Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.
Capítulo 4:
El agua se ponía más fría a medida que se sumergía más al fondo, y de pronto Elizabeth sintió que una extraña fuerza se apoderaba de ella. Incluso empezó a sentir pena por Darcy. Creía que ella podía usar el chantaje más allá de la muerte de su padre. La noticia de que ella estaba enamorada de otro hombre seguramente sería un alivio para Darcy. Elizabeth había perdido tres años de su vida, pero ni un día más. Su padre había ejercido autoridad sobre ella. Luego Darcy había tomado el relevo, y ella lo había aceptado sin más.
Y había sentido miedo durante tanto tiempo... Miedo. Temor por el desprecio de su padre. Temor de que la verdad sobre el matrimonio terminara con la débil reputación de su familia. Pero no más miedos, se dijo. Si Darcy había sido una víctima, ella también lo había sido. Y sin embargo no armaba tanto escándalo como él. La vanidad de Darcy la indignaba.
Un fuerte grito la sacó de su trance.
– ¡Elizabeth Darcy! –vociferó Darcy.
Elizabeth lo miró en la orilla del estanque mirándola indignado, hizo un esfuerzo por ignorarlo y seguir nadando. No quiso preguntarse qué hacía él ahí. Ya tenía bastante con lo que había ocurrido anteriormente. No quería saber nada de él. Fitzwilliam no tenía una sola virtud que pudiera conmoverla. Tres años atrás sin embargo había sentido una gran atracción por él.
– ¡Elizabeth! – volvió a gritar Darcy con impaciencia –Ven aquí, ahora mismo.
No era un hombre que respetase a las mujeres. Iba detrás de todas ellas, rubias, morenas, daba igual. Eso sí, todas tenían piernas largas, pechos imponentes y elegantes peinados. Elizabeth no tenía ninguno de esos atributos, y alguna vez había sido un tormento para ella, ya que la imagen que tenía de sí misma se había visto afectada convirtiéndose en débil e insegura.
Pero tenía muchas otras virtudes. Y debía agradecerle a Wickham el haberlo descubierto. George le había enseñado a valorarse, poniéndola en primerísimo lugar. Él la había ayudado a aceptarse a sí misma. En cambio Darcy siempre la había humillado y despreciado. ¿Y ahora por qué tenía que sentirse culpable? ¿Acaso no había pagado ya los pecados de su padre?
De pronto un estrepito en el agua la sobresaltó. Darcy se había lanzado al agua y en pocos segundos su cuerpo vigoroso había aparecido a su lado. No la dejo hablar, simplemente la cargó en su hombro y la sacó del agua.
– ¡Demonios! Esta helada –gruñó entre dientes. – ¿Para qué te has metido aquí? – preguntó furioso.
– ¿Te has vuelto loco? –Elizabeth se sentía intimidada por la presencia de él, pero también estaba furiosa.
– ¡Me hicieron responsable de tu bienestar!
¿Se refería a su bienestar o a su propia seguridad? ¿Era por eso que la tirado como un saco de papas sobre su hombro? ¿Tenía miedo de que se hubiese tirado al agua para no salir jamás? Evidentemente esto último lo hubiese puesto en un aprieto.
Elizabeth, echándole una mirada de incredulidad cuando la puso en tierra firme, comenzó a recoger su ropa para cubrir si desnudez lo antes posible.
– Tu piel tiene el color de las camelias – dijo él.
Darcy la estaba mirando descaradamente, algo que la turbaba terriblemente.
– Tira la ropa – le exigió.
Elizabeth no podía creer lo que oía. Pero Darcy esperaba que su orden fuese cumplida. Lo demostraba en su gesto expectante.
Elizabeth sintió que se le secaban los labios, que sus pulmones se quedaban sin aire, que un calor asfixiante se apoderaba de su cuerpo entero. Sus pechos de pronto se volvieron pesados, sus pezones se irguieron volviéndose más sensibles.
–Eres delgada, pero guardas unas proporciones tan perfectas... – musitó él en el denso silencio.
Elizabeth no podía creer lo que oía de la boca de Darcy. Éste era un Darcy que ella jamás había conocido, pero que de algún modo siempre había sospechado que podía existir. Era un hombre que despedía una vigorosa sexualidad. Había algo peligrosamente fascinante en la corriente sexual que emanaba de él, algo atávico y elemental. Daba la sensación de ser depredador. Y lo era, ahora ella lo podía comprobar.
Darcy se sentía terriblemente excitado, sus pantalones estaban incómodamente apretados y sentía que en cualquier momento perdería el control. Estaba tan tentado de terminar con todo eso y ella era tan sensual. Durante años había tenido que reprimir esa parte de su ser que añoraba consumar el matrimonio, la deseaba, siempre la había deseado. En los últimos años había estado saciando su lívido con otras mujeres, pero imaginándola a ella, su esposa... Era una forma de prevención, para no atacarla de pronto, para no volverse loco...
Se acercó un poco más para incitarla a revelar su cuerpo para él.
–Quiero vestirme – insistió Elizabeth, estaba indignada. Darcy podía dejar de lado el odio y el resentimiento que había entre ellos y pensar en el sexo. ¿Por qué? ¿Por qué estaba medio desnuda solamente?
–Eres tímida. Pero me has estado esperando durante mucho tiempo –dijo él con satisfacción.
Elizabeth se rio. No pudo evitarlo.
–Esto es ridículo. –Respondió ella entre risas.
De pronto se le quitaron las ganas de reír. Él la había empujado contra un cuerpo tibio y vigoroso, amenazándola con un contacto físico tan turbador como desconocido. No podía creer que él la estuviera tocando. Parecía algo irreal. Durante tres años se había comportado como un leproso que se aparta. Y ahora, de repente, quería tocarla, como si estuviera en su derecho. Pero no tenía ningún derecho, y no deseaba sus manos sobre su cuerpo.
–Tal vez no sepas dónde está esa carta. Tal vez la haya destruido Thomas Bennet. Pero quizás lo tenga alguien en sus manos esperando para activarlo como una bomba...
Las palabras que usó la hicieron temblar.
Darcy la acercó más a su cuerpo mojado. Elizabeth no se había dado cuenta de lo fuerte que podía ser un hombre comparado con una mujer, hasta que Darcy la levantó del suelo como si fuese una muñeca y la apretó contra él. Descalza apenas le llegaba al hombro, y antes de que él se inclinara hacia ella…
–Mírame –le dijo cortante.
–Por favor, déjame marchar – atinó a decir ella. Apenas podía respirar ante la esencia de su masculinidad.
Darcy le tomó la barbilla y se quedó mirándola, como si no la hubiese oído. Elizabeth sabía de los hechos acontecidos esa tarde y el ataque de furia de Darcy, habían sido apartados de su mente, y que otras necesidades le urgían en ese momento. Elizabeth sintió un torbellino de sensaciones que jamás había sentido. Su cuerpo estaba tenso, y parecía recoger todos los estímulos provenientes de aquella atmósfera.
–Fitzwilliam... – se oyó decir, mientras sentía que sus pies se apoyaban en el suelo.
–Hace tanto que no te oigo pronunciar mi nombre – dijo él en un tono profundo.
–No... – dijo ella.
El dedo pulgar de Darcy recorrió el labio inferior de Elizabeth, haciéndola temblar. Ella intentó moverse, pero la otra mano de él la sostenía con firmeza apoyada en su espalda.
Darcy la miró intensamente, y con el pulgar separó sus labios y se internó en la boca de ella, mientras la palma le acariciaba la mejilla. Era un gesto más erótico que jamás había experimentado, y lo peor era que le estaba desencadenando una serie de reacciones físicas que reconocía como una traición de su cuerpo a sí misma.
Era evidente que él se divertía con sus reacciones, pero su mirada expresaba además una gran satisfacción. Elizabeth lo notaba en la expresión de sus ojos. Darcy era un maestro en las técnicas y el arte de seducir, un arte que redundaba en su propio beneficio, aumentando su propio placer. Y estaba acostumbrado a buscar ese placer siempre que afloraba el deseo.
Tomó una rápida decisión, soltó la ropa que tenía en sus manos y se aferró a cuello de Darcy, lo besó con ganas, con deseo… Pero también con una amargura infinita. Se estremeció cuando lo escuchó gemir por lo bajo. Entonces tomo su labio inferior entre sus dientes y lo mordió con fuerza.
–Argh… –Se quejó Darcy tapándose su labio sangrante.
– Quiero... vestirme – Elizabeth apenas podía decir más de una palabra.
– ¡Eres una maldita bruja! –Rugió Darcy mientras la soltaba. Se fue a calzar sus botas mientras la miraba de reojo.
Elizabeth sentía el cuerpo frío, entre el baño y el beso de Darcy se sentía al borde de un precipicio. Lo había desafiado, lo había irritado. Estaba confusa. Todos esos años, nada, y ahora...
¿Por qué ahora?
Recordaba lo que le había dicho momentos antes: que su padre no había podido obligarlo a compartir la cama con ella. Y, sin embargo, cuando afloraban sus instintos, parecía que cualquier mujer le venía bien. Lo que estaba claro era que Darcy tenía que demostrar que era un macho. Plantearle la anulación en esas circunstancias hubiese sido contraproducente, porque lo hubiese llevado aún más lejos en sus intentos de intimar con ella. No era el mejor momento de hablar de George.
Elizabeth recogió su vestido y se lo puso rápidamente. La cuestión era que su marido se había dado cuenta de que existía, aunque sólo fuera de la forma que para él contaba una mujer: sexualmente. Pero estaba indignada. No entendía cómo se había atrevido a tocarla. No tenía derecho. Y además, seguramente, le era infiel a alguna mujer. Y por descontado se hubiera aprovechado de su deseo, en caso de que hubiese existido. Él era así. Estaba acostumbrado a tomar, no a dar.
–Vamos. –Murmuró Darcy mientras depositaba su saco sobre ella.
– ¿Por qué? –Preguntó ella mirándolo desconcertada.
–Estás helada.
–Pero tú también estás mojado. –Dijo ella señalando su ropa mojada. –Al menos mi ropa está seca, creo que deberías usar el saco.
–No quiero que enfermes. –Concluyó tomándola de la mano y obligándola a seguirlo hasta llegar al caballo. –Tendremos que compartir el caballo Sra. Darcy.
–Puedo llegar caminando. –Murmuró ella.
–No permitiré eso. Además tienes un aspecto lamentable. –Sonrió mientras la impulsaba a subir al caballo.
–Usted tampoco se ve muy digno Sr. Darcy. –Respondió ella.
Darcy había trabajado duramente para hacerse cargo de todos los bienes que había heredado, la herencia de los Darcy no solo se trataba de propiedades o dinero, Darcy también tenía obligaciones con sus arrendatarios, una gran cantidad de familias que dependían de él. Nadie le podía reprochar nada, era un hombre responsable y leal, se preocupaba por su familia y no desperdiciaba el dinero como otros herederos.
Ése había sido el aspecto del carácter de Darcy que el Sr. Bennet había valorado más. Y finalmente le había servido a Darcy en bandeja de plata, tratando de convencerla de que aunque él no hubiese hablado de amor, sería un perfecto marido.
¿De qué marido hablaba su padre? Ella jamás había tenido un marido. Pero tres años atrás ella no había podido adivinar el futuro.
Lo curioso era que sus recuerdos de los primeros encuentros no coincidían en absoluto con lo de él. Ella se encontraba leyendo una carta de Charlotte Collins, donde expresaba los deseos que tenía de verla y que esperaba pudiese viajar a Kent a pasar unas semanas con ella en su casa. Elizabeth no decidía aún que hacer al respecto, no le agradaba el hecho de que su amiga se hubiese casado con un hombre tan tonto como su primo, el Sr. Collins. Pero tampoco deseaba permanecer alejada de ella.
Su hermana Jane se encontraba en Londres en la casa de sus tíos Gardiner, con la esperanza de reencontrase con el Sr. Bingley. Su madre y sus hermanas habían salido a casa de su tía, la Sra. Phillips. Elizabeth estaba disfrutando de ese rapto de soledad y tranquilidad en casa.
Darcy había aparecido en la entrada de la salita del té, sin que nadie lo hubiese invitado o llamado. Lo habían hecho esperar al Sr. Bennet en el salón principal y él debía haberla visto por la puerta entre abierta, porque para llegar a la salita del té, tenía que salir de la sala de la sala principal, y atravesar el hall de entrada. ¿Cómo podía tener el descaro de decirle que ella había preparado el encuentro?
Lo había visto de pronto en la entrada y su presencia la había impactado. Era un hombre arrebatadoramente atractivo y no podía evitar la atracción que el ejercía sobre ella, aunque se reprendió internamente por ello. Se debía recordar constantemente las razones por las cuales ese hombre no le agradaba.
– Señorita Bennet, usted es una bocanada de aire de primavera en este triste paisaje de invierno – le había dicho Darcy.
Y probablemente lo había copiado de alguien, pero él había pronunciado esas palabras. A ella no se le había ocurrido que él estuviese interesado en ella, sino en los últimos acontecimientos del vecindario. Porque había surgido una conversación entre ellos. Incluso le había dicho que sus ojos eran maravillosos, y ese cumplido le había salido tan torpe como el primero, lo que le dio la impresión a Elizabeth de ser un hombre tímido, a pesar de disimularlo con cierta sofisticación.
¿Tímido Fitzwilliam Darcy?
Él no le había dicho nada sobre su cita con su padre. Parecía haberlo olvidado más bien, hasta que Hill su criada, había ido a decirle que su padre le llamaba y entonces se había quedado desconcertada al encontrarla con Darcy.
– Le diré que lo está esperando –le había dicho Elizabeth a Darcy, y se había retirado rápidamente hasta la biblioteca de su padre.
– ¿Por qué te busca el Sr. Darcy? –le había preguntado a su padre con interés.
– Creo que tenemos un conocido en común, o algo así… – su padre la había mirado achicando los ojos.
– Lleva aquí un montón de tiempo. –Murmuró Elizabeth pensativa.
– ¿No crees que debiéramos invitarlo a cenar? –Le preguntó su padre de pronto.
–Pero mamá no está aquí. –Dijo ella insegura.
–Pues mejor aún. No estará tu madre, ni tus hermanas para avergonzarnos. –Dijo su padre con una sonrisita socarrona. –Dile a Hill que prepare la cena.
Y lo habían invitado a cenar. Su padre había pedido disculpas a Darcy y luego los había dejado solos, y en ese rato Darcy le había hecho un montón de preguntas personales a Elizabeth.
Al día siguiente la había encontrado en una de sus caminatas y conversaron mucho más. Este Sr. Darcy más atento y conversador era agradable. Elizabeth se preguntaba si lo había juzgado mal, era extraño. La había acompañado hasta su casa, y ella había deseado que la caminata durara un poco más.
– Tengo la sospecha de que su padre la va a mirar de arriba abajo cuando vuelva, así que no la besaré. –Pero en el acto se inclinó a besarle la mano enguantada.
Ella lo miró atónita, sentía que el aire se le había escapado de golpe. Sus mejillas se colorearon y sus labios se entreabrieron en una adorable "o".
–No sé qué estoy haciendo aquí. –Murmuró Darcy, con voz profunda. Su mirada azul se había oscurecido y ella se quedó expectante, no sabía de qué.
Lentamente él bajo su cabeza, mirándola con intensidad. Elizabeth sentía que no lo podía soportar, su corazón revoloteaba descontroladamente, sus ojos se cerraron involuntariamente. La invitación fue tan evidente que Darcy no la pudo resistir.
Se inclinó y poso sus labios sobre los de ella con suavidad. Se dijo que un simple roce bastaría, se detendría en un par de segundos… Pero Elizabeth se aferró a las solapas de su chaqueta y se acercó más a él, exigiendo más de esas sensaciones nuevas y maravillosas que él le hacía sentir. Darcy acaricio su espalda, hasta llegar a su cintura donde junto sus manos y la atrajo más. Sorprendido de como ella rápidamente imitaba sus movimientos con sus labios y lo llevaba al borde de la locura. No quería detenerse jamás. Ella era un aprendiz excelente.
Elizabeth sentía que su cabeza daba vueltas y solo la necesidad de respirar la obligó a separase de él. Abrió sus ojos, y él parecía tan conmocionado como ella.
–Señorita Bennet usted es inadecuada para mí. –Soltó él de pronto. Y sin más se dio la vuelta, dejándola perpleja por esa declaración.
Ella se había sentido consternada y muy dolida en la semana siguiente a su encuentro con él, porque sabía que él seguía en la zona, se había reunido con su padre en un par de ocasiones, pero no demostraba el mínimo interés en verla. Al Sr. Bennet la historia le hacía poca gracia, y le había aconsejado que era mejor que no entregara su corazón.
–El Sr. Darcy puede tener a la mujer que quiera. Pero no quiero que te ronde, a menos que tenga en la cabeza la idea de casarse contigo. –Declaró el Sr. Bennet contundente.
– ¿Y se lo has dicho? – le preguntó alarmada.
–Puede que tú no te valores. Pero yo sí. No permitiré que otra de mis hijas sea menospreciada por un hombre rico. Quiero que te cases bien. Un escarceo amoroso con el Sr. Darcy es algo que no está en tu agenda. Y puedes estar segura de que no ofrecerá ninguna otra cosa, a no ser que le resulte conveniente.
–Papá, no es mi intención casarme con el Sr. Darcy. –Le aseguró Elizabeth intentando calmar los ánimos de su padre.
Darcy había aparecido la segunda semana inesperadamente, con una actitud agresiva con ella. Se volvió a quedar a cenar. La Sra. Bennet hablaba poco, apabullada por la presencia del Sr. Darcy, sus hermanas eran igual de imprudentes que siempre y su padre se encontraba de un buen humor increíble. Pero estaba muy tranquilo, y los observaba todo el tiempo, agregando poco a la conversación.
Dos días más tarde, Darcy había salido a su encuentro en una de sus caminatas. La miró con ferocidad, Elizabeth se sintió estremecer.
–Buen día Señorita Bennet. –La saludo con un tono de cordialidad que no encajaba con la ferocidad en su rostro.
–Sr. Darcy, no esperaba verlo… más… –contestó ella dubitativa.
Él enarcó una ceja, sorprendido por esa contestación. Toda la intención de responder, se perdió cuando vio sus ojos castaños mirándolo desafiante.
Después de un silencio incomodo, ella agregó:
–Oh, no era mi intención dejarlo sin palabras. Comprendo ahora porque soy tan inadecuada para usted.
–Sobre eso, debo ofrecerle mi más sincera disculpa. –Respondió él incómodo.
–No es necesario Señor. Usted fue muy claro, así evitaremos malos entendidos. –Dijo con la intención de finalizar la conversación.
–Señorita Bennet ¿Usted ya habló con su padre? –Preguntó Darcy bloqueándole el paso. Elizabeth lo miró confundida. –Por favor Señorita Elizabeth, no me haga esto… –dijo él suplicante.
–Lo siento Sr. Darcy, no comprendo a que se refiere. –Confesó ella.
Darcy la taladró con la mirada, como si estuviese decidiendo si creerle o no.
– ¡Lizzy! –Gritó la Sra. Hill a la distancia. Elizabeth sintió sus mejillas arder, se giró a mirar al Sr. Darcy.
–Lo siento Sr. Darcy, creo que no es un buen momento para hablar. –Se disculpó precipitadamente. –Debo volver a casa, espero tenga un buen día. –Hizo una reverencia y se alejó del lugar.
Elizabeth nunca sospechó que aquel encuentro había sido un llamado de auxilio de parte de Darcy.
–Su padre la necesita.
–Gracias Hill
Su padre la había hecho ir a su biblioteca y le había preguntado por algunos rumores que estaban circulando sobre ella y Sr. Darcy.
–Querida Lizzy… –dijo su padre a medio suspiro. –Yo te vi… cuando el Sr. Darcy te besaba, cerca de casa, el otro día… No quiero avergonzarte con esto, pero el problema es que también los vio Sir Williams Lucas– concluyó.
Elizabeth se había quedado consternada. Sí, ella se había besado con Darcy. Pero que su padre y Sir Williams lo hubiesen visto le parecía humillante.
–El Sr. Darcy es un hombre honorable, después de explicarle la situación, él se ofreció a casarse contigo. El comprende este tipo de trato –le había asegurado. –Y espero que tú también comprendas que un hombre tan respetable como el Sr. Darcy jamás hubiese pensado en el matrimonio a no ser que fuese una ventaja económica para él.
–No entiendo papá, yo no tengo nada que sea importante para él. –Murmuró ella. –Yo no deseo casarme con él.
–Querida, no tienes opciones. El Sr. Darcy te comprometió, tu reputación se perderá si esto se sabe. Y se sabrá, es obvio. –Dijo con dureza. –Sir Williams me dio su palabra de que mantendría el secreto, pero sabes que es un cotilla igual que su esposa, solo es cuestión de tiempo para que el rumor se expanda. Además da la casualidad que el Sr. Darcy necesita una esposa.
– ¿Qué? –Preguntó ella perpleja.
– ¿Recuerdas que me buscaba por un conocido en común? –Preguntó él. Elizabeth asintió con la cabeza. –Bueno resulta que el Sr. Darcy necesitaba contactarse con mi amigo el Sr. Edmund Brown. En el testamento de su tío el conde de Matlock, se incluía un fideicomiso que quedó en manos de Edmund. No entendí exactamente. Pero dentro de las exigencias para heredar, el Sr. Darcy debe casarse en el plazo de un año, desde la muerte de su tío. Y bueno eso fue hace varios meses así que ya no le queda mucho tiempo… –Explico su padre con regocijo.
–Papá, no me interesa. Yo no quiero casarme. –Declaró Elizabeth.
El Sr. Bennet la miró duramente.
–Elizabeth, te recuerdo que tienes 4 hermanas. Si tu reputación queda manchada, inevitablemente arrastraras a tus hermanas al fango. Si yo muero mañana tu madre, tus hermanas y tú tendrán que irse de esta casa. No tendrán donde ir. –Era otro golpe para Elizabeth y su padre lo sabía. –En cambio sí aceptas casarte con el Sr. Darcy… asegurarás tu futuro y el de tus hermanas.
El Sr. Bennet había puesto a Darcy por los cielos. Según él, Darcy era como un diamante en bruto por el medio social en el que se había criado, pero la iba a tratar con respeto y honor como a su esposa. Si se casaba con Darcy estaría a salvo, segura por el resto de su vida.
– ¡Pero no me ama! – había protestado ella.
Su padre la miró fríamente y le dijo:
– Te desea... Depende de ti lo que este matrimonio resulte. Te estoy dando la oportunidad de casarte con el hombre que amas.
–No lo amo. –replicó ella con dureza.
–Pero dejaste que te besara, le permitiste libertades que solo tu esposo debía tener. –respondió su padre en el mismo tono. –Además Lizzy, tú no eres una cabeza hueca como tus hermanas. Creo que incluso tienes buen gusto, dudo que hubieses respetado a un hombre de carácter débil, el Sr. Darcy es inteligente y de carácter fuerte, como tú. Creo que ustedes serán un buen equipo. No creo que vuelvas a encontrar a un hombre mejor que él.
Elizabeth volvió al presente, y se retorció las manos. Su padre le había servido a Darcy en bandeja de plata. Se lo había dado encadenado y esposado a cuenta de un chantaje. ¡Cómo no lo había sospechado!
Se oyó un golpe en la puerta. Era una criada anunciando que tenía un expreso.
Elizabeth no podía creer que alguien le enviara un expreso, eran costosos, su familia no se lo hubiese podido permitir.
La carta venía de Londres enviada por G.W. Suspiró, seguramente algún criado le había informado a Wickham que los Señores Darcy habían viajado a Hertfordshire. Sabiendo eso, era evidente donde se iba a encontrar.
Desplegó el papel en sus manos, se sentó en el tocador de su gran habitación y se dispuso a leer.
Cariño:
Fui a tu casa a dejar una carta pero uno de los criados me dijo «el señor y la señora Darcy no están, viajaron a Hertfordshire». ¿Qué quiere decir eso?
Yo te había escrito para disculparme por mi comportamiento de esta mañana, pero grande fue mi sorpresa al enterarme que te habías ido de viaje con tu esposo. Mi corazón agoniza, pensado tantas posibilidades, no quiero pensar en que él te va a seducir y te usara para sus propios placeres… Por favor amor, no se lo permitas.
He pensado en ti todo el tiempo. No lo puedo soportar, por eso he decidido enviarte este expreso.
Se me hará eterna esta espera… vuelve pronto. Te necesito.
Sé que me amas, yo también te amo. Debemos estar juntos.
Te amo.
Siempre tuyo
G.W
Elizabeth suspiró hondo.
« ¿Por qué eres tan cobarde y no le planteas el divorcio, ya que a él le importas tan poco? » – le decía George innumerables veces.
Se masajeo el cuello en un gesto que quería relajar su tensión.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo después de dejar caer su mano de su cuello. Fitzwilliam estaba de pie, silencioso y quieto, como una estatua detrás de ella. Elizabeth se quedó paralizada ante semejante visión. Quiso decir «Darcy... » Pero no pudo articular una palabra.
–La cena... –murmuró Darcy. –Pero termina de leer tu carta primero.
–Voy. –Susurró apenas.
