Disclaimer: Esta historia es una Versión Alternativa de la Obra de Jane Austen. También es una adaptación libre de la novela de Lynne Graham (de mismo nombre). Por ultimo, el Sr. Darcy es mío.
Capítulo 18:
– ¡Qué hermosa estás, Jane! ¡Pareces una princesa de esas que aparecen en los libros! –exclamó Kitty, contemplando a Jane ataviada con su vestido de novia desde la puerta del salón.
Jane se miró al espejo. Estaba muy nerviosa y emocionada su vestido tan hermoso y elegante. Sus hermanas habían hecho un gran trabajo con ella. El maquillaje de sus mejillas le daba un aspecto más fresco y juvenil, y su pelo estaba sujeto por una espléndida diadema de brillantes, propia de una princesa, que en otra época perteneció a la madre de su futuro esposo Charles Bingley.
–Estás tan hermosa. El Sr. Bingley estará encantado cuando te vea. –Murmuró Elizabeth.
Jane abrió sus brazos en una gesto claro para Elizabeth, quién se acercó a abrazar a su hermana.
– ¡Lizzy! Estoy tan feliz de que estés aquí… –Murmuró Jane emocionada.
–No me lo podía perder –respondió Elizabeth. –Eres mi hermana favorita –añadió en un susurro.
Jane soltó una risita, de pronto su expresión se volvió sombría.
– ¿Qué ocurre? –preguntó Elizabeth preocupada.
–Por un momento temí que no vinieras –murmuró Jane en voz baja. –Estaba preocupada por ti… Por favor, acompáñame a mi habitación.
Elizabeth siguió a su hermana a su habitación. Jane se preocupó en cerrar la puerta con llave, antes de abrir su armario e inclinarse para sacar del fondo un pesado sobre y una pequeña caja. Puso ambas cosas sobre su cama y miró a Elizabeth con temor.
–Esto es tuyo –dijo Jane entregándole la pequeña caja.
Elizabeth se quedó mirando la caja fuerte. Era diminuta en comparación a la que Darcy había abierto antes, apenas tenía el tamaño de un libro de bolsillo, totalmente sellada. No pudo evitar sentirse turbada, sin saber qué ocurriría una vez abriera esa caja y le entregara el contenido a su esposo.
–No es necesario que me digas nada. –Le dijo Jane con voz tranquilizadora.
–No te preocupes… no es nada importante. –Murmuró Elizabeth, intentando disimular.
–Pero sí necesito que me ayudes con esto. –Dijo Jane abriendo el sobre y revelando una serie de documentos.
– ¿Qué es esto? –Preguntó Elizabeth frunciendo el ceño.
–Son comprobantes de las inversiones que hizo nuestro padre durante sus últimos años de vida.
– ¿Inversiones?
–Charles los revisó y me explicó que estos documentos son emitidos por la Compañía Británica de la Indias Orientales. –Explicó Jane. –Y que probablemente las inversiones de papá habían generado bastantes ganancias.
–Pero… ¿De dónde papá consiguió el dinero para hacer estas inversiones? –Preguntó Elizabeth consternada.
–No lo sé Lizzy… Y eso es lo que me preocupa. –Respondió Jane. –Temo que nuestro padre haya hecho algo malo para obtener ese dinero. Por qué si hubiese sido algo honesto, no lo habría ocultado, se nos hubiese entregado ese dinero como parte de nuestras dotes o algo así –se explicó Jane atormentada.
Elizabeth comprendió la consternación de su hermana, la dulce Jane, que jamás pensaba nada malo de nadie, sospechaba sobre las acciones de su padre. Probablemente Jane había intentado darle sentido, pero esto no tenía sentido y solo le había quedado pensar en lo peor.
–El Sr. Bingley ¿te dijo eso?
–No, no fue necesario –dijo Jane con voz quebrada. –Su cara de desconcierto fue bastante evidente. Me sentí muy avergonzada al ver que todo esto es muy sospechoso. No me atreví a pedirle a Charles que investigara más, temo que descubra algo que lo decepcione completamente y decida que yo no valgo la pena.
La angustia se filtraba en la voz de Jane, Elizabeth se acercó y la abrazo.
–Querida Jane, por favor no te preocupes, yo me encargaré de esto –prometió Elizabeth. –De todas maneras deberías confiar más en el Sr. Bingley, él te ama de verdad y estoy segura que podría lidiar con esto.
Elizabeth reconfortó a su hermana con dulces palabras y la animó a recomponerse para su boda. Pero por dentro Elizabeth entendía perfectamente la angustia de su hermana, era una angustia con la cual ella se había acostumbrado a convivir.
La diferencia era que el Sr. Bingley se casaba con Jane por que la amaba, había vencido todos los prejuicios que los separaban y había estado dispuesto a luchar por su felicidad. En cambio, Darcy se había visto obligado a casarse con ella, el chantaje al cual lo había sometido su padre lo había llevado a arrastrarse y fingir un amor que no sentía, todo para poder proteger el secreto de su familia. Todo para poder proteger a Georgiana. Esa era la principal razón por la que no podía fiarse de las palabras de su esposo. No podía olvidar todo lo que había vivido en los últimos tres años con una declaración de amor.
Darcy se ofreció amablemente a llevar a Jane hasta la iglesia, dispuso dos caballos blancos que arrastraban un hermoso carruaje abierto, decorado con hermosas flores blancas, amarillas y rosadas. Jane realmente se sentía como una verdadera princesa de cuento y le agradeció sinceramente el detalle al Sr. Darcy cuando este la ayudó a subir al carruaje.
–No es necesario que me agradezca Señorita Bennet –respondió Darcy. –Estoy cumpliendo con mi deber, recuerde que somos hermanos. Lamento mi comportamiento anterior, realmente espero que me pueda perdonar por no haber cumplido antes con mi deber de hermano.
Jane se lo quedó mirando fijamente, sin soltar la mano que él le había extendido para ayudarla a subir. Darcy identificó en Jane parte del temperamento que creía era exclusivo de Elizabeth.
–No me interesa la forma en la que nos ha tratado los últimos años. –Dijo Jane duramente. –Ha cumplido con su deber, nos dio un techo y no permitió que nos faltara el alimento, incluso nos dio dinero suficiente para que mi madre y mis hermanas se permitieran algunos gustos. Sospecho que nos ha estado ayudando incluso antes de la muerte de mi padre.
Darcy tragó saliva con incomodidad, pues las sospechas de Jane eran ciertas, pero el agarre de su mano se volvió más apretado y sus ojos claros lo examinaban con dureza.
–No crea que no me siento agradecida. Realmente le agradezco –añadió Jane. –Lo único que le puedo recriminar Sr. Darcy, es su incapacidad de amar a mi hermana. Entiendo si su matrimonio no fue por amor, pero al menos debió esforzarse en hacerla feliz. Y es eso, lo único que tengo en su contra. –dijo al fin soltándolo.
Darcy intentó disimular el dolor de su mano, cuando la delicada Señorita Bennet la soltó. Luego se volvió a mirarla una vez más. Su rostro se había sonrojado, y parecía nerviosa e incapaz de volver a mirarlo. Él se subió al carruaje en un grácil movimiento.
–Escuche Jane. –Dijo Darcy en voz baja sentándose a su lado. –Me puede insultar y decir todo lo que quiera, me lo merezco por no hacer feliz a Elizabeth. Admito que mi comportamiento ha sido espantoso durante los últimos tres años. Ha sido mi error, es mi culpa y ya he pedido perdón. Ya no sé cuántas veces me he disculpado. –Darcy se tapó la cara con las manos y suspiró pesadamente. –Pero no crea que no amo a su hermana. Yo amo a Elizabeth, realmente la amo.
Jane miró a Darcy asombrada, de pronto el hombre sentado a su lado no era el arrogante y altivo Sr. Darcy que ella conocía. Era un hombre cansado, derrotado y ¿desesperado? ¿Qué le había ocurrido a ese hombre? Iba a decir algo más, pero en ese momento apareció el cochero, haciendo una última revisión a los caballos. Ya no se atrevió a decir nada, aunque se moría por preguntarle algunas otras cosas.
De pronto Darcy se sobresaltó, logró recomponerse rápidamente y esbozar una amplia sonrisa. El cambio fue tan brusco, que Jane quedó desconcertada.
–Elizabeth… –Murmuró Darcy.
…
La boda había sido hermosa y la fiesta se había celebrado en Netherfield hasta altas horas de la noche. Los novios se habían retirado a media noche, pero eso no había desanimado a los invitados que siguieron bailando algunas horas más en el salón. Elizabeth también había disfrutado la fiesta, pero la incertidumbre no la abandonó en ningún momento. Se preguntaba de qué habrían estado hablando esa mañana Jane y Darcy antes de ir a la iglesia.
Varias veces durante ese día, había descubierto a su hermana Jane mirándola con curiosidad, sobre todo cuando Darcy estaba a su lado. A su vez debía lidiar con Darcy, que actuaba como el marido perfecto y eso la hacía sentir tan mal. Tan culpable…
No podía evitar sentirse un poco intimidada ante la insistencia de Darcy. Parecía que no importaba qué tan mala fuese ella, él no se iba a rendir nunca. Él era tan amable, incluso cuando ella era deliberadamente grosera. Se mantenía conversador, aunque ella apenas respondía, Darcy parecía ser capaz de mantener una charla agradable hasta con una pared.
Pensó que después de la conversación que habían tenido hace algunas noches, todo se acabaría, que él se rendiría por fin. Pero Darcy seguía a su lado, seguía reteniéndola. Elizabeth había acompañado a Darcy hasta su estudio. Él se sirvió un vaso de licor, se acomodó quitándose la chaqueta y tomando asiento en el diván, parecía tan embebido en sus pensamientos. De pronto sus ojos azules la miraron.
–Por favor, siéntate…. –Dijo Darcy señalando el lugar disponible a su lado. – ¿Quieres un trago?
–Te dije que procuraría no estar ebria la próxima vez que habláramos. –Le recordó Elizabeth, mientras se sentaba en el diván un poco apartada de su esposo.
–Elizabeth… –Él fijo su mirada en ella, suspiró antes de continuar. –Por favor, dame otra oportunidad. Prometo que te haré feliz.
–Darcy... – le dijo ella nerviosa, rehuyendo su mirada.
Era todo un desafío no rendirse al poder de esa mirada azul, cálida y envolvente. Había pasado algún tiempo desde la última vez que Darcy la había mirado así. Parecía que hielo se había derretido. Sintió su corazón acelerarse cuando él se acercó un poco más a ella.
–Elizabeth, ahora te daré el lugar que mereces –prometió Darcy. –Serás mi prioridad, podemos empezar de nuevo. He puesto a la venta la casa de Londres, pienso llevarte a Pemberley, tú eres la señora de Pemberley. Podemos ser felices, formar nuestra familia, vivir en el campo.
El tono de Darcy era tan persuasivo. Parecía un buen principio, aunque no entendía su elección. Ella siempre había deseado vivir en el campo, en cambio él parecía preferir mantenerla en la ciudad.
–No entiendo. –murmuró ella.
–He pensado que quizás quieras venir a... bueno a conocer Pemberley.
– ¿Por qué?
–Se me ha ocurrido simplemente –contestó él, llevándose el licor a la boca, que estaba intacto hasta ese momento.
Hubo silencio nuevamente. Él se giró y se inclinó a recoger algo del suelo. De pronto un ramo de rosas rojas fue depositado en sus manos.
– ¿Y qué esperas que haga con esto?
–Las pones en agua...
– ¿Qué pasa contigo? – preguntó ella.
– ¿Quieres dormir conmigo esta noche? –preguntó él de vuelta.
Elizabeth no podía creer lo que le preguntaba. Pero Darcy la miró desafiante, como para que no tuviera la menor duda de sus propósitos.
–No voy a contestar semejante proposición. –Dijo ella levantándose del diván, con las rosas aún en sus manos.
– ¿Por qué no?
– ¡Estoy intentando divorciarme de ti!
–Ya no ha habido ninguna mujer. Ni siquiera he mirado a otra. No deseo a otra mujer. Te deseo a ti. –Declaró Darcy levantándose también.
–Entonces tienes un problema –dijo ella temblando como una hoja. Y en realidad lo deseaba tanto, que se odiaba.
Darcy se acercó y le tomó la mano, evitando que ella se alejara de él.
–No debería haberlo preguntado... No era realmente lo que quería decir.
– ¡Pero es exactamente lo que estabas pensando! –exclamó Elizabeth, quitando la mano apresada por la de él.
Elizabeth se sintió indignada ante la actitud descarada de él. La deseaba aún, pero aunque se lo pidiera de rodillas no accedería.
Él la miró unos segundos, y luego se apartó en silencio.
–Fueron muy pocas las mujeres con las que me acosté en estos años de nuestro matrimonio. Todas fueron durante en el primer año, durante los últimos dos años con ninguna.
¿Qué reacción esperaba él después de semejante información?
Pero no pudo pensar en nada. Simplemente le pegó con el ramo por la espalda varias veces, compulsivamente, hasta que el ramo se le cayó de las manos. Él no hizo amago alguno de defenderse.
– ¡Eres un cerdo! ¡Un maldito! ¡Te odio! –Gritó Elizabeth con los ojos llorosos, dando vueltas por la habitación.
–Por favor, perdóname.
– ¡No puedo!
–Tú eres la única mujer para mí. Te lo prometo, puedes ser feliz a mi lado. No volveré a mencionarte a Wickham. Puedo hacerlo. Dejaré de ser celoso. Crees que no puedo, pero sí puedo.
Elizabeth separó sus labios secos en medio de la habitación, se volvió a mirar a Darcy.
– ¿Estabas celoso?
–Me devoraban los celos –dijo con firmeza. – ¿Qué crees que soy? ¿Una piedra? Cuando vi esas cartas me quise morir. No pude soportarlo. Y sabía que si no era capaz de tolerarlo, te perdería. Y no te quiero perder, así que ya me he sobrepuesto.
–Darcy... –la garganta de Elizabeth se espesaba.
–Esa noche en Rosings sabía que estabas pensando en él. Y pensé que no podría vivir con ello.
Elizabeth tragó saliva, le costaba hablar.
–No estoy enamorada de Wickham.
–Esas cartas dicen algo muy diferente –dijo él yendo hacia la ventana.
–Las cartas pueden engañar. Ni siquiera lo he visto desde el día que estuvo en la casa. Y ese mismo día se terminó todo. No fue más que una aventura, un pasatiempo, como quieras llamarlo. Estaba muy sola, aburrida y supongo que quería lo que jamás había tenido.
–Lo que podrías haber tenido conmigo si yo no hubiese sido tan orgulloso y tan mezquino como para ofrecértelo –Darcy volvió hacia ella y agregó. –Tú has sido más sincera conmigo de lo que me merezco, Lizzy. Si te he perdido ha sido por mi culpa. No puedo fijar el momento, ni el lugar, ni la mirada, ni las palabras con las que todo empezó. Ya estaba medio enamorado antes de saber que estaba enamorado. Cuando volví a verte en Longbourn aún no lo sabía, pero tú no te equivocaste con mis sentimientos. Fue como si la luz me golpease de pronto. Y cuando me pude recuperar del golpe, lo único que quería hacer es salir corriendo.
– ¿Pero...?
–Pero tú debiste atarme los tobillos, porque no fui capaz de irme. Yo no estaba preparado para el matrimonio. Pero me daba miedo que otro hombre estuviera en condiciones de darte lo que yo no podía. Y si yo me iba de tu lado no iba a haber oportunidad de que estuvieras a mí alrededor cuando yo decidiera volver.
–No puedo creer que esos eran tus sentimientos –dijo Elizabeth, temerosa de creer lo que él decía, que después de todo, no se hubiera equivocado cuando había creído que la atracción irresistible había sido mutua.
–Mis sentimientos eran esos. Pero no sabía cómo manejarlos, y además creo que estaba resentido por el poder de atracción que ejercías sobre mí. Pero luego, tu padre lo cambió todo. De pronto no tuve elección. Nunca, nadie, me había hecho hacer nada que yo no quisiera. Me sentí totalmente impotente. Me sentía como un caballo de raza que tu padre había comprado para ti. Atrapado por una jovencita. ¡Y me juré que no te daría nada que yo no quisiera darte!
Elizabeth pensó en cómo se habría sentido. Y pensó amargamente en su padre, que les había destruido la posibilidad de ser felices.
–Lo comprendo –dijo ella.
–Pero ni siquiera había pasado un año de nuestro matrimonio cuando empecé a desearte nuevamente –Darcy hizo una pausa. –No, no lo demostré. ¡Me hubiese dejado matar antes que acercarme a ti! Mi orgullo no me permitía doblegarme más aún al chantaje del Sr. Bennet. Tú eras una mujer a quien yo jamás tocaría.
Elizabeth miró al piso, avergonzada.
–No te tuve en cuenta. Era una lucha entre Thomas Bennet y yo, y tú estabas en medio. Tú eras mi esposa. Yo no podía tocarte. Pero ningún otro hombre podía tampoco. Pero cuando murió tu padre, yo ya había decidido que seguirías siendo mi esposa, y entonces, al ser una elección propia, nuestro matrimonio sería real. Ya sabes, a mí no se me ocurría que tú pudieras tener otras ideas. Habías aceptado la situación por tanto tiempo... –terminó Darcy con una sombra de desconcierto y vergüenza a la vez.
–Tú pensabas que con tu palabra bastaba... –Elizabeth pensó que era muy arrogante, pero por lo menos era sincero.
–Yo pensaba que tú me amabas, y que por ello habías seguido a mi lado.
– ¿Pensabas que era la fiel Penélope? –Preguntó ella burlona, mirando cómo él se acercaba a estrechar sus manos.
–Fue muy vanidoso de mi parte. Cuando supe de tu relación con Wickham, me quise morir. Querías dejarme, y tuve que tomar medidas extraordinarias para que no te fueras. Da igual que no me ames. –Darcy la miró con desesperación, las manos entrelazadas fuertemente, subrayando la tensión interior en él. –Yo te amo tanto...
Elizabeth sintió ganas de llorar, eran palabras que en otro tiempo le hubiese encantado escuchar. Pero ahora se sentía tan rota, su matrimonio siempre había sido una farsa, no importaba cuanto hiciera Darcy para remediarlo ahora, ya era demasiado tarde. Siempre tendrían tras de sí esos espantosos tres años, de infidelidades, de mentiras, secretos y el chantaje de su padre. Ella ya no se fiaba de la palabra de Darcy, él haría y diría cualquier cosa por proteger a su familia.
–Esa noche en Rosings estaba pensando en ti –dijo Elizabeth, después de un momento de silencio. –El coronel Fitzwilliam acababa de confiarme un secreto muy grande y me sentía muy culpable porque sabía que tú lo debías saber.
Darcy soltó sus manos lentamente, se separó unos pasos de ella y su ceño se frunció.
– ¿De qué hablas?
–Me temo que ahora sé el secreto con el cual mi padre te chantajeo –murmuró ella sin mirarlo. –Me imagino que la carta que tanto has buscado es la que revela el origen de Georgiana– le dijo Elizabeth.
La expresión de Darcy se tensó.
– ¿Y dónde has conseguido esa información?
–Ciertamente no la he conseguido por ti. El Coronel Fitzwilliam me la confió.
– ¿Richard? –Darcy pareció muy sorprendido.
–Me pidió que actuase como intermediaria. Creyó que yo era de tu confianza. Así que ahora sé que Georgiana es adoptada.
– ¿Richard está enterado de esto? – le dijo él con gesto grave.
–Mira, no es asunto mío –aclaró Elizabeth, porque Darcy parecía recalcárselo con la mirada.
– ¿Hace cuánto tiempo lo sabe?
–No lo sé… no me dijo eso.
– ¡Cielos! Espero que no haya andado de cotilla por ahí –murmuró él frustrado.
Y con esas palabras, Darcy le había dicho muchas cosas. Elizabeth comprendió que Darcy no sabía que su primo estaba enterado. Y temía lo que él pudiese hacer con esa información.
–Creo que el coronel Fitzwilliam no sabe toda la verdad. Quiere hablar contigo. Está preocupado por tu relación con Lady Matlock, creo que eso lo hace sospechar…
Darcy murmuró algo que sonó como una maldición, y se tapó la cara con las dos manos.
– ¿Entonces por qué no me ha hablado personalmente?
–Le prometió a Lady Matlock que no hablaría contigo del asunto.
–Ella es una bruja. –Gruñó Darcy entre dientes.
–Si no fueras tan terco y tan orgulloso, tu primo habría acudido antes a ti–le dijo Elizabeth temblando.
Darcy la miró con rabia.
–Hasta el día en que tu padre me mostró la carta, yo no tenía la menor idea de que Georgiana era adoptada. Y eso no habría sido importante, pero esa carta revela lo retorcida que es mi familia en muchos aspectos. El engaño me destruyó. Quería respuestas a mis preguntas. Tenía derecho a ellas. Quise hablar con tía Matlock, pues era la única persona viva que podría saber algo al respecto. Y ella lo sabía todo, había participado en toda la farsa, pero no siente ningún tipo de vergüenza o remordimiento, me dijo que debía estar agradecido de que Georgiana haya llegado a nuestra familia, que mis padres la habían acogido con todo el amor y que debía respetar eso. Me recordó todas las ventajas con las que Georgiana había crecido.
Elizabeth miró sorprendida a Darcy, él parecía sentir el mismo enfado y frustración que sintió la primera vez que supo la verdad.
–Tuvo el descaro de decirme que debía guardar el secreto por el bien de Georgiana. Dijo que no le sentaría bien enterarse de que era una hija bastarda.
Elizabeth decidió entonces no decirle a Darcy que ella sabía dónde estaba esa carta. No quería alterarlo más. Suponía ahora que el verdadero secreto de la carta no era la adopción de Georgiana, sino la identidad de sus padres. Darcy no se lo había dicho aún y ella no podía estar segura, ni hacer suposiciones. Prefirió esperar a llegar Hertfordshire revisar la caja fuerte que Jane tenía en su poder.
…
Se estaban alojando en Netherfield, pero considerando el gran número de invitados, se había visto en la necesidad de compartir habitación, pues en ese momento los anfitriones de la casa eran los Bingley. Elizabeth había considerado marcharse a la casa de las Bennet, ahora que había una habitación disponible. Pero después de ver a Caroline Bingley dando vueltas alrededor de Darcy, había decidido permanecer a su lado.
Darcy le había dado las buenas noches con una media sonrisa, se acomodó en su lado de la cama y al poco rato ya estaba dormido. Elizabeth estaba acostada sin poder dormir, su corazón parecía pesar toneladas. Su esposo ahora era el perfecto caballero, no se había acercado con propuestas indecentes ni nada por el estilo, parecía llevar bien el hecho de solo compartir la cama para dormir. Y para ella eso significaba cierto desafío, sus manos picaban por la necesidad de tocar a su esposo, en la oscuridad de la habitación y en la cercanía de Darcy un sinfín de pensamientos lujuriosos la desbordaba.
El deseo que sentía por su esposo, era sólo uno de sus problemas. Por otro lado, debía confrontar la verdad, no quería dejar a Darcy, lo amaba… Pero tampoco lo podía perdonar, por qué perdonarlo a él significaba renunciar a sí misma. Y ante la imposibilidad de perdonar, prefería exigir su libertad.
Ahora tenía la caja fuerte y la llave. Había pensado en revisarlo todo antes, pero no se sentía con la autoridad de abrir esa caja. Su matrimonio se acabaría en cuanto Darcy abriera esa caja, ya no habría más escusas. Darcy ya no podría seguir reteniéndola.
La luz del alba empezaba lentamente a filtrase por las pesadas cortinas de la habitación. Elizabeth apenas había podido dormir, se levantó de la cama para ir al cuarto de baño, se lavó la cara y se miró al espejo. Estaba nerviosa.
Cuando volvió a la habitación Darcy también se había levantado, estaba envuelto en una bata, despeinado y con una ceja enarcada en signo de interrogación.
Ella no dijo nada, él también fue al baño para recomponerse un poco. Cuando él volvió Elizabeth levantó la mano y tiró la llave dorada sobre la cama, seguida por la pequeña caja fuerte.
–Después de todo no ha sido una condena a cadena perpetua... – se oyó decir.
Darcy pareció no entender. Miró alternativamente la llave y a Elizabeth.
–Es otra caja fuerte. Es posible que contenga lo que buscas.
– ¡Dios! –exclamó antes de levantar la llave. – ¡Todo este tiempo buscándola! ¡No lo puedo creerlo!
Elizabeth se fue hacia la ventana. Se trataba de la tierra prometida de la libertad.
Y significaba el fin de su matrimonio.
