Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 14:

El carruaje se desplazaba camino a Kent. Darcy había arreglado todo para quedar a solas con su esposa en el carruaje, salvo por el cochero que iba al exterior, tenían la privacidad suficiente para no ser molestados.

Estaba muy nervioso, pero sabía que debía salvar la distancia que se había formado el día anterior. Debía intentar acercarse a su esposa, al menos para tener un trato cordial. A veces no podía controlar su temperamento y cuando se trataba de Elizabeth se sentía fuera de control. Sus impulsos se anteponían a su razón. Aunque no quería admitirlo, estaba asustado, tenía mucho miedo… Temía que Elizabeth pudiera decir algo que él no pudiese manejar.

Darcy había leído las cartas que su esposa había escrito a otro hombre y no lo quería creer. Ella expresaba sus sentimientos de manera tan natural, inocente y amorosa. No había querido creerlo, pero ya no tenía dudas, Elizabeth amaba a Wickham. Y esa certeza lo trastornaba. Ese amor se desbordaba en cada palabra que ella había escrito. Palabras que se habían grabado en su corazón y le quemaban por que no eran para él.

Se decía que tendría que aprender a vivir con el hecho de que su esposa no lo amaba a él. Pero el amor que él sentía por ella tendría que bastar para los dos. Porque él la amaba, la amaba con locura, no podía pensar en vivir sin su esposa. Por otra parte entendía que el amor no era obligado, ni debía ser egoísta, el amor lo soportaba todo… Si al final de todo Elizabeth no quería estar con él, tendría que aprender a vivir con eso.

Aunque vislumbrar la idea de dejar a Elizabeth en libertad, lo mataba por dentro. Pero entendía que no podía seguir actuando como un carcelero, no quería seguir siendo el villano en la vida de Elizabeth. Aunque pensarlo no era igual a hacerlo… Decidió que debía intentarlo, era muy pronto para darse por vencido.

Elizabeth iba sentada mirando por la ventanilla, por el rabillo del ojo veía a Darcy servirse un trago. Le sirvió otro a ella sin que se lo hubiera pedido. Bebió sin fijarse en el contenido. Parecía vino. La atmósfera era tensa. Ella se sentía nuevamente amenazada.

¿Dónde había dormido él la noche anterior? Era de madrugada cuando ella se había dormido y él aún no había llegado. Tampoco había llegado a desayunar. Aunque ella no podía decir que se sintiera decepcionada por su ausencia. No le apetecía en absoluto conocer a la familia de Darcy en ese estado. Estaba hecha un manojo de nervios.

Estaba avergonzada, lo que había ocurrido en día anterior era espantoso. Ya sabía que George Wickham no era una buena persona, pero jamás imagino que sería capaz de ser tan bajo y rastrero. Se sentía avergonzada de haberse relacionado con él.

Ahora los nuevos y frágiles lazos que había trazado con su marido, se habían visto destruidos por el recuerdo brutal del pasado. Elizabeth reconocía que en su intención de defenderse, había usado esas cartas para desahogarse, y que tal vez había sido un error. Estaba furiosa. La culpa no era de Darcy. Estaba furiosa porque no era capaz de tomar las riendas de su vida. Se sentía víctima de su padre, se sentía víctima de George Wickham.

Debía aceptar que la frustración, el arrepentimiento y la humillación habían sido producto de su pasividad. Darcy no había participado en su decisión de aceptar el matrimonio que le había propuesto su padre. Ésa era una realidad devastadora. Y lo peor era que ella no la había querido ver hasta ese momento.

En ningún momento, durante los tres años de matrimonio, se había atrevido a discutir la situación, y Darcy no había estado en posición de exigir su libertad. En parte no se extrañaba que Darcy pensara que ella había estado obsesionada con él, o que no quería perder su status y su holgada posición económica.

Darcy le había dado el status que su padre había querido para ella, como precio de su silencio. ¿Qué más podía esperar? El amor no había sido parte del trato ni siquiera entonces. Y de un modo u otro ella iba a tener que soportarlo.

Se había alzado un silencio denso entre ellos. Por momentos lo toleraba y por momentos hablaba de cosas intrascendentes para disimularlo.

–Cuando volvamos a Londres intentaré arreglar el escritorio que me regalo mi padre. Tal vez podría tener un...

– ¿Cajón secreto? –la interrumpió él.

Elizabeth estaba resuelta a encontrar esa carta, se lo había jurado. No era justo que ella fuera el rehén para que la familia de Darcy estuviera a salvo de algo.

–Pienso… que es paranoico de tu parte, pensar que esa carta aún es una amenaza, a pesar de la muerte de mi padre. –Murmuró ella sin reflexionar.

–No pienso correr ese riesgo –dijo Darcy.

– ¡Voy a terminar pensando que estás tapando un crimen o algo así, algo verdaderamente horroroso! – dijo ella temblorosa.

– ¡No es nada tan dramático! –dijo él con una risotada. –Puedes tener la conciencia tranquila.

–Me gustaría que me dijeras algo sobre esa carta –dijo ella dudando.

– ¿Y poner a tu alcance la tentación? ¿Crees que no sé lo desesperada que estás por ser libre? ¿Me crees tan estúpido?

–No le haría daño a tu familia –dijo Elizabeth pálida.

–Espera a conocerlos.

– ¿Y eso qué quiere decir?

–Ya verás.

Darcy se apartó de ella. Decididamente tenía un gesto amargo. Elizabeth comenzó a pensar que la reunión familiar que iban a tener no iba a ser muy tranquila. ¿O estaba equivocada?

El día anterior se había ilusionado, debido a que lo amaba y quería aferrarse a la frágil esperanza de que Darcy hablara en serio cuando se disculpó y dijo que quería empezar de nuevo y olvidar el pasado. ¡Qué tonta fue!

–Ayer... –dijo ella sin saber muy bien qué iba a decir.

–Quería matarte –murmuró Darcy con una entonación neutra. –Pero no me había dado cuenta de lo amargada que estabas. Nunca se me había ocurrido ponerme en tu lugar. Tú siempre parecías llevarlo bien…

–No estabas allí para verlo, y además yo aprendí a esconder mis sentimientos.

– ¿Por qué te quedaste conmigo? Necesito saberlo –dijo Darcy. –Ahora me doy cuenta de que no podía ser por dinero, cuando estabas dispuesta a perderlo todo e irte con Wickham. ¿Entonces por qué seguiste a mí lado durante tanto tiempo?

Elizabeth tenía las mejillas encendidas. La mirada de él era como una acusación que pesaba sobre ella.

–Cuando volviste a Hertfordshire... bueno, sé que te parecerá estúpido ahora, pero… Pensé ver en ti algo que no había en ningún otro hombre. No me di cuenta en ese momento, creo que ya me sentía atraída, me gustabas pero muy en contra de mi voluntad.

–No me parece estúpido – dijo él.

Era difícil decirle esas cosas, y Darcy quería ayudarla haciendo ver lo que estaba diciendo no era una tontería. Pero a Elizabeth le costaba hablar de los sentimientos. Había sido tan fácil decir «Te quiero» a George cuando él se lo había dicho la primera vez...

– ¿Te ha pasado alguna vez? Quiero decir, algo así ¿Qué te guste alguien aún en contra de tu voluntad? – susurró ella, de modo casi inaudible.

–Sí – contestó él. –Fue algo instantáneo desde el primer encuentro, y me dio mucho miedo. Estaba como atontado, mis pensamientos volvían a ella una y otra vez, había perdido el control. No me gustó.

Elizabeth bajó la cabeza. Se preguntaba cuál de todas sus mujeres había logrado ese efecto en él. Y recordarlo le dolió.

–Me estabas contando como te sentías... – le recordó Darcy.

–Era tan tonta... Al principio pensé que tú sentías lo mismo. Tú solo estabas ligando conmigo, pero yo no tenía experiencia, y no me di cuenta – dijo ella con amargura. –Si no me hubiese sentido atraída hacia ti y lo hubiese demostrado tan claramente, tal vez mi padre no hubiese pensado nunca en chantajearte... Lo siento.

–No fue culpa tuya, sé que te eché las culpas en Hertfordshire, pero dije lo que primero que se me ocurrió. Tú no tenías la culpa, pero eras la hija de Thomas Bennet, y la presión con la que había vivido hasta su muerte combinada con el descubrimiento de la caja que no contenía lo que yo buscaba, me hicieron perder la cabeza. Tal vez sea un poco tarde, pero lamento el modo en que te enteraste de los tratos de tu padre.

Elizabeth bajo la mirada, le parecía extraña tanta gentileza en Darcy. Pero luego pensó que tal vez no quería que conociera a su familia en un momento de tensión como ése que atravesaban: prefería guardar las apariencias.

–Creo que es importante que seamos sinceros el uno con el otro. ¿Por qué seguiste conmigo?

–Mi reputación ya estaba comprometida. Además mi padre estaba tan orgulloso de mi boda contigo, había logrado asegurar el futuro de mi madre y mis hermanas. No quería decepcionar a mi padre, ni quería llevar la desgracia a mi familia.

Darcy suspiró profundamente.

–Pero te hice daño. Debo haberte hecho mucho daño continuamente – la voz de Darcy sonaba severa.

–Sí, pero pensé que por mi familia el sacrificio valía la pena.

Elizabeth dejó de mirar a la nada y fijó los ojos en Darcy. Él se pasaba nerviosamente los dedos por el pelo, y estaba pálido.

– ¿Por qué te tienes que sentir culpable? – preguntó ella confundida. –Nosotros no estábamos casados realmente.

–Pero ahora sí lo estamos. Tienes el vaso vacío. Déjame que te sirva otro trago – dijo él.

Elizabeth se sentía un poco mareada. Si no hubiese sido porque solo había bebido un poco de vino, habría jurado que estaba afectada por el alcohol.

–Me da la sensación de llevar toda una vida metida en este carruaje.

–Las conversaciones importantes pueden tener ese efecto.

–Pensé que eran indignas de ti.

–No, cuando mi matrimonio está en juego.

Elizabeth no podía creer lo que oía. No era el tipo de afirmación que pudiera hacer Darcy. Bebió nuevamente el vino.

– ¿Sabes? A veces eres muy extraño... –murmuró Elizabeth como si hablase sola.

Darcy se sentó más cerca y le tomó la mano.

–Quiero que me perdones por mi actitud de ayer.

Elizabeth sentía que Darcy le estaba diciendo lo que ella quería oír. Y había algo en lo que le decía que no era sincero. «Mi matrimonio está en juego». No podía ser.

De pronto se dio cuenta de que hasta que la carta no apareciera, Darcy querría seguir casado con ella. El día antes, ella, por primera vez, se había enfrentado a Darcy. Y tal vez él temiera que Elizabeth estuviera dispuesta a separarse sin medir las consecuencias para su familia y para él mismo.

–No debes decir eso. En realidad yo fui un poco insensible.

–No, fui yo el insensible.

–Pero yo...

–Fue culpa mía – la volvía a interrumpir, un poco irritado.

–Pero yo debí...

–No quiero oír una palabra más – dijo él con una sonrisa increíblemente atractiva.

Pero Elizabeth notaba el enojo que él apenas podía reprimir y que tensaba la atmósfera.

–Darcy... No voy a dejarte otra vez –le dijo ella, sintiéndose culpable por el hecho de que él se viese obligado a frenar sus supuestos impulsos a marcharse de su lado –Sé que no puedo, a no ser que encuentre esa carta.

–Imposible – dijo él, cortante.

–Pero tú me dejarías ir inmediatamente si apareciera.

–Yo no diría eso.

– ¿Por qué? Nuestro matrimonio no funcionará, no podemos estar juntos.

–No digas tonterías.

Darcy sostuvo el vaso que ella estuvo a punto de tirar, y luego lo dejó a un lado.

– ¿Estamos llegando? –Preguntó Elizabeth al divisar una gran casa a lo lejos.

–Aún no, pero estamos cerca.

Elizabeth movió los hombros, la verdad era que se sentía muy relajada, y a la vez excitada. Darcy la observaba. Luego le tomó la mano. La sangre de Elizabeth se aceleró. Sus pechos se pusieron alerta. Sus pezones se habían vuelto más sensibles. Hubo un silencio largo. Y luego, Darcy, en un movimiento rápido, se aferró a las caderas de Elizabeth, la levantó de su asiento y la puso encima de él. Y la besó apasionadamente, desesperadamente.

Elizabeth sintió el fuego desbordarse en su interior, pero no entendía nada de lo que estaba ocurriendo.

– ¿Darcy?

–No sabes lo que estás haciendo... – murmuró él.

–Sé lo que quiero hacer –entonces Elizabeth se rió, y le lamió la línea de la boca.

Las manos de Darcy se posaron en los antebrazos de ella, y en un movimiento que pareció apartarla, la apretó aún más contra él. La volvió a besar con pasión. Elizabeth disfrutaba de su beso, y la excitación creciente se iba apoderando de ella como una ola que la envolviese.

De pronto él se paró, apoyando su cara contra la de ella, y le dijo.

–Soy un desgraciado... Soy todo lo que tú me has llamado y más, y ahora daría diez años de mi vida por hacer el amor contigo. Es una agonía...

Elizabeth pensó que a la frase seguramente seguiría un «pero».

–En tu vino había vodka, Elizabeth.

– ¡Oh!

–Es algo desagradable lo que he hecho, pero necesitaba que hablases y que estuvieras relajada. Por favor, perdóname.

Cuando Elizabeth se apartó, Darcy tembló, como una reacción que contrastaba con la tensión y la excitación de ese momento. Y Elizabeth se rió, porque de pronto le pareció muy gracioso. Sabía que esa duplicidad en él debía molestarla, pero la imagen de Darcy hecho un auténtico lío de sensaciones, le hacía gracia.

–Tienes conciencia...

–Sí, y ahora mismo me está matando. ¡Cielos! Siempre es así contigo. Te deseo tanto, que haría cualquier cosa.

Elizabeth descubrió en las palabras de Darcy un poder suyo que no conocía. No se le había ocurrido que fuese tan deseable para él. Pero ella se daba cuenta de que excitación era mutua. No obstante, él era un macho que buscaba, sobre todo, sensaciones físicas. Seguramente no tenía nada que ver con las fantasías juveniles que Elizabeth había albergado durante tanto tiempo, pero igual le gustaba lo que él decía, y se daba cuenta de que nunca había valorado sus propios encantos.

–No tengo pechos grandes.

– ¿Qué?

– No soy exuberante.

– ¡Dios! Yo creo que eres perfecta – le acarició los labios con la boca. –Eres tan perfecta... No puedo creer que seas mía...

–Dime más... – le invitó Elizabeth, echando la cabeza hacia atrás, y sonriendo burlonamente.

Pero Darcy no siguió, porque se dio cuenta entonces de que el carruaje se había detenido.

–Hemos llegado.

Elizabeth hizo un esfuerzo por volver a la realidad, lo que le costó unos segundos. Darcy entonces le tomó la cara con una de sus manos en un gesto tierno, y le dio un beso que poco hacía para que ella se pudiera desprender de él.

El aire fresco la golpeó. Darcy le rodeó la espalda con su brazo, y la ayudó a ponerse de pie firme, mientras ella se estiraba su vestido.

–Si me tambaleo es culpa tuya.

Darcy se rió suavemente e inclinó la cabeza.

–Todavía estás débil a causa de la gripe – le dijo él -. Definitivamente tienes que descansar en la cama antes de la cena. Y como soy un buen esposo que te cuida y que se preocupa por ti...

–Darcy –dijo Elizabeth, mirándolo con seriedad.

Darcy sintió temor nuevamente al ver esa mirada.

–Esta conversación no ha terminado. Me aseguraré de estar totalmente sobria la próxima vez. –Dijo Elizabeth.

–Entiendo. –Murmuró Darcy.

–Por ahora seremos civilizados. –Comentó ella, tomando el brazo de su marido.

Mientras Darcy la conducía por las escalinatas que daban al impresionante edificio que tenían delante, y cuyas puertas estaban abiertas como para recibirlos, Elizabeth pensaba que era evidente que Darcy había intentado devolver el encanto a la relación entre ellos, quería volver a un punto anterior a la discusión. Pero ella no se podía permitir caer en el embrujo.

Debían buscar una forma de resolver el misterio de carta, para recuperar su libertad. Debía ser realista y no creer en fantasías románticas. Creía que Darcy quería lo mismo, pero ahora empezaba a sospechar que Darcy prefería vivir en la fantasía del matrimonio.