Las manos que recorrían su cuerpo le estremecían, arrastrando hacia un abismo su cordura mientras que el placer se acrecentaba cada vez más hasta llevarle al éxtasis. Y en el instante el cual todo su ser estalló, aquella mirada carmesí refulgió intensamente en medio de la oscuridad, mientras una aterciopelada voz habló en un tono oscuro:

«No puedes escapar, Zero.» «Ni tú ni yo podemos hacerlo. Estamos condenados a un destino contra el cual no podemos luchar, pero mientras estés a mi lado, si algo te puedo asegurar es que mi existencia será solamente tuya. Todo lo que desees será tuyo. Incluso mi vida si pudiese dártela.»

Aquellas palabras reverberaron una y otra vez dentro de su mente como un tormentoso eco. Y el placer y la desesperación le consumieron, mientras la imagen de unos ojos carmesíes fijos en él fue lo único que pudo contemplar.

Un grito ahogado brotó de su garganta y el terror paralizó su cuerpo durante unos instantes al despertar. Sintiendo su corazón y respiración erráticos, Zero apretó las sábanas empapadas en sudor.

Completamente perturbado miró a su alrededor para darse cuenta de que todo había sido un sueño. No tenía por qué inquietarse puesto que ya no estaba en manos de aquella criatura sino a salvo en su habitación de su hogar en Japón.

Furioso se restregó el sudoroso rostro como si así pudiese olvidar aquella pesadilla para luego mirar a la figura femenina que yacía a su lado, aún sumida en un apacible sueño. Y al hacerlo, la culpa le inundó al detallar la suave respiración de su prometida y ver los rosáceos labios entreabiertos que dejaban escapar suaves ronquidos.

Al igual que siempre, Yūki tenía un sueño sumamente pesado y no se había despertado.

Un nudo se formó en su garganta y apretó las sábanas entre sus manos intentando pugnar con el temblor que comenzaba a hacerse presente en él, mientras se obligaba una y otra vez a recordarse a sí mismo que allí estaba a salvo.

Aquel sitio no era París con sus grandes torres. No era aquel lugar donde las vacaciones de su compromiso que se suponían serían el preludio de una vida apacible y cálida junto a la mujer que siempre le había apoyado, se convirtieron en el inicio de una pesadilla infernal con la aparición de una criatura impensable.

No. Aquel lugar definitivamente no era París sino que era su hogar. Era Japón y allí estaba a salvo.

Sin embargo, al sentir cierta humedad en su entrepierna la furia y amargura deformaron su rostro, al ser consciente que a pesar de la distancia, quizá no estaba realmente a salvo cuando aquellos malditos recuerdos siempre le acompañaban.

Tragando saliva se levantó con cautela del lecho, intentando no despertar a Yūki. Aunque a cada paso que daba con los descalzos pies sobre el gélido suelo era como si sus piernas fuesen de plomo, pugnando con aquellos malditos recuerdos los cuales volvían a agobiarle.

Lleno de inquietud, finalmente logró llegar al pequeño cuarto de baño en donde se encerró. Y apenas hubo cerrado la puerta tras de sí apoyó la espalda contra esta, intentando poner en orden sus pensamientos mientras la sensación de la pegajosa humedad en su entrepierna, le resultaba cada vez más repugnante. Mas todo era culpa de aquellas malditas pesadillas.

Desde que había abandonado París hacía una semana atrás, aquellos malditos sueños le atormentaban. Así la distancia le hubiese separado de Kaname, en su mente siempre yacían presentes aquellos refulgentes ojos carmesíes; aquella voz suave y sensual; el sabor fantasmal de labios abrasadores e incluso del ferroso sabor de la sangre.

La rabia se construyó en su interior y terminó descargando un golpe contra la puerta, arrepintiéndose al instante, temiendo haber despertado a su prometida, aunque la frustración y el miedo le carcomían.

Y es que creyó que al llegar a Japón estaría a salvo; que retornaría a su vida normal y olvidaría todo. Él creyó que tras haber escapado con mucha fuerza de voluntad de aquel monstruo, entonces se casaría y podría vivir una vida normal junto a la mujer que amaba. Sin embargo, así aquel bastardo no estuviese allí, parecía que Zero jamás podría volver a ser el mismo, puesto que toda su vida se había visto trastornada desde la noche en la cual sus ojos se cruzaron con una mirada borgoña.

Sin duda alguna, Zero maldecía aquella noche en la cual se topó con Kaname; aquel viaje que le llevó junto a este y sobre todo, su propia debilidad al haber caído en las garras de aquella criatura de la noche.

Toda su vida se creyó un hombre fuerte, capaz de enfrentarse contra lo que fuese. Mas ahora estaba descubriendo cuán equivocado estaba.

Habían cosas que parecían estar más allá de su comprensión y contra las cuales era difícil enfrentarse. Aun así, él se negaba a rendirse. Y prueba de ello era que había logrado escapar, por más que algo dentro de él pareciera decirle que no podía hacerlo y que su lugar estaba junto a semejante criatura.

Mascullando una maldición se refregó el rostro furioso, para luego acercarse al lavabo. Abrió el grifo y se mojó la cara, contemplando luego el agua correr por el lavabo como si lo que le atormentaba pudiese irse de aquella misma manera a través de las cañerías. Aunque por desgracia nada era tan fácil.

Alzó el rostro y la imagen que le devolvió el espejo le hizo esbozar una mueca amarga. Y es que al verse era imposible no ver lo lamentable de aquel reflejo de piel pálida, ojos grises con marcadas ojeras sumamente inusuales en él y cabello plateado sudoroso y totalmente desordenado. Pero a pesar de esto, aquello quizá no era tan lamentable y vistoso como el par de marcas que yacían en su cuello y las cuales aún no sanaban del todo, y el maquillaje se había encargado de ocultar.

Al ver esto negó lleno de amargura.

Un hombre que robaba el maquillaje de su prometida y veía tutoriales de YouTube a escondidas sobre cómo ocultar cierta clase de marcas era algo realmente lamentable.

Intentando contener todo lo que se agitaba en su interior se aferró con ambas manos con fuerza al lavabo, y un gruñido pugnó por escapar de su garganta.

«Maldito Kaname.»

Una y otra vez maldijo a aquel demonio, anhelando el momento en el cual aquellas marcas desaparecieran por completo, y deseando olvidar pronto todo lo sucedido en París.

Sí. Definitivamente lograría olvidarlo puesto que ahora era libre.

Ahora Zero era libre de la influencia de aquella criatura; de aquellas manos las cuales le estremecían y sobre todo, del tormentoso sentir que nublaba su raciocinio y el cual le absorbía a una oscuridad mucho más profunda cada vez.

Ciertamente ahora era libre y jamás querría volver a regresar a las garras de aquel monstruo. Mas si esto era así, ¿por qué en el fondo no lo sentía del todo de aquella manera?

No tenía ningún sentido temer o inquietarse cuando por fin estaba a salvo y aquello era en lo único que debería creer, así en el fondo no dejara de sentir como si una oscura presencia le acechara.

Sin embargo, no debería pensar en ello, puesto que estaba a kilómetros de Kaname; estaba a salvo y finalmente todo el tormento había terminado. O al menos aquello era lo único que se obligaría a creer si no quería terminar enloqueciendo.

Y pasamos del sexo y la angustia al drama y a tener a Kaname fuera del camino. Ah, pero esto es solo por ahora. Pronto Kaname regresará. A diferencia de la primera vez que esto fue publicado, ciertas cosas irán con mucha más calma y todo estará tratado de una manera que me resulta más satisfactoria.

Y para compensar la tardanza espero en unas horas publicar la siguiente parte.