malevos, a la derecha se ubicaban los troncos alrededor de los cuales se sentaban los clientes, y para la izquierda se iba a la posada. Una hilera de altos árboles delimitaba la propiedad del resto de la pampa salvaje. Cuando se disponía a ordenar el patio frontal, el pulpero vio que las mulitas ya andaban pululando, y sonrió. Estos animalitos, de fina cabeza con grandes orejas, una desarrollada cola larga y un duro caparazón, le servían para mantener a raya a las plagas, sobre todo las hormigas. Antes, Ascasubi les tenía declarada la guerra, porque le cavaban pozos en el patio, se tropezaba con uno casi siempre, se le metían en la despensa… fue gracias a la Cielito que pudo llegar a un acuerdo con las mulitas, y actualmente hasta le ayudaban con los menesteres.
—¡Don Ascasubi! ¿Está la Cielo?
Cuando el alazán dirigió la vista hacia donde escuchó la voz, vio a Quiroga cargando un guanaco, una de sus patas estaba roja e hinchada.
Una vez más, el instinto de su negrita no fallaba.
