Capítulo 3: La Guerrera Pehuenche
Amanecí allá en Tilcara,
con los amigos de la indiada.
Llevarme allí, quiso el destino,
junto con quienes mi camino comparten.
Tal vez grabada en las pircas mi voz,
como un recuerdo haya quedado.
Como grabado ha quedado en mi ser,
de aquellos, su trato amable.
"Allá en Tilcara" - Almafuerte
—Andá a dormir algo, Quiroga, — le decía el tabernero al caballo malevo — sabés que se puede confiar en la Cielo para curar a la vicuña.
Mientras dentro de la casa la yegua negra atendía las heridas de Kimey, Quiroga estaba sentado en la barra. Tomaba una infusión de mate cocido, masticando unos panes con especias y cabeceando de cansancio. Se resistía a dejarse llevar por el sueño en la espera de saber si la guanaco se recuperaría. Ya le había explicado a Ascasubi su temor de que no hubiera cura para las mordeduras de las bestias negras, pero éste intentó tranquilizarlo diciéndole que no había nada que temer, pues las medicinas de Cielo podrían cortar la corrupción a tiempo.
—No quiero que le pase como a Don Aballay…
—No lo creo, m'hijo, los guanacos de Sierra Grande tienen mucha salú, y si ella te dijo que ella era Guerrera Pehuenche, menos le va a hacer. Vaya y acuestesé, que el día es largo.
Quiroga amagó a revisar su alforja para ver cuánto metálico tenía, pero Ascasubi lo detuvo con un gesto.
—Esto va de mi parte, ande a los establos y elija el que quiera.
Finalmente, el joven pingo decidió ceder. Necesitaba descansar, o el cuerpo no le respondería si algo se complicaba más tarde. En el fondo rogaba que Ascasubi tuviera razón. No desconfiaba de las aptitudes de Cielo, pero él había visto de lo que eran capaces esos monstruos bajo el poder de Mandinga. Temía que trajeran horror y miseria a las Pampas, después de años de paz lograda con tanta dificultad. Al meterse en el pasillito de tierra que conectaba los cuartos, sus tétricos pensamientos fueron interrumpidos por un silbido muy tenue. Entonces, paró las orejas y se detuvo a escuchar. El silbido se repitió. Parecía provenir de uno de los cubículos de la izquierda, al fondo. Con sigilo se fue acercando. Pudo divisar que, a diferencia de los demás cuyas puertas permanecían cerradas, la de aquél de donde provenía ese sospechoso ruido estaba entreabierta. Quiroga frunció el ceño. Ya se iba preparando para sacar el facón y entrar intempestivamente, creyendo que allí había un huésped no deseado, pero no halló a nadie cuando empujó la puerta con su casco derecho. Tal vez había sido el viento o el extraño ronquido de alguno de los otros huéspedes, tal vez se estaba poniendo paranoico al fin y al cabo. Tras dar un resoplido, se introdujo en el pequeño recinto, que contaba con un par de ganchos para colgar las pertenencias, y un cómodo catre con manta y almohada incluidos. Cansado, el joven se dejó caer sobre el mullido colchón, cerrando los ojos al instante.
Por un par de minutos no ocurrió nada, como si el mundo se hubiera detenido. De repente, una estilizada figura se escurrió dentro con sigilo, para asegurarse de no despertar bruscamente al durmiente. Pisaba con sus cascos tan suaves que la hacían volverse ligera cual pluma en el aire. Así, despacio, se echó a un lado del malevo, observándole dormir como una madre vigila la cuna de su bebé. Con una sonrisa, acercó su cabeza hacia la de Quiroga para darle un beso en los labios, lo que bastó, sin querer queriendo, para que éste reaccionara. La visitante misteriosa era una yegua con pelaje color ámbar, patas blancas y melena castaña, que lo contemplaba dulcemente con sus ojos marrones.
—...Morena… — musitó él mientras parpadeaba, confuso. Atinó a levantarse, pero ella lo detuvo con un casco.
—Shhh, el patrón no sabe que estoy acá. — le susurró ella, su cuerpo estando tan cerca del de Quiroga que éste podía sentir el calor que manaba del mismo — Buenos días, quería ver cómo estabas.
—Estoy bien, nomás que… todavía no puedo creer que Don Aballay se haya ido.
—Lo siento, fue una pérdida muy grande. Si hubieras estado aquí anoche, hubieras visto cómo a Larralde le caían las lágrimas al cantar, y a los demás no les faltaba mucho.
Quiroga no dijo nada, de pronto sentía que no le importaba lo que los demás sintieran. Pero ahora no podía ignorar sus sentimientos al ver a la Morena. Se conocían desde potrillos, jugaban juntos, y al tiempo surgió lo que debía surgir, aunque no lo reconocieron hasta que él decidió seguir a Don Aballay. Desde entonces, cada vez que los vientos lo traían de nuevo a la pulpería de Ascasubi, Quiroga se quedaba más tiempo con ella, siempre con cierta discreción.
—¿Qué vas a hacer ahora? — le preguntó Morena mientras compartían un afectuoso abrazo.
—No lo sé... — Quiroga suspiró — quizá quedarme con la Nona, y contigo.
Aquellas palabras produjeron un brillo de ilusión en los ojos de la yegua. Nada ansiaba más que tener a su amor con ella, y pasar la vida juntos. Por ahora, tocaba ponerse al día.
La Sierra Grande estaba siendo invadida por las bestias negras, quienes aparecían desde cualquier sitio donde reinara la sombra. El cielo había adquirido una tonalidad roja, como la de la sangre, cual si anunciara el fin de la manada y la sequía de la tierra. Los guanacos más fuertes se quedaban a pelear con fiereza para defender al resto de la manada, cuyos guías eran dos guerreros pehuenches seleccionados por el líder, Atahualpa. Lo que diferenciaba a dichos guerreros de los guanacos comunes, eran las marcas pintadas en su pelaje, según los elementos que cada uno dominaba mejor. Por eso, ningún pehuenche poseía las mismas marcas que otro. En medio de todo ese jaleo, destacaba una hembra que peleaba a la par de Atahualpa. Sobre su frente llevaba dos delgadas líneas grises en representación de su habilidad con el aire; esas líneas se repetían a lo largo de su cuello hacia el pecho, donde se cruzaban con otra línea, más gruesa, de color marrón cobrizo, que subía hasta los hombros y de ahí a la cabeza, para cerrarse en sus mejillas. Además, desde los hombros continuaba horizontal a través del vientre. Esta línea simbolizaba los poderes de tierra. Debajo de cada ojo corría una línea azul, la más corta pues la portadora aún no lograba dominar por completo el agua. Finalmente, unas espirales del color del ladrillo se dibujaban en sus patas, dando a entender que dominaba mejor las artes del fuego.
Los patrones de ataque de los invasores variaban dependiendo de su forma. Había uno grande y pesado, que daba panzazos difíciles de esquivar si te agarraba desprevenido. Otro, que aunque un poco más lento era más ágil, daba saltos bien preparados, mientras que había otro, de cabeza más chata, que repartía zarpazos al ritmo de sus rugidos. Los más extraños eran aquellos de cuerpo alargado y cabeza triangular, capaces de lanzar una sustancia venenosa por sus bocas. Desde arriba, había unos bichos voladores, con un hocico más pequeño y puntiagudo, lanzándose en picada contra quienes podían. Pese a que los guanacos derribaban enemigos sin cesar, éstos no parecían agotarse, sino que continuaban apareciendo en oleadas, por eso, más temprano que tarde, las fuerzas de los guerreros de Sierra Grande comenzaban a mermar. Las esperanzas de obtener la victoria pendían de un hilo. Por si fuera poco, mientras Atahualpa se debatía duramente contra uno de los depredadores de hocico largo, otro de ellos lo acechaba por detrás, listo para clavarle sus zarpas en cualquier momento. Pero Kimey logró verlo antes, y se echó a correr al tiempo que prevenía al cacique. Error fatal, pues el primer contendiente aprovechó el descuido del gran guanaco para clavarle las fauces en el cuello.
—¡Nooooo! — fue el grito desesperado de la joven hija, justo cuando la oscuridad lo envolvía todo.
La habitación en la que despertó, olía a romero, alcanfor y otras especias, algunas distribuidas en diversos recipientes colocados contra las paredes irregulares pintadas con cal, otras colgadas a modo de ramo. Sobre una rústica estantería, frascos y botellas cuidadosamente ordenados…. Kimey parpadeó varias veces, tratando de comprender cómo fue a parar a lo que parecía la despensa de un boticario. De a poco, las imágenes de lo acontecido la noche anterior regresaban a su mente: el ataque de los depredadores, la persecución en la oscuridad, la aparición del pingo malevo... entonces entendió que lo otro lo había soñado nada más. Sin embargo, no convenía ignorar el mensaje premonitorio que traía ese sueño. De todas formas, dio un suspiro de alivio. Al tratar de levantarse, notó la venda en su pata izquierda, la cual no dolía ya. Apenas sentía un leve ardor. Quien la trató seguramente debía ser un curandero de talento.
—No te levantes aún, todavía necesitas hacer reposo — dijo una voz, perteneciente a una yegua cimarrona deslizándose por la cortina que hacía las veces de puerta para aquel cuartito, seguida por dos pequeñas criaturas de caparazón chato, una transportaba un cuenco de agua y la otra, un cuenco de hierbas. Las mulitas se detuvieron a un lado del colchón para que la yegua los depositara en el suelo, y luego de que se retiraran, ella continuó — Tuviste suerte de que Quiroga te trajera. No es una herida demasiado profunda, pero no podrás caminar por unas cuantas horas.
Kimey no dijo nada, simplemente se quedó mirando su pata, cuando cayó en la cuenta de que faltaba algo. Nuevamente intentó erguirse, pero la curadora, adivinando cuál era la urgencia que se reflejaba en el rostro de su paciente, la detuvo poniéndole con suavidad un casco en el hombro.
—Tu vara y tus alforjas están aquí, no te preocupes — le dijo con calma.
—Tengo que irme, voy de camino a Sierra Grande. No puedo desobedecer al designio de Ma' Pekarí.
—Entiendo tu apuro por irte, pero en tu estado, no llegarás muy lejos.
—Lo siento, es que no puedo retrasarme demasiado… hay un peligro cerniéndose cada vez más no sólo sobre las Pampas, sino sobre todo Foenum.
—Lo sé, yo también pude sentirlo. No obstante, aunque pongas la seguridad de los tuyos primero, debes estar bien recuperada si quieres protegerlos.
Aquella serenidad con la que hablaba la yegua negra resultaba asombrosa para Kimey, Quizá, por su oficio, había aprendido a razonar con pacientes apurados. Además, su anfitriona tenía razón. Con una pata lastimada, no podría lograr el equilibrio necesario para manejar su vara, y un buen guerrero pehuenche que se precie debe procurar mantener su cuerpo en óptimas condiciones. Entonces, ya más tranquila, aceptó beber agua y comer algo de hierba.
—Por cierto, me llamo Cielo — se presentó la yegua oscura.
—Kimey — se presentó a su vez la guerrera pehuenche — Muchas gracias por su hospitalidad, señora Cielo, trataré de retribuírsela como pueda.
Ante el ofrecimiento, Cielo negó con la cabeza.
—No hay problema. Mi mayor retribución es que te recuperes completamente.
Agradecida, la guanaco inclinó la cabeza en un gesto respetuoso. "Si hasta aquí he llegado, ha sido voluntad de Ma' Pekarí", razonó Kimey. Si la gran entidad natural que es Ma' Pekarí para los pobladores de Sierra Grande, decidió desviar a una de sus elegidos del camino que iba siguiendo, debía tener un buen motivo para ello. Siempre fue sabia en sus designios, encontrando la manera de enviar las señales correctas a los guanacos para que éstos interpretaran adecuadamente sus intenciones. Ella era la Naturaleza misma en sus secretas energías, algo que las alpacas, antiguos parientes de los guanacos, no fueron capaces de apreciar por culpa de su baja espiritualidad.
Luego de que Cielo se marchó, diciendo que regresaría en unas horas para revisar sus vendajes, Kimey se dispuso a meditar. No del modo normal, haciendo equilibrio sobre su vara, sino en una posición horizontal para no interferir con la curación de su pata. Con una inspiración profunda, fue acumulando en su mente los pensamientos espurios al igual que el aire en sus pulmones, y a medida que en la espiración expulsaba ese mismo aire, así también expulsaba dichos pensamientos de su cabeza. Luego, con respiraciones esta vez más lentas, todo su cuerpo se fue relajando, agudizando los sentidos. Podía alcanzar a ver las motas de polvo bailando a la luz del sol, colándose por las rendijas entre las cortinas de la ventana. Desde el exterior le llegaban las voces apagadas de los caballos despertándose. En su pelaje sentía el calor húmedo que manaba de las paredes de adobe, combinado con la fina brisa fría de la mañana filtrándose por la ventana. Poco a poco, se sumió en un sopor profundo, etéreo, mientras su espíritu parecía desprenderse momentáneamente del cuerpo para entrar a una dimensión inmaterial, esa dimensión que está presente en todos lados, pero no se puede tocar. Al principio fue una bruma gris, indefinida, hasta tornarse en luz mezclada con polvo estelar, de la cual fue emergiendo una figura. A media vista se veía similar a la de un guanaco, pero cuando se volvió más y más definida, adoptó la forma de un antílope, una de cuyas cornamentas se encontraba rota. Sus ojos brillaban con un poderoso resplandor dorado, y emanaban un poder increíble, que mantenía a raya a las inquietas sombras fundidas en la oscuridad que las rodeaba. La presencia misteriosa desapareció en un estallido luminoso. Todo lo que quedó fue un extraño símbolo, constituido por un rayo con una línea horizontal. Dicho símbolo le resultó conocido a Kimey, algo de su tierra lejana…
El regreso al plano físico fue algo brusco, cuando en realidad debía ir más despacio, al igual que al comienzo. Los guanacos que seguían la senda del guerrero pehuenche nunca se tomaban la meditación a la ligera. Pasaban horas y horas meditando, conéctandose con la energía natural y asimismo con su propia fuerza interior, en un equilibrio sobre el que trabajaban toda su vida. Ésta era la fuente de su poder, de ahí obtenían la bendición de Ma' Pekarí para usar sus elementos: agua, tierra, aire y fuego, pero principalmente los tres primeros.
Al abrir los ojos, la guerrera vio a la curandera poniendo una nueva venda sobre su pata.
—Perdón por despertarte, — se disculpó Cielo — tuve que encargarme del trabajo y se me pasó la hora, pero era necesario que te revisara.
—Está bien, no hay problema. Me siento mucho mejor ahora.
—Eso me alegra. La herida ha evolucionado muy bien, así que creo que puedes empezar a dar tus primeros pasos. — anunció la yegua negra con una leve sonrisa —Te ayudaré a salir, ya es mediodía y vamos a servir el almuerzo.
—Muchas gracias, aunque con mi vara me basto para andar.
Una de las primeras cosas que aprendía un guerrero pehuenche era a valerse por sí mismo, por eso Kimey no acostumbraba a dejarse ayudar. Cielo no intentó contradecirla. Le alcanzó la vara una vez que ayudó a la guanaca a pararse sobre tres patas, dejando en el aire la cuarta. Aunque se hizo cargo de las alforjas, muy pesadas para que Kimey las llevara teniendo que sostenerse de su vara con las dos patas delanteras.
Cuando salieron al exterior, vieron a un grupo de caballos discutiendo airadamente en torno a un ancho tronco que servía de mesa.
Capítulo 3 del fic, listo. Un poco más largo con respecto a los anteriores, pero está bien.
En la plantilla de personajes de TFH, vemos que hay personajes con magia y personajes con fuerza bruta -hablando a grosso modo-, y me pareció que para equilibrar a Quiroga con su uso de la fuerza, podía incluir un personaje que supiera usar magia… bueh, manipulación de los elementos naturales al estilo Avatar, más bien. En realidad, desde el principio pensé en la fórmula de mi fic con dos protagonistas, que representan a dos figuras cuyas voces fueron tomadas y usadas por los escritores cultos de la literatura argentina del siglo XIX: el gaucho y el aborigen (mal llamado "indio").
Bueno, eso sería todo por hoy, nos leemos en el siguiente. Chaucito, y recuerden cuidarse cuando salgan a la calle ;)
