Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 11:

Darcy se encontraba mirando a su esposa, parecía tan distante, fría y lejana. Había logrado aplacarla mencionando la carta y cada vez se daba cuenta que ese parecía ser el único argumento válido para ella. Percibía que ella sentía cierta culpabilidad por las circunstancias que los habían llevado a casarse y ahora comprendía que ella no tenía la culpa de nada. Ella había sido víctima de las circunstancias al igual que él.

Elizabeth quiso retirar la bandeja. Darcy se inclinó para ayudarla.

– ¡Puedo sola! – dijo desencajada, pero él ignoró sus palabras.

Una vez que se acomodó nuevamente en la cama, se tapó con la sábana y se puso boca abajo, incapaz de mirarlo siquiera. Se sentía sin una pizca de orgullo, sin un ápice de vanidad. En unos minutos, Darcy había dado vuelta a todo. ¿Qué derecho tenía a pedirle la libertad?

– Estarás más cómoda sin esa bata.

Elizabeth se puso tensa. Por un momento se había olvidado de que él estaba aún en la habitación.

–Da igual.

–Necesitas descansar, dormir una noche de un tirón.

–De pronto sintió unas manos que le bajaban la bata, levantaban la sábana, y hacían caer la prenda. Luego volvían a poner la sábana en su sitio.

Darcy suspiró.

–Ésta es mi habitación. ¿Te importaría si me traslado nuevamente aquí?

–Ya me voy – dijo Elizabeth disponiéndose a levantarse.

–Quiero que te quedes.

– ¡Oh! – contestó débilmente.

No encontraba ninguna excusa para negarle que durmiera en su propia cama. La amargura y resentimiento, y la decisión de abandonarlo se habían hecho añicos, pero, sin embargo, ella seguía en medio del terremoto, buscando desesperadamente una excusa para no compartir la cama con él.

Ahora comprendía la razón del cambio de actitud de Darcy. Ese día en Meryton había sabido que su libertad era imposible sin el certificado en sus manos. Y se había enfrentado a los hechos: si no podía lograr ser libre, intentaría hacer su prisión lo más llevadera posible. Si no podía casarse con otra mujer... debía encontrar algo positivo en la que ya tenía.

De pronto, Elizabeth se sintió sin defensas. Primero había sido un hombre que había demostrado estar muy interesado en ella, pero luego había tenido una actitud distante y fría en los siguientes encuentros antes de la boda, que a decir verdad habían sido dos. No entendía por qué razón había cedido tan fácilmente, si se hubiese negado con más fuerza su padre no la hubiese forzado a casarse con Darcy.

Un ruido la sacó de sus pensamientos. Entonces vio a Darcy desvistiéndose. Elizabeth cerró los ojos, pero escuchaba todos los ruidos, lo que debía ser normal en la vida de cualquier mujer casada, menos para ella.

Siempre se había sentido como una extraña en su casa. Jamás había movido un mueble, ni puesto de ninguna manera su firma en algún detalle de la casa.

Al levantar la vista lo vio al lado de la cama, mirándola.

– Vete a dormir – le dijo.

Elizabeth cerró los ojos. El colchón se hundió levemente, la sábana se movió y entonces se apagó la luz. No hubo más que silencio. Elizabeth estaba echada, quieta como un cadáver, pero más despierta que nunca sabiendo que iba a dormir con Darcy a un palmo de ella. Cada movimiento de él la alarmaba y le aumentaba la tensión.

Darcy pensó que jamás podría dormir con su esposa tan cerca y en la misma cama. Era una tortura que se había impuesto solo. Y aunque no pudiese tocarla, prefería estar a su lado, lo reconfortaba de algún modo. Sintió como el cuerpo de su esposa se relajaba, sabía que ya se había dormido. Se dedicó a contemplarla en silencio, mientras en su mente se golpeaba internamente. Todo sería tan distinto si él no hubiese sido un idiota. Se quedó dormido sin darse cuenta.

En la madrugada, Darcy se encontraba durmiendo plácidamente, cuando sintió que lo abrazaban con fuerza, sin pensarlo devolvió el abrazo y se aferró al cuerpo cálido. Inhalo con placer el aroma de su esposa y suspiró.

De pronto comprendió que la situación no era normal, lo cual lo hizo despertar de golpe. Elizabeth estaba entre sus brazos y se estaba moviendo lentamente lo cual inquietaba bastante, se tensó.

Elizabeth abrió los ojos castaños y se encontró con unos ojos azules. Su mirada intensa la dejó turbada. Sintió un vuelco en el corazón, un calor en aumento. Se encontraba mareada, sin aliento, y con la sensación de haber perdido toda racionalidad.

La punta de un dedo se posó sobre el labio de ella.

–Me muero por besarte – le dijo Darcy con ansiedad.

Sugestionada por su mirada, Elizabeth se acercó instintivamente. Con un gemido de satisfacción, él llevó entonces sus manos al cuerpo de ella, sobre las caderas y la espalda, mientras su boca hambrienta buscaba la de ella con intensidad.

La punta de la lengua de Darcy se abrió paso entre los labios abiertos de ella, y luego probó el interior de su suave cavidad, algo que a ella le hizo estremecer.

Se giró cambiando de posición, quedando Elizabeth sobre él.

–Cariño, no estoy seguro si esto es real. –Comentó ronco.

Darcy se moría de deseo, pero no quería apresurarse. Ella había estado muy enferma, estaba débil, quizá ni siquiera estaba consciente de lo que estaba haciendo. Necesitaba un respiro, porqué si continuaba ya no podría detenerse.

Elizabeth estaba desbordada por la pasión, sabía que estaba mal, pero prefería ceder a la tentación y continuar. Estaba sobre su esposo, que la miraba con los ojos encendidos de deseo, con la respiración acelerada, totalmente despeinado y acababa de sentir su excitación.

–Elizabeth… –gruñó Darcy. –Quédate quieta. –Dijo con voz estrangulada.

Ella no dijo nada, pero estaba disfrutando plenamente. De alguna manera, estar sobre su esposo, loco de deseo por ella, la hacía sentir poderosa. Darcy mandó todo al diablo. Era una dulce agonía de deleite que lo dejaba sin aliento.

–Se dice que los saben esperar alcanzan el cielo... – dijo Darcy suavemente, abrazando el cuerpo de Elizabeth contra el calor del suyo. –Pero la paciencia nunca ha sido una de mis virtudes.

Elizabeth estaba totalmente exhausta, y no podía pensar. Y cuando su mente se disponía a ordenarse después del caos de sensaciones vividas, se durmió.

Cuando se despertó nuevamente las cortinas estaban abiertas, el sol brillaba en el cielo, y había una bandeja con el desayuno a un costado de la cama. Buscó a Darcy y descubrió que se había ido, lo que la hizo sentir infinitamente sola.

Era el mediodía, pero ella no hacía más que pensar en lo que había pasado al amanecer. Su camisón estaba tirado en la alfombra como prueba acusadora de ello.

Suspiró de pena ante la evidencia del horror.

Su doncella tenía el baño listo para ella. Se sumergió en la tina, no sabía que estaba haciendo. Él la había despertado en medio de la noche, para que no supiese lo que estaba haciendo. Se lavó con fricción, pero no pudo borrar las huellas del íntimo contacto del él.

¿Por qué le echaba las culpas? Se preguntaba. ¿Por qué se engañaba pensando que él era el único responsable de lo que pasaba cada vez que la tocaba? La verdad era que cuando Darcy la tocaba ella se derretía, perdía el control, algo obvio para Elizabeth, y que seguramente no se le escaparía a él. Sin ningún esfuerzo, él le había enseñado a necesitarlo, sin saber bien de qué manera lo necesitaba.

Tres años atrás el instintivo deseo de ella la había incomodado en presencia de él. No había estado preparada para semejante intensidad. Y cuando Darcy había decidido que durmieran separados, había sido un alivio olvidarse de esas sensaciones que la habían afligido en presencia de él. Pero cuando él había decidido romper esa pared que los separaba, la pasión había emergido en toda su magnitud.

Pero ahora se daba cuenta de que no lo había dejado de desear, igual que no había dejado de bordar sus pañuelos. Era tan penoso aceptarlo... No le extrañaba que se hubiera reído de ella. Y los arreglos florales que colocaba en el ala de la casa que ocupaba él, tal vez querían recordarle que ella existía... Se había aferrado a ello como al bardado de sus pañuelos.

Tampoco se había transformado de sencilla jovencita a una de las mujeres más elegantes de Londres por casualidad. Probablemente lo había hecho para él. Era patético esforzarse tanto por un hombre… Pero no entendía la razón…

Porque ella no lo amaba, no podía amarlo.

Darcy había destrozado cualquier posibilidad de que ella lo pudiese amar, nunca se podría enamorar de él. Ahora Elizabeth se preguntaba ¿Qué era el amor? Ella pensó haberlo encontrado en su relación con Wickham, pero ahora sabía que no había significado nada, sus sentimientos no habían sido reales.

¿Y Darcy? ¿Qué sentía por su esposo? Lo odiaba, o al menos se decía que debía hacerlo. Pero sabía que no era verdad, pero eso no significaba que lo amara. Lo deseaba, pero de una manera muy carnal, era una conexión de cuerpos, pero no de almas. Solo sabía que debía seguir luchando por conseguir la libertad que su dignidad le pedía.

Porque nada había cambiado. Darcy no la amaba, ni la amaría jamás. Sólo se veía unido a ella sin remedio. Por otra parte, para él el sexo era algo fisiológico casi. Se despertaba junto a un cuerpo de mujer y ya se sabía qué iba a pasar, lo único predecible en Darcy. Así que no debía creerse que de pronto se había convertido en una tentación para Darcy. Él era un hombre muy viril y sólo buscaba la satisfacción de sus instintos.

Pero no la dejaría marchar hasta que esa carta no apareciera. De pronto sintió deseos de saber más. ¿De qué era la carta? En su mente había muchas opciones. Darcy había dicho que estaba protegiendo a su familia. Nunca había hablado de él directamente. ¿Habría cometido algún tipo de delito su familia? ¿Algo muy serio y malo?

Se puso un vestido azul y fue hacia la terraza que dejaba ver a lo lejos los hermosos jardines. En otras circunstancias hubiera querido salir a caminar por los jardines, explorar la casa, pero ahora sólo ansiaba encontrar a Darcy. Él estaba en la terraza, y cuando la oyó llegar se dio la vuelta.

Ella dudó ante sus ojos azules que parecían penetrarla, y se sintió tan desorientada que no sabía si acercarse a él o no. No podía desviar la vista de sus facciones e inmediatamente recordó cómo se había sentido horas antes.

Darcy le dedicó una sonrisa y fue a su encuentro.

– ¿Cómo te sientes?

– Bien...

– ¿Sólo bien? Se te ve estupenda –él la miró recorriendo su cuerpo con una mirada posesiva. Se demoró en el cabello, sus rizos sujetos en un elegante recogido, en la delicada perfección de su cara. La recorrió de arriba abajo, con descaro. –Hermosa... – agregó tomándole las manos.

Las palabras de Darcy pusieron en alerta a su corazón.

–Fitzwilliam...

–Y mía – él completó la frase con satisfacción.

Las palabras de él parecían frenar lo que estaba a punto de decir.

– ¿Interrumpo algo? – les sobresaltó la voz de Georgiana.

– No, en absoluto –sonrió Darcy, soltando las manos de Elizabeth.

–Los criados están preparando el almuerzo –explicó Georgiana, observando cómo Darcy acercaba una silla a la mesa y hacía sentar a Elizabeth en ella.

Elizabeth era consciente de que sus manos temblaban. Elizabeth parecía comportarse con calidez. Pero seguramente era su comportamiento normal con una nueva amante.

Porque ése era ahora su papel. Aunque bien distinta de las otras mujeres a las que él se llevaría a la cama. Pero el encanto se desvanecía enseguida. Darcy se aburría de las mujeres fácilmente. Ella lo había sabido siempre.

Les sirvieron el almuerzo.

Darcy no le quitaba la vista de encima, algo que inquietaba a Elizabeth, y que le hacía levantar la copa de vino más de la cuenta. De pronto el mayordomo se acercó a Darcy y le habló en voz baja cerca del oído.

–Vuelvo enseguida –Se disculpó Darcy volviendo a la casa.

– ¡Me muero de ganas de que el resto de la familia los vea! –Murmuró Georgiana emocionada.

– ¿Cómo? –Elizabeth desvió la mirada del rostro de Darcy, que le dedicaba una sonrisa antes de desaparecer de su vista.

–Parecen recién casados en su luna de miel. Cuando los vi juntos, no me lo imaginé –dijo Georgiana. –Me voy a practicar un rato. Más tarde los veo.

Elizabeth bajó la cabeza, y volvió a sorber el vino. Había decidido hablar con Darcy seriamente. Pero entonces la había desafiado un Darcy que la trataba atentamente, y que la hacía sentir una mujer muy deseable.

En ese momento, su esposo se acercó a ella y la rodeó por detrás, sorprendiéndola una vez más. Y nuevamente comprobó que su corazón la traicionaba cuando sintió el calor del cuerpo vigoroso y masculino de Darcy.

– ¿Qué ocurre? – preguntó él.

–Hay algo que tenemos que discutir...

–Olvídalo. –Darcy se tensó. –Si la discusión tiene algo que ver con el divorcio, la separación, el celibato, o Wickham, es mejor que te mantengas callada.

Elizabeth sintió una sensación absolutamente inesperada: en cierto modo se alegró de las palabras de Darcy.

–No se trata de eso.

–Entonces no es importante.

Y antes de que ella pudiera responderle, él posó la boca sobre la de ella, dándole al beso un sabor aún más dulce con el aroma del vino.

–Te deseo nuevamente. –Dijo con voz ronca.

Y ella lo deseaba tanto. De pronto se encontró imaginando escenas eróticas que la invadía sin poder evitarlo, una experiencia nueva para ella. Él le evocaba sin el menor esfuerzo la pasión vivida la noche anterior. Ni siquiera le tenía que decir palabras bonitas ni cumplidos. Unos pocos besos, y ella se transformaba en una desvergonzada, dispuesta a atender todas las demandas. Esa imagen le dio fuerzas para apartarlo de ella.

–Tengo que hablar contigo. Y pienso que es mejor que vayamos adentro.

–Podemos hablar en la cama – la miró él con descaro.

– ¡Si te acabas de levantar de la cama!

–Pero estoy deseoso de volver allí.

Y Elizabeth se daba cuenta de que ella también lo deseaba. Que sus pezones se habían endurecido, que el calor volvía a su cuerpo. Y que si bajaba la guardia un segundo, él se aprovecharía de su debilidad.

–Me parece que eres demasiado demandante. –Murmuró con picardía involuntaria. Mientras sus mejillas se encendían.

– ¿Te estás quejando? – dijo él sonriendo.

Ella lo fulminó con la mirada.

–Está bien, no te enojes – se rió Darcy, sentándose frente a ella -. Habla, entonces.

–He estado pensando...

– ¡Peligroso! Es una costumbre que debes cambiar, ésa de pensar – interrumpió Darcy burlonamente.

–Acerca de esa carta...

– ¿Y qué tenemos que hablar acerca de ese carta?

–Debemos encontrarla. Y he pensado que tal vez puedas darme alguna idea del contenido de esa carta.

– ¡No! –dijo él cambiando totalmente el humor.

–Cuanta menos gente lo sepa, más segura está mi familia.

Por lo que se veía ella no formaba parte de su familia.

–No confías en mí.

–La confianza no juega ningún papel en este caso.

–Y la persona en la que menos confiarías es en la hija de Thomas Bennet.

–No he dicho eso.

–No hace falta. Me has tratado como si fuera una leprosa durante mucho tiempo.

–El pasado es pasado ya.

– ¿Cómo puedes decir eso si estás dispuesto a que yo conviva con él? Pensé que tal vez si supiera algo podría ayudarte a encontrar esa carta –dijo ella apenada.

– ¡Ah! Ahora lo entiendo. La quieres como pasaporte a tu libertad. Crees que con esa carta en mi poder te dejaré marchar.

– ¿No es eso lo que quieres tú también?

– ¡Lo quería desesperadamente hace tres años! Y hace una semana pensé que tenía esa carta. Pero algo ha cambiado en mí desde que descubrí que esa caja no lo contenía. Pensé que era el final de un asunto. No quiero perder el tiempo en una búsqueda infructuosa. ¡Se terminó todo!

–No –dijo ella reprimiendo las lágrimas. –No ha terminado, mientras aún estemos juntos.

–Eso no era lo que pensabas mientras hacíamos el amor. O cuando te morías de placer en mis brazos.

–Por favor... – dijo indefensa ante la acusación.

Darcy se acercó a Elizabeth y le rodeó los hombros con las manos.

–Cuando estás en la cama conmigo eres caliente como el mismo fuego. Te gusta todo lo que te hago. Te gusta todo lo que te doy. Y lo que te hago sentir. Conmigo te abandonas, pierdes el control, te mueres de deseo...

– ¿Cómo puedes hablarme de ese modo? –Elizabeth se estremeció ante sus palabras.

– ¡Puedes ser una libertina en mi cama, y no me importa nada cómo eres en la cocina o en el salón! –dijo con énfasis a la vez que la miraba profundamente. –Pero quítate de encima esas fantasías inocentes de amor verdadero con Wickham.

No ocurrirá jamás mientras yo esté vivo. Eres mi mujer. ¡Hazte a la idea antes de que pierda la paciencia!

Darcy dio un portazo. Ella entonces respiró.

Elizabeth pensó entonces que tal vez sería mejor decirle la verdad a Darcy acerca de Wickham. Pero la idea, después de las duras palabras de Darcy, no la convencía. «Caliente como el fuego», «abandonada, una libertina... » Tenía razón. Se había rebajado a un nivel absolutamente primitivo, se había dejado quitar sus principios, su decencia, su inhibición. Y entre esos principios figuraba el principal: para ella no podía haber sexo sin amor.

Bueno, Darcy podía volver a sus chicas guapas. A ella le daba igual.

¡No era cierto!

La idea de Darcy con otra mujer le resultaba intolerable. Con un sollozo ahogado, Elizabeth abandonó la habitación.

...

Darcy estaba encerrado en su estudio, estaba muy enfadado, había recibido muy malas noticias. El maldito de Wickham había huido poco antes de que lo arrestaran por sus deudas. Lo había dejado con vigilancia diaria justamente para evitar que esto ocurriera. Pero había sido en vano.

Quería verlo encerrado, si Wickham seguía dando vueltas por ahí y nunca podría estar seguro. Su matrimonio dependía de ello. Por eso, decidió escribirle a Bingley para pedir ayuda, era la única persona que lo podía ayudar. Lo había mantenido informado sobre la situación, después de la huida de Elizabeth. Su antiguo amigo, quedó sorprendido al enterarse del idilio de Elizabeth y Wickham, pero prometió guardar el secreto.

–Demonios Darcy –había dicho Bingley con sus manos sobre sus ojos y caminando nerviosamente de un lado a otro. –Esto es demasiado serio.

–Pero no debes decirle a nadie. –Respondió Darcy en tono amenazador.

–Y no lo haré… –Bingley lo miró ansioso. –Pero ahora creo, con mayor razón, que debes darle la libertad a Elizabeth.

– ¡Nunca! –Gritó Darcy.

–Pero es evidente que ella no te quiere. Entiendo que el hombre con el que se involucró es inconveniente del todo, pero ¿dónde está tu sentido de justicia? –Preguntó Bingley y Darcy desvió la mirada reacio a contestar. – Deberías defender tu honor y dejarla ir. Tu esposa te acaba de dar un motivo poderoso ¿Para qué insistir?

–No puedo… –dijo Darcy derrotado. – Todo lo que está pasando es mi culpa. He sido un completo idiota por tres años, pero… No puedo dejarla ir. Debo intentarlo. No puedo darme por vencido sin siquiera haberlo intentado.

Bingley se quedó estudiándolo con la mirada. Después habían recibido noticias sobre la ubicación de Elizabeth. Darcy rápidamente se puso en pie para salir lo antes posible.

–Darcy –lo llamo Bingley antes de que se marchara.

Darcy se volvió a mirarlo de mala gana

– ¿La amas? –Preguntó Bingley.

– ¿Qué? –preguntó desconcertado.

–Te estoy preguntando si amas a tu esposa.

–No creo que eso sea importante en este momento –Murmuró Darcy por lo bajo.

–Lo es. Seguiré insistiendo en que debes divorciarte de Elizabeth. –Dijo Bingley mirándolo con dureza.

Darcy pareció reflexionar unos segundos antes de responder.

–Sí, la amo. He luchado en vano, pero ya no puedo más. Estoy profundamente enamorado de mi esposa. ¿Me puedo ir ahora?

–Claro, ve a buscarla. –Dijo Bingley dándole una palmada en el hombro. –Pero sólo te daré un mes para arreglar todo este embrollo. En cuanto me case con Jane, volveré a insistir con esto. Le ofreceré mi ayuda a tu esposa para abandonarte. No te la mereces.

Darcy ni siquiera se volvió a mirarlo. Salió a grandes zancadas en busca de su esposa. Estaba ofendido, pero entendía que a su manera Bingley intentaba ayudarlo. Bajo presión Darcy solía ser sobresaliente en lograr cosas.

Ahora, no quería viajar a Londres, había estado tanto tiempo huyendo de su esposa, pero ahora no podía dejarla, debía esforzarse por ganar su corazón. No quería perder las esperanzas, pero cada vez sentía mayor temor. No podía olvidar que ella había declarado estar enamorada de Wickham. Ella había estado dispuesta a dejarlo y abandonarlo todo para irse con él.

Sentía un dolor profundo, no quería torturarse pensado en que su esposa amaba otro hombre. Elizabeth era fuego, un fuego que lo consumía. Lo volvía loco de deseo y no podía resistirse a ella. Pero temía que su esposa lo estuviese usando para practicar lo que más tarde haría con el hombre al que verdaderamente amaba.

Se dijo que debía aprovechar esas instancias de intimidad para intentar conquistarla. Quería demostrarle a su esposa que podía ser feliz a su lado. Quería que ella se enamorara de él y lo amara.


He retirado todo el lemon explicito, pero lo pueden leer completo la otra historia clasificación M

Un Matrimonio Diferente (Viñetas)