Si durante las últimas semanas la inquietud de Zero era algo lo cual jamás le había abandonado; luego de su visita al Museo Nezu durante la mañana, aquel sentir se convirtió en una especie de entidad viviente que corroía sus entrañas. Y esto era algo que él detestaba, puesto que jamás se consideró como un hombre que dejase perturbar fácilmente. Sin embargo, últimamente en su vida muchas cosas para su desgracia habían cambiado. Y desde que había visto aquella pintura en que una mujer encapuchada rodeada de pétalos rojos era la protagonista, los ojos carmesíes que siempre le atormentaban fueron reemplazados por pétalos y grabados rojos como la sangre.
Y ahora, tras haber terminado con sus alumnos y estando dentro de aquella floristería junto a Yūki; rodeado de violetas, claveles, jazmines, lilas y un sinnúmero de flores; el hecho de tan solo ver un mísero pétalo hacía que a su mente viniesen recuerdos de grabados, ojos carmesíes y un aroma fantasmal se hiciese presente en él.
Zero odiaba sentirse así. Sabía que era estúpido sentirse intimidado por unas meras flores, mas no se trataba de las flores en sí o de aquella pintura, sino del recuerdo que todo esto le evocaba: el de una criatura maldita que había trastornado su vida.
En verdad, comenzaba a desear marcharse de aquel lugar y quizá aceptar la proposición de Kaito de tomar un trago, y así quizá calmarse un poco. Sin embargo, a pesar de su angustia intentaba no traslucir cuán afectado se encontraba. Él no quería que preocupar a Yūki, y sobre todo, que esta se enterase de la razón de su turbación. Y por ello intentaba disimular lo mejor posible su estado de ánimo, tomando fuerzas de la emoción de su prometida al contemplar el catálogo con los distintos arreglos florales que podrían usar el día de su boda, y que la afable dependienta les mostraba a ambos.
Sin embargo, en algún momento Yūki pareció darse cuenta de que algo le pasaba a él, puesto que dejó de lado el catálogo para mirarle con cierta preocupación.
—¿Te sucede algo? ¿Ninguno de estos arreglos de es de tu agrado? —inquirió Yūki extrañada y preocupada.
Ante aquella pregunta, Zero parpadeó y negó intentando demostrar una normalidad que no sentía.
—No, no es nada. Solo estoy un poco cansado. La visita al Museo Nezu y estar al pendiente de los estudiantes fue algo agotador —dijo con una ligera mueca, detestando y sintiéndose como siempre, culpable por mentir.
—Supongo que realmente debes estar cansado luego de estar toda la mañana con tus alumnos. Lamento haberte traído cuando tu trabajo es tan agotador. Me dejé llevar por la emoción —comentó un tanto arrepentida—. Creo que lo mejor sería irnos. Mañana podríamos regresar…
—No. Podremos hacerlo hoy —negó no queriendo empañar la felicidad de Yūki y no queriendo que esta considerase que la culpa de su estado de ánimo era de ella cuando esto no era así.
—Zero —Yūki pronunció su nombre con un suspiro y en su expresión, Zero reconoció la terquedad y determinación que a veces se hacía presente en la mujer—, solo por hacerme feliz no tienes que fingir de esta manera. Vamos a casarnos, ¿recuerdas? Así que compartir tus preocupaciones y comprender cosas como esta, es algo que deberemos aprender si queremos que esto funcione, ¿no es así?
Los ojos de Yūki estaban llenos de amor y también de firmeza. Esta realmente se preocupaba por él y le amaba con sinceridad. Y el pensar en ello y recordar lo que había hecho durante su viaje a París hecho causó que cierta opresión se hiciese presente dentro de él. No importaba lo que dijese Yūki. Él no podía compartir sus preocupaciones. Mas aun así, Zero quería hacerla feliz; necesitaba hacerla feliz. Y de esta manera compensar el gran error que había cometido.
—Ahora sé por qué te elegí como mi futura esposa. Y no fue por tu cocina —bromeó Zero y Yūki rio ligeramente—. Pero no tienes que perder la oportunidad de ver los arreglos florales cuando sé cuánto deseabas verlos. Por eso no es necesario que ambos nos vayamos. Yo me iré a casa primero, pero tú podrás ver las decoraciones disponibles, y luego ambos podremos decidirnos por alguna de las que tú elijas. Después de todo, confió más en tu buen gusto decorativo que en tu habilidad para la cocina —esbozó una media sonrisa cargada de sorna, escuchando un fugaz sonido de diversión proveniente de la dependienta quien se había alejado para darles intimidad, pero que aun así podía oír su conversación desde el otro lado de la tienda.
Yūki profirió un sonido de indignación aunque sus ojos se suavizaron y la preocupación en su rostro de desvaneció.
—De acuerdo. Haré caso de tus palabras a pesar de que debería sentirme ofendida —dijo falsamente molesta—. Entonces, yo me encargaré de elegir algunas decoraciones, mientras tú me esperarás con una cena increíble. ¿Te parece un buen trato?
—El mejor. Al parecer, tienes dotes de negociante. Además, te dejaré el auto para que puedas regresar. Porque yo no tengo problema alguno en caminar un poco. Así que has obtenido un auto y cena gratis. No hay nada que pueda mejorar este trato, ¿no crees? —dijo mientras Yūki reía divertida y le besaba, para luego hacer un ademán e instarle a marcharse.
Zero se despidió de Yūki, dándole una última mirada a su prometida quien se veía maravillosa con aquel vestido blanco y rodeada de flores. Y aquella imagen le hizo pensar en cuán hermosa podría verse esta el día de la boda. Mas cuando se dirigía hacia la salida del pequeño local, reparó en un arreglo de rosas que yacía cerca de la entrada.
Aquellas eran rosas rojas. Tan rojas como la sangre, tan rojas como el recuerdo aquellos labios tras beber de él en medio del tortuoso placer.
Un gélido escalofrió le recorrió y su expresión se agrió mientras por fin salía de la tienda y apresuraba el paso, buscando dejar atrás aquellos pensamientos de un pasado que nunca habría de regresar.
Tras haber dejado a Yūki en la floristería, Zero se encaminó hacia su hogar, atravesando las calles las cuales no se encontraban tan congestionadas debido al cielo grisáceo que anunciaba una próxima lluvia. Al ver aquel clima supo que debía apresurar el paso si no quería quedar atrapado bajo la lluvia. Aunque al menos el hecho de saber que su prometida no se empaparía puesto que tenía el auto, le aliviaba un poco.
Con el fin de acortar camino, decidió tomar un atajo entre unos callejones. Aunque al adentrarse en un callejón, aquella detestable sensación de inquietud y estar siendo observado se hizo presente otra vez.
Su pulso se aceleró.
Miró a los lados intentando convencerse a sí mismo que no era nada. Solo era un callejón cualquiera en medio de una nublada tarde. Allí no había nada por lo cual preocuparse.
Sin embargo, una repentina figura que surgió plantándose frente a él le congeló: un hombre de aspecto intimidante y que sostenía una navaja en sus manos de forma amenazante.
No se trataba de ninguna criatura surgida de las sombras sino solo de un mero ladrón. Y a pesar de la peligrosa situación, se sintió absurdamente aliviado.
—¡Dame tu cartera, ese maldito reloj que llevas...! ¡Dame todo lo de valor que tengas! —exigió el asaltante dando un paso hacia él y alzando la navaja.
Sus ojos se posaron en la filosa hoja del arma la cual refulgió amenazante.
Alzó las manos en un ademán tranquilizante intentando pensar en cómo resolver aquella situación. Si fuese cualquier otra circunstancia no dudaría en arremeter contra el hombre. Después de todo, él no era un debilucho que no supiese defenderse, mas ante un arma blanca las perspectivas cambiaban.
—Oye, tranquilo…
—¡Cállate y solo obedece!
El rostro del sujeto se tornó furioso y se abalanzó sobre él con la navaja.
La hoja del arma fue un fugaz parpadeó refulgente que le hizo pensar en su carne desgarrada y una herida mortal; hasta que un sonido siseante y un grito de horror por parte del hombre hicieron que su semblante se tornara lívido. Y su corazón se paralizó durante un instante al fijar sus ojos en la escena que ahora se mostraba ante él: contra la pared del sucio callejón el ladrón yacía inmovilizad por la mano de un hombre el cual sin esfuerzo le alzaba. Un hombre que no era un hombre. Un hombre de ojos los cuales refulgían en carmesí. Eran los ojos de un vampiro.
—K... Kaname —pronunció aquel nombre con incredulidad y horror, viendo a la criatura causante de sus pesadillas romperle el cuello al hombre.
Kaname dejó caer el asaltante al suelo, y Zero contempló aquel cadáver para luego fijarse en el vampiro quien no se mostraba en absoluto afectado por lo que acababa de hacer. Al contrario, la mirada de este serena mas en el fondo de sus pupilas había una extraña intensidad.
—Ha pasado algún tiempo, Zero—La forma en la que fue pronunciado su nombre estaba cargada de un extraño afecto, y en aquella mirada carmesí el anhelo se agitó.
Su pulso se tornó frenético al ver cómo Kaname comenzaba a acercarse con parsimonia hacia él.
Allí se encontraba una criatura que no debería existir; que no debería ser real, de nuevo frente a él. Y otra vez Zero estaba a punto de quedar a su merced, y en esta ocasión quizá más nunca habría de poder escapar.
Aquel aterrador pensamiento fue lo que le hizo reaccionar. Dio un paso atrás y logró que finalmente sus piernas respondieran para alejarse corriendo bajo la lluvia que comenzaba a caer, queriendo huir de lo que deseaba que solo fuese una pesadilla.
Y mientras se alejaba, los ojos carmesíes de Kaname le contemplaron en la distancia, como los ojos de un cazador que no se preocupa por el hecho de que su presa huya, puesto que sin importar cuánto esta intente alejarse, al final siempre habría de encontrarle.
