Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.
Capítulo 8:
Fitzwilliam Darcy no lo podía creer, su esposa lo había dejado. Lo había abandonado. Wilkins le había informado que había enviado a Jasper, uno de los jóvenes cocheros a seguir a la Sra. Darcy. Era un buen jinete y de bajo perfil. Solo debían esperar noticias, le intentaba tranquilizar.
Todos intentaban tranquilizarlo y eso lo ponía más furioso.
Pero debía reconocer que sintió cierto alivio al saber que Elizabeth no estaba sola. ¡Dios! Sabía que se merecía pasar por este calvario, se lo había buscado, era su culpa... Pero se moriría si algo le pasaba a su esposa. Rogaba al cielo por su seguridad. Por otro lado, rogaba de todo corazón que su Elizabeth no hubiese corrido a los brazos de su amante. De solo pensarlo se sentía enfermo.
¡Demonios!
Darcy furioso se había dirigido a la casa de la Sra. Younge, sabía que ella le estaba rentando una habitación a Wickham. La infame Sra. Younge, una antigua conocida, ya que había trabajado como la institutriz de su hermana Georgiana, pero se había confabulado con Wickham ayudándolo a seducir a la inocente muchacha.
Darcy odiaba a Wickham por muchas razones, pero el que se hubiese involucrado con su esposa, era la gota que había rebalsado el vaso. Por esa razón había irrumpido en su habitación y lo había golpeado hasta dejarlo inconsciente.
–Eh… Darcy, realmente no creo que esto haya sido necesario. Haz armado un buen lío aquí. –Decía Bingley sujetándolo por el hombro. Mientras Wilkins verificaba si Wickham seguía con vida.
Darcy se había desquiciado, Wilkins angustiado había pedido a Bingley que los acompañara, ya que temía no poder controlar la situación. Y tenía razón. La presencia de Bingley no intimidó en absoluto a Darcy. Bingley vio cómo su antiguo amigo sobornó a la dueña de la casa, derribó una puerta y casi mata a un hombre a golpes, todo eso en menos de diez minutos. Estaba conmocionado. No podía entender esta reacción.
Darcy miraba alrededor de la habitación de Wickham, como rastreando cualquier pista que indicara que Elizabeth había estado ahí. La cama estaba desecha, y la habitación desordenada. Era un sitio asqueroso, pero no había rastro de su esposa, era evidente que Wickham tampoco esperaba a nadie.
–Señor, creo que está recuperando el conocimiento. –Dijo Wilkins en voz baja.
Darcy se soltó de un tirón de la mano de Bingley, que aún lo sujetaba. Y se agachó hasta estar a la altura de un maltratado Sr. Wickham.
–Escúchame perro –dijo Darcy con una voz intimidante. –No volverás a ver a Elizabeth. Vas a saber de mí, esto no se quedará así. –Su voz era baja y clara. Wickham lo miraba apenas por el ojo izquierdo, el ojo derecho se había hinchado tanto que no lo podía abrir. – No me conformaré con darte una paliza, lamentaras toda tu vida haberte involucrado con mi mujer. No te volverás a acercar a ella, no lo permitiré.
Wickham de pronto sonrió burlón.
–Pero ya es demasiado tarde ¿no? –Murmuró con voz ronca, escupiendo sangre. –Ella me eligió a mí, me ama.
Darcy estaba a punto de darle otro puñetazo, cuando Bingley lo sujeto con firmeza y lo aparto de Wickham.
– ¡Suéltame Bingley! –Gritó Darcy.
–No te imaginas cuánto disfruté de tu mujer en esa cama. –Siguió hablando Wickham, cada vez más alto. –Y te garantizo que ella también disfrutó. Es insaciable.
Darcy se agitaba violentamente del firme agarre de Bingley, quien se esforzaba en no soltarlo. No dudaba que Darcy iba a cometer un asesinato. Él mismo estaba conmocionado, no se creía lo que acababa de escuchar.
Wilkins apretó su agarre en Wickham y este se encogió de dolor.
– ¡Tranquilízate! –le ordeno Bingley.
Darcy se dejó de mover y Bingley soltó su agarre.
–Te destruiré Wickham. –Juró Darcy antes de abandonar la habitación.
…
Después de algunas horas Elizabeth llegó a Hatfield, estaba relativamente cerca de Londres, pero al lado opuesto de Hertfordshire y de Kent. Al llegar a la posada decidió alquilar una habitación y pidió la cena. Estaba muerta de hambre, el miedo y los nervios no le habían dejado probar bocado en todo el día. Dudaba que alguien la buscara ahí.
Se acostó temprano pero no podía dormir, se daba vueltas en la cama, insegura, preguntándose qué haría al día siguiente. Cerca de media noche golpearon la puerta de su habitación.
– ¿Quién es? –Preguntó asustada.
Temía que alguien se hubiese dado cuenta que estaba sola, se arrepintió de no haber pedido al posadero una doncella, para que le hiciera compañía esa noche. Solo pensó en evitar gastos innecesarios.
– ¿Quién está ahí? –Volvió a preguntar. Mirando alrededor de su habitación, buscando algo que pudiese usar para defenderse.
Escuchó un cuchicheo en el pasillo.
–Eh… señora… Vine a dejarle el té. –Murmuró una criada.
Elizabeth suspiró, todavía insegura fue a abrir la puerta. La criada estaba ahí y de pronto de las sombras un brazo se asomó sujetando la puerta.
– Gracias. –Dijo Darcy dejando un puñado de monedas en su mano. La criada lo miró sorprendida, pero rápidamente guardó las monedas y se fue.
Elizabeth intentó cerrar la puerta nuevamente, pero sus manos fuertes se lo impidieron, forzándola a retroceder.
– ¿Cómo sabías dónde estaba?
– Jasper tuvo la brillante idea de seguirte –dijo Darcy cerrando la puerta y apoyándose en ella.
– No tiene derecho a hacerlo – dijo ella amargamente.
– Él trabaja para mí. Y tú eres lo más preciado que yo tengo. Ha hecho lo que debía. Como yo, que voy a hacer lo que debo hacer.
Había una mirada desquiciada en Darcy. «Y tú eres lo más preciado que yo tengo», ella no lo podía creer.
– ¿Y qué se supone que debes hacer? ¿Mentir?
– No dejarte marchar. –Dijo él avanzando un paso.
Elizabeth sintió un frío que la recorría de pies a cabeza.
–Eres como un perro que entierra un hueso y se olvida de él. ¡No tenías el más mínimo interés en ese hueso hasta que vino otro a desenterrarlo!
–Eres mi esposa.
– ¿Desde cuándo? ¿Crees que alimentándome y vistiéndome ya está todo cubierto? Bueno, puedes quedarte con tu ropa y tu comida y tu asqueroso dinero. No quiero nada. Igual que no te quiero a ti.
–Tú siempre me has querido...
–Nunca te he querido. Si en algún momento me sentí atraída hacía ti, ya pasó hace mucho tiempo – dijo Elizabeth con una alegría llena de resentimiento.
–Pero aún quieres que pague por mi actitud –dijo Darcy con rabia contenida. –Por eso te vas sin siquiera decírmelo. Ni siquiera una nota...
– ¿Y qué esperabas? Quizá debí escribir "Querido Fitzwilliam…", no espera, no debería mentir, yo no te quiero nada. Ya sé, mejor "Estúpido Fitzwilliam, estos tres años a tu lado han sido horribles, adiós"
–Lo has traído a mi casa –murmuró Darcy bruscamente.
Elizabeth se puso blanca, y se quedó muda ante la noticia de que Darcy sabía que Wickham había estado en su casa.
–Y seguramente no te hubiese importado llevarlo a nuestra cama también.
Elizabeth se rió con ganas. Por fin tendría la oportunidad de decirle algunas cosas.
– ¡Jamás hemos tenido una cama nuestra!
– ¡Basta ya! Estoy tratando de no perder los estribos –dijo Darcy tensando los músculos de la boca.
– ¡Me da igual! Quiero que te vayas.
– No me iré sin ti.
– ¿Por qué? ¿Qué tengo yo de especial? ¿Por qué no te vas con todas esas mujeres con las que andas? ¿O crees que no me entero de todo de lo que pasa aquí? ¿O es que todas esas chicas atractivas eran una tapadera como lo era nuestro matrimonio? ¿Por qué quieres que me quede? ¿Es que en realidad te gustan los hombres y yo te sirvo para cubrir las formas?
En el mismo momento en que ella pronunció esas palabras, se arrepintió de ellas. Los rasgos de la cara de Darcy parecían a punto de estallar de furia.
–No... Sodomía* no –mientras lo decía se quitó la chaqueta y se aflojó el nudo de su corbata. –Tal vez necesites una demostración...
Elizabeth sabía que no había peor insulto para Darcy, y en cierto modo se sentía satisfecha por haberlo disgustado tanto como él a ella.
– ¿Qué estás haciendo?
–Algo que debí hacer hace años –Darcy se quitó la camisa dejándola junto a la chaqueta.
– ¿Puedes volver a ponerte la ropa, por favor? –preguntó ella titubeando, y sabía perfectamente que sus palabras sonaban ridículas, un hecho que poco la ayudaba en esa situación.
– ¿Te asusta ver algo que tal vez te guste? ¡Dios! Y pensar que estuve a punto de malgastar mi tiempo en cortejar a mi esposa. ¡Pensar que había pensado en hacer cosas estúpidas, como comprarte flores o invitarte a salir! Sube a esa cama.
– ¿Te has vuelto loco?
Antes que pudiera moverse, Darcy la había alzado y la había depositado en la cama que estaba detrás de ella. Se subió encima de ella con tanta rapidez que no le quedó ni la más mínima esperanza de poder escapar. La situación la sobrepasaba.
– Eres mi esposa –la voz de Darcy sonó como un gruñido, y por el tono empleado parecía que con esa afirmación estaba justificado.
– ¡Sal de encima! ¡Me estás aplastando! –le gritó Elizabeth furiosa, rechazándolo con fuerza. –Ve a buscarte una chica guapa de las tuyas. Por lo menos con ella no necesitarás mentir.
–No miento. ¿Cómo iba a mentir? –Darcy se apretó contra ella, metiendo una de sus piernas entre las de ella. Se movió desvergonzadamente, haciéndole notar la dura protuberancia de su masculinidad. –No es ninguna mentira.
– Eres desagradable. –le dijo ella acalorada, mientras notaba un calor entre sus piernas.
– Te deseo –dijo él hundiendo su boca en la curva del cuello de Elizabeth.
– ¡No! –dijo Elizabeth con pánico, a la vez que sentía que una espiral de sensaciones de calor se apoderaba de ella.
Él levantó su cabeza y la miró con deseo. Entonces la besó apasionadamente, con un gesto que indudablemente quería expresar su posesión sobre ella y un intento por dominarla. Y ella lo sabía perfectamente; y luchaba por no sentir lo que sentía. Pero en cada movimiento de su lengua, él le demostraba que ella quería más y más. Elizabeth alzó las manos hasta los hombros de Darcy, abrazándolo.
Darcy, se sentía abrumado. Ella era tan deliciosamente receptiva a sus caricias, la deseaba tanto, la necesidad por ella era dolorosa. Pero una molesta voz en su cabeza le gritaba que se estaba aprovechando de ella. Aunque su cuerpo le exigía satisfacción argumentando que ella era su esposa, en su mente se sentía como un violador. No podía continuar así… Ella lo iba a matar, lo iba a odiar más, nunca lo iba a perdonar. Era posible que ella nunca lo pudiese amar y esa posibilidad era tan dolorosa, que sintió que su respiración fallaba y sus pulmones ardían.
Se detuvo de pronto y la quedó mirando. Ella se veía tan sensual, sus labios estaban rojos e hinchados por sus besos, sus mejillas adorablemente sonrojadas, sus ojos permanecían cerrados y su respiración estaba agitada. No iba a permitir que las palabras de Wickham lo llevaran a hacer algo de lo cual después se iba a arrepentir.
Elizabeth estaba sorprendida por ese asalto, se recordaba que debía respirar e intentaba volver a la realidad. Lentamente le devolvió la mirada a Darcy, sus ojos profundamente azules estaban oscurecidos, parecía estar deslumbrado con lo que veía. La dura expresión de su rostro se había suavizado al punto de verse absolutamente vulnerable. Estaban tan cerca, podía sentir la calidez de su aliento en el rostro… Pensó que volvería a besarla. Pero se sorprendió cuando él se apartó de ella, con una expresión avergonzada se sentó al borde de la cama.
–Yo… lo siento tanto. –Farfulló Darcy. –Por favor Elizabeth, perdóname. Yo nunca debí…
Elizabeth también se sentó. No entendía que estaba ocurriendo.
– ¿Por qué? –le interrumpió ella.
– ¿Por qué? –repitió Darcy confundido.
– ¿Por qué te has detenido?
– Yo… tengo consciencia, aunque no lo creas. –Murmuró él, ante su desconcertada mirada. –No quiero hacer nada que tú no quieras. Yo… estaba furioso, pero… eso no justifica… Yo no me voy a aprovechar de ti.
Elizabeth comprendió que aunque no lo pareciera, su esposo aún conservaba algunos principios. En su mente, ella lo había despojado de toda virtud, por eso se sorprendió. La imagen del hombre implacable que tenía de su esposo, ahora no encaja con el hombre a su lado. Ni siquiera la miraba. Parecía tan culpable y avergonzado.
Ella aún deseaba el divorcio, aún lo odiaba, nunca lo podría perdonar…
Pero por otra parte, ella también lo deseaba, nadie le hacía sentir lo que Darcy la hacía sentir cada vez que la besaba. Los besos con George Wickham habían sido cálidos y dulces, pero no sentía su corazón desbocado, ni la emoción que le provocaba su esposo. Ella siempre había luchado contra esa atracción que él ejercía sobre ella, sospechaba que nunca iba a sentir eso con nadie más.
Además, tenía curiosidad sobre lo que ocurría en el lecho conyugal, tenía una vaga idea al respecto. Ya había leído algunos libros prohibidos que habían estimulado su imaginación. Para ser sincera, le dolía ser la esposa inexperta y rechazada, le avergonzaba seguir siendo virgen después de tres años de matrimonio. Se sentía acalorada, sus pechos dolían y se encontraba vergonzosamente húmeda. Era obvio que su cuerpo necesitaba explorar esa parte de su naturaleza.
Él no la amaba… y ella tampoco lo amaba.
Elizabeth se dijo que sería ella quién se aprovecharía de su esposo. Lo usaría para descubrir los placeres carnales, no seguiría siendo la esposa virgen, iba a consumar su matrimonio. Pero estaba decidida a desechar a su marido, lo iba a abandonar y reclamar su libertad.
Elizabeth sonrió de lado muy conforme consigo misma.
Darcy sentía que el silencio de Elizabeth era aterrador. Parecía perdida en sus pensamientos. Los minutos pasaban y ya no lo pudo soportar, así que se puso de pie y camino directo hacia la puerta.
– ¿A dónde vas? –le preguntó ella.
Él se detuvo a centímetros de la puerta. Suspiro antes de girarse a mirarla.
–Creo que lo mejor será que me vaya.
– ¿Así? ¿Sin ropa? –Preguntó ella con la diversión brillando en sus ojos.
¡Demonios! ¡Estaba medio desnudo! Lo único que aún lo cubría eran sus pantalones y sus botas.
Ella se acercó hasta quedar en frente de él y sonrió descaradamente. Darcy sintió como su corazón daba un vuelco dentro de su pecho y la emoción lo dejó perplejo.
¿Ella le había sonreído? ¿A él? Habían pasado años desde la última vez que ella lo había mirado así.
–Elizabeth ¿Qué estás haciendo? –preguntó él desconcertado.
–Fitzwilliam… –Susurró ella antes de besarlo.
Elizabeth no estaba segura sobre cómo debía seducir a un hombre. Solo siguió su instinto y confió en que Darcy la ayudaría a hacer el resto. Él le había dicho que la deseaba.
Darcy no entendía ¡Ella lo estaba besando! No lo podía creer. Probablemente era un sueño, ella jamás lo besaría, ella lo odiaba. Seguramente Elizabeth lo había golpeado en la cabeza y ahora estaba delirando. Sí, probablemente era eso. Pensaba frenético.
Era un beso tierno, dulce, pero no podía evitar la corriente de excitación que recorría su cuerpo. Sus manos se aferraron a su estrecha cintura, mientras ella abandonaba sus labios para besarle el cuello.
¡No podía ser!
–Lizzy, estás jugando con fuego. –murmuró ronco.
Entonces Elizabeth alzó la cabeza, lo miró directamente a los ojos y tocó la boca sensual de él con sus labios, y luego, de manera más descarada, con la punta de su lengua, imitó inconscientemente lo que él le había enseñado momentos antes. Darcy se estremeció y aceptó la invitación, reaccionando con una pasión que la desbordó. Los brazos de él la apretaron tan fuerte, que apenas podía respirar.
Darcy cargo a su esposa de vuelta a la cama.
–Eres mía.- dijo él en un gemido.
De todos modos ella no lo estaba escuchando atentamente. Rodaron en la cama, envueltos en una excitación que ninguno de los dos podía controlar. Elizabeth oyó el desgarro de la voz de Darcy. Ella estaba perdida totalmente en la ola de calor y la fragancia de su cuerpo. Él estaba tan excitado, que su fragancia era como un afrodisíaco que le ponía la piel de gallina. Cada parte de su cuerpo musculoso en contacto con la piel de Elizabeth la volvía loca de placer. Cada caricia era una incitación a más.
Darcy gimió contra su boca roja e hinchada de ella.
–No puedo esperar…
Entonces él entró donde ella más lo deseaba. Ella buscó los rasgos tensos de la cara de Darcy, y por un momento vio en él tal expresión de vulnerabilidad, que su corazón dio un respingo. Y entonces le deseó tanto que casi le dolió.
Ella nunca había estado con otro hombre, solo era suya. El alivio fue abrumador y Darcy agradeció al cielo su buena fortuna.
Elizabeth aún no había vuelto a la tierra, seguía flotando en su propio placer. Se pegó a él, oliendo su fragancia, presionando sus labios sobre los hombros de él. Se fue la luz. Y un silencio cayó sobre los dos. Elizabeth estaba exhausta, y pasó de la irrealidad al sueño, con el cuerpo extendió encima de Darcy.
Darcy se quedó mirando el rostro relajado de su esposa. Y sintió una emoción tan grande en su pecho, la abrazo un poco más y suspiró feliz. Olfateo el aroma de su cabello una mezcla floral con lavanda. Se prometió que a partir de ese momento viviría para hacerla feliz, esperaba con el tiempo ganar su amor.
Todavía no podía creer su suerte, su esposa había tomado la iniciativa y había sido tan maravilloso. Era el destino, ella le pertenecía, como él le pertenecía a ella. Así debía ser para siempre.
Se preguntaba que hubiese hecho si las acusaciones de Wickham fuesen reales. La imagen perturbadora de Elizabeth en los brazos de Wickham había rondado por su mente en los últimos días. Y era espantoso, era una posibilidad que había sopesado durante el camino a Hatfield. Gracias a Dios, solo se trataba de otra vil mentira de Wickham.
Y estaba sinceramente agradecido, sabía que no tenía derecho a reclamarle nada a Elizabeth. Él había dejado el camino disponible para que llegara otro hombre a usurpar su lugar. Era consiente de todos sus errores, pero intentaría remediarlo.
Dejaría atrás todo resentimiento e intentaría perdonar al Sr. Bennet.
De cualquier modo, debía localizar esa carta, era un tema de seguridad. No podía exponer a su familia a la vergüenza, ni a su hermana Georgiana a la humillación. Por otro lado también tenía que deshacerse del perro de Wickham, ya había comprado casi la totalidad de sus deudas. Pronto podría enviarlo a la cárcel de deudores. Y como no había forma en que Wickham le pudiese pagar la totalidad de la deuda, jamás podría salir de ahí. Era un plan perfecto, se felicitó a sí mismo.
…
Oyó la voz de Darcy, dando instrucciones a un criado. Pero ella estaba en la cama, ¿cómo era posible? Pestañeo para volver a la realidad. Elizabeth se sintió confusa. A su mente acudieron imágenes de la noche anterior.
Elizabeth se sonrojó. De no ser porque Darcy estaba presente, hubiera pensado que era un sueño. O una pesadilla...
Había tomado la decisión de abandonar a Darcy y eso le había dado fortaleza. Pero entonces él la había besado, y ella inexplicablemente había decidido entregarse a él. Y lo había disfrutado, había sido maravilloso. Pero se recordó que aún lo odiaba y no se rendiría al enemigo. Porque él era el enemigo.
Su vista, por otra parte, se recreaba en él. En su cabellera oscura, en el ancho de sus hombros que dibujaba la tela de la chaqueta, en las caderas estrechas que en ese momento dibujaban las manos que se metían en los bolsillos del pantalón del traje, en las piernas largas que se separaban levemente.
Pensó que después de la noche anterior, podría decir adiós con indiferencia. Pero se daba cuenta de que aún lo deseaba y sintió ganas de llorar. Pero se abstuvo. De alguna manera sentía que se había traicionado a sí misma.
Darcy cerró la puerta y fue hacia la cama. El depredador le sonrió. Tenía un aire de autocomplacencia, y la miró expresándoselo. Se sentó entonces al borde de la cama, y le dijo:
–Es una mañana estupenda.
Ella lo miró con deprecio.
– ¿Para qué?
–Para viajar a Kent– agregó desconcertado. –Y si me dices que no vas a venir... no, no te atreverías. No, después de lo que ha ocurrido anoche.
–Eso fue sexo, nada más – dijo Elizabeth con gesto severo. –Si quieres tómalo como una despedida.
–No entiendo. –Dijo Darcy muy serio. –Anoche fuiste tú quién decidió consumar nuestro matrimonio. Y fue fabuloso, maravilloso, increíble. Si no fuese porque el carruaje nos está esperando, seguiría en la cama. –confesó con voz profunda.
Elizabeth sintió sus mejillas arder.
–Fue nuestra primera y última vez. –Sentenció Elizabeth. –Hoy estoy lista para pedir el divorcio.
–No comprendo. –Dijo Darcy incorporándose enojado.
–Tenía curiosidad sobre tus actividades extramatrimoniales. –Se explicó ella. –Quería saber qué hacías con todas esas mujeres con las que me engañas. Cómo lo hacías y que se sentía… Yo no tengo con quién compararte, pero supongo que estuvo bien. Pero ya veré a futuro.
Darcy se puso pálido, nunca podría hacer que ella olvidara sus infidelidades. Aunque sinceramente se arrepintiera por ello. Sentía dolor en el pecho, intentaba disimular cualquier rastro de dolor en su rostro. Si no aguantas esto, la perderás. Se repetía en su mente.
–Eres mi esposa. Jamás tendrás la posibilidad acostarte con otro hombre para compararme. Tendrás que conformarte conmigo. Querida.
–Ayer te he dejado – dijo Elizabeth con los dientes apretados.
– ¡Dios Mío! Y hoy estamos más cerca que nunca. La vida es impredecible. Piensa en esto como si fuera el primer día de nuestro matrimonio.
– ¡Es lo más nauseabundo que se te puede ocurrir! No quiero ir a Kent –protestó Elizabeth.
– Pero lo harás –le dijo él. –Mi familia se reunirá para conocerte en casa de mi Tía. No me importa si tengo que llevarte a rastras y gritando todo el camino. ¡Para que lo sepas, has tomado la decisión anoche!
– Anoche escogí usarte para mi propio placer. Hoy elijo abandonarte– declaró Elizabeth orgullosa.
Darcy levantó una ceja y parecía divertido con la idea.
–Estoy plenamente dispuesto a darte placer. –Se acercó hasta tener su rostro a centímetros de ella. –De noche, de día, cuando tú quieras. –Susurró con voz profunda y Elizabeth se estremeció. –Dame una oportunidad…
– ¡No! –le interrumpió Elizabeth, apartándolo con sus brazos.
–Bien, no te dejaré ir sin intentarlo. –Dijo Darcy muy resuelto. –Bueno, y ahora, ¿por qué no te vistes? Le di instrucciones a la Sra. Jones para que te hiciera el equipaje, lo pasaremos a buscar a Londres. Pensé que lo que tuvieras aquí no te serviría para la estancia en Kent.
Elizabeth se incorporó en la cama. Se sentía mal realmente. Fue al cuarto de baño. Su propia estupidez la había llevado a este suplicio. Ella había creído que estaba enamorada de George Wickham. ¿Había sido George para ella una forma de evasión de su matrimonio? ¿Lo habría utilizado para sentir las fuerzas necesarias para abandonar a Darcy? Porque la idea de que alguien la amaba le había dado fuerzas, le había dado confianza en sí misma.
El Sr. Wickham no la amaba. Pero, ¿ella lo había amado realmente?
Había sido muy doloroso descubrir que él la había visto solamente una vez como un objetivo rentable. Pero, ¿lo añoraba ella todavía? No. Todo había terminado. No quería volver a ver a George. ¿Lo había amado realmente? ¿O había sido producto de su gran soledad?
Se lavó la cara y se miró al espejo. Se sentía débil, indefensa y mareada.
Lo que había sucedido la noche anterior había sido un error incalculable. ¿Debía soportar ahora la vergüenza de seguir al lado de Darcy aún a sabiendas de que ella consideraba ese hecho como lo peor que podía ocurrirle?
Reunió fuerzas para recomponerse y salió del baño. Entonces se apoyó en la puerta para no caerse. Darcy la miró extrañado y le preguntó:
– ¿Ocurre algo?
–Me parece que tengo gripe. Pero no es nada importante... – respiró hondo y agregó –Me quedo aquí. No volveré contigo.
–No te encuentras bien. No sabes lo que dices –la interrumpió Darcy. –Te llevaré yo al carruaje.
– ¡No! –dijo ella con lágrimas en los ojos, y a punto de desfallecer. – ¿No me has oído? Tú no eres un hombre para mí.
Darcy la alzó en brazos al ver que ella se quería apartar de él.
– ¡Por favor! –no podía hacerlo razonar para que la soltara. –No quiero ir contigo. Quiero quedarme aquí.
Darcy la miró atentamente, su esposa estaba muy pálida y eso le preocupaba. No entendía por qué seguía discutiendo y no dejaba que él la cuidara. Entonces un pensamiento lo indignó.
– ¡No! ¿Lo estás esperando a él, no es así? –preguntó él furioso. – ¡Si no estuvieras mareada te sacudiría!
Su baúl ya no estaba en la habitación, pudo comprobar ella con horror, mientras Darcy abría la puerta de la habitación con una mano y con la otra la sostenía firmemente.
– ¡Déjame marchar!
– Si te dejo marchar, te caerás al suelo –dijo él y luego agregó un sonido gutural que sonó como una grosería, con una expresión dura mientras cerraba la puerta con violencia.
–Quiero el divorcio. ¡No quiero ir a Kent! – dijo ella con pánico.
–Debieras haberlo pensado anoche –dijo él saliendo con ella en brazos de la posada.
– ¡Fue un error! ¡Bájame!
–No sabes lo que haces ni lo que dices –Darcy la sujetó con firmeza, sin siquiera concederle una mirada.
–Sé... – no podía hablar casi. Pero hubiese gritado, de no ser porque había perdido las fuerzas tanto físicas como psíquicas, a cuenta de sus conflictos emocionales. –Te odio –dijo finalmente.
*Sodomía: Sinónimo de Homosexualidad. La idea era que Darcy dijera "No, homosexual, no" Pero la esa palabra recién fue acuñada en 1863 y esta historia trascurre a principios del 1800. / Sé que no importa, pero soy medio ñoña.
He retirado todo el lemon explicito, pero lo pueden leer completo la otra historia clasificación M
Un Matrimonio Diferente (Viñetas)
