Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 9:

Darcy la llevó en brazos hasta el carruaje y luego la envolvió en una manta. Algo más tarde. Elizabeth oyó una voz que le resultó familiar.

– ¡Pobrecita! Me da tanta pena…

Reconoció a la criada que la noche anterior había ayudado a Darcy a emboscarla. Ahora le daba un vaso a Darcy, y cuando éste la incorporó para darle un trago, agregó.

–Está fatal...

–Bebe. Te hará sentir mejor –la incitó Darcy.

No había nada que pudiera hacerla sentir mejor. Darcy se estaba aprovechando de su enfermedad. Bebió, porque supuso que ningún argumento le valdría a él. Lo que había hecho él no era mucho menos que un secuestro.

–No puedo dejarte sola en la posada en estas condiciones –murmuró él, como si hubiera leído los pensamientos de ella.

– ¡No te perdonaré jamás! ¡Ojalá te contagies! –titubeó Elizabeth.

Inesperadamente, Darcy se rió, mientras le rodeaba los hombros con sus brazos, como si desafiara el contagio. Darcy nunca estaba enfermo. La idea lo divertía, porque tenía una salud de hierro.

A partir de ese momento. Elizabeth perdió totalmente la noción del tiempo. Tampoco distinguía entre el sueño o la vigilia. ¿Había dormido?

– ¿Elizabeth? –Darcy la sacudió con cuidado. Pero ella no respondió. –Cariño ¿me escuchas?

Darcy se empezó a preocupar seriamente, ella estaba inmóvil en sus brazos. Ya llevaban algunas horas de camino, sus brazos dolían por el esfuerzo de mantener a Lizzy cargada. Pero no estaba listo para soltarla, de algún modo era reconfortante tenerla cerca. Por otro lado empezaba a temer que esto fuese más que un simple resfriado. Solo sabía que esa palidez en su rostro no era normal, sus mejillas estaban coloreadas en un enfermizo color rojizo. Tocó su frente y sintió que el miedo lo desbordaba.

– ¡Está hirviendo en fiebre! –murmuró afligido.

–Señor creo que deberíamos detenernos y quedarnos en alguna posada hasta que la Sra. Darcy esté más recuperada. –comentó Wilkins.

–Pero ya estamos cerca de Londres… –agregó la doncella.

Darcy miró por la ventanilla comprobando que efectivamente estaban a poco más de una hora de Londres, pero prefería no seguir viajando con su esposa en este estado.

–Wilkins, dile al cochero que tome el camino a la hacienda de Wembley. –Ordenó Darcy. –Estaremos ahí en unos minutos –le murmuró a la doncella.

– ¡Oh, cállate! –Farfulló Elizabeth incoherente. –Eres insufrible… Darcy… Estúpido… –susurró apenas.

–Lizzy, estamos por llegar.

...

Unas voces a lo lejos le hicieron suponer que habían llegado. Seguro ya estaban en Kent, pensó con amargura, y hundiéndose en una espantosa sensación de fracaso.

Una discusión la puso alerta. Alguien la apoyó sobre algún sitio, levantó la manta, le puso una mano en la frente. Sus ojos se fijaron en un cielo raso blanco.Oía la voz de Darcy. Parecía enfadado, disgustado. Y la voz que antes parecía enojada, de pronto se había suavizado. Era una voz masculina muy atractiva y expresiva. Con gran esfuerzo, Elizabeth giró la cabeza para ver quién era.

Un hombre alto y joven, estaba conversando con Darcy quién le apretaba un hombro de forma amenazadora.

Por momentos estaba inconsciente. La siguiente vez que abrió los ojos, el hombre le estaba dando algo a Darcy, y esa vez pudo verlo bien. Era un hombre atractivo, de piel clara y amables ojos avellana que hacían juego con su cabello, en ese momento le dedicaba una mirada burlona a Darcy.

Elizabeth tosió fuerte. Ellos entonces se dieron vuelta para mirarla.

–Pensé que estabas dormida. Éste es el doctor Douglas – dijo Darcy con desgana.

–John –agregó su acompañante forzando un tono de informalidad con ella. –Me temo que va a sentirse algo peor antes que haya una mejoría, Sra. Darcy.

Elizabeth cerró los ojos, ya se sentía peor. Estaba totalmente sudada, la cara, el pelo, la ropa. Le dolía todo el cuerpo. Tenía ganas de llorar, pero no tenía la fuerza para hacerlo.

–Estaba muy asustado realmente. Parecías tan enferma. Pensé que podía ser neumonía o algo así. No sabía qué hacer. Estaba aterrado.

¿Darcy aterrado? Era una imagen de él que no encajaba. Entonces, Fitzwilliam se volvió a hablar en voz baja con una mujer joven. Le pareció que discutían acaloradamente. Pero Elizabeth nuevamente se desvaneció.

Había una mezcla de ruidos de fondo. No podía distinguir de dónde venían. La mente de Elizabeth era un caos de imágenes y sentimientos. Había tenido fiebre. Había transpirado y había estado con tiritona durante un tiempo que ella no podía determinar. El día y la noche se le mezclaban indistintamente.

Recordaba que la habían secado y lavado con una esponja repetidas veces, pero que había sido incapaz de hablar a causa de su debilidad. Recordaba también la silueta de Darcy en la penumbra de una habitación desconocida. Darcy sentado con expresión asombrosamente preocupada en la luz del amanecer. También había habido más gente, pero le costaba recordarlo.

Abrió los ojos. Una criada corrió las cortinas de un ventanal que dejó a la vista un cielo espléndidamente azul. Entonces la luz del sol la cegó, y tuvo que darse la vuelta. En ese momento se dio cuenta de que afortunadamente no le dolía la garganta, ni la cabeza, y que su cuerpo no se resentía con cada movimiento. La puerta se cerró. Tuvo ganas de darse un baño.

Intentó sentarse. Pero el cuerpo no le obedeció. Con un gemido de impaciencia, estiró las piernas para alcanzar la mullida moqueta. Era una habitación grande. La luz de una lámpara le hacía difícil distinguir los contornos.

Apoyándose en la cama, decidió ponerse de pie. Pero se tambaleó como un borracho, admitiendo entonces que no se encontraba tan bien como ella había creído. Pero la obstinación la llevó a la suite anexa a la habitación.

Descubrió entonces accidentalmente su cara en el espejo del baño. Estaba horrible. Pálida, demacrada, el pelo en una madeja lacia y húmeda. Al costado había un gran recipiente con agua, haciendo un esfuerzo lo acercó un poco más y se inclinó sobre él. Por lo menos si estaba limpia se sentiría algo mejor.

– ¡Dios! ¿Qué demonios estás haciendo? –Darcy se puso a su lado.

Se erguía alto y elegante. Su aspecto la intimidaba, estaba atractivo e impecable.

– ¿Estás loca? ¡Deberías estar en la cama! – tronó la voz de Darcy, no satisfecho con haberla asustado al encontrárselo.

–Quiero lavarme, necesito un baño– dijo ella extremadamente débil.

– ¿Vas a darte un baño cuando apenas puedes ponerte de pie? –dijo él inclinándose para alzarla.

Elizabeth estalló en llanto, desconcertándolo tanto como a sí misma. En ese momento pareció relajarse la tensión y ambos se abandonaron sorpresivamente a la expresión de sus sentimientos, como si alguien hubiese abierto de pronto la compuerta que los frenaba con firmeza. Su efecto fue asombroso.

Darcy soltó algo intangible, la alzó aún más y la acunó durante un segundo, mientras se disculpaba por haberla hecho sentir tan mal y le aseguraba que por supuesto que podía tomar un baño si tanto lo quería. Se trataba sólo de que ella había estado tan enferma, que él se había puesto muy tenso, y que tenía miedo de que pudiera descuidarse y tener una recaída. Darcy parecía ponerse de rodillas, metafóricamente. Ella lo desconocía totalmente.

Quince minutos más tarde, Elizabeth se metía en la bañera, su doncella silenciosamente la había ayudado. Se sentía extrañamente conmovida por la preocupación que parecía tener Darcy. No podía entender, ahora menos que nunca, que su enfermedad la había dejado en un estado de confusión mayor, por qué Darcy la había querido llevar a Kent en un intento de hacer valer su matrimonio que no había valido nada desde el principio.

El lavado de su cabello la había dejado exhausta. Al salir del baño no se resistió a que Darcy la llevase hasta la cama. Y a decir verdad le asombraba con la paciencia que la había esperado.

Darcy tomó la toalla en las manos de la doncella y con una mirada severa la despachó de la habitación. Se sentó detrás de su esposa y con delicadeza empezó a secarle el cabello.

– ¿Te acuerdas de algo del viaje hacia aquí? – le preguntó él.

–Nada –contestó ella en un suspiro.

–No estamos en Kent. Como estabas enferma, no tenía sentido llevarte a casa de mi tía Lady Katherine. Así que te traje aquí en lugar de llevarte allí.

– ¿Dónde es aquí?

– Wembley, una propiedad que compró mi padre poco antes de su muerte. Está a las afueras de Londres, es tranquilo y tiene jardines espectaculares. Es el lugar perfecto para que te recuperes.

– ¿Otra casa? –Elizabeth se llevó la mano a la frente. La enfermedad no la dejaba pensar con claridad. Pero había algo que estaba claro por lo menos; no sabía nada de su marido, con quien llevaba casada tres años.

Una criada sonriente los interrumpió para traer el desayuno. El estómago de Elizabeth se alertó ante la vista de la bandeja, y entonces se dio cuenta de lo hambrienta que estaba.

– ¿Cuánto tiempo hace que estoy aquí? –preguntó.

–Dos días...

– ¿Dos?

En ese momento golpearon la puerta. Entró una hermosa joven con un vestido rosa pálido y el cabello semirecogido con hermosos rizos dorados sobre sus hombros.

–Veo que estás mejor...

–Elizabeth, esta es mi hermana, Georgiana...

–Un placer… – interrumpió la joven nerviosa. –Salí a recibirte, pero seguramente no me recordarás. Estabas prácticamente inconsciente.

–Lo siento –sonrió Elizabeth, contagiada de la simpatía de la muchacha.

Elizabeth volvió a sentir la embarazosa sensación de no conocer nada acerca de Darcy.

–Elizabeth tiene que descansar. Es mejor que no le hables mucho – le advirtió Darcy.

Georgiana se puso colorada, obviamente avergonzada por el comentario de su hermano.

–Pero me gustaría mucho tener un poco de compañía –protestó Elizabeth.

– ¡Asombroso! Pensé que serías mayor. O tal vez seas mayor de lo que aparentas ¿Qué edad tienes? – preguntó Georgiana.

–Georgiana... –dijo Darcy con un tono de advertencia.

–Veintitrés.

– ¿Te casaste a los veinte? –Georgiana abrió los ojos grandes de asombro y miró a su hermano con reproche. – ¿Y tú dices que diecinueve años es poco para comprometerme? – le preguntó molesta.

Elizabeth reprimió una risa al ver el gesto de Darcy avecinando una tormenta, y salió en ayuda de la simpática muchacha, cambiando de tema.

–He escuchado que eres muy virtuosa en la música.

–Oh… –murmuró ella levemente sonrojada. –Sí, eso… Me gusta la música, pero no me considero una virtuosa. Aún recibo lecciones en Londres. Me hubiese gustado saber tu edad. Te hubiese ido a visitar y te hubiese conocido hace años... A pesar de lo que todo el mundo decía.

Entonces Darcy dijo algo en un idioma extraño. Georgiana se puso rígida, y su hermosa cara se tensó al mismo tiempo que bajaba la cabeza.

– ¿Qué idioma ha sido ese? –preguntó Elizabeth. Aunque internamente se preguntaba ¿Qué habría dicho la familia Darcy de la esposa de Fitzwilliam, a quien no conocían?

–Latín… –Susurró Georgiana avergonzada.

–Es muy grosero hablar en un idioma que yo no conozco Fitzwilliam. –Regaño Elizabeth en tono serio, pero con una leve sonrisa en su rostro le guiñó un ojo a su cuñada.

Georgiana suspiró y Darcy sonrió imperceptiblemente.

–No dejes que te canse – dijo Darcy resignado, yendo hacia la puerta.

–Se pone un poco pesado, a veces –murmuró Georgiana, y luego le dedicó una risita a Elizabeth.

– ¡Tienes razón! –dijo Elizabeth riéndose, al mismo tiempo que se daba cuenta de lo deprimida que había estado hasta la llegada de Georgiana.

–Me ha costado convencerlo para que me dejara venir a verte. Cree que te desaprobaré y no entiendo por qué… –Georgiana la miró con curiosidad y Elizabeth solo pudo bajar la mirada nerviosa. –Fitzwilliam siente aprensión por mí, me cuesta mucho entablar amistad, pero estoy trabajando en eso. Pero él aún teme por los nervios y el miedo que sufro cuando debo ir a esas espantosas reuniones familiares.

–Supongo que debe ser bastante intimidante...

– ¡Oh! No es eso. Es que todos son tan rígidos en presencia de Lady Catherine De Bourgh y la tensa relación que tiene con la Condesa de Matlock. ¡Es espantoso! Pareciera que todo lo que haces está mal, aunque no hagas nada en absoluto.

– ¿Es tan malo?

– En realidad sólo me asusta la tía Catherine. Tía Matlock es bastante agradable en otras circunstancias.

–Oh… supongo que es bueno saberlo.

–Mi primo Richard también es bastante agradable. Él es bastante cercano, ha estado a nuestro lado en los momentos más difíciles.

Elizabeth siempre había pensado que Darcy vivía muy apartado de su familia. Pero parecía sí tenía vínculos familiares bastante fuertes, probablemente solo la había mantenido a ella al margen de todo.

–Si hubiese sabido cómo eras... tenía mucha curiosidad por conocerte.

–Gracias... yo también tenía curiosidad… –Murmuró Elizabeth. Sin querer admitir que Darcy no le había contado nada sobre su familia y que toda la información que tenía sobre Georgiana era los comentarios de la fastidiosa Caroline Bingley.

–Quiero decirte que eres bienvenida. En mi opinión la familia te ha tratado muy mal. –Comentó Georgiana moviendo las manos nerviosamente.

Elizabeth sorbió el té.

–Yo...

–Y tú no tenías la culpa de lo que ocurrió– continuó la joven, mientras se levantaba de la cama e iba hacia la ventana. –Yo me hubiese sentido muy mal si la familia de mi marido no hubiera querido saber nada de mí... ¡me hubiera dolido mucho, y hubiera estado furiosa con ellos!

Por lo que parecía, Darcy no la había mantenido alejada de su familia por propia decisión, sino que su familia la había rechazado. Pero ella no sentía ni pena ni furia. Sabía que su matrimonio no había sido normal. No debía preocuparse por algo como la falta de interés de la familia de su esposo, o su distancia hacia ella. Tenía cosas más importantes en qué pensar…

–No estoy furiosa – dijo secamente.

–Pero era tan injusto... No tenías la culpa de que Fitzwilliam se enamorase perdidamente de ti, y dejase todos los prospectos que tenían para él. Quiero decir, que hubiese sido peor que se enamorase de ti después de que se hubiese casado con la Señorita Evans, aunque se conocían desde niños eso a veces no es suficiente…

Por suerte, Elizabeth se libró de contestarle, porque una criada entró para dirigirse a Georgiana.

– ¡Dios! ¡Carta de tía Katherine! – protestó la joven. –Seguro quiere darme un sermón antes de la reunión. –Georgiana frunció el ceño, y por primera vez se fijó en la palidez de Elizabeth. –Deberías dormir un poco. Se te ve cansada. Te veré luego.

«Increíble», pensó, después de oír semejante revelación. Y sintió también que empezaba a salir de su estado de aletargamiento.