Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 12:

– ¿Fitzwilliam está en el estudio? – preguntó Georgiana.

– Probablemente – contestó Elizabeth.

Acababa de darse cuenta de la ausencia de Darcy. Tres años de soledad seguramente la habrían acostumbrado a no echarlo de menos. Pero la relación entre ellos había cambiado tan súbitamente que Elizabeth hubiera deseado volver a los viejos tiempos en que se sentía separada de él.

–Esta tarde estuvo bebiendo, lo escuché de los criados. ¿Está enfadado por algo, no? – Georgiana preguntó con un gesto de disgusto.

– Sí, hemos tenido una discusión. –Dijo Elizabeth con la mirada baja.

–Es tan raro que mi hermano esté bebiendo solo –Murmuró Georgiana con tono de preocupación.

– ¿Por qué? –preguntó confundida.

–Mi hermano es de esos hombres que solo beben para socializar, no por verdadero placer. Creo que sólo disfruta del vino en la cena. O al menos así era…

Elizabeth no comprendía la preocupación de Georgiana, para ella no era extraño ver a Darcy bebiendo. En su opinión Darcy bebía demasiado. Las pocas veces que estaban juntos en casa, él siempre había estado bebiendo. Y era algo que le preocupaba, pero nunca había dicho nada al respecto. Incluso había escuchado que hace poco Darcy se había emborrachado tanto que su valet lo había tenido que arrastrar a su habitación.

–En casa suele tomarse una copa de forma habitual… –Comentó Elizabeth en tono tranquilizador para no alertar a su cuñada.

–Aunque tiene un carácter muy fuerte, rara vez pierde el control. –Comentó Georgiana. –Pero cuando bebe mucho, es porque no sabe qué hacer o está desesperado. No sabe muy bien cómo manejar sus emociones. La única vez que lo vi, fue aterrador. –Murmuró con angustia. –estaba muy ebrio, no sé por qué. Me asusté mucho…

Georgiana miraba atentamente a Elizabeth, para ver su expresión y esperar su respuesta. Pero Elizabeth permaneció en silencio, aunque con el ceño fruncido.

–Fue hace unos años, yo estaba en Londres de paso. No esperaba encontrar a Fitzwilliam en casa, pero ahí estaba, completamente borracho, apestaba, decía cosas incoherentes. Cuando me vio, se derrumbó completamente. –Recordó Georgiana con amargura. –Se tiró al suelo y se puso a llorar desconsoladamente. Yo intenté ayudarlo a levantarse, pero él se abrazó a mis piernas y lloraba. Repetía "Mi hermanita" me prometía que me iba a proteger. Pero nunca entendí a qué se refería. Se veía tan angustiado…

Elizabeth se quedó pasmada. No podía creer que Darcy llegase a ese punto… no se lo podía imaginar simplemente.

– ¿Cuándo ocurrió eso? –Preguntó Elizabeth con verdadera curiosidad.

La cara de Georgiana se puso seria.

–Creo que fue hace unos tres años, unas semanas después Darcy me escribió para contarme que se había casado. –Dijo Georgiana estudiándola con la mirada.

–Entiendo… –comentó Elizabeth, avergonzada.

Estaba segura que lo que Georgiana le estaba contando tenía relación con el chantaje y la carta que Darcy tanto buscaba… Era claro que Georgiana Darcy estaba relacionada al secreto de la carta, estaba segura que si la pequeña hermana de Darcy no estuviese involucrada de alguna forma, no habría manera de forzar la voluntad de Fitzwilliam Darcy. Pero ¿Qué era? ¿Qué había en esa carta?

–Nadie habla de eso nunca. Pero yo creo que a Darcy le dolió muchísimo que nuestra familia desaprobara su boda. Por eso me pidió que me mantuviera al margen, ya que temía que también me rechazaran a mí.

Elizabeth se estaba sintiendo incómoda ante la conversación. Era evidente que Georgiana tenía mucha curiosidad y estaba intentando sonsacarle información sobre qué había ocurrido, que sabía al respecto, que había dejado a su hermano en ese estado.

Pero ella no lo sabía, tenía sospechas, pero no certezas.

–Creo que había algo en el testamento del tío Matlock, pero no estoy segura. Sólo puedo pensar en eso…

–Creo entender a qué te refieres, sé que Fitzwilliam estaba bastante disgustado, pero ya sabes lo reservado que es tu hermano con cierto asuntos– dijo Elizabeth respirando hondo. –Es un tema muy delicado, no debiéramos hablar de eso, Georgina. Y, por otra parte, yo no sé nada más que tú.

–Lo siento, no sé cómo se me ocurrió hablar del tema…

–Porque soy parte de la familia, supongo. Pero creo que Darcy tiene derecho a mantener una cierta confidencialidad acerca de ello. Y puede que me equivoque, pero no creo que le apetezca que le hables del tema.

–No se me ocurriría.

El mayordomo entró al salón anunciando la llegada del Dr. Douglas. Elizabeth percibió el nerviosismo de Georgiana, quién se había sonrojado con el anuncio.

–Buenas tardes, Sra. Darcy… Señorita Darcy –Saludó el doctor con una reverencia para cada dama. –Veo que se encuentra mucho mejor Señora –comentó mirando a Elizabeth.

–Oh, sí… Me siento mucho mejor.

El médico hizo un último chequeo antes confirmar que efectivamente Elizabeth estaba completamente recuperada. Era un joven muy agradable y conversador.

–Bueno, creo que no tengo nada más que hacer aquí. –Murmuró el doctor.

Georgiana había estado acompañándolos silenciosamente, pero Elizabeth comprendió perfectamente su mirada suplicante. Tenía cuatro hermanas que le habían dado la experiencia necesaria para entender las intenciones de su cuñada. No sabía si estaba haciendo bien, o si Darcy se iba a disgustar si comprendía lo que estaba ocurriendo ahí, pero decidió complacer a Georgiana.

–Dr. Douglas, estoy muy agradecida. Nos encantaría que se quedará a cenar con nosotros.

El joven médico, le dedicó una breve mirada a Georgiana antes de responder.

–Agradezco su invitación Sra. Darcy. Lamentablemente hoy tengo otro compromiso. Me debo ir en cuanto hable con su esposo.

–Oh, comprendo. –Murmuró Elizabeth, mirando a una apenada Georgiana. –Espero que mañana sí nos pueda acompañar.

Elizabeth le dedicó una sonrisa radiante al doctor. El joven no tuvo el valor de volver a negarse. Y aceptó con una sonrisa tímida.

–Lo estaremos esperando. –comentó Elizabeth. –Georgiana, querida ¿Puedes hacerle compañía al doctor? Voy a avisarle a Fitzwilliam que se encuentra aquí.

–Sí, claro. –Respondió Georgiana con ojos brillantes y mejillas sonrojadas.

Elizabeth se despidió con una reverencia, Georgiana le dedicó una mirada agradecida, mientras el Dr. Douglas lucía tímido y avergonzado. Buscó al mayordomo para encargarle que le avisara a su esposo que el doctor quería verlo.

No quería ver a Darcy, quería ordenar sus ideas. No podía parar de pensar en todo lo que Georgiana le había contado «Cuando bebe mucho, es porque no sabe qué hacer o está desesperado». Era algo que le inquietaba. No sabía nada acerca de Darcy, y eso le molestaba.

No sabía que pensar al respecto, que Darcy bebiera tanto cuando estaba a su lado, significaba que no sabía qué hacer con ella, o que ella lo desesperaba. En la habitación descubrió un enorme piano, y decidió sentarse en la butaca frente a él.

O sea que la carta que Darcy tanto buscaba tenía un secreto que involucraba a Georgiana Darcy, pero la muchacha no era consiente de todo lo que había hecho su hermano para guardar ese secreto y protegerla. Y Elizabeth no debía molestarse por el hecho de que Darcy jamás lo hubiese mencionado, jamás le haría esas confidencias a ella. Era evidente que lo habría querido ocultar hasta el final.

¿Qué es lo que Darcy había descubierto? ¿Desde cuándo lo sabía? ¿O se habría enterado cuando su padre le hizo el chantaje?

Elizabeth interpretaba suaves y sencillas melodías, que eran el tipo de música con la que solía acompañar sus pensamientos más profundos.

Esperaba que Georgiana fuese discreta. Seguramente Darcy se molestaría si se enteraba que su hermana le estaba haciendo confidencias a ella. No querría que su hermana de manera inconsciente le estuviese dando pistas sobre el secreto de la carta, y por eso no se lo había dicho a ella.

Era evidente que él estaba muy unido a su familia. Incluso había sido capaz de casarse con alguien a quien no amaba para protegerlos, dejando sus propios intereses a un lado. Aunque le era difícil apreciar su sacrificio, teniendo en cuenta que a ella también la había sacrificado.

«Dios mío», pensó. ¿Cómo podía vivir ella en un matrimonio en el que no se compartía nada más que una cama? ¿Y que pasaba con el amor? Ella había sido una joven idealista, realmente había creído que solo el amor más profundo la haría aceptar el matrimonio. ¿Que tenía ella ahora? Sus sentimientos eran muy confusos...

Pero era tarde para esas reflexiones. No tenía elección. Si hubiese tenido elección, ¿realmente hubiera tenido fuerzas para dejar a Darcy? ¿Era mejor aceptar estas migajas que quedarse sin pan? Elizabeth, quería gritar de frustración, levantó las manos del teclado.

– ¡No pares!

Elizabeth se quedó rígida. Lentamente se giró en la butaca, y se encontró con Darcy en la sombra, al lado de la ventana. Parecía estar tenso.

–Toca para mí – dijo acercándose a ella, para sentarse en la misma butaca.

Elizabeth volvió al teclado, y tocó nerviosamente, expresando en cada nota discordante un cierto desafío.

– ¿Pretendes atemorizarme, viniendo a escucharme con esa seriedad? Yo no me asusto, aunque tu hermana toque tan bien. –Comentó Elizabeth con una sonrisa desafiante. –Hay una especie de terquedad en mí, que nunca me permite que me intimide nadie. Por el contrario, mi valor crece cuando alguien intenta intimidarme.

–Lo sé, eres muy obstinada, con una personalidad fuerte e irritante. Al principio no me gustaba nada. Ahora creo que es tu mayor encanto. –Susurró Darcy en su odio, depositando un beso detrás de su oreja.

Elizabeth se estremeció, se detuvo sin darse cuenta. Sintió que el aire se le escapaba y se sentía muy débil en ese momento. Se levantó lentamente, sin mirar alrededor.

–Háblame de él –le dijo Darcy con calma. Pero le había interrumpido el paso, y no la dejaba salir.

–No sé de qué me hablas...

–De tu amante...

–No creo que te interese saber nada de él.

– ¿No? ¿Dónde lo has encontrado?

–En Hyde Park.

– ¿En Hyde Park?

– Sí, nos encontramos allí y me invitó a caminar. Estaba con mi doncella, así que no tenía mucha intimidad. –dijo Elizabeth con un tono de molestia.

– ¿Ligaste con él en Hyde Park?

– ¡No ligué con él!

– ¡En Hyde Park! –repitió él como si no pudiese creerlo. – ¿Y dónde fue a parar el asunto después de la caminata?

–A ningún sitio, ya te dije estaba con mi doncella… Me lo encontré nuevamente a la semana siguiente.

–Déjame que adivine, el mismo día, en el mismo sitio, a la misma hora...

–No me acuerdo.

–Esperabas verlo otra vez.

Elizabeth se quedó callada. Fue hacia la ventana y se quedó mirando la oscuridad de la noche iluminada por las estrellas, y la sombra de los grandes árboles que bordeaban los jardines. Darcy no tenía derecho a hacerle esas preguntas. Se puso furiosa.

–O sea que la aventura comenzó en Hyde Park... ¿Y en qué zona de Hyde Park?

– ¿Y qué importa dónde?

Darcy se sentó en un sofá y estiró las piernas, simulando que se relajaba.

–Quiero hacerme una idea de la escena.

–Me niego a contestar a una pregunta así.

–Mejor dejarlo librado a la imaginación. Pero, cuéntame, cómo fue ganando territorio...

–Muy fácil.

–Yo no estaba allí, ésa es la única razón por la que le fue fácil.

La arrogancia de Darcy la decidió a no confesarle la verdad sobre su ruptura con Wickham. Veía que George Wickham era la única arma para defenderse. Y Elizabeth tampoco le confesaría que en brazos de su marido había sentido algo más que atracción sexual. Por nada del mundo iba a dejarle saber que estaba confundida, y ya no sabía cuáles eran su sentimiento hacia él.

Recordaba perfectamente aquel día en Hertfordshire en que tanto la había despreciado pensando que ella lo amaba. No se perdonaría jamás permitirse amarlo.

Estaba confundida, pero no podía amar a Darcy, sabía lo despiadado que podía llegar a ser. Y el permitirse amarlo la haría totalmente vulnerable. Sentía una rabia hacia Darcy, pero era consciente de que también disfrutaba de que en ese momento él tuviese puesta toda la atención en ella. Se preguntó si podría disgustarlo un poco más.

–No lo amas. Si lo amases te hubieses ido a la cama con él en la primera oportunidad que se presentase.

– ¡Lo creas o no, hay gente que es capaz de contenerse!

Darcy se acomodó en el sofá y con ojos burlones le dijo:

–No parece que te hayas contenido mucho conmigo.

Elizabeth se sintió peor aún.

–No es que me queje – sonrió Darcy. – El deseo es algo que está de acuerdo con mis instintos naturales... me parece mejor que enamorarse cruzando miradas inocentes.

–Oh, querido… –murmuró Elizabeth con tono burlón. –No es que no tuviera intención de acostarme con George. Yo realmente quería, pero verás… Si Wickham se daba cuenta que yo era virgen, habría sido un verdadero problema.

Darcy la fulminó con la mirada y parecía que había dejado de respirar.

–Ahora ya no me debo preocupar por eso, ya hemos consumado el matrimonio. –Elizabeth sonreía mientras hablaba, con todo su resentimiento dándole fuerzas. –Nadie pensará que había algo malo conmigo, ni dudará de tu virilidad. Mi padre ha muerto, así que no se podrá decepcionar. Mi madre y mis hermanas estarán bien incluso, si tú retiras tu ayuda. Así que ya no tendré que contenerme. Además George tiene más de romántico en un solo dedo de lo que tú puedes tener en todo tu cuerpo.

Fitzwilliam Darcy estaba al borde del precipicio. Su esposa le estaba diciendo a la cara que deseaba a otro hombre, si ningún rastro de vergüenza, sin ninguna culpa. Sentía a la bestia en el fondo de su pecho, que rugía por salir y enseñarle a su esposa a donde pertenecía.

«Si no lo aguantas, la perderás» Se repetía una y otra vez, para intentar contenerse.

–Eres mía. –Dijo con voz ronca y rasposa mientras acorralaba a su esposa entre su cuerpo y la pared. –Y mientras yo viva, jamás tendrás a otro hombre. Solo yo conoceré tu cuerpo, solo yo te daré placer. Lo aceptaste el día que te casaste conmigo. –Gruño entre dientes.

Elizabeth se puso pálida. Pensó en lo hipócrita que él podía ser.

–Creo que tú hiciste esa misma promesa, aceptaste ser mi único hombre y que yo sería tu única mujer, eso prometiste el día de nuestra boda, pero fuiste el primero en romper la promesa. –Dijo ella fulminándolo con la mirada. – ¿Acaso no fuiste tú el primero en meter a otra mujer en su cama? ¿Acaso no fuiste tú el que andaba alardeado de un lado a otro con sus amantes? –Elizabeth le dio un empujón a Darcy a medida que hablaba cada vez más fuerte, totalmente enfurecida. – ¿Por qué yo no debería hacer lo mismo? ¿Por qué yo no era suficiente para ti? ¡No me compares con todas tus mujeres! ¿Por qué debería conformarme contigo? ¡No quiero! ¡No te quiero! ¡Me voy a la cama! –Gritó finalmente dejando a Darcy perplejo y sin palabras.

Y decidió que no iría a su cama. Por lo que entró en el dormitorio de Darcy, recogió unas pocas cosas, y salió.

Una hora más tarde, ella estaba acostada en la cama del dormitorio contiguo. Con mucho esfuerzo atravesó un gran ropero en la puerta que unía las habitaciones y dejó la puerta principal con cerrojo.

Si estaban condenados a estar juntos, eso no quería decir que tuviese que dormir con él. Y se arrepentía de haber estado en la cama con él. Se había perdido el respeto. Estaba tan furiosa, lo odiaba con todas sus fuerzas.

Un ruido la alertó. Entonces vio una sombra oscura y silenciosa que entraba por la ventana de la habitación. Estuvo a punto de gritar, hasta que vio los rasgos de Darcy que iluminaban con la luz de la luna.

–Dime, ¿este juego de camas separadas es parte del plan para hacer más romántica nuestra relación? ¿Se suponía que yo iba a trepar con una rosa entre los dientes? –Preguntó con esfuerzo mientras se internaba en la habitación.

–Hay una altura considerable desde la ventana hasta el césped ahí abajo. ¡Te podrías haber matado!

–Y si me cayese, sería un engorro para ti. ¿Tendrías mucho que explicar?

Darcy ni se había inmutado ante las muestras de horror que había dado ella al saber cómo se había arriesgado. Y era un riesgo inútil, absurdo para alguien como ella. Pero no para Darcy. Le gustaba el riesgo.

– ¡Estás loco! –dijo ella nerviosa ante lo que podría haber pasado. –Hay formas mucho más amables de morir. –Murmuró ella tapándose el rostro.

–Dar patadas a la puerta no era un buen sistema con Georgiana en casa. Y hubiese asustado a los criados. No me hubiese gustado hacerte quedar mal.

– ¿Y tú no hubieses quedado mal? – preguntó ella, impresionada todavía por lo que había hecho.

–No, porque es la habitación de mi esposa, y estaba con cerrojo. Eso es una provocación absoluta.

– ¡Te podrías haber matado! ¿Y hubiera valido la pena?

Darcy se metió en el otro lado de la cama, y le dedicó una sonrisa de satisfacción.

– Pregúntamelo por la mañana – aclaró él, acercándose a ella.

– ¡No! –gritó Elizabeth con pánico. – ¡Te irás a tu habitación! ¡Nunca volveré a dormir contigo!

–Pues, tendrás que convencerme de eso. –Dijo Darcy.

– ¡Por supuesto que no! ¿Qué te crees que soy?

– ¿Esperas que me disculpe por lo que te he dicho hoy? – dijo él apoyándose sobre las almohadas.

– ¿Qué?

–Pero lo que tú te has tomado como un insulto, yo lo considero un cumplido.

Muéstrame a algún hombre casado que no quiera una esposa apasionada.

Elizabeth se estremeció.

– Me has llamado libertina.

– No es cierto. He dicho que me alegraba que te comportases como una de ellas en mi cama. Aunque ahora estoy confundido… me has dicho que sólo deseas a Wickham. –Dijo Darcy en voz baja.

Elizabeth se estremeció. No sabía que pretendía Darcy y la verdad ahora se arrepentía un poco de haber utilizado a Wickham para provocar a su esposo.

–No podemos vivir juntos de este modo. –Susurró Elizabeth.

– Acabamos de empezar –Darcy saltó de la cama, y la estrechó antes de que ella pudiera remediarlo.

– ¡No! – la furia de la boca de Darcy la silenció. La fuerza de sus brazos la tomó por sorpresa. Elizabeth apretó los puños y le pegó. Pero inmediatamente el deseo también se apoderó de ella.

Los labios de él presionaron la boca de Elizabeth, sumergiéndola en una oleada de excitación. La sangre galopaba en sus venas, el calor en su cuerpo iba aumentando. Sintió el frío de la sábana en la espalda cuando él la apoyó de espaldas en la cama. Lo miró con desesperación, y él fue hasta sus pechos, que tomó y acarició con gesto posesivo. La respuesta de ella no se hizo esperar, y tampoco la pudo ocultar.

–Esto no es lo que quiero... –murmuró ella con voz temblorosa, tratando de vencer el deseo que la amenazaba.

–No creo que pienses en Wickham cuando estás entre mis brazos. Tú me deseas.

– ¡No!

– Sí

Darcy jugó con sus labios. Ella descubrió la dulzura del whisky en su boca, y la aceptó, resignada a que la maestría de él la llevase por caminos de placer inexplorados.

–Me deseas... tanto como yo.

Elizabeth gimió de placer cuando él succionó su cuello, tensando el cuerpo de ella como un instrumento de placer.

–Admítelo... – le exigió Darcy, hundiendo sus manos detrás de la cadera de ella y empujándola contra él.

– ¡Sí, sí! – por fin admitió Elizabeth.

Había sido un grito de derrota. Ella se había rendido al calor de su boca y sus manos seguras, pero en su interior, ella sentía que había cedido algo más importante aún, imprescindible para su supervivencia.