Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.
Capítulo 16:
–Quiero estar seguro de que Darcy sabe la verdad –dijo Richard. –No estoy seguro cuánto es lo que sabe Darcy.
– ¿Usted conoce la historia completa? –preguntó Elizabeth.
–Sólo algunos detalles. –Comentó Richard mirando por sobre su hombro para ver si alguien los observaba. –Lady Anne, la madre de Darcy estuvo embarazada, pero el bebé nació muerto. El problema es que ella ya cargaba con cierto estigma. Se decía que su vientre estaba maldito, pues ya había tenido varias perdidas y dar a luz un niño muerto era más de lo que podía soportar. Por alguna razón, mi padre decidió intervenir en el asunto y decidieron sustituir al bebé muerto por Georgiana.
– ¿El conde?
–Sí.
– ¿Por qué? –Preguntó Elizabeth confundida.
–No lo sé… Era el hermano mayor de Lady Anne, supongo que eso fue motivo suficiente para ayudarla. Pero aún me quedan dudas ¿De dónde mi padre consiguió un bebé tan rápido? ¿Quiénes son los verdaderos padres de Georgiana? ¿Por qué nunca se le informo esta situación al padre de Darcy ?
– ¿El padre de Darcy no lo sabía? –preguntó Elizabeth asombrada.
–No, nunca lo supo. O al menos nunca dio señales de tener sospechas sobre su parentesco con Georgiana. Lo cual me hace sospechar. Esto no sólo se trata de una adopción fraudulenta, ese sería el menor de los problemas. Hay otro secreto escondido, y mi madre no me quiere decir lo que ella sabe. Tengo serias sospechas, después de todo, las apariencias son algo muy importante para esta familia.
–No lo puedo creer… –murmuró Elizabeth. –Hace tres años...
–He estado esperando a que Darcy me diga algo, si descubrió o sospecha algo. No se trataba de que se lo dijera si él no sospechaba nada. Pero es evidente que él no me va a decir nada, ni se va a acercar a nosotros.
–A Darcy le cuesta mucho expresar sus sentimientos... –Murmuró Elizabeth.
–Pero debemos encontrar una solución a todo esto. Por ello le pido que hable con Darcy y averigüe si sabe toda la verdad.
–Sí.
–Si no fuera por la promesa que le hice a mi madre, ya le hubiera plantado cara.
–No creo que Darcy sepa que usted sabe sobre esto.
–Es un poco egoísta por mi parte meterla en semejante lío... –dijo Richard al descubrir las huellas de la preocupación en el rostro de Elizabeth.
–No.
Estuvo tentada de decirle que ella ya era parte de ese gran lío desde mucho antes. ¿Habría encontrado su padre la carta donde se indicaba el origen de Georgiana? ¿Se haría mención de quienes eran sus verdaderos padres?
Elizabeth suspiró hondo.
–Hablaré con él cuando volvamos a Londres, aquí no.
–Sea como sea, le estoy muy agradecido.
Cuando el Coronel Fitzwilliam se alejó de ella, Elizabeth sintió el peso que le había dejado. Era un tema sumamente escandaloso. Y Darcy era imprevisible. Se preguntaba cómo se habría sentido él al descubrir todo este asunto, debió ser difícil, él amaba a su hermana.
Decidió volver al salón, Darcy la miraba desde el otro extremo. Elizabeth se preguntaba si se habría dado cuenta de que había tenido una larga e íntima conversación con su primo Richard Fitzwilliam. Se sentía culpable por guardar tantos secretos sobre su vida, cosas que evidentemente él prefería que ella no supiera, cosas que él no había escogido compartir con ella. Debía ser cautelosa con el tema, aunque una parte de ella hubiera querido correr a contarle todo, pero tenía que encontrar el momento oportuno.
Decidió refugiarse en la salita adjunta al salón, no se sentía preparada para enfrentar a Darcy y fingir que todo iba bien. Demasiado tarde se dio cuenta que su anfitriona se hallaba ahí. Elizabeth no pudo evitar sentirse incomoda ante el gesto de desagrado de la mujer.
–Oh, aquí está la mujercita que dejó sin marido a mi hija Anne. –Murmuró desdeñosa.
–Su señoría. –Saludó Elizabeth con una reverencia.
–Sra. Darcy. Nunca podré resignarme, usted ha suplantado el lugar que le correspondía a mi Anne.
Elizabeth recordó a la mujer joven de aspecto enfermizo que Georgiana le había presentado. Su rostro pálido e inexpresivo era desconcertante. Por decir lo menos.
–Lady Catherine –dijo ella en tono de advertencia.
– ¿Cree que ignoro su condición? Su familia no tiene posición, ni títulos o fortuna.
–Cualesquiera que sean mis parientes, si su sobrino no tiene nada que decir de ellos, menos tiene que decir usted –repuso Elizabeth.
– ¡Ah, usted es una criatura tozuda y grosera! –gritó Lady Catherine.
–No es necesario que su Señoría me grite. No estoy sorda. –Dijo Elizabeth intentando contener su temperamento.
– ¡Me da usted vergüenza! ¿Han de profanarse así los antepasados de Pemberley? –gritó Lady Catherine, otra vez.
Elizabeth se irguió todo lo que su altura le permitía. No iba a permitir que esa mujer le faltara el respeto.
–No crea usted que voy a intimidarme por una cosa tan disparatada. Darcy ahora es mi esposo y ya no hay nada que hacer al respecto. No sé hasta qué punto aprueba su sobrino la intromisión de usted en sus asuntos; pero desde luego no tiene usted derecho a meterse en los míos. Por consiguiente, le suplico que no me importune más sobre esta cuestión y supérelo pronto.
Darcy llegó a la salita después de escuchar los gritos de su tía. Y no se lo podía creer. Encontró a su esposa confrontando a Lady Catherine. Pero lo que lo tenía más impactado era el hecho de que su esposa estaba defendiendo su matrimonio tan fervientemente.
–Es usted una oportunista –gritó Lady Catherine furiosa.
– ¡Basta! –gritó Darcy. –No le permito que le hable así a mi esposa. Creí haberle dejado claro que usted iba a respetar a Elizabeth. –Dijo Darcy en tono de advertencia.
–Y ahora eres un mal agradecido. He permitido que trajeras a esa mujer a mi casa, le he dado la bienvenida y le he ofrecido mi hospitalidad. ¿Qué más quieres?
–Respeto. No crea que no he notado como ha tratado a mi esposa. Si no la respeta como es debido no vendré más a esta casa.
–Puedes irte. –Dijo Lady Catherine. –Llévate a tu esposa, no me interesa. Pero Georgiana se queda aquí.
–Sólo por Georgiana, hemos hecho el sacrificio de venir hasta aquí. –dijo Darcy. –Pero mi prioridad es mi esposa. Así que su Señoría, no crea que me puede amenazar, no tenemos ninguna obligación con usted. Me llevo a mi esposa y a mi hermana. –Declaró Darcy con voz firme
– ¡Darcy, tu matrimonio es una calamidad! –Gritó la mujer. –Tres años de matrimonio y aún no han concebido un niño. Es evidente que es ella la del problema. –Dijo apuntando a Elizabeth. –De no ser así, no te habrías visto en la necesidad de buscar amantes.
Elizabeth se puso lívida. Lady Catherine sabía dónde atacar, ella se había quedado en blanco por la impresión de esas palabras tan duras y crueles.
–Lady Catherine, más le vale disculparse de inmediato. –Dijo Darcy con voz aterradoramente amenazante. Mientras que con un pequeño tirón dejaba a su esposa detrás de él.
– ¿Qué? ¿Creías que no lo sabía? –Dijo Lady Catherine con desdén. –Nadie se hubiese podido imaginar que un hombre intachable como tú, se convertiría en un libertino después de casarse. ¡Ella debe tener la culpa! –volvió a apuntar a Elizabeth, oculta tras la espalda de Darcy. –Supongo que pronto tendrás algún bastardo al cual pasarle tu apellido en caso de ser necesario.
Elizabeth vio todo como un torbellino. De pronto Darcy ya no estaba a su lado. El Coronel Fitzwilliam se abalanzó sobre Darcy antes de éste pudiera atacar a Lady Catherine. Gritos por aquí y allá. Darcy blasfemaba peor que un marinero. Y entonces Georgiana le estaba dando una bofetada a su tía, Lady Catherine ¡Oh Dios! Georgiana había golpeado a Lady Catherine.
Y todo quedó en suspenso.
¡Dios! Elizabeth solo quería desaparecer…
...
Después de dejar Rosings Park en medio de la noche, habían tomado el carruaje con dirección a Londres. Tras una hora de viaje Darcy había insistido en pasar la noche en la primera posada que encontraron en el camino. Georgiana y su institutriz, la Sra. Annesley aceptaron inmediatamente esa solución, pues estar dentro de ese carruaje se estaba volviendo insostenible.
La tensión y el silencio eran insoportable. Georgiana estaba asustada, temía el regaño que le daría la Sra. Annesley por golpear a Lady Catherine, temía lo que diría Darcy cuando volviera a sus cabales, pero sospechaba que su hermano estaba muchísimo más asustado que ella. Estaba segura que las manos de Darcy temblaban imperceptiblemente, tenía una capa de sudor enfermizo en su rostro, y ella nunca había visto a su hermano en ese estado de nerviosismo. Por otro lado Elizabeth estaba muy silenciosa y ausente. Su rostro estaba completamente pálido y su mirada vacía, lo cual era aterrador de ver en una persona que solía estar tan animada.
Georgiana entendía que su hermano estuviera aterrado. Las acusaciones que había hecho Lady Catherine eran terribles y la reacción de Darcy le había confirmado que eran verdad. Pero la crueldad de su tía no había conocido límites, no conforme con herir a Elizabeth, había insistido con echar sal a esa herida y ella no lo había podido soportar después de ver el dolor en el rostro de Elizabeth. No supo de dónde sacó el coraje de abofetear a su tía, pero sabía que si la situación se volviese a repetir, ella lo volvería hacer sin dudar. De algún modo había sido liberador. Suspiró antes de darle una palmadita en el brazo a Darcy. Esperaba darle ánimos, antes de marcharse a la habitación que compartiría con la Sra. Annesley.
Darcy vio a su hermana perderse en el pasillo, antes de encaminarse hacia su habitación. Tomó una gran bocanada de aire antes de abrir la puerta. Su esposa se encontraba sentada frente al tocador, mientras escribía una carta a toda velocidad.
– ¿Elizabeth? ¿Qué haces?
Ella lo ignoró completamente. Y continuó escribiendo.
–Elizabeth, por favor… mírame. –Dijo Darcy.
Se acercó lentamente, pero ella de pronto tomó el papel en sus manos y lo arrugó hasta formar una pequeña bolita, luego se giró y se la arrojó con fuerza.
– ¡Te odio! –gritó Elizabeth. –Te odio, te odio, te odio. –lloró ella desconsolada.
–Lo sé, perdón… Por favor perdóname. –Suplicó Darcy acercándose y abrazándola.
Elizabeth se dejó abrazar y se permitió llorar entre sus brazos. Más allá de la vergüenza que acababa de pasar o de lo humillante que era que todos supieran que su esposo la engañaba, el dolor de Elizabeth traspasaba todo eso.
Se daba cuenta que ya no había vuelta atrás, ni redención posible, ya no había forma de arreglar su matrimonio y eso era lo más doloroso de aceptar. Pero debía hacerlo, porque antes de amar a Darcy debía ser fiel a sí misma. No podría vivir consigo misma aceptando este tipo de humillación.
Darcy no paraba de murmurar disculpas sobre la cabeza de Elizabeth. Se sentía impotente, no soportaba ver a su esposa llorar y saber que él era el culpable de ese sufrimiento. Era su culpa, él había expuesto a Elizabeth a esa situación tan humillante. Por eso no podía dejar de disculparse.
Pasaron así abrazados por un tiempo indeterminado. De pronto los sollozos de Elizabeth se detuvieron y ella se alejó de él. Darcy tembló al ver esa expresión tan decidida.
–Tienes que dejarme ir, Darcy –murmuró Elizabeth. Se sentó en la cama, mientras Darcy caminaba de un lugar a otro, en la habitación.
–No. No puedo. –Darcy se giró mientras con sus manos se despeinaba el cabello con los dedos en un gesto nervioso. –Elizabeth, no me puedes dejar. Por favor perdóname.
Elizabeth le dedicó una mirada cansada.
–Estás lastimándome –dijo Elizabeth en voz baja.
–No fue mi intención, pero te lastimé, perdóname. –dijo Darcy inclinándose, hasta quedar de rodillas frente a Elizabeth. –Por favor, perdóname. Es mi culpa, todo esto ha sido mi culpa, lo siento.
De pronto tenía a su esposo de rodillas pidiendo perdón, nunca imagino esa escena, nunca pensó que Darcy sería capaz de doblegar su orgullo hasta ese punto y no podía soportarlo. No era ningún consuelo, sólo la hacía sentir peor.
–Darcy, por favor no hagas esto. Levántate. –Suplico ella.
–Perdóname –repitió Darcy tomando sus manos entre las suyas. –He luchado en vano, pero ya no puedo más. No reprimiré por más tiempo mis sentimientos. Estoy profunda y apasionadamente enamorado de ti, te amo.
Elizabeth se quedó mirando estupefacta a Darcy. Incapaz de pronunciar palabra.
– No fue algo que haya planeado –añadió Darcy, –a pesar de lo que mi buen juicio me decía, simplemente sucedió… me enamoré de ti.
Elizabeth soltó una carcajada histérica. Antes de levantarse para apartarse de Darcy.
– ¿Y cuándo te diste cuenta que me amabas? ¿Cuándo me involucré con Wickham? –preguntó Elizabeth con desdén. –Por qué antes de eso, no parecías haber reparado en mi presencia.
–Sé que es difícil de creer. Pero mis sentimientos son sinceros.
– ¿Y dónde estaban tus sentimientos cuando me dejaste sola? ¿Cuándo te acostabas con otras mujeres? ¿Cuándo me hacías sentir insignificante para ti?
–Yo… estaba resentido. Y ahora no hay nada que pueda justificar mis malas acciones. Sólo puedo pedirte perdón.
Elizabeth se acercó a Darcy, para mirarlo a los ojos. Se dijo que este era el momento de quedar libre de todo el resentimiento que había acumulado en tres años.
–Pero ya no es suficiente. El perdón no basta, tampoco creeré en tus declaraciones de amor, ya que nunca me has demostrado amor antes ¿Por qué debería creerte? Ahora toda tu familia sabe la clase de marido que eres. ¿Y sabes? Creo que haces todo esto para mantener las apariencias. Pero lo que ha ocurrido esta noche no es algo que pueda ser borrado.
–Demasiado tarde recordé que debía protegerte de esa vergüenza. No se repetirá, fue un descuido desafortunado. No volverá a ocurrir.
– ¿Qué vas a hacer? ¿Decirle a tu familia que olviden lo ocurrido?
–Les pediré discreción en el asunto y si no pueden mantener la boca cerrada, simplemente los descartaré de mi vida. No necesitamos verlos.
–Ya veo. ¿Así cómo lo hiciste con mi familia, no? Ellos te incomodaban, así que simplemente no los veíamos ¿Verdad? –Le dijo Elizabeth mirándolo con desprecio. – ¿Planeas hacer lo mismo con todos los que pudieran hablar? ¿Los criados de la casa en Londres, los cocheros, los vecinos, y básicamente a toda la alta sociedad de Londres... y qué hay acerca de tus amantes? – preguntó Elizabeth.
–Ya es suficiente –dijo Darcy. Levantándose y volviendo a dar vuelta por la habitación.
–No estás siendo lógico, Darcy. Tal vez tu familia no comente nada, pero muchos de tus amigos deben estar enterados. Sé que la sociedad de Londres ama las murmuraciones. ¿No te importa lo que la gente diga a tu espalda?
–No me interesa. Solo me importas tú y nuestro matrimonio
–Pero no puedes regresar el reloj, Darcy. Tienes que comprenderlo. Para nosotros, todo terminó hace tiempo. Debiste dejarme sola y dejarme marchar la primera vez que te dejé. No hay regreso ahora. Déjame ir...
Darcy se apartó de ella y cerró los puños con fuerza. Elizabeth no supo si su demostración de agresión iba destinada a ella o a las personas que se atrevieran a murmurar.
–Te quiero demasiado como para dejarte ir y no temo a las murmuraciones. Tú tampoco deberías temerlas, ¿quién se atrevería a insultarte en tu cara? Sería un hombre muy valiente el que se atrevería a ofenderme. Esto es entre nosotros y nadie más, ¿no te das cuenta?
–Yo no lo soporto –murmuró Elizabeth. –Pero tú no lo puedes entender.
Darcy se quedó mirándola desconcertado, desesperado, ya no sabía que hacer. ¿Cómo tocar su corazón? ¿Cómo demostrarle que lo que decía era la verdad? Ya había hecho todo lo que se le había ocurrido, se había disculpado, se había puesto a sus pies, le había suplicado perdón, le había confesado su amor… Y ya nada era suficiente. Ella jamás lo podría perdonar.
Había un muro infranqueable, él no sabía cómo derribar las defensas que Elizabeth de pronto había alzado. Pero aún es pronto para rendirte, se decía en su cabeza una y otra vez.
En un repentino movimiento, Darcy tomo una mano de Elizabeth, como si el divorcio fuera tan inminente que tuviera que sujetarla para impedirlo.
–Elizabeth, escapando no solucionarás nada. –Dijo Darcy. –Con seguridad a menudo herí tus sentimientos, pero eso no volverá a suceder. Lo prometo. Puedo ser mejor para ti, puedo hacerte feliz.
Elizabeth simplemente fingió no escucharlo más.
Esa noche se acostaron juntos, por primera vez estaban en la misma cama, sin intenciones sexuales de por medio. Ambos a medio vestir y cada uno por su lado. Elizabeth se prometió así misma que nunca se permitiría volver a llorar por Darcy. Y se juró que su amor era imposible, porque Darcy no sabía lo que era amar a alguien, y ella lo amaba demasiado para permitir que él le siguiera haciendo daño.
Recién ahí recordó el asunto de Georgiana, debía descubrir la verdad, toda la verdad. Finalmente ese sería su boleto a libertad. Le extrañó que Darcy no mencionara en ningún momento el tema de la carta. Pero se dijo que lo mejor sería enfrentarlo en Londres, en la privacidad de su casa. Y sin Georgiana cerca.
A sus espaldas sintió a Darcy moverse, y de pronto sus grandes brazos la estaban estrechando contra su pecho. Ella se sobresaltó pero antes de que pudiera decir algo, Darcy murmuró en su oído.
–Solo quiero abrazarte. Por favor, solo finge que estás durmiendo e ignórame.
La voz de Darcy sonaba tan rota, que Elizabeth no sabía cómo reaccionar. Su espalda estaba totalmente pegada al torso de Darcy, él la abrazaba y lo sentía respirar en su cabello. De pronto sintió que era una postura demasiado intima.
–Por favor… Ya no hagas esto –pidió Elizabeth.
– ¿Por qué debo maldecirme con una esposa que no me ama? Perdóname por olvidar que estás aquí obligada, no volveré a molestarte. –Dijo Darcy soltándola.
Se levantó rápidamente se vistió y salió de la habitación dando un portazo.
