Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 10:

Elizabeth no salía de su asombro. Darcy había tenido otra opción para tomar esposa, mucho más conveniente que ella. Hasta que su padre había intervenido en la elección. Sintió vértigo ante el significado de este hecho.

Darcy no la había necesitado a ella para heredar lo que sea que hubiese en el testamento del Conde de Matlock. ¿Qué argumento había usado su padre para obligarlo a casarse con ella? ¿Qué es lo que había descubierto el Sr. Bennet para lograr la rendición total de Fitzwilliam Darcy? De todas maneras no lograba entender ¿Por qué insistía en que ella siguiera siendo su esposa? ¿Por qué había rechazado su propia libertad?

Quizá esa señorita, que había mencionado Georgiana, era alguien importante. Quizá su esposo había llegado a algún entendimiento con ella. Quizá se había visto forzado a dejar a la mujer por la que realmente tenía sentimientos. ¡Ahora comprendía por qué Darcy no había querido decirle todo lo que le había costado su boda con ella!

Él decía odiarla. No podía ser de otro modo. Y ahora se estaba vengando. Elizabeth hundió su cara en la almohada, con la sensación de ser la más desgraciada y estar más sola que nunca. Del mismo modo que el Sr. Bennet había manipulado a Darcy forzándolo a una vida que él no había elegido, tres años atrás, ahora Darcy quería que su hija sufriera el mismo destino presionándola para permanecer a su lado.

Fitzwilliam se había sentido atraído por su esposa el día que ésta le había dicho que estaba enamorada de otro hombre. Hasta entonces había creído que ella aún lo amaba, y la había estado castigando con su indiferencia para que pagase los pecados de su padre. Darcy aún no sabía que ella había descartado el Sr. Wickham de su vida, pero estaba dispuesto a conseguir que así fuera. Tal vez por lo de «ojo por ojo, diente por diente». Él había sido privado de escoger a su amor verdadero, quizás ahora quería que Elizabeth también perdiese a su amor.

Su padre siempre había sido inalcanzable a causa de su chantaje, pero ella era un objeto fácil para la venganza. Y Darcy era un sádico. Incluso había representado el papel de hombre apasionado con ella, cuando ahora quedaba claro que había sido todo planeado para desquitarse. En su momento ella había pensado que él le había querido demostrar que podían tener un matrimonio de verdad, y que quería hacerla tambalear en su convencimiento de que amaba a George Wickham. Pero ahora veía que el motivo por el que había hecho el amor con ella era aún más humillante. La había seducido para dejarla más confusa aún. Elizabeth se sentía degradada por su propia vulnerabilidad.

–Hermano, tu esposa es encantadora. Fue muy sencillo hablar con ella, es muy agradable.

Darcy no sabía que sentir al respecto, esperaba que Georgiana se sintiera tímida y renuente a establecer un contacto directo con su esposa. Después de todas las habladurías que habían desencadenado su precipitado matrimonio y la censura que su esposa había recibido, pensó que de alguna manera eso influiría en la opinión de su hermana sobre su esposa. Georgiana solía ser muy nerviosa y tímida, pero en esta ocasión había sido todo lo contrario. Para su sorpresa, su hermana estaba ansiosa por conocer a Elizabeth, fue muy sociable y la conexión había sido instantánea.

Por otro lado, sabía que había sido estúpido creer que Georgiana no iba a simpatizar con su esposa. Elizabeth era encantadora, era amable con todos a quienes conocía. Debía reconocer que ella solo era desdeñosa y desagradable con él.

– ¿Hermano? –preguntó Georgiana al no recibir respuesta.

–Oh, sí. Lo siento, estaba pensando –murmuró Darcy. –Me alegro que ella sea de tu agrado.

–También es muy guapa, aún enferma, ella es muy bonita. –Continuó ella emocionada. –Tiene un "algo" que la hace muy especial.

Darcy lo sabía, su esposa era hermosa y él era su primer admirador. A veces no podía entender cómo siendo tan irritante podía ser tan atractiva.

–Lo sé. Es hermosa. Y sus ojos me vuelven loco… –comentó Darcy inconscientemente.

– ¡Aw! Fitzwilliam, eso ha sido muy tierno.

Darcy se sonrojo, ese comentario había sido impertinente en presencia de su pequeña hermana. Georgiana soltó una pequeña risita al ver a su hermano avergonzado.

De pronto Georgiana enmudeció, Darcy se preguntó qué había ocurrido, cuando notó al visitante que entraba al salón.

–Buenas tardes. –Saludó el Dr. John Douglas con una reverencia a ambos.

–Hola John, me imagino que vienes a ver a mi esposa.

–Sí, claro… –murmuró John, mirando a Georgiana por el rabillo del ojo.

Georgina estaba sonrojada, mirándolo de soslayo. Darcy quiso poner los ojos en blanco, pero se contuvo.

–Georgiana te puedes retirar. –Le indicó Darcy con suavidad, aunque con su mirada indicaba que era una orden inmediata.

–Sí... –ella hizo una breve reverencia. –Adiós doctor... –murmuró con voz cantarina antes de desaparecer por el corredor.

Darcy notó que John seguía a su hermana con la mirada, y suspiro levemente cuando la perdió de vista. Entonces se volvió hacia él con una mirada resignada.

–Lo sé, no te preocupes. –Comentó Darcy y prefirió cambiar de tema. –Mi esposa se encuentra durmiendo, vamos a su habitación.

Darcy prefería evitar el tema a toda costa. Hace unos meses, John le había informado que buscaría otro médico para la familia, no entró en detalles pero se veía angustiado. Cuando le cuestionó la razón, el joven no había podido mirarlo a los ojos, solo insistió que él ya no podía continuar.

John Douglas, había sido el aprendiz de su anterior médico familiar, el Sr. Anderson, que ya muy anciano había decidido retirarse. Darcy había conocido a John desde muy pequeño, era parte del servicio en la casa que la familia Evans tenía en Londres, pero era común verlo en la casa Darcy de haciendo mandados, era un niño muy animado e inteligente. También muy curioso y entrometido, algo que no había cambiado con el pasar del tiempo.

Con los años el Dr. Anderson había decidido entrenarlo, después de todo parecía que el muchacho lo perseguía y siempre aparecía cuando lo llamaban de urgencia, habían tratado todo tipo de casos juntos, así que el llamarlo aprendiz solo era una formalidad. Cuando Darcy había recibido su herencia, había decidido ser benefactor de John, para que recibiera formación formal en Cambridge, donde había demostrado ser hábil y se había destacado rápidamente.

El joven había trabajado mucho y había logrado viajar por toda Europa aprendiendo de los mejores. Ahora con apenas 25 años, era uno de los médicos con mejor formación en Londres. Pero su apariencia juvenil y esa mirada juguetona, le quitaban credibilidad, por lo que aún se esforzaba por hacerse un nombre y ganarse la confianza de la gente. Y Darcy sabía que intentaba aparentar una seriedad que no tenía. John solía andar alegremente por la vida, bromeando, jugando y siendo terriblemente irritante en ocasiones.

Por esa razón, era extraño que decidiera alejarse de la familia Darcy. Cuando Fitzwilliam le había ofrecido remplazar al Dr. Anderson, era una oportunidad, que le había permitido al joven afianzarse como un médico importante y a su vez otras familias también lo habían considerado.

Georgiana había estado en tratamiento médico durante algunos meses por un dolor en su mano y brazo izquierdo, lo cual le había preocupado bastante pues le impedía tocar el piano. Aunque ya había hecho consultas con el doctor en Derbyshire, a sugerencia de Darcy, decidió viajar a Londres para consultar con John.

Cuando Georgiana se enteró de la decisión de John, miró a su hermano acusadoramente. Y antes de que ella hablara, Darcy supo lo que había ocurrido. Fue una revelación. Él ya había visto esa expresión antes.

– ¿Qué le has dicho? –Preguntó ella enojada.

–No le he dicho nada, no es mi culpa Georgiana. Él tomó la decisión y ahora veo por qué… –Dijo mirándola aún con incredulidad.

Darcy siempre pensó que después de su experiencia con Wickham, su hermana no podría confiar en nadie más, pensó que no volvería a creer en el amor. De alguna manera, que ella aún fuese capaz de tener esos sentimientos era una bendición. También una maldición, porqué el joven en cuestión era totalmente inadecuado para ella.

Georgiana supo que se había delatado sola y se sintió completamente avergonzada. Pero fiel a su promesa, de no ocultarle nada a su hermano, empezó a contarlo todo.

–Creo que fue a primera vista, él es tan atractivo... Después lo conocí mejor y creo que ahora lo amo… es dulce, bueno y comprensivo. No lo pude evitar, lo siento… –Susurró totalmente sonrojada.

–Georgiana… –murmuró Darcy abrazándola. –John… ¿Intentó algo? ¿Te dijo algo?

–No… él no me ha alentado en lo absoluto. Pero creo que fui demasiado obvia, en cuanto notó mi interés en él, empezó a tomar distancia. –Su voz se quebró y pesadas lágrimas empezaron a fluir por su rostro. –No me he declarado aún, pero él ya me rechazó –Sollozó Georgiana en los brazos de su hermano.

–Lo siento cariño –dijo Darcy acariciando su cabello. –Eres joven, no hay prisa, no deberías tomarlo con seriedad… creo que John está haciendo lo correcto.

Georgiana se soltó de los brazos de Darcy para mirarlo indignada.

–No puedo creer que tú me digas eso. –Gruñó enfadada. –Pensé que el dinero y la posición de otras personas ya no te importaban, después de todo te casaste con una mujer pobre.

–Justamente por eso, Georgiana. Sé de lo que hablo. –Respondió Darcy también enfadándose.

–Pero eso no es importante para mí. Él es una buena persona, eso sí es importante. Pensé que tú me entenderías. –lloró Georgiana antes de marcharse corriendo a su habitación.

Darcy después hablo seriamente con John. Sabía que el muchacho lo escucharía, ya que le guardaba mucho respeto y estaba muy agradecido con él. Al menos eso esperaba, ya que John siempre lo había tratado con informalidad, a veces hablaba como un niño y solía empezar discusiones tontas con él. Empezar a exigir etiqueta a estas alturas era ridículo, ya se había acostumbrado a ese trato.

–Georgiana me ha comentado lo ocurrido. Ella lamenta haberte incomodado. –dijo Darcy. –Sobre buscar un nuevo médico, creo que no será necesario…

–Darcy, creo que sí es necesario. No es mi intención lastimar a tu hermana. –Respondió John avergonzado.

–No te preocupes. Mi hermana y yo creemos que debes mantener tu posición. Después de todo, ella pronto se irá a Derbyshire y es poco probable que se vuelvan a ver.

El rostro desencajado del joven al escuchar esa información, fue la confirmación a las sospechas de Darcy. No se le habían escapado esas miradas furtivas que el doctor le solía dedicar a su hermana, John no era indiferente a Georgiana. Estaba seguro sentimiento era mutuo, por eso tanta angustia y tanta prisa por apartarse. Reconocía todos los síntomas, él había hecho lo mismo una vez y al final todo había salido muy mal.

Sintió pena por John, sabía que realmente se estaba esforzando por mantenerse alejado. Sin embargo, decidió fingir que no se había dado cuenta de nada, no podía lidiar con esto aún. Se despidió rápidamente de John que aún se encontraba aturdido.

Sentía que le haría más daño a su hermana si apartaba a John de manera definitiva. Además él no estaba del todo en contra de John, era un buen hombre, esforzado y trabajador. A diferencia de Wickham, sabía que John era un hombre digno de amor. Y mientras más lo pensaba, más le agradaba. Pero decidió dejar en las manos del tiempo el destino de su hermana, ahora no era el momento, pero si sus sentimientos prevalecían después de un año… él no se opondría.

Y así pasaron tres meses, en ese tiempo falleció el Sr. Bennet y ahora su esposa lo quería dejar… Había olvidado completamente la situación de John Y Georgiana hasta hoy. Las miradas furtivas seguían ahí, la expresión de culpabilidad en la cara John por ceder a esa pequeña debilidad, era aún más evidente ahora. Y seguía sin saber cómo abordar el caso.

John se encontraba examinando a Elizabeth en silencio para no despertarla.

–No hay fiebre –declaró. –Y se ve bastante recuperada. Solo debes cuidarla bien para que no haya una recaída.

–Gracias. –Susurró Darcy mientras salían de la habitación.

–Pero, creo que deberías darle una semana para descansar antes de que sea seguro viajar. –Añadió serio.

–Eso haré, muchas gracias John.

–A su servicio Sr. Darcy. –Respondió burlón haciendo una exagerada reverencia. –Volveré mañana.

Darcy volvió a la habitación, estaba oscureciendo así que decidió cerrar las cortinas. Elizabeth se removió entre sueños inquieta…

–No… George… –Murmuró Elizabeth entre sueños.

Darcy se paralizó, sintió como le subió la bilis y furioso miró a su esposa ¿Qué estaba soñando? ¿Ni siquiera en sus sueños se podía olvidar de ese perro?

El cansancio la había llevado a un sueño intranquilo pero largo. Se despertó pasada la medianoche, y se dio cuenta de que llevaba durmiendo doce horas. Era evidente que físicamente le había hecho bien, si bien se sentía muy hambrienta. Se puso la bata y fue a buscar comida. Su mente vagaba por pensamientos oscuros y angustiosos cuando de pronto se encontró a Darcy, silencioso, a su paso hacia la suite. Se llevó el susto de su vida.

– ¿Buscas papel y lápiz, querida?

En la penumbra, los rasgos de Darcy parecían los de una escultura.

– ¿Para… qué? –preguntó ella confusa.

– Por lo apasionado que es Wickham en sus cartas, pareciera que encuentras en ellas un buen sustituto del sexo – murmuró con insolencia -. Y llevas como dos días sin tu ración. Me he conmovido con su basura romántica, es una lástima que hasta el momento no he logrado capturar alguna de tus respuestas a esas cartas. Así tendría un panorama general de su relación.

–Oh, no lo adivinarías… Soy muy imaginativa en mis respuestas. –Respondió Elizabeth desafiante.

Darcy avanzó un paso y en la penumbra se veía amenazante.

–De todos modos, si eso es lo que quieres, podría aceptar el desafío y escribirte cartas escandalosamente descriptivas de lo que me haces, querida. –Dijo con voz profunda mientras deslizaba uno de sus dedos en el cuello de su esposa. –Estoy dispuesto a demostrarte que también eso lo hago mejor que él.

– ¡Eres perverso! –Gruñó Elizabeth dándole un empujón.

– Me estás empezando a dar pena, tu pobre Wickham. ¿Cuánto llevan juntos? ¿Dos meses y medio de manitas, suspiros, y dulces conversaciones?

– ¡No es de tu incumbencia! – gritó ella apretando los dientes de rabia.

–Pero ya ves, me muero por conocer todos los detalles...

–Tengo hambre – dijo con debilidad.

–No creo que estuvieses hambrienta de él. Tal vez sí de un romance y de que te prestasen atención. Lo comprendo.

–Eres tan primitivo. ¡Deberías estar en una jaula! –Elizabeth perdió el control ante la arrogancia de Darcy.

– ¡Por lo menos me intereso de los motivos que te llevaron a sentirte atraída por una escoria como Wickham! – le soltó él lleno de rabia.

–Tengo mal gusto, Darcy. ¿No lo sabías? Después de todo una vez fui capaz de sentirme atraída por ti.

Elizabeth se estaba poniendo cada vez más furiosa. Darcy no estaba celoso de Wickham, sino que se sentía herido en su orgullo de macho. No podía soportar que su esposa prefiriera a otro. Y no era momento para admitir que George era tan escoria como Darcy había dicho.

–Necesitas... – empezó Darcy.

–Bueno, no necesito que me quites la ropa como la última vez.

Hubo un silencio impenetrable. Darcy se quedó mirándola, y de pronto soltó una risotada, su rostro se tornó más juvenil y vivaz, nunca lo había visto reírse de esa manera. Elizabeth estaba roja de rabia y desconcertada. Cuando hizo ademán de seguir su camino, él la retuvo y la devolvió a la habitación que acababa de salir.

– ¿Has dicho que tenías hambre, no? Pediré que te traigan comida – dijo abruptamente.

Darcy la sentó en un sofá. Ella entrelazó sus manos en un gesto de ansiedad que pretendía sofocar la revolución interna que le producía sentirse bajo la influencia y el poder de Darcy. Era imprevisible. Alguna vez eso le había atraído enormemente. Era tan distinto a ella.

¿Qué le extrañaba de la situación, entonces? Sí, era muy guapo realmente. Ella se había sentido deslumbrada por su risa. No podía evitarlo. No había nada más. Sólo que era una mujer, y que era humana.

–Me alegro de que te sientas mejor. Pero se te ve muy seria.

Elizabeth respiró hondo, y descubrió en el rostro de Darcy las huellas del estallido de humor que había expresado anteriormente.

–Tenemos que hablar.

–Es un poco tarde ya, cariño.

Allí estaba el engreído de su marido. Nunca la había tomado en serio. Quizás no tomaba en serio a ninguna de sus mujeres. Hacía tres años él había alzado una pared de hielo entre ellos, y la había dejado en un mundo irreal que no era ni el de una mujer casada ni el de una soltera. Y ahora no se le ocurría que sus sentimientos pudieran haber cambiado, y ya no estuviera interesada por él. Ni lo mucho que había podido sufrir.

Darcy había dado por hecho que ella no iba a sacrificar un mundo de privilegios para ganar su libertad. Pero ésas eran las barreas que Elizabeth tendría que romper.

–Darcy, tenemos que hablar. Y si es posible, quisiera que no te pusieras furioso, ni que me amenazaras o fueras sarcástico.

Darcy estaba apoyado en un escritorio, y la miraba con indulgencia, como quien mira a un niño que quiere demostrar su madurez a pesar de la obviedad de sus pocos años.

–Darcy...

–Tu comida –Darcy atravesó la habitación y fue a recibir la bandeja que le traía un sirviente.

–Come – le puso la bandeja en el regazo.

–Sé que tenías un entendimiento con la Señorita Evans.

–Georgiana –murmuró Darcy casi inaudiblemente con el ceño fruncido. – ¿Qué es lo que sabes?

–Te podías casar con ella. Si necesitabas una esposa, sé que tu familia favorecía ese enlace.

–Tal vez… – admitió él. –Pero no toda mi familia estaba de acuerdo. Mi tía Catherine insistía en que debía casarme con su hija Anne.

Elizabeth miró la ensalada con apetito y levantó una ceja en dirección a Darcy.

–Bueno, entiendo cómo te habrás sentido cuando mi padre te obligó a casarte conmigo y perder así a la mujer que amabas.

–Yo no diría que la amaba... Solo, no era un buen momento.

– ¿Porqué?

– Yo conocía a Grace desde que éramos niños. Su familia es muy prominente, con muchas conexiones aristocráticas, por lo que nuestra unión hubiese sido muy ventajosa. Éramos muy buenos amigos, y aunque no teníamos la intención de casarnos, sí nos convenía que nuestras familias lo creyeran.

– ¿De qué estás hablando?

– Si hubiese dicho que no quería casarme con Grace, su padre la hubiese obligado a casarse con otro hombre. Ella no quería casarse pronto –explicó Darcy. – Yo por otro lado quería que mi familia dejará de insistir con el compromiso con mi prima Anne de Bourgh. Así que era un acuerdo que nos convenía a ambos. Finalmente, en cuánto mi matrimonio contigo se hizo público, Grace Evans fue forzada a casarse con un vizconde o algo así.

Elizabeth contuvo la respiración y lo miró muy seria.

– ¿No estabas enamorado de ella?

– No. Pero tengo la sensación de haberla traicionado. No tuve tiempo de explicarle nuestra situación, no la puse sobre aviso de lo que ocurriría. Creo que debe odiarme por eso.

–Ahora yo también lo lamento. –Susurró ella. – ¿Y cómo reaccionó tu familia?

–Con horror y vergüenza ante mi comportamiento. Y solo ha ido a peor desde entonces.

–No sé… que decir al respecto. –murmuró Elizabeth incomoda. – Lo siento – dijo pensando en su padre, que había manejado las cosas sin importarle el daño que pudiera hacer.

–Oh, no es tu culpa. –Aclaró Darcy. –Al principio sí, te acusaban de haberme embrujado y quitarme el buen sentido. Después… bueno, es mi culpa. Yo me he equivocado bastante. Ahora estoy intentando hacer las paces con mi familia…

Elizabeth se quedó pensativa mientras comía lentamente la ensalada. Intuía que Darcy quería decir mucho más…

– Te comportas como si fuera invisible para ti. Cuando haces eso me dan ganas de romper cosas y gritar –soltó Darcy de pronto.

– Es infantil...

– Hay un niño en cada uno de nosotros. –Dijo Darcy encogiéndose de hombros.

Elizabeth se quedó asombrada ante su contestación. No le había molestado aceptar su parte infantil. De pronto sus miradas se conectaron y sintió que todas las barreras desaparecían.

– ¿Por qué no me dejas marchar? –preguntó en voz baja.

– Eres mi esposa.

– No soy suficientemente buena para el papel.

– La carta aún está por ahí – le recordó secamente él.

–Pero mi padre está muerto... Tal vez la destruyó.

– No destruyó nada. Y tu padre era muy listo. Puede que lo desprecie, pero debo reconocerlo. ¿Quién sabe qué habrá podido planear? Ante la posibilidad de que nos separásemos, seguramente alguien en alguna parte esté autorizado para usar esa carta para hacerle daño a mi familia...

– ¡No seas paranoico! – murmuró Elizabeth. Le empezaba a doler la cabeza.

–No es un riesgo que quiera asumir. Para él, hasta su muerte, tú estabas contenta con ser mi esposa. Y seguramente se aseguró de que lo pagase si se me ocurría dejarte.

De todas las razones que había imaginado para que Darcy quisiera seguir unido a ella, la de que estuviera obligado a estar con ella eternamente era la peor.

– Te has puesto pálida. –Murmuró él preocupado.

– Me duele la cabeza.

Recordaba la furia con que había ido a buscarla a la posada. Y se daba cuenta de que no tenía nada que ver con sentimientos personales. Simplemente no podía dejar que lo abandonase.

Ahora se daba cuenta de la verdadera dimensión de los hechos. Comprendía la rabia y el desasosiego que habría sentido él los primeros tiempos de su matrimonio. Y lo que habría deseado que ella se enamorase de otra persona en vida de su padre, para que lo dejara libre. Por eso la había acusado de ser estúpidamente fiel, obcecadamente fiel...