Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 7:

Elizabeth se encontraba tomando el té con sus hermanas, le hubiese gustado quedarse con ellas, estaba segura de que Jane no tendría problemas en compartir su habitación con ella. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había estado así, tranquila, escuchando las conversaciones dispersas de su madre y hermanas.

–Lizzy, me gustaría que te quedaras –Comentó Mery con timidez, acariciando una de sus manos.

–Me has leído el pensamiento… –Le respondió Lizzy con una media sonrisa, tomando su mano entre las suyas.

Su corazón se encogió dentro de su pecho. Mery no solía ser muy expresiva, pero era evidente que estaba preocupada. Aparentemente todas sus hermanas lo estaban. Jane solía ser un poco más directa al respecto.

–Lizzy… –Empezó a decir Mery sonrojada. –Me preguntaba si existe alguna posibilidad de que pueda visitarte una temporada. Me gustaría tomar lecciones de piano en Londres… Y en lugar de quedarme en casa de nuestros tíos Gardiner, preferiría quedarme contigo.

Elizabeth estaba conmocionada. Ninguna de sus hermanas antes había manifestado interés en ir a visitarla en Londres. Ella tampoco las invitaba, aunque hubiese querido hacerlo. La razón era simple: Darcy rechazaba a los Bennet y su desprecio había sido tan evidente, que todos había optado por evitar el disgusto.

Además no quería que nadie viera lo sola que estaba en Londres, la farsa que era su matrimonio. Tener a alguien en casa durante muchos días pondría en evidencia de que ella vivía sola con los criados. Darcy apenas pasaba por casa.

–Mery… me hace feliz que quieras estar conmigo. –Le respondió Elizabeth. –Pero debo consultarlo con Fitzwilliam antes.

La mirada de disculpa de Elizabeth hacia su hermana había sido dolorosa. El Sr. Bingley había escuchado la breve conversación en silencio. La infelicidad de la Sra. Darcy era clara en su rostro. La viveza que antes la había caracterizado, ahora estaba apagada, él que la había conocido como la Señorita Bennet, sabía que era un cambio dramático. Y eso le preocupaba. Ahora entendía lo que Jane había expresado sobre su hermana.

–Mi pobre Lizzy se ha sacrificado por todas nosotras. Nunca le podremos agradecer lo suficiente. –Había dicho Jane con el ceño fruncido.

Antes de que oscureciera la Señora Darcy se despidió de sus hermanas con pesar, incluso Lydia y Kitty la habían abrazado largamente. La Señora Bennet incluso lloró un poco al despedirse de su hija. Bingley decidió acompañarla al carruaje junto con Jane.

–Oh, Lizzy… Desearía que te pudieses quedar un poco más. –Dijo Jane con sus ojos brillantes por incipientes lágrimas.

–Jane te escribiré pronto. –Respondió. –Quiero que me mantengas informada de los preparativos de la boda.

–Señora Darcy –la llamó Bingley.

Ella lo miró desconcertada. El Sr. Bingley de pronto se veía tan serio. Jane se alineo al lado de su novio con una mirada aprensiva.

– ¿Qué ocurre? –Preguntó Elizabeth preocupada.

Bingley intercambio una mirada con Jane, antes de continuar.

–Nuestro plan es casarnos en el plazo de un mes. –Comunicó Bingley. –Sé que debe parecer un poco precipitado, pero no vamos a esperar más tiempo. Quiero hacerme cargo de la familia lo antes posible.

–Entiendo… –Murmuró Elizabeth desconcertada.

–No entiende, debes ser más claro. –Le indicó Jane a Bingley.

–Bien, déjame ordenar mis ideas. –Le respondió él suspirando pesadamente. Entonces la miró. –Señora Darcy, usted pronto será mi hermana. Y por lo tanto su familia ahora será mi familia. Lo que quiero decir, aunque creo que no lo hago bien, es que no se preocupe más. Yo me haré responsable de su madre y sus hermanas.

Elizabeth intuía que Bingley le estaba diciendo algo muy importante, pero todavía no lograba entender que era.

–No comprendo, sé que seremos hermanos. Pero como puede ver; mi familia se encuentra bien, tienen una casa y comida… Y…

–No, Lizzy. Escucha. –Le interrumpió Jane.

–Sé que su familia está bien. A lo que me refiero es que ya no dependerán del favor de Darcy. Yo me puedo encargar ahora del bienestar de su familia. Lo que quiero decir es que, ahora usted tiene una posibilidad de volver a ser feliz.

Elizabeth estaba confundida.

–Lizzy –dijo Jane tomando sus manos y mirándola a los ojos. –Si no eres feliz con el Sr. Darcy, no estás obligada a permanecer a su lado. Puedes venir a vivir con nosotros, puedes volver a ser libre.

–No creo que Darcy sea capaz de despojar a su familia de todo. –Dijo Bingley rascándose la cabeza. –Pero ha cambiado tanto que ya no nos podemos fiar de él. Es por eso que le doy mi palabra de que me haré responsable de todo.

Elizabeth estaba impactada. «Puedes volver a ser libre» Se repetía una y otra vez en su cabeza.

Darcy había esperado a Elizabeth para cenar. Esperaba que ella llegara feliz, después de estar con su familia, después de la noticia de la boda de Bingley y la señorita Bennet. Después de todo él sabía que Jane era muy especial para su esposa. Por eso se sorprendió cuando la vio llegar con el rostro desencajado.

–Elizabeth ¿Qué pasó? –le preguntó preocupado.

Ella automáticamente retrocedió un paso cuando lo vio acercarse. Darcy también lo noto, por lo que se detuvo a un metro de ella.

–Estoy bien. Mi familia también está bien… por si te lo preguntabas. –Murmuró ella, con una mueca de desaprobación.

–Entonces ¿por qué estás así? Pensé que volverías feliz.

Ella lo miró con desprecio.

– ¿No has pensado que ese es el problema? ¿Qué razón hay de estar feliz? No quería volver aquí. Me hubiese encantado quedarme con ellas. Yo sólo… desearía no haberte conocido nunca. –Dijo ella antes de pasar por su lado y correr a su habitación.

¡Auch! Eso dolió. Se le quitó el hambre. Darcy despachó a sus criados y se encerró en el estudio. Tomo la botella de vino y se la llevo directo a la boca. No quería sentir dolor, no quería sentir nada. Había sido un imbécil durante tres años y ahora no sabía cómo arreglarlo.

A la mañana siguiente, el Sr. Wilkins no encontró a Darcy en su habitación. Por lo que se dirigió al estudio. Debían prepararse para viajar a Londres en unas horas y tenía serias sospechas de que su Señor no iba a estar en condiciones de viajar.

Lo primero que sintió al entrar al estudio fue el hedor a alcohol. El valet miró sorprendido a su Patrón, tirado en el suelo, rodeado por varias botellas.

Enseguida se dispuso a preparar un baño para Darcy. Después lo tuvo que arrastrar hacia el baño. No estaba seguro de cuanto había bebido, pero nunca lo había visto tan borracho al punto de no poder sostenerse solo. El valet tuvo que arrojar un vaso con agua fría en la cara de su Señor para que este cooperara con el baño.

Darcy se estaba vistiendo cuando Wilkins volvió con una taza de café muy cargado. No dijo nada, solo deposito la bandeja en la mesilla con cuidado. La desaprobación en su rostro era clara. Darcy se sintió avergonzado.

–La cocinera está preparando un consomé para que se pueda reponer pronto. –Comentó en voz baja.

–Gracias Wilkins.

–El Sr. Bingley le dejó una carta. –Dijo el valet entregándole el sobre.

Durante el regreso a Londres un dolor de cabeza intenso se apoderó de ella. Se bajó del carruaje a tientas, y prácticamente llegó arrastrándose hasta a la casa. El ama de llaves, al verla llegar con esa cara, rápidamente cerró las cortinas y la ayudó a acostarse. En la soledad, Elizabeth lloró amargamente, sin pensar en nada, simplemente lloró y lloró.

Darcy se sentía culpable. Era un sentimiento que iba creciendo día a día.

El desprecio que Elizabeth sentía hacia él también se hacía evidente. No podía soportar ni siquiera un viaje en carruaje con él. Aunque fuese solo por unas horas y acompañados por la doncella y su valet.

Se dijo que debía tener paciencia. Y empezar poco a poco con ella, darle tiempo, debía ganar su confianza. Se marchó al estudio a atender ciertos asuntos referentes a Wickham. Cuánto antes se deshiciera de él podría seguir avanzando con Elizabeth. Entonces recordó el sobre de Bingley. En la mañana le había dolido tanto la cabeza, que ni siquiera se molestó en leer. Darcy resopló cansado. Se trataba de una simple nota, que lo citaba en la casa de los Bingley al día siguiente.

A la mañana siguiente Elizabeth se sintió fuerte otra vez. Le preguntó a la Sra. Jones por su esposo. El ama de llaves de respondió que el Sr. Darcy había salido muy temprano y que no había indicado que fuese al volver pronto.

Elizabeth lo sospechaba. Siempre era así, él se iba, no avisaba cuando volvía, no daba explicaciones. Y le dolía, pensó por un momento que en esta ocasión iba a ser diferente. Se regañó internamente por eso.

Aliviada y decidida, fue capaz de hacer planes y cumplirlos. La única joya que tenía que le pertenecía enteramente era la cadena que tenía en su cuello, con un pequeño corazón con un diamante en el centro. Fitzwilliam se la había regalado un día antes de su boda, y era el único regalo que le había hecho nunca.

Las joyas de la familia Darcy estaban a su disposición, pero no eran suyas. Y ella se imaginaba que en algún momento la hermana menor de Darcy las iba a reclamar. En comparación a esas magnificas joyas, a ella le parecía que su cadena era bastante sencilla, pero Darcy había dicho que era carísima. Y por lo tanto, era lo único que podía ayudarla a conseguir la libertad. Necesitaba dinero para vivir hasta que se acostumbrase al cambio y pudiera ver qué podía hacer. Y si bien sabía que iba a ser una sorpresa para Darcy, no dudaba que sería una tarea difícil para ella adaptarse a la nueva situación.

Al salir de la casa Darcy, Elizabeth no llevaba nada de lo que perteneciera a su antigua vida: ni libros, ni joyas, ni caros vestidos. No tenía derecho al dinero de Darcy, ni a que él la mantuviera. Después de todo, no había sido su esposa de verdad. Entonces, ¿por qué iba a pedir el divorcio de él, si podía pedir la nulidad matrimonial? Su matrimonio había sido producto del chantaje. Su disolución iba a ser muy sencilla seguramente.

Vendió su cadena en una joyería. Le dio pena, y se sintió culpable por ello. Pero se sorprendió gratamente cuando le entregaron casi dos mil libras por su valor. No lo podía creer. Era asombroso. Podría vivir cómodamente por un tiempo sin tener que pedir ayuda a su familia… o al Sr. Bingley. También contrató un carruaje para que la fuese a buscar a la casa Darcy en una hora.

Nuevamente en casa, buscó en los armarios la ropa más sencilla que tenía. Buscaría una posada pequeña, hasta que pudiera encontrar algo más barato para vivir. Y después buscaría trabajo, cualquier trabajo. De ninguna manera sería, como había dicho Darcy, como un recién nacido desprotegido.

En ese instante, su doncella apareció en la puerta y la quedó mirando extrañada.

–Señora, yo puedo hacer eso por usted. ¿Es el equipaje para el viaje a Kent?

Elizabeth, evitó mirarla a los ojos.

– Eh, sí… el viaje a Kent… No te preocupes ya he terminado.

Su doncella la miró con desaprobación y suspiró.

–Señora, venía a informarle que tiene visita. El Sr. Wickham la espera.

¿Había ido George a su casa? Elizabeth no podía creerlo. Como no había recibido ninguna carta la noche anterior, ella había creído que él no sabía de su regreso, y había intentado escribirle más tarde, pero dudó en el último momento, cuando había tomado la decisión de abandonar a Darcy.

Wickham estaba de pie en la sala, mirando un retrato de Darcy.

– ¡No tendrías que haber venido! –Lo regañó Elizabeth.

– Esta casa es fantástica, nunca había estado aquí –comentó George señalando a su alrededor.

–Sí – tenía tantas cosas que contarle que no sabía por dónde empezar. Y además, no sabía qué cosas contarle y qué cosas reservarse. Notaba que, absurdamente, tenía un cierto sentimiento de lealtad hacia Darcy. No le gustaba ver a George en casa de Darcy. No le parecía bien, simplemente. Y tal vez por ello no podía echarse en sus brazos.

– Me han dicho anoche que no estabas en casa, cuando vine a dejarte una carta.

–Pero estaba… ¿los criando recibieron la carta? –Preguntó Elizabeth de pronto.

–Sí… Solo me informaron que no estabas en casa, pero sí entregué mi carta. –Explicó él confundido.

¿Sería Darcy el responsable de que le hubiesen dicho eso a Wickham? ¿Significaba que a partir de ese momento sus cartas iban a ser controladas y censuradas? De todos modos ya no importaba. Se iría de allí.

–Le he dicho a Darcy que quiero el divorcio. Hoy me voy de esta casa.

George sonrió feliz, atravesó la alfombra del salón y le dijo:

–Querida, ¡es fantástico!

Cuando intentó besarla, Elizabeth se apartó nerviosa.

–No, aquí no. No me parece bien.

George se rió y dijo:

– Espero que te sientas mejor en mi apartamento esta noche.

– George, no me voy a vivir contigo.

–Sí, podría ser perjudicial para tu divorcio. Tienes razón. Eres una chica sensata. Después del comportamiento de tu marido, no entiendo cómo puedes sentirte culpable. Supongo de Darcy será muy generoso, después de todo va a recuperar su libertad.

–No quiero nada de Darcy.

–No seas tonta, Elizabeth. Ya sé que tienes la herencia de tu padre, pero...

Elizabeth se puso tensa. ¿Por qué no hablaban más que de dinero? «Una larga trayectoria en la caza de mujeres ricas», las palabras de Darcy volvieron a su mente.

–Ése es un tema del que tenemos que hablar.

–Lo digo por ti. Tú no estás acostumbrada a las estrecheces. No soportaría ser el responsable de que te vengas a menos.

–No lo serás. Seré libre, para decidir lo que quiera hacer... Es mejor que te vayas ahora. No deberías estar aquí –Elizabeth fue razonable.

–Relájate, por el amor de Dios –Wickham iba de un lado a otro de la habitación, observando los muebles antiguos y los cuadros.

– ¿Cuántas de estas cosas son tuyas? –preguntó con un suave silbido de admiración.

Elizabeth vio en los ojos de George una mirada de avaricia, y una cierta excitación reprimida ante lo que veía. Al notarlo. Ella sintió que algo moría en su interior.

De pronto miró el escritorio pequeño y elegante. Era el único mueble suyo. Se lo había regalado su padre cuando se había casado, Darcy había hecho un escándalo, no quería nada que le recordara sus bajas conexiones. Ella debió defenderse para que le permitiera conservar ese regalo. Pero se sentía muy disgustada por la actitud de George, como para pensar en los recuerdos de familia.

–Nada es mío. De hecho, yo no tenía dote que ofrecerle a Fitzwilliam antes de casarnos –declaró Elizabeth-. Y ahora tampoco tengo nada ¿Y la herencia de mi padre? No era nada, solo el dinero suficiente para dar una pequeña dote a mis hermanas, una asignación a mi madre y resto en saldar deudas. Ya sabes que la propiedad pasó a manos de mi primo, el Sr. Collins.

– ¿Estas bromeando?

– No. Cuando me vaya de esta casa no tendré nada.

– ¡Pero eso no me lo habías dicho nunca! –exclamó él, y se calló repentinamente. –Antes de irte debieras pensar bien este asunto. Bien sabe Dios que sólo quiero lo mejor para ti...

–Por supuesto – interrumpió ella.

– Creo que debemos pensar muy bien lo que hacemos. –Wickham empezó a hablar con una mirada calculadora. –Creo que deberías pedirle ayuda a Darcy para establecerte hasta concretar el divorcio. Después podríamos viajar. Quizá deberías llevarte las joyas, las podemos vender para irnos a vivir fuera de Londres. Podríamos comprar una casa para empezar a vivir juntos ¿Te parece?

–No voy a robarle a Darcy para empezar una vida contigo. –Respondió Elizabeth con frialdad.

Wickham se quedó pasmado con esa respuesta. Entonces manifestó su intención de irse, fingiendo estar mortalmente herido por su negativa. Era evidente que quería irse para pensar a solas lo que ella le había dicho.

Elizabeth se sintió estúpida, decepcionada. Era evidente que George quería que se divorciara de Darcy pero siempre que se llevara consigo el dinero de él. Subió y terminó su equipaje. El Sr. Wickham iba a desaparecer de su futuro, pero tampoco quería a Fitzwilliam en él. Dejaría atrás el pasado. Ya no necesitaba ningún hombre en quien apoyarse.

Todos los hombres la habían manipulado, desde su padre, pasando por Darcy, hasta el Sr. Wickham. Y ella los había dejado hacer. Sintió una furia incontenible.

Pidió a los criados que le ayudarán a bajar su baúl, era pequeño, pero de todas maneras pesaba bastante. Los criados empezaron a preparase para el viaje.

La doncella se puso a su lado, lista para acompañarla.

–Señorita Hopewell, no te necesito. –Le habló con Elizabeth con dureza. –Abandono a Darcy.

Su doncella se quedó pasmada. Pero pronto se enterarían todos.

Justo en ese instante llegó el carruaje rentado. No escuchó a nadie que intentará persuadirla a no subirse. Se fue sin mirar atrás.

El cochero fue de gran ayuda al dejarla en la posada de posta. Al bajar Elizabeth compró el periódico, averiguó los horarios y se subió al primer carruaje de posta disponible. No quería exponerse a que la encontraran.

Darcy se encontraba en casa de Bingley. Estaba enfadado. Bingley insistía en comprar la casa de las Bennet. Pero él no estaba dispuesto a ceder, era su responsabilidad velar por la familia de su esposa.

–Darcy, tú no tienes interés en la familia Bennet. Deberías sentirte aliviado de que te liberen de esa responsabilidad. –Insistió Bingley.

–No entiendo tu interés en tomar esa responsabilidad. –Gruñó Darcy de vuelta.

–Jane será mi esposa. Me interesa su familia. No le haré a Jane lo que tú le has hecho a tu esposa.

– ¿De qué me estás acusando?

–Ya lo sabes. –Dijo Bingley con dureza. –Has despojado a tu esposa de su familia. La has apartado y la has dejado sola aquí en Londres. Los criados no cuentan como compañía Darcy. –Gruñó antes de que Darcy lo interrumpiera. –Todos sabemos aquí en Londres lo poco que estimas a tu esposa.

Darcy enrojeció de rabia y vergüenza en partes iguales.

–Eso no es de tu incumbencia Bingley. No voy a hablar de mi matrimonio contigo.

–Sí es de mi incumbencia. Jane sufre por su hermana. Y sé que un enlace con las Bennet es poco conveniente y no me importa. Puedo aguantar la impertinencia de la Sra. Bennet, porque amo a Jane. Jamás haría nada para lastimarla.

Darcy se paseaba de un lado a otro indignado. Bingley estaba sentado detrás de su escritorio, mirándolo con una expresión fría e indiferente. Nunca pensó en tener un enfrentamiento con Bingley. Nunca creyó que Bingley fuera capaz de enfrentarlo y echarle en cara todos sus errores. Ya lo sabía, en su mente había hecho una larga lista de todo lo que había hecho mal. Y no sabía cómo arreglarlo, pero estaba trabajando en eso.

–Reconozco que me he equivocado. –Murmuró.

–Darcy, has hecho más que equivocarte. Nunca te creí capaz de tal maldad. No sé qué pasó contigo, te desconozco. –Dijo Bingley. –No sabes lo triste que fue ver como tu esposa se disculpaba con las Señorita Mery por no poder llevarla a vivir con ustedes una temporada. Todo por no disgustarte a ti.

–Pero yo nunca le he prohibido a Elizabeth que invite a sus hermanas a casa. –Se defendió Darcy.

–Pero nunca te has mostrado dispuesto a pasar tiempo con su familia. ¿No es cierto?

Darcy guardó silencio. Bingley continúo:

–Tu desprecio hacia ellas ha sido tan visible, que todas la hermanas Bennet están preocupadas por Elizabeth. Mery solo quería venir a cuidar a su hermana.

–Yo… –Darcy estaba tan avergonzado, que no encontraba palabras para defenderse.

–Creo que deberías disolver tu matrimonio. –Murmuró Bingley con tranquilidad. Darcy lo miró espantado. –No entiendo del todo, los motivos que te llevaron a ese enlace en primer momento. Y sé que sí solo hubiese sido un beso, hubieses encontrado la forma de compensar a la muchacha en lugar de casarte con ella... No importa, ya le he dicho a tu esposa que se puede ir a vivir con nosotros en cuanto me case con Jane.

Traición. Bingley lo estaba traicionando.

–Tú… no puedes. ¡No tienes derecho! –Gritó Darcy rodeando el escritorio de Bingley para tomarlo por las solapas de su chaqueta. –Ella es mi esposa.

–Pero no la quieres. Ella no es feliz a tu lado.

–Eso no es cierto. –Dijo Darcy perdiendo el enfado de pronto.

Ella no era feliz, lo sabía. Pero creía que él podría hacerla feliz si se esforzaba en eso. Odiaba al Sr. Bennet, si no hubiese intervenido, si no lo hubiese chantajeado, su relación con Elizabeth hubiese sido distinta. No se hubiese cobrado en ella las culpas de su padre.

De pronto golpearon la puerta con urgencia.

–Adelante. –Dijo Bingley.

Wilkins se asomó, se veía agitado.

– ¿Wilkins? ¿Qué ocurre?

– Señor… La Sra. Darcy… Se ha ido de la casa.

Darcy automáticamente se giró a mirar Bingley con ojos acusadores.

–Yo no he sido. –Dijo Bingley levantando las manos.

–Sr. Darcy. Debo informarle que el Sr. Wickham estuvo en la casa, momentos antes de que la Sra. Darcy se fuera.

¡Maldito Wickham! Lo iba a matar con sus propias manos. Decidió Darcy saliendo rápidamente a buscar a su esposa.