Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 15:

Georgiana salió a darles la bienvenida. Parecía nerviosa, estaba vestida y arreglada como nunca antes la había visto Elizabeth. Con el pelo recogido, y un elegante vestido que realzaba su figura menuda.

– ¡Llegan tarde!

–Pero ya estamos aquí – dijo Darcy sin darle importancia.

El mayordomo los anunció pero en ese instante apareció una mujer mayor, con gesto severo. La miró de pies a cabeza con un claro gesto de desprecio, antes de dirigir una significativa mirada a su marido.

La presentación fue incomoda y tensa, Lady Catherine no dijo mucho, sólo les dio la bienvenida con frialdad. Y le pidió a Elizabeth que se uniera al grupo que estaba en el salón.

–Darcy –lo llamó con voz clara, y sólo una mirada bastó para que la orden fuese clara.

–Vuelvo enseguida –prometió Darcy mirando a Elizabeth.

Georgiana la tomó del brazo y la fue presentando a todos los invitados. Y todos la habían recibido con frialdad y formalidad. Había sido el tipo de bienvenida que hubiese espantado a cualquier mujer con expectativas acerca de un encuentro con su familia política.

–Es desagradable –comentó Georgiana. –Te están tratando como si fueras la mujer invisible.

Elizabeth sintió ganas de reírse. No sabía realmente si lo que decía su cuñada era cierto. Pero comenzó a pensar que probablemente la muchacha tenía razón. Porque la sensación que le daba era que la habían recibido como a una enferma contagiosa. Pero en el momento en que Darcy fue a su lado, y le puso una mano alrededor de su cintura, todos cambiaron de actitud. No hacían más que escuchar a Darcy, y estar receptivos hacia él. El efecto del cambio repentino era casi cómico.

–Ven, te presentaré a la Tía Matlock. Ella es muy agradable –le dijo Georgiana impaciente.

La mujer, muy elegante, se hallaba sentada al fondo del salón, con aire altivo. De pronto sus ojos brillaron con interés cuando las vio acercarse.

–Tía, ésta es mi hermana Elizabeth Darcy –anunció la Georgiana con una sonrisa.

La mujer la miró con curiosidad antes de dedicarle una sonrisa a Elizabeth.

–Oh, Sra. Darcy, que gusto… Por favor, siéntate conmigo.

–Gracias –murmuró Elizabeth sentándose a su lado.

–Georgiana pide que nos traigan café. –Le indicó a su sobrina, luego se volvió a ver a Elizabeth. –Se ve muy bien a Darcy. ¿Eres feliz con él? –le preguntó.

Elizabeth no estaba segura de cómo responder a esa pregunta. Prefirió guardar las apariencias.

–Sí, claro.

–Hacía tanto tiempo que quería conocerte... que ahora no sé qué decir. –Murmuró la condesa. –Eres muy hermosa, no te imaginaba así... Quizás cuando vayas al norte puedas ir a visitarme – le dijo con una sonrisa.

–Me gustaría mucho.

Elizabeth no quiso comentar que nunca había ido al norte, y que no conocía el condado de Derbyshire, ni decir Pemberly. Sabía que su esposo amaba esa propiedad, pero nunca la había llevado allí. Además notó que Lady Matlock estaba incómoda mientras hablaba con ella. Como si los demás miembros de la familia pudieran ver mal que ella recibiera a la esposa de Darcy con agrado, y no por obligación, como hacían ellos.

Charlaron por un momento, de pronto la voz de Lady Matlock se desvaneció por un momento al ver a un hombre alto y uniformado luego volvió a elevar el tono de voz, diciendo con alivio:

–Éste es mi hijo Richard.

–Un placer Sra. Darcy –dijo el hombre inclinándose en una reverencia. –Coronel Richard Fitzwilliam a su servicio. –se presentó.

Elizabeth correspondió su reverencia.

–He escuchado mucho de usted Coronel Fitzwilliam–comentó Elizabeth.

–Espero que solo cosas buenas –murmuró.

–Oh, claro que sí. –Aseguró Georgiana uniéndose a conversación y sentándose junto a Elizabeth.

El Coronel era un hombre agradable, de sonrisa fácil y por momentos su conversación apagaba a la de su madre. No disimulaba el hastío que le producía aquella reunión familiar. Esa falta de hipocresía era algo que le agradaba a Elizabeth.

Se notaba que Geogiana confiaba en ellos, pues abandonaba esa tensión que la había acompañado hasta ese momento y, en cambio, conversaba relajada y sonreía mucho. De pronto Elizabeth notó lo parecida que era con su primo cuando sonreía de ese modo. Le resultaba curioso.

Darcy atravesó el salón. Hubo saludos entre ellos. De todos los invitados, el Coronel Fitzwilliam y la Condesa eran quienes más afectivamente lo habían tratado, pero en cambio Darcy tenía hacia ellos una actitud contenida y algo fría.

–Querida, necesito que me acompañes. –Dijo Darcy. Elizabeth se ruborizó, pero Darcy ya se la estaba llevando, con audacia sin igual. Elizabeth miró hacia atrás disculpándose ante los demás. Lady Matlock estaba claramente desconcertada y el Coronel Fitzwilliam los miraba con curiosidad.

– ¿Qué pasa? –preguntó Elizabeth preocupada.

–Se te ve muy cansada –murmuró Darcy.

Elizabeth se quejó por su falta de modales, pero entonces Darcy la silenció con un abrazo y un beso que la dejaron sin aliento. Elizabeth emergió del beso aturdida, y un poco inhibida porque pensaba que sus familiares podrían haberlos visto, y que seguramente le censurarían.

– ¿Qué haces? –gruñó Elizabeth sonrojada.

–Lo siento, pero he estado deseando besarte desde que llegamos, ya no me pude contener. –Se disculpó Darcy con una voz suave con un tono inocente, casi infantil.

–Fitzwilliam… –susurró Elizabeth incomoda.

–Lo sé, lo siento –dijo tomándole la mano y guiándola por un elegante pasillo. –Antes de que me regañes, dime ¿Qué piensas de mi familia?

– ¿Quieres que te diga francamente?

–Si no, no te lo hubiese preguntado.

–Son horribles. Por supuesto que deben ser más cálidos de lo que aparentan...

–Probablemente más fríos.

– ¡Oh, Darcy! – susurró ella.

–No seas tonta. Yo ya soy mayorcito como para que me adornes las cosas.

–Lady Matlock y el Coronel Fitzwillian son muy simpáticos. Parecen quererte mucho.

Darcy pareció reflexionar al respecto y la llevo a lo que parecía ser su habitación. Le sonrió pícaramente a su esposa mientras la acorralaba contra la puerta que acababa de cerrar.

–No deberías seguir haciendo estas cosas. –Se quejó Elizabeth.

– ¿Qué es lo que no debería hacer? –preguntó con el mismo tono inocente que había usado antes.

–Esto, lo que estás haciendo ahora… –Elizabeth no pudo evitar que su respiración se acelerara, Darcy sólo la miraba con sus hermosos ojos azules y a ella se le iban los pensamientos. –Por favor… –dijo apenas.

–Dime Elizabeth, que es lo que no debería hacer –Dijo Darcy ahora con voz seductora mientras deslizaba la punta de sus dedos por las mejillas sonrojadas de su esposa.

Elizabeth se esforzó por darle coherencia a sus pensamientos, pero Darcy la abrumaba y en su mente sólo deseaba abalanzarse sobre él y hacer toda clase de cosas indecorosas y excitantes. Se reprendió internamente y le dio un empujón a su esposo, para lograr pensar con claridad.

–Ya basta. Yo… te prometí que no te dejaría, que me quedaría a tu lado mientras esa carta aparece. –Elizabeth tomó aire, para no perder el valor que apenas había adquirido. –Pero, no puedes seguir tomándote libertades conmigo, ni con mi cuerpo. Esto sólo complica más las cosas. Lo nuestro no es un matrimonio real.

Darcy la quedó mirando con una expresión de vulnerabilidad que tardó algunos segundos en cubrir con su dureza habitual. De todas maneras Elizabeth se dio cuenta y de pronto se sintió como si hubiese pateado a un cachorrito. Y era muy estúpido comparar a su esposo con un cachorrito. Ella lo sabía bien.

–Pero nuestro matrimonio es real, muy real. –Dijo Darcy intentando mantener la calma. –Yo pienso en ti como mi esposa.

–No es real Darcy. No puedes decidir unilateralmente que nuestro matrimonio es real, porque para mí no lo es. –Dijo ella empezando a caminar por la habitación sin saber qué hacer.

Darcy se quedó en silencio y empezó a sentir que le faltaba el aire, necesitaba salir de ahí. Podía decir algo que terminara de lapidar el leve entendimiento que tenía con su esposa. Al menos ahora podían conversar civilizadamente y eso era un avance importante. Pero por dentro sentía que se volvía loco.

Había tantas cosas que quería decir, pero no se atrevía "Ya no me interesa encontrar la maldita carta", "Por favor, no me dejes", "¿Aún amas a Wickham?", "¿Te quieres ir con él?" "¿Puedes amarme, por favor? "Yo te amo". Definitivamente no podía decir nada de eso.

Elizabeth se empezó a preocupar, Darcy se había puesto pálido y el silencio la inquietaba.

–Preferiría que nuestra relación sea platónica. Pero para tu familia podemos ser un matrimonio normal. –Agregó Elizabeth, imaginando que quizá esa era la preocupación de Darcy. –Incluso para Georgiana...

Silencio.

Silencio absoluto.

Elizabeth empezó a temer que algo fuese muy mal. Dejo de dar vueltas por la habitación. Darcy se había quedado mirando al vacío y de algún modo también él parecía un cascarón vacío.

– ¿Darcy? –preguntó Elizabeth tocándole el hombro, ahora verdaderamente preocupada.

–No funcionará –dijo él, con voz baja. –No podemos vivir como extraños y esperar dar la imagen de matrimonio feliz.

–Debiste pensar antes en eso –respondió Elizabeth.

–No –dijo Darcy mirándola por primera vez. –Tú debiste pensar en eso antes de dejar que yo te llevara a la cama. Yo ahora te deseo, te deseo como nunca he deseado a ninguna mujer. No creo ser capaz de mantenerme apartado de ti.

La voz de Darcy era baja y contenida. Al principio Elizabeth creyó que él intentaba controlar su furia, pero ahora se daba cuenta que en realidad su esposo estaba dolido. Era dolor lo que se estaba filtrando en el tono de su voz. Y no sabía cómo interpretar esto.

–Pronto… encontrarás otra mujer. Y me podrás remplazar. Como ya lo hiciste antes. –Murmuró Elizabeth, dándose la vuelta para caminar hacia la ventana.

–No podemos recriminarnos siempre. Lo hecho, hecho está. Ya te he pedido perdón por mis errores, fueron muchos, lo sé. Pero entiende, ahora nuestro matrimonio es un nuevo comienzo y no una continuación de las hostilidades. No aceptaré nada menos. Eso es todo lo que tengo que decir por el momento.

Dijo Darcy antes de abandonar la habitación con un portazo. Elizabeth se quedó mirando por la ventana. Intentando contener las lágrimas que querían escapar. Había algo que debía resolver, algo que no debía olvidar: La familia de Darcy estaba ahí ¿a quién de ellos protegía Darcy? ¿A cuál de ese grupo tan siniestro protegía?

Aunque en su corazón ya conocía la respuesta. Era obvio al fin y al cabo.

Georgiana.

...

Lady Catherine se encontraba en la sala de música, acosando a una atemoriza Georgiana, que con palabras amables intentaba darle a entender a su tía que no estaba interesada en ninguno de los hombres de se le habían presentado los días anteriores.

Desde que llego Rosings Park hace casi una semana, la pobre muchacha se había visto obligada a asistir a algunas reuniones sociales en compañía de su tía. Su hermano le había advertido que esto ocurriría, y ella pensó que lo había llevado bien, aunque las opciones que se le había presentado eran decepcionantes.

Solo el día anterior había descansado, pues Lady Catherine estaba demasiado ocupada dando órdenes a sus criados, para tener la casa lista para los invitados. Y ella estaba feliz de no ver a sus supuestos pretendientes. Un joven rico de la región, que bien se podía llamar narciso, porque solo hablaba de sí mismo y Georgiana estaba segura, que en secreto el joven se daba sesiones de besos a sí mismo en el espejo, pues se detenía siempre que veía su reflejo en cualquier lado. Y el otro era un viejo asqueroso, heredero de un ducado, no había mucho más que decir, lo detestaba. A los dos.

–Debes pensar bien a quién le darás el primer baile hoy Gerogiana. –Le decía Lady Catherine. –Eso es muy importante. Será una declaración de intenciones. Espero estés comprometida antes de que termine tu estancia aquí.

–Eso no será necesario. –Intervino la voz de Darcy, que entraba a la habitación en ese instante.

–Darcy, se te han olvidado los modales. –Se quejó Lady Catherine.

–Georgiana por favor, ve a prepararte para la cena. –Dijo Darcy.

Georgiana suspiró aliviada. Hizo una leve reverencia en dirección a su tía, antes de abandonar la habitación tan rápido como el decoro lo permitía.

–Agradezco que su Señoría se preocupe por mi hermana. –Dijo Darcy una vez a solas con su tía.

–Es mi obligación, ustedes son parte de mi familia más cercana. Es mi deber velar por los intereses de la familia. –Declaro Lady Catherine con soberbia.

–Y es mi deber velar por los intereses de mi hermana. Ella aún es joven y no hay apuro en encontrarle marido aún.

Darcy venía llegando de una caminata, cuando por accidente escuchó la conversación que Lady Catherine mantenía con Georgiana. Y no estaba dispuesto a dejar que su tía interviniera en el futuro de su hermana.

–Claro que es importante. –Se quejó la mujer. –Necesitamos concretar un buen enlace. Georgiana ya vive bastante desconectada de la alta sociedad.

–Lady Catherine, no vamos a discutir esto ahora. Sólo le pido que le dé tiempo. Georgiana aún es demasiado tímida.

Darcy se inclinó en una rápida reverencia antes de abandonar la sala de música. No quería discutir con su tía, no sentía fuerzas de hacerlo, Elizabeth había drenado todas sus energías.

Al volver a la habitación encontró a su esposa mirando dos vestidos que estaban extendidos sobre la cama. No reaccionó cuando él cerró la puerta.

–Pareces que estás a millas de distancia – dijo Darcy.

Elizabeth abandonó sus pensamientos y se vio forzada a volver a la realidad.

–Lo siento. Sólo no estoy segura de cuál es el adecuado. –Murmuró Elizabeth señalando los vestidos.

–Vístete formal –le aconsejó Darcy. –La cena estará dentro de una hora. Pienso que habrá baile. Por lo que se ve, Lady Catherine quiere impresionar a todos.

– ¿Y por qué quiere hacerlo? – preguntó Elizabeth mientras se sentaba.

–Quiere presumir su grandeza. –Murmuró Darcy recostándose en la cama. –Y de paso quiere comprometer a Georgiana. Pero no me parece la mejor oportunidad para fiestas de sociedad. Hubiese preferido una reunión familiar más íntima, algo más adecuado a la ocasión.

– ¿Comprometer a Georgiana? –preguntó Elizabeth preocupada.

–Sí, pero Georgiana no aceptará a ningún pretendiente. Ella ya está enamorada de otra persona. –Comentó Darcy cerrando los ojos como si de pronto estuviese muy cansado.

– ¿El Dr. Douglas? –Preguntó ella de golpe.

–Sí… –refunfuñó Darcy sin abrir los ojos. –Esos dos son tan obvios.

–Oh, ellos son muy dulces. Creo que harían una buena pareja. –Comentó Elizabeth

–Aún no estoy preparado para enfrentar ese tema. –Dijo Darcy antes de abrir los ojos. –Por ahora me mantendré firme en mi papel de hermano sobreprotector. Yo sólo vine aquí por mi hermana. No podía dejarla sola.

–Ahora entiendo. Por eso insistías tanto en venir.

–Si te soy sincero, sólo vengo aquí por compromiso. Odio esta casa, y me desagrada la mayoría de la gente que normalmente encuentro aquí.

Elizabeth estaba sorprendida de las confesiones íntimas de Darcy. Era la primera vez que acortaba la distancia emocional con ella.

Una hora después Elizabeth bajaba del brazo de Darcy. Llevaba un hermoso vestido de noche azul, a juego con los ojos de su marido, y que dejaba al descubierto sus hombros desnudos. Su cabello estaba recogido con unas delicadas horquillas, dejando un par de rizos sueltos.

Darcy sabía que su esposaba se veía encantadora y despampanante con ese vestido. Por eso se mantuvo firme a su lado en todo momento, sujetándola por la cintura o la cadera. Georgiana la saludó de lejos con la mano, pero no pareció dispuesta a interrumpir la conversación que mantenía con Coronel Fitzwilliam. En ese momento, anunciaron que la cena estaba lista.

Para su sorpresa, se encontró sentada a la derecha de Lady Matlock, y frente a Darcy. La Condesa era una mujer agradable y rápidamente entablo conversación con Elizabeth. Pero había cierta incomodidad en el ambiente, una tensión palpable entre Lady Matlock y Darcy, en su interior sentía un cierto desconcierto.

Fue un alivio levantarse de la mesa.

Elizabeth pidió excusas para salir a tomar el fresco. En ese momento el Coronel Fitzwilliam se acercó a ella.

– ¿Ha sido incomodo? –le preguntó el hombre.

Ella lo miró desconcertada.

– ¿Qué cosa?

–La cena. –Aclaró él.

Elizabeth no estaba segura si debía admitir eso. Todos parecían disfrutar la cena dentro de lo permitido por la anfitriona Lady Catherine. Además el coronel Fitzwilliam se hacía sentado junto a Georgiana a varios puestos de distancia.

–Siempre el ambiente se vuelve incomodo cuando mi madre y Darcy están juntos. –Añadió.

–Lo siento... yo... –Elizabeth no sabía qué decir.

–Los he observado juntos. Usted y Darcy están muy unidos. Le he prometido a mi madre no hablar con Darcy de esto. Así que hablaré con usted para ver si puede hacer de intermediaria.

– ¿Intermediaria?

–Entre nosotros y Darcy. Darcy sabe... Puedo decirle exactamente la fecha en que cambió su actitud con mi madre. –Miró a su alrededor como si temiese que alguien escuchara–Hace tres años, quise hablarle entonces. Quería saber lo que él sabía, qué había descubierto después de la muerte de mi padre. Pero mi madre me hizo prometer que jamás hablaría de esto con Darcy. Me dijo que esto solo le produciría daño.

–Coronel Fitzwilliam, no sé de qué me está hablando –le dijo Elizabeth incómoda.

– ¿Usted también? –el hombre suspiró con pesadez. –Por supuesto que lo sabe. Darcy se enteró de ello cuando estaban recién casados. No creo que no se lo haya dicho.

Elizabeth se quedó mirándolo en silencio sin entender nada.

–Estoy hablando de la adopción de Georgiana. –dijo con voz muy baja.

Elizabeth comprendió de golpe. Se sentía como si una ola la hubiese tomado por sorpresa y la hubiese dejado atontada. Georgiana no era la hermana real de Darcy. Georgiana no lo sabía y Darcy lo había descubierto hace tres años. La última pieza del puzzle acababa de encajar.

¿Era éste el secreto por el que su padre había podido chantajearlo?