Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 5:

Su corazón bombeaba sin parar. Lo vio alejarse de la habitación. No podía haber leído la carta sobre su hombro. En ese caso, seguramente le habría dicho algo. O reaccionado de alguna manera. En cambio, Darcy había sonreído.

Al abandonar la habitación, lo oyó decir al criado que ya no lo quería. ¿Habría planeado salir a cenar fuera y luego habría cambiado de parecer? Esperaba que no fuera por su causa. Pero era difícil que Darcy hiciera algo por ella.

–Tengo que responder algunas cartas. No me esperes para cenar.

Elizabeth comió sin ganas. Se sentía culpable, irritada, confusa. Toda su vida había sido una persona honrada y sincera, hasta que había se había reencontrado George Wickham hacía tres meses. Había sido un encuentro accidental, en Londres cerca de Hyde Park. Habían charlado y reído. Todo muy inocente. La segunda vez también se habían encontrado por casualidad.

¿Por qué se sentía de ese modo?

No tenía más que pedirle el divorcio a Darcy. A él jamás le habían importado los sentimientos de ella. Ella había tenido que sufrir el chismorreo público y de la prensa, ya que él siempre se andaba paseando con distintas mujeres. Pero eso no era excusa para hacer lo mismo que él.

Vencida por el cansancio y la tensión de todo el día, Elizabeth decidió irse a la cama. Se lamentó del traslucido camisón que su criada le había empacado. Se encogió de hombros y se lo puso de todos modos. Solo quería dormir y descansar, después de darle más vueltas al asunto, decidió pedirle el divorcio a Darcy al día siguiente.

Darcy se encontraba en su habitación, esperaba que Elizabeth ya estuviese lista para cenar. Después de la experiencia en el estanque, ambos habían llegado ansiando un buen baño. La experiencia lo había dejado al límite de su capacidad, la cercanía con su esposa lo perturbaba, lo excitaba, la deseaba locamente…

Intentaba no pensar en eso, iba saliendo de su habitación cuando vio a la criada que acababa de abandonar la habitación de su esposa. Decidió ir a investigar si ya estaba lista, no es que esperara encontrarla a medio vestir, o algo así. O al menos intentaba convencerse de eso.

Elizabeth estaba sentada frente a su tocador mirando emocionada la carta en sus manos. Darcy curioso, avanzó silencioso por la habitación, se puso detrás de su esposa y miró por encima de su hombro.

«Se me hará eterna esta espera… vuelve pronto. Te necesito.

Sé que me amas, yo también te amo. Debemos estar juntos.

Te amo.

Siempre tuyo

G.W»

Darcy había leído superficialmente la carta, pero su corazón se detuvo en la última parte.

¿Quién demonios era G.W?

¿Por qué rayos le escribía declaraciones de amor a su esposa?

Elizabeth se masajeó el cuello, de pronto se quedó estática, se giró y lo miró sobresaltada. Darcy no sabía qué hacer, que debía decir o pensar…

–La cena... –murmuró. –Pero termina de leer tu carta primero.

–Voy.

Darcy salió de la habitación de Elizabeth sin saber qué hacer. No sabía si debía confrontarla o ignorar toda la situación. Fingir que no sabía nada.

Le informo a su criado que no le apetecía cenar, que estaba ocupado, luego se encerró en el estudio. Fue directo por una copa de wiski, y se la bebió de golpe.

Ella era su esposa, su mujer, ella era suya. No podía creer que su Elizabeth hubiese sido capaz de engañarlo. No podía ser. Se cubrió la cara con las manos en una reacción de pánico absoluto. No quería creerlo.

¿Desde cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo?

Solo sabía que no lo podía soportar. No podía concebir a su Elizabeth en manos de otro hombre, otro hombre arrebatándole lo que estaba reservado para él, otro hombre que se estaba llevando el amor que debía ser para él.

Ella no te ama, idiota. –Dijo una voz en su mente

No podía ser, ella debía amarlo, se había casado con él a fin y al cabo. Una mujer con el carácter de Elizabeth no se hubiese casado con un hombre que no amaba.

Imbécil, recuerda que la comprometiste –Volvió a decir esa voz en su mente. –Sabes que no tenía opción.

Cierto, pero ella no había puesto objeciones. Él la había besado, pero ella había participado gustosa.

Le robaste su primer beso. –Acuso la voz –Incluso antes de besarla, sabías que era una mujer apasionada. Su mirada y ese carácter lo demostraban.

Tal vez eso era cierto, pero finalmente ella había accedido a casarse con él. Ella había jurado que sería su esposa, que lo respetaría y que le sería fiel hasta la muerte.

Eres un maldito sinvergüenza –Volvió acusar esa voz cada vez más molesta y fuerte. –Tú hiciste el mismo juramento y no has hecho más que pasearte de un lugar a otro con otras mujeres. Has deshonrado a tu esposa de tantas maneras. Has aplastado su carácter hasta reducirlo en nada. Le quitaste la vitalidad que tanto te encantaba en ella. No la has hecho feliz. Nunca.

¡Basta! ¡Basta! Él no lo podía soportar, intento servirse una copa más, pero sus manos temblaban. Su corazón dolía, dolía demasiado. ¿Qué podía hacer? ¿Debía despreciarla y dejarla? ¿Abandonarla? ¿Encerrarla para siempre?

Divorcio–susurró la voz.

¡No! ¡Eso no! ¡Jamás! Él no podía dejarla, él no se podía divorciar.

Darcy caminaba de un lugar a otro, se sentía morir. Intentó imaginar su vida sin Elizabeth, intentó pensar en que todo iría bien. No tendría problemas en encontrar a otra mujer dispuesta a ser su esposa. Pero su Elizabeth ¿Qué sería de ella?

Los pensamientos pasaban frenéticos en su mente. Se estaba volviendo loco. Ya no lo podía soportar. Entonces el pensamiento fue claro, llegó de golpe y Darcy se dejó caer con fuerza en el diván. El aire se estancó en sus pulmones.

Una revelación.

No la podía dejar. Ya lo sabía.

En su mente siempre había guardado la esperanza, en que iba a llegar el día en que él estaría listo para dejar su resentimiento de lado. Podría perdonarla y dejar de odiarla, y estaría listo para formar una familia con ella. Absurdamente en su mente, ella lo recibiría feliz. Y se amarían eternamente. Tendrían hijos preciosos, vivaces, de grandes ojos castaños, como los de su madre. Y serían felices.

¡Y un cuerno! –Se burló la voz en su cabeza. –Estás muy jodido… ¿No has pensado en dejarla viuda? En mi opinión esa es una buena alternativa. La dejarías libre y rica. Ella se lo merece, después de tres asquerosos años de matrimonio.

Suicidio… Acarició la idea en su cabeza. Y de pronto la idea no le parecía tan descabellada, era cierto. Él no podría soportar verla con otro. No podría soportar dejarla. No podría soportar vivir sin ella. Su matrimonio había sido un asco desde el principio.

¿Y de quien era la culpa?

Sabía que no podría estar culpando eternamente al Sr. Bennet. Él también era culpable y ya no podía seguir alimentando ese odio y resentimiento. Si no superaba esto pronto, perdería a Elizabeth para siempre. Aunque tal vez ya era demasiado tarde.

Él no podía vivir sin ella. Ya lo había asumido. Pero quizá podía cambiar la situación. Finalmente ella era su esposa. Quizá debía esforzarse en que su matrimonio funcionara. Debía enfocarse en eso, debía esforzarse para que ella lo amara de nuevo. Si ella lo amaba, no lo iba a dejar jamás.

Eran las tres de la madrugada, cuando llegó a una resolución. Llamo a su valet el Sr. Wilkins y a la doncella de Elizabeth, la señorita Hopewell. Ambos llegaron silenciosamente al estudio, ambos con cara de sueño y con la ropa arrugada. Se sentaron frente a él.

–Necesito información sobre los conocidos de la Sra. Darcy en Londres. ¿Han escuchado algún rumor entre los criados?

Wilkins miró a su acompañante con un gesto pensativo.

–Sr. Darcy, en realidad si escuché un rumor entre los empleados en Londres, pero no poseo todos los antecedentes del tema. –Respondió dubitativo.

– ¿Señorita Hopewell? ¿Usted sabe algo?

–Señor… yo… –La señorita Hopewell lo miro con culpabilidad. –La Sra. Darcy es muy buena conmigo, pero en el último tiempo no me deja acompañarla a ningún sitio. Tampoco conversa mucho conmigo.

– ¿A qué sitios va? –preguntó Darcy.

–El cochero dice que van a la modista con regularidad. –Respondió Wilkins –Pero hay rumores de que la Sra. Darcy ha vuelto a tener vínculos con su familia en Londres, ya que se ve más feliz, y en un par de ocasiones ha ido a zonas desfavorables de la ciudad.

– ¿Gracechurch? –preguntó Darcy, señalando la calle donde vivían los Gardiner, los tíos comerciantes de Elizabeth, cerca de Cheapside.

– No, Spitalfields. –Rectificó el valet.

– ¡¿Qué?! –Darcy estaba atónito.

Spitalfields era un barrio pobre, el hambre y la miseria eran los compañeros de vida diarios de sus habitantes. Las cantinas y los prostíbulos eran habituales. ¿Por qué su esposa iba a esos lugares?

–Los criados también han notado que ella recibe cartas casi todos los días. –informo Wilkins.

–Señorita Hopewell, usted es la persona más cercana a mi esposa. ¿Desde cuándo Elizabeth está sosteniendo correspondencia de forma activa? –Le preguntó Darcy

La doncella enrojeció.

–Señor… La Señora Darcy no me deja ver sus cartas, pero yo diría que tal vez son dos o tres meses, desde que vi el primer sobre que no era de la Señorita Bennet o la Señora Collins.

– ¿Te refieres a G.W?

–Sí, señor. –Respondió la doncella con la mirada baja.

Darcy tenía una idea de quién era G.W pero deseaba estar equivocado. Enserio esperaba estar equivocado.

–Señorita Hopewell ¿Sabe quién es G.W?

Ella escondió su rostro un momento, luego lo miro atemorizada.

–Yo solo lo vi una vez, estábamos paseando por Mayfair, él se acercó a saludar. Es un joven oficial, la Sra. Darcy me lo presentó como el Sr. George Wickham. En esa ocasión solo sostuvieron una conversación de dos viejos conocidos. No me llamo mucho la atención. Pero una semana después empezaron a llegar las cartas casi a diario, con las iniciales G.W. Ella no me dijo nada, pero después de pensarlo, me pareció evidente.

Darcy se sintió morir, otra vez. ¡Ese perro! George Wickham se las había arreglado para fastidiarle la vida. Que él su hubiese atrevido a tocar a su Elizabeth, era intolerable. Lo odiaba, lo iba a matar en cuanto obtuviera todos los antecedentes.

–Señorita Hopewell ¿mi esposa le ha pedido ayuda para encontrarse con ese hombre a escondidas?

–No, señor. Ella nunca me ha pedido ayuda para eso, yo no creo que la Señora pueda hacer algo así, simplemente me desechó de sus salidas, pero nada más. –explicó la doncella, conmocionada con la implicación en la pregunta. Se escandalizó. El señor estaba implicando que su Señora lo estaba engañando.

–Señorita Hopewell usted todos los días me informará sobre las actividades de mi esposa, todo, cualquier cosa por mínima que sea. Y ahora, en este momento necesito la carta que mi esposa recibió esta noche. Tiene 10 minutos para conseguirla.

La doncella lo miró con los ojos enormes, pero después de unos segundos reaccionó y salió disparada de la habitación

–Wilkins cuando volvamos a Londres, necesito que averigües toda la información que tengan los criados en la casa Darcy, quiero saberlo todo.

–Sí señor. –el valet le hizo una reverencia y se retiró.

Darcy se sirvió otra copa, mientras esperaba la dichosa carta.

Elizabeth se despertó sobresaltada. Las lumbreras estaban encendidas, y pestañeó insistentemente como para saber si era un sueño o la realidad. No se acordaba siquiera de dónde había dormido, y cuando se sentó en la cama aún estaba totalmente desorientada. Pero entonces vio a Darcy, algo alejado de la cama. Tenía un aspecto horrible, ése fue el primer pensamiento de Elizabeth, luego atinó a taparse el escaso camisón con la sábana. Le brillaba el pelo oscuro, estaba sin corbata, y tenía la blanca camisa medio desabrochada, lo que permitía la visión de un pecho masculino ancho, adornado con ricitos de pelo negro. Los rasgos tensos, la piel pálida. Parecía estar bajo los efectos de un shock.

– ¿Qué ocurre? ¿Ocurre algo malo? – musitó ella a la vez que bostezaba y descubría en su reloj que aún era de madrugada.

–Me has deshonrado – dijo con un acento quebrado.

Elizabeth lo miró medio dormida aún.

–No comprendo, ¿qué dices?

–Mi mujer con otro hombre... – le dijo con una expresión de ferocidad en los ojos.

Pero Elizabeth estaba más asombrada por la frase «mi mujer», que había pronunciado, que por el descubrimiento de su infidelidad. Jamás usaba ese término.

Y era ofensivo y ridículo incluso en el contexto de ese matrimonio.

–No lo niegas – agregó.

¿Qué pensaba? ¿Qué iba a estar como Penélope, esperando a su marido? Era cierto que había estado así durante casi tres años, pero eso no podía durar eternamente. ¿Y qué le importaba además?

– ¿Cómo lo has descubierto? – preguntó ella no tan firmemente como hubiera querido.

–Parece que no te das cuenta de la magnitud de tu ofensa.

– ¿Has estado bebiendo? –preguntó Elizabeth débilmente, pensando que tal vez fuera el motivo de su reacción melodramática.

– ¿Qué tiene que ver eso? ¡He leído la carta de tu amante! ¡Y no podía creerlo!

– ¡Oh! – debía haberlo imaginado. Pero él era tan retorcido, que no había demostrado nada en su momento.

–Tengo la maldita carta en mi poder. Y sé que has estado recibiendo esas cartas casi a diario.

–Te lo habría dicho si me lo hubieses preguntado. –Elizabeth sentía una extraña sensación desagradable que no podía identificar.

– ¿Qué me hubieras hablado de él? ¿No tienes vergüenza?

– ¿Por qué tengo que avergonzarme? – pero curiosamente la actitud de Darcy la hacía sentirse culpable, y eso la irritaba terriblemente.

–Tú eres... mi esposa – dijo con violencia.

Instintivamente, Elizabeth se puso en el extremo opuesto de la cama. La rabia iba transformándose en miedo. Hubiese querido gritarle que ella era una extraña para él cuando le había dicho que era su esposa, pero no se atrevió viendo el estado de ánimo de Darcy.

Hubiese sido echar leña al fuego.

–Tal vez mañana cuando estés más razonable – le dijo ella.

– ¿Por qué lo crees? – preguntó Darcy acercándose a ella reptando por la cama.

Elizabeth intentó alejarse, pero él le sujetó el brazo.

– ¿Qué estás haciendo? – preguntó ella, desconcertada y temerosa.

Él dijo una grosería entre dientes y la sujetó con el otro brazo.

Elizabeth estaba aterrada.

– ¿Cuántas veces has estado con él?

–No sé. No... las... he contado.

– ¡Dios! ¡Lo mataré! Puede que esté vivo aún, pero lo mataré.

– ¡No digas cosas como ésa!

– ¿Y tú qué? ¿Qué hago contigo?

– ¿Conmigo? –Elizabeth estaba horrorizada.

– ¿Dónde lo has encontrado?

– ¡No voy a decirte nada de él! – dijo ella acordándose de sus amenazas.

– George Wickham. Tiene veintinueve años. Es un derrochador, hijo del antiguo administrador de Pemberley, se crío con mi familia, pero desdeñó un lugar que mi padre le había destinado, prefirió el dinero y lo desperdició en el juego y prostitutas. Un imbécil vil y asqueroso. Hombre rubio, ojos azules, alto y ambicioso. No necesito que me cuentes nada de eso.

– Eso… no es cierto…

Ella iba a intentar defenderlo, pero Darcy la interrumpió.

–Oh, estoy seguro de que él te contó la historia de un modo retorcido, donde él es la víctima. Pero te aseguro que tengo testigos que te pueden revelar lo asqueroso y vil que es tu Sr. Wickham.

Elizabeth estaba aturdida.

– ¿Por qué te comportas de este modo? Yo no soy realmente tu esposa...

– ¿No? Llevas mi nombre. Usas mi anillo. Vives en mi casa. Te alimento, te visto, te mantengo...

– ¡Y yo te odio! – dijo dolorida Elizabeth.

– Si eso es cierto, vas a odiarme aún más en lo que te queda de vida a mi lado –dijo él severamente.

– ¡Déjame marchar! –murmuró Elizabeth temblando.

– No lo volverás a ver –juró él clavándole la mirada llena de odio -. Pero jamás te perdonaré esto –dijo finalmente, soltándola. –George Wickham es un desgraciado sin honor, no podías escoger una peor escoria que esa.

– De acuerdo. Yo tampoco te perdonaré jamás – atinó a decir entre la almohada, sollozante.

Fue un error, porque Darcy se dio la vuelta y le dijo:

–Vas a decirme la verdad ahora.

– ¿Qué verdad?

–Que ésta es una maniobra para que te preste atención. Lo has elegido a él para herirme. Has dejado pistas que hasta un ciego puede ver. Hasta has leído su carta con la puerta entre abierta.

– ¿Qué? –Elizabeth estaba perpleja «Lo has elegido a él para herirme»

– Y lo has conseguido –dijo él con una sonrisa de hielo. – ¿Ni siquiera te has acostado con él, no? Perfecto. Has llegado al punto justo para sacarme de mis casillas, pero no te has atrevido a más.

Elizabeth estaba indignada por su vanidad. Entonces se le escapó una mentira:

– ¡Sí me he acostado con él! –afirmó fulminándolo con la mirada. – ¡Y me da igual que te enteres o no, porque no me importas en absoluto!

– ¡Si ha puesto un solo dedo sobre tu piel desnuda, es hombre muerto! ¿Lo comprendes? –respondió Darcy desquiciado. –Esto no es un juego, preciosa. Te lo advierto. Si te has entregado a él, lo mato.

Elizabeth no podía moverse, ni respirar. No podía dar crédito a las palabras de Darcy. Había mentido. Y estaba de más decirle que se trataba de una relación seria. ¿Cómo se imaginaba que iba a tener un lío pasajero para darle celos? Estaba indignada, pero también aterrada de que Darcy pudiera hacerle daño a George.

–Piénsalo seriamente. Casi pierdo la cabeza –le confesó Darcy de pronto.

Y Elizabeth se dio cuenta de que repentinamente se le había pasado la rabia, como por arte de magia.

–De acuerdo – dijo ella suavemente, odiando a Darcy con todas sus fuerzas. –No me he acostado con él, pero...

– ¿Y quieres que te diga por qué? Un hombre honorable se divorciaría de una esposa infiel. Tú has llegado hasta dónde has podido, no más allá. Lo único imprudente que has hecho en tu vida es haberte casado conmigo. ¡Qué idiota he sido! ¡Por un momento he pensado que te arriesgarías a perder tu status como esposa mía!

– ¡Eso es precisamente lo que quiero perder! ¡No te quiero! ¡Quiero mi libertad! – le grito desesperada.

– ¡No te creo! –gritó Darcy de vuelta, con las fosas nasales dilatadas– ¡No sobrevivirías ni un momento en el mundo real! ¡Te morirías como un bebé indefenso sin mi dinero!

– ¡Cómo te atreves!

–Sólo te digo las cosas como son. Eres una chica de campo, criada como un adorno hermoso y frágil, entrenada para endosarse a cualquier hombre incauto...

– ¡Eres un desgraciado! – dijo ella indignada.

– Eso no quiere decir que no seas buena en tu papel, silenciosa y discreta... Una verdadera dama. Pero si quieres de verdad tu libertad...

– ¡Sí, la quiero! – gritó Elizabeth.

– ¿Si? Deberías preguntarte por qué aún bordas las iniciales de mi nombre en mis pañuelos –se rió Darcy cínicamente, y salió de la habitación.

¿Qué tenían que ver sus bordados en todo eso? No era más que una tarea trivial de la que se había ocupado desde los primeros tiempos de su matrimonio; y la seguía haciendo sin pensar demasiado en ello.

Mientras Elizabeth se ponía el albornoz, pensaba que debía conseguir que Darcy la escuchase y hacerlo comprender.

Darcy estaba en la habitación principal. Elizabeth se detuvo ante el umbral de la puerta, porque Darcy estaba a medio vestir, un hecho que la violentaba.

– ¿Y ahora qué? –preguntó con impaciencia.

–Quiero que me escuches –Elizabeth se cerró más el escote del albornoz, y lo miró a los ojos. –Amo a George. Quiero el divorcio.

Darcy sintió su corazón romperse. «Amo a George» se repetía en su cabeza una y otra vez. Atravesó la alfombra de la habitación en dirección a Elizabeth.

–Eres mi esposa – dijo en tono suave– ¿Y por qué eres mi esposa? Porque querías serlo a cualquier precio.

– ¿No has escuchado lo que he dicho? ¡Lo amo! – dijo ella con los dientes apretados por la rabia.

Si no lo aguantas, la perderás. Darcy se decía internamente.

– ¿Le bordas sus pañuelos también? – preguntó él con sorna.

Elizabeth le dio una bofetada sin pensarlo. Pero luego se sintió consternada ante lo que había hecho. No era habitual en ella una reacción semejante. Se apartó de él con temor, al verlo acercarse a ella, con furia en la mirada.

– ¡No! –atinó a gritar.

–Aunque una bofetada no te vendría mal, puedo contenerme. Eres demasiado frágil. Si fuera el tipo de marido que pega a su mujer, ¿no crees que te habrías enterado a estas alturas?

Darcy tiró de ella con fuerza. Otro gesto amenazante de Darcy, además de la mirada oscura y penetrante en el escote del albornoz, que en ese momento mostraba su camisón semitransparente.

–Mi idea del entretenimiento es muy distinta, es más íntima. La violencia no me gusta. Hay cosas más satisfactorias. –murmuró ronco.

– ¡No te atrevas a tocarme!

–Una noche larga y tibia en mi cama es lo que te hace falta –le dijo Darcy llevando su mano al hombro de Elizabeth.

– ¡No seas desagradable! –gritó desesperada.

–No rechaces lo que aún no has probado –Darcy se rió mientras bajaba la cabeza y acercada su cara a la de Elizabeth, tocándole el labio con la otra mano.

– ¡Basta!

–Me siento tan intimidado... –se burló él, apartándole un mechón de cabello castaño de la mejilla en un gesto casi tierno.

Elizabeth se estremeció.

–Darcy...

La boca de él fue a la búsqueda de la de ella, y le separó los labios. Ella se quedó sin aliento. Darcy sentía su labio arder, recordó el mordisco que ella había dejado marcado en su labio inferior. Pero el dolor no le importó. La estrechó aún más, haciéndole sentir todos los músculos de su cuerpo viril. Ella se arqueó involuntariamente, aumentando ese contacto. La lengua de Darcy exploró el interior de la boca de Elizabeth. Un fuego salvaje se alzó en todo su cuerpo femenino. Elizabeth se estremeció, se apretó contra él, y rodeó el cuello de Darcy con sus brazos. Cerró los ojos, y sintió un calor intenso recorriéndola.

Control. Control. No pierdas el control. Se decía Darcy a sí mismo. Las cosas siempre se le iban de las manos con Elizabeth, por eso estaban como estaban.

Después Darcy liberó su boca y la miró impasible.

– ¿Cuál es su nombre? –preguntó de pronto.

–Su... ¡Oh! ¡Dios mío! –dijo Elizabeth llevándose un dedo a su boca roja e irritada.

Se le aflojaban las piernas.

–Te has equivocado en tus prioridades. Yo soy tu esposo.

Elizabeth pensaba en alguna respuesta, algo en su propia defensa. Pero era incapaz. Sentía un torbellino de emociones violentas. Darcy se quitó la camisa, dejando al descubierto unos músculos fuertes. Elizabeth no quería mirar, pero se le iba la vista sin quererlo.

Darcy abrió la puerta y, bruscamente, sacó a Elizabeth al corredor.

–Hablaremos más tarde, a la hora del desayuno.

La puerta se cerró en su cara. ¿Se estaba volviendo loca? ¿Era una pesadilla las últimas veinticuatro horas que había vivido?

Darcy se quedó apoyado en la puerta, respirando agitadamente. La deseaba tanto, nunca había tenido que ejercer tanto control sobre sus impulsos. No podía forzarla a nada. Sabía que podría seducirla y ella como un corderito caería en el espiral de la pasión. Pero debía ser responsable, debía ser bueno para ella. Debía presentarle opciones. Ella debería poder elegir. No quería que ella lo odiara más.

Elizabeth se metió en la cama, adoptando la posición fetal. Darcy era un extraño. No lo reconocía. Y tampoco se reconocía a sí misma. Desde que habían estado en la casa del Sr. Brown se había comportado de manera extraña. Primero con furia. Luego con una actitud más sarcástica que furiosa al creerse que ella había intentado atraer su atención.

Elizabeth no comprendía por qué Darcy quería seguir unido a su esposa con la que se había casado por chantaje. ¿Por qué aceptaba esa farsa? ¿Y por qué la seducía sexualmente, así, de pronto, después de tres años de ignorarla?

Y lo peor, ¿Por qué ella se había quedado ahí, sin hacer nada, y le había permitido incluso besarla? Era cierto que Darcy era un hombre muy experimentado.

Tal vez cualquier hombre con esa maestría pudiera arrancarle a una mujer inexperta como ella las sensaciones que acababa de experimentar con Darcy. Pero le asombraba que George no lo hubiese logrado.

Se avergonzaba de sí misma. El sexo, se decía, no era tan importante en una relación. Ella amaba a George Wickham. Lo amaba realmente. Pero lo que realmente le preocupaba y la sorprendía, era que Darcy todavía pudiera ejercer esa atracción sexual sobre ella, cuando creía que ya era un asunto más que pasado. Y Darcy le había demostrado que no era así, y se había reído de ello.

¡Qué golpe para su orgullo!

Darcy se levantó temprano. Su valet le había ayudado a vestirse. Después de verificar que su imagen era impecable, se quedó mirándolo extrañado.

–Señor ¿Se encuentra bien? –pregunto Wilkins con temor.

Darcy se imaginó que después de la escena de anoche, con él medio borracho exigiendo información y dando órdenes a horas no adecuadas… La preocupación de su valet era evidente.

–Si Wilkins estoy bien.

Darcy acababa de bajar las escaleras cuando un criado apareció haciéndole una reverencia.

–Señor, hay alguien que quiere verlo.

Darcy no alcanzó a preguntar quién era, porque en ese momento un hombre se abalanzó sobre él y le dio un buen puñetazo en la cara. Derribándolo al suelo.

– ¡Fitzwilliam Darcy me debes una buena explicación! –Gritó el hombre.

– ¿Bingley? –Preguntó Darcy desde el suelo, mirando al iracundo Charles Bingley. Extendió su mano y su amigo de manera automática lo ayudo a levantarse, sin detenerse a pensar en que él mismo lo había derribado. – ¿Por qué? ¿Qué haces aquí?

–Jane. –Respondió Bingley.

Y para Darcy todo estuvo claro.