Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 3:

Darcy tomó el delgado cuerpo de su esposa entre sus brazos. Sentía un nudo en el estómago, pero no iba a permitir que los nervios lo traicionaran, con delicadeza subió con ella al carruaje.

–Vamos a Netherfield - le indicó al cochero.

El aroma de agua de rosas de su esposa ya se había filtrado en su nariz, mantener la apariencia de indiferencia le estaba costando desde que se había subido a ese carruaje con ella. Desde el comienzo del viaje ella parecía perdida en sus pensamientos, mientras jugaba inconscientemente con la alianza en su dedo anular, su mirada estaba apagada... Se preguntaba que le ocurría, en que estaba pensando ella. Y se sentía molesto, no quería sentir interés en ella, o sus pensamientos. Intentaba concentrarse en su correspondencia, y esas tediosas cartas de negocios, pero sus ojos lo traicionaban una y otra vez, no podía evitar prestar atención a cada uno de los movimientos y suspiros de su esposa.

Ahora viendo su cuerpo inerte y su rostro pálido, no podía evitar sentir pánico. Aunque la odiaba profundamente, no podía evitar preocuparse de su bienestar, finalmente era su responsabilidad. Le agradara o no.

De pronto Elizabeth recobró la conciencia, Darcy estaba inclinado sobre ella como cuando ella se había desmayado. En un movimiento brusco del carruaje, Elizabeth se apartó hacia el lado opuesto del asiento.

– ¡Aléjate de mí! – le gritó presa del pánico.

– ¿Eres una criatura muy delicada, no te parece? De pronto te has vuelto un manojo de nervios –Darcy la miraba con satisfacción perversa; parecía haber recuperado el control –. ¿Dónde está la carta?

Elizabeth se clavó las uñas. Necesitaba alguna sensación que le dijera que estaba despierta, que no se trataba de una pesadilla.

– Te he dicho que no sé de qué hablas.

– Bueno, si antes no lo sabías, ahora ya lo sabes, y quiero que me lo digas.

– No puedo creer que mi padre te hiciera chantaje...

– ¿Un asunto sucio, no? –Darcy la trataba sin la más mínima compasión. – Encontró carbón, pero decidió explotarlo como una mina de oro.

– ¡No te creo!

– ¿Crees que guardaba toda esa correspondencia ajena sólo por diversión? Si se quedó con la prueba de los trapos sucios de mi familia... –La voz de Darcy se hizo más dura aún. – También tenía la carta original, y como he intentado recuperarla buscando por todas partes, es evidente que tú la tienes.

– ¡Él no me dio nada! – gritó histéricamente.

–A mí no me vas a engañar. Inténtalo y te romperé...

– ¡Estás loco! – sollozó.

–Hasta ahora he sido paciente. He estado en la cuerda floja durante tres años. La única forma de mantenerme a salvo era seguir casado contigo. Pensé que ibas a irte con papá. Pero no lo hiciste. Y hay una cosa que me ha quedado clara. Estás enamorada de mí...

– ¿Qué? –Elizabeth lo interrumpió.

–Estás obsesionada conmigo. ¿Crees que no los sé? –Darcy la miró con desprecio. –Cualquier mujer normal ya se hubiese desengañado y hubiera dejado de esperar que su amor fuera correspondido... ¡Pero tú no! Te has quedado hasta el final, fiel hasta el fin, ¡sin darme la posibilidad de que pueda quejarme del maldito trato que hice!

– ¿Fiel? – no podía creer todo lo que oía. Era increíble, pero Darcy se creía lo que decía. Estaba convencido de que se había quedado a su lado por una cuestión de amor. El nombre de George quería abrirse paso entre sus labios, pero era mejor que no.

–No estoy enamorada de ti – dijo dignamente.

– ¡Escucha, estás hablando con el hombre que fue tu regalo de cumpleaños cuando cumpliste veintiuno!

– ¿Cómo?

– ¿Me elegiste por mis diez mil libras al año? ¿O me viste personalmente y te enamoraste? ¿Me echaste un vistazo y saliste corriendo a decírselo a papá? «Papá: éste es el que me gusta». –Darcy hablaba en serio. Realmente hablaba en serio.

– ¡Tú tienes que estar mal de la cabeza!

– Hablaremos. Llevo tres años esperando esta conversación. Todo lo que sé es que el querido Sr. Bennet hizo el trabajo sucio por ti. Me cazasteis como a un animal...

– ¡Tú eres un animal, un auténtico insulto a la especie humana! – estalló Elizabeth. – ¡Y encima te lo tienes creído!

– ¡Dios! Mi joven dama sabe alzar la voz –dijo cínicamente Darcy. –No parece gustarte la verdad. Hiere tu orgullo. Pero sé que he sido atrapado intencionalmente. La primera vez cuando vine a Hertfordshire con Bingley solo habíamos escuchado el chismorreo local, yo apenas sabía quién era tu padre, me parecía un hombre inofensivo con una bochornosa familia.

– ¿Bochornosa familia? –Murmuró Elizabeth entre dientes, sintiendo el ardor de la ira en su interior.

–Oh, seguramente ya lo sabes. –Indicó Darcy con desdén. – Tu "escandalosa" familia, sin perspectivas económicas, tu madre no ocultaba su intención de casar a tu hermana Jane con Bingley. Tus hermanas menores son unas tontas coquetas, tu padre un hombre sin carácter para corregir a su familia. En cuanto noté el interés de Bingley en tu hermana, decidí que lo mejor sería alejarnos, para evitar cualquier tipo de compromiso con tales vínculos tan lamentables.

–Tu... No tenías derecho. –Gritó ella dolida. – ¡No hay nada que pueda excusar tu horrible proceder! Expusiste al Sr. Bingley a la censura del mundo solo por capricho. Y a mi pobre hermana a la burla por sus fallidas esperanzas.

– Y me regocijo en mi éxito. –Sonrió Darcy burlón. –Salve a mi amigo de un compromiso inadecuado. Lamentablemente yo no tuve la misma suerte. –La miró con desprecio. –Tuve que volver a la región un tiempo después, necesitaba resolver unos negocios pendientes, estaba buscando a otra persona, me dijeron que tu padre lo conocía bien, por eso fui a Longbourn. Y ocurrió justamente que tu padre no se encontraba en casa cuando llegué. Pero, ¡Oh, sorpresa! ¡Estabas tú! Llevabas algo blanco y romántico, y adornabas con flores el salón, es decir estabas armada hasta los dientes con tus encantos virginales. Lo recuerdo perfectamente.

– ¡No fue así! –Elizabeth apretó los puños, indignada.

– Cualquier hombre con sangre en las venas se hubiese rendido a tus encantos con mirarte dos veces –le dijo Darcy con resentimiento -. ¡Y tú ahí, tan hermosa, con rubor en las mejillas, con esos ojos oscuros mirándome con ferocidad!

– ¡Basta ya! – la voz de Elizabeth casi se rompió. –Estaba enfadada, en ese momento ya tenía mis sospechas sobre ti. –Elizabeth no quiso mencionar todos los agravios que le había infligido George, pero recordó que en ese momento había estado muy presentes en su mente, y todos en Hertfordshire estimaban que Darcy era el peor de los hombres. –Temía que tus esfuerzos en conjunto con las desalmadas hermanas del Sr. Bingley lo hubiesen instado a separarse de Jane. Y tenía razón, tú eres el culpable de arruinar quizá para siempre la felicidad de mi hermana más querida.

–Pues disimulaste muy bien tu enfado. –Comentó con diversión. –Incluso me invitaron a cenar y tú tocaste el piano, y cantaste como un ángel. Todas tus virtudes puestas en juego para mí. Y no sé cómo fue, pero finalmente los negocios pasaron a un segundo plano, y se me olvidó lo que debía preguntar a tu padre. Para que sepas, había sólo una pregunta que me interesaba hacer, pero no era pertinente hacerla esa noche.

– ¿Sí? – Elizabeth trataba de borrar los recuerdos penosos de ese día.

– ¿Estabas tentándome a propósito? ¿Intentaba tu padre comprometerme contigo para salvar a tu familia? El matrimonio no estaba entonces en mi cabeza, yo debía resolver asuntos pendiente de mi tío y su propósito jamás hubiese sido que me terminara casando con una mujer manipuladora, mentirosa y ambiciosa… como tú. – Elizabeth sintió nauseas. Darcy siguió hablando: – ¿Y de quién fue la idea de que me quedara a cenar? Tuya. Tú le dijiste a él que me querías y eso fue todo. Luego él escarbó y escarbó, hasta sacar a la luz cosas que sólo dos personas vivas sabían, y que ninguna de los dos iba a contar jamás.

– ¿Qué averiguó? – preguntó ella ansiosa.

– Tú lo sabes... Thomas Bennet sabía perfectamente que no viviría muchos años. Y no se fue a la tumba con el secreto – dijo Darcy.

–Él no me reveló nada.

–Y si tú no lo tienes, debes saber quién lo tiene. –Dijo él amenazador.

El cochero abrió la puerta y ella casi se cae del asiento. Miró la imponente casa, casi con pánico. Hubiese querido correr. Ella sabía dónde estaba. Era Netherfield, donde ella había pasado una noche de bodas inolvidable, sola.

–Inténtalo –dijo Darcy con tranquilidad. –Corre y verás qué pasa. No llegarías ni a la esquina.

Aterrada, Elizabeth entró a la mansión frente a ellos.

– Recuerdos... – dijo Darcy, como si pudiera ver lo que ella estaba pensando.

Elizabeth sabía que aún no había salido del estado de shock. No decía nada, sabía que no estaba en condiciones de desafiarlo. Darcy estaba preparado. Había estado esperando el momento de la venganza. Del mismo modo que habría esperado la muerte de su padre para liberarse de ella.

– Hay muchas cosas que puedo hacer por orden de otra persona, pero compartir la cama contigo no es una de ellas. Tu padre podía obligarme a casarme contigo pero no podía seguirme al dormitorio y forzarme a...

– ¡Cállate! – le gritó ella histérica.

– ¿Por qué no le contaste nunca la verdad de nuestro matrimonio?

Elizabeth se tapó la cara en un intento de no oír más.

– Por favor, más no... – murmuró, y no le importó rogarlo.

Pero él le sujetó por los hombros con firmeza y le dijo:

– ¿Por qué aceptaste la triste realidad de tu cama matrimonial vacía durante todos estos años y no dijiste nada? ¿Por qué?

En un acto de arrojo, Elizabeth salió corriendo y atravesó el hall de la inmensa casa y alcanzó el dormitorio al otro extremo del corredor. Se metió en él y echó el cerrojo. Tenía el estómago revuelto, y tuvo que quedarse quieta un momento.

«Mi padre, lo extorsionaba», repetía sus palabras. Se sentía tan sucia. Era la primera vez en su vida que se sentía verdaderamente sucia. Y no sabía que podía hacer para sentirse limpia nuevamente.

Pensó en pedirle a la criada que preparara un baño. Pero era tan complicado, que tardaría bastante en tenerlo listo. Rápidamente quito el cerrojo y se fue a las cocinas para salir de la casa por la puerta del servicio. No miró a nadie en el camino, mantuvo un paso rápido y firme e ignoró completamente a los criados que la miraban atónitos.

Su rostro iba anegado en lágrimas, se sentía tan miserable… Ella realmente no había tenido opción cuando aceptó casarse con Fitzwilliam Darcy. No quería decepcionar a su padre, se sentía agradecida, el Sr. Bennet solía ser un hombre desdeñoso con sus hijas, pero siempre había demostrado su preferencia por ella, bromeaban juntos, compartían el gusto por la lectura, era un hombre cariñoso. De ningún modo su padre hubiese sido capaz de hacer eso de lo que Darcy lo acusaba. No podía ser.

Salió de la casa y continúo caminando; casi corriendo, sin mirar por donde iba. El bajo de su vestido se había ensuciado por el barro, se había enganchado en unas ramas que habían desprendido el encaje en el hombro derecho del vestido. Pero no le importo, estaba completamente consternada. Pensó en todas las veces en que su padre menospreciaba a sus hermanas menores, se burlaba abiertamente de ellas y de su madre. La Sra. Bennet se había transformado en una mujer imprudente, nerviosa y escandalosa; pero su esposo la trataba con igual indiferencia. Elizabeth y su hermana Jane eran las únicas que recibían un trato especial de parte de su padre. ¿Por qué?

¿Cómo iba a imaginarse que Thomas Bennet no era un hombre honorable? ¿Cómo podía imaginarse que su padre era capaz de algo tan ruin como el chantaje? Y menos aún, ¿Cómo podría haber sospechado que había extorsionado a Darcy para que se casara con ella? Finalmente comprendía la farsa de su matrimonio, demasiado tarde.

Estaba exhausta pero seguía avanzando a paso firme, levanto la vista y ahí entre unos árboles y arbustos muy frondosos había un pequeño claro con flores y un estanque natural de agua que se abastecía con el agua del rio que corría cerca del camino a Longbourn. Cuando era pequeña lo había descubierto con su hermana Jane y en un par de ocasiones cuando los días eran calurosos, se escabullían de casa para venir a tomar un baño. Ahora ella llegaba aquí desesperada, necesitaba hacer algo, se sentía asqueada, a medida que se iba acercando al claro se quitó los guantes y los abandonó. Ya en la orilla del estanque se quitó su vestido y sus botas, pensó en mantener su ropa interior, pero lo descartó rápidamente, con manos diestras deshizo el abroche de su corsé y se lo quitó. Rápidamente entró en el agua, estaba fría, pero estaba bien para ella, necesitaba enfriar su cabeza, su corazón.

Tres años habían pasado, no podían recuperarlos ni ella ni Darcy. No le extrañaba que la despreciara. Y que estuviera seguro de que ella conocía el secreto que no debía conocerse, «para proteger a mi familia», había dicho. Lo gracioso del caso era que ella no tenía la más mínima curiosidad por conocerlo. Darcy podía seguir guardándolo toda la vida. En todo caso la familia de Darcy eran extraños para ella. Sabía que sus padres habían muerto, tenía una hermana menor llamada Georgiana, pero no la conocía. En todo este tiempo de matrimonio, nunca la llevo a su casa en Pemberley, ni conocía a los miembros de su familia. Muchas veces se había preguntado qué les diría a ellos acerca de su matrimonio. ¿Pero se habría molestado en explicarles algo? Darcy no era amigo de dar explicaciones.

¿Cómo podía pensar que ella lo amaba?

Era humillante. No sólo se trataba de un marido al que habían obligado a casar a punta de pistola, sino que además creía que su esposa, después de tres años de desprecios e infidelidades, aún lo amaba.

Darcy se había retirado a su estudio para calmar sus nervios con Brandy, hubo un momento en el que se sintió completamente fuera de sí. Dijo cosas que no debía haber dicho, con todo el resentimiento que había acumulado durante esos tres años. Quizá, solo quizá Elizabeth no tenía la culpa de la extorsión a la que había sido sometido. Quizá solo era un elemento más en el juego de Sr. Bennet. Pensó que en cuanto pudiese encarar a Elizabeth iba a sentir alivio, pero en realidad ahora se sentía peor que al principio. No quería pensar en que tal vez se había equivocado y había juzgado muy mal a su esposa.

–Sr. Darcy lamento importunarlo. –Murmuró su valet el Sr. Wilkins. –Pero debo informarle que la Sra. Darcy acaba de salir de la casa por la puerta del servicio. –Habló atropelladamente con la vista clavada en el suelo.

Darcy casi se atragantó con el brandy.

– ¿A dónde fue? –Preguntó golpeando el vaso sobre su escritorio.

–Se lo preguntamos, pero no respondió. Nos esquivó a todos… Se veía bastante alterada.

Darcy se levantó estrepitosamente, derribando su silla. Miró por la ventana, el sol se empezaba a esconder en el horizonte, sintió una extraña y aterradora sensación en la boca del estómago.

– ¿Alguien la está siguiendo? –preguntó mientras se ponía su saco y caminaba hacia los establos.

–Su doncella fue tras ella. –Murmuró Wilkins avergonzado.

Darcy rápidamente montó su caballo y se fue en la dirección que Wilkins le había mencionado. A los pocos minutos se encontró con la doncella en medio del camino, mirándolo con espanto.

–Señorita Hopewell ¿Dónde está mi esposa?

–Lo siento tanto Sr. Darcy –murmuró la doncella al borde del llanto. –La señora salió prácticamente corriendo, yo intenté seguirla, pero me caí y le perdí el rastro.

Darcy ni siquiera la miró, tomó las riendas de su caballo y siguió avanzando por el camino a Longbourn.

No creía posible que su esposa hubiese vuelto a Longbourn, su familia ya no estaba ahí. Cuando el Sr. Bennet murió, la propiedad pasó a manos del Señor Collins primo de la familia Bennet, heredero por defecto, al no existir un hijo varón. Ahora la señora Bennet y sus cuatro hijas casaderas eran responsabilidad de Darcy, por ello compró una pequeña casa en las cercanías de Meryton y entregó una generosa asignación a la señora Bennet, dejando muy claro que esperaba no ser molestado jamás. Aunque el mensaje era claro y el desprecio también, la última vez que Darcy había visto a su suegra y a sus nuevas hermanas había sido el día de su boda.

Y si bien la Sra. Collins era amiga de Elizabeth, creía poco probable que fuese a hablar con ella.

Además era evidente que Elizabeth no se había ido por el camino, él ya la hubiese alcanzado a estas alturas. Miraba a su alrededor con atención, buscando cualquier pista. Pronto iba a anochecer, ya casi no quedaba luz de día… y entonces a lo lejos, a varios metros del camino, divisó un pequeño punto blanco entre unos árboles y el suelo. Apresuró a su caballo a desviarse del camino, a medida que se acercaba se dio cuenta que se trataba de unos guantes femeninos. Su corazón se aceleró y su estómago se apretó. Se bajó del caballo para examinar los guantes, cuando se dio cuenta que entre los árboles y arbustos había una pequeña abertura. Enganchó rápidamente su caballo a un árbol y con un poco de esfuerzo se introdujo en la abertura, después de un par de ramas ante él se revelo un claro, con hermosas flores y piedras con musgo. Su vista recorrió el lugar entonces vio el estanque de agua y en su orilla un revoltijo de ropa.

– ¡¿Elizabeth?! –gritó con pánico.

Pero no hubo respuesta.

Desesperado corrió al estanque, el agua se veía tranquila y no parecía ser muy profundo. Se quitó las botas y el saco. Estaba a punto de lanzarse al agua, cuando Elizabeth apareció en el centro del estanque, tomo una gran bocanada de aire, se hundió una vez más antes de sacar su cabeza. Extendió sus brazos y empezó a nadar de espalda, con los ojos cerrados, con el cabello extendido en el agua y sobre sus pálidos hombros.

Ella es una bruja, decidió enfadado. Una hermosa bruja que lo tenía hechizado…