El Museo de Nezu era un lugar que contrastaba inmensamente con las ostentosas calles que le rodeaban. En medio de tiendas de marcas internacionales, y con el ir y venir constante de personas que compraban sin parar por todo Omotesando, aquel museo representaba un lugar íntimo que evocaba al pasado.

Y es que su pared de bambú junto con su calzada de guijarros, y su pared de colores cálidos con la mezcla de paredes de vidrio, invitaban a admirar aquel lugar que era visitado por decenas de personas cada día. Un lugar frecuentado por turistas y admiradores del arte, y también por estudiantes como los que Zero debía enseñar. Y justo por ello, era que decidió elegir aquel museo como destino para la visita de su grupo.

A Zero aquel sitio siempre le había parecido maravilloso con sus jardines y cientos de esculturas, y reliquias de China, Japón y la Corea antigua. Para él aquel museo en verdad era toda una maravilla digna de apreciación. Sin embargo, muchos de sus alumnos no parecían pensar lo mismo. Y prueba de ello era la manera en la cual estos contemplaban con cierto hastío las obras y escuchaban sin verdadero interés a la guía que les daba el recorrido a través de algunas de las más de siete mil obras que eran conservadas allí.

En verdad, muchos jóvenes no parecían apreciar en absoluto todo lo que representaba la historia del arte. Y por esto él no se sentiría culpable si en las próximas evaluaciones reprobaba a más de un estudiante por no haber prestado la suficiente atención al recorrido sobre el cual haría los próximos exámenes.

—Esta espada formó parte de la colección original de Nezu Kaichirō (1) —explicó la guía con afabilidad haciendo un ademán hacia donde era expuesta una antigua espada, y por primera vez desde que había iniciado el recorrido, algunos alumnos prestaron algo de atención—. El señor Nezu Kaichirō fue un empresario que coleccionó una gran cantidad de obras de arte. Además, construyó una fundación para el arte, y su casa familiar fueron expuestas desde 1941 muchas de las obras de su colección, hasta que la propiedad fue destruida por los bombarderos estadunidenses.

—Es una espada. Como la de los samuráis de los animes —comentó uno de los chicos y el grupo rio, aunque Zero contuvo el deseo de rodar los ojos y gruñir ante lo absurdo de los jóvenes.

Mas a pesar del comentario que Zero consideraba tonto, la guía también asintió y sonrió un tanto divertida.

—Sí, como la de los samuráis de los animes —aseguró la mujer—. Aunque debido a todo lo que ocurrió durante la época de los bombarderos estadounidenses, se perdieron los registros sobre el origen de esta obra y a quién perteneció. Sin embargo, si me siguen por aquí, entonces podrán ver un par de cosas más pertenecientes a la época de los samuráis —dijo haciendo un ademán y captando el interés del grupo el cual la siguió mientras Zero negaba ante el hecho de que estos solo prestaran atención si les hablaban de algo como samuráis o animes.

Aun así se dispuso a seguir a su grupo, aunque repentinamente hubo algo que llamó su atención: un cuadro que se encontraba siendo expuesto a unos metros de él.

Se trataba de una pintura de colores sobrios y con un grabado que pudo reconocer como del estilo ukiyo-e (2). Sin embargo, no lograba reconocer el estilo del autor. Mas había algo en aquel cuadro que llamó poderosamente su atención y le hizo acercarse. Y al finalmente estar frente a la pintura, se sintió turbado como nunca lo había estado ante una obra de arte; aun cuando esta no fuese una pieza grotesca o que mostrara algo impactante. En realidad, tan solo era un cuadro con grabado de estampado carmesí donde se mostraba una mujer solitaria cuyo rostro no se podía ver claramente ya que se encontraba cubierto, y que se hallaba en un paisaje al aire libre rodeada de pétalos rojos.

Ciertamente la escena era simple, pero existía algo en aquella pintura hecha en madera que le impresionaba profundamente mientras más lo admiraba. Y es que a pesar de que compartiese el estilo ukiyo-e, aquella obra no parecía de la misma clase que otras de aquella época. Y además, el grabado rojo era tan intenso que parecía tan vivido mientras que las flores parecían rosas.

Rosas rojas como la sangre. Rosas como el aroma del monstruo de sus pesadillas. Rosas como el color y el aroma que odiaba.

Una fugaz imagen de ojos carmesíes le inundó. Y se sintió tan turbado que debió retroceder un paso, aunque sin lograr apartar la mirada de aquel cuadro por más que quisiera.

—Veo que le ha impresionado —comentó una voz a sus espaldas y al girar, vio a un hombre de cabellos rubios y ojos aguamarina que se hallaba vestido de forma elegante con un traje claro, y el cual le sonreía.

Este hizo un ademán tranquilizador, mientras se acercaba a su lado para contemplar el cuadro.

—Es normal que le impresione a pesar de que para muchos la escena no sea tan sublime. Pero a mí el contemplarlo siempre me impresiona dijo con admiración hacia la obra.

Zero escrutó al extraño. Aun se sentía peculiarmente inquieto por aquel cuadro, mas la repentina aparición de aquel sujeto le resultaba desconcertante. Aun así, este parecía conocer mucho de aquella obra de arte, y por ello no pudo evitar hacer cierta pregunta:

—¿Sabe quién es el autor?

El hombre negó y esbozó una sonrisa de disculpas.

—No. El autor es desconocido, pero se encuentra en esta galería porque era una de las obras que más preciadas del señor Nezu Kaichirō. Él realmente sentía especial afición por esta pintura.

—Aunque no conozca el autor parece conocer mucho de esta obra —comentó cuestionando la identidad del hombre y por qué este parecía saber tanto de aquella pintura.

—Es inevitable. Al igual que mis antepasados, soy fanático del arte —explicó con cierto orgullo.

—¿Sus antepasados? —Zero frunció el ceño.

—Puede que no lo parezca, pero mi familia está relacionada de forma un tanto lejana con Kaichirō. Soy Hanabusa Aidō, administrador del museo —se presentó.

Al escuchar el parentesco familiar y la ocupación de aquel hombre Zero se tornó incrédulo.

Detalló con atención el aspecto de aquel hombre. Con aquel cabello rubio y semejantes ojos aguamarinas parecía más bien un extranjero, e incluso un idol más que un experto del arte.

—Debe estar reparando en mi apariencia —comentó Aidō dándose cuenta del intenso escrutinio de Zero—. Aunque no lo parezca, soy japonés. Mi abuelo era mestizo; un americano en realidad. Por esa razón tengo esta apariencia. Sin embargo, imagino que algo similar debe ocurrir en su caso, porque si me permite decirlo, usted tampoco parece japonés del todo.

Zero se tensó ante la osada e inesperada pregunta. Jamás había ocultado el hecho de ser adoptado, pero esto tampoco significaba que él fuese por allí diciendo aquello abiertamente. Sin embargo, aquel hombre ya le había contado ciertos detalles de su vida, y además, a él le interesaba conocer un poco más de aquel cuadro así no pudiese conocer quién fue su autor.

—En realidad, nunca conocí a mis padres —contestó finalmente con las manos en los bolsillos y los labios apretados—. Soy adoptado.

Ante su respuesta Aidō se tornó sorprendido.

—Oh, lo siento. No debí comentar… —se apresuró a disculparse.

—No importa—Hizo un ademán desestimando la preocupación del contrario para luego mirar hacia el cuadro, queriendo preguntar algo más sobre este.

—¡Zero-sensei!

Aquel repentino grito interrumpió su deseo de preguntar acerca de aquella obra de arte. Y al voltear se percató de que era uno de sus alumnos quien le llamaba.

—¿Sensei? ¿Ese es su grupo? —inquirió Aidō con cierto interés.

—Sí. Soy profesor de historia del arte —explicó.

Aidō se tornó un tanto pensativo.

—Oh, ya veo. Es bueno ver a alguien que enseñe a los jóvenes de hoy a apreciar el arte. Así que espero no dude en volver a visitarnos —dijo con una sonrisa cordial para luego consultar su reloj—. Creo que debo marcharme. Tengo una reunión a la que asistir, pero me alegra haberle conocido, Kiryū-sensei. —Se despidió con un leve movimiento de cabeza para luego marcharse a través de uno de los pasillos de la galería.

Los ojos de Zero permanecieron fijos en Aidō hasta que este desapareció de su vista, escuchando a sus espaldas el insistente llamado de sus alumnos.

Por alguna razón aquel hombre le resultó intrigante. Sin embargo, nada le intrigaba más que aquel cuadro que le inquietaba de forma tan extraña.

Volvió a escuchar el llamado de uno de los chicos. Sabía que debía marcharse, mas antes de hacerlo, su mirada se desvió una última vez hacia aquella pintura con un grabado tan rojo como la sangre. Tan rojo como aquellos ojos carmesíes que permanecían grabados en su memoria y que inundaban sus pesadillas.

Y en aquellos instantes, Zero encontró el color rojo como el tono más inquietante y aterrador que alguna vez hubiese podido conocer.

(1) Empresario y filántropo japonés conocido por su entusiasmo hacia la ceremonia del té japonesa y su extensa colección privada de arte japonés premoderno y del este de Asia que sirvió de base para el Museo Nezu en Minato, Tokio. Los edificios del museo fueron reconstruidos en 2006 con un diseño moderno por el arquitecto japonés Kengo Kuma, pero los jardines del museo también conservan múltiples estructuras tradicionales de Chashitsu para las reuniones de la ceremonia del té.

La casa familiar de Nezu en Yamanashi se ha conservado como el Museo Conmemorativo de Nezu. Y la casa principal, la puerta de entrada y el Kura (almacén) de tres pisos se incluyeron como bienes culturales tangibles registrados en 2007.

(2) Ukiyo-e (浮世絵), «pinturas del mundo flotante» o «estampa japonesa», es un género de grabados realizados mediante xilografía o técnica de grabado en madera, producidos en Japón entre los siglos XVII y XX, entre los que se encuentran imágenes paisajísticas, del teatro y de zonas de alterne.