Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.


Capítulo 17:

Al volver a Londres, Darcy debía irse al poco rato, tan pronto como se cambiase de ropa. Había dicho que tenía un problema en una de sus propiedades y lo esperaban con urgencia.

–Hablaremos cuando vuelva.

¿Por qué tenía la impresión de que él la trataba como si ella fuera culpable de algo? ¿Cómo reaccionaría ante el hecho de que ella supiera tantas cosas? Al fin y al cabo él no confiaba lo suficientemente en ella como para habérselo contado. Pero, ¿qué cosas sabría él?

Esta vez Elizabeth no se podía quejar de que Darcy la había dejado sola, al menos estaba Georgiana para hacerle compañía. Además por primera vez su esposo se disculpó por tener que irse, prometiendo que volvería lo antes posible y se marchó con urgencia.

A la mañana siguiente Elizabeth recibió correspondencia, su hermana Jane le había escrito desbordando emoción al hablar de su Sr. Bingley y la boda que sería en un par de semanas. Eran párrafos y párrafos de amor, devoción, ansiedad y dudas. Elizabeth no pudo evitar emocionarse, su hermana se iba a casar con un hombre que verdaderamente la amaba y eso era algo precioso. Se divirtió imaginando el revuelo en la casa de las Bennet, su madre probablemente ya estaba enferma de los nervios y emoción por la boda de su hija mayor.

Al final de carta había una nota, que evidentemente Jane había agregado a último momento.

"Lizzy anoche después de escribir lo anterior, recibí una citación de parte del Sr. Brown, el amigo de papá ¿lo recuerdas? Bueno, me pedía que fuese a visitarlo lo antes posible, que era de suma urgencia y que debía ser muy discreta al respecto. Así que cuando llegó mi querido Bingley hoy en la mañana, le pedí que me acompañara a casa del Sr. Brown, ya que parecía ser muy importante. Y tenía razón.

El Sr. Brown está muy enfermo, dijo que temía morir, por eso decidió contactarse conmigo. Nos explicó que nuestro padre dejó a su resguardo algunas cosas, que debían ocultarse del primo Collins o el Sr. Darcy. Entre ellas hay una pequeña caja fuerte, el Sr. Brown dijo que tú tenías la llave y que entenderías de lo que se trataba incluso sin abrirla. ¿Entiendes algo?

Yo no sé qué hacer con el resto, estoy sorprendida y asustada, le dije a Charles que esperaría a tu llegada para decidir qué hacer al respecto.

Desearía poder darte más detalles, pero no es algo que se pueda expresar a través de una carta.

Te espero muy ansiosa.

Jane."

Elizabeth volvió a leer la nota varias veces, con el estómago apretado por los nervios. Lo sabía, sabía lo que había en esa caja, ahí estaba la carta que Darcy tanto había buscado, pero ¿y la llave? ¿Cómo era posible que ella tuviese la llave?

Entonces, lo recordó.

Elizabeth fue al salón. Allí estaba su escritorio, herencia de su padre. Le echó una ojeada. Estaba igual que siempre. Los cajones vacíos. La llave decorativamente sujeta con una cadena al cajón central. El carpintero que lo habría restaurado había cometido el error de poner a la llave una cadena muy corta que impedía cerrar el escritorio, por eso no lo usaba.

De pronto se dio cuenta de que la llave se parecía a aquélla que le habían dado en la casa de Sr. Brown en Meryton, para abrir la caja fuerte. Rompió la cadena, haciéndose daño en el intento. La llave había sido bañada en oro para hacer juego con la cadena, pero ni siquiera encajaba bien en la cerradura. Seguramente correspondía a la caja fuerte que ahora tenía Jane. Durante tres años Thomas Bennet podría haber ocultado la llave a la libertad de Darcy en su propia casa. Una última ironía.

Al amanecer Fitzwilliam Darcy salió del asqueroso prostíbulo en Spitalfields, a las afueras de Londres. Todo había sido en vano, había estado toda la noche con una copa en la mano, evitando a las prostitutas que se le insinuaba a cada rato, mientras él esperaba que George Wickham apareciera. Le habían informado que se estaba hospedando ahí, pero el desgraciado seguramente se había enterado de su presencia y había evitado aparecer por ahí. Wickham era buscado, la cárcel de deudores lo esperaba y Darcy estaba ansioso por encerrarlo de una buena vez.

A las afueras se encontraba el Sr. Wilkins, esperándolo, vigilando en caso de que Wickham apareciera. En cuanto vio salir a Darcy, se dispuso a preparar los caballos para volver a casa. Había sido un error ir a ese lugar, Darcy se había sentido mal y asqueado de estar ahí, pero debía encontrar a Wickham.

Estaba cansado, no recordaba cuando había sido la última vez que había dormido un poco, el día anterior había llegado a Londres después de una espantosa noche que deseaba no recordar. Su esposa lo odiaba, y cualquier tipo de reconciliación parecía imposible. Él había estado pensando y buscando estrategias que le permitieran arreglar su matrimonio, que había ido mal desde el principio. Pero antes, era primordial sacar al Wickham del camino, era posible que Elizabeth lo amase, pero él no era un hombre conveniente. Era peligroso, debía asegurarse de que Elizabeth nunca volviese a tener contacto con Wickham. Y eso era independiente a lo que sea que ocurriese después... Incluso si Elizabeth lo dejaba y después se enamoraba de otro hombre y formaba una linda familia, debía asegurarse de que ese hombre no fuese Wickham.

Apenas habían avanzado unos metros, cuando a la distancia vio a George Wickham caminado tambaleante por la orilla del camino, cuando Wickham lo reconoció maldijo entre dientes y salió corriendo. Darcy agitó las riendas, haciendo que su caballo galopara más rápido para darle alcance, de pronto Wickham se detuvo, se dio la vuelta y lo apuntó con una pistola.

Darcy supo que no iba a alcanzar a detener su caballo.

Tres disparos resonaron con fuerza, rompiendo el silencio de la mañana.

En las afueras de la casa se escuchó un gran estruendo, muchas voces hablando rápidamente, algunos gritos incluidos, Elizabeth se preguntó cuál sería la causa del alboroto, vio pasar a la Sra. Jones corriendo por el pasillo con Georgiana siguiéndola.

Cuando llegó al recibidor, la puerta estaba abierta de par en par, en ese momento Georgiana lloraba desconsolada, la Sra. Jones abría el paso, mientras la regañaba, llamando a la calma, detrás de ella divisó al Sr. Wilkins que con la ayuda de otro criado arrastraban a un hombre que se notaba malherido. Elizabeth con sorpresa reconoció chaqueta empolvada y rasgada, lo llevaban con un los brazos extendidos sobre sus hombros, él intentaba caminar, aunque era evidente que eso le provocaba dolor.

– ¡Darcy! –exclamó con horror, acercándose a su esposo.

–No te preocupes… no… es… nada… –Jadeó él.

–Ya he mandado a llamar al doctor. Vendrá enseguida. –Dijo la Sra. Jones empujando sutilmente a Elizabeth, para que no estorbara el paso.

Llevaron a Darcy a su habitación y Elizabeth los siguió, el Sr. Wilkins rápidamente empezó a quitarle la ropa con mucho cuidado. Elizabeth se encogió de temor al ver a su esposo tendido en la cama, pálido y herido, sin la camisa se revelaba un feo moretón en el hombro derecho, su brazo tenía algunos rasguños que sangraban levemente. A los poco minutos llegó el Dr. Douglas, con una expresión seria y preocupada. Arrugó la nariz a ver el pie derecho de Darcy estaba en una posición extraña y estaba muy inflamado.

–Te va a doler –comentó el doctor, haciendo un verdadero esfuerzo quitarle la bota.

–Sr. Wilkins ¿cómo ocurrió esto? –preguntó Elizabeth mientras examinaba con preocupación el rostro magullado de su esposo.

El silencio se extendió en la habitación. Darcy abrió los ojos para mirar con severidad a su valet. Elizabeth tomó su barbilla y lo miró a los ojos, sus ojos azules lucían evasivos y filtraban dolor.

–Dime que fue lo que pasó. –Ordenó Elizabeth con voz firme.

–Me caí… me caí del caballo. –Respondió Darcy.

–Pero ¿Cómo?

–Fue un accidente –añadió el Sr. Wilkins. –El caballo se asustó y el Sr. Darcy no se pudo sostener a tiempo.

–Sí, eso... –confirmó Darcy intentando que Elizabeth soltara su barbilla.

–Lo siento –murmuró Elizabeth, notando que sin querer le estaba haciendo daño.

–Bueno considerando como está tu pie, supongo que el caballo te pisó o te caíste junto con el caballo. –Murmuró el Dr. Douglas.

El Sr. Wilkins y Darcy lo fulminaron con la mirada al mismo tiempo. John Douglas los miró con culpabilidad antes de pedirle con amabilidad a Elizabeth que los dejara a solas y que ojalá se fuera a la habitación más apartada de la casa ya que no quería atormentarla con el procedimiento médico.

–Lo haré gritar –le dijo a Elizabeth en un susurro, audible para todos en la habitación.

Darcy puso los ojos en blanco, el Sr. Wilkins se dio un golpe en la frente y Elizabeth miró con horror al doctor.

– ¿Pero estará bien? ¿Verdad?

–No se preocupe, le daré láudano. Dormirá como un bebé –afirmó el joven doctor, dándole un golpecito en el hombro, mientras la acompañaba a la puerta.

Elizabeth le dirigió una última mirada a Darcy, pero éste no la miraba, sólo mantuvo los ojos cerrados. Cuando la puerta se cerró, Darcy abrió los ojos acusadores y encontró al Dr. Douglas mirándolo con curiosidad.

–Ya lo sé, metí la pata. Lo siento. –Se disculpó el doctor. –Ahora dime, como te dislocaste ese pie.

–Me caí del caballo. –Dijo Darcy.

–No percibo ningún hueso roto. –Comentó el doctor examinando la pierna y el pie de Darcy.

–Le dispararon al caballo, fue inevitable que cayeran juntos –Añadió el Sr. Wilkins.

– ¿Recibiste el peso del caballo sobre tu pierna? –preguntó John preocupado.

–Más o menos... –murmuró Darcy

– ¿Te atacaron?

–Sí, ese maldito me quería matar, pero con tan mala puntería sólo logro matar a mi caballo. –Murmuró Darcy con pena por su caballo.

– ¡Dios! Darcy esto es peligroso. ¿Sabes quién lo hizo? –Preguntó el Dr. Douglas.

–Sí.

Darcy no dijo nada más, sólo apretó los dientes cuando el doctor le dio un fuerte tirón a su pie y sus huesos tronaron en el rápido movimiento. El dolor fue tan intenso, que pensó que se desmayaría.

–Ups, olvidé el láudano. –Murmuró John encogiéndose de hombros. –Pero ahora está todo en su lugar. Gracias por no gritar.

Darcy guardó silencio. No podía hablar, sentía el grito atorado en su garganta, se le iba a escapar en cuanto abriera la boca. Sabía que iba a golpear al Dr. Douglas en cuanto estuviese en condiciones. Pero antes debía encargarse de Wickham.

El maldito iba a pagar por su atrevimiento.

Georgiana se miró en el espejo, ansiosa, reacomodó la cinta de su vestido y nuevamente verificó que su peinado estuviese intacto. Suspiró intentando tranquilizar su alocado corazón.

–Te ves hermosa. Deberías tranquilizarte. –Murmuró Elizabeth con una sonrisa burlona.

–Oh, Elizabeth… No te imaginas lo que esto significa para mí. –Dijo Georgiana girándose hacia ella.

Elizabeth le dedicó una sonrisa antes de tomar una de las manos de su cuñada.

–Querida Georgiana, me hago una idea de lo que sientes. ¡Pero ya es tarde! Vamos, nos esperan para cenar.

Georgiana se dejó arrastrar por Elizabeth, mientras pensaba en lo mucho que le gustaba tener una hermana, que la animaba, la aconsejaba y la ayudaba en situaciones como esta. Era una experiencia agradable convivir con Elizabeth, que la hacía sentir en confianza, con quién no temía decir algo equivocado, quién le daba la posibilidad de reír con libertad y bromear sobre su hermano.

Había pasado más una semana desde que habían llegado a Londres, los primeros días había sido tensos y angustiosos. Con Darcy enfermo y Elizabeth disgustada, Georgiana estaba lista para viajar a Pemberley en cuanto la guerra entre su hermano y su esposa se desatara, pero eso no había ocurrido.

Elizabeth y Darcy se comportaban con cortesía entre ellos, y con el pasar de los días el ambiente se había relajado, se permitían algunas bromas entre ellos y se respiraba cierta paz.

Cuando llegaron al salón Georgiana perdió el hilo de sus pensamientos, ahí de pie se encontraba John Douglas, con el cabello despeinado, con una sonrisa nerviosa, mirándola con esos ojos avellanas, tan dulces y amables.

–Un placer verla Señorita Darcy. –Saludó el Dr. Douglas, inclinándose a besar la mano enguantada de Georgiana.

Elizabeth miró a Darcy, esperando algún comentario o signo de desaprobación, pero él no dijo nada, sólo puso los ojos en blanco antes de suspirar con resignación. Después de una semana, el Dr. Douglas no ocultaba su interés en Georgiana, buscaba oportunidades de conversar y pasar tiempo con ella.

–Bueno, ahora que estamos todos, pasemos al comedor. –Dijo Darcy.

Darcy cojeaba levemente, pero el doctor había dicho que pronto podría caminar con normalidad. Aún tenía su mejilla magullada y se movía con lentitud, cuidando cada movimiento. Sólo había durado dos días descansando en la cama, después de eso se rehusó a beber el láudano y solía pasar largas horas en su estudio.

John Douglas al principio se había enfadado bastante con la testarudez de Darcy, pero ahora parecía encantado, ya que tenía una justificación de venir todos los días a examinar y regañar a Darcy, y de paso podía ver a Georgiana. De alguna manera la estaba cortejando. A Elizabeth le costaba creer que Darcy aprobara esta situación, pero para su sorpresa, lo hacía. Darcy había antepuesto la felicidad de su hermana a todo lo demás.

La cena transcurrió con tranquilidad, con conversación ligera y agradable. Era muy tierno ver a Georgiana sonrojada y al Dr. Douglas nervioso, cuando sus miradas se cruzaban.

Desde que habían llegado del desastroso viaje a Kent, Darcy había cambiado, se había apartado emocionalmente. Los primeros días y por efecto del láudano, sólo quería estar con ella, la llamaba entre sueños y un par de veces le pidió perdón, le pedía que no lo abandonara y le declaró su amor en uno de sus estados de delirio. Elizabeth no había entendido hasta qué punto se había apegado a Darcy o cuánto se había acostumbrado a esas miradas cálidas que él le solía dedicar, hasta que Darcy se rehusó a seguir bebiendo el láudano, alegando que le hacía perder la conciencia y no podía controlarse. Entonces su esposo se volvió evasivo, su mirada de enfrió y no volvió a hablar de sus sentimientos.

Y aun así, Darcy era amable, conversador e incluso bromista.

Darcy desayunaba y cenaba con ella y Georgiana todos los días. La noche anterior habían asistido a una fiesta de la alta sociedad, Elizabeth creyó que se iba a sentir incómoda, pero Darcy había permanecido a su lado en todo momento, incluso bailó con ella, nunca se quejó de dolor, aunque ella sabía que debía estar sufriendo. Pero él insistió en bailar, se mostraba orgulloso de estar con ella y no permitió que nadie se atreviese a ser desagradable. Elizabeth se sorprendió al final de la noche, al darse cuenta que lo había pasado bien y que había disfrutado la velada.

Elizabeth ahora temía decir que le gustaba algo, porque Darcy se sentía en la obligación de regalárselo. En apenas una semana había recibido todo tipo de obsequios, desde flores, dulces, vestidos, sombreros, libros, etc. Bastaba que Elizabeth comentara algo para que Darcy lo quisiera comprar. Era bastante embarazoso para Elizabeth. Georgiana solo se reía, según ella, su hermano estaba loco de amor y eso lo justificaba todo.

Pero Elizabeth sabía que no se trataba de amor. Aunque en apariencia Darcy parecía haberse transformado en un devoto esposo enamorado, sabía que no era el amor lo que movía Darcy. Era la culpa. Darcy se sentía culpable y ahora sólo intentaba reparar el daño que le había causado.

Era el sentimiento de culpa, el que había llevado a Darcy a establecer contacto con los Gardiner. Lo cual la desconcertaba, nunca había visto a Darcy acercarse voluntariamente a su familia, ni siquiera sabía que conociera a sus tíos Gardiner. Al día siguiente iban a cenar con ellos y coordinar los detalles de viaje a Hertfordshire para la boda de Jane. Darcy había dispuesto sus carruajes para que sus tíos pudiesen viajar junto a sus hijos, y también para que pudiesen llevar los encargos que la Sra. Bennet había hecho para la boda. Elizabeth se sorprendió al enterarse por labios de su tía, que Darcy los había visitado en un par de ocasiones en su casa en la calle Gracechurch.

Se sentía incomoda. Darcy actuaba muy extraño, se estaba esforzando demasiado y eso debía ser desgastante. Ambos habían decidido evadir los temas espinosos, Elizabeth no se sentía con la fuerza necesaria para discutir con Darcy. Viéndolo aún magullado y maltratado por el accidente del caballo, se daba cuenta que no soportaba ver a su esposo herido, le dolía el corazón cada vez que él se encogía de dolor. Por que él no se quejaba nunca, fingía estar bien, aunque ella sabía que era mentira. Pero intuía que su esposo ya se encontraba en condiciones de hablar, por esa mirada fría que le estaba dedicando en ese momento.

–Querida ¿Me acompañas al estudio? –le preguntó Darcy cuando se quedaron solos.

Elizabeth odiaba eso. Odiaba esa mirada fría. Odiaba que le dijera "Querida"