Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.
Capítulo 13:
Darcy había salido a cabalgar, el sol apenas se empezaba a asomar en el horizonte, pero él necesitaba tomar aire y despejarse. Su cabeza daba vueltas de un lado a otro y no encontraba una solución.
Su esposa lo odiaba, y él sentía que no lo podía soportar. Sentía un dolor tan profundo, quería morir, no podía continuar de esa forma. La noche anterior había caído en su punto más bajo, sabía que estaba mal, y ya no se podría perdonar a sí mismo. Y estaba seguro que Elizabeth jamás lo podría perdonar.
Las palabras de su esposa aún resonaban en sus oídos. «¿Acaso no fuiste tú el primero en meter a otra mujer en su cama? ¿Por qué yo no debería hacer lo mismo? ¿Por qué yo no era suficiente para ti?»
Y era cierto, él fue el primero en fallar. Se había querido negar a todo lo que sentía por su esposa, había pensado que Thomas Bennet se mostraría mortalmente ofendido al saber de sus andanzas. Durante su primer año de matrimonio se había acostado con más mujeres de lo que estaba dispuesto a admitir. Sabía que solo una mujer ya era demasiado para su esposa.
Después del primer año de matrimonio, y al no recibir ningún reproche de su suegro o esposa, decidió que no tenía sentido. Además, cada vez sus gustos se volvían más rebuscados, de pronto ninguna mujer le satisfacía. Hablaban mucho o hablaban poco, sus pechos eran demasiado grandes o demasiado pequeños, sus ojos estaba muy juntos o muy separados, su cabello era demasiado claro o demasiado oscuro y de pronto se dio cuenta que empezaba a descartar mujeres por detalles absurdos como no tener sus ojos del color correcto.
Ya no deseaba a nadie más que a su esposa. En los últimos dos años no se había acostado con nadie más. Se había limitado a pasearse y dejarse ver por ahí con una u otra mujer, solo para aparentar que su esposa no le importaba.
Estar cerca de Elizabeth era todo un desafío, no podía soportar pasar una noche en la misma casa, estaba seguro que en cualquier momento se lanzaría sobre su ella y caería en la tentación. Y no se lo podía permitir, se negaba en darle en el gusto al Sr. Bennet. Aunque se muriera de deseo, no permitiría que su suegro lo obligara a aceptar a la esposa que le había impuesto.
Y había sido tan idiota. Jamás pensó en como eso afectaba a Elizabeth, nunca se dio cuenta del daño que le hacía. Y ahora su esposa amaba a otro hombre, y como si eso no fuese suficiente, el muy maldito tenía que ser Wickham.
La noche anterior se había vuelto loco, no podía tolerar que su esposa no lo amara, no lo deseara a él. Se bebió una botella de whisky antes de atreverse a enfrentar a esposa nuevamente. Al llegar a su habitación, su esposa no se encontraba allí.
Una tímida criada, le indicó en un gesto que su esposa se encontraba en la habitación adjunta, intentó atravesar la puerta adjunta que unía las habitaciones, pero estaba bloqueada. Darcy rápidamente despachó a todos los criados antes de intentar abrir la puerta desde el corredor. Todas las puertas estaban cerradas, era obvio que Elizabeth no lo quería ver esa noche. Darcy sintió como la furia lo consumía. Su esposa no podía negarse a verlo en su propia casa.
En un acto de completa desesperación, salió al exterior, rodeó la casa hasta localizar la ventana de la habitación de su esposa. No sabía si era la furia que sentía o el Whisky en sus venas lo que le permitía escalar con agilidad por el muro. Sus manos ardían por el dolor de aferrarse a las enredaderas que serpenteaban la casa, pero no le importaba.
En poco tiempo se había colado en la habitación se su esposa. Ella lo miró con los ojos abiertos como platos, con expresión de terror en su rostro. Su furia se disipo un poco al ver su preocupación. Al menos a ella sí le importaba si él moría. Era bueno saberlo.
Se acostó a su lado y al mínimo rastro de resistencia se abalanzó sobre ella.
–Esto no es lo que quiero... –la escuchó murmurar.
–No creo que pienses en Wickham cuando estás entre mis brazos. Tú me deseas.
– ¡No!
–Sí. –Gruñó Darcy con impaciencia.
Y entonces la lengua de él se introdujo entre sus labios entreabiertos y ella se estremeció. La presión de la boca de él se incrementó y su lengua exploró el interior de la boca de ella. La asaltó hasta que sintió como ella dejaba caer todas sus defensas. Quería escucharla decir que lo deseaba, se conformaba con que ella lo deseara. Quizá nunca podría amarlo, pero si al menos lo deseaba, era suficiente para él. Empezó a besar el cuerpo de Elizabeth, mientras sus manos recorrían su cuerpo. A ella se le escapó un gemido.
–Admítelo... – le exigió Darcy completamente excitado.
– ¡Sí, sí! – por fin admitió Elizabeth.
Eso no estaba sucediendo, dijo una vocecilla en el interior de la mente de Elizabeth. Darcy no la podía estar haciendo disfrutar así, desear eso... necesitarlo. Pero sí que podía. Podía besarla hasta dejarla sin respiración, hacerla desear cosas que nunca hubiera soñado que pudiera desear.
–Te gusta esto... Ya lo sabía- susurró Darcy.
Ella se estremeció y cerró los ojos, sintiendo su cuerpo tensarse como si él hubiera programado su respuesta. Ella se movió sin querer y se colocó debajo de él, deseando más contacto. Estaba en otro mundo, un mundo de sensualidad, muy consciente de su cuerpo como nunca antes lo había estado, consciente de su capacidad para el placer y seducida por la desesperada necesidad de que ese placer continuara. Las manos de él le recorrieron sus muslos y ella se quedó helada, pasando del placer al horror.
– ¡No! –exclamó apartándose de sus labios y levantándose de la cama.
– ¿Por qué luchas contigo misma? Me deseas. –Dijo Darcy con voz ronca, también levantándose de la cama. –Creo que me deseas más de lo que has deseado a alguna vez a Wickham. Por eso luchas contra mí. Te sientes amenazada...
El odio se apoderó de ella. Pensó que era cierto, nunca había deseado a Wickham, pero la fuerza de sus sentimientos hacia Darcy la aterró. Sabía que, a la menor oportunidad, Darcy la dominaría.
–Te odio –dijo ella intentando huir de él que se aproximaba a ella a grandes zancadas. – ¡No soy tu mujer!
Darcy la sujetó de los hombros, aprisionándola.
–Eres mi mujer, y cuanto antes aceptes ese hecho, más contenta estarás. –Darcy suspiró y luego sus ojos azules la traspasaron. –Algún día no necesitarás discutir más conmigo –declaró Darcy con calma, –y aprenderás a confiar en mí.
–No sólo eres ambicioso, sino también egocéntrico.
–Sencillamente no me gusta el fracaso.
Elizabeth tuvo miedo. ¿Qué más deseaba Darcy de ella? ¿Amor? Se estremeció, preguntándose cuál sería su venganza si ella no satisfacía esa ambición.
–No puedo convivir con el fracaso –repuso él, haciéndola acostarse en la cama.
A cada palabra que él pronunciaba, aumentaban los temores de Elizabeth. Le tomó una mano y acercó los labios al anillo que llevaba.
– ¿Te parece esto un grillete? –le preguntó Darcy.
–Un símbolo de posesión. Pero a cambio quieres todo lo que tengo para dar.
–Y eso es increíblemente generoso, ¿no? Teniendo en cuenta que yo podría tomar sin pedir.
– ¡Maldito! –exclamó ella, tratando de no sentir nada.
–Voy a hacerte perder el juicio –prometió él.
Darcy sedujo a su esposa y se dio cuenta que no era suficiente. No se podía conformar sólo con que su esposa lo deseara. Se apartó y permaneció acostado durante varios minutos en silencio, satisfecho. Incauta, ella apoyó el mentón sobre una mano y lo miró. Se dio cuenta de que su actitud relajada era muy engañosa. Había tensión en sus rasgos.
De pronto, él se levantó de la cama, tomó su bata y se la puso rápidamente.
Elizabeth no podía creer que él fuera a salir de la habitación, después de lo que acababan de compartir. Sólo lo dejó llegar hasta la puerta.
–Lo siento, señor. ¿Lo he decepcionado?
–Esto no es nada divertido –repuso él, al volverse.
–No se suponía que lo fuera. Pero…
Darcy la interrumpió.
–Lo siento, nunca debí hacer esto. No volverá a ocurrir. Por favor, intenta perdonarme. –Dijo Darcy antes de marcharse.
…
Elizabeth estaba sentada en el césped, escondida tras un gran árbol, disfrutando la vista de los jardines, abrazada a sus piernas flexionadas, escuchando el susurro del viento. El ritmo de las hojas zarandeándose por el viento, tenían un efecto tranquilizante, y la calidez del día soleado, la dejaba en un estado de pereza y calma que casi la adormilaba.
¿Cuántos días habían pasado? ¿Nueve, diez? Había perdido la noción del tiempo. Lo importante era que por fin estaba tranquila. Darcy estaba con ella, no estaba por llegar, ni por irse, ni la iba a dejar sola durante interminables semanas, y aunque esta situación aún la desconcertaba, la hacía sentir segura... descubrió que su esposo quería hacerla feliz.
Y ella ahora se sentía feliz, tanto que por momentos le daba miedo.
Cuando hacía un balance de su vida anterior, no recordaba haberse sentido así nunca. Y le asombraba que un motivo tan práctico como el que había llevado a Darcy a poner lo mejor en su matrimonio hubiese producido el cambio, y que la hubiera hecho feliz. Darcy le pidió amablemente que intentará tener un trato cordial con él, ya que hasta que él no encontrase la carta, ellos debían permanecer juntos.
Desde aquella noche, nunca más la había vuelto a tocar. Físicamente se había apartado completamente de ella, ya no le exigía nada, le daba su espacio personal y no la incomodaba de ninguna manera. Darcy convivía con ella, se comportaba muy civilizado, era conversador y agradable. Intentaba darle en el gusto y complacerla en todo momento. Aunque por momentos percibía un rastro de amargura en el rostro de su esposo, él no podía disimular, aunque intentaba bastante.
Aunque tuviese unos lazos familiares estrechos, era evidente que Darcy era una persona individualista. Y si bien era aparentemente altivo, guardaba en su interior un aspecto muy reservado de su carácter, que contrastaba también con la arrogancia que a veces mostraba. En cuanto a las emociones le resultaba más fácil ser sarcástico que cándido.
Darcy se comportaba como un amigo. Esas miradas intensas se habían extinguido, ya no la besaba, ni se aproximaba a ella de ningún modo que fuese inapropiado. Ahora disfrutaban de salir a pasear o cabalgar juntos, conversaban sobre una infinidad de temas.
Nada era perfecto. Y ella empezaba a sentir que por fin tenía lo que siempre había deseado. Pero de alguna manera los resultados no le satisfacían del todo.
Elizabeth jugaba con el pasto entre sus dedos y se preguntaba si realmente le importaba Darcy que no la amase, por que él si se preocupaba por ella. Al principio se había sentido desconcertada, Darcy era muy competitivo, posesivo, defendía su territorio. La había mantenido atrapada como a una mariposa, a quien había impedido el vuelo durante tres años, pero en el momento en que ella había podido escaparse y levantar sola el vuelo sin previo aviso, había querido establecer un desafío. No había podido soportarlo.
Por eso no se creía que Darcy fuese a renunciar a ella, cuando le había dicho que no lo haría jamás. Se preguntaba que había provocado el cambio. Quizá ya se había aburrido de ella, quizá ella ya no le resultaba atractiva, pero eso no explicaba porque continuaba a su lado. ¿Por qué era tan amable con ella?
Elizabeth no entendía a Darcy y tampoco se entendía a sí misma. Quería odiar a Darcy, pero sabía que no podía. Temía estar enamorada de su marido, justo ahora que él la trataba con la misma dulzura y respeto que a su hermana Georgiana.
Unos pasos interrumpieron los pensamientos de Elizabeth. Freddie, un empleado de la casa, se acercaba a ella, con un paquete que parecía ser el almuerzo preparado como para hacer un picnic. La saludó amablemente, y después, con gran ceremonia, extendió el mantel sobre el césped. Puso en él una botella de vino y dos vasos de cristal.
–El Sr. Darcy llegará de un momento a otro –le informó Freddie.
–Gracias. Esto tiene muy buen aspecto – respondió ella.
Elizabeth espió en la caja sin desenvolver y se le hizo agua la boca.
– ¿Quiere que le sirva el vino?
–No hace falta –respondió Elizabeth, tratando de disimular su entusiasmo, cuando el criado dejó el sacacorchos sobre el mantel.
Era el último día que pasarían en esa casa, pensó Elizabeth con tristeza. Al día siguiente viajarían a Kent, y conocería al resto de la familia. Georgiana se había ido hacía cuatro días, pues Lady Catherine requería su presencia lo antes posible.
Darcy se aproximó a ella con una sonrisa ancha. Llevaba solo unos pantalones de montar y una camisa suelta. Era raro verlo con ropa tan informal, aunque su aspecto no dejaba de ser atractivo. Por un momento pareció tener un aire juvenil y vulnerable, pero luego dejó pasó a una mirada más profunda y sincera. Elizabeth no entendía porque Darcy parecía estar tan ¿triste?, incluso cuando sonreía.
–Te queda bien el blanco –le dijo mirando la ropa de Elizabeth y sentándose en el césped.
–Iba de blanco el día que volviste a Longbourn – no supo por qué se lo dijo, en realidad se le había escapado.
–Sí –contestó Darcy tenso, y levantó el sacacorchos.
No quería hablar del pasado. Era evidente. Pero ella, sin querer, ignoró su incomodidad.
– ¿Te has tomado una gran molestia viniendo hasta aquí para estar conmigo, no?
–Me encanta estar contigo. Dame tu vaso.
Elizabeth alzó los dos vasos, y centró su atención en la boca sensual de Darcy mientras éste servía el vino. Tenía la sensación de que cuánto más cerca estaban, él más se alejaba de ella, poniendo una distancia casi invisible, como si no confiara en ella. ¿Y por qué iba a confiar en ella? Al fin y al cabo, él pensaba que ella aún suspiraba por George.
¿Por qué no le había dicho la verdad aún? ¿Por orgullo? ¿Por ego? ¿O porque la existencia de George Wickham lo había llevado a querer a demostrarle que era su verdadera esposa? De pronto Elizabeth se sintió incómoda al recordar que Darcy ya no la deseaba.
–Esto es para ti – le dijo él extendiéndole una caja ante sus ojos.
Cuando la abrió le encandiló el brillo del zafiro y el diamante que formaban el hermoso anillo.
–Es hermoso –atinó a decir ella, con cierta timidez, y luego por fin, se atrevió a mirarlo.
–Es un anillo… quería dártelo hace mucho tiempo, pero no me atrevía. –Admitió Darcy.
Elizabeth se sorprendió al escucharlo.
–Gracias –dijo ella haciendo esfuerzos por no llorar de emoción.
– ¿Por qué estás tan impresionada? Es un regalo simplemente. Bebe tu vino antes de que se caliente – la incitó Darcy.
Él sabía perfectamente por qué ella estaba tan asombrada. Darcy jamás le había comprado un regalo desde que estaban casados. Sí le había regalado una cadena el día de su compromiso. Pero desde que se habían casado nunca le había dado más que dinero. Incluso en las Navidades y cumpleaños no le había regalado más que dinero. Había ingresado cuantiosas sumas en su cuenta, pero jamás le había dado nada para desenvolver. Y ella no era muy buena para gastar dinero, a decir verdad sólo se compraba vestidos que después enviaba a sus hermanas. Muchas veces en las cenas que preparaba, le preguntaban por alguna pieza especialmente bonita, y ella decía que Darcy se la había regalado, pensando en que efectivamente el dinero era de Darcy, pero sabiendo que no era del todo cierto lo que decía. Y el recuerdo amargo de otro tiempo en ese momento le dio ganas de llorar.
–No lo quieres –afirmó él con una actitud hostil, que la sorprendió.
– ¡Por supuesto que sí! – dijo ella poniéndoselo junto al anillo de boda rápidamente, en la sospecha de que si no lo hacía en cualquier momento se lo quitaría y lo arrojaría lejos.
Darcy aflojó la tensión del rostro. Ella entonces se dio cuenta de que a él también le inquietaba la situación, y de que se sentía culpable de esos terribles años de regalos impersonales.
Darcy se acercó a ella para que le prestara atención.
–Lo que quiero decirte es... –dudó Darcy. – ¡Dios! ¡Desearía no haberme pasado tres años siendo un cerdo, y un arrogante, haciéndote pagar lo que tu padre hizo conmigo! ¡Aunque ahora no veo las cosas de ese modo! –Darcy daba golpecitos nerviosos en la muñeca de Elizabeth, expresando lo difícil que le resultaba admitir esos sentimientos.
Ella bajó la vista y bebió el vino.
–Creo que entonces también tuve la vaga idea de que eras inocente y de que no sabías nada del chantaje de tu padre. Podría haber sido más amable. Tú eras muy joven. Eras más inocente de lo que es actualmente es Georgiana. Cuando las veo juntas ahora, veo cosas que no quise ver hace tres años.
–Eso no importa ahora...
–Debo haberte hecho mucho daño.
–Sí. Pero ya lo he superado… –Elizabeth forzó una sonrisa inestable. Se sentó de rodillas y alargó la mano hasta la caja de la comida para desenvolverla. – ¿Qué quieres comer?
– ¿La comida? – explotó Darcy.
Se acercó a ella y, sujetándola fuertemente y tomándole la cara entre sus manos, le dijo:
–Olvídate de la comida –le dijo Darcy algo enfadado. –Elizabeth, te estoy pidiendo perdón por todo el daño que te he hecho. ¡No puedes decir que no es nada! ¡No puedes decir que ya no importa!
– ¿Qué quieres que te diga? –le preguntó Elizabeth a su vez también enfadada.
–No lo sé… dime lo que sientes. ¿Me podrás perdonar algún día?
Elizabeth no sabía que contestar. Ni siquiera sabía cómo se sentía.
–Necesito tiempo… –Susurró.
–Pero aún quieres ser libre ¿Verdad? –le preguntó Darcy sin mirarla.
–Sí –contestó ella sin dudar. Se decía que debía defender esa causa hasta el final... aunque por otra parte ya no se sintiera tan segura.
Darcy sintió su corazón romperse, sintió ganas de llorar, quería morir. Pero se dijo que debía volver a intentarlo.
–Elizabeth, yo quiero que seas feliz… ¿Me puedes dar un tiempo para hacerte feliz? –preguntó de pronto.
Ella lo miró desconcertada. Darcy la miraba con sus ojos azules desbordando vulnerabilidad y algo más. No se atrevía a decir no. Pero tampoco le quería decir que sí.
–No puedo responder a eso. –contestó finalmente.
Darcy suspiró…
–Vamos a comer.
Toda su tensión se había ido. Había dicho todo lo que necesitaba decir. Había mostrado arrepentimiento por todos esos tres años. La culpa lo había golpeado por fin. Y era ahora cuando comprendía que no sólo él había sido la víctima del Sr. Bennet.
También comprendió que aunque Darcy ya no la deseara, debía permanecer a su lado a causa del chantaje. Él quería que al menos ella fuera feliz, ya que estaban condenados a estar juntos.
Thomas Bennet había podido prever que Darcy guardaba rencor a su hija y se sentiría una terrible amargura por ser obligado a casarse. Y seguramente también había calculado que tendría otras mujeres. Pero de lo que no se había preocupado en absoluto era que ella fuese feliz. Sólo le había interesado un marido poderoso y rico.
– ¿Por qué estás tan seria?
–Estaba pensando mi padre.
–No te atormentes pensando en él. –Le dijo Darcy dedicándole una mirada comprensiva.
–No puedo. Teniendo en cuenta que por su culpa estás obligado a estar conmigo...
– ¿Es eso lo que piensas?
–Es la verdad, ¿no es así? –Elizabeth deseó no haber hablado.
–Nuestro matrimonio será lo que nosotros hagamos de él –Darcy la miró intensamente y le dijo. –Compréndelo. Yo quiero estar contigo, yo quiero hacerte feliz, quiero que formemos nuestra familia. No volveré a mirar atrás.
Elizabeth no podía creer lo que había escuchado y nuevamente ahí estaba la mirada que ella tanto temía y anhelaba en partes iguales. Darcy la deseaba, lentamente se acercó a ella y la besó. Fue un beso lento, suave y dulce. Nada parecido a esos besos que la consumían por dentro, él mantenía las distancias, sus manos no la estaba tocando. Él nunca la había besado de una forma tan inocente.
– ¿Fitzwilliam...? –dijo ella desconcertada.
En el mismo momento en que ella se disponía a hablar alguien desde la casa llamó a Darcy. Éste se puso de pie en un salto, y con enfado dijo:
– ¡He dicho que no me molesten! ¡Ninguna interrupción!
Entonces el criado se acercó y le respondió:
–Es urgente.
– ¡Espero que sea muy urgente! Quédate aquí...espérame – le dijo a ella en un aparte.
Lo vio alejarse por el sendero que iba hacia la casa. Elizabeth no podía estar más confundida. Darcy le había dicho que quería formar una familia con ella. Y eso era tan inesperado... Se sirvió unas fresas del almuerzo. Miró su anillo desde todos los ángulos, y de pronto ya no supo que pensar... El sol le había dado sueño.
La despertó en ruido de unos caballos que pasaron junto al camino. Estaba sobresaltada, desorientada. Se quitó el pelo de la cara y miró el horizonte, el sol estaba anaranjado. Había dormido un par de horas y Darcy no había vuelto.
Recordó entonces que debía atender algo urgente. Al menos ella habría creído que había sido urgente. Se levantó y acomodó su vestido arrugado. Cuando llegó a la mansión notó un silencio abrumador. Dejó las cosas del picnic a un costado. El personal parecía haberse esfumado. Sintió que algo no marchaba bien, era un presentimiento. Darcy estaba en su oficina mirando algo en su escritorio.
–Te has olvidado de mí. Pero te perdono – dijo ella bromeando desde el quicio de la puerta.
Él levantó la vista y la miró con ojos de hielo. Elizabeth sintió que la pulverizaban. Y supo que su presentimiento no la había engañado. Él la escudriñaba con el gesto grave, reprimiendo una rabia que se le escapaba en la mirada, intimidándola como él lo sabía hacer.
Elizabeth se puso pálida.
– ¿Qué ocurre?
– ¿Cómo lo sabes? – preguntó él con ira contenida.
– ¿Qué es lo que ocurre? – preguntó ella con ansia.
–Ven aquí. Tengo algo que mostrarte.
Sobre el escritorio había una colección de cartas. Elizabeth se acercó a ellas y se inclinó para verlas bien. Al principio pensó que Darcy por fin había encontrado la carta que tanto buscaba y se disponía a retirar lo que le había dicho esa tarde. Pero esto era totalmente diferente y peor.
Sintió vértigo en el estómago. Hubiera querido morirse. Se trataba de las cartas que ella había enviado a Wickham. No podía creerlo. Miraba una tras otra como para convencerse. Era su letra, tenían su firma. "Amado Wickham" "Eres el amor de mi vida" "Estás en mi corazón" ¡Dios! ¿Cómo se le había ocurrido a ella firmar esas cosas?
Se le debilitaron las piernas. «¿Por qué ahora?», hubiese querido gritar.
– ¿De dónde las has conseguido? –preguntó ella.
– ¿Sabes cuánto valen las cartas mi mujer con otro hombre?
Elizabeth miraba a la nada, sin poder reaccionar. Darcy habló de una suma extraordinaria y se quedó como esperando alguna respuesta de parte de ella. Pero Elizabeth no podía pensar ni hablar.
–Tu querido Wickham ha vendido estas cartas a la prensa. Si el dueño del periódico no hubiese sido uno de mis amigos y su editor no se hubiese dado cuenta, ¡las hubiesen publicado!
Elizabeth no podía creer que George Wickham la había vendido a la prensa. Quiso golpearlo por rastrero y traidor.
–Las has comprado...
– ¡Eres mi esposa! ¿Qué iba a hacer? – gritó él con furia.
– ¡Deja de gritarme! –dijo ella desesperada. –Lo lamento, no he podido evitarlo. Y además lo de Wickham terminó. ¡Terminó cuando volvimos a Londres! Debería habértelo dicho antes.
–No mientas – la interrumpió.
–No miento. Terminó hace tiempo.
– ¡Serías capaz de decirme cualquier cosa con tal de protegerlo! – dijo él dando un golpe sobre las cartas, tensando las facciones en señal de disgusto. – ¡Pero el muy maldito te vendió! ¡Te traicionó!
– No me estás escuchando. No me crees.
– Da igual. ¡Nunca me han humillado tanto!
¿Daba igual entonces su relación con George? La idea de su matrimonio se venía abajo nuevamente. Había sido estúpida ilusionándose. A Darcy sólo le importaba su imagen pública, su honor de macho humillado. Mientras él se había mostrado con todas las mujeres que le había apetecido, ella no tenía derecho a nada. Debía tener una conducta irreprochable en ese sentido.
Se sentía mareada. Lamentó haberse sentido culpable y haber sentido necesidad de pedir disculpas a Darcy. Su deseo había sido no causar más daño a la relación entre ellos, pero ahora Darcy había demostrado que su matrimonio era vacío, al menos por parte de él.
– ¡Si para ti esto es una humillación, es que has tenido una vida fácil! –dijo ella.
Él se quedó quieto, sin poder creer lo que oía.
–Yo he vivido tres años de humillaciones. Todo el mundo sabe lo que tú valoras tu matrimonio, Darcy. De eso te has asegurado muy bien. Pero cuando las cosas ocurren del otro lado se trata de una ofensa inadmisible. Alégrate de tener los contactos y el dinero para impedir su publicación. Yo no contaba con ellos – dijo ella en un rapto de dignidad. –Y tuve que soportar las miradas de lástima de tus invitados en las cenas que organizabas...
Darcy se puso blanco.
–Yo no me consideraba casado.
Elizabeth miró nuevamente las cartas, y respondió.
–Yo tampoco...
–Eso es diferente –siguió Darcy irracionalmente, llevado de la ira.
–Sí, yo fui más sensible – dijo ella con lágrimas asomando a sus ojos, pero reprimiéndolas al fin. –Y más cobarde también como para hacer algo. Pero no voy a agachar la cabeza como si fuera una pecadora y tampoco voy a decir «lo siento».
– ¡Demonios! – dijo él con los puños apretados.
–Porque no lo siento. De hecho me hubiese gustado que tu amigo las publicase para que supieras lo que es durante un par de semanas. ¡Yo he tenido que soportarlo durante tres años! – le gritó en un arranque de rabia y desesperación. – ¿Te sorprende Darcy?
– Tú, desgraciada... –la miró con impasividad, como si todos sus sentimientos hubieran desaparecido de pronto.
Ella continuó.
–Pero es algo natural en los hombres, es algo que las mujeres no podemos comprender – dijo ella recordando las palabras de él, y hubiese querido callarse, pero descubrió que no podía frenar su deseo de hablar. –Sólo hice lo que tú, pero más tarde que la mayoría, como dijiste. Eso sí, no he sido tan retorcida como tú, justificándome, ni haciéndolo para hacer daño a nadie ni humillarlo.
Darcy se dio la vuelta en silencio y se marchó, dejándola sola, temblando y dolorida en su interior. Se preguntaba de donde le habrían salido sus palabras. Pero supo que desde dentro de su ser. Tantos años aguantando la amargura y la pena, habían desembocado en esa explosión.
Darcy se había sentido humillado. Algo muy grave para un hombre tan orgulloso. Su apreciado honor, era lo que más le pesaba. Había esperado que le pidiera perdón a sus pies. Con menos no se hubiera conformado. Lo que menos esperaba era el desafío de sus palabras. Él se regía por unas reglas, pero ella debía regirse por otras.
Elizabeth se tapó la cara con las manos. Se sentía vacía. Había sido una tonta una vez más. Darcy no la había dejado abandonarlo, la había llevado a la cama, había desplegado nuevamente sus encantos sobre ella, y ella había vuelto a caer. ¡Y en realidad le importaba tan poco a él! Era muy doloroso saber que al hombre al que amaba no le importaba nada.
Por qué sí. ¡Demonios! Se había enamorado de Darcy.
He retirado todo el lemon explicito, pero lo pueden leer completo la otra historia clasificación M
Un Matrimonio Diferente (Viñetas)
