Descargo de responsabilidad: Esta historia es una versión alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (del mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 6:

A la mañana siguiente se encontró con la ropa limpia en la habitación. «Muy considerado de su parte», pensó con ironía. Se puso un vestido azul de y trató de reparar los daños sufridos a su aspecto después de una noche sin dormir.

En la sala se encontró con Darcy detrás del periódico. Al verla lo dejó a un lado y alzó la taza de café.

–Deberías volver a la cama. Pareces la víctima de un vampiro que espera que le den el tercer bocado.

–Muy gracioso.

–Eres afortunada de encontrarte entera, después de lo que he descubierto anoche. Creo que he sido extremadamente tolerante y comprensivo, pero no abuses.

Elizabeth tomó un pastelillo consciente de la mirada de él en todos sus movimientos. Darcy vestía un traje azul, camisa blanca, corbata gris de seda en un elegante anudado. Estaba impecable, sin apenas signos de una mala noche. Y parecía haber recuperado totalmente el control.

De pronto Elizabeth reparó en el cardenal que empezaba a asomar en su mejilla izquierda.

– ¿Qué te pasó ahí? –Preguntó ella.

Darcy se encogió de hombros.

–No te importa. –respondió cortante.

Elizabeth sintió odio hacia él. Sus manos temblaron al cortar el bollo. Darcy notó que una vez más se había equivocado. Me lo merecía, quiso agregar pero ella empezó a hablar.

–Quiero ver a un abogado... Quiero el divorcio.

Darcy sintió esa declaración como un golpe en el estómago.

–Estás soñando, me parece.

–Yo...

– ¡Calla! – le ordenó él.

–No puedes impedírmelo.

–Simplemente hago como que no te he oído.

– ¡No pienso seguir sentada aquí para que me insultes!

– ¡Siéntate! –la voz de él sonó como un latigazo sobre la mesa. Elizabeth se sintió tan intimidada que se volvió a sentar -. Quiero que me escuches.

Elizabeth le puso azúcar en el café sin mirarlo. Pensó que lo dejaría hablar. Pero no le impediría el divorcio.

–Hace tres años yo tenía veintiocho años y tú veinte. –Darcy vio que Elizabeth estaba a punto de protestar. Puso los ojos en blanco. –Lo sé, casi veintiuno. Aun así eras muy joven para mí. Y no cumplías con las expectativas que se tenían para ser mi esposa.

–De todos modos, me odiabas – dijo ella pálida.

–Estaba resentido contigo. Lo he pensado ahora, pero no creo que haya llegado a odiarte. Simplemente te descarté de mi vida. Estábamos obligados a estar juntos, y yo resolví esa situación a mi manera.

–Disculpa si tengo reproches al respecto. –Murmuró Elizabeth con amargura.

–Desde muy pequeño tenía claro lo que se esperaba de mí. Mi padre me instó a estudiar y a involucrarme con las responsabilidades que tenía con mis tierras y mis arrendatarios. Me dejó claro que la herencia se debía mantener y que debía ser inteligente si quería ser un buen patrón y administrador. Y tenía razón, lo comprobé cuando él falleció y me tuve que hacer responsable de la herencia y de mi pequeña hermana Georgiana, que era solo una niña. No tuve una verdadera juventud. No tenía tiempo para nada, fueron años muy difíciles. – se quejó Darcy.

Nunca le había hablado así. La turbaban sus palabras. Alzó la taza de café, buscando su calor para sentirse menos indefensa. Había tenido una vaga idea de lo mucho que él se comprometía con sus tierras y sus criados, pero no hasta qué punto su juventud había carecido de alegría y placer.

–No entiendo para qué me cuentas todo eso.

–Bueno, Georgiana ya es una señorita y la amistad de Bingley me había ayudado a relajarme. Poco a poco empecé a delegar parte de mis responsabilidades y empecé a disfrutar de mi libertad. –Darcy suspiró pesadamente. –Quiero que comprendas lo terrible que era para mí verme obligado a casarme cuando no estaba preparado para ello.

–Lo comprendo –dijo ella.

–Finalmente alcancé la cima. Por fin era libre como para disfrutar de lo que no había podido cuando era más joven.

–Y entonces te pusieron las sogas y te ataron a mí, ¿no?

–Dios... Sí, si quieres ponerlo en esos términos. Pero no anduve acostándome por ahí. –Dijo Darcy y Elizabeth casi se atragantó y su rostro se ruborizó furiosamente. –Tú eres una mujer. No puedes comprenderlo. Es una etapa que debemos pasar los hombres. Y yo la viví más tarde que la mayoría.

Elizabeth no tenía intención de tocar ese tema. No quería hablar de eso, ella era del todo ignorante en algo que su esposo parecía practicar de forma habitual con otras mujeres. Ella dudaba que hubiese dejado una sola mujer sin explorar, a excepción de su esposa, claro. En cambio ella no tenía derecho a lo mismo. La había dejado en un estante, olvidada. La invadió una amargura infinita.

–Me hago a la idea. Una excusa perfecta y original para el adulterio. ¡Es brillante realmente!

–No me estoy disculpando. Me casé contigo bajo amenazas. No lo hubiera hecho de otro modo. No estaba preparado para comprometerme de ese modo con ninguna mujer, no todavía. Era mejor dejarte sola que compartir la cama contigo y andar por ahí con otras, como probablemente hubiese hecho.

–No lo dudo –dijo Elizabeth con una mezcla de emociones, que iban desde el odio, la rabia, la humillación, y el resentimiento hasta la pena por los años pasados.

–Yo también tenía la idea de que era cumplir las órdenes del Sr. Bennet.

Elizabeth se puso colorada, sintió vergüenza. Sus palabras eran peor que una bofetada.

–En los últimos años me he visto tentado por la idea de llevarte a mi cama. No te imaginas cuánto. Pero sentía que era venderme al enemigo.

–Realmente no quiero oír más –admitió ella. Pero Darcy la ignoró.

–Pero ahora Thomas Bennet ha muerto. Quizás no consiga esa carta, pero no creo que tú lo tengas tampoco, ni siquiera que sepas de qué se trata.

–No sabes lo aliviada que me siento. Dime, ¿hay necesidad de que sigamos con esta conversación sobre el pasado? –dijo Elizabeth tensa.

Darcy se rió débilmente.

–Ahora estoy preparado para el matrimonio.

Elizabeth respiró hondo. Pestañeó. Se le hizo un nudo en la garganta, mientras sus ojos incrédulos no podían dejar de mirar a Darcy.

–Te has quedado como si necesitaras un trago, un trago fuerte. –agregó Darcy

Con asombrosa calma, Darcy se puso de pie y fue a servirle un coñac. Se lo puso enfrente, sobre la mesa y se fue hacia la chimenea.

–No es posible que hables en serio –le dijo Elizabeth con la boca seca.

–Aparte de tu árbol genealógico, que deja bastante que desear, tú eres una esposa perfecta, lo que yo busco en una esposa.

–Perdóname, pero no puedo creer lo que dices.

–Eres guapa, atractiva, y ya eres mía desde antes –dijo sonriendo. –Y no he encontrado a otra con la mitad de las cualidades que tú reúnes.

–Gracias, pero no, gracias –Elizabeth no podía entender su sarcasmo, y su proposición la dejaba perpleja.

–No he dicho que tuvieras derecho a rechazar mi proposición. Y estoy dispuesto a ser razonable. Lo he demostrado anoche. Podría haberte tirado en la cama y...

– ¡No! –Elizabeth se puso rígida en la silla.

–Pero no lo he hecho. Te he dado tiempo como para que te hagas a la idea. No pretendo que te comportes como si los pasados tres años no hubiesen existido.

–Amo a Wickham. –Soltó Elizabeth de golpe.

Darcy pareció retener el aire en sus pulmones por un largo segundo.

–Y yo espero no volver a oír su nombre. Te lo advierto. Te tolero un error, pero no más.

– ¡No puedes hacerme eso! ¡No puedes amenazarme!

–No era una amenaza. Si te saltas las barreras que he trazado, tendrás que atenerte a las consecuencias. Y no digas que no te he avisado. No pienses que porque he sido tolerante anoche lo volveré a ser.

–No puedes obligarme a estar contigo.

–Intenta saltarte las barreras, y verás. Y no te engañes con que has encontrado el verdadero amor. Wickham es una escoria, tiene una larga trayectoria en el arte de cazar mujeres ricas.

– ¡Si ni siquiera sabía que yo era rica o estaba casada! –gritó Elizabeth furiosa.

–Elizabeth, no seas ingenua. Tu matrimonio fue el cotilleo favorito en Hertfordshire durante meses, tu madre se aseguró de eso.

Ella quiso replicar, pero la vergüenza no se lo permitió. Sabía que su madre hasta el día de hoy alardeaba del conveniente matrimonio de su segunda hija.

–Te aseguro de que Wickham sabía perfectamente que tú eres mi esposa, me odia. –Continúo Darcy. –Solo intenta vengarse a través de ti. Hasta un ciego lo vería. Mira las joyas que llevas, la ropa que usas. ¿Por qué crees que insisto en que siempre estés acompañada? Eres una invitación para cualquier asaltante. La cadena que llevas puesta vale más de lo que cualquiera de ellos pudiera ganar en toda su vida.

– ¿De verdad? –Preguntó asombrada, tocando automáticamente la cadena que tenía en su cuello. Se veía sencilla, era delgada y tenía un pequeño corazón con un diamante en el centro.

–Además tengo serias acusaciones en su contra y no tienen relación contigo, querida esposa. –La cara de Darcy se contrajo en una furiosa expresión. –No me importa los sentimientos que puedas haber albergado hacia él. El Señor Wickham está dotado de una simpatía tal que le asegura hacer amigos… pero que él sepa conservarlos ya no es tan seguro.

Darcy entonces procedió a contarle su versión de la historia; el padre de Darcy le había legado una rectoría eclesiástica, con la que habría podido vivir sin complicaciones. Elizabeth ya sabía eso, George era insistente en esa parte de la historia, en como Darcy llevado por los celos le había negado lo que había sido destinado para él, obligándolo a vivir en la miseria.

La verdad era que Wickham sí fue el protegido del padre de Darcy, pero que jamás quiso para sí una aburrida carrera eclesiástica. Lo que hizo al morir su protector fue cambiarla inmediatamente por dinero ante el hijo. Después de haber desperdiciado el dinero, trató de obtener nuevamente un beneficio de Darcy, y cuando éste se lo negó, sedujo a su hermana Georgiana de apenas quince años e intentó fugarse con ella, planes que nuevamente frustró el propio Darcy. Por esas razones Wickham odia a Darcy y va de un lugar a otro despotricando contra él.

Elizabeth estaba descompuesta por las palabras que oía. Con una mirada de desprecio se dio la vuelta y se alejó de él.

–Eso no puede ser cierto –Susurró Elizabeth abrazándose a sí misma.

–Pero lo es. –Afirmo Darcy con dureza. –Mi primo el coronel Fitzwilliam, puede dar testimonio de lo que te acabo de relatar. Lo conocerás pronto.

– ¿Qué?

–Volverás a Londres y harás el equipaje. Viajaremos a Kent en unos días.

– ¿A Kent?

– Sí, debo resolver unos asuntos y además… ya es hora de que conozcas a mi familia.

– ¡De ningún modo seguiré casada contigo, y de ninguna manera me iré a Kent!

–Piensa en cuáles son tus opciones –le aconsejó Darcy secamente. – Y cuando termines, piensa entonces cuánto has pensado en Wickham anoche, cuando estabas en mis brazos.

– ¡Cerdo! – era una palabra que no le gustaba a Elizabeth pero le salió espontáneamente, sin pensarlo.

– Puedo soportarlo. –Respondió.

Elizabeth se quedó paralizada ante la mirada de hielo de él.

–Voy a prepararme para viajar a Londres. Espero no tener problemas por visitar a mi familia antes de irnos.

–Por supuesto que puedes visitar a tu familia, ya he arreglado todo para que los vistes hoy mismo. –Indicó Darcy relajando la inflexión en su voz. –Te acompañará tu doncella y un criado.

Elizabeth lo miró con furia, pero decidió que cualquier protesta sería inútil. Decidió alejarse.

–Elizabeth. –La llamo Darcy antes que ella abandonara el comedor. –Podemos formar un buen matrimonio. Métetelo en la cabeza.

– Debes de estar bromeando.

–Sé que quieres seguir con el papel de víctima, le has tomado simpatía, pero te estoy pidiendo que nos des una oportunidad.

Elizabeth podía adivinar en los rasgos de Darcy la tensión de un orgullo doblegado, como si de algún modo lo perdiese en la proposición que acababa de hacer. Pero no quiso verse afectada por el cambio emocional en Darcy. Por lo que, en silencio, se alejó de él rápidamente.

¡Dios, Darcy no tenía escrúpulos! ¿Cómo había inventado todas esas cosas de Wickham? Mentiras. El tipo de mentiras que Darcy podía inventar cuando estaba dispuesto a lograr un objetivo. Y estaba claro que quería rebajar a George, y que ella perdiera la fe que había depositado en él. Pero Darcy no se daba cuenta de lo fuerte que era ese amor. ¿Qué sabía él sobre el amor? Jamás lo había tenido en cuenta, ni para casarse, ni para sus relaciones extramatrimoniales.

Darcy no podía comprender su relación con George Wickham. George la escuchaba, la animaba, estaba interesado en ella, la cuidaba. Y no estaba dispuesta a perder la oportunidad que la vida le había dado de amar y ser amada. Darcy podía encontrar muchas mujeres que pudieran cumplir los requisitos de una esposa para él. Una esposa guapa, atractiva, incluso una esposa que cerrara los ojos ante las infidelidades, algo que las mujeres, según él, no podían comprender.

– ¡Lizzy! –Gritó Jane cuando la vio en la entrada de la casa en Meryton. Su hermana se acercó corriendo a abrazarla. –No esperaba verte, pero me alegro tanto.

Elizabeth reparó en sus mejillas sonrosadas y sus ojos brillantes, pensó en que Jane se veía radiante. Como no la había visto hace mucho tiempo. El cochero y la doncella la ayudaron con su carga, si bien Darcy no la había acompañado, había dispuesto una canasta generosa con frutas y verduras de temporada, además de algunas cajas con regalos para la familia.

–Querida Jane ¿Cómo estás?

– ¡Oh Lizzy! Ahora que estás aquí, mi felicidad es completa. –Respondió Jane sin soltar las manos de su hermana.

Elizabeth estaba confundida, Jane la llevaba al interior de la casa sin parar de parlotear sobre lo feliz que estaba. De pronto al llegar al salón Elizabeth comprendió la razón de tanta felicidad. Estaba ahí sentado, sonriendo tontamente a todas las locuras que la Sra. Bennet era capaz de decir. En cuanto la vio, se levantó y le hizo una reverencia.

–Señora Darcy, siempre es un gusto verla.

– ¿Señor Bingley?

–Lizzy, Lizzy… Oh, Lizzy… –Su madre la llamó con los ojos brillantes. –Mi querida Lizzy, el Sr. Bingley acaba de pedir la mano de tu hermana. Se han comprometido. –Canturriaba la Sra. Bennet victoriosa. –Mis dos hijas casadas y con hombres ricos.

– ¡Mamá! –La regañó Jane.

Pero la Sra. Bennet estaba tan feliz que no le importaba nada.

–Señor Bingley desde ahora le digo que usted en mi yerno favorito. Tan amable y simpático. No como ese horrible Sr. Darcy. –Empezó a gruñir. –Es un pesado. Que hombre tan desagradable. Lo siento por ti, Lizzy querida.

Elizabeth enrojeció y Jane intentaba distraer al Sr. Bingley con conversación intrascendente, dejando a su madre hablando sola. La mirada turbada del Sr. Bingley indicaba que no era indiferente a los comentarios de la Sra. Bennet.

Las hermanas menores de Elizabeth se encontraban en la casa de su tía Phillips. Su madre las había enviado ahí en cuanto percibió las intenciones del Sr. Bingley.

Elizabeth almorzó con ellos, encantada por las noticias. Jane parecía no querer desprenderse del Sr. Bingley y él la miraba con igual adoración. Eran miradas largas, llenas de promesas de amor. Eran una pareja encantadora. Elizabeth se regañó por sentir envidia de la felicidad de su hermana.

Se preguntaba como el Sr. Bingley había llegado a proponerle matrimonio a su hermana. ¿De qué manera había vencido todos los prejuicios? ¿Cómo había tomado la decisión?

Era curioso, pero desde que se había casado con Darcy solo había visto al Sr. Bingley en una ocasión, en una fiesta en la casa Darcy en Londres. La saludó con educación y la evitó durante toda la noche. Bebió mucho, se veía apagado y se fue temprano. La relación con Darcy se veía debilitada. A Elizabeth le había dado la impresión de que Bingley la desaprobaba como la esposa de Darcy.

Jane le pidió que la acompañara a su habitación. Si bien ahora la familia Bennet vivían en una casa más pequeña, ahora tenían más comodidades, Jane disfrutaba de su propia habitación, Mery también y solo Kitty y Lydia compartían dormitorio y con gusto. Solo tenían dos criados y vivían en la parte posterior de la casa. Una casa muy bonita, proporcionada por su marido.

–Oh, Lizzy soy tan feliz… Desearía que tú seas así de feliz. –Comentó Jane mirándola a los ojos.

–No te preocupes. Soy feliz por ti. –Declaró Elizabeth. –Pero esto es tan precipitado… No entiendo como ocurrió.

–Bingley nos vino a visitar hace dos semanas, al principio no dijo mucho, ya conoces como es mamá, apenas lo dejaba respirar. –Jane suspiró con desaprobación. –Creí que no lo volvería a ver, pero volvió todos los días. Yo intentaba no emocionarme, pero tú sabes, yo siempre lo he querido a él, nunca lo pude olvidar.

–Pero no entiendo. ¿Te dijo por qué se fue? ¿Por qué te dejó?

–Sí, él creyó que me era indiferente ¿lo puedes creer? –Le preguntó Jane con incredulidad en su rostro

– ¿Qué?

–Fue tan sincero Lizzy, me lo contó todo. Ayer le pidió permiso a mi madre para llevarme a pasear en carruaje. Yo no entendía nada, pero en cuanto estuvimos solos me pidió perdón. Me dijo que se fue por que le convencieron que nuestra unión sería poco conveniente, creyó que mi familia me estaba presionando para que lo aceptase–Le contó Jane avergonzada. –Hace poco descubrió la verdad… que yo estuve en Londres, dijo que escuchó a sus hermanas burlándose de mí, descubrió las mentiras que me habían dicho y estaba tan enfadado.

– ¡Lo sabía! Jane, te lo había dicho. –Respondió Elizabeth con indignación.

–Lizzy, el Sr. Bingley estaba tan indignado por todas las mentiras, nunca pensé verlo así. Me asustó un poco, pero me aseguró que no había nadie más. Declaró fervientemente que se había enamorado de mí, y que nunca pudo ver a nadie más. –le contó Jane emocionada. –Se arrodillo y me pidió que me casara con él.

– ¡Que felicidad! –Elizabeth nuevamente abrazo a su hermana.

–Oh, Lizzy... –Jane la miró apenada. –Creo que de todas maneras cometí un error.

– ¿Por qué? –Le preguntó confundida.

–Bueno, ya sabes que soy mayor de edad. Pero le pedí al Sr. Bingley que hable con el Sr. Darcy, él ha sido un tutor tan generoso, creí que lo más cortés sería avisarle.

– ¿Por qué? Jane, no lo has visto desde mi boda. Apenas se asomó en el funeral de nuestro padre. Ni siquiera compartió la cena con nosotros. No merece ningún tipo de consideración. –Elizabeth sentía que la indignación iba en ascenso a medida que hablaba.

–Pero nos dio esta casa, nos puso criados y una asignación más que generosa. Es mucho más de lo que teníamos antes. –le dijo Jane. –Lo único que le puedo reprochar al Sr. Darcy es que no ha sido capaz de hacerte feliz. A veces lo desprecio por eso.

Viniendo de Jane, esas eran palabras fuertes.

–De todas maneras no era necesario. –Murmuró avergonzada.

– Es afortunado que ustedes se encontraran en Netherfield. Ayer era el cotilleo favorito en el pueblo. El Sr. Darcy nos dio su bendición hoy en la mañana. Es por eso que lo acabamos de oficializar.

– ¿Darcy ya habló con el Sr. Bingley? –Preguntó Elizabeth sorprendida.

–Sí, pero mi querido Bingley me confesó que su relación ahora es distante. No sabe si podrá perdonar su intervención en nuestra separación.

Elizabeth tampoco se sentía predispuesta a perdonar a Darcy.