Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 2:

Fitzwilliam estaba de pie, cerca de la chimenea recubierta de mármol. Era un hombre alto, que irradiaba una presencia extremadamente masculina. Alguna vez había sentido que su corazón se estremecía al mirarlo, que se le aflojaban las piernas, y que le costaba mantener su respiración con normalidad. Ahora en cambio, Elizabeth lo veía como si entre ellos hubiera una mampara de cristal. Había aprendido a distanciarse de él, como primera medida. Fitzwilliam Darcy tenía una elegancia natural que aumentaba con el exquisito gusto en la elección de la ropa, era un atractivo hombre, seductor por donde se lo mirase. Su cabellera oscura, con mechones insubordinados, los ojos profundamente azules, que variaban de tonalidad según la luz. Y lo sabía, le gustaba que así fuera, y se valía de ello cuando le venía bien. Una vez, aunque ella casi no lo recordaba, ella había sido el blanco de esa energía sensual que irradiaba.

Elizabeth nunca había sido indiferente a su atractivo, incluso en los primeros días, en el baile de Meryton, cuando él había manifestado abiertamente que ella no era lo suficientemente bonita para tentarlo. Se había ofendido, lo había despreciado, pero esa llamarada de atracción no había hecho nada más que encenderse y crecer cada día más, hasta que se había casado con él.

Pero luego todo había cambiado.

Elizabeth entró en la sala. La tensión flotaba en el ambiente. Los profundos ojos azules de Darcy la miraron detenidamente. Fitzwilliam sintió su pecho apretarse y saltarse un pulso, siempre era igual, por eso evitaba estar cerca de Elizabeth, miró su rostro levemente sonrojado, sus labios llenos y su cabello...

–Tienes unos rizos sueltos – y los dedos de él volaron hacia sus cabellos y lo acomodó detrás de su oreja. Luego frunció el ceño y le dijo –No tenemos mucho tiempo, así que voy a ser muy breve y directo. Nos vamos a Hertfordshire.

– ¿A Hertfordshire? – preguntó Elizabeth como un eco, más que sorprendida.

Pero Darcy ya había abierto la puerta, y le decía impaciente:

–Vamos.

– ¿Quieres que vaya contigo a Hertfordshire? ¿Yo? ¿Ahora mismo?

–Sí.

– ¿Pero por qué?

–Un asunto relacionado con la herencia de tu padre.

Elizabeth estaba más que sorprendida, ya que no se imaginaba que pudiera haber algo pendiente con relación a la herencia de su padre. A pesar de que Darcy no se había molestado en ir al funeral de su padre, había asumido con arrogancia la responsabilidad de dar instrucciones a sus abogados para liquidar sus negocios y transferir la propiedad al Señor Collins en tiempo récord. Mientras Elizabeth lloraba la muerte de su padre, consolaba a sus hermanas y contenía la lengua insolente de su madre, sumida en la gran pérdida que significaba para ella y su familia, e incapaz de ocuparse en ese momento de cuestiones materiales, Darcy se había desecho de todos los bienes del Señor Bennet. Su casa, sus libros y efectos personales habían sido convertidos en dinero siguiendo las instrucciones de Darcy. No le había dejado a Elizabeth ni un solo recuerdo.

Elizabeth había quedado impresionada por la falta de sensibilidad de Darcy, pero cuando se había dado cuenta de ello ya era tarde para intervenir. Como siempre, sus obedientes empleados habían cumplido sus órdenes eficientemente.

– ¿Algo que has pasado por alto?

–No. Algo que andaba buscando, finalmente lo he localizado – dijo con gravedad en el gesto. –Por lo menos es lo que creo. Y por tu propio bien, ruega que no me haya equivocado.

– ¿Por mi propio bien? No entiendo de qué me estás hablando – dijo ella aterrada.

–Espero que no – dijo él dándose la vuelta.

Elizabeth fue hacia la escalera. Una mano fuerte la frenó.

– ¿Adónde crees que vas?

–A cambiarme– contestó ella mirando la mano que la sujetaba, algo que le extrañaba, ya que Darcy no la tocaba nunca.

–No hay tiempo para ello. El carruaje está listo, el lacayo nos espera.

– ¿Regresaremos enseguida? No llevo nada de equipaje – exclamó ella mientras él la llevaba hacia fuera.

–La Sra. Jones lo hizo por ti. No te preocupes.

Luego, ya en el carruaje:

– ¿Qué ocurre? –preguntó ansiosa. Darcy no le hizo caso y se dispuso a leer el periódico por un buen rato.

Ella no entendía nada. A su mente acudió el recuerdo del día de la boda, cuando ella le había dicho que intentaría ser más sensata por el bien de su matrimonio. Él con gesto despectivo le había dicho:

– No pierdas el tiempo.

Ésa había sido la primera grieta que se había abierto en su matrimonio. Antes de que se hubiera terminado el día, la grieta se había hecho más profunda, pero le había llevado algún tiempo de realidad el desvanecer por completo la desilusión que sentía, hasta ese momento no había sido consciente de lo mucho que le gustaba su marido, valoraba a Darcy como un buen hombre, digno de su respeto, pero la visión que tenía de él ahora no encajaba con el hombre que la había tomado por esposa.

La situación con Darcy la había desquiciado, pero sin embargo guardaba la compostura. Había aprendido a disimular sus emociones delante de él, y ahora estaba sentada tranquilamente en el carruaje, con las manos sobre el regazo, como si en su interior no sintiera un temporal.

– ¿De qué se trata todo esto? – preguntó Elizabeth por segunda vez. Hubo un silencio sepulcral, Darcy ni siquiera se molestó en mirarla. –Creí que los asuntos de la herencia de mi padre ya estaban todos resueltos – insistió Elizabeth.

– ¿Estás segura? – respondió Darcy con calma.

Algo en el tono de su voz le inquietó. Se volvió hacia él, y se encontró con una mirada de hielo. Tenía la sensación de que se avecinaba un desastre, y el terror a enfrentarlo le provocaba un cierto mareo.

–Si al menos me explicaras. ¿Qué...? – comenzó a decir Elizabeth.

– ¿Por qué tengo que darte yo explicaciones? –El desprecio de su contestación la silenció.

«Sus hermosos ojos me quitan el aliento señorita Bennet» le había dicho una vez.

¿Quién iba a pensar que esas seductoras palabras habían sido pronunciadas por el esposo que la había ignorado durante los últimos tres años? Sin embargo, Darcy había dicho eso cuando se habían reencontrado en Longbourn seis meses después de que él y el Sr Bingley se hubiesen marchado de Netherfield ¿Por qué había mentido? ¿Por qué? ¿Acaso había sido por sus tremendas ganas de aprovecharse de una muchachita campesina?

Seguramente sí. Porque estaba claro que ella no había sido nunca la causante de tales emociones. Él la había usado, igual que su padre, que se había dejado llevar por la fortuna y el status de Darcy.

Apenada por sus pensamientos, Elizabeth miraba por la ventanilla. Echaba de menos a George. George, quien no había sabido siquiera que ella se había casado con Darcy, se acercó a ella en una atestada calle en Londres, emocionado por volver a verla, aunque no dijo nada serio o profundo en esa conversación, sus miradas dulces y la renuencia a alejarse habían sido evidentes para Elizabeth. Wickham sólo la quería a ella. No trataba de usarla.

En Hertfordshire le diría a Darcy que quería la anulación. No quería arriesgarse a perder a Wickham. Y estaba deseosa de vivir su propia vida, hambrienta de la libertad que se dibujaba en el horizonte. ¿Por qué no iba a tener derecho a añorar lo que nunca había tenido?

Ya lo conocía, Fitzwilliam Darcy, era un hombre con un temperamento acorde con su origen aristocrático, con un aspecto atractivo, no se le movía un pelo, ni física ni emocionalmente. Era además un hombre despiadado, caprichoso, arrogante y severo con sus enemigos o con aquellos que se le oponían. Si ella hubiese sido su mujer real, no se hubiera arriesgado a andar con otro hombre.

...

Estaba cansado, en primera instancia le había parecido un viaje relativamente corto, solo eran algunas horas en un carruaje sobre un camino en buen estado. Pero las horas iban pasando y sentía que el carruaje estaba cada vez más pequeño y asfixiante. La cercanía de su esposa lo perturbaba y decidió aferrarse a su enfado y resentimiento.

Estaban llegando a su destino y él se sentía agradecido.

Una elegante casa a las afueras de Meryton les dio la bienvenida. Darcy ayudó a Elizabeth a bajar del carruaje. Tres hombres los esperaban dentro. Uno de ellos a quien Elizabeth reconoció como el Señor Brown representante y mejor amigo de su padre, quiso hablar con ella, pero Darcy se lo impidió de manera poco caballerosa. Siempre era así. Intolerante, grosero hacia quienes él consideraba seres inferiores a él. Como el hombre mayor, cara colorada y tensa, que los acompañaba.

Pasaron a un sombrío estudio. ¿Acaso había algún negocio pendiente? ¿Cómo podía ser tan codicioso un hombre con toda la fortuna y el poderío que tenía Darcy? ¿Pero acaso no se había casado con ella por codicia?

El representante de su padre puso una llave en la mano de Elizabeth sorpresivamente, y se dispuso a partir.

–Dámela a mí – dijo Darcy tenso.

Debía de ser la llave de una caja fuerte, propiedad de su padre. Por primera vez no hizo caso y se dirigió directamente hacia donde estaba el Sr Brown, que ponía en ese momento una caja fuerte sobre una mesa, y luego abandonaba la habitación vacía.

–Elizabeth – protestó Darcy.

Ella no quiso mirarlo. Pero dijo:

–Si es de mi padre, es mío.

–Ten cuidado con lo que dices.

Sus palabras la hicieron estremecer. Lo miró y se sintió paralizada. En el rostro de Darcy se adivinaba la agresión y la violencia a punto de estallar. Elizabeth cejó en su intento, y súbitamente dejo la llave al lado de la caja.

–Si está en esta caja, puedes quedarte tranquila. Pero si no está, puedes considerarte afortunada si llegas a ver el día de mañana.

No entendía a qué cosa se refería que pudiera estar en la caja. Un sudor frío se apoderó de ella. Sus piernas se debilitaron. Sus ojos castaños lo miraron incrédulos. Pero él no la estaba mirando. Estaba metiendo la llave en la caja, temblándole el pulso.

Elizabeth se lamió los labios secos en un gesto ansioso. Debía tratarse de algo más que acciones. Nunca había visto a Darcy perder el control de ese modo. Y ahora, fuese lo que fuese lo que estaba dentro de la caja, estaba frente a él.

La caja estaba llena de papeles. Darcy comenzó a revolverlos, dejando de lado las cartas, que quedaron esparcidas por toda la mesa. Estaba pálido, y su búsqueda se iba haciendo más desesperada a medida que avanzaba.

Elizabeth fijó la vista en un sobre grande dirigido a una persona de la que jamás había oído hablar. Ni siquiera reconocía la letra. Entonces vio un remitente llamativo "Anne Darcy". No entendía por qué su padre guardaba cartas de otras personas, incluso había algunas cartas con la letra de su padre, -como la que Darcy miraba con indignación en ese momento- pero en realidad parecían ser transcripciones de otras cartas. ¿Cómo habían llegado a sus manos? ¿Por qué haría algo así?

– ¿Qué es todo eso? – preguntó a Darcy, puesto que era evidente que él sabía bastante más que ella acerca de la caja y su contenido. Él pasó el sobre sin demostrar un ápice de asombro.

– ¿Qué es? – preguntó él repitiendo sus palabras con una mueca que simulaba una risa cínica. – ¡Es una caja de vidas destrozadas! Los secretos de otra gente. –Seguía buscando entre los papeles como un poseso. – ¡Tu padre vivía a costa de mí miedo!

Elizabeth se puso lívida, pero lo increpó:

– ¿Cómo te atreves a hablar así de mi padre?

–Qué me obligase a revolver entre la basura es el último de sus insultos. ¡Yo, Fitzwilliam Darcy, ensuciándome las manos, porque no hay nadie en quien pueda confiar como para que hurgue entre los sucios secretos de mi familia!

Elizabeth casi no se sostenía de pie. No podía dar crédito al crimen que se le imputaba a su padre. Y en su incredulidad todo se le hacía confuso.

– ¿Qué estás diciendo? – la voz de ella sonó tan débil que apenas se oyó.

– ¿Estás sorda? – la miró Darcy sin piedad. – ¿Por qué crees que me casé contigo? ¿Por tu cara bonita y hermosos ojos? ¿Por tu habilidad para actuar como una dama rebelde y saber colocar adornos florales en la casa?

– Por el testamento de tu tío, el conde – alcanzó a pronunciar ella.

– ¡Mi tío quería que desposara a Anne de Bourgh! ¡Era todo mentira! –vociferó a todo pulmón. – ¡Caí en una trampa cuando me comprometieron contigo! – gritó él con furia, sus palabras retumbando en la habitación.

–Me estás mintiendo – contestó Elizabeth a punto de desfallecer.

La atención de Darcy estaba puesta en el documento que tenía en ese momento en sus manos. De pronto, sin aviso previo, dio un puñetazo sobre la mesa.

– ¡Es sólo una copia!

– ¿Una copia de qué?

– ¡Y éste es el fin! –Darcy parecía un león dispuesto a comérsela. –La original te la dio a ti, ¿no es verdad? ¿Te la dio a ti para dejar a salvo...?

– ¿Qué cosa me dio? – ella casi no podía articular palabra.

–Tú sabes de qué estoy hablando. No te hagas la inocente – dijo él yendo a un rincón de la habitación. –Si no está aquí, la tienes que tener tú. El viejo Bennet no era ningún tonto. Y sabía que me desharía de ti si caía en mis manos. Así que te lo dio a ti. Entonces, ¿dónde está?

– ¡Basta ya! ¡Déjame en paz! – gritó a pesar del terror que sentía.

–Si no me dices dónde está la maldita carta, soy capaz de cualquier cosa. ¡He vivido extorsionado durante tres años para proteger a mi familia, y no pienso vivir así un día más!

Darcy había pronunciado por fin la palabra, «extorsionado». No podía ser cierto. Su padre no podía haberle hecho un chantaje. Elizabeth estaba a punto de desfallecer.

–Siempre me he preguntado por qué lo había hecho así...que tú tuvieras que ser mi castigo de por vida –soltó Darcy como pensando en voz alta. –Pero te diré una cosa, preciosa. Prefiero ir a la cárcel por estrangularte antes que cumplir esta otra sentencia.

Aterrada, Elizabeth miraba la cara de Darcy y de pronto todo se volvió borroso y oscuro, se desvaneció.